miércoles, 19 de junio de 2013

De Galilea a Catai (2)



    India del Sur

    Tardé doce años, pero volví, para recorrer India del sur.
    Cuando regresé yo había cambiado mucho. Ya no era aquella jovencita loca, aunque en el fondo seguía siendo la misma persona. Había aprendido muchas cosas, había visto otros lugares, pero seguía teniendo el mismo interés por continuar conociendo este país.

    Hay una gran diferencia entre el sur y la zona norte que ya conocía. Pero el espíritu sigue siendo el mismo.
·        Su paisaje es totalmente diferente. Aquí la vegetación es exuberante, el agua está por todas partes. En el norte el desierto lo domina todo.
·        Esta característica se nota en la forma de vida. No encontré las escenas de miseria que se ven en el norte. La gente vive con lo imprescindible, pero tienen un techo y comen, aunque sea poco. Con tanta agua, cualquier cosa crece.
·        Esta zona es casi en su totalidad hindú. Solamente al final, cuando iba subiendo hacia el centro del país, encontré edificios musulmanes.

    En doce años el país había cambiado bastante, o quizá era yo la que había cambiado. Ya no era tan loca, aunque seguía y sigo teniendo esa inquietud por descubrir nuevos horizontes y por sorprenderme cada día y en cada lugar.
    Mi recorrido me llevó por tres grandes estados del sur: Tamil Nadu, Kerala y Karnataka, para terminar en otra de las grandes urbes del país, Bombay. Todo el recorrido a través de estos tres estados lo hice por carretera. Nunca he recorrido tantos kilómetros en tan poco tiempo. Pero merece la pena, puesto que el paisaje es impresionante. Palmeras y más palmeras por todas partes, vegetación exótica, campos de arroz. Es imposible cansarse.
    Llegué a Madrás y salí a la calle nada más dejar el equipaje, pero el agobio era insoportable. Coches por todas partes, edificios horribles, calles sucias y sin nada interesante que ver. Decidí dar media vuelta y volver al hotel. Subí a la azotea donde había un bar muy curioso. En lugar de mesas y sillas, había grandes literas rodeadas por velos donde te tumbabas como una maharaní mientras los camareros te servían lo que quisieras. Estuve unas horas recreándome con las vistas, que desde allí eran mejores y viendo el atardecer.
    Antes de abandonar Madrás, me acerqué a conocer alguno de sus templos. En el centro de la ciudad visité uno de ellos y pude comprobar una de las características en esta zona del país, su colorido. Hacía años que no estaba en un templo hindú y fue como volver a encontrarme con un viejo amigo después de mucho tiempo. Allí estaba el “Torito Nandi”, vehículo del dios Siva; las diosas con sus múltiples brazos, y por supuesto “el lingam”. Era temprano, pero ya estaba todo el mundo haciendo sus ofrendas: flores, barras de incienso, platos de arroz. Aquel día, o quizá era así todos los días, también pude ver una procesión. Me encontraba observando una gopura o torre completamente cubierta de figuras pintadas, cuando escuché sonido de tambores.
    En aquel momento recordé mi primer contacto con India, doce años atrás, cuando en mi primer día tuve que salir corriendo de un templo, perseguida por los tambores. Pero ahora ya había aprendido mucho, seguía cometiendo errores, aunque en otros ya no caía. Volví la cabeza y divisé una procesión que venía hacia donde yo me encontraba. Llevaban una figura sobre unas angarillas y los sacerdotes, todos ellos vestidos solamente con un “doti”, portaban antorchas encendidas. Rodeándolos a todos, otros sacerdotes tocaban tambores y flautas.
    No he podido evitarlo, pero cuando pienso en India, siempre me veo recibida por tambores. Supongo que fue casualidad, pero en las dos ocasiones ocurrió lo mismo. 
    Uno de los grandes atractivos del estado de Tamil Nadu son sus templos montaña. Destacan por su colorido y por su tamaño extraordinario. Alguno de ellos son templos-ciudad. Ocupan una superficie enorme y dentro del recinto viven cientos de personas que hacen del templo su hogar. No existen casas, todos viven juntos, compartiendo todo lo que tienen, ayudándose unos a otros. Es una vida con lo mínimo imprescindible, pero donde nadie se siente solo. Visité muchos, aunque no puedo nombrarlos porque sus nombres son imposibles de pronunciar, y mucho menos de recordar.
    Todos son templos hindúes, y su exterior está decorado con figuras, en muchos de ellos pintadas con vivos colores, hasta el punto que la vista se satura de color hasta límites inimaginables. Al contrario que en el norte, aquí las figuras que decoran el exterior de los templos-montaña son de yeso pintado. En el norte era piedra esculpida. Es raro el templo en el que no aparezcan figuras eróticas. La religión hindú y el sexo están ligados hasta donde no he visto en ninguna otra religión.
    Tras abandonar Madrás, comenzó el periplo de más de tres mil kilómetros. Los trayectos eran largos, pero para nada aburridos. Cada rincón, cada campo, cada aldea que pasaba ante mis ojos era una sorpresa. El paisaje, siempre cubierto de palmeras. Y así llegué junto al mar.
    Pasaría aquella noche en un hotel, cerca de la ciudad de Mahabalipuram. El hotel estaba formado por cabañas diseminadas por un enorme jardín, a la orilla de una playa muy tranquila. Pude enterarme que durante el tsunami de 2004, las cabañas fueron arrasadas y tuvieron que construirlas de nuevo. Busqué mi cabaña. ¡Qué suerte había tenido!, se encontraba en primera línea de playa. Tenía un jardín privado, rodeado por un seto, tras el cual comenzaba la arena. Era como tener una playa para mí sola. En el porche colgaba un balancín del tamaño de una cama. Un lugar muy romántico.
    Aquella tarde, paseando por la ciudad me encontré con muchos niños que volvían del colegio. Todos querían hablar, preguntar de dónde era, a qué me dedicaba, por qué estaba allí. ¿Me gustaba? Fui con ellos al parque porque querían enseñarme el gran friso que se encuentra esculpido en una pared de roca: “El descenso del Ganges”. Les dije que ya lo había visto, pero no les importaba, ellos querían enseñármelo y explicarme su significado. Son tan simpáticos, no paran de hablar, de reír. ¿Cómo te llamas? No sabían pronunciar mi nombre.
    ¿De dónde salieron tantos niños?, ¡qué barbaridad! Aquí las mujeres deben ser tan fértiles como la tierra.
    Llevaba caramelos en la mochila y no me quedó ninguno. Desde hace tiempo cuando salgo de viaje, la mitad de mi maleta va llena de caramelos. Tendría que encontrar un lugar donde reponer existencias, era mi tercer día y ya las había agotado.
    ¿De dónde vienes?, ¿adónde vas después? Intenté recordar los nombres de mis próximos destinos, pero eran dificilísimos. Se reían a mi costa. Yo era incapaz de pronunciarlos, y tuvieron que desistir. Debieron pensar que era una tonta, pero me divertí muchísimo.
