Recuerdo mi niñez en aquel pequeño pueblo
donde nací. No había mucho que hacer, y yo tenía un entretenimiento que me
apasionaba, recitaba la lista de todos los lugares que conocía. Aquella lista
siempre empezaba con el nombre de mi pueblo, y poco a poco se añadían los nombres
de los pueblos más cercanos. Después llegué a alguna ciudad, pero durante mucho
tiempo el radio que abarcaba no sobrepasaba los cincuenta kilómetros. Me sentía
feliz cada vez que añadía un nombre nuevo, había llegado más lejos.
Yo ya era una adolescente y todavía era
capaz de recordar de memoria la lista actualizada.
En aquel momento no podía sospechar que
algún día esto sería imposible, no hubiera podido imaginar los lugares que me
estaban esperando. Aquella lista se perdió en la memoria del tiempo. Si
quisiera volver a retomarla y no dejar nada fuera, solamente podría decir que
me llevó: de Galilea a Catai.
En
algún momento he pensado poner por escrito todos mis recuerdos, mis vivencias a
lo largo de estos años recorriendo una parte del mundo, pero nunca lo he tomado
como algo serio. Me gustaría compartir todos estos recuerdos, y pienso que este
es un medio que puede hacer llegar mis vivencias a mucha gente. Comienzo este
pequeño sueño, esta ilusión, con la esperanza de poder ver hecho realidad un
reto que me he marcado: conseguir escribir todo lo que a mí me ha enriquecido
como persona, lo que me ha hecho ser lo que soy, lo que he aprendido junto a
tanta gente que me ha enseñado más que la Universidad. Y sobre todo
compartirlo, porque pienso que si he tenido la oportunidad de vivirlo, no ha
sido para guardarlo para mí.
Quiero ver
si soy capaz de hacer algo interesante, bonito, y sobre todo divertido. Si
puedo conseguir que alguien lo lea hasta el final y se sienta interesado, ya
habrá merecido la pena.
LA MAGIA DE SHEREZADE
INDIA
¿Cómo definir un lugar como éste? No existe
una palabra, una frase, ni un párrafo que pueda abarcarlo todo. Cuando llegué
escuché una frase muy breve y muy injusta, pero hay que respetarlo todo. Una de
las personas que me acompañaba en aquel viaje dijo:
_ La India es un solar muy grande lleno de
mierda.
No estoy de acuerdo. Mi recorrido por esta
tierra me mostró otra cosa, pero que juzgue el lector cuando termine de leer.
Muchos años más tarde y en otro lugar muy
distante de éste, alguien me dijo algo con lo que estoy totalmente de acuerdo:
“Incluso entre la basura se puede ver belleza, solamente hay que saber mirar al
mundo y a las personas que en él viven, con sus propios ojos”.
Pero ahora estoy en India, un lugar difícil
de describir. Se me ocurren muchas formas de hacerlo y todas pueden ser
válidas, aunque todas se quedan cortas.
-
Es el país de los contrastes. En ningún lugar del
mundo se pueden encontrar como aquí. El lujo y la miseria, lo bonito y lo feo,
la vida y la muerte, grandes palacios junto a ¿chabolas?, a veces ni eso.
-
Es el país del color, de la luz, de la música, de la
alegría.
-
Es el país de la espiritualidad, del amor, de la
sensualidad.
-
Es el país más mágico que existe en este mundo.
En cualquier caso es un lugar que no deja
indiferente a nadie. Solamente conozco dos reacciones frente a él: o te enamora,
o lo odias desde el primer momento, pero si te atrapa, nunca lo olvidas. Te
atrae tanto que quieres volver tantas veces como sea posible.
Yo llegué por primera vez en el año 1994, y
me enamoró.
El trayecto ya era de los que hacen
desistir. Vuelo a Londres, y seis horas de espera en Heathrow. A continuación vuelo
a Karachi en las líneas aéreas pakistaníes, entonces todavía era un lugar
seguro, para esperar otras seis horas en Karachi, y de nuevo otro vuelo a
Benarés.
En este último trayecto el ambiente ya se
tornó muy interesante. Es inconcebible imaginar a los pasajeros con cestas y
cajas donde llevaban gallinas, patos, conejos, utensilios de todo tipo, y por
supuesto en la cabina.
Ahora sería imposible, pero en aquella época era lo habitual.
