lunes, 24 de junio de 2013

De Galilea a Catai (3)



VIAJE A UN LUGAR OLVIDADO
  MYANMAR






    Este nombre quizá no diga nada para muchas personas. El país al que me refiero ha sido conocido desde siempre como Birmania. En este caso me ocurre lo contrario a otros, me gusta más su nombre actual, suena más bonito. Pero esto no es lo importante. Lo que de verdad importa es lo que engloba este nombre: un lugar, personas, vidas que nadie conocemos y que luchan por salir adelante, por vivir la vida que les ha tocado, como todos nosotros, como todos los que en otros lugares se han cruzado en mi camino.
    Es un país olvidado del que pocos saben algo. Un lugar tratado injustamente por motivos que en otros lugares no se tienen en cuenta. Por desgracia, como en otros sitios, el país es una dictadura militar, y éste es el motivo por el que se encuentra totalmente aislado, olvidado por el resto del mundo. Hasta aquí no se diferencia mucho de otros lugares, pero sí hay una diferencia. Aquí no hay nada que pueda interesarnos a los que llevamos la batuta en este mundo, y esto hace que su aislamiento y olvido sea superior a otros países, que siendo igualmente dictaduras brutales, sin embargo no nos olvidamos de ellos. Pero no quiero entrar a juzgar lo que no es motivo de juicio en este blog. Yo viví durante quince días en este trozo del mundo, y mi experiencia es lo que quiero relatar.
    De todo el Lejano Oriente, es el último de los viajes que realicé. El lugar me atraía, había hablado sobre él con personas a las que encontré anteriormente, y siempre me lo habían recomendado. Los apelativos que utilizaban eran los mismos: simpatía, agradecimiento, inocencia, sensualidad, belleza, y sobre todo, aventura.
    Volví a embarcarme en un vuelo de catorce horas hasta Singapur, para llegar hasta aquí. Mi estancia se puede describir de muchas formas, pero sobre todo debo decir que fue una aventura, el mejor viaje-aventura de todos los que he realizado.
    Myanmar es conocido como el país del millón de pagodas. Puede que no haya un millón, pero sí dos o tres millones. Sus pináculos estilizados están por todas partes, incluso en la jungla, sobresaliendo entre la vegetación, o comidos por ella. En las montañas, entre los campos de arroz, dentro de los lagos, flotando sobre ellos. Por todas partes, pagodas y más pagodas pueblan el país. Sus cúpulas doradas, como campanas boca abajo, brillan bajo el sol, aunque por desgracia yo no pude apreciar este brillo. Durante los quince días no pude ver el sol, todo el tiempo sin excepción, el cielo permaneció cubierto y las lluvias torrenciales no dejaron de caer. Este hecho, que por una parte aguó bastante mi estancia, por otro lado contribuyó a que pudiera vivir situaciones realmente interesantes, y pudiera experimentar una auténtica aventura.
    Como en otros lugares anteriormente, la afluencia de extranjeros es pequeña, y se puede disfrutar de cada lugar como si fueras la primera persona en descubrirlo.

    Llegué a Yangon, y como siempre, después de perder un día entero con su noche, mi cuerpo estaba deshecho. Era media tarde y lo mejor era aguantar hasta la hora de acostarse. Saldría a las calles a tomar contacto con el país. Nuestro guía, un chico muy joven y delgado, como todos los habitantes de este país, no me lo recomendó.
    _ ¿Por qué? - le pregunté -. Yo siempre salgo a conocer la ciudad.
    _ Aquí no vas a encontrar nada interesante - me dijo -. Lo bonito del país está fuera de la capital. Es mejor que te quedes en el hotel a descansar. Mañana visitaremos lo único que merece la pena.
    No le hice caso y me lancé a la calle. No fui muy lejos. Las aceras estaban llenas de socavones llenos de agua. Era bastante difícil saber dónde se pisaba y lo que había debajo. De pronto comenzó a llover y me refugié bajo unos toldos, en un puesto de comida ambulante. El vendedor me miraba y me señalaba un wok donde unas frituras burbujeaban en el aceite caliente.
    _ No gracias - le contesté -. Solamente quiero protegerme de la lluvia .
    No me entendió, pero me sonreía. Supuse que no le molestaba compartir su toldo conmigo. La lluvia era cada vez más fuerte, y el agua corría por la calle arrastrando toda la porquería que encontraba a su paso. Aquello no era una tormenta de verano, más bien parecía una de esas tormentas tropicales que cada año aparecen en los telediarios, pero la gente iba por la calle con toda tranquilidad, debían estar muy acostumbrados a estas circunstancias. Se subían hacia arriba el “sayón” que cubría sus piernas, y andaban descalzos, o con chanclas. Entonces me di cuenta que mis zapatillas deportivas estaban empapadas, el agua me llegaba al tobillo. Tenía que encontrar una solución porque así no podía pasar quince días. Como aquello no acababa, me alejé y decidí mojarme, total ya estaba chorreando agua por todas partes. En el camino de vuelta encontré un sitio donde vendían chanclas, entré y compré unas. Recordé aquello de “donde fueres haz lo que vieres”. Con ellas calzadas, volví al hotel y pude comprobar que era mucho más cómodo. Así pasé prácticamente los quince días, con unas chanclas y el agua por los tobillos, pero al menos se me lavaban los pies.
    A las ocho de la tarde, cuando yo ya estaba pensando en acostarme y descansar por fin, llamaron al teléfono. Nuestro guía nos estaba esperando en la recepción con un regalo y una sorpresa. Bueno - me dije - ya descansaré más tarde, no creo que esté mucho tiempo.
    El regalo consistía en unas bolsas tejidas por alguna de las muchas tribus que pueblan el país. Cada una llevaba bordado nuestro nombre, y dentro teníamos unos sombreros para protegernos del sol y unas chanclas. ¡Vaya, ahora que ya me he comprado unas!
    _ ¿Cuándo te las has comprado? - me preguntaron.
    _ Esta tarde, mientras todos dormíais yo he salido, me ha pillado el monzón, y como todas las personas iban así, he pensado que sería lo mejor.
    La sorpresa consistía en que nos llevaba a cenar a un restaurante muy típico, para que empezáramos a acostumbrarnos a la comida birmana.
    _ Pero si yo me iba a acostar - les dije - ya no me tengo en pie.
    _ ¿Y por qué no has dormido esta tarde? - me preguntaron.
    _ En fin, por un poco más qué importa. Mira que siempre me pasa lo mismo, quiero adaptarme al horario desde el primer día, y termino perdiendo casi dos noches.
    El restaurante era un lugar sin paredes, con un techo de hojas de palma. El calor era sofocante. Tenían unos ventiladores de techo, muy típicos, pero que aliviaban poco. Nos sentamos a la mesa y le pedimos a Angko, ése era el nombre de nuestro guía, que nos acompañara. Nos explicó todos los platos que pusieron delante de nosotros. Se parecían mucho a la comida china. Cuando estábamos a mitad de la cena, comenzó a llover de nuevo, y el techo, que ya he comentado era de hojas de palma, comenzó a filtrar el agua. En un momento estaba lloviendo sobre nosotros como si hubiésemos estado fuera.
    _ Sólo llevo unas horas en este país, y ya me ha llovido encima tanto, que estoy arrugada - exclamé.
    _ Esto no es nada - me contestó Angko - espera que lleguemos a la jungla.
    _ Espero que no llueva todos los días, sería un fastidio.
    _ En esta época llueve bastante, estamos en pleno monzón. Será mejor que os hagáis a la idea de que va a llover mucho, puede que todos los días.
    _ Pero no nos impedirá ver todo lo que está previsto, no nos fastidiará mucho, supongo.
    _ No habrá problema, aquí vivimos con la lluvia como si no existiera. No nos fastidiará nada, y algún día no lloverá.
    Se equivocó en las dos cosas: llovió todos los días, y de qué forma. Y sí nos causó algún problema: nos quedamos incomunicados durante dos días en plena jungla, en las montañas cercanas a la frontera china. Pero a toda situación, aunque sea adversa, hay que sacarle provecho, y a mí personalmente me encantó, me divirtió, y me pareció una aventura fascinante. Aunque no todos pensaban como yo.
    Por fin pude llegar a mi habitación y me tiré sobre la cama sin pensarlo. Me quedé dormida sin enterarme, y a la mañana siguiente tuvieron que despertarme porque estaban a punto de irse y yo no aparecía. Tenía dos opciones: o me iba con ellos, o me quedaba a desayunar y me perdía la visita al templo más importante de todo el país. Me quedé sin desayunar.


    La Pagoda de Shwedagon es un templo budista en lo alto de una loma, sobre la ciudad de Yangon. Es un templo con una riqueza excesiva en comparación con la pobreza en la que vive la población, pero sus habitantes están muy orgullosos de él, y se sienten felices de enseñarlo y presumir de su belleza. Como ya me era familiar en tantos lugares, primero descalzarse y subir unas escaleras mecánicas altísimas.
    _ Pero que modernizados estáis - le dije a Angko. - En cuantos lugares del mundo he tenido que subir a pie escalinatas interminables. Esto es la primera vez que me ocurre, subir en escaleras mecánicas hasta lo alto de la montaña.
    Las pagodas birmanas tienen forma de campanas colocadas boca abajo, sus tamaños pueden ser muy diversos, y todas terminan en un pináculo estrecho que se eleva hacia el cielo. Esta pagoda en concreto, es en realidad un complejo enorme con multitud de pagodas más pequeñas distribuidas alrededor de la principal. La pagoda principal tiene un tamaño descomunal, y toda ella está cubierta con pan de oro. Su color dorado debe ser increíble bajo la luz del sol. El resto de pagodas, más pequeñas, que se distribuyen por todas partes, también están recubiertas de pan de oro. El conjunto es demasiado suntuoso.
    Los monjes budistas, con sus túnicas granates, estaban por todas partes, meditando y haciendo ofrendas de flores que flotaban en cuencos llenos de agua perfumada. En este país todos estos templos no tienen el aire opresivo que alguna vez, anteriormente, he comentado que para mí tienen los templos budistas. Aquí todo estaba al aire libre y lleno de luz, aunque el sol no acompañara. Pasamos toda la mañana recorriendo esta pagoda, y después de comer fuimos hacia el aeropuerto para coger un avión que nos llevara a Kyaing Tong, una población perdida en las montañas, próxima a la frontera con China, y a donde solamente se podía llegar por aire.
    _ ¿Y por qué no es posible ir por carretera? - le pregunté a Angko.
    Con el pasar de los días yo misma descubriría el motivo, pero entonces me contestó lo siguiente:
    _ Las carreteras en mi país son muy malas, y en muchos lugares inexistentes. Donde no ha desaparecido el asfalto, arrastrado por alguna riada, nunca ha existido carretera. En otros sitios son pistas de tierra, y en muchos otros lugares ni eso. Para llegar a este lugar al que vamos, necesitaríamos una semana por pistas de tierra y barro, y en algunos tramos incluso necesitaríamos unos bueyes que nos ayudaran a avanzar.
    _ Vaya, pues mejor que no nos quedemos incomunicados en ese lugar - exclamé.
    A veces es mejor no tentar al destino dándole ideas, porque eso es lo que precisamente ocurrió.
   Cuando se piensa en un viaje en avión, todos damos por supuesto que estamos hablando de un trayecto más o menos largo, con alguna o ninguna escala. Y en el caso de vuelos internos, un vuelo directo desde un punto hasta el destino. Pues bien, este concepto en Myanmar no existe. Aquí conocí por primera y única vez hasta el momento, el autobús-avión. Subí al avión que nos llevaría a Kyaing Tong, y cuando solamente llevábamos siete minutos de vuelo, aterrizó. Mi primera impresión fue casi de terror, ¡seguro que había algún problema grave y no nos habíamos enterado!, pero allí nadie decía nada. Subieron personas nuevas y volvimos a despegar, me quedé sorprendida, pero no pregunté. A los diez minutos, un nuevo aterrizaje, gente que bajaba y otros que subían, y de nuevo en vuelo. Aquello ya era muy raro, de forma que fui a buscar a Angko y le pregunté.
    _ ¿Ocurre algo raro para que aterricemos tanto?
    _ No ocurre nada, ¿por qué lo preguntas?
    _ Es que en veinte minutos hemos aterrizado dos veces, y esto no es normal.
    _ ¡Ah, es por eso!, siempre me olvido avisarlo. Ya sé que vosotros no estáis acostumbrados.
    _ ¿No estamos acostumbrados a qué?
    _ Ya os comenté que aquí las carreteras son muy malas y a veces inexistentes, por eso los aviones sustituyen a los coches. Aquí cualquier trayecto de avión tiene tres o cuatro paradas, como si fuese un autobús.
    _ ¡Es un autobús! Pero eso supone tener aeropuertos en todas partes.
    _ La mayor parte son muy rudimentarios, una pista hecha de cualquier manera. Ya verás las dos próximas. Pero estos aviones son muy pequeños y aterrizan en cualquier sitio.
    Volví a mi asiento y me encomendé a todos los santos. ¡Pero dónde me había metido! A los pocos minutos, un nuevo aterrizaje, y aquí la pista ya se veía desde el aire que era totalmente rudimentaria. Cerré los ojos y pensé: “que sea lo que dios quiera, ya no tiene remedio”. Todavía quedaba un aterrizaje más hasta llegar a nuestro destino.
    Por fin, tras una hora y media y cuatro aterrizajes, en el quinto nos tocó bajar; ya habíamos llegado.
    _ Esto lo cuentas y nadie se lo cree - comentamos entre nosotros.
    _ ¿Y habéis visto las pistas de aterrizaje?
    _ He visto las dos primeras, después he cerrado los ojos y he preferido no ver nada - contesté.
    _ Yo he viajado durante toda mi vida - dijo una señora mayor - y nunca he encontrado nada parecido.