    Volví a mi hotel y di el paseo más bonito que jamás he dado en una playa. No había nadie. La playa desierta estaba llena de cangrejos que se retiraban a mi paso y volvían a tapar mis huellas en cuanto pasaba.
    De vuelta en mi cabaña me di cuenta de algo en lo que no me había fijado hasta entonces. Quería darme una ducha, pero, ¿dónde estaba la ducha? Estaba fuera, al aire libre. En otros lugares a lo largo de este viaje me ocurrió lo mismo. Las habitaciones tenían un pequeño jardín privado y entre la vegetación estaba la ducha. Digamos que era una ducha muy sugerente, sobre todo para los mosquitos con los que tenías que estar peleando continuamente.
    Cuando conseguí ganarles la batalla a los mosquitos y entré de nuevo en la habitación, encontré una cesta de fruta. Decidí tomarla para cenar y olvidarme del restaurante. Salí al porche y me senté en el balancín, que más parecía una cama. Allí comí parte de la fruta. El mar estaba muy tranquilo y se escuchaba el rumor de las olas. Parecía mentira que toda aquella tranquilidad se pudiera ver rota bruscamente por una catástrofe como fue el tsunami que asoló estas playas. Esperaba que aquella noche no ocurriera nada parecido, yo me encontraba en la primera línea.
    No ocurrió nada, y el sol me despertó muy temprano. Volví a dar otro paseo por la playa antes del desayuno. Los cangrejos salían de sus agujeros y corrían por todas partes. Encontré a varias personas aseándose junto al agua. Después pregunté a mi guía sobre esto, y me aclaró que los baños eran un artículo de lujo para muchas personas, de forma que utilizaban la playa como baño.
    _ ¿Pero para todo?
    _ Sí, claro. ¿Has mirado bien dónde pisabas?
    _ Yo sólo he visto cangrejos.
    Durante varios días fuimos de templo en templo, cada uno más espectacular que el anterior.
    No puedo recordar el nombre de todos los templos que visité, ya he dicho que sus nombres son dificilísimos. Sirva como ejemplo el siguiente, Gangaikondacholapuram. Lo tenía apuntado, no lo recordaba. Lo que sí recuerdo de este lugar es que recibí la bendición de Ganesh, el dios con cabeza de elefante. En realidad era un elefante enorme que me rodeó con su trompa, y de esta forma me podía dar por bendecida.
    El templo estaba dedicado a este dios hindú. El dios bueno.
    No he hablado de la mitología hindú que es muy complicada, pero hay una historia que escuché muchas veces, la historia del dios Ganesh.
    Siva y su esposa Parvati tuvieron un hijo. Mientras Siva dormía ella recogió una parte de las cenizas que cubrían su cuerpo y frotó el suyo con ellas, quedándose embarazada – si éste es el placer de dioses, me quedo con el de los humanos, no saben lo que se pierden-  Pero Siva no tuvo tiempo de conocer a su hijo porque estaba muy ocupado con sus tareas de dios, algo que debe ser muy estresante y te tiene todo el tiempo fuera de casa. Un día Parvati quiso tomar un baño, pero no quería que nadie la viera, y le pidió a su hijo que vigilara la puerta. En éstas estábamos cuando regresó Siva, que pasaba por allí, después de tanto tiempo,  o llegó sin avisar para ver qué encontraba. Y encontró a un joven apuesto; para eso era hijo de  dioses, observando como su mujer se bañaba desnuda. Se pilló un buen rebote, que ya le valió después de tanto tiempo fuera de casa, y en un arrebato le arrancó la cabeza al joven. Parvati salió desolada de la piscina y Siva creyó que lloraba por la pérdida de su amante, pero se equivocaba. Escuchó como ella le decía: pero hombre de dios, cómo puedes ser tan insensato, no ves que era tu hijo. Un poco pava ella también, si no lo había visto antes y seguro que ni se había enterado de que tenía un hijo.
    Él, que sólo con estas palabras se queda muy convencido de su paternidad; estos dioses son unos ingenuos,  le dice: no te preocupes, esto lo soluciono rápidamente, para eso soy un dios.
    Salió y le cortó la cabeza al primer ser vivo que encontró, que fue un elefante, y se la colocó al cuerpo decapitado de su hijo, que inmediatamente volvió a la vida, perdonó a su padre, y se convirtió en el dios de la buena suerte y de la prosperidad.
    Ésta es una de las muchísimas historias de la mitología hindú, y el dios Ganesh es muy venerado. En todo templo dedicado a Siva, se encuentra también Ganesh.
    En cualquier caso, aquel día se supone que fui bendecida por el dios de la prosperidad y la buena suerte. Bueno, no me puedo quejar de cómo me ha ido la vida, con o sin bendición.
    Cerca de este lugar, subí la primera montaña templo. Están los templos montaña, llamados así por ser grandiosos y con forma piramidal. Pero también están las montañas o más bien las rocas altísimas, en cuya cima construyen un templo, lo que convierte a toda la montaña en un lugar sagrado. Esto quiere decir que desde el primer escalón que sube por toda la montaña hay que ir descalzos. Éste primero tenía quinientos escalones de roca viva y con el sol encima. La vista merece la pena, así que el esfuerzo también.
    Respecto a ir descalza, llegó un momento en el que dejaba las zapatillas en el autobús y me marchaba descalza incluso por la calle. Estos templos son enormes, una auténtica ciudad y dentro del mismo no se puede ir calzado. Por un poco más qué importaba.
    Seguí mi recorrido por el estado de Tamil Nadu y aunque los trayectos eran muy largos, merecían la pena. El paisaje es espectacular, y todavía no había llegado a Kerala. Un día mí guía me dio un susto tremendo, no sé si me decía la verdad o solamente me gastó una broma. Cuando se viaja a estos lugares hay que olvidarse de las comodidades y estar preparado para todo. Uno de estos casos son los baños. En ruta no existen y si los encuentras mejor no usarlos, lo ideal es el campo. Aquel día no tenía hambre y me fui a un pub muy inglés donde bebí una gran cerveza de las que tienen aquí, tamaño extra. A continuación, y sin tiempo de ir al baño, seguimos ruta. Cuando pasó una hora tuve que hacer parar al conductor porque no podía aguantar más. Me metí en el campo más cercano y no me preocupé de nada. Cuando volví, el guía me dijo:
    – ¿Has visto esas montañas de tierra que tenías cerca?
    _ Sí, claro que las he visto, ¿por qué? - le contesté.
    _ Son termiteros, y debes saber que en los termiteros abandonados se refugian las cobras.
    _ ¿Qué me dices, pero estos no estaban abandonados, verdad?
    _ He visto como de uno que tenías más alejado salía una cobra, pero no he querido asustarte porque mientras no te dieras cuenta, estabas segura. La cobra sólo ataca si se siente en peligro, y para eso tiene que notar tu pánico. Si no sabías nada no te detectaría.
    No volví a utilizar el campo en varios días, y cuando tuve que hacerlo, primero me aseguraba de que no había termiteros.