Llegué a India por la puerta grande. Aterricé
en Varanasi, más conocida como Benarés. Todo lo que allí se encuentra contrasta
con lo que podamos conocer en nuestro mundo, nada es comparable. Hay que tener
una gran capacidad de comprensión, y una mente muy abierta, para entender todo
lo que se ve y se siente en esta ciudad.
Es la ciudad más sagrada de India, aunque
en este país todo es sagrado. La vida gira en torno al gran Ganges, el río
sagrado de los hindúes. Es la ciudad a la que una gran cantidad de hindúes acuden a morir: pobres, ricos,
tullidos, niños, viejos. En este lugar todos son iguales, las diferencias que
en la vida los han marcado, aquí desaparecen.
Hay que estar preparado para ver a los
enfermos de lepra con sus miembros mutilados. Algunos de ellos no tienen brazos
ni piernas, se desplazan en una plancha de madera donde está colocado el
tronco.
Los hay que tienen más suerte y no han
perdido ningún miembro, pero todo su cuerpo está cubierto por las llagas de la enfermedad. Vi a
algunos lavándose en las fuentes, y es muy duro.
Pero antes de continuar con la parte más
triste de este lugar, quiero recordar algo divertido que ocurrió nada más
llegar.
Estábamos en el final de la época del monzón,
y la lluvia apareció de golpe, una lluvia torrencial. Me encontraba al lado de
la universidad y entré a visitarla. Uno de los edificios era un templo en el
que se escuchaba mucha algarabía. Como todo templo hindú se debe entrar
descalzo. Pero, ¿cómo dejar fuera las zapatillas con el agua que caía? Las
sujeté en la mano y entré. Estaban haciendo algún tipo de ritual que no entendí.
Un grupo de gente tocaba tambores, cantaban. Todo muy exótico. De repente
alguien me vio, me señaló, y a continuación todos vinieron gritando hacia mí,
sin dejar de tocar los tambores. Yo vi venir a todo el grupo y salí corriendo,
pero sentía que el ruido de tambores y la gente me seguían. No entendía nada y
me sentí como Willy Fog en alguna de sus correrías. Seguí corriendo como alma
que lleva el diablo, hasta que salí fuera y comprobé que allí nadie me seguía.
¿Qué había pasado?, acababa de llegar y ya
la había liado, estaba alucinada. La explicación era muy sencilla, un joven que
vio mi cara me lo explicó señalando hacia mis manos. Las miré y entonces
entendí todo. En ellas seguía sujetando las zapatillas. No se trataba de entrar
descalzo, los zapatos no deben estar a la vista dentro de un templo.
¡Claro, yo los llevaba en la mano! Error de
novata. A partir de entonces nunca me he preocupado de que se mojen o se
pierdan. Muchas veces se han mojado, pero nunca los he perdido.
Volví a entrar y ya no pasó nada. Contemplé
una ceremonia que no entendí, pero era muy atractiva. Música, cantos, mucho
humo, guirnaldas de flores al cuello, pétalos al viento, y por primera vez vi
el Sivalingam, frente al que estaban haciendo ofrendas. Muchas veces a partir
de entonces encontré esta representación de los órganos sexuales unidos de Siva
y Parvati. Probablemente sea el icono más reverenciado en toda India.
Estuve un buen rato contemplando todo
aquello, ¡era tan diferente! Los tambores no sonaban como aquí, era un sonido
suave, casi como timbales, que te transportaba, te hacía volar. Aunque lo que
más contribuía a esta sensación era el
humo. Todo estaba impregnado de un olor que no reconocía, que te embotaba la mente. Después he
aprendido a reconocer ese aroma, lo he encontrado en muchos lugares. Sándalo
ardiendo.
Todo en Benarés gira alrededor del Ganges,
y lo más conocido, puesto que es lo que atrae a más personas, son las
cremaciones en la orilla del río. Quien llega a esta ciudad no puede perderse
una visita a la orilla, donde arden decenas de hogueras día y noche. Cada
familia quema a su ser querido, y los que están solos quedan en manos de los
“funcionarios”, que se encargan de quemarlos. Después las cenizas, y lo que no
son cenizas, son arrojadas al río.
¿Por qué tienen que ser quemados? Todo
hindú, excepto los niños, deben ser quemados para liberar su “karma” y
permitirle reencarnarse de nuevo. Creen firmemente en la reencarnación y en que
su nueva vida será mejor que la anterior. Los niños se supone que no han cometido
ningún mal y por lo tanto no tienen que ser liberados de nada. A ellos los
arrojan directamente al río.