    Kyaing Tong es una población enclavada en las montañas, al este del país, y cercana a la frontera con China. Es el punto desde donde parten todos los trekkings por la jungla birmana. La infraestructura hotelera es escasa y con las mínimas comodidades, pero las experiencias y aventuras que pueden vivirse aquí son geniales. En Myanmar todavía existen múltiples tribus que mantienen su forma de vida genuina, sus tradiciones y su idiosincrasia. La mayor parte de ellas se encuentran dispersas entre estas montañas, y la única forma de conocerlas es pasando unos días haciendo trekking por la jungla, en busca de esta gente y sus poblados. Los planes que teníamos era pasar un día entero caminando por la jungla, pero el destino quiso que fueran dos, y realmente mereció la pena.
    Llegamos a nuestro hotel. Era un hotelito familiar, con apenas ocho o diez habitaciones. Tenía una ventaja: estar en el centro de la población. Unas muchachas salieron a recibirnos y nos ayudaron con el equipaje. Todas llevaban la cara cubierta con un polvo de color beige, formando unos círculos en las mejillas, e incluso dibujos como hojas de árbol o mariposas. Después me enteré que ésta es una práctica habitual en todas las mujeres del país. Se extienden en la cara este polvo extraído de la corteza de un árbol, porque piensan que las protege del sol y de las picaduras de los insectos, pero lo cierto es que no protege de ninguna de las dos cosas.
    Mi habitación estaba al fondo de un pasillo, el único que había. Era muy pequeña, apenas tenía lo necesario, y hacía un calor insoportable. No había aire acondicionado, de forma que abrí la ventana. Delante tenía la jungla y las plantas llegaban hasta el quicio de la ventana. Lo primero que pensé fue en la cantidad de animales desconocidos que podrían colarse por allí, así que volví a cerrar y soporté el calor como pude. Del techo colgaba un ventilador, cuyas aspas chirriaban de tal forma, que era mejor tenerlo apagado. No tenía más opción que salir a la calle y ver qué se podía hacer. Allí me encontré con Raquel, una señora que formaba parte del grupo y que había pensado lo mismo que yo, salir para soportar mejor el calor.
    Raquel fue una gran sorpresa en este viaje. Era una mujer jubilada que viajaba en compañía de la que durante mucho tiempo había sido su señora. Ésta se había quedado viuda, y su chacha se había convertido en su amiga. Lo que más me admiraba de Raquel era su vitalidad. Con sus más de sesenta y cinco años se apuntaba a todo, nunca se cansaba. Era la que siempre subía a lo más alto y caminaba lo que hiciera falta. Yo le dije en varias ocasiones:
    _ Cuando tenga tu edad, si llego, quiero ser como tú. Tienes más ilusión y más ganas de vivir que muchos jóvenes.
    Nos fuimos las dos a dar una vuelta por aquel pueblo, para situarnos y observar cómo era. No estaba muy bien acondicionado. Las calles, en muchos casos eran pistas de tierra llenas de socavones. Vimos personas vestidas de formas diferentes, con trajes que no se parecían unos a otros. Algunas mujeres llevaban tocados en la cabeza también diferentes entre sí. Caminaban llevando en las manos cestos con todo tipo de cosas, y la mayor parte de ellas lo hacían encorvadas. Se notaba que allí la vida no era fácil, y aquellas personas estaban muy castigadas. Probablemente no fueran muy mayores, pero parecían ancianos. Cuando regresamos al hotel y hablamos con Angko, nos confirmó que se trataba de miembros de las distintas tribus que poblaban las montañas cercanas, de ahí la diversidad de trajes.
    _ Vienen aquí a comprar lo que necesitan, porque ésta es la población más grande de toda la zona.
    _ ¿Y vienen andando?
    _ Sí, claro. En las tribus no existen los automóviles. Llegan hasta aquí andando o montados en bueyes.
    _ Hemos visto muchas clases distintas de trajes, incluso las personas tenían rasgos diferentes.
    _ Estas tribus, aunque viven próximas unas a otras, no se mezclan entre sí. Cada una viste de manera diferente, y tiene costumbres diferentes. Mañana los conoceremos en su elemento y podréis ver las diferencias. Lo único que tienen en común es que viven en la misma jungla y las montañas son su elemento.
    _ ¿Y no se les ve por el resto del país?
    _ No, viven en esta zona y no salen de ella, aunque tampoco lo necesitan. Si salieran no sabrían vivir, y probablemente morirían.
    _ ¿Qué vamos a hacer exactamente mañana?
    _ Saldremos temprano. Llevaremos un porteador que transportará la comida. Un jeep nos dejará en un punto a partir del cual caminaremos durante todo el día. Llegaremos a varias tribus, estaremos en sus poblados para ver dónde y cómo viven, y al final de la tarde regresaremos al mismo punto donde hayamos dejado el jeep, para volver aquí.
    _ Suena bien, seguro que es una aventura.
    _ Será una aventura.
    Comenzaron a aparecer el resto de miembros del grupo. Angko nos llevaría a cenar a un lugar donde ya nos estaban esperando. El lugar, como todo en este pueblo, era muy básico. Nos sentamos en una mesa al aire libre, porque se aguantaba mejor el calor. Se veían algunos extranjeros, no muchos, pero los que había tenían un aspecto muy aventurero. Todos hablábamos entre nosotros como si nos conociéramos de siempre:
    _ ¿De dónde sois?
    _ Españoles, ¿y vosotros?
    _ De Holanda, ¿ya habéis hecho trekking?
    _ No, hemos llegado esta tarde. Mañana nos dedicaremos a ello.
    _ Es muy auténtico.
    La cena estuvo acompañada por una nube de mosquitos atraídos por la luz. Se pegaban a la comida y caían dentro de la bebida. No había opción, o formaban parte del menú, o te quedabas sin cenar. Angko volvió a explicar lo que Raquel y yo ya sabíamos, y nos recordó que no olvidáramos calzado adecuado, y un chubasquero, porque el agua estaba asegurada. Durante la tarde todo el pueblo había estado cubierto por una masa densa de nubes negras, que se volvían más negras cuando se acercaban a las montañas.
    _ Vaya tormenta debe haber cerca de aquí - comentamos.
    _ Estamos próximos a China - recordó Angko - y he escuchado que cerca de la frontera hay una tormenta muy fuerte; es posible que algo llegue hasta aquí.
   Como si hubiésemos atraído a los espíritus de la lluvia, en ese momento comenzó a llover de forma copiosa. En unos minutos, un auténtico río corría por la calle y tuvimos que entrar dentro. Esperamos un rato, pero aquello no paraba sino que al contrario, ganaba en intensidad. Nos tomamos algo junto con el resto de extranjeros, en espera del momento para poder volver a nuestro hotel. Cuando amainó un poco salimos a la calle, donde el agua corría como si de un río se tratara. Llegaba por encima de los tobillos y era imposible saber dónde se pisaba, pero a pesar de todo conseguimos llegar al hotel. En la entrada, Angko nos pidió que le esperásemos un momento porque tenía algo que darnos. Volvió con un paquete para cada uno.
    _ Tomad, es para vosotros.
    _ ¡Otro regalo!
    Lo abrimos, era un pañuelo que ellos utilizan para colocarlo alrededor de la frente y empapar el sudor.
    _ Es el pañuelo de nuestro traje típico.
    _ Gracias, es todo un detalle.
    Nos recordó que al día siguiente saldríamos temprano y que no llevásemos muchas cosas porque la caminata podía ser dura.
    _ Con una mochila donde llevéis un chubasquero, agua, y un calzado adecuado para hacer trekking, es suficiente.
    _ Pero necesitaremos mucha agua para pasar el día con este calor.
    _ Nuestro porteador llevará suficiente agua y comida para pasar el día.
    _ ¿Quieres decir que él solo cargará con agua y comida para ocho personas?
    _ Sí, es su trabajo, y está acostumbrado. También cargará con otra cosa. Siempre les digo a mis clientes que por la mañana antes de salir compren caramelos, galletas y algunas medicinas en una tienda de las que hay por aquí. Es para dárselas a las personas de las tribus, ya que algunas no vienen hasta aquí y son cosas que necesitan.
    _ Eso está hecho, mañana vamos de compras antes de salir.
    A pesar del calor, dormí como un lirón, pero antes tuve que ducharme en la oscuridad. Entré en mi habitación y fui directa a la ducha, pero antes de terminar, la luz se fue y me quedé a oscuras. Salí, intentando recordar dónde estaba cada cosa para no tropezar. En el pasillo me encontré con el resto de personas.
    _ Es el generador que ha saltado, parece que no tiene mucha potencia y en cuanto tienen cinco o seis habitaciones ocupadas, no resiste.
    Me fui a dormir porque total no se podía hacer nada más.
    A la mañana siguiente intenté buscar el restaurante para desayunar, pero no lo encontraba. Una de las chicas me acompañó hasta la cocina, donde en un rincón ya estaban sentados algunos otros madrugadores.
    _ Aquí no hay restaurante, y parece que vamos a desayunar en la cocina - me dijo Raquel.
    _ No importa,  esto es como estar en casa.
    Se nos acercó una mujer que estaba en los fogones, y nos trajo un vaso de zumo de naranja a cada uno, junto con unas tostadas y mantequilla. Más tarde nos puso delante un plato con dos huevos a la plancha y una taza de café con leche.
    _ Pues no ha estado mal para desayunar en la cocina - exclamamos.
    Una vez desayunada, subí a buscar mi mochila, y ya estaba lista para marchar. Una de las personas del grupo se encargó de recoger dinero para comprar todo lo que llevaríamos a las tribus. Yo me quedé sentada en el pórtico del hotel, viendo como el pueblo se despertaba. De pronto vi que por el extremo de la calle se acercaba un grupo de monjes, los distinguí por su túnica granate y la cabeza rapada. Se paraban en cada puerta, y después de un momento continuaban hasta la siguiente puerta. Llegaron delante de donde yo estaba sentada, y dos de ellos se pararon frente a mí. Llevaban en la mano un cuenco redondo de color negro, con una tapa. Yo no sabía cómo actuar, porque no sabía por qué se habían parado delante de mí. Entonces salió una de las chicas del hotel con una olla y un cucharón. Los monjes destaparon el cuenco y ella les sirvió una cucharada de arroz blanco. Ellos volvieron a tapar el recipiente y continuaron su camino.
    Le pregunté a Angko sobre lo que acababa de ver.
    _ Los monjes viven de la limosna. Cada mañana salen del monasterio y recogen comida como acabas de ver; con ella pasan todo el día.
    _ Entonces ser monje es un chollo en este país.
    _ Nadie es monje para siempre. Al menos una vez en la vida, todos pasamos un tiempo en un monasterio siendo monjes y después volvemos a nuestra vida.
    _ Por eso todos dais comida sin problema.
    _ Sí, cuidamos mucho de nuestros monjes. Cada uno da lo que puede, todo es bienvenido, pero todo el mundo da algo cada mañana, incluso los que menos tienen.
    _ ¡Vaya!, en mi país tenemos mucho que aprender.
     En ese momento llegó el porteador. Entró en el hotel, de donde salió con un cesto enorme lleno de provisiones, con el que cargó durante todo el día: subiendo cuestas, bajando pendientes, cruzando ríos, caminando sobre troncos y muchas cosas más, sin olvidar echarnos una mano cuando aquellos turistas patosos no eran capaces de hacerlo solos.
    Ya estábamos listos. Subimos a una furgoneta Nissan Patrol. Siempre la recordaré porque era un auténtico desecho, y al final del día nos dejó tirados, de forma que tuvimos que recurrir a unos bueyes para salir del atolladero; pero no adelanto acontecimientos.
    Salimos del pueblo y nos encaminamos hacia las montañas. El cielo a aquella hora estaba cubierto, pero no tenía el aspecto negro del día anterior, aunque con el paso de las horas, la situación cambió. El camino por el que avanzábamos estaba totalmente embarrado, y la furgoneta no paraba de dar saltos y emitir ruidos que más bien parecían los de una lata vieja dando tumbos por el suelo. Los campos de alrededor eran estanques de agua que en algunos tramos avanzaban hasta ambos lados del camino, dejando el sitio justo para poder pasar. Yo veía la superficie totalmente invadida por los insectos, y sabe dios que más bichitos extraños, y de pronto la furgoneta se inclinaba hacia ese lado, dando la sensación de volcar en cualquier momento sobre aquellas aguas infectas.
    Poco a poco y sin volcar, a pesar de que en varios momentos me vi dentro de las charcas, llegamos al pie de las montañas. La jungla se desplegaba por todas sus laderas. Angko nos dijo:
    _ Seguiremos un poco más, y dentro de un kilómetro comenzaremos a caminar.
    _ ¿Y hasta dónde llegaremos?
    _ Nos adentraremos en las montañas, casi hasta arriba. Las tribus no están todas juntas. Cada una tiene su propio espacio.
    El camino continuó igual, o incluso peor, hasta que llegamos a un poblado donde la furgoneta se quedaría durante todo el día, esperando nuestro regreso. El poblado consistía en unas cuantas chozas colocadas en círculo alrededor de una plaza, en cuyo centro y de forma majestuosa, se levantaba una antena parabólica enorme. La plaza estaba cubierta por un barro negro al que contribuían un elevado número de cerditos que campaban a sus anchas entre las chozas. Había muchos niños pequeños que también corrían y se acercaron deprisa para saludarnos, tenían los ojos grandes o al menos lo parecían cuando los abrían para mirarnos fijamente. Muchas de las niñas llevaban en brazos a sus hermanos pequeños, se notaba que estaban acostumbradas; se los encajaban en el costado y caminaban como si no llevaran nada. De pronto unos gritos hicieron que desviáramos la vista. Eran dos niños pequeños subidos a lomos de sendos cerditos, que estaban haciendo una carrera; resultaba divertidísimo verlos. La escena era entrañable, los niños no tenían juguetes, nada de lo que estamos acostumbrados a ver, pero se divertían y jugaban con lo que la naturaleza ponía a su disposición, y sobre todo tenían caras de felicidad. No tenía ninguna duda de que aun careciendo de muchas cosas, aquellos niños eran felices: tenían una choza, tenían un poco de arroz para comer, tenían unos cerditos con los que jugar, y sobre todo, tenían muchos amigos. ¡Qué importaba que también tuvieran la cara sucia, la ropa llena de barro, e incluso algunos, no la ropa sino el cuerpo, porque iban desnudos; con aquel calor la ropa tampoco era necesaria!
    Recogimos nuestras cosas y salimos del poblado formando una fila india encabezada por el porteador y cerrada por Angko, que vigilaba para que nadie se perdiera. Al principio la senda era fácil, e incluso existía como tal. Estaba totalmente embarrada, pero ese detalle no era tan importante. La jungla nos rodeaba por todas partes, una jungla densa, que escondía paisajes bellísimos. Llevábamos una media hora caminando cuando llegamos a un río que nos cortaba el paso. Una pasarela construida con troncos y sin ningún tipo de protección, lo cruzaba. Era suficiente, puesto que el río se encontraba a sólo unos palmos por debajo de ésta. Fui de las últimas en cruzar y me quedé sobre la pasarela observando un paisaje increíble, sin que nadie me empujara para avanzar. El río, que no era muy ancho, estaba crecido, y hacia mí se dirigía una lengua de agua de un color marrón intenso; a ambos lados crecían sendos bosques de bambú, altos y verdes, que encañonaban el río como si éste discurriera al fondo de un desfiladero, pero un desfiladero formado por paredes de bambú. Era precioso.
    Angko, que estaba detrás de mí, me dijo:
    _ Es muy bonito, ¿verdad?
    _ Es precioso. Nunca había visto un bosque de bambú, ni siquiera había visto antes bambúes de este tamaño.
    Continuamos adelante y pronto nos introdujimos en uno de estos bosques. Caminamos entre aquellas plantas, de una altura considerable. El viento hacía un ruido diferente cuando cimbreaba sus tallos. Era como si a nuestro alrededor estuvieran blandiendo espadas, y su sonido, cortando el aire, nos envolvía. Era como un bosque encantado.
    _ ¿Cómo va todo? - preguntó Angko.
    _ Por el momento muy bien. No es difícil para caminar y la vista es impresionante.
    _ Dentro de una media hora comenzará el ascenso. Es mejor subir primero hasta lo más alto, y después bajar poco a poco.
    Antes de llegar a la pendiente, un pequeño barranco nos impidió continuar.
    _ Tendremos que bajar con cuidado, y después cruzar el río sobre piedras. Pero vamos a hacerlo uno a uno, nuestro porteador nos ayudará.
    El hombre dejó en el suelo el cesto con el que cargaba, y nos ayudó uno a uno a bajar la pendiente embarrada sin aterrizar en mitad de todo este barro. Una vez que todos estuvimos junto a un arroyuelo, en el fondo del barranco, buscó el mejor lugar para cruzarlo, saltando sobre las piedras que sobresalían del agua. Lo hicimos relativamente bien, al menos nadie cayó al agua.
    _ ¿Y ahora quién le ayuda a él, y con la cesta de las provisiones encima?
    _ No necesita ayuda, está en su terreno y lo conoce perfectamente – respondió Angko.
    _ Ya se nota, si a mí me dejaran aquí, estaba perdida.
    Unos metros más adelante todavía surgió otro nuevo impedimento, y aquí tuvimos que echar una mano, porque había que improvisar un puente.  Un nuevo río bajaba de las montañas. Nos paramos frente a él, y vi como el porteador miraba alrededor.
    _ Tenemos un problema - le dije a Raquel.
    _ ¿Tú crees?
    _ ¿No te has fijado como mira alrededor? Seguro que una tribu de caníbales nos está acechando.
    _ No es tan grave - nos dijo Angko, que nos había escuchado -. Lo que ocurre es que este río se ha formado a raíz de las últimas lluvias, y para cruzarlo vamos a tener que poner troncos o algo que nos permita atravesar.
    _ ¡Qué auténtico! - exclamó Raquel -. Venga, vamos a buscar troncos y construimos un puente. La de veces que habré visto esto en la televisión y ahora me toca hacerlo a mí.
    Ya estaba ella buscando bambúes para ponerlos, cuando el porteador nos hizo gestos para que le ayudáramos a trasladar un tronco pesado, que sería más seguro. Entre los hombres del grupo  lo acercaron. El porteador se metió en el arroyo para poder encajarlo en la otra orilla, y una vez comprobado que estaba más o menos seguro, nos ayudó uno a uno a cruzar sobre el mismo. El caminaba por el agua, y nos daba la mano como apoyo mientras caminábamos sobre el tronco. En este caso, la compañera de Raquel terminó en el agua.
    _ Míralo por el lado bueno. Todos estamos mojados por el sudor, pero al menos tú te has quitado el barro que los demás llevamos en los pies.
    Aquello estaba resultando una aventura increíble. La verdad es que todos estábamos encantados, y el incidente no fue tan grave. Pudimos continuar, y dejamos el tronco para que los próximos que pudieran venir tuvieran el paso preparado.
    La espesura se hizo más densa, y de pronto escuchamos unos grititos y risas a nuestro alrededor. Un grupo de niños de todas las edades, salió de entre la vegetación y nos rodeó.
     _ Ya os dije que los caníbales nos acechaban - les dije.
    Una niñita con el pelo enmarañado y sucio, y el dedo pulgar metido en la boca, nos miraba sin decir nada.
    _ ¿Podemos darle unos caramelos? - le pregunté a Angko.
    _ Mejor cuando lleguemos al poblado, estamos muy cerca.
    Nos acompañaron hasta entrar en una zona ganada a la jungla a golpe de machete. Unas pocas chozas eran todo lo que formaba el poblado. Se elevaban sobre pilotes de bambú para mantenerlas aisladas del agua que podía aparecer con las fuertes lluvias. Las mujeres vestían unos trajes coloridos, y todas llevaban una faja en la cintura, bordada con figuras geométricas. Subimos a una de las chozas donde nos sentamos en la plataforma que servía de terraza. Estaba libre de barro y de agua, por lo que se podía descansar. En un momento, todo el mundo que estaba en el pueblo se acercó para vernos. Las mujeres, con su indumentaria tan bonita; y los niños, había muchísimos. Nos miraban desde abajo, y teníamos la sensación de ser personajes importantes.
    El porteador sacó de una mochila que llevaba encima, además del cesto, alguna de las cosas que habíamos comprado. A los niños les dio caramelos y galletas, y entre las mujeres repartió algunas de las medicinas que llevábamos. Hablaba con ellas antes de dárselas.
    _ ¿Qué les explica? - le preguntamos a Angko.
    _ Cómo deben utilizarlas y para qué. Esta gente apenas tiene contacto con el mundo exterior y desconocen incluso cómo utilizar una medicina.
    Una anciana subió a donde estábamos sentados y nos entregó un paquete hecho con hojas de bambú; estaba lleno de cacahuetes tostados. Le dimos las gracias, y ella nos devolvió una enorme sonrisa.
    _ Probadlos - nos dijo Angko - son muy buenos. Ellos los cultivan y los tuestan en sus casas.
    Su aspecto exterior era feo. La cáscara estaba totalmente negra, pero cuando se pelaban, es cierto que estaban muy buenos. Terminamos con todos para reponer fuerzas y nos dispusimos a continuar. Salimos del poblado agitando las manos en señal de despedida, mientras todo el pueblo hacía lo mismo.
    El camino comenzó a ascender. Fuimos más lentos, no solamente por la pendiente, sino porque la vegetación entorpecía nuestro paso, y teníamos que retirarla con las manos para pasar. De vez en cuando nos parábamos para mirar hacia abajo y contemplar toda la jungla; era espectacular. No sé cuánto tiempo estuvimos caminando hasta que llegamos a un espacio más llano. Aquí crecían algunas flores, y de pronto dos niños pequeños saltaron por encima de una cerca y vinieron corriendo.
    _ Otra vez niños, seguro que llegamos a otro poblado.
    Así era. Fue Angko quien nos dijo:
    _ Hemos llegado a la tribu Akha. Quizá el nombre no os diga nada, pero es una de las más vistosas, y puede que os suene cuando los veáis.
    Los niños, como la vez anterior, nos dirigieron hacia el pueblo. Las chozas estaban desperdigadas entre la vegetación que lo invadía todo. Cuando vi a las mujeres que salieron a nuestro encuentro, me di cuenta que sí me sonaban. Su característica principal era el tocado que llevaban en la cabeza. Una pequeña peineta en la parte de atrás, y la cabeza cubierta por un rosario de bolas que caían a ambos lados de la cara. Todo el tocado estaba hecho en plata. Sus rasgos eran muy chinos; no se parecían a la tribu anterior. Ya sabíamos que no se mezclaban entre ellos.
    También aquí estuvimos un rato conociendo las chozas. Eran muy sencillas: una escalera de madera permitía subir a un porche que daba acceso a la única habitación donde toda la familia vivía. En el suelo, dentro de un círculo de piedras, unas cenizas marcaban el lugar donde cocinaban. Eso era todo. Una vida sencilla al máximo.
    El porteador volvió a repartir caramelos, galletas y medicinas, y continuamos adelante.
    _ Hay una cosa en la que me he fijado - le dije a Angko -. En ninguna de las dos tribus hemos visto hombres.
    _ Esta tarde los veremos. Lo que ocurre es que los hombres pasan la mañana cazando o recogiendo alimentos, y no vuelven hasta la tarde.
   Antes de llegar a la siguiente tribu, donde haríamos nuestra comida, caminamos sobre un desfiladero que caía en picado hasta un fondo por donde corría un río con las aguas bastante revueltas. Fuimos con cuidado porque la senda no era muy ancha; nadie cayó. La vista era impresionante. Todas aquellas tribus vivían en un entorno increíble, y quizá eso les permitía continuar siendo tan auténticas, pero ¿durante cuánto tiempo más?
    El próximo poblado sería nuestro restaurante. Como en los anteriores, sólo vimos mujeres y niños. Muchos de los niños iban desnudos, y todas las mujeres llevaban los pechos al aire. Nos dejaron otra choza para que pudiéramos acomodarnos y comer tranquilamente. El porteador vació el cesto donde llevaba unos recipientes individuales para cada uno. Estaban llenos de unos fideos chinos con trocitos de verduras y carne. Comenzamos a comer, pero había tanta cantidad que era imposible terminarlo todo. Como sobró bastante, le dijimos a Angko que se lo diera a las mujeres para que comieran todos. Se pusieron contentísimas, todas se fueron con la comida riendo y alborotando mientras se alejaban, y volvieron cargando un montón de aquellos paquetes de bambú llenos de cacahuetes. Les dimos también lo que ya se había convertido en una costumbre, y entonces una de ellas, una joven con una barriga enorme por el avanzado estado de su embarazo, nos trajo un cerdito y nos lo tendió.
    _ Gracias, pero no podemos llevarnos un cerdito - le dijimos. El porteador lo tradujo, pero ella insistía.
    _ Dice que les habéis dado muchas cosas y tienen que devolveros el regalo.
    _ Dile que con los cacahuetes es suficiente; ¡si hemos vuelto a llenar el cesto! Estamos muy agradecidos.
    La convenció y pudimos evitar llevarnos el cerdo.
    Estábamos todos impresionados por todo lo que llevábamos visto a lo largo del día. Era alucinante como nos agradecían todo y como nos daban lo poquito que tenían como si fuera un gran tesoro; y es que en realidad lo era. Lo importante no es el valor de lo que te dan, sino el valor que para ellos representa, y éste era muy alto.