    Llegué a Tanjore, un pequeño pueblo que era un mero punto en el camino. Las distancias son grandes y algunos días era inevitable pasar la noche en lugares sin gran interés. El hotel era bastante deprimente y  salí a dar un paseo por el centro. Cuando llevaba un rato caminando, comprobé que alguien me seguía; un hombre vestido con harapos. Llegué al parque y el hombre continuaba detrás de mí. Allí encontré al conductor del autobús y le dije lo que me pasaba; me tranquilizó. A este lugar no llegaban muchos extranjeros y lo que sentía el hombre era simple curiosidad, me seguiría para ver qué hacía, pero no me molestaría. Así fue.
    Entré en una feria instalada en el parque y fue muy divertido porque la atracción fui yo. Ahora entendía porque me dijeron que allí no se veían muchos extranjeros. Era una feria comercial, como tantas otras, pero todos me miraban, y al final incluso algunos se atrevieron a hablarme y mostrarme lo que vendían. Terminé comprando unos paquetes de té, después de tanta atención me parecía mal no llevarme algo.
    Continué mi paseo y me acerqué a un edificio donde se veían personas asomadas a los balcones, era una especie de mirador. Pero lo más sorprendente es que había muchas parejas jóvenes. Unos hablaban, otros se miraban a los ojos, se cogían de las manos, se acariciaban, incluso algunos se besaban. Me sorprendió porque en India no es habitual ver en público expresiones de amor. Por una parte este tipo de cosas se han reprimido mucho, pero hay algo peor. Por desgracia una gran parte de las relaciones de pareja no son voluntarias sino impuestas, y por lo tanto el amor brilla por su ausencia.
    Hago un paréntesis para hablar de este tema, aunque no es exclusivo de India.
    En este país toda persona, tarde o temprano se casa, es imposible que no sea así. No conseguí entender nunca el por qué, pero cuando preguntaba siempre me daban la misma contestación; hay que casarse, no hacerlo es imposible. El problema es que en muchos casos las parejas no se conocen, ni siquiera pueden elegir. Sus familias deciden quién es la persona adecuada y ellos acatan la decisión. Siempre ha sido así y así seguirá siendo.
    Escuché varias historias sobre cómo se lleva a cabo el proceso. Es algo que a mí como mujer me hace hervir la sangre, no obstante voy a contar una de estas historias, que al menos me pareció divertida.
    Es el padre del chico el que decide quiénes pueden ser las chicas que le interesan, o más bien cuál es la familia que le interesa. A partir de aquí entra en acción la madre del chico, para decidir cuál es la idónea, y que actúa como si fuese al mercado a comprar una yegua.
    Un día llaman a la puerta de la casa de la chica, abre su madre y se encuentra con una mujer - a la que a veces conoce y a veces no -, que le dice:
    _ Buenos días, vengo a tomar café.
    Entiendo que debe ser una contraseña porque no es muy normal llegar a una casa desconocida y presentarse de esa forma, y mucho más  si no conoces a la otra persona.
    Empiezan a hablar de sus cosas y en algún momento la madre llama a su hija y le pide que sirva el té o el café a una señora que ha pasado a visitarlas. Llega la chica y comienza a ser examinada como si de un caballo se tratara. Entre otras cosas la visita puede decir:
    _ Me gusta tu sari, ¿puedo verlo mejor? - de esta forma comprueba si tiene buen aspecto y caderas anchas para darle nietos sin problemas.
    _ Estás muy seria, ¿por qué no sonríes? - así ve si su dentadura está sana.
    _ Lo siento, se me ha caído el café, ¿te importaría recogerlo? - y de paso se fija en si sabe limpiar.
    _ He traído este paquete de lentejas porque no me ha dado tiempo a limpiarlas, ¿te importaría limpiármelas?
    Esto es el colmo de la desfachatez, porque la bruja ya lo tenía planeado, y antes de llegar ha metido entre las lentejas, veintitrés, treinta o cuarenta y dos piedrecitas; en cualquier caso sabe las piedras exactas que hay.
    La chica, que no sé si sabe o no lo que se está cociendo, comienza a limpiar las lentejas - como si fuese lo más normal del mundo ir a casa de un desconocido a que te limpie la legumbre -. Cuando termina, no sé cómo, pero la futura suegra se las ingenia para contar las piedras que la chica ha sacado. Si no se ha dejado ninguna demuestra que es una buena mujer para su hijo y que sabrá cumplir con sus tareas cotidianas - ¡qué horror! Si no ha sido capaz de limpiarlas bien porque no han salido todas las piedras, que no olvidemos ha puesto la bruja, pues se despide y ya irá a tomar café a otro sitio. Y la pobre chica tendrá un problema, porque su familia, tarde o temprano tendrá que casarla y más le vale que aprenda a limpiar lentejas, arroz o lo que sea.
    Esta historia me la contaron más o menos así, no sé si llega a ser tan exagerado, pero en cualquier caso se debe acercar bastante.
    Por eso me resultó tan agradable ver a aquellas parejas tan acarameladas. Allí no podía haber intervenido ninguna alcahueta, y espero que lo menos importante fuera si sabían o no limpiar lentejas.


    Una mañana llegamos a una ciudad en la que su templo-ciudad ocupaba una gran extensión. Antes de entrar en él nos acercamos al río, donde todo el mundo estaba haciendo algo. La gente se encontraba dentro del agua. Unos se lavaban los dientes, otros todo el cuerpo. Había barberos que tenían instalado su negocio en la orilla y utilizaban el río como palangana donde limpiar las navajas y arrojar los restos del afeitado.

    _ ¿Y toda esta gente, no tiene casa donde hacer todo esto?- pregunté.

    _ Viven dentro del templo, ésa es su casa - me contestó el guía -. Ahora entraremos y podrás verlo. Todas estas tareas las realizan aquí porque es más cómodo y además de esta forma mantienen el templo limpio. Cerca de mil personas viven dentro de sus muros. El concepto de vida y de convivencia que se tiene en este lugar es diferente a cualquier cosa que te puedas imaginar.

    _ Pero tendrán sus casas, supongo. Mantendrán una intimidad, una independencia.

    _ Su casa es el propio templo. Viven juntos, todos se ayudan y comparten lo poco que tienen. A muchas personas les parece que vivir así es indigno, pero te sorprenderías si supieras hasta qué punto pueden ser felices. En nuestro mundo tenemos muchas cosas, tenemos grandes casas para nosotros, pero casi siempre nos sentimos solos y poco queridos. Aquí nadie se siente solo, nadie es abandonado a su suerte. Pueden parecer pobres desgraciados, y en muchos casos lo son, pero son unos desgraciados afortunados que siempre tienen cerca una mano amiga que les ayuda y les apoya.

    _ Nunca se me había ocurrido verlo de esa forma.

    _ India es una gran lección de la que todos deberíamos aprender. Lo que a veces me pone triste es conocer a personas que llegan hasta aquí y no aprenden nada. Es una pérdida de tiempo. Pero siempre hay otras, que compensan y que me hacen amar mi trabajo- me explicó el guía.

    Entramos y frente a mí encontré una extensión enorme rodeada de gopuras de colores. Pronto se nos acercó un enano que parecía conocer a nuestro guía. Se saludaron y nos acompañó, sirviéndonos de guía improvisado.

    _ Siempre que vengo aquí y me ve, me pide que le deje hacer de guía. Es muy simpático y le encanta enseñarnos el lugar.