Ése es el motivo por el que observe cosas
no identificadas flotando en el agua, y entonces también me enteré de hasta qué
punto una persona puede ser pobre en este país. Cada uno lleva o compra su haz
de leña para su propia cremación o la de su familiar, pero hay personas tan
pobres que no pueden adquirir la leña suficiente para que todo el cuerpo se
desintegre. Entonces lo que queda es arrojado al río.
La vista de las cremaciones debe hacerse de
noche. No es ningún espectáculo, pero es el mejor momento. Llegar hasta la
plataforma requiere atravesar todo el laberinto de intrincadas callejuelas que
llevan al río. Yo esperaba ese momento, una aventura nocturna que imaginaba
llena de emociones.
¡Y vaya si tuve aventura, aunque no suponía
que sería así! En India todo puede cambiar en un momento.
Puesto que habría muchas personas
transportando cadáveres por el camino, nos explicaron cómo actuar al respecto.
Hay que ir caminando por las callejuelas, que son muy estrechas y la luz
inexistente durante la noche. Hay que estar atentos a lo que viene por detrás.
Si aparecen varias personas con unas parihuelas a hombros y a paso rápido, hay
que pegarse lo más posible a la pared para que puedan pasar sin problemas, y
después continuar el camino.
Es muy interesante contemplar estas
procesiones. Los familiares, vestidos de blanco, llevan en hombros el cadáver,
tumbado sobre unas parihuelas. A veces abriendo la marcha, algunas personas
portan antorchas para iluminar el camino, y posteriormente prender la pira
funeraria.
Si no había nada más que saber, ya
estábamos listos para salir. Estábamos ansiosos.
Pero el destino que siempre es caprichoso,
tenía otros planes. Me había olvidado del monzón, y en ese momento comenzó a
llover de nuevo de forma torrencial. En pocos minutos las calles se llenaron de
agua. La red de alcantarillado simplemente no existe, para eso está el río.
Subía tanto el nivel del agua que vi peligrar mi excursión nocturna. Pero sólo
estaría esa noche, tenía que ir.
No nos lo aconsejaron, no podíamos caminar
por la calle. Pero
tenía que haber alguna opción, en esta ciudad no se para el ritmo por una
lluvia de monzón. Había por allí personas que conducen bicicletas con un
pequeño coche detrás, un ricksow. Ellos nos llevaban hasta la orilla del río,
pero a una zona anterior a la plataforma, y allí tendríamos que buscar una
barca que nos acercara. Hablé con más gente que tampoco querían perdérselo y
formamos un grupo de seis personas. Subimos al ricksow y partimos.
Enseguida pensé que había cometido una
equivocación. El agua cubría casi todas las ruedas. Aquel pobre hombre hacía un
esfuerzo brutal para llevarme hacia delante, sentía su sufrimiento como algo
fruto de mi egoísmo, pero él me decía que no había problema, que todo estaba
bien. Durante este viaje pasaron a mi lado todo tipo de cosas flotando en el
agua que anegaba las calles.
Por fin llegamos a la orilla y pensé que
había pasado lo peor, ¡pero qué ingenua era! Subimos a una barca que en
realidad era igual que una patera pequeñita. Allí estábamos los seis frente al
gran Ganges, en aquel momento crecido de una forma espectacular, a punto de salir
no se sabe hacia dónde. Por un momento tuve una pequeña visión de la barbaridad
que estaba a punto de cometer, pero era muy joven y la adrenalina me corría por
las venas. Con nosotros venían dos hindúes, vestidos únicamente con sus “dotis”,
y tan delgados que no sé cómo pudieron sujetar aquella barquichuela frente a la
gran fuerza de la
corriente. Porque éste era el problema, la fuerza del río era
brutal. Se acababa el monzón y estaba en su mayor nivel, seguía lloviendo y la
oscuridad era total. Los relámpagos eran lo único que iluminaba la noche, y
entonces veía por un instante la masa de agua que nos arrastraba. Tuvieron que
hacer lo imposible para gobernar la barca.
Todo salió bien, pero faltó muy poco para
que apareciera una noticia en nuestro país diciendo: “Seis personas han
perecido ahogadas en el Ganges al volcar la barca con la que pretendían llegar
hasta el lugar de las cremaciones. Sus cuerpos fueron engullidos por la
corriente, y a estas horas continúan las tareas de búsqueda”.
Ya estaba allí. Lo primero que percibes es
el olor dulzón de la carne quemada. Habían cubierto las hogueras para
protegerlas de la
lluvia. Había montones de ellas, mucho humo, y silencio.