    A aquella hora el cielo se estaba empezando a poner de un color muy oscuro. Durante toda la mañana había estado encapotado, el sol no apareció en ningún momento, pero no nos habíamos preocupado por las nubes. Ahora fue cuando nos dimos cuenta que la tarde no iba a ser igual. La aventura continuaba y seguro que estaba garantizada.
    _ Ya estamos cerca de la tribu que vive en lo más alto - nos dijo Angko -. Después comenzaremos a bajar.
    Salimos del poblado agitando de nuevo nuestras manos. La joven embarazada seguía con el cerdito en brazos, mientras nos decía adiós. Unos veinte minutos nos llevaron hasta un risco en la montaña, donde se encontraba el siguiente poblado.
    Sus chozas estaban colgadas sobre el vacío, ancladas a las rocas. Los niños, prácticamente todos desnudos, saltaban sobre ellas con una facilidad pasmosa.
    _ Deben tener mucha práctica para no caer despeñados.
    _ Nunca ninguno ha muerto por caída - nos contestó Angko.
    _ Sin embargo aquí, nosotros duraríamos unas horas.
    _ Éste es el pueblo más pobre de todas las montañas - nos explicó -. Está muy alejado y no viven en un lugar muy productivo. Aquí dejaremos todo lo que hemos traído y todavía llevamos encima.
    _ Si quieres les podemos dejar también los cacahuetes.
    _ No, eso no es necesario. Es lo poco que ellos tienen.
    Las mujeres vestían trajes negros y cuando sonreían enseñaban unos dientes también negros. No paraban de masticar, como si tuvieran un chicle en la boca. Eran hojas de betel; esta tribu las masticaba continuamente y su jugo era lo que teñía de negro sus bocas. No recuerdo el nombre de la tribu, pero para mí siempre será la tribu de “las dientes negros”.
     Los hombres de la tribu todavía no habían regresado, pero no nos quedamos a esperarlos porque el cielo cada vez estaba más negro, y lo recomendable era volver.
    Comenzamos el descenso por un camino diferente al utilizado para llegar; el paisaje seguía siendo igual de espectacular. Ver desde arriba toda la ladera de la montaña cubierta por la jungla casi asustaba, y más con lo que teníamos encima. No íbamos a paso rápido, no era recomendable, pero avanzábamos sin pausa. Ya no teníamos que parar en ningún otro poblado, de forma que en dos horas estaríamos en nuestra furgoneta. Y en ese momento comenzó a llover. El cielo negro empezó a descargar una lluvia que cada vez se hacía más intensa.
    Nos pusimos los chubasqueros y seguimos avanzando sin importar dónde se pisaba, porque el agua lo embarró todo en un momento. Cuando habían transcurrido quince minutos, algunos decidimos quitarnos los chubasqueros. El calor era tan alto que el plástico nos hacía sudar más, y estábamos tan mojados por dentro como si fuésemos sin nada, por lo tanto mejor mojarse con la lluvia, que al menos era más refrescante.
    Veía a los demás delante de mí e imaginaba cómo estaría yo. Totalmente mojada, cubierta de barro hasta las rodillas, levantando el pie y hundiéndolo de nuevo en el barro si quería seguir adelante. Nadie protestamos, en el fondo estábamos emocionados. ¡Por fin un grupo de auténticos aventureros!
    El porteador de vez en cuando se paraba y miraba cómo estábamos, nos recorría con la vista como si buscara algo. En una de estas inspecciones se agachó junto a alguno de nosotros y nos arrancó de los tobillos pequeñas sanguijuelas.
    _ ¿Qué es eso? - gritó la chica a la que en primer lugar le quitó una.
    _ Sólo es una sanguijuela - dijo Angko -. No es mala. Con tanta agua en el suelo es normal que salgan y se peguen a unas carnes tan blancas.
    _ Entonces eso es lo que lleva buscando hace un rato cada vez que nos mira.
    Todos terminamos atacados por estos bichos tan desagradables, pero el porteador sabía cómo arrancarlas, y salimos ilesos.
    A veces la lluvia arreciaba un poco y nos permitía avanzar mejor, aunque el suelo cada vez estaba en peores condiciones. Yo escuchaba el sonido de mis pies, cuando tras hundirlos en el barro hacían: ¡flop!, al empujar hacia arriba  para despegarlos y seguir avanzando. Ya había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto podía haber pasado ni cuánto habíamos avanzado desde que dejamos el poblado. Sólo seguíamos al porteador, que además seguía con el cesto lleno de cacahuetes encima, además de la que estaba cayendo, de estar pendiente de nuestros tobillos, y de encontrar el camino más adecuado para seguir.
    En ese momento unos truenos inesperados retumbaron en la jungla y nos hicieron gritar; al mismo tiempo la lluvia aumentó de intensidad y por un momento aquello fue el diluvio universal. Nos refugiamos bajo unos bambúes, aunque no impedían que el agua cayera sobre nosotros. Angko y el porteador hablaban entre ellos, y entre tanto nosotros comentábamos.
    _ ¿No queríamos aventura?, ¡pues toma aventura!
    _ Desde luego esto con un día de sol radiante no es igual.
    _ Creo que hasta vamos a tener suerte porque llueva tanto.
    _ Eso si salimos de ésta.
    _ Cómo no vamos a salir; ¿si toda la gente que vive en las tribus sobrevive, no vamos a hacerlo nosotros?
    Angko nos dijo que lo mejor sería acercarnos a un poblado que se encontraba a unos diez minutos hacia adelante, y esperar allí hasta que las condiciones mejoraran.
    _ ¿Y si no mejoran?
    _ Sí lo hará, por lo menos dejará de llover. Pero si no es así seguro que nos dejarán sus chozas para dormir.
    _ Vale, que no pare - dijo Raquel -. Será una pasada dormir en un poblado de estos, la aventura redonda.
    Llegamos a un poblado escondido entre la jungla. Entramos en fila y totalmente llenos de barro y chorreando agua por todas partes. La gente nos miraba como si fuésemos algo muy raro, salido no se sabe de dónde. Como a lo largo de todo el día, nos dirigimos hacia una de las chozas en la que nos recibieron con muchísima amabilidad. Una mujer nos indicó que nos acomodáramos en el porche, al abrigo de la lluvia que seguía cayendo sin parar. Al menos allí no nos caía encima; el techo de hojas de bambú nos protegía. La mujer volvió con algunas ropas secas para que nos cambiáramos, y una cesta llena de platanitos para reponer fuerzas. Esto último se lo aceptamos encantados.
    Seguía lloviendo y la jungla se extendía enfrente, con un color verde brillante, después de ser lavada por tanta agua. Habíamos descendido de las montañas, ahora estábamos en la parte baja, y Angko nos dijo que en treinta y cinco o cuarenta minutos podíamos llegar a la furgoneta, pero mejor esperábamos a que lloviera un poco menos. Podíamos esperar, allí se estaba muy bien y era un lugar tranquilo.
    Algunas personas, sobre todo mujeres, se acercaban y entraban en la choza, después salían y tras sonreírnos volvían a sus casas. No les importaba el agua que caía, era como si para ellas fuera una rutina sin importancia. Estábamos allí sentados, en el suelo de bambú, mirando el paisaje, cuando escuchamos un grito, o más bien un gemido de dolor que provenía del interior de la choza. Todos nos volvimos pensando que la mujer que nos había atendido, se había caído; pero allí estaba junto a nosotros, sacando más plátanos y sonriéndonos. De nuevo se escucharon los gemidos.
    _ ¿Ocurre algo? - le preguntamos a Angko - ahí dentro hay alguien que se está quejando.
    El porteador, que era el único que hablaba el dialecto de estas gentes, le preguntó a la mujer, y después Angko nos dijo:
    _ Hay una mujer de parto, parece que tiene algún problema.
    _ ¡Un momento! - dijo alguien - ¿están aquí atendiéndonos a nosotros, y nadie se está ocupando de ella?
    _ No pueden hacer nada.
    _ ¿Cómo que no pueden hacer nada, qué ocurre exactamente?
    Volvieron a hablar con la mujer.
    _ El niño no puede salir, y no pueden hacer nada.
    _ Pero si no hacen nada, morirán.
    _ Están esperando que llegue alguien a quien han ido a buscar.
    _ ¡Alguien!, ¿pero quién va a venir a este lugar? Un brujo o algo parecido. Y con la que está cayendo.
    _ No lo sé, pero aquí saben cómo apañárselas; siempre ha sido así. No se preocupan por lo que pueda ocurrir.
    _ ¡Qué no se preocupan! Pero si esa mujer puede morir, y el niño también.
    _ Lo saben, no es la primera vez que ocurre. Ellos dicen que es el destino, y contra él no se puede luchar.
    _ Si por lo menos hubiera un médico entre nosotros, que mala suerte.
    _ No os preocupéis, no es culpa vuestra. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá.
    Seguimos allí sentados, pero ya no nos sentíamos tan contentos. Era duro escuchar los gemidos desgarradores que venían de dentro de la choza. Al final decidimos que era mejor continuar nuestro camino, aunque siguiera lloviendo. Si no podíamos hacer nada, lo mejor era dejarlos para que pudieran consolar a aquella pobre mujer. Nos despedimos y dimos las gracias a nuestra anfitriona. Salimos del poblado como entramos, en fila india, pero nos íbamos en silencio, pensativos y tristes. ¡Qué duro era vivir en aquellas condiciones! Algo que para nosotros es normal y sin complicaciones, incluso aunque las haya, para ellos puede ser el final, y sin embargo lo aceptan con tal naturalidad que era admirable.
    ¡Qué afortunados somos y qué poco lo valoramos!
     Al principio íbamos silenciosos, pero poco a poco fuimos recuperando la alegría. La vida podía llegar a ser muy dura, y enfrentarse a ello es triste, pero ver como aquellas personas aceptaban su destino, hacía que nos sintiéramos mejor. Seguía lloviendo, pero no con tanta intensidad. El camino estaba imposible, pero incluso a caminar sobre el barro nos habíamos acostumbrado. Nos llevó una hora más y por fin divisamos el pueblo del que habíamos partido aquella mañana. Parecíamos seis desechos rescatados de la selva tras años perdidos en ella.
    Las mujeres del poblado nos trajeron cubos de agua para que pudiéramos lavarnos y quitarnos parte del barro que llevábamos pegado por todas partes. Era hora de regresar.
    Ya no recordaba lo cochambrosa que era la furgoneta, hasta que estuve dentro de ella. Si por la mañana, algunos tramos del camino daban miedo porque parecía que volcábamos sobre las charcas, ahora todo era una charca.
    Por fin había dejado de llover, pero el camino no se veía, estaba totalmente encharcado. Las nubes de insectos movían las aguas por las que avanzaba aquel cacharro. Avanzábamos muy despacio, inclinándonos hacia un lado y hacia el otro, hasta que nos quedamos atascados en un cenagal del que era imposible salir.
    _ Creo que lo mejor será que bajemos e intentemos empujar para sacarla de aquí - nos dijo Angko.
    Salimos, y con el agua hasta media pierna, empujamos el vehículo. Las ruedas levantaron el barro que nos salpicó enteros y nos dejó irreconocibles. Tras mucho esfuerzo pudimos continuar, pero solamente durante unos cuantos metros más. De nuevo nos quedamos atascados, pero esta vez en un barrizal que se prolongaba hacia delante.
    _ Aquí vamos a tener que empujar mucho - dijimos.
    _ Vamos a hacer otra cosa - nos dijo Angko -. El porteador se va a acercar a un pueblo que no dista mucho, para que nos ayuden.
    El hombre se marchó y nosotros nos quedamos en mitad del camino, cubiertos de barro, esperando la ayuda que nos pudieran traer.
    _ Éste es el día más auténtico que he vivido nunca - les dije.
    _ Desde luego, está resultando completo.
    Pasaron unos veinte minutos cuando el porteador regresó con unos chicos jóvenes que llevaban varios bueyes detrás.
    _ ¿Vamos a volver montando sobre bueyes? - preguntamos.
    _ No, son para tirar de la furgoneta y sacarnos de este embrollo, supongo.
    Cuando nos vieron, aquellos chicos no podían dejar de reír. Engancharon los bueyes a la furgoneta y consiguieron sacarla de aquella trampa.
    _ Vamos a avanzar un poco más hasta que lleguemos a terreno más seguro - nos dijo Angko -. Tendremos que ir andando para que los bueyes no soporten tanto peso.
    Caminamos prácticamente un kilómetro hasta que soltaron los bueyes y pudimos subir de nuevo. Pero la comitiva nos siguió por si volvíamos a tener problemas. Ya casi anochecía cuando llegamos a la carretera que nos dejaría en Kyaing Tong. Dimos las gracias a aquellos chicos, que regresaron a su poblado, y nosotros llegamos a nuestro hotel, donde podríamos quitarnos toda la suciedad que nos cubría.
    _ ¿Qué os ha parecido el día? - nos preguntó Angko
    _ Increíble. Ha sido una pasada.
    _ Me alegro. Ahora asearos y dentro de una hora os espero para ir a cenar. Supongo que tendréis hambre.
     Con un aspecto más limpio, nos encontramos de nuevo para ir a cenar al mismo lugar que la noche anterior. De nuevo estaba lloviendo y el panorama parecía muy feo. Angko nos dijo:
    _ Tengo una mala noticia. Las previsiones dicen que la tormenta que se encontraba en China se acerca a esta zona. Puede que esté lloviendo bastante durante toda la noche y mañana.
    _ ¿Y eso en qué nos afecta? Ya hemos hecho lo que estaba previsto.
    _ Por el momento ya veremos cómo está mañana. Ahora vamos a cenar que ya os lo habéis merecido.
    Había bastante afluencia de gente. Nuevos aventureros habían llegado. Charlamos con unos australianos y les contamos nuestras aventuras. Ellos habían contratado un porteador para el día siguiente. Nos quedamos después de la cena tomando unas copas con todas aquellas personas. No teníamos prisa ya que hasta media mañana no salía nuestro avión. Angko nos dijo que ya hablaríamos en el desayuno.
    Sentados en la terraza del local vimos como llovía con una intensidad asombrosa. La calle era un río embravecido. Era bastante tarde cuando regresamos, caminando descalzos calle abajo, con el agua a media pierna.
    _ Esto es una gozada, en España no se hacen estas cosas - decía Raquel.
    _ En España nos llamarían locos si nos vieran.
    _ Bueno, ellos se lo pierden.
    Cada uno se fue a su habitación y quedamos para desayunar, en la cocina.
    Estaba cansada y me dormí inmediatamente, pero hacia las cinco de la mañana me despertó el ruido de los truenos. La lluvia no cesaba. Me asomé a la ventana y vi que continuaba con la misma intensidad que la noche anterior; los truenos eran para asustar. No tardó mucho en amanecer, y cuando lo hizo el color del cielo asustaba, era un negro pesado que no parecía tener un resquicio de luz por ningún lado.
    Bajé a la cocina, y pronto aparecieron los demás.
    _ Esto tiene muy mala pinta. Nunca había visto un cielo tan negro.
    En ese momento llegó Angko. Tenía la cara seria y le preguntamos qué pasaba.
    _ El aeropuerto está cerrado. Durante todo el día los vuelos han sido suspendidos. No podemos marcharnos.
    _ Pero habrá otras opciones para salir - preguntamos.
    _ No las hay. Ya os dije que esta zona está muy aislada. La única salida es por aire. No tenemos más remedio que esperar.
    _ ¿Hasta cuándo?
    _ En principio hasta mañana. Sólo hay un vuelo diario, y lo han suspendido. Con esta tormenta ningún avión se arriesga.
    _ ¿Y mañana podremos salir?
    _ Todo depende del tiempo. Yo no puedo saberlo.
    _ Nos hemos quedado atrapados en la jungla - dijo Raquel. ¿Y hoy qué hacemos?
    _ Podemos hacer trekking de nuevo, pero con esta tormenta no sé si es muy recomendable.
    Terminé mi desayuno y salí al porche donde me senté viendo como llovía. Los monjes aparecieron como el día anterior, por el extremo de la calle. Llevaban un paraguas que los protegía de la lluvia, pero su rutina era la misma. Paraban delante de cada puerta, recibían su ración de arroz, y continuaban hasta la siguiente casa. Cuando llegaron a mi altura, se pararon y esperaron a que saliera la chica para vaciarles una cucharada de arroz dentro de sus recipientes. Angko estaba también de pie, viendo como llovía.
    _ Éstas son todas las propiedades que tiene un monje - lo escuché decir.
    _ ¿Cuáles? - le respondí.
    _ Un paraguas, unas chanclas, y el recipiente para recibir las limosnas. No necesitan nada más.
    _ Una vida muy frugal. En España, incluso los que tienen poco, tienen muchas más cosas.
    _ En la vida, muchas de las cosas que tenemos no son imprescindibles.
    _ Pero nos hemos acostumbrado, y sin ellas nos sentiríamos desdichados.
    _ Y con ellas también os sentís desdichados.
    _ Sí, tienes razón. En Oriente tenéis una filosofía que a veces nos cuesta entender. Pero creo que de alguna manera sois más felices que nosotros. Pensamos que teniéndolo todo seremos más dichosos, pero estamos equivocados. En Occidente, tener todo lo que poseemos, muchas veces supone estar solos; es un precio muy alto. Aquí sin embargo, todos tenéis a alguien cerca. Ayer por ejemplo, me fijé en los niños que vimos en las tribus. Tenían muchos amigos, y parecían felices, aunque tengan una vida dura, pero ellos no parecían ser conscientes de esa dureza.
    En ese momento salieron los demás e hicimos planes para pasar el día; si no podíamos irnos, tendríamos que hacer algo.
    _ Podemos ir a un mercado de ganado que hay cerca - nos propuso Angko - y después ver algún monasterio. No hay mucho más que hacer.
    Pasamos el día recorriendo los alrededores, y toda la tarde caminando y mezclándonos con la gente del lugar. La lluvia no paró en ningún momento. Aquello pintaba muy mal; el día siguiente tenía aspecto de estar igual o peor, y ello suponía quedarnos allí atrapados sin saber hasta cuándo. Yo hubiera querido volver a la jungla y hacer trekking de nuevo, pero las circunstancias meteorológicas no lo aconsejaban. Los pocos extranjeros que encontramos estaban esperando que mejorara para poder adentrarse en aquel mundo verde. Nosotros estábamos esperando para poder salir de él. Los pocos restaurantes que había estaban ocupados por todas estas personas, que pululábamos de un lado para otro, esperando que el tiempo mejorara. Al final de la tarde, cuando ya conocíamos el pueblo como si hubiéramos vivido siempre allí, nos acercamos a un local desde cuya terraza observamos como seguía lloviendo y lloviendo. Australianos, ingleses, americanos, y por supuesto japoneses, estaban haciendo lo mismo. Charlamos hasta que volvimos al hotel en espera de lo que pudiera depararnos el día siguiente.
    Yo permanecí asomada a mi ventana, escuchando el sonido de la lluvia, que ya se hacía casi insoportable. Le estaba cogiendo cariño a aquel hotelito donde el generador se disparaba continuamente, el agua de la ducha salía fría, y la lluvia no paraba de caer. Me desperté porque noté algo extraño; era el sonido de la lluvia, no lo escuchaba. Salí a la ventana y comprobé que había dejado de llover. Ya no pude dormir hasta que la luz, escasa pero luz, apareció.
    Bajé al porche, era pronto y la cocina todavía no estaba abierta. El cielo tenía un color igual de negro que el día anterior, pero no llovía. Algunas personas pasaban por la calle y me saludaban. No podía preguntarles nada porque no me entendían.
    Una de las chicas me vio y me indicó que podía entrar en la cocina. Nadie se había levantado todavía, pero me preparó un zumo de naranja. Mientras me lo tomaba apareció Angko y me dijo que se acercaría al aeropuerto para enterarse sobre los planes del día respecto a los aviones; podía decírselo a los demás.
    _ ¿Y tú cómo lo ves? - le pregunté - ¿crees que hoy podremos marcharnos?
    _ Al menos no llueve.
    _ Pero el cielo está tan negro o más que ayer - le respondí.
    _ Esperemos que hoy tengamos suerte.
    Se marchó y yo me quedé esperando a los demás. No quería abusar de la cocinera y que me preparara el desayuno para mí sola. A pesar de todo me trajo unas tostadas y mantequilla para acompañarlas. Poco a poco apareció el resto del grupo; no tenían prisa, hoy sólo tocaba esperar.
    _ No me gusta nada el aspecto del cielo - dijo alguno.
    _ Angko ha dicho que al menos no llueve, y eso puede ser bueno.
    Terminábamos de desayunar cuando volvió Angko.
    _ ¿Qué noticias nos traes?
    _ No saben nada con seguridad, pero al menos no han dicho que no. Prepararemos nuestras cosas y dentro de tres horas nos iremos, entonces ya veremos qué pasa.
    Fue una mañana larga en una sala de aeropuerto rústica, pero cuando llevábamos una hora nos dijeron que el avión había despegado de Yangón, y por lo tanto hoy saldríamos. Había bastante gente esperando, teniendo en cuenta que el día anterior no pudo salir nadie. En un rincón escuché hablar español, y me acerqué. Una pareja hablaban entre ellos.
    _ Hola - les dije -. ¿Sois españoles, no?
    _ Sí, navarros. No sabíamos que hubiera más españoles aquí - me dijeron -. Llevamos cuatro días y no habíamos visto a ninguno.
    _ Pues somos un grupo de seis personas, y hace tres días que damos vueltas por aquí. Hemos estado con otras personas, pero no os habíamos visto. ¿Estáis solos?
    _ Siempre viajamos solos, somos mochileros. ¿Sabes si hoy saldrá el avión?
    _ Nuestro guía ha dicho que sí, pero todo está por ver.
    _ Más vale que salga, porque mañana tenemos el vuelo de regreso a España, y si lo perdemos no sé qué vamos a hacer.
    En ese momento anunciaron que se podían cambiar los billetes del día anterior para el vuelo de hoy. Yo no me preocupé porque para eso estaba el guía, pero ellos dos sí tenían que hacer el trámite. Al cabo de un rato, el chico volvió con una cara bastante preocupada.
    _ ¿Ocurre algo? - le preguntó la chica.
    _ Me dicen que no pueden hacerme el cambio, que ya está todo ocupado. Para mañana los primeros.
    _ Pero tenemos que salir hoy, no podemos esperar a mañana o nos quedaremos atrapados en el país.
    _ No entran en razones.
    _ Es una faena - les dije -. Seguro que si les dais dinero os consiguen billetes. Pero esperad que voy a hablar con el guía para enterarme.
    Le conté a Angko lo que ocurría, y me confirmó que por desgracia, los funcionarios en su país actuaban así cuando tenían la oportunidad de hacerlo.
    _ ¿Y tú no puedes hacer nada? - le preguntamos.
    _ Ellos no están en nuestro grupo - nos respondió.
    _ ¿Y qué importa?, podrías intentarlo. Son españoles y si podemos nos gustaría echarles una mano.
    Lo intentó y consiguió que les dieran billetes. Estaban muy agradecidos, habían llegado a pensar que se quedarían tirados en Myanmar sin saber cómo salir.
    Hasta que no estuve dentro del avión no tuve la seguridad de que podríamos salir. El tiempo provocaba continuos retrasos y temía que pudieran suspender todos los vuelos en cualquier momento. Cuando ya no hubo duda, me preparé para los consabidos aterrizajes y despegues.
Nuestro destino era el Lago Inle.
   Es el lago más importante, y uno de los lugares más bonitos del país. El Lago Inle se extiende a lo largo de treinta kilómetros cuadrados. Tiene muy poca profundidad, y por ello los pueblos que se asientan en el lugar lo hacen sobre el propio lago, y las casas están clavadas al fondo.
   Llegamos al embarcadero y subimos a una barca que nos acercaría al hotel, un hotel situado en el centro del lago. A lo largo del trayecto se podían ver las embarcaciones que hacen típico a este lugar. Los pescadores navegan sobre pequeñas barcas alargadas, que más bien parecen tablas de surf que embarcaciones. Se caracterizan por la forma tan peculiar de dirigirlas. Se colocan de pie en uno de los extremos, y con un pie mueven una palanca que gira la barca, entre tanto con los brazos se dedican a pescar en unas redes solamente utilizadas aquí. Se trata de unos cestos alargados y estrechos que colocan directamente encima de los peces cuando los ven pasar, y de esta forma quedan atrapados sin poder salir.
   Desde lejos divisamos el hotel. Cada habitación era una cabaña clavada al lecho del lago, y para desplazarse de un lado a otro debía hacerse caminando sobre pasarelas de madera. Nos estaban esperando en la entrada con una bandeja llena de collares hechos con conchas y caracoles marinos que nos colocaron a cada uno.
    _ Este país me gusta - dijo alguien - en cada hotel nos hacen un regalo.
    _ Yo todavía no os he hecho ninguno aquí - respondió Angko -. Pero ya que lo decís, creo que tengo algo para vosotros.
    Y nos entregó un paquete a cada uno. Eran unas camisas de algodón, rectas y con bolsillos.
    _ Es la camisa de nuestro traje típico.
    _ Ya tenemos el pañuelo típico y la camisa típica. Al final vamos a tener todo el traje.
    _ Quién sabe - contestó - quizás.
    La habitación era preciosa, un bonito bungalow de madera, con una cama enorme cubierta por una mosquitera que la abarcaba entera, y una terraza sobre el lago, con una mesa, varias sillas y tumbonas donde poder disfrutar de la brisa. Aquí era imposible salir, estábamos en mitad del lago, y faltaban unas tres horas para la cena, de forma que busqué en el minibar. Esperaba que al menos no estuviera vacío. Tuve suerte, estaba bien surtido. Salí a la terraza y me dediqué a beber algo mientras observaba el lago y las gentes que pasaban navegando. El resto del grupo también se encontraban en sus respectivas terrazas. Aquél era un lugar muy tranquilo, sólo alguna lancha rompía el silencio, pero la mayor parte de las embarcaciones eran manuales y no emitían ruido.