    Nos hizo subir a una terraza desde la que se veían todas las torres de colores, altísimas, sobresaliendo entre un mar de palmeras. Nos indicó cuales eran los puntos desde los cuales salían las mejores fotografías. Después nos guió por todo el templo, que era enorme. En su parte central se encontraban las distintas salas dedicadas a las divinidades hindúes. Las personas estaban sentadas en los lugares techados, más frescos, y simplemente hablaban, comían o dormían. Nuestro guía improvisado encabezaba la marcha y se le veía muy satisfecho cuando pasaba delante de sus conocidos. Presumía de su compañía.

    Fuera del corazón del templo, se podían ver escenas de la vida diaria, mucho más comunes. Una mujer se acercaba con un haz de leña en la cabeza, en la espalda llevaba un bebé, y tras ella caminaban otros dos niños pequeños que se quedaban mirándonos con sus grandes ojos completamente abiertos.

    Junto a unas estatuas de caballos sobre dos patas, sobre los que cabalgaban dioses en actitud de pelea, un hombre estaba sentado en el suelo, reparando un arado rudimentario.

    Escenas como éstas, se veían por todas partes. La gente vivía su vida de una forma natural, al margen del lugar en el que se encontraban.

    Fue una visita muy interesante, y sobre todo muy instructiva. El guía tenía razón, en India se podía aprender mucho, si uno estaba predispuesto a aprender.

    La ciudad más impresionante de todo Tamil Nadu es Madurai. Todo el centro de la ciudad está ocupado por el templo de Meenakshi, el más grande del sur de India. Es el ejemplo típico de templo-ciudad. Necesité todo un día para visitarlo, y por supuesto todo el día descalza. Es simplemente espectacular, con muchas torres cubiertas por completo de azulejos de colores.

    En India creen firmemente en el horóscopo y en los días propicios o no para hacer algo. Nadie emprende nada importante sin consultar antes cuáles son los días propicios para llevarlo a cabo, y eso incluye por supuesto, las bodas. Pues bien, el día que yo estuve allí era el primero de un mes propicio para las bodas, después de otro mes en el que nadie se atrevió a casarse. La consecuencia era que el templo estaba lleno de parejas con sus familias celebrando estos eventos.

    Fue muy curioso, todo muy colorido y con muchísima gente, todos de fiesta. Hice tantas fotos a todo el mundo que casi agoté una tarjeta, y todos posaban. Además ese día estaban muy guapos. Recuerdo a una familia que quisieron fotografiarse todos por separado con el padre del clan, un señor con un turbante y unos bigotes larguísimos.

    Era muy peculiar ver a las mujeres de la familia del novio como recogían todos los regalos y en procesión se lo llevaban todo. Aquí los que siempre ganan son la familia del novio, que se llevan la dote que paga la novia y todos los regalos. La familia de la novia se supone que ya gana bastante con una boca menos que alimentar. Triste, pero es así.

    Como la visita llega a saturar, hice un descanso para salir a buscar un lugar donde me hicieran un traje en una hora. Sí, aquí hay sastres con su máquina de coser a pedales que te hacen un traje en una hora. Se trata de esos pantalones y la casaca larga que se ven en algunos lugares. Elegí una tela, creo que fucsia. Y efectivamente, a la hora volví y ya lo tenía confeccionado.

    El templo está dedicado a Meenakshi, que en realidad es mi vieja amiga Parvati, aunque la llaman de otra forma.

    Vuelvo a retomar la mitología hindú. Muchos dioses tienen varias personalidades, pero quizá la más famosa es la de Parvati.

    En su faceta dulce, buena esposa y buena madre es Parvati, la esposa de Siva y madre de Ghanes. Cuando se convierte en una guerrera que lucha, espada en mano contra los demonios que amenazan al mundo, aparece Durga. Pero su faceta más conocida es su personalidad mala, terrorífica, la más temida, la diosa de la muerte, Kali.

    En el pasado a Kali se le ofrecían sacrificios humanos. Hoy en día esto ya no ocurre, pero se le siguen haciendo sacrificios. Yo asistí a uno en otro lugar del mundo que espero relatar. No murió nadie, al menos ningún humano. Sin embargo todavía existen muchos adeptos a la diosa Kali, sobre todo en la clandestinidad. No es normal encontrarse con ellos, aunque es muy fácil identificarlos. Siempre visten de negro en un país donde el color lo desborda todo. No son peligrosos, pero mejor no tratar con ellos.

    Pasé todo el día entrando y saliendo del templo. Las calles que rodean el recinto son un hervidero de gente. Me paré junto a un encantador de serpientes. Son animales que me dan verdadero pánico, pero no podía perderme la típica imagen de aquel hombre haciendo sonar la flauta, mientras una cobra sale del cesto en posición rígida. Una niña con su cara pintada y maquillada como si de una serpiente se tratara, le acompañaba. Con ella sí me atreví a fotografiarla.

   Volví al hotel a media tarde, pero solamente para descansar un poco, porque al anochecer pensaba regresar al templo. Si se viene a Madurai no se puede perder la ceremonia que todas las noches llevan a cabo, y que consiste simplemente en acostar a Siva con Parvati.

    El día había resultado agotador, todo el tiempo de aquí para allá, sin parar, y todo el tiempo descalza. Ya no sentía la planta de los pies, ni la veía, por lo negra que la tenía. Tuve que estar un buen rato rascando y en remojo para poder volver a ver mis pies.

    Antes de marcharme de nuevo pasé por el edificio principal del hotel para comer algo. Me encantó. En su día fue la residencia del gobernador de la corona británica en la época victoriana. Tenía los típicos corredores con arcadas y mosquiteras que impedían que entraran los mosquitos del jardín. En el corredor principal había una mesa con grandes sillones de mimbre. Pregunté si podía comer algo allí, y me dijeron que por supuesto. Los camareros iban vestidos como los antiguos lacayos de la época colonial. Me sentí como si hubiera retrocedido en el tiempo y estuviera dentro de la película “Pasaje a La India”. Casi me apeteció quedarme allí y olvidarme del templo, pero sabía que merecía la pena, y no podía perdérmelo.

    Me resigné a que mis pies volvieran a teñirse de negro, alquilé un ricksow y volví al centro de la ciudad.

    El lugar se había vaciado de todo el gentío diario, y como era pronto pude disfrutar con un recorrido tranquilo, apreciando todo lo que durante el día era imposible porque la gente lo tapaba. Es grandioso, sobre todo el recinto central. Todo está esculpido con escenas de la mitología hindú. Las ofrendas estaban por todas partes: flores, comida, barras de incienso. Los últimos fieles del día llegaban corriendo para darle las buenas noches a Siva y entraban en una sala donde yo tenía prohibida la entrada. Se supone que era el lugar donde Siva pasaba el día con sus asuntos divinos; vamos su lugar de trabajo.

    La ceremonia empezaba a las nueve de la noche y el guía nos había informado de lo que teníamos que hacer y dónde colocarnos para no perdernos nada. Inspeccioné el terreno, incluso hice un ensayo para estar segura de que lo tenía claro.