En un extremo se levantaba un edificio que
tenía una terraza desde donde se podía ver mejor. Nos dijeron que podíamos
subir sin problema. Yo entré y enseguida me encontré pisando cuerpos. No había
luz, ¿qué era aquello? Volví a salir pero nos indicaron que podíamos entrar,
que subiéramos a la terraza.
_ No hay problema, son personas durmiendo.
Si las pisan no dirán nada. No se preocupen y suban.
Yo no sabía qué hacer, ¿cómo me iba a meter
allí pisando cuerpos tan alegremente? Eran personas, no felpudos. Pero los
demás me empujaron y seguí adelante. Lo pasé muy mal, me dolía cada vez que pisaba,
no sabía el qué. Pero es cierto que nadie se quejó.
Desde la terraza se podía ver todo el
espacio lleno de piras. El humo y el olor lo impregnaban todo. Allí estaba yo,
totalmente empapada, seguía lloviendo y el agua me corría por todo el cuerpo.
Miraba aquellas hogueras y podía sentir la espiritualidad que se desprendía de
todo aquello. Para ellos es algo muy importante, casi más que la vida, es su
forma de liberarse de todos los sufrimientos por los que han pasado, y tener
acceso a una vida mejor en la próxima reencarnación.
En el camino de vuelta, nos encontramos con
un hombre que llevaba en brazos un pequeño paquete envuelto en una sábana. Era el cuerpo de su
hijo, un bebé que había muerto. Nos quedamos mirando el ritual. Llegó a la
orilla del Ganges y lo sumergió varias veces en el agua, después lo dejó
flotando y encendió una lamparilla que colocó dentro de un recipiente. Los dos,
el niño y la luz que le acompañaba, se alejaron flotando sobre las aguas del
río.
Cuando volví al hotel estaba impresionada,
alucinada, no sé muy bien lo que sentía. Había pasado mi primer día en India y
era tan increíble todo lo que había vivido, que no sé muy bien cómo definir mi
estado de ánimo, pero aquel país me había enganchado. Algunas personas ya querían
irse, yo solamente pensaba en seguir.
Entré en la ducha, el agua era marrón,
alguna cucaracha corría por el baño, la cama era durísima. Creo que no dormí,
pero no me importaba la incomodidad, no podía quitarme de la cabeza todo lo que
había vivido en un solo día. ¿Y qué me depararía el resto del país? Lo que había
visto era lo más desagradable, pero me esperaba la otra India, La India
mágica.
Si Benarés está ligado a la muerte, mi
próximo destino estaba ligado a la vida y al disfrute de la misma.
Placer, sexo, lujuria; o quizá amor,
sensualidad, erotismo. Llega un momento en el que no se ve la diferencia. Las
imágenes, el ambiente, los sentimientos, te terminan embargando de tal forma
que sólo ves belleza. He dicho al principio que India es el país del amor y de
la sensualidad, y en ningún otro lugar como en este rincón al que llegaba, se
puede apreciar y experimentar en toda su plenitud.
Khajuraho. Es una pequeña aldea donde sus
habitantes viven con muy poco, como en muchos otros lugares de India, aunque
aquí no se ven escenas de extrema miseria. Es un lugar muy agradable y muy
cuidado, especialmente la zona donde se encuentran los templos. Porque éste es
su gran atractivo: los templos de Khajuraho, los templos del amor. El kamasutra
en piedra.
Llegué al anochecer, dejé el equipaje, y
junto con otras personas interesadas nos fuimos al parque donde se encuentra
todo el complejo. Quizás pudiéramos ver algún ritual de los que solamente se
puede disfrutar en India.
Uno de los templos estaba abierto. Entramos
y nos unimos a otras personas que participaban de una ceremonia en la que se
exaltaba el amor carnal, el sexo. El interior era pequeño y oscuro. Las paredes
de piedra reflejaban la antigüedad del lugar, y las miles de ceremonias que en
él se habían representado a lo largo de siglos. Una gran representación del
lingam se encontraba en el centro, y sobre ella ardían multitud de velas de
incienso.El lingam estaba impregnado de un líquido blanco que derramaban desde
arriba, y con guirnaldas de flores encajadas a su alrededor. Varias mujeres
seguían a un sacerdote que cantaba y recitaba algo parecido a un mantra. El
ambiente era pesado y estaba cargado por el aroma del incienso y el calor. Costaba
respirar y el sudor nos empapaba. Asistimos al rito que se llevaba a cabo, sin
molestar pero atendiendo a cada gesto que hacían, mientras el calor era cada
vez más agobiante. La ceremonia continuaba, era muy interesante y curiosa,
aunque no entendíamos nada. En un determinado momento, el sacerdote reparó en
nosotros y se nos acercó, llevaba un cuenco en la mano con un líquido rojo en
su interior. Nos puso un punto rojo entre los ojos y nos colgaron collares de
flores. El incienso y el sándalo seguían ardiendo y embotando la mente. Llegó un
momento en el que me sentí flotar.