    Antes de la cena recorrí un poco el lugar, caminando por las pasarelas de un lado para otro. Encontré un rincón donde habían acotado el lago, se encontraba repleto de nenúfares; eran preciosos. Un poco más lejos encontré una torre con un mirador en lo alto. Desde allí se divisaba una vista del lago muy bonita. Grupos de casas diseminadas por el agua, y lo que yo llamé islas verdes, y que en realidad eran huertos flotantes. Incluso se podían distinguir pagodas, también situadas dentro del agua. Aquél era un mundo acuático en el que se podía encontrar de todo.
   Fue una noche agradable en la que pudimos hablar entre nosotros tranquilamente, intercambiar experiencias vividas en anteriores viajes, y recomendarnos lugares que todavía no conocíamos. El hotel era nuestro, no había nadie más. Era como si fuésemos los únicos extranjeros en Myanmar, algo que por otra parte es una suerte, porque se puede disfrutar de todo sin problema.

    Me fui pronto a dormir. Después de dos noches preocupada por la lluvia, estaba cansada, pero también me atraía aquella gran cama con su mosquitera. Dormí como un lirón hasta que me despertó el ruido de una lancha. Estaba amaneciendo y la vida ya se dejaba ver en el lago. Salí a la terraza y contemplé a los pescadores que pasaban delante para iniciar su faena. Me saludaban al pasar.
    Durante el desayuno Angko nos recomendó que nos preparásemos para una mañana de trekking.
    _ ¿Aquí también nos vamos de caminata?
    _ Pero solamente durante la mañana. En los alrededores del lago hay cosas preciosas, y también aquí encontraremos tribus auténticas, sobre todo una muy famosa de la que seguro habéis oído hablar.
    _ Dinos de cuál se trata.
    _ Como ya veo que no sabéis nada, lo dejamos como una sorpresa.