    Me debía colocar enfrente de la puerta de aquella sala en la que no podía entrar; si era posible en primera fila. De allí saldría una procesión de sacerdotes que iban cubiertos solamente con un doti. Llevarían antorchas, y detrás otros sacerdotes llevarían en hombros un cajón donde se supone que estaba Siva. Saldrían y girarían a la izquierda para rodear un montón de altares, en algunos de los cuales se pararían. Seguirían por una ruta que yo ya había memorizado, hasta llegar al altar de Ganehs. Nos acordamos, aquel de la cabeza de elefante y la sospecha de adulterio. Allí se detendrían un rato, supongo que dándole las buenas noches y contándole los asuntos del día. A continuación seguirían hasta llegar al recinto donde está Parvati y se detendrían fuera. Aquí es muy importante colocarse bien para ver todo lo que ocurre, y bajo ningún concepto entrar, puesto que está prohibido.

    Todo esto lo hacen a la carrera, y hay que intentar ir por delante corriendo, y si es posible hacia atrás para verlo mejor. Un poco complicado, pero bueno lo intentaría, para eso estaba allí, y además había hecho un ensayo.

    Cuando comenzó todo, el ensayo no me sirvió para nada. Tenía que correr mucho para que no me adelantaran. Y correr hacia atrás con más personas haciendo lo mismo, era un caos. Me reía tanto que no podía correr, y cuando lo hacía me despistaba con la ruta. Vamos un descojone general fue aquello. Lo que sí conseguí fue llegar a tiempo al lugar donde me tenía que posicionar para ver la entrada en la habitación de Parvati.

    Yo estaba en primera fila, y allí pararon los del cajón, dejándolo en el suelo. Salió un sacerdote de la habitación y empiezó a hablarle a la caja; un poco surrealista, pero así es. Supongo que le preguntaba qué tal había pasado el día, si había solucionado muchos problemas, o algo así.

    A continuación empiezaron a hablar los sacerdotes entre sí, el uno entra dentro, vuelve a salir y siguen hablando. Consigo enterarme que Siva está pidiendo permiso a Parvati para entrar a pasar la noche con ella. ¡Hay que joderse!, pues no se supone que vuelve a casa después del trabajo. Cuando parece que recibe el permiso; incluso en los asuntos divinos los pantalones los llevan siempre las mismas, comienza otro ritual.

    Sacan unas pantuflas. Sí, tal cual, sin pompom, pero unas pantuflas. Después un plato con comida. Cuando ya se le supone cenado y con el pijama puesto, aparece un sacerdote con un plumero y comienza a sacudirlo por toda la caja. Se supone que estaba eliminando todo rastro impuro que se hubiera adherido a lo largo del día. Más tarde platillos con incienso y sándalo ardiendo para rodear toda la caja; esto debe poner a los dioses como motos. A continuación alzan el cajón, lo meten dentro de la habitación, cierran la puerta, y felices sueños. Hasta la mañana siguiente que lo sacan, esta vez sin ninguna ceremonia, para llevarlo a pasar el día a su despacho. Y por la noche, a las nueve en punto, otra vez lo mismo.

    Muy curioso todo aquello, de verdad. Me hizo reír muchísimo, aunque intenté no hacerlo abiertamente porque ellos se lo toman muy en serio. Cuando todo terminó continué andando por el recinto, ya no quedaba casi nadie y estaba todo muy tranquilo. Estaba tan a gusto que me despisté y no encontraba la salida. De pronto vino hacia mí un hombre agitando los brazos. ¿Qué había hecho? Sencillamente el templo se cerraba. Yo creía que siempre estaba abierto. Ya habían cerrado los grandes portalones de madera y nadie me había visto. Me llevó hasta la salida, abrió la puerta y me dispuse a buscar a mi ricksow. Me prometió que me esperaría para devolverme al hotel.

    Yo no veía a nadie. La iluminación en las calles era escasa y ya era noche cerrada. Pero no me habían abandonado, son un encanto. Fue él quien me vio a mí y vino a buscarme. No lo reconocí, eran todos parecidos. Yo intentaba explicarle que estaba esperando a mi ricksow, y él me explicaba que era él. Sólo me convencí cuando sacó mis zapatillas, que había dejado allí.

    Una noche muy interesante. Volví al hotel y me acerqué de nuevo al edificio que tanto me había interesado antes. En esta ocasión salí al jardín. La casa del gobernador está ubicada en un alto, y desde el jardín, frente a la casa, hay una vista extraordinaria de toda la ciudad de Madurai. Me senté rodeada de flores y vegetación exótica, un camarero me trajo una bebida, y me dispuse a disfrutar de una noche espléndida, con la ciudad de Madurai a mis pies, y el templo de Meenakshi iluminado en su centro.

    Fue mi última noche en Tamil Nadu. Al día siguiente entré en el Estado de  Kerala.

    Atrás quedaron los templos y los grandes monumentos. Kerala es el estado hindú donde la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor. Grandes reservas de animales, parques naturales, los backwaters. Vegetación exuberante por todas partes, y el agua.

     Se sabe que estás en Kerala cuando comienza a llover. Supongo que es la vegetación la que atrae el agua, pero desde el momento en que crucé la frontera del Estado, comenzó a llover, y todos los días terminaban igual. La humedad y el calor son tan altos que en algunos momentos cuesta respirar.

    Las carreteras se ven continuamente desbordadas de agua. Por suerte yo no tenía que conducir, solamente disfrutar del paisaje. A veces el agua arrastraba parte del asfalto y había que dar un rodeo para volver a la carretera. En uno de estos rodeos llegué a una aldea donde se veían puestos de fruta muy apetitosos. Quise comprar unos plátanos, o mejor dicho platanitos. En todo Oriente los plátanos son deliciosos, son muy pequeños y tienen un sabor muy dulce.

    Estaba lloviendo de una forma impresionante, y un aldeano, que se percató que quería bajar, me fabricó un paraguas con hojas de palma o de banano, no estoy segura, pero funcionó. Aquí tienen recursos para todo.

    Más tarde llegué a una plantación de especias. Kerala es el lugar de India donde se producen la mayor parte de las especias que conocemos. Seguía lloviendo, pero están tan acostumbrados que no parece que se den cuenta. Yo tenía mi super paraguas y con él me metí en mitad de la plantación donde localicé las plantas de café, pimienta, nuez moscada, clavo, jengibre, canela, y muchas más. A pesar de todo, terminé totalmente empapada y llena de barro. Sin embargo ellos seguían perfectos. Nunca he entendido cómo hacen para no mancharse de barro. O yo soy muy patosa o hay algún secreto que no he conseguido aprender.

    Ya anochecía cuando llegué a la Reserva de Periyar. Al día siguiente tenía que recorrerla para hacer un safari fotográfico. Pasé la noche en un hotel formado por  pequeñas cabañas cerca de la reserva, rodeada de vegetación y muchos animales que preferí no identificar. Encontrar la cabaña era algo complicado ya que estaban desperdigadas entre un mar verde que a veces las tapaba. No tenían muchas comodidades, era algo totalmente auténtico. Las ventanas no tenían nada que entorpeciera la vista, ni hacia dentro ni hacia fuera. Si algún animal se acercaba durante la noche a tu ventana, podías observarlo perfectamente.