Cuando todo terminó salimos al parque y a
la noche. En los jardines había flores por todas partes y los templos estaban
iluminados.
Las sombras de los templos eran alargadas,
había tantos que podías perderte entre ellos. Aquel era un lugar diferente a
cualquier otro en toda India. La noche y el lugar invitaban a hacer locuras. La
noche era mágica, o quizá el lugar era mágico.
Los templos de Khajuraho hay que verlos
durante el día, cuando lucen en todo su esplendor. La noche en Khajuraho es
para el amor y para el placer carnal. El día es para el placer visual, el que
se consigue contemplando tanta belleza en piedra.
Se trata de unos edificios en forma de
montaña, pero su tamaño es pequeño comparado con los templos-montaña que años
más tarde pude ver en el sur del país. Aquí no existe el color, son piedra
esculpida, pero ni un solo milímetro en toda su estructura exterior está sin
esculpir. Nunca he visto tanta belleza en piedra. Cientos y cientos de figuras
hasta que la vista es incapaz de absorberlas.
Y por todas partes las escenas del
kamasutra.
Las imágenes son totalmente explícitas. Parejas,
grupos, sólo hombres, sólo mujeres, hombres y animales. Posturas y más
posturas, algunas de ellas prácticamente imposibles de llevar a cabo. Pero a
pesar de lo que pueda parecer, ninguna de estas escenas resulta escandalosa,
todo lo contrario, desprenden sensualidad y mucho erotismo. Estoy segura de que
puestas en otro lugar y bajo otras circunstancias serían pornográficas, sin
embargo aquí es tanta la belleza del conjunto y la armonía de las formas, que
sólo ves belleza, belleza en piedra.
Me pregunto qué pasó en este país para que
tanta sensualidad haya desaparecido de la forma de vida de sus habitantes. En
su religión y en sus templos, el amor y el sexo están siempre presentes, sin
embargo sus gentes están muy reprimidas. Algo no me encajaba.
Algunos le echan la culpa a los musulmanes.
Desde que llegaron este país cambió, dicen. Es posible, pero debe haber algo
más. Me gusta bastante la historia, y muchos de estos lugares se construyeron
cuando los mogoles ya habían invadido el país, además en aquel momento no eran
tan cerrados como ahora, ellos también respiraban sensualidad.
Después lo he visto claro, fue la estricta
moral victoriana la que anuló todo intento de demostrar abiertamente el amor y
lo que ello conlleva.
Pasé una tarde muy agradable en esta
pequeña aldea. Ya he dicho que es muy tranquila, y recorrer sus calles es muy
fácil. Comencé a caminar y mis pasos me llevaron a la escuela. Había
niños jugando en el patio, todos con su uniforme. Las niñas llevaban dos trenzas
negras con grandes lazos rojos, estaban guapísimas. Cuando me vieron se
acercaron y me invitaron a entrar. Me enseñaron la escuela, el aula, sus
pupitres. Me recordaba a mi escuela cuando yo era una niña en mi pueblo: los
pupitres de madera, la pizarra negra, y todos juntos en una misma aula.
No paraban de hablar y de reír. Una de
ellas me cogió de la mano y me llevó a su casa. Quería enseñármela.
Era una casa muy humilde, sólo había una
estancia, o al menos es lo que yo vi. En ella estaba su madre cosiendo, era
costurera. En el mismo lugar había varios niños pequeños, gallinas y un
cerdito. En un rincón un fuego en el suelo para cocinar, y en otro rincón unos
jergones para dormir. La madre estaba encantada de enseñarme su casa y su
máquina de coser a pedales. Me invitó a té y cuando estaba preparada para
marcharme llego el padre. Se ganaba la vida conduciendo un ricksow. Me lo
enseñó, recuerdo que hasta me mostró la cadena nueva que había cambiado en la bicicleta. Cuando
por fin me dispuse a marchar, querían hacerme un regalo. Ellos que tenían sólo
lo imprescindible. Me regalaban una de sus ollas; ¡si cómo lo cuento!, una olla
bollada y negra de tanto usarla. No lo digo con desprecio, todo lo contrario. Les
dije que no podía aceptarla, ellos la necesitaban más que yo. Yo no iba a
necesitar cocinar, en el hotel ya me daban la comida. Al nombrar el
hotel encontraron la forma de agradecerme mi visita, el marido me llevaría en
su ricksow, gratis por supuesto, estaban muy contentos y querían agradecérmelo.