    Recogimos nuestras mochilas y subimos a una barca que nos llevó hasta la orilla del lago, en el lado opuesto al que vinimos el día anterior. La jungla llegaba hasta la misma orilla, y nada más desembarcar nos metimos en ella. Aquí no había montaña, era mucho más liso y por todas partes crecían árboles con unas flores enormes. Pronto llegamos a un pueblo y nos vimos rodeados por un ejército de niños. Los más chiquitines colgaban de la espalda de sus hermanas, que aunque mayores que ellos, seguían siendo unas niñas. Intenté hacerme una foto con todos ellos, pero aquello era un caos. Todos querían salir, y no paraban de saltar y hacer gestos, se ponían de tal forma que me tapaban por completo.
    _ Bueno, organicémonos y nos hacemos varias fotos -. Era imposible.
    Entramos en el pueblo y ellos nos dirigían hacia todas las casas. Una de las niñas me puso en brazos a su hermanito pequeño, y se fue corriendo en busca de unas amigas a las que trajo para que las conociera. Yo me quedé con aquel niñito en brazos. Tenía la carita sucia, y unos mocos que le llegaban hasta la boca. Busqué un pañuelo, y después de mojarlo en agua, conseguí limpiarlo. Sacaba la lengua, lamiendo el pañuelo mojado, de forma que le di un poco de agua en el tapón de la botella; lamía como si fuese un perrito.
    _ Este niño tenía sed y no le daban agua - dije.
    _ Los dejan en manos de sus hermanos pequeños, y supongo que sólo se preocupan de jugar y no de darles lo que necesitan. Al fin y al cabo sólo son niños.
    Cuando su hermana volvió y se lo devolví, lo miraba extrañada. No lo debía reconocer con la cara limpia.
    Caminamos durante unos treinta minutos; era mucho más cómodo que en la montaña, aquí no encontramos ríos para cruzar. De pronto surgieron entre la vegetación un sinfín de pináculos de piedra, rectos y torcidos, otros derrumbados. Eran pagodas, un montón de ellas en mitad de la jungla. Tenían varios siglos de antigüedad y estaban construidas en piedra. Llegamos junto a ellas y comprobamos el estado ruinoso en el que se encontraban. Las estatuas de Buda sobresalían entre la espesura como podían. Daba pena ver el estado en el que se encontraban, porque el conjunto era precioso.
    _ ¿Cómo podéis tener esto así? - le preguntamos a Angko.
    _ No podemos hacer nada. Para conservarlo se necesita dinero, y nosotros no recibimos ninguna ayuda.
    _ Pero hay organismos que dan ayudas para conservar el patrimonio, algo os llegará a vosotros.
    _ Myanmar no recibe nada. Es el castigo para presionar sobre el gobierno y hacerle cambiar, pero no les importa para nada el patrimonio que tenemos. Dentro de unos días veréis algo que merece ser nombrado Patrimonio de la Humanidad, pero ese nombramiento no llegará nunca, y el lugar se destruirá.
    Dejamos atrás este tesoro comido por la jungla y continuamos hacia la sorpresa que nos había anunciado Angko. Llegamos a un poblado que para nada se diferenciaba de todos los que ya estábamos acostumbrados a ver: chozas dispersas y los animales corriendo entre ellas. Entonces mi vista se posó sobre una mujer que salía de una de las chozas.
    _ ¡Es una mujer jirafa! - exclamé.
    _ Tienes razón, éste es el poblado de las mujeres jirafa - dijo Angko.
    _ Pero yo creía que solamente se encontraban en Tailandia. No tenía ni idea de que se podían encontrar en Myanmar.
    _ Son un grupo que por razones políticas se separaron de su pueblo y se establecieron aquí. Es el único lugar de todo el país donde pueden encontrarse.
    Nos acercamos a ellas; nunca antes las había visto, al menos en persona, porque muchas veces había visto sus imágenes en la televisión o en revistas.
    Solamente a las mujeres, desde niñas, les colocan unos aros alrededor del cuello para que éste se alargue hasta límites que asustan. Primero les colocan unos pocos, y cada año añaden un aro nuevo. Las jóvenes no llevan muchos, pero las mujeres mayores son impresionantes. Su cuello es tan largo que parece imposible que una persona pueda tener la cabeza tan lejos de los hombros. Para ellas es un símbolo de belleza, y la verdad es que las hace muy estilizadas. Caminan despacio, como si un movimiento brusco les hiciera perder la cabeza.
    Una vez colocados los aros, no se los pueden quitar en toda la vida o morirían inmediatamente. El cuello se alarga tanto que si en algún momento se quitaran los anillos, el cuello se les partiría al no poder sujetar la cabeza.
    Se dedicaban a tejer en unos telares manuales, sentadas en el suelo de sus chozas. Nos enseñaron lo que tenían por si podía interesarnos; eran bordados muy coloridos que sólo servían de adorno. También posaron para nuestras cámaras. Les encantaba que las fotografiaran, quizá porque lo habían hecho tantas veces que ya era una costumbre.
    Regresamos por el mismo camino y pasamos de nuevo por aquel cementerio de pagodas. En la orilla, la barca nos recogió para llevarnos a otro de los extremos del lago, a un restaurante flotante donde comeríamos. Poco antes de llegar pasamos frente a un templo del estilo de los templos tailandeses, flotando sobre el agua. Era el refugio para un barco enorme, con un aspecto similar a los barcos viquingos y totalmente forrado de pan de oro.
    _ Ese barco recorre el lago una vez al año con una estatua de Buda. Es un barco ceremonial, y el día que sale a navegar se celebra una gran fiesta. Todo el lago se llena de barcas para ver su paso, y se arrojan al agua montones de flores. Es una fiesta muy bonita - nos contó Angko.