    Me costó dormir; escuchaba ruidos por todas partes y no sabía qué podía ser. Al final el sueño me venció. Si algo se acercó a mi ventana no me enteré. Me desperté temprano, todavía no había amanecido, pero no podía faltar mucho. Me preparé un café, salí al porche, me senté a observar todo lo que me rodeaba y me quedé admirada por lo que los rayos de sol me iban descubriendo.

    No se veían las otras cabañas, era como estar sola en mitad de la selva. Estaba rodeada de vegetación por todas partes. En un árbol, cuyas ramas casi podía tocar, había varios pájaros de colores; algunos de ellos cantaban y su sonido era una maravilla. Luego llegaron las mariposas, las ardillas, incluso un mono que saltaba de rama en rama. Una auténtica delicia.

    El recorrido por la reserva no fue lo que esperaba. Con anterioridad ya había realizado otros safaris fotográficos. Se trató de un paseo en barco desde el cual se podía ver a los animales en la orilla del río. Lo ideal es ver al tigre, pero aquel día no apareció, aunque no faltaron los elefantes.

    El siguiente punto en mi trayecto por Kerala fueron los backwaters. Se trata de una laguna enorme de la cual parten cientos de canales. En este lugar la tasa de población es superior a muchos lugares de India. Las casuchas están en las orillas, y por todas partes se ven escenas de la vida diaria que siempre se desarrolla cerca del agua.

    Los canales están llenos de barcazas, la mayoría de las cuales son casas flotantes. Se puede ver a los niños jugando en el agua, lavándose los dientes, pescando. Las mujeres limpiando los platos, lavando. Los hombres tumbados en hamacas. Barcas llenas hasta arriba de todo tipo de cosas: animales, ruedas, verduras, frutas, sacos. Es un auténtico hervidero de vida.

    Durante todo un día recorrí en uno de esos barcos una gran parte de los canales. Era increíble ver la adaptación de aquella gente al medio; como habían hecho del agua su mundo, su casa. Todo era tan interesante que no paraba de disparar fotos.

    Desembarcamos en la orilla para poder recorrer uno de sus poblados. El calor y la humedad eran asfixiantes. De pronto noté que me mareaba, una bajada de tensión. Me tumbé a la sombra, esperando a recuperarme. Estaba allí, cuando un niño pequeño se acercó y se quedó mirándome. Llevaba un cuenco del que sacaba arroz con sus manitas y se lo metía en la boca. De alguna forma se dio cuenta que yo me encontraba mal, porque tendió hacia mí el cuenco, en un gesto de ofrecimiento; me estaba dando su comida para que yo me recuperara. Fue un gesto que me emocionó. Probablemente era lo único que tenía para comer en todo el día, y me lo estaba dando, a mí que podía pagar lo que necesitara. Le indiqué que no podía aceptar, y él siguió comiendo, pero no se separó de mi lado hasta que me levanté y pude continuar.

    Aquella tarde llegamos a un hotel espectacular en la orilla de los backwaters, con jardines enormes. Aproveché la tarde para charlar un poco con nuestro guía. Hablamos de muchas cosas, me contó muchas historias y anécdotas de India, pero sobre todo recuerdo lo que contó sobre las castas.

    _ Todas estas personas que viven prácticamente en la miseria, supongo que pertenecen a la casta más baja de todas - le dije.

    _ No tiene porque ser así - me contestó. El sistema de castas es muy complejo, y para muchas personas difícil de entender y de aceptar.

    _ Háblame sobre ello - le pedí - voy a intentar entenderte.

    _ En India existen cuatro castas. La más alta es la de los bramanes, a ella pertenecen los sacerdotes y algunas personas con puestos relevantes, como Indira Gandhi; ella pertenecía a la casta bramin. Por debajo de ésta se encuentra la casta de los guerreros, aunque sus miembros no son soldados como pueda parecer. A continuación está la casta de los comerciantes y artesanos. Y por último, la casta más baja, los intocables. Aquí se engloba aproximadamente el 33% de la población de India.

    _ Por lo tanto la pertenencia a una casta está marcada por la profesión de la persona - inquirí.

    _ Puede parecer que es así, pero no lo es. La pertenencia a una casta la marca el nacimiento, nunca la profesión o el dinero. En India se nace en una casta y se muere en ella, toda la vida y la condición de la persona están marcadas por la pertenencia a la casta. No se puede ascender, es imposible, solamente se puede bajar, y cuando se hace, la persona arrastra a todos sus descendientes a la casta inferior. Se desciende de casta cuando una persona se casa con alguien de casta inferior. También cuando se realiza un trabajo sólo llevado a cabo por los intocables.

    _ En nuestro mundo, una persona asciende en la categoría social cuando alcanza unos niveles económicos que le permiten tener un status diferente. Aquí no se entiende ese concepto. Te sorprenderá saber que los bramanes no tienen porque ser los más ricos, ni los intocables los más pobres. El nivel económico no tiene nada que ver con la casta a la que se pertenece. Un braman puede ser muy pobre, de hecho muchos sacerdotes no tienen donde vivir, y lo hacen en la calle, pero pertenecen y pertenecerán siempre a la casta más alta. Por el contrario hay comerciantes, incluso parias, que tienen un nivel económico alto, buenas casas, coches y todo lo que para nosotros significa un nivel social alto, sin embargo siempre serán miembros de una casta inferior. Es lo que te he dicho al principio, la pertenencia a una casta no la hace el dinero, la decide el nacimiento, y eso no se puede cambiar nunca.

    _ Has dicho que el matrimonio puede hacer descender de casta, ¿por qué?

    _ En India todo el mundo se casa tarde o temprano, y se debe hacer dentro de la misma casta. Es algo que se remonta a tantos siglos atrás que casi se confunde con la leyenda.

Pero a veces hay alguien que se casa con una persona de casta inferior, no es muy normal, pero puede ocurrir. En este caso, los dos, y todos sus descendientes, para siempre, quedan enclavados en la casta más baja de las dos.

    _ ¿Y por qué no ocurre al contrario?

    _ Si uno es de la casta guerrera y se casa con un braman, éste último desciende a la casta guerrera. No ocurre al contrario porque el primero no podrá nunca cambiar su nacimiento, y el nacimiento marca la casta. Es cierto que el braman tampoco puede cambiar su nacimiento, pero su acción es castigada de esta forma. Nadie osará nunca cambiar esta organización, sus raíces están clavadas en lo más profundo de la tradición hindú.

    _ De forma que casarse con alguien de casta inferior lleva un castigo.

    _ Pero el castigo, por llamarlo de alguna forma, no significa siempre una vida peor. Ya te he dicho que la pertenencia a una casta no tiene nada que ver con el nivel económico. Para que lo veas más claro. Indira Gandhi pertenecía a la casta superior, la de los bramanes. Se casó con un abogado que pertenecía a una casta inferior, y ella pasó inmediatamente a formar parte de la casta de su marido, sin embargo esto no fue ningún inconveniente para que llegara a ser presidenta de este país, y una mujer poderosa.

    _ Realmente este tema es interesante y complicado. Me alegra que me lo hayas explicado. No siempre puedo enterarme de todo lo que me interesa cuando viajo por otros países.