Increíble, no puedo decir nada más.
El resto de mi viaje me llevó por la parte
más glamurosa de India septentrional: Agra y Jaipur.
En esta zona me moví siempre por carretera,
algo que es toda una experiencia. Hay vehículos de todo tipo circulando por las
carreteras: ricksows, motos, autobuses públicos, camiones, y seres vivos
diversos: vacas, búfalos, perros, elefantes y personas.
Los autobuses públicos son geniales, la
gente sale por las ventanas, se cuelgan de las puertas, van sentados en el
techo. Desde luego no están desaprovechados.
Los camiones son todo un espectáculo.
Parecen atracciones de feria, pintados de colores, llenos de luces y adornos.
Las vacas vagan a su aire. En este país las
vacas son sagradas. Nadie osará dañarlas ni llevarles la contraria. Si una
vaca se tumba en mitad de la carretera, pues se desvía la circulación por donde
se pueda, y si no se puede, toca esperar hasta que se levante.
Con los elefantes es más fácil. Aquí están
domesticados, los utilizan para trabajar. El problema es que ocupan mucho
espacio y son muy lentos.
Con todo este panorama, hacer un trayecto
por carretera era una aventura que nunca se sabía cuánto podía durar.
¡Hay una vaca tumbada!, pues nos bajamos y
pasamos un rato por aquí, siempre hay algo interesante que ver, y cuando quiera
levantarse ya continuaremos.
¡Un camión averiado!, pues nos bajamos y
ayudamos, o no, pero seguro que pasamos un rato divertido.
¡Un autobús al que se le han caído unos
bultos!, pues bajamos y hablamos con la gente mientras descienden todos del
techo, colocan de nuevo el equipaje, vuelven a subir y se acomodan, cosa algo
complicada. Cuando vuelven a circular nos dicen adiós con la mano desde el
techo del vehículo.
Para algunos desesperante, para mí
divertidísimo.
Y así, ahora avanzamos y ahora nos paramos,
llegué a Agra. La ciudad de Sha Jahan, la ciudad del Taj Mahal.
Ésta es una ciudad imperial. Aquí el
emperador mogol Sha Jahan construyó su palacio, y construyó el Taj Mahal, ambos
en la orilla del río Yamuna.
El palacio es impresionante, muy del estilo
mil y una noches. Pero hay que estar dentro para percibirlo. Desde fuera
solamente se ve una fortaleza militar, sobria y enorme, el Fuerte Rojo, llamada
así por el color del ladrillo con el que están construidos sus muros
exteriores.
Dentro del recinto se encuentra un patio
donde se celebraban grandes mercados. Un día en uno de esos mercados, el
emperador vio a una mujer de la que se enamoró a primera vista, y ya no pudo
descansar hasta que consiguió localizarla. Su nombre era Mumtaz Mahal.
Se convirtió en su concubina y el resto de
mujeres de su harén dejaron de tener importancia para él. Más tarde fue su
esposa, y aunque no era la primera, pasó a ser su preferida. Remodeló todo el
palacio para ella, y la fortaleza militar se convirtió en un lugar exótico. Las
salas están recubiertas de mármol, fuentes y canales por los que todavía corre
el agua. Su sonido aún inunda el aire, si tienes suerte de que no haya mucha
gente por allí que apague el susurro.
Celosías de cristales multicolores dejan
entrar la luz del sol, creando un ambiente muy sensual.
Hay terrazas muy pequeñas, solamente para
dos personas, rodeadas de columnas de mármol y con vistas al río, ideales para
disfrutar de las suaves noches de verano.
Es muy fácil imaginar todo aquello cubierto
con velos de seda, música suave, y la brisa del río.
Pero como en todas las historias bonitas,
ella murió cuando traía al mundo a uno de sus hijos. Él le prometió que le
construiría el mausoleo más bonito que nunca hubiera existido sobre La Tierra,
para que todo el mundo supiera siempre cuanto la había amado, y construyó el
Taj Mahal, donde está enterrada.
El Taj es un edificio de mármol blanco,
construido a la orilla del río Yamuna. Su sueño era construir otro Taj en
mármol negro en la otra orilla del río, donde él sería enterrado, y ambos
estarían unidos para siempre por un puente en mármol blanco y negro. Pero este
sueño no llegó a cumplirse. Uno de sus hijos le arrebató el trono y lo hizo
prisionero hasta su muerte en el palacio
donde había vivido con Mumtaz.
Hay una pequeña terraza muy coqueta desde
donde se contempla en la distancia el Taj. Cuentan que pasó el resto de sus
días sentado en ella, contemplando el edificio y soñando con volver a estar
algún día junto a ella. Este sueño sí se cumplió. El interior del Taj es muy
sobrio, solamente hay dos tumbas, la de Mumtaz Mahal y la de Sha Jahan.
Describir el Taj Mahal con palabras es
difícil. Hay que verlo para sentir la paz que emana de él. Su estructura es tan
equilibrada, tan armoniosa, tan bella, que casi se puede sentir lo que sintió
el hombre que lo mandó construir.
Si te sientas delante durante un rato, te
das cuenta de cómo va cambiando su color, su brillo, a medida que el sol incide
sobre él con una inclinación diferente. Es realmente impresionante.
Se trata de un edificio musulmán y por
tanto se debe entrar descalzo. Sólo hay un problema. La plataforma de mármol
sobre la que se sustenta es una auténtica sartén cuando el sol le da
directamente. Es mejor protegerse los pies con calcetines si no se quiere
terminar con la planta llena de ampollas.
Su interior, siendo bonito, no puede
compararse con el aspecto exterior. Consta de una única sala donde se levantan
dos túmulos cubiertos de cerámica. Bajo ellos, en el sótano, se encuentran las
auténticas tumbas del emperador y su esposa preferida.
En India hay que estar siempre preparado
para seguir adelante, puesto que cada rincón es una nueva sorpresa que merece
la pena no perderse. Y eso es lo que hice, seguir adelante, esta vez hacia Rajasthan,
el país de los maharajás, de los grandes palacios, del lujo, la exuberancia, el
color, y también el desierto.
En realidad sólo me asomé a esta región,
Rajasthan. Visité su capital, Jaipur.
Todo el espíritu de la época de los maharajás
ha desaparecido de India. Ahora sólo quedan sus palacios, muchos de ellos
convertidos en hoteles de lujo.
Jaipur está presidida por el Palacio de los
Vientos, aunque en realidad no es ningún palacio sino una fachada
impresionante, llena de ventanas cubiertas por un enrejado en piedra. Su
función era solamente permitir a las mujeres del maharajá contemplar los
desfiles sin que fueran vistas por nadie.
Tengo una cuenta pendiente con Jaipur, no
pude recorrer sus calles ni sus mercados, callejear, contemplarla tranquilamente.
A estas alturas del viaje, mi cuerpo estaba revuelto. Intenté cuidar lo que
comía y sobre todo lo que bebía, pero a veces era difícil rechazar
invitaciones, mezclarte con la gente y disfrutar cada momento. Tuve que pagar
un precio. Durante día y medio no me pude mover de la cama. ¡Qué horror!, estar
todo el tiempo allí con lo que había que ver fuera. El segundo día ya me
encontraba mejor y tenía que hacer algo especial que me compensara.
Una de las camareras del hotel me dijo:
_ ¿Por qué no va usted a cenar al palacio
del maharajá?, a los extranjeros les gusta mucho la experiencia. Pero
le aconsejo algo, compre un sari y póngaselo, seguro que estará preciosa.
Me levanté. Salí corriendo, y comencé a
buscar una tienda donde vendieran saris. Había muchísimas. Dicen que el sari es
el vestido de mujer más elegante que existe. En realidad es una pieza de tela
muy larga, sin ninguna forma. La forma se la da el cuerpo sobre el cual se
coloca.
Pasé un buen rato probándome saris de todos
los colores. Eran tan bonitos que me los quería llevar todos. Me reí muchísimo.
Yo no sabía colocármelo y tuve a dos chicas vistiéndome todo el tiempo. Me
sentí como una princesa. El problema era cuál elegir. Y después había otro problema,
¿cómo me lo ponía?, aquello era complicadísimo.
Me enseñaron a colocarlo, incluso u dieron
un dibujo con todos los pasos que había que dar por si me surgía alguna duda.
Volví al hotel y me preparé. Quería estar
guapa. Solamente necesitaba ponerme aquello. Después de varios intentos logré
que no se cayera, aunque llevaba tantos alfileres que si me movía mucho podía
terminar agujereada.
Ya estaba lista. Llamé a un ricksow y salí
hacia el palacio. Recuerdo al portero, vestido con su librea de época. Me abrió
la puerta y me hizo una reverencia mientras decía:
_Good night maharaní.
Sé que se lo diría a todas, pero me
encantó.
La cena no fue gran cosa, ni siquiera
recuerdo qué tomé. Pero el entorno merecía la pena. Las escalinatas
con alfombras rojas custodiadas por figuras de elefantes, los salones decorados
con cristales de colores. Durante toda la cena hubo un grupo de música, y
recuerdo el sonido del sitar, un sonido muy melódico, muy oriental.
Fue una experiencia agradable que al menos
me permitió abandonar Rajasthan con un buen sabor de boca. Aunque todavía tengo
esa deuda pendiente. Espero volver a Rajasthan, de hecho es un viaje que llevo
en mente. Jaipur, Jaisalmer, Jhodpur, Udaipur, Puskhar. Algún día volveré y os
conoceré.
Seguí camino de la capital, Nueva Delhi. Es
una ciudad monstruosa, donde se pueden apreciar los grandes contrastes de este
país. Aquí ocurre como en muchas partes del mundo, todos quieren ir a la gran
ciudad en busca de una vida mejor, y lo único que consiguen es crear una bolsa
de pobreza que cada vez aumenta más y se alimenta a sí misma.
Hay
dos partes muy diferentes. Nueva Delhi es una ciudad moderna, con grandes
avenidas y jardines. Aquí se pueden encontrar los grandes hoteles, los
edificios públicos, el lujo y la buena vida. Pero llegas al lugar donde Ghandi
fue incinerado, y a partir de ese punto comienza la Vieja Delhi.
Es un lugar muy complicado. Calles muy
estrechas, un auténtico laberinto; pobreza, miseria, y más pobreza y más
miseria. En esta ciudad encontré escenas que no había visto antes.
Encontré personas caminando con pies y
manos, afectados de elefantiasis y deformaciones de todo tipo. Por primera vez
vi a todos los que viven en las aceras, cada uno ocupando su trozo sin molestar
a los demás. Madres con bebes en brazos totalmente desnutridos, incluso pienso
que algunos estaban muertos.
Es un lugar terrible. Sólo después de verlo
te das cuenta de lo afortunados que somos por haber nacido en un lugar donde al
menos contamos con una protección que ellos nunca soñarían.
Uno de los grandes contrastes de esta
ciudad pude contemplarlo una tarde junto a uno de los muchos hoteles de lujo.
Estaba en los jardines, era una tarde muy agradable. De pronto escuché una
música muy animada y una gran procesión que llegaba por la avenida. Salí a la
acera donde había varias personas tumbadas; francamente no sé si vivas o
muertas, en cualquier caso ése era su hogar. Entre tanto por la avenida venía
un cortejo impresionante, era una boda. Llegaban varios coches de lujo, detrás
un grupo de hombres vestidos muy elegantes, con trajes muy vistosos, turbantes,
incluso sables. Uno de ellos iba a caballo, era el novio. Después venían los
músicos tocando ritmos exóticos y muy alegres. A continuación llegaban las
mujeres. Ellas sí que derrochaban lujo. Sus saris eran los más bonitos que
jamás había visto. En mitad de todas ellas caminaba un gran elefante engalanado
con telas bordadas con hilos dorados. Encima, en una silla de madera labrada,
estaba sentada una chica vestida con un sari rojo, y cubierta de joyas. Era la
novia.
Ver al mismo tiempo este derroche de lujo,
y a las personas que estaban a mis pies tumbadas en el suelo, es un auténtico
shock. Pero esto es India, el país de los contrastes, pero al mismo tiempo,
hermosa.
Muchas personas la odian nada más
conocerla, no pueden soportar todo esto. Otras muchas se quedan enganchadas
para siempre y ya no pueden pensar más que en volver. Yo fui una de esas
personas. Cuando me marché ya la echaba de menos, y sólo pensaba en volver.
Si después de las páginas anteriores he
conseguido convencerte a ti, lector, de que ésta es una tierra mágica,
acompáñame a partir de ahora porque tenemos un largo camino por recorrer.
Todavía nos queda mucha India, y después nos espera el resto del mundo.
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