    La tarde la pasamos navegando por el lago, acercándonos a los pueblos flotantes. Las casas estaban clavadas, como nuestros bungalows en el hotel. Me di cuenta que el cielo estaba lleno de cometas. Era un juego habitual en aquel lugar; los niños las hacían volar, corriendo por las pasarelas que unían unas casas a otras, y sin caer al agua.
    A continuación nos adentramos en los huertos flotantes. Ya el día anterior había divisado desde el hotel unas islas verdes que se movían: eran huertos. Cuando llegamos junto a ellos, seguimos a algunas de las barcas que se adentraban por unos caminos de agua. Desde la barca recogían tomates, judías y otras verduras.
    _ ¿Por qué las recogen desde la barca?
    _ No pueden pisar encima porque se hundiría. Son huertos flotantes.
    _ ¿Y dónde se sujetan las plantas?
    _ Colocan encima del agua una masa de hierba y raíces, que sujetan al fondo con unas cuerdas para que no se escapen flotando, después añaden más plantas de desecho, y cuando tienen una capa suficiente, plantan encima todo lo que veis, y funciona porque ya podéis comprobar cuál es el resultado.
    Me quedé admirada, nunca había visto nada parecido. Por mucho que viera, siempre conseguía seguir aprendiendo, y nunca terminaba de asombrarme.
    Las pagodas también se levantaban sobre el agua. Llegamos a una de ellas, construida en madera. El embarcadero estaba junto a una escalera que llevaba a una amplia terraza. Un monje salió a recibirnos y nos adentramos en una habitación llena de gatos. Aquél era el templo de los gatos.
    _ Qué raro – exclamé - si los gatos odian el agua.
    Unos monjes jovencitos jugaban con ellos. Estaban por todas partes, no respetaban a Buda ni a ninguna de las estatuas, libros y cortinajes que allí había.
    Angko quería enseñarnos un atardecer sobre el lago, pero fue imposible. El cielo, que llevaba un día dándonos tregua, se volvió negro y comenzó a llover. Regresamos al hotel y me senté de nuevo en mi terraza, con una cerveza, admirando el lago donde se reflejaba el cielo negro, y en ocasiones los rayos que procedentes de la tormenta, lo iluminaban.
    Al día siguiente dejamos el Lago Inle, y un avión-autobús nos llevó a Mandalay. Los planes iniciales eran quedarnos en aquella ciudad dos días, pero el retraso que sufrimos en las montañas nos hicieron cambiarlos, y continuamos por carretera hacia Monywa. Éste es un lugar muy poco visitado, quizá menos que el resto del país, y la carretera que llevaba hasta él se podía llamar de cualquier forma menos carretera.
    Avanzábamos por ella dando tumbos en un minibús destartalado. Los baches eran tantos, que más bien parecía que estuviéramos en un campo minado, pero a pesar de todo seguíamos adelante a un ritmo lento, hasta que de pronto el conductor paró. Delante de nosotros la carretera había desaparecido, y en su lugar había un socavón de varios metros de profundidad.
    _ Hace unas semanas aquí estaba la carretera - nos dijo Angko - pero supongo que las últimas lluvias han hecho esto.
    _ Pero supongo que este desastre se solucionará pronto, aunque a nosotros lo mismo nos da, porque no podemos seguir adelante.
    _ Aquí las cosas se hacen despacio, cuando se hacen. La única solución es volver atrás hasta coger un atajo que nos llevará por delante de este socavón.
    Subimos de nuevo a nuestro aparato de tortura y desandamos el camino para encontrar el atajo. ¡Si era un atajo, al menos ganaríamos tiempo! Quien pensó así pecó de ingenua. Llegar al desvío nos llevó casi una hora, y cuando entramos en el atajo, éste supuso casi dos horas más, para salir unos pocos kilómetros adelante del lugar del desastre.  ¡Pero habíamos superado el socavón tomando un atajo!
    _ Esperemos que no haya más riadas que se lleven la carretera, porque no llegaremos a ningún sitio.
    No tuvimos que tomar otro atajo, pero sí encontramos nuevos socavones. En muchos de ellos nos bajábamos para que el vehículo pasara vacío y no sufriera mucho, hasta que llegamos a uno en el que incluso pasar vacío era arriesgado. No era muy profundo, pero las circunstancias aconsejaban improvisar un puente sobre el que pasar. El conductor habló con algunas personas que estaban por allí y fueron en busca de troncos con los que fabricar un paso. Una vez colocados y atados para que no se separaran, la furgoneta pudo cruzar.
    _ Vaya viajecito – comentamos - a este paso vamos a necesitar todo el día para llegar.
    Y necesitamos todo el día. Ya caía la tarde cuando entramos en Monywa, una población donde no se veía ningún extranjero. Yo estaba deseando llegar para poder darme una ducha y descansar mi maltrecho cuerpo, que estaba lleno de moratones por los continuos golpes del viaje. Cuando entramos en el hotel, se me terminó de caer el alma a los pies. Una casucha servía de recepción, y una serie de contenedores, similares a los que se encuentran en las obras, constituían las habitaciones.
    _ ¿Esto es el hotel?
    _ Sí, ya sé que no es gran cosa, pero es lo único que existe en este lugar.
    _ ¡Pero si son contenedores!
    _ Bueno, tienen una cama y un pequeño aseo.
    _ Y pensar en todo lo que hemos pasado para llegar aquí. Debemos estar locos para meternos en esta aventura.
    Angko, para animarnos un poco, nos recordó que llegábamos a un nuevo hotel, y tenía un regalo para nosotros. Nos entregó un paquete en el que había unas chanclas de terciopelo negro.
    _ Gracias, tú siempre tan atento.
    Cogí la llave y me dirigí hacia mi contenedor. El interior era totalmente deprimente. Hacía un calor sofocante y no había aire acondicionado. Las paredes estaban sucias y el aspecto de la cama no invitaba a tumbarse encima. El aseo era repelente, pero al menos tenía una ducha roñosa. Me duché con las chanclas puestas, no podía pisar aquel suelo tan asqueroso. El agua salía marrón, debía venir directamente del agua de lluvia. En cuanto pude salí de aquel cubículo, me deprimía estar dentro. Los demás habían hecho lo mismo, y nos encontramos frente a la choza que servía de recepción. Un edificio con un aspecto similar al conjunto, servía de restaurante. Conseguimos que nos sirvieran unas bebidas que tomamos en el exterior, sentados directamente en el suelo.
    _ Esto es horrible – comentamos - pero hay que reconocer que hasta el momento estamos viviendo una auténtica aventura.
    _ Eso es cierto, y una aventura tiene que ser así; con lujos y muchas comodidades no es lo mismo.
    _ Pero esta habitación es deprimente a tope, no sé si podré dormir en ella.
    _ En cuanto se apague la luz ya no veremos dónde estamos, y con el agotamiento que llevamos seguro que no nos enteramos.
    Estuvimos un buen rato charlando, allí se estaba mejor que en el resto del recinto, pero al final nos dirigimos hacia nuestros contenedores.
    _ Buenas noches, y que descanséis, que una noche se pasa en cualquier sitio.
    La luz no funcionaba bien, se marchaba continuamente; claro que no la necesitaba, para lo que había que ver, mejor así. Me tumbé en la cama y me quedé dormida inmediatamente; al final el cansancio pudo más que todo lo demás. Cuando me desperté y abrí la puerta todo estaba mojado, debía haber estado lloviendo toda la noche y no me había enterado. Me encontraba totalmente empapada. Allí dentro se acumulaba el calor, de forma que me duché de nuevo con las chanclas puestas, y salí rápidamente, antes de comenzar de nuevo a sudar.
    A mis compañeros les ocurrió lo mismo, salieron temprano. Habíamos pasado la noche, pero no nos apetecía seguir allí. Desayunamos y volvimos a subir a aquella furgoneta. La mañana estaría entretenida, pero la tarde sería una repetición del día anterior, en sentido contrario.
     _ Esta mañana tendremos unos guías muy divertidos - nos dijo Angko -. En el lugar hacia el que nos encaminamos hay un grupo de niños que practican para ser futuros guías. Yo siempre dejo que atiendan a mis clientes, lo hacen muy bien y les encanta.
    El lugar al que nos dirigíamos era un entramado de cuevas en el que se habían construido a lo largo de varios siglos infinidad de templos. Casi mil budas se encontraban repartidos en las entrañas de la montaña.
    Tal y como Angko nos había dicho, varios jóvenes estaban en la entrada, esperando a sus potenciales clientes. Se alegraron cuando vieron a Angko, él siempre les dejaba hacer de guías. Éramos solamente seis personas, y tuvimos la suerte de disponer de un guía para cada uno. Una chica se me acercó, era muy joven, supongo que tendría trece o catorce años, y me dijo:
    _ ¿Desea usted que yo sea su guía?
    _ Por supuesto que sí - le contesté -. ¿Hablas español? - porque la pregunta me la hizo en español.
    _ Un poco - fue su respuesta.
    Durante el tiempo que estuve con ella comprobé que en realidad no hablaba ningún idioma. Conocía las frases que necesitaba para  recibir a los turistas y explicar lo que tenía que enseñar, pero nada más. Si no recordaba en ese momento la frase adecuada, la decía en cualquier otro idioma. Llegué a identificarle: inglés, francés, italiano y alemán, además del español que utilizó prácticamente todo el tiempo. Es increíble como la necesidad agudiza el ingenio.
    Me adentré con ella por el camino que llevaba a un macizo de roca que se levantaba frente a nosotras.
    _ Toda la montaña está excavada, y dentro hay muchas cuevas con pinturas y estatuas de Buda. Son muy antiguas.
    _ ¿Cuándo fue construido todo esto?
    Llevaba un cuaderno en la mano, y en él escribió, 16-17.
    _ Ya entiendo, siglos dieciséis y diecisiete.
    Llegamos a unas escaleras excavadas en la roca, eran muy estrechas y estaban húmedas por la constante lluvia.
    _ Cuidado con escaleras - me advirtió -. Son resbalosas, cuidado para no hacer daño. Caminar despacio, primero un pie, después otro pie.
    Comenzamos a subir, ella primero, mirando continuamente hacia atrás para vigilar que yo estuviera bien. Me daba la mano para ayudarme. En un determinado punto nos introdujimos en un hueco que se abría en la pared rocosa, y entramos en las entrañas de la montaña. La luz eléctrica era débil, y ella se acompañaba de una linterna. Me fue guiando por una serie de pasillos estrechos. De vez en cuando iluminaba unas escaleras para que ascendiera, hasta que llegamos a un espacio más amplio. Todas las paredes estaban repletas de hornacinas con un Buda dentro; el techo se encontraba pintado con escenas de la vida de Buda. Ella me explicó la historia de este personaje, una historia que yo ya conocía, pero no por ello dejé de prestarle atención.
    Continuamos avanzando por pasillos y recovecos que nos llevaban de una cueva a otra; algunas tenían un tamaño descomunal. Las figuras y pinturas estaban por todas partes. Aquello era grandioso, un mundo subterráneo totalmente dedicado a Buda.
    Llegamos a una cueva enorme, en cuyo centro se levantaba una estatua gigante de un Buda en posición de meditación, con las piernas cruzadas y una plácida sonrisa en la boca. Ella me explicó que ése era el momento en que Buda alcanzó la iluminación, y me dio detalles sobre lo que significaba. La verdad es que estaba muy bien preparada.
    Supongo que estuvimos más de una hora recorriendo la montaña por dentro; aquello era alucinante. Me di cuenta que la mayor parte del tiempo ascendíamos. Ella estaba muy segura del camino que llevaba y yo me limitaba a seguirla, sin ella sería incapaz de salir de aquel lugar.
    _ Es muy difícil el camino, ¿no te pierdes nunca? - tuve que hacer un esfuerzo para que me entendiera.
    _ No pierdo el camino - me contestó -. Yo lo conozco bien, no tener miedo.
    _ Si yo no tengo miedo, sé que contigo estoy segura, y sin ti estoy perdida.
    Después de pasar por veinte o treinta cuevas, sería incapaz de recordarlas, salimos al aire libre. Nos encontrábamos en lo alto de la montaña. La vista era magnífica; en varios puntos de la ladera, escondidos entre riscos de roca, se encontraban pequeños templos pintados con colores muy vivos.
    _ Esos templos no se veían desde abajo - le dije.
    _ Están escondidos por las rocas. Sólo verlos desde aquí arriba.
    _ ¿Pero eso es casualidad o fueron construidos así de forma premeditada?  - tuve que volver a esforzarme para que me entendiera, pero al final me contestó.
    _ No casualidad. Todo en montaña ser estudiado muy bien para dar sensación bonita. Montaña ser muy importante, ser un templo muy sagrado.
    _ La verdad es que tienes razón, es precioso, muy ingenioso y muy bonito.
    Estuvimos un rato descansando y ella me dijo:
    _ Podemos bajar, pero mucho cuidado con escaleras, muy resbalosas.
    El descenso lo hicimos por el exterior. Ella en primer lugar, y durante todo el tiempo me tendió su mano para ayudarme. Me repetía constantemente: _ cuidado, despacio, no tener prisa.
    Me acercó a alguno de aquellos templos escondidos y coloridos. Eran muy pequeños, apenas una sala repleta de estatuas doradas, libros, velas y cortinajes. Algún monje se encontraba dentro leyendo, sentados en el suelo con las piernas cruzadas; su concentración era tal que no parecía darse cuenta de nuestra presencia.
    En algunos rincones de la montaña, por su parte exterior, también se encontraban estatuas esculpidas en la pared de roca. Me fue conduciendo por todos ellos, hasta llegar al siguiente tramo de escaleras, siempre despacio, siempre cuidado. Pero a pesar de todos sus avisos, esta patosa que escribe, terminó resbalando. En algunos lugares, un moho verde fruto de la humedad, hacía los escalones resbaladizos de verdad, y de pronto terminé sentada en el borde de uno de ellos. La niña se asustó.
    _ ¿Está bien, tiene herida?
    _ Estoy bien, no me he hecho daño.
    La verdad es que me había dado un buen golpe en todo el trasero. Durante un mes sentí una molestia cuando me sentaba, pero al final desapareció. Pero aquello no me iba a frenar. Me levanté y continué; ella todavía insistió más en que tuviera cuidado, y el resto del descenso lo hicimos tan lento que llegamos las últimas.
    Todos estaban encantados, los habían tratado fenomenal. La experiencia con aquellos pequeños guías fue muy bonita. Nos despedimos de ellos, sin olvidarnos darles una buena propina; se la habían ganado y no nos importaba dársela.
    _ Gracias por todo - le dije a mi chica -. Ha sido un placer, cuando recuerde este lugar, siempre me acordaré de ti.
    _ Mucha suerte en tu vida - me contestó -. Y juntando sus manos a la altura de la frente, inclinó la cabeza ante mí.
    Me conmovió.

    Nos marchamos, teníamos que volver a Mandalay, y para ello regresar por el camino que el día anterior ya habíamos recorrido. La ventaja es que ahora conocíamos las sorpresas que encontraríamos, incluso el atajo de dos horas extra que deberíamos tomar. Yo tenía el trasero dolorido, y pensar en los baches y tumbos que me esperaban, era de pánico. Pero no podía quedarme allí.
    _ Me he terminado cayendo - le dije a Raquel -. Y ahora lo que tenemos por delante. Creo que voy a volver de este viaje tan magullada que más bien parecerá que regreso de la guerra.
    _ Pero todo está siendo una pasada - me contestó -. Con un buen descanso a la vuelta, nos recuperamos pronto.
    _ Eso tú que estás jubilada.
    El viaje de vuelta mejor lo olvido. Ya había anochecido cuando llegamos a Mandalay, la segunda ciudad más importante del país. Su capital cuando este país era una monarquía.
    El hotel era tan diferente al de la noche anterior, que el contraste casi impresionaba. Un cinco estrellas con todas las comodidades, aunque totalmente impersonal. Como ya esperábamos, Angko nos hizo otro regalo, era una pieza de tela granate, con dibujos de flores.
    _ Es la falda que nosotros utilizamos. Ya la habéis visto durante estos días, se ata con un nudo a la cintura. La diferencia entre las de hombres y mujeres está en el dibujo. En éstas que tenéis, los hombres lleváis unas líneas en la parte de abajo, y las mujeres flores por toda la superficie.
    _ Ya tenemos todo el traje, ¿no es cierto? - le dijimos -. Nos has regalado el pañuelo, la camisa, las chanclas y la falda. ¿Falta algo?
    _ Sois muy listos - nos contestó -. Es cierto, os he regalado el traje birmano, y cuando lleguemos al próximo hotel os diré qué haremos.
    Me disculpé y fui directa a dormir. Mi cuerpo estaba maltrecho. Quedé con ellos en el desayuno y me retiré. La habitación era enorme, y el baño limpio y reluciente. Tenía una bañera; estaba de suerte porque me apetecía llenarla de agua templada y meterme dentro. Así lo hice y me relajó muchísimo. El hotel tenía de todo, vertí dentro todas las sales, espumas y demás aditivos que encontré. Cuando salí me froté con los aceites que también encontré, y me tumbé en la cama. No me desperté hasta que el teléfono comenzó a sonar, era el servicio de despertador. Yo no recordaba haber dicho en recepción que me despertaran, alguien debía haberlo hecho por mí; entonces miré el reloj.
    _ ¡Pero si es la hora en la que teníamos que irnos!
    Me vestí deprisa con cualquier cosa, cogí la mochila y bajé corriendo. Me estaban esperando para salir. Teníamos un día completo fuera de la ciudad. Angko, que ya se había dado cuenta que no podría desayunar, me había traído algunas cosas para que las tomara por el camino.
    _ Eres un encanto - le dije - estás en todo.
    _ ¿Qué tal está tu trasero? - me preguntaron.
    _ Pues he corrido tanto que no me había dado cuenta, pero sí lo tengo un poco dolorido,  ya se pasará. Lo que sí estoy es descansada, lista para pasar el día.
    _ Hoy no tendremos mucha furgoneta y será más relajado- nos dijo Angko-. En media hora estaremos en el embarcadero y pasaremos todo el día en barco. Visitaremos varios lugares, pero nos trasladaremos a ellos a través del río.

    Nuestro primer destino era Mingun, donde se encontraban unas pagodas gigantes. El barco era para nosotros solos. Tenía un pequeño camarote donde podíamos estar a cubierto si llovía, y el resto al aire libre. Sacamos unas sillas y nos sentamos en la cubierta, viendo pasar tranquilamente las orillas mientras avanzábamos despacio.
    Tras una hora de navegación, divisamos unas altas campanas blancas, que se elevaban por encima de los árboles.
    _ Aquello es Mingun. Aquí se encuentran las pagodas más grandes del país - nos explicó Angko.
    Mingun es un recinto arqueológico donde se conservan los restos de pagodas gigantes de los siglos XI y XII. Posteriormente, se han construido otras siguiendo la misma pauta de tamaño, y que se divisaban más al fondo. Comenzamos visitando los restos arqueológicos que estaban bastante deteriorados. Se podía apreciar su tamaño en cuanto a extensión, pero la altura era imposible, puesto que se habían derrumbado. El trabajo de reconstrucción era prácticamente inexistente, como en el resto del país, no se recibía ninguna ayuda para conservar este patrimonio.
    El resto de Mingun era más interesante. La parte nueva estaba formada por enormes pagodas blancas, de una altura descomunal. Entre todas ellas se extendía un parque con infinidad de árboles y plantas que daban una sombra muy agradable; aunque la sombra estaba asegurada porque el cielo nublado impedía que el sol molestara. Entramos en varias de estas pagodas y después Angko nos comentó que hasta la hora en que teníamos que regresar al barco, podíamos disfrutar del parque o subir a lo alto de aquellas campanas. Nos indicó donde se encontraban las escaleras exteriores por las que ascender, y nos recordó que se trataba de un templo y por lo tanto debíamos subir descalzos.
    _ La vista desde arriba debe ser muy bonita, pero hay muchas escaleras y además subir descalzos, como que no atrae mucho - contestaron la mayoría.
    Raquel enseguida se decidió, se descalzó y dijo que subía.
    _ ¿Alguien me acompaña?
    Nadie quiso subir, hacía mucho calor y eran muy altas. Yo me decidí.
    _ Subo contigo - le dije – pero si me canso bajaré.
    Nos fuimos las dos y comenzamos a subir despacio. En lo alto la vista era impresionante. Estábamos muy por encima de toda la masa de árboles, y por todas partes sobresalían los pináculos de montones de pagodas. Desde abajo sólo habíamos visto unas pocas esparcidas por el parque, pero había muchísimas y de todos los tamaños, sobresaliendo por entre la capa verde que tenían debajo.
    _ Vaya vista que se han perdido todos estos.
    Bajamos a buen ritmo, y se fue directa a buscar otra pagoda a la que subir.
    _ ¡Vente! - me dijo. La seguí y comenzamos a subir otra campana.
    _ No sé si voy a aguantar hasta arriba - le dije. Cuando faltaba un tercio de ascensión y ya se podía distinguir la vista perfectamente, me paré.
    _ Yo me conformo con esto, no subo más.
    _ Pues yo subo hasta arriba - me contestó.
    _ Te espero aquí, y entretanto descanso.
    Ella continuó y pasado un rato me gritó desde arriba. Estaba en la cima haciendo el gesto típico de conquista de la cumbre.
    _ Esta mujer es una pasada - pensé - con su edad y es incansable.
    Cuando volvió nos quedamos un poco más sentadas antes de bajar; le dije:
    _ Cuando tenga tu edad quiero ser como tú, tener tu misma vitalidad.
    _ Si puedes hazlo - me dijo -. La edad no siempre es un inconveniente, lo que hay que tener es ganas de vivir.
    Bajamos y fuimos al encuentro del resto del grupo, que estaban tumbados en el césped, bajo unos árboles llenos de flores.
    _ Aquí se está muy bien, pero no sabéis lo que os habéis perdido, ¡qué pasada de vista! - les dijimos.
    _ Así estáis - nos contestaron - que parecéis salidas de una carrera de maratón.
    _ Pero esto se va con una buena ducha.
    Angko vino a buscarnos y regresamos al barco. Hasta que llegáramos a nuestro próximo destino, comeríamos a bordo, incluso podríamos hacer un poco de siesta. Mientras, las dos personas que se encargaban del barco preparaban la comida. Nos ofrecimos para preparar la mesa en la cubierta. La sacamos del camarote y la colocamos al aire libre. Me di cuenta que Raquel había desaparecido, y la vi en la cocina hablando muy animada con Angko. Cuando ya estábamos sentados a la mesa, con todos los platos encima para comenzar a comer, Angko se levantó y nos dijo:
    _ Esperad un momento que se me olvida una cosa.
    Entró en la cocina y salió con un plato tapado con un trapo y lo dejó en la mesa.
    _ Sé que en España sois muy aficionados a un producto, y quiero que probéis éste que fabricamos en Myanmar, para ver qué os parece.
    Quitó el trapo y apareció un plato lleno de jamón ibérico. Nos quedamos mirándolo como si nunca antes hubiéramos visto algo parecido.
    _ Esto no puede ser birmano - le dijimos.
    _ Claro que lo es, probadlo y decidme qué pensáis.
    _ Esto es jamón ibérico español. No puede haber otro igual. ¿Pero de dónde ha salido?
    Raquel estaba riendo, y entonces recordé que la había visto en la cocina.
    _ ¡Es tuyo! - le dije.
    _ Sí, lo he traído yo. Siempre llevo alguna cosa para comer, y cuando me enteré que hoy comeríamos en el barco, cogí varios paquetes y me los traje para darnos un homenaje y daros una sorpresa.
    Estaba buenísimo, no había perdido muchas cualidades con el viaje desde España. Disfrutamos de la comida, de la siesta y del paseo en barco, hasta que llegamos a un embarcadero donde nos esperaban unos coches de caballos.
    _ Ahora paseo en coche de caballos, esto ya empieza a parecer un lujo, después de los días de aventuras que llevamos.
    Tenían que llevarnos hasta Ava, un lugar donde se encontraba un gran monasterio construido en madera de teca. El camino lo hicimos a través de sendas embarradas, pero aquellos cocheros sabían perfectamente como desplazarse, y en ningún momento nos quedamos atascados. Todo el trayecto estuvo flanqueado por campos de arroz donde los campesinos trabajaban sumergidos en piscinas de agua. En otros campos los bueyes araban la tierra para prepararla para la próxima cosecha. Sólo había un inconveniente, en aquel mundo de agua y calor, las nubes de mosquitos nos rodeaban y se cebaban con nosotros.
    Llegamos al monasterio. Un gran edificio de  color negro, el de la madera de teca con la que estaba construido. El exterior estaba esculpido por todas partes, y dentro las estancias eran muy frescas. La madera negra del interior se iluminaba con infinidad de pinturas doradas que la cubrían. Era un lugar apartado, dentro de un bosque que lo rodeaba. Los monjes caminaban muy despacio, nos miraban, y juntando sus manos a la altura de la frente, hacían el gesto que ya me resultaba familiar. Un buen lugar para la meditación y la relajación que forma parte de la filosofía budista.
    De regreso al barco, continuamos hacia otro lugar donde estaba previsto contemplar una puesta de sol, pero ya sabíamos que sería imposible. El sol no había salido en todos los días que llevábamos en el país, y aquella tarde tampoco saldría, no obstante estaba previsto ir, y al menos veríamos un templo precioso.
    En el embarcadero nos estaba esperando nuestra furgoneta, que nos llevaría hasta lo alto de una montaña cercana, donde se encontraba el templo. Antes de llegar arriba, comenzó a llover. La lluvia que no se separaba de nosotros.
    El templo era una explosión de color. Un gran patio descubierto con una barandilla alrededor, se asomaba al vacío. La puesta de sol tenía que ser preciosa desde allí. Podía verse una extensión verde de la que sobresalían montones de pagodas, unas doradas, otras blancas, otras de colores. Estatuas de Buda también destacaban entre los árboles. Al fondo, sobre una colina, un Buda gigante, tumbado y de un color dorado intenso, contemplaba toda la escena. Me imaginé todo aquello iluminado por la luz del atardecer, seguro que brillaba de una forma especial, pero aquel día el cielo negro lo impedía.
    El día había sido tranquilo y muy bonito. Aquella noche podríamos disfrutar un poco. Tras la cena nos sentamos en el pub donde un pianista nos amenizó la velada.
    A la mañana siguiente pude salir a la terraza, el día anterior me marché tan rápida que ni tiempo tuve de saber dónde me encontraba. Delante tenía un tapia que rodeaba un recinto muy extenso y que parecía un cuartel militar. Le pregunté a Angko y me dijo que efectivamente ahora eran unas instalaciones militares, pero anteriormente se trataba del Palacio Real.
    _ Pero no se ve nada que parezca un palacio - le contesté.
    _ El Palacio se quemó hace mucho tiempo, un incendio lo destruyó. Solamente se conserva el templo, que visitaremos esta mañana.
    Este templo, como el del día anterior, estaba construido en madera de teca. Sobre su color negro resaltaban los pequeños dragones dorados que se repartían por el tejado. El interior estaba forrado con pan de oro. Era grandioso, se notaba que se trataba del templo de Palacio, pero éste había desaparecido. Nos quedamos con una sensación de frustración.

     De nuevo un avión-autobús. Me había acostumbrado, y casi mejor que los interminables trayectos por carretera. Nos dirigimos a Bagan.
    Después de un corto trayecto por carretera hasta Bagan, llegamos al atardecer, como siempre. El paisaje era muy llano, y las palmeras cubrían los campos. El cielo seguía cubierto, ni un solo día nos había dado tregua, pero en algunos puntos parecía que las nubes se abrían y querían dejar pasar, aunque sin hacerlo totalmente, un pequeño rayo de sol. Sólo durante un momento seguí con la vista este rayo solitario, y observé un brillo a lo lejos, un destello dorado.
    _ ¿Qué es aquello que brilla más adelante? - pregunté.
    _ Esperad un momento y vosotros mismos podréis verlo - nos contestó Angko.
    La furgoneta se desvió y nos encaminamos a un pequeño alto, lo suficiente para ver a nuestros pies una gran llanura.
    _ ¡Qué maravilla, qué cosa más bonita! ¿Qué es esto?
    _ Es Bagan. Una maravilla del mundo, aunque no está reconocida, y probablemente no lo estará nunca.
    Delante de nosotros se extendía una llanura plagada de palmeras y de pagodas. Las había de todas las formas y tamaños, perdiéndose en la distancia. Algunas tenían la parte superior de sus torres cubiertas de oro; esto es lo que había visto yo hacía unos momentos: un rayo de sol perdido, incidiendo sobre una de estas torres. Se veían muy antiguas, era impresionante.
    _ ¿Cuántas pagodas hay aquí? – pregunté.
    _ Miles. En pie unas dos mil quinientas. Otras muchas se han perdido o están en ruinas.
    _ No había escuchado nunca hablar de este lugar. No tenía ni idea de lo que había aquí.
    _ Eso mismo le ocurre a mucha gente. Somos un país olvidado, nadie nos conoce ni sabe lo que tenemos. Este lugar cumple con todos los requisitos para ser declarado, como poco Patrimonio de la Humanidad, pero por razones políticas no lo hacen, y supongo que no lo harán hasta que cambie nuestro régimen político. Lo que no entendemos es que en otros lugares, con regímenes similares o incluso peores, sí reciben ayudas.
    _ Tú lo has dicho, todo son intereses políticos, y sobre todo intereses económicos.
    Pasamos un día completo recorriendo todo aquello. Fueron tantos los templos en los que entré que me resulta difícil recordarlos. Los había muy pequeños, apenas una pequeña sala con algunas estatuas de Buda, y los había enormes, con torres doradas y terrazas desde las que divisar todo el conjunto.
    Todo aquello databa del siglo XI, mucho tiempo en pie para que ahora la imbecilidad humana dejara que pudiera perderse, pero ése era el camino que llevaba. Era triste ver como algunas de estas pagodas se caían sin que nadie hiciera nada por remediarlo. Los ladrillos milenarios se amontonaban en algunos rincones y la vegetación comenzaba a cubrirlos.
    Después de todo un día recorriendo el recinto que albergaba más de dos mil quinientas pagodas, subimos a bordo de un barco que nos paseó por el río que corría por uno de los laterales de la meseta. Ésta se levantaba por encima de nuestra vista, y algunas de las pagodas se asomaban al vacío, dando la sensación de estar flotando en el aire. La lluvia, como no podía ser de otra forma, nos acompañó en nuestro paseo, pero esto no restó encanto a aquel agradable día.
    El final del día estaba reservado para contemplar una puesta de sol sobre Bagan. Subimos a la terraza de uno de los templos más grandes. La vista desde allí era imponente: frente a nosotros se encontraba el templo de Ananda, cuya torre estaba recubierta de oro. El sol del atardecer debía iluminarlo, pero aquella tarde, como todas las anteriores, no hubo atardecer. No importaba, la vista ya era suficiente recompensa.
    _ El mejor momento para ver todo esto es Diciembre - nos dijo Angko -. Entonces hace menos calor y el buen tiempo está asegurado. Deberían venir ustedes a pasar aquí sus vacaciones de Navidad.
    _ Volveremos en mejor momento - le confirmamos -. Creo que todos nos hemos quedado con ganas de volver a ver este país bajo la luz del sol.
    Regresamos al hotel y Angko nos dijo que tenía una sorpresa para nosotros.
    _ Esta noche cenaremos fuera, tengo una sorpresa muy agradable, pero antes haremos una visita inesperada. Les voy a pedir que se vistan con el traje típico birmano que todos ustedes tienen ya. Dentro de una hora les espero en recepción y nos marcharemos.
    Pasada una hora, allí estábamos los seis, perfectamente vestidos. Estábamos muy graciosos, sobre todo los hombres con aquella falda atada a la cintura. Unos coches de caballos nos esperaban en la calle, subimos a ellos y salimos, no sabíamos hacia dónde.
    Los coches entraron en la llanura llena de pagodas, y durante una hora nos pasearon por ella, bajo la luz de la luna. Tuvimos suerte, aquella noche la lluvia nos dejó. De pronto los coches se pararon frente a uno de los templos: era grande, de planta cuadrada y con una gran torre central, estaba oscuro y su silueta apenas se vislumbraba en la noche. Bajamos de los coches y nos quedamos frente a él. Entonces, en la entrada apareció una luz, era Angko portando un candil en la mano.
    _ Seguidme - nos dijo -. Vais a vivir una aventura. Seguro que muchos habéis visto las películas de Indiana Jones. Pues os vais a introducir en las entrañas de un templo, en busca de lo desconocido.
    Entramos y seguimos tras él. La única luz era la del candil que llevaba en la mano. Nos dirigió por una serie de pasadizos estrechos, dimos vueltas y más vueltas hasta que perdimos la orientación. Desde algunos rincones, estatuas de Buda nos miraban. Realmente era como estar en una película, buscado la salida secreta para escapar del templo maldito. No sé cuánto tiempo estuvimos caminando tras él, estábamos emocionados y no nos dimos cuenta que el tiempo pasaba. ¿A dónde nos llevaba? Entonces, tras doblar una esquina, salimos a una sala iluminada por la luz de las velas. Cuando aparecimos, una música suave comenzó a sonar y en un rincón vimos que tres personas hacían sonar instrumentos musicales. Más velas se iluminaron, y un grupo de personas con servilletas colgadas del brazo, se llevaron las manos unidas a la frente, y se inclinaron ante nosotros. En el centro de la sala, una mesa ya preparada, nos estaba esperando.
    _ Bienvenidos - nos dijo Angko -. Todo está dispuesto para que podáis cenar.
    _ ¿Vamos a cenar aquí?, pero si estamos en el templo, suponemos, porque después de tantas vueltas ya no sabemos dónde estamos.
    _ Estáis en uno de los templos de Bagan, un templo construido en el siglo XI. Se necesita un permiso especial del gobierno para poder hacer esto, pero vosotros tenéis el permiso.
    _ Esto es increíble. Habéis preparado una cena para nosotros aquí, en el corazón de un viejo templo. Nunca me habían dado nada tan especial - le dije -. Y por cierto, ¿para qué ha sido todo el paseo por los pasadizos?, porque no hemos encontrado ningún tesoro escondido.
    _ El paseo tenía como objetivo preparar todo esto sin que vosotros lo sospecharais, y al mismo tiempo divertirnos un poco, porque seguro que os habéis divertido.
    _ Eso sí, de verdad nos hemos sentido como Indiana Jones.
    Nos sentamos a la mesa, vestidos con nuestros trajes birmanos, en un lugar increíble, rodeados de estatuas de Buda, escuchando una música suave, cenando bajo la luz de las velas, porque el templo no tenía luz eléctrica. Angko nos había prometido una cena sorpresa, y desde luego superó todas las expectativas.
    Al día siguiente, un avión nos dejaba de vuelta en Yangon. Una noche más y regresaríamos a España. Aquella tarde decidimos que teníamos que regalarle algo a Angko, se había portado muy bien con nosotros y nos había colmado de regalos. Le compramos una mochila, pero él de alguna forma se enteró o sospechó lo que pretendíamos, y no quería aceptarla, decía que era demasiado cara para él. Le hicimos creer que no se la compraríamos, y que en cambio nos gustaría invitarlo a cenar en nuestra última noche en el país. Le pareció bien la idea y nos llevó a un lugar especial.
    _ Volved a vestíos de birmanos, estabais muy guapos - nos dijo.
    De nuevo con nuestras galas, salimos hacia el restaurante. Nos llevó a un parque en cuyo centro había un lago, y sobre él, iluminado, un barco exactamente igual al que vimos en el Lago Inle, con su aspecto viquingo.
    _ Es una réplica del barco ceremonial que recorre el Lago Inle una vez al año - nos dijo.
    Cenamos dentro, y aunque él pensaba que finalmente no le daríamos nada, le entregamos la mochila. Él todavía tenía más cosas para nosotros. Unas camisetas con la imagen del templo en el que habíamos cenado la noche anterior.
    _ Para que no lo olvidéis - nos dijo.
    Unas fotografías, que no sé cómo, nos habían hecho a lo largo de nuestro viaje, y unas tarjetas de despedida:
                                         

     No se encuentra la belleza en los colores ni en las formas, sino en los ojos que las admiran.
    Si el viaje que hemos realizado juntos te  ha satisfecho, felicítate a ti mismo.                           
    Hasta pronto.
    Gracias por todo.
    Tus amigos de Myanmar.

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