    _ Y yo no siempre puedo compartir mis conocimientos con gente que sabe entender y comprender el funcionamiento del mundo, sobre todo cuando se trata de cosas que no se parecen a las nuestras. Tendrías que ver con que personajes tengo que cargar a veces. Salen de su casa con la idea de que somos los mejores y tenemos que imponer lo nuestro al resto del mundo, por las buenas o por las malas.

     _ La verdad es que tu trabajo puede parecer apasionante, y lo es, pero también te tienes que armar de mucha paciencia.


    Dejé atrás los backwaters y continué mi viaje hacia Cochin. Una ciudad colonial que ha perdido todo el esplendor de antaño, pero donde todavía se pueden observar todos los edificios que los portugueses construyeron en el que fue uno de sus principales puertos en India.

    La ciudad me dejó una sensación de decrepitud. Los antiguos edificios están desconchados. Las ventanas en muchos casos están medio arrancadas. Pasear por el barrio colonial puede darte una idea de lo que fue, pero cuesta imaginárselo con el puerto lleno de barcos portugueses, comerciantes europeos y el tráfico de mercancías que allí se generaba.

    Me acerqué al puerto, lleno de pescadores trabajando en sus redes. Son grandes redes colgadas en la orilla mediante un mecanismo que les permite bajarlas y subirlas para recoger la pesca. No era nada nuevo, ya había visto algo parecido en Vietnam.

    Me dediqué a comprar algunas especias; es un buen lugar para comprarlas, aunque luego no sé muy bien cómo utilizarlas. En mi paseo pude observar a varios santones que pedían dinero o comida.

    No he hablado de los santones en India. Viven de la caridad y siempre son hombres seguidores de uno de los dos dioses principales, Visnhu o Siva. Se les puede distinguir por los dibujos que llevan en su frente. Unos llevan pintado un tridente y los otros unas rayas horizontales. Son personas muy pacíficas, que aceptan lo que les das. Algunos no se cortan nunca el pelo y éste puede llegar a ser arrastrado detrás de ellos. No se podría entender India sin sus santones.

  Se les puede ver por la calle, sentados en cualquier acera, pero sobre todo en los templos. Dan al entorno un aspecto muy auténtico.

    Me habían hablado de las danzas katakali como algo muy interesante y que merecía la pena verse en esta zona. Nuestro guía nos llevó a un lugar donde podríamos verlas para nosotros solos. No era un teatro ni un lugar donde se hicieran actuaciones públicas. Caminamos por un laberinto de callejuelas estrechas y sucias donde los perros devoraban los desperdicios por todas partes. Yo iba tranquila porque nos acompañaba alguien que conocía perfectamente el lugar, pero si no hubiera sido así me hubiera vuelto. Llegamos a un edificio que no se diferenciaba en nada de los demás, sucio y medio en ruinas; pero aquí el aspecto exterior a veces engaña. Cuando entré advertí que era el lugar donde un grupo de actores ensayaban sus danzas. Entramos en el lugar donde los actores se pintaban la cara para la representación y vimos todo el ritual. Solamente para pintarse la cara necesitan dos horas. Después se ponen unos trajes muy coloridos y voluminosos. No recuerdo muy bien los papeles, pero creo que siempre hay un demonio y un dios.

    Bailaron para nosotros una danza típica. Al principio me divertí porque era muy curiosa, pero es tan larga que terminé cansada. Sin embargo tenía que resistir, no podía hacerles un feo.

        Mi viaje continuó y de Kerala me dirigí hacia el norte, al Estado de Karnataka. De nuevo volví a encontrarme con los templos, pero en esta ocasión no tenían la grandiosidad de Tamil Nadu. Su tamaño era mucho más pequeño, pero no por eso dejaban de ser espectaculares. Me recordaban a los ya lejanos en el tiempo, templos de Khajuraho. Piedra y más piedra esculpida que les daban una belleza impresionante, a pesar de que carecían de color.

    Cada uno estaba dedicado a un dios diferente, aunque los que predominaban eran los templos del dios Siva y su esposa Parvati. Pero en la mitología hindú hay muchos más dioses.

    En realidad los dioses principales son tres: Bramha, el creador, Vishnu, el conservador, y Siva, el destructor. A su vez cada uno de ellos está casado con una diosa.

    Bramha y Sarasvati son una pareja que casi no aparece por ninguna parte, estos no daban que hablar. Su función fue crearlo todo, no se sabe en cuánto tiempo, y después se fueron de vacaciones. Deben estar en algún lugar exótico descansando todavía.

    Vishnu y Lakshmi ya tienen más trabajo. Él como conservador se pasa el tiempo arreglando los desaguisados que hace Siva, pero tiene una gran recompensa, ya que al final de cada día vuelve junto a Lakshmi, la diosa de la belleza.

    En cuanto a Siva y Parvati, ya son viejos conocidos. Son los más marchosos y los que están en todas las crónicas de sociedad, si es que ello existe en el Olimpo de los dioses.

    En el momento en que se deja atrás el sur, comienzan a aparecer monumentos musulmanes, aunque en este viaje solamente estuve en uno, el palacio y mausoleo del sultán Tipu. No son tan espléndidos como en el norte. Allí los mogoles construyeron auténticas obras de arte.

    Durante otra de mis etapas subí a lo alto de un templo jainista. El jainismo es una de las muchas religiones que conviven en este país con tanta diversidad. Seguro que quien esté leyendo esto ha escuchado hablar en algún momento de estas personas. Respetan tanto la vida que llegan al extremo de impedir la muerte de cualquier ser vivo, sea cual sea su condición. Se colocan mascarillas para no tragar involuntariamente ningún insecto, van barriendo el suelo a su paso para no pisar posibles animales minúsculos. Estos son los jainistas.

    Este templo en concreto se situaba en la cima de una montaña de roca viva con ochocientos escalones,  se subía descalzo y con un sol de justicia que abrasaba la roca. Pero qué le vamos a hacer, a estas alturas mis peripecias ya me habían enseñado que la vida del viajero es muy dura, y ya que estaba allí, mejor subir. Me dispuse a ascender aquella mole, y cuando ya llevaba unos trescientos escalones veo que me adelantan cuatro porteadores llevando en hombros una tumbona con una turista colocada como si se tratase  de la mujer del mismísimo sultán. Entiendo que esta gente se tiene que ganar la vida, pero yo sería incapaz de permitir que alguien cargara conmigo cuando tengo dos piernas que me pueden subir, aunque necesité bastantes paradas y dos botellas de agua.

    El templo no está mal, pero no merece el esfuerzo que hay que realizar para llegar hasta él. En cualquier caso ya estaba arriba y el paisaje que se contemplaba era impresionante.

    Siguiendo carretera y más carretera, llegué a Mysore, la capital del estado de Karnataka. Es una ciudad bonita y su principal atractivo es el palacio del maharajá. Un palacio espléndido visto por fuera, el más espectacular que he visto, aunque para mi gusto prefiero los palacios de los emperadores, en el norte del país. Estos respiran un aire muy exótico, romántico, sugerente; es un gusto muy refinado y muy elegante. Sin embargo los palacios como el de Mysore son muy recargados, desbordan riqueza y esplendor por todas partes, pero es excesivo observar salas de hasta seiscientos o mil metros cuadrados llenas de pinturas, mobiliario y decoración excesiva.

    Aquel día se celebraba alguna fiesta, no sé muy bien cuál, puesto que en India cualquier acontecimiento, real o mitológico, se celebra por todo lo alto. En cualquier caso, al atardecer había grandes desfiles que llegaban a la plaza delante del palacio. La gente se había vestido con trajes muy vistosos: rojos, amarillos, verdes, dorados. Tocaban instrumentos de todo tipo, bailaban. No podían faltar los elefantes engalanados.

    Era algo muy divertido y la música te arrastraba. Sin darme cuenta me encontré bailando al ritmo de aquella música tan animada. Entre una cosa y otra se hizo de noche y encendieron montones de farolillos, pero la fiesta no cesaba.

    Entonces empezaron una serie de combates con sables y espadas. Encendieron hogueras y los faquires comenzaron a comer fuego y arrojarlo en largas lenguas, otros saltaban por encima de las hogueras.

    Yo estaba fascinada con todo aquello, no sabía a dónde mirar, todo era distinto y muy interesante. Tenía claro que no me marchaba, no tenía problema en pasar allí toda la noche. Cuando decidí volver surgió el problema, el hotel estaba bastante lejos y sólo podía llegar en ricksow, pero todos estaban ocupados y nadie me llevaba. No fue fácil, pero finalmente conseguí llegar.

    Esto ya se terminaba, al día siguiente volábamos a Bombay y de allí regreso a España. Pero todavía quedaba Bombay, una ciudad única.

    Bombay, una ciudad de más de veinte millones de personas, y un espacio reducido. Se encuentra dentro de una pequeña península y es imposible que pueda crecer, pero la gente sigue llegando en busca de una vida mejor, y lo único que encuentran es un trozo de calle o de puente donde poder tumbarse. Hacía mucho tiempo que no contemplaba la miseria en India, pero aquí me topé de nuevo con ella.

    Lo primero que percibes es la cantidad de plásticos en forma de tiendas de campaña que hay por muchos lugares. Me sorprendió cuando me dijeron que esas personas tenían un trabajo y por la mañana se levantarían y acudirían a trabajar como en cualquier otro lugar. ¿Entonces por qué vivían en la calle? La explicación es tan sencilla como la siguiente: no hay viviendas para tanta gente, el espacio está saturado y no se puede construir más. Tienen que vivir así.

    En esta ciudad están muy bien organizados. Hay dos cosas típicas que no he encontrado en ningún otro lugar de India.

    Hay un barrio lleno de piscinas y cuerdas, es el barrio de los lavadores de ropa. Recogen puerta por puerta en toda la ciudad la ropa sucia y se la llevan a lavar para después devolverla limpia. Son personas analfabetas y utilizan signos para identificar la colada de cada cliente. Es una auténtica marea de ropa tendida, hasta donde la vista abarca.

    El otro grupo de gente único se ve en la Estación Victoria, la estación de tren. Aquí la gente está muy mentalizada con la comida sana, comida casera. Pero es imposible ir a comer a casa, por eso hay personas que se ocupan de ir a tu casa, recoger la comida recién hecha y llevártela al trabajo, después recogen los recipientes vacíos y hacen el viaje de vuelta. Es un espectáculo verlos llegar en tren con unas grandes bandejas en la cabeza, llenas de ollas.

    La Estación Victoria es quizá el edificio colonial más importante de Bombay, aunque todo su centro está llenó de un sinfín de edificios coloniales que le dan un aspecto de ciudad importante e imponente.

    Es muy interesante pasear por sus largas avenidas y observar todos estos lugares que se encuentran en muy buen estado. Pero la Estación Victoria merece especial atención. El edificio en sí ya es espectacular, aunque lo que hay dentro es único. Por una parte están todos los porteadores de comida que ya he descrito, y después los trenes, esos trenes típicos, llenos de gente por todas partes, saliendo por las ventanas y colgados de las puertas. Cuando llegan a la estación son un espectáculo.

    Caminando por cualquiera de estas avenidas se llega inevitablemente a la Puerta de la India; un arco grandioso frente al mar, construido para dar la bienvenida al rey Jorge cuando visitó India. Y en el otro extremo el majestuoso hotel Taj Mahal.

    Todo tiene la grandiosidad que imprimió el imperio británico, aunque realizado para su propia comodidad y no para la de sus súbditos.

    Otro lugar que no hay que perderse es la bahía y sobre todo un gran parque que hay cerca, junto al cual se siguen practicando los ritos mortuorios de los zoroastros. Es el único lugar del mundo donde todavía mantienen vivas sus tradiciones.

    Los zoroastros practican la religión de Zaratustra, su dios es Aura Mazda y siempre tienen encendida la llama eterna que lo representa.

    Lo más característico de esta gente son sus ritos funerarios. Los cadáveres son dejados en las Torres del Silencio para que los buitres los devoren hasta dejar solamente los huesos, que después son triturados.

    Yo había visto anteriormente las Torres del Silencio en Irán, pero estaban abandonadas, ya no se utilizaban. Sin embargo en Bombay siguen llevando a cabo estas prácticas. Las Torres no se ven, de hecho todo el recinto está tapado por un bosque frondoso. Ni siquiera los familiares pueden entrar. Entregan el cadáver a los sacerdotes y solamente ellos pueden estar dentro.

    No se podía entrar, pero si ver a los buitres revolotear por encima del parque cercano. Me advirtieron que tuviera cuidado porque a veces tienen tal hartazgo que dejan caer algunas cosas.

    El viaje tocó a su fin. Habían pasado veinte días desde que aterricé en Madrás, y había recorrido una distancia como media Europa. Abandoné India y todavía no he vuelto, pero si nada me lo impide, volveré. Queda mucho por conocer y estoy totalmente enamorada de este país.

    No puedo terminar este capítulo sin hablar de una persona a la que conocí en mi primer viaje, allá por 1994, y que todavía hoy sigue siendo una de mis mejores amigas. Son pocas las personas a las que puedo llamar así, pero cuando alguien entra en esa categoría, es para siempre.

     Nos conocimos en aquel primer viaje a India. Es curioso lo poco que a veces sirven las primeras impresiones. La recuerdo en el aeropuerto de Heathrow, sentada durante seis horas, en lugar de estar curioseando y yendo de aquí para allá, con expresión seria. Yo pensaba _ si tan a disgusto está no sé por qué ha venido_ vaya cara de mala uva que tiene.

    Pero ya he aprendido a no fiarme de la primera impresión. Conectamos, disfrutamos muchísimo del viaje, y desde entonces somos grandes amigas. Hemos vivido muchas aventuras juntas, después de unos años viajamos a otros lugares que espero relatar.

  Mi relato sobre este país mágico termina aquí. Sé que he dejado muchas cosas sin narrar, pero espero haber podido transmitir una parte del alma y de la magia de este lugar. Haber sabido hacer llegar a quien pueda leerlo, los sentimientos y las sensaciones que se pueden experimentar recorriéndolo, hablando con sus gentes, y sobre todo entendiendo su forma de vida, sus costumbres. Ellos me enseñaron mucho, y si tengo que hacer un resumen sería el siguiente: India es una gran Universidad para quien esté dispuesto a aprender, en cada rincón se adquiere una lección de HUMILDAD y de VIDA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario