miércoles, 12 de junio de 2013

De Galilea a Catai (1)



    Recuerdo mi niñez en aquel pequeño pueblo donde nací. No había mucho que hacer, y yo tenía un entretenimiento que me apasionaba, recitaba la lista de todos los lugares que conocía. Aquella lista siempre empezaba con el nombre de mi pueblo, y poco a poco se añadían los nombres de los pueblos más cercanos. Después llegué a alguna ciudad, pero durante mucho tiempo el radio que abarcaba no sobrepasaba los cincuenta kilómetros. Me sentía feliz cada vez que añadía un nombre nuevo, había llegado más lejos.
    Yo ya era una adolescente y todavía era capaz de recordar de memoria la lista actualizada.
    En aquel momento no podía sospechar que algún día esto sería imposible, no hubiera podido imaginar los lugares que me estaban esperando. Aquella lista se perdió en la memoria del tiempo. Si quisiera volver a retomarla y no dejar nada fuera, solamente podría decir que me llevó: de Galilea a Catai.
    En algún momento he pensado poner por escrito todos mis recuerdos, mis vivencias a lo largo de estos años recorriendo una parte del mundo, pero nunca lo he tomado como algo serio. Me gustaría compartir todos estos recuerdos, y pienso que este es un medio que puede hacer llegar mis vivencias a mucha gente. Comienzo este pequeño sueño, esta ilusión, con la esperanza de poder ver hecho realidad un reto que me he marcado: conseguir escribir todo lo que a mí me ha enriquecido como persona, lo que me ha hecho ser lo que soy, lo que he aprendido junto a tanta gente que me ha enseñado más que la Universidad. Y sobre todo compartirlo, porque pienso que si he tenido la oportunidad de vivirlo, no ha sido para guardarlo para mí.
Quiero ver si soy capaz de hacer algo interesante, bonito, y sobre todo divertido. Si puedo conseguir que alguien lo lea hasta el final y se sienta interesado, ya habrá merecido la pena.





LA MAGIA DE SHEREZADE

 INDIA





    ¿Cómo definir un lugar como éste? No existe una palabra, una frase, ni un párrafo que pueda abarcarlo todo. Cuando llegué escuché una frase muy breve y muy injusta, pero hay que respetarlo todo. Una de las personas que me acompañaba en aquel viaje dijo:

    _ La India es un solar muy grande lleno de mierda.

    No estoy de acuerdo. Mi recorrido por esta tierra me mostró otra cosa, pero que juzgue el lector cuando termine de leer.
    Muchos años más tarde y en otro lugar muy distante de éste, alguien me dijo algo con lo que estoy totalmente de acuerdo: “Incluso entre la basura se puede ver belleza, solamente hay que saber mirar al mundo y a las personas que en él viven, con sus propios ojos”.
    Pero ahora estoy en India, un lugar difícil de describir. Se me ocurren muchas formas de hacerlo y todas pueden ser válidas, aunque todas se quedan cortas.

-     Es el país de los contrastes. En ningún lugar del mundo se pueden encontrar como aquí. El lujo y la miseria, lo bonito y lo feo, la vida y la muerte, grandes palacios junto a ¿chabolas?, a veces ni eso.
-     Es el país del color, de la luz, de la música, de la alegría.
-     Es el país de la espiritualidad, del amor, de la sensualidad.
-     Es el país más mágico que existe en este mundo.

    En cualquier caso es un lugar que no deja indiferente a nadie. Solamente conozco dos reacciones frente a él: o te enamora, o lo odias desde el primer momento, pero si te atrapa, nunca lo olvidas. Te atrae tanto que quieres volver tantas veces como sea posible.

    Yo llegué por primera vez en el año 1994, y me enamoró.

    El trayecto ya era de los que hacen desistir. Vuelo a Londres, y seis horas de espera en Heathrow. A continuación vuelo a Karachi en las líneas aéreas pakistaníes, entonces todavía era un lugar seguro, para esperar otras seis horas en Karachi, y de nuevo otro vuelo a Benarés.
    En este último trayecto el ambiente ya se tornó muy interesante. Es inconcebible imaginar a los pasajeros con cestas y cajas donde llevaban gallinas, patos, conejos, utensilios de todo tipo, y por supuesto en la cabina. Ahora sería imposible, pero en aquella época era lo habitual.
    Llegué a India por la puerta grande. Aterricé en Varanasi, más conocida como Benarés. Todo lo que allí se encuentra contrasta con lo que podamos conocer en nuestro mundo, nada es comparable. Hay que tener una gran capacidad de comprensión, y una mente muy abierta, para entender todo lo que se ve y se siente en esta ciudad.
    Es la ciudad más sagrada de India, aunque en este país todo es sagrado. La vida gira en torno al gran Ganges, el río sagrado de los hindúes. Es la ciudad a la que una gran cantidad de  hindúes acuden a morir: pobres, ricos, tullidos, niños, viejos. En este lugar todos son iguales, las diferencias que en la vida los han marcado, aquí desaparecen.
    Hay que estar preparado para ver a los enfermos de lepra con sus miembros mutilados. Algunos de ellos no tienen brazos ni piernas, se desplazan en una plancha de madera donde está colocado el tronco.
    Los hay que tienen más suerte y no han perdido ningún miembro, pero todo su cuerpo está cubierto por las llagas de la enfermedad. Vi a algunos lavándose en las fuentes, y es muy duro.
    Pero antes de continuar con la parte más triste de este lugar, quiero recordar algo divertido que ocurrió nada más llegar.
     Estábamos en el final de la época del monzón, y la lluvia apareció de golpe, una lluvia torrencial. Me encontraba al lado de la universidad y entré a visitarla. Uno de los edificios era un templo en el que se escuchaba mucha algarabía. Como todo templo hindú se debe entrar descalzo. Pero, ¿cómo dejar fuera las zapatillas con el agua que caía? Las sujeté en la mano y entré. Estaban haciendo algún tipo de ritual que no entendí. Un grupo de gente tocaba tambores, cantaban. Todo muy exótico. De repente alguien me vio, me señaló, y a continuación todos vinieron gritando hacia mí, sin dejar de tocar los tambores. Yo vi venir a todo el grupo y salí corriendo, pero sentía que el ruido de tambores y la gente me seguían. No entendía nada y me sentí como Willy Fog en alguna de sus correrías. Seguí corriendo como alma que lleva el diablo, hasta que salí fuera y comprobé que allí nadie me seguía.
    ¿Qué había pasado?, acababa de llegar y ya la había liado, estaba alucinada. La explicación era muy sencilla, un joven que vio mi cara me lo explicó señalando hacia mis manos. Las miré y entonces entendí todo. En ellas seguía sujetando las zapatillas. No se trataba de entrar descalzo, los zapatos no deben estar a la vista dentro de un templo.        
    ¡Claro, yo los llevaba en la mano! Error de novata. A partir de entonces nunca me he preocupado de que se mojen o se pierdan. Muchas veces se han mojado, pero nunca los he perdido.
    Volví a entrar y ya no pasó nada. Contemplé una ceremonia que no entendí, pero era muy atractiva. Música, cantos, mucho humo, guirnaldas de flores al cuello, pétalos al viento, y por primera vez vi el Sivalingam, frente al que estaban haciendo ofrendas. Muchas veces a partir de entonces encontré esta representación de los órganos sexuales unidos de Siva y Parvati. Probablemente sea el icono más reverenciado en toda India.
    Estuve un buen rato contemplando todo aquello, ¡era tan diferente! Los tambores no sonaban como aquí, era un sonido suave, casi como timbales, que te transportaba, te hacía volar. Aunque lo que más contribuía  a esta sensación era el humo. Todo estaba impregnado de un olor que no reconocía, que te embotaba la mente. Después he aprendido a reconocer ese aroma, lo he encontrado en muchos lugares. Sándalo ardiendo.

    Todo en Benarés gira alrededor del Ganges, y lo más conocido, puesto que es lo que atrae a más personas, son las cremaciones en la orilla del río. Quien llega a esta ciudad no puede perderse una visita a la orilla, donde arden decenas de hogueras día y noche. Cada familia quema a su ser querido, y los que están solos quedan en manos de los “funcionarios”, que se encargan de quemarlos. Después las cenizas, y lo que no son cenizas, son arrojadas al río.
    ¿Por qué tienen que ser quemados? Todo hindú, excepto los niños, deben ser quemados para liberar su “karma” y permitirle reencarnarse de nuevo. Creen firmemente en la reencarnación y en que su nueva vida será mejor que la anterior. Los niños se supone que no han cometido ningún mal y por lo tanto no tienen que ser liberados de nada. A ellos los arrojan directamente al río.
    Ése es el motivo por el que observe cosas no identificadas flotando en el agua, y entonces también me enteré de hasta qué punto una persona puede ser pobre en este país. Cada uno lleva o compra su haz de leña para su propia cremación o la de su familiar, pero hay personas tan pobres que no pueden adquirir la leña suficiente para que todo el cuerpo se desintegre. Entonces lo que queda es arrojado al río.
    La vista de las cremaciones debe hacerse de noche. No es ningún espectáculo, pero es el mejor momento. Llegar hasta la plataforma requiere atravesar todo el laberinto de intrincadas callejuelas que llevan al río. Yo esperaba ese momento, una aventura nocturna que imaginaba llena de emociones.
    ¡Y vaya si tuve aventura, aunque no suponía que sería así! En India todo puede cambiar en un momento.

    Puesto que habría muchas personas transportando cadáveres por el camino, nos explicaron cómo actuar al respecto. Hay que ir caminando por las callejuelas, que son muy estrechas y la luz inexistente durante la noche. Hay que estar atentos a lo que viene por detrás. Si aparecen varias personas con unas parihuelas a hombros y a paso rápido, hay que pegarse lo más posible a la pared para que puedan pasar sin problemas, y después continuar el camino.
    Es muy interesante contemplar estas procesiones. Los familiares, vestidos de blanco, llevan en hombros el cadáver, tumbado sobre unas parihuelas. A veces abriendo la marcha, algunas personas portan antorchas para iluminar el camino, y posteriormente prender la pira funeraria.
    Si no había nada más que saber, ya estábamos listos para salir. Estábamos ansiosos.
    Pero el destino que siempre es caprichoso, tenía otros planes. Me había olvidado del monzón, y en ese momento comenzó a llover de nuevo de forma torrencial. En pocos minutos las calles se llenaron de agua. La red de alcantarillado simplemente no existe, para eso está el río. Subía tanto el nivel del agua que vi peligrar mi excursión nocturna. Pero sólo estaría esa noche, tenía que ir.
    No nos lo aconsejaron, no podíamos caminar por la calle. Pero tenía que haber alguna opción, en esta ciudad no se para el ritmo por una lluvia de monzón. Había por allí personas que conducen bicicletas con un pequeño coche detrás, un ricksow. Ellos nos llevaban hasta la orilla del río, pero a una zona anterior a la plataforma, y allí tendríamos que buscar una barca que nos acercara. Hablé con más gente que tampoco querían perdérselo y formamos un grupo de seis personas. Subimos al ricksow y partimos.
    Enseguida pensé que había cometido una equivocación. El agua cubría casi todas las ruedas. Aquel pobre hombre hacía un esfuerzo brutal para llevarme hacia delante, sentía su sufrimiento como algo fruto de mi egoísmo, pero él me decía que no había problema, que todo estaba bien. Durante este viaje pasaron a mi lado todo tipo de cosas flotando en el agua que anegaba las calles.
    Por fin llegamos a la orilla y pensé que había pasado lo peor, ¡pero qué ingenua era! Subimos a una barca que en realidad era igual que una patera pequeñita. Allí estábamos los seis frente al gran Ganges, en aquel momento crecido de una forma espectacular, a punto de salir no se sabe hacia dónde. Por un momento tuve una pequeña visión de la barbaridad que estaba a punto de cometer, pero era muy joven y la adrenalina me corría por las venas. Con nosotros venían dos hindúes, vestidos únicamente con sus “dotis”, y tan delgados que no sé cómo pudieron sujetar aquella barquichuela frente a la gran fuerza de la corriente. Porque éste era el problema, la fuerza del río era brutal. Se acababa el monzón y estaba en su mayor nivel, seguía lloviendo y la oscuridad era total. Los relámpagos eran lo único que iluminaba la noche, y entonces veía por un instante la masa de agua que nos arrastraba. Tuvieron que hacer lo imposible para gobernar la barca.
    Todo salió bien, pero faltó muy poco para que apareciera una noticia en nuestro país diciendo: “Seis personas han perecido ahogadas en el Ganges al volcar la barca con la que pretendían llegar hasta el lugar de las cremaciones. Sus cuerpos fueron engullidos por la corriente, y a estas horas continúan las tareas de búsqueda”.
    Ya estaba allí. Lo primero que percibes es el olor dulzón de la carne quemada. Habían cubierto las hogueras para protegerlas de la lluvia. Había montones de ellas, mucho humo, y silencio.
    En un extremo se levantaba un edificio que tenía una terraza desde donde se podía ver mejor. Nos dijeron que podíamos subir sin problema. Yo entré y enseguida me encontré pisando cuerpos. No había luz, ¿qué era aquello? Volví a salir pero nos indicaron que podíamos entrar, que subiéramos a la terraza.
    ­_ No hay problema, son personas durmiendo. Si las pisan no dirán nada. No se preocupen y suban.
    Yo no sabía qué hacer, ¿cómo me iba a meter allí pisando cuerpos tan alegremente? Eran personas, no felpudos. Pero los demás me empujaron y seguí adelante. Lo pasé muy mal, me dolía cada vez que pisaba, no sabía el qué. Pero es cierto que nadie se quejó.
    Desde la terraza se podía ver todo el espacio lleno de piras. El humo y el olor lo impregnaban todo. Allí estaba yo, totalmente empapada, seguía lloviendo y el agua me corría por todo el cuerpo. Miraba aquellas hogueras y podía sentir la espiritualidad que se desprendía de todo aquello. Para ellos es algo muy importante, casi más que la vida, es su forma de liberarse de todos los sufrimientos por los que han pasado, y tener acceso a una vida mejor en la próxima reencarnación.
    En el camino de vuelta, nos encontramos con un hombre que llevaba en brazos un pequeño paquete  envuelto en una sábana. Era el cuerpo de su hijo, un bebé que había muerto. Nos quedamos mirando el ritual. Llegó a la orilla del Ganges y lo sumergió varias veces en el agua, después lo dejó flotando y encendió una lamparilla que colocó dentro de un recipiente. Los dos, el niño y la luz que le acompañaba, se alejaron flotando sobre las aguas del río.
    Cuando volví al hotel estaba impresionada, alucinada, no sé muy bien lo que sentía. Había pasado mi primer día en India y era tan increíble todo lo que había vivido, que no sé muy bien cómo definir mi estado de ánimo, pero aquel país me había enganchado. Algunas personas ya querían irse, yo solamente pensaba en seguir.
    Entré en la ducha, el agua era marrón, alguna cucaracha corría por el baño, la cama era durísima. Creo que no dormí, pero no me importaba la incomodidad, no podía quitarme de la cabeza todo lo que había vivido en un solo día. ¿Y qué me depararía el resto del país? Lo que había visto era lo más desagradable, pero me esperaba la otra India, La India mágica.




    Si Benarés está ligado a la muerte, mi próximo destino estaba ligado a la vida y al disfrute de la misma.

    Placer, sexo, lujuria; o quizá amor, sensualidad, erotismo. Llega un momento en el que no se ve la diferencia. Las imágenes, el ambiente, los sentimientos, te terminan embargando de tal forma que sólo ves belleza. He dicho al principio que India es el país del amor y de la sensualidad, y en ningún otro lugar como en este rincón al que llegaba, se puede apreciar y experimentar en toda su plenitud.

    Khajuraho. Es una pequeña aldea donde sus habitantes viven con muy poco, como en muchos otros lugares de India, aunque aquí no se ven escenas de extrema miseria. Es un lugar muy agradable y muy cuidado, especialmente la zona donde se encuentran los templos. Porque éste es su gran atractivo: los templos de Khajuraho, los templos del amor. El kamasutra en piedra.

    Llegué al anochecer, dejé el equipaje, y junto con otras personas interesadas nos fuimos al parque donde se encuentra todo el complejo. Quizás pudiéramos ver algún ritual de los que solamente se puede disfrutar en India.

    Uno de los templos estaba abierto. Entramos y nos unimos a otras personas que participaban de una ceremonia en la que se exaltaba el amor carnal, el sexo. El interior era pequeño y oscuro. Las paredes de piedra reflejaban la antigüedad del lugar, y las miles de ceremonias que en él se habían representado a lo largo de siglos. Una gran representación del lingam se encontraba en el centro, y sobre ella ardían multitud de velas de incienso.El lingam estaba impregnado de un líquido blanco que derramaban desde arriba, y con guirnaldas de flores encajadas a su alrededor. Varias mujeres seguían a un sacerdote que cantaba y recitaba algo parecido a un mantra. El ambiente era pesado y estaba cargado por el aroma del incienso y el calor. Costaba respirar y el sudor nos empapaba. Asistimos al rito que se llevaba a cabo, sin molestar pero atendiendo a cada gesto que hacían, mientras el calor era cada vez más agobiante. La ceremonia continuaba, era muy interesante y curiosa, aunque no entendíamos nada. En un determinado momento, el sacerdote reparó en nosotros y se nos acercó, llevaba un cuenco en la mano con un líquido rojo en su interior. Nos puso un punto rojo entre los ojos y nos colgaron collares de flores. El incienso y el sándalo seguían ardiendo y embotando la mente. Llegó un momento en el que me sentí flotar.

    Cuando todo terminó salimos al parque y a la noche. En los jardines había flores por todas partes y los templos estaban iluminados.
     Las sombras de los templos eran alargadas, había tantos que podías perderte entre ellos. Aquel era un lugar diferente a cualquier otro en toda India. La noche y el lugar invitaban a hacer locuras. La noche era mágica, o quizá el lugar era mágico.

    Los templos de Khajuraho hay que verlos durante el día, cuando lucen en todo su esplendor. La noche en Khajuraho es para el amor y para el placer carnal. El día es para el placer visual, el que se consigue contemplando tanta belleza en piedra.
    Se trata de unos edificios en forma de montaña, pero su tamaño es pequeño comparado con los templos-montaña que años más tarde pude ver en el sur del país. Aquí no existe el color, son piedra esculpida, pero ni un solo milímetro en toda su estructura exterior está sin esculpir. Nunca he visto tanta belleza en piedra. Cientos y cientos de figuras hasta que la vista es incapaz de absorberlas.
    Y por todas partes las escenas del kamasutra.
    Las imágenes son totalmente explícitas. Parejas, grupos, sólo hombres, sólo mujeres, hombres y animales. Posturas y más posturas, algunas de ellas prácticamente imposibles de llevar a cabo. Pero a pesar de lo que pueda parecer, ninguna de estas escenas resulta escandalosa, todo lo contrario, desprenden sensualidad y mucho erotismo. Estoy segura de que puestas en otro lugar y bajo otras circunstancias serían pornográficas, sin embargo aquí es tanta la belleza del conjunto y la armonía de las formas, que sólo ves belleza, belleza en piedra.
    Me pregunto qué pasó en este país para que tanta sensualidad haya desaparecido de la forma de vida de sus habitantes. En su religión y en sus templos, el amor y el sexo están siempre presentes, sin embargo sus gentes están muy reprimidas. Algo no me encajaba.
    Algunos le echan la culpa a los musulmanes. Desde que llegaron este país cambió, dicen. Es posible, pero debe haber algo más. Me gusta bastante la historia, y muchos de estos lugares se construyeron cuando los mogoles ya habían invadido el país, además en aquel momento no eran tan cerrados como ahora, ellos también respiraban sensualidad.
    Después lo he visto claro, fue la estricta moral victoriana la que anuló todo intento de demostrar abiertamente el amor y lo que ello conlleva.
    Pasé una tarde muy agradable en esta pequeña aldea. Ya he dicho que es muy tranquila, y recorrer sus calles es muy fácil. Comencé a caminar y mis pasos me llevaron a la escuela. Había niños jugando en el patio, todos con su uniforme. Las niñas llevaban dos trenzas negras con grandes lazos rojos, estaban guapísimas. Cuando me vieron se acercaron y me invitaron a entrar. Me enseñaron la escuela, el aula, sus pupitres. Me recordaba a mi escuela cuando yo era una niña en mi pueblo: los pupitres de madera, la pizarra negra, y todos juntos en una misma aula.
    No paraban de hablar y de reír. Una de ellas me cogió de la mano y me llevó a su casa. Quería enseñármela.
    Era una casa muy humilde, sólo había una estancia, o al menos es lo que yo vi. En ella estaba su madre cosiendo, era costurera. En el mismo lugar había varios niños pequeños, gallinas y un cerdito. En un rincón un fuego en el suelo para cocinar, y en otro rincón unos jergones para dormir. La madre estaba encantada de enseñarme su casa y su máquina de coser a pedales. Me invitó a té y cuando estaba preparada para marcharme llego el padre. Se ganaba la vida conduciendo un ricksow. Me lo enseñó, recuerdo que hasta me mostró la cadena nueva que había cambiado en la bicicleta. Cuando por fin me dispuse a marchar, querían hacerme un regalo. Ellos que tenían sólo lo imprescindible. Me regalaban una de sus ollas; ¡si cómo lo cuento!, una olla bollada y negra de tanto usarla. No lo digo con desprecio, todo lo contrario. Les dije que no podía aceptarla, ellos la necesitaban más que yo. Yo no iba a necesitar cocinar, en el hotel ya me daban la comida. Al nombrar el hotel encontraron la forma de agradecerme mi visita, el marido me llevaría en su ricksow, gratis por supuesto, estaban muy contentos y querían agradecérmelo.
    Increíble, no puedo decir nada más.
  

    El resto de mi viaje me llevó por la parte más glamurosa de India septentrional: Agra y Jaipur.

    En esta zona me moví siempre por carretera, algo que es toda una experiencia. Hay vehículos de todo tipo circulando por las carreteras: ricksows, motos, autobuses públicos, camiones, y seres vivos diversos: vacas, búfalos, perros, elefantes y personas.

    Los autobuses públicos son geniales, la gente sale por las ventanas, se cuelgan de las puertas, van sentados en el techo. Desde luego no están desaprovechados.

    Los camiones son todo un espectáculo. Parecen atracciones de feria, pintados de colores, llenos de luces y adornos.
    Las vacas vagan a su aire. En este país las vacas son sagradas. Nadie osará dañarlas ni llevarles la contraria. Si una vaca se tumba en mitad de la carretera, pues se desvía la circulación por donde se pueda, y si no se puede, toca esperar hasta que se levante.
    Con los elefantes es más fácil. Aquí están domesticados, los utilizan para trabajar. El problema es que ocupan mucho espacio y son muy lentos.
    Con todo este panorama, hacer un trayecto por carretera era una aventura que nunca se sabía cuánto podía durar.
    ¡Hay una vaca tumbada!, pues nos bajamos y pasamos un rato por aquí, siempre hay algo interesante que ver, y cuando quiera levantarse ya continuaremos.
    ¡Un camión averiado!, pues nos bajamos y ayudamos, o no, pero seguro que pasamos un rato divertido.
    ¡Un autobús al que se le han caído unos bultos!, pues bajamos y hablamos con la gente mientras descienden todos del techo, colocan de nuevo el equipaje, vuelven a subir y se acomodan, cosa algo complicada. Cuando vuelven a circular nos dicen adiós con la mano desde el techo del vehículo.
    Para algunos desesperante, para mí divertidísimo.
    Y así, ahora avanzamos y ahora nos paramos, llegué a Agra. La ciudad de Sha Jahan, la ciudad del Taj Mahal.
    Ésta es una ciudad imperial. Aquí el emperador mogol Sha Jahan construyó su palacio, y construyó el Taj Mahal, ambos en la orilla del río Yamuna.
    El palacio es impresionante, muy del estilo mil y una noches. Pero hay que estar dentro para percibirlo. Desde fuera solamente se ve una fortaleza militar, sobria y enorme, el Fuerte Rojo, llamada así por el color del ladrillo con el que están construidos sus muros exteriores.
    Dentro del recinto se encuentra un patio donde se celebraban grandes mercados. Un día en uno de esos mercados, el emperador vio a una mujer de la que se enamoró a primera vista, y ya no pudo descansar hasta que consiguió localizarla. Su nombre era Mumtaz Mahal.
    Se convirtió en su concubina y el resto de mujeres de su harén dejaron de tener importancia para él. Más tarde fue su esposa, y aunque no era la primera, pasó a ser su preferida. Remodeló todo el palacio para ella, y la fortaleza militar se convirtió en un lugar exótico. Las salas están recubiertas de mármol, fuentes y canales por los que todavía corre el agua. Su sonido aún inunda el aire, si tienes suerte de que no haya mucha gente por allí que apague el susurro.
    Celosías de cristales multicolores dejan entrar la luz del sol, creando un ambiente muy sensual.
    Hay terrazas muy pequeñas, solamente para dos personas, rodeadas de columnas de mármol y con vistas al río, ideales para disfrutar de las suaves noches de verano.
    Es muy fácil imaginar todo aquello cubierto con velos de seda, música suave, y la brisa del río.
    Pero como en todas las historias bonitas, ella murió cuando traía al mundo a uno de sus hijos. Él le prometió que le construiría el mausoleo más bonito que nunca hubiera existido sobre La Tierra, para que todo el mundo supiera siempre cuanto la había amado, y construyó el Taj Mahal, donde está enterrada.
    El Taj es un edificio de mármol blanco, construido a la orilla del río Yamuna. Su sueño era construir otro Taj en mármol negro en la otra orilla del río, donde él sería enterrado, y ambos estarían unidos para siempre por un puente en mármol blanco y negro. Pero este sueño no llegó a cumplirse. Uno de sus hijos le arrebató el trono y lo hizo prisionero hasta su muerte en el palacio  donde había vivido con Mumtaz.
    Hay una pequeña terraza muy coqueta desde donde se contempla en la distancia el Taj. Cuentan que pasó el resto de sus días sentado en ella, contemplando el edificio y soñando con volver a estar algún día junto a ella. Este sueño sí se cumplió. El interior del Taj es muy sobrio, solamente hay dos tumbas, la de Mumtaz Mahal y la de Sha Jahan.
    Describir el Taj Mahal con palabras es difícil. Hay que verlo para sentir la paz que emana de él. Su estructura es tan equilibrada, tan armoniosa, tan bella, que casi se puede sentir lo que sintió el hombre que lo mandó construir.
    Si te sientas delante durante un rato, te das cuenta de cómo va cambiando su color, su brillo, a medida que el sol incide sobre él con una inclinación diferente. Es realmente impresionante.
    Se trata de un edificio musulmán y por tanto se debe entrar descalzo. Sólo hay un problema. La plataforma de mármol sobre la que se sustenta es una auténtica sartén cuando el sol le da directamente. Es mejor protegerse los pies con calcetines si no se quiere terminar con la planta llena de ampollas.
    Su interior, siendo bonito, no puede compararse con el aspecto exterior. Consta de una única sala donde se levantan dos túmulos cubiertos de cerámica. Bajo ellos, en el sótano, se encuentran las auténticas tumbas del emperador y su esposa preferida.

    En India hay que estar siempre preparado para seguir adelante, puesto que cada rincón es una nueva sorpresa que merece la pena no perderse. Y eso es lo que hice, seguir adelante, esta vez hacia Rajasthan, el país de los maharajás, de los grandes palacios, del lujo, la exuberancia, el color, y también el desierto.
    En realidad sólo me asomé a esta región, Rajasthan. Visité su capital, Jaipur.
    Todo el espíritu de la época de los maharajás ha desaparecido de India. Ahora sólo quedan sus palacios, muchos de ellos convertidos en hoteles de lujo.
    Jaipur está presidida por el Palacio de los Vientos, aunque en realidad no es ningún palacio sino una fachada impresionante, llena de ventanas cubiertas por un enrejado en piedra. Su función era solamente permitir a las mujeres del maharajá contemplar los desfiles sin que fueran vistas por nadie.
    Tengo una cuenta pendiente con Jaipur, no pude recorrer sus calles ni sus mercados, callejear, contemplarla tranquilamente. A estas alturas del viaje, mi cuerpo estaba revuelto. Intenté cuidar lo que comía y sobre todo lo que bebía, pero a veces era difícil rechazar invitaciones, mezclarte con la gente y disfrutar cada momento. Tuve que pagar un precio. Durante día y medio no me pude mover de la cama. ¡Qué horror!, estar todo el tiempo allí con lo que había que ver fuera. El segundo día ya me encontraba mejor y tenía que hacer algo especial que me compensara.
    Una de las camareras del hotel me dijo:
    _ ¿Por qué no va usted a cenar al palacio del maharajá?, a los extranjeros les gusta mucho la experiencia. Pero le aconsejo algo, compre un sari y póngaselo, seguro que estará preciosa.
    Me levanté. Salí corriendo, y comencé a buscar una tienda donde vendieran saris. Había muchísimas. Dicen que el sari es el vestido de mujer más elegante que existe. En realidad es una pieza de tela muy larga, sin ninguna forma. La forma se la da el cuerpo sobre el cual se coloca.
    Pasé un buen rato probándome saris de todos los colores. Eran tan bonitos que me los quería llevar todos. Me reí muchísimo. Yo no sabía colocármelo y tuve a dos chicas vistiéndome todo el tiempo. Me sentí como una princesa. El problema era cuál elegir. Y después había otro problema, ¿cómo me lo ponía?, aquello era complicadísimo.
    Me enseñaron a colocarlo, incluso u dieron un dibujo con todos los pasos que había que dar por si me surgía alguna duda.
    Volví al hotel y me preparé. Quería estar guapa. Solamente necesitaba ponerme aquello. Después de varios intentos logré que no se cayera, aunque llevaba tantos alfileres que si me movía mucho podía terminar agujereada.
    Ya estaba lista. Llamé a un ricksow y salí hacia el palacio. Recuerdo al portero, vestido con su librea de época. Me abrió la puerta y me hizo una reverencia mientras decía:
      _Good night maharaní.
    Sé que se lo diría a todas, pero me encantó.
    La cena no fue gran cosa, ni siquiera recuerdo qué tomé. Pero el entorno merecía la pena. Las escalinatas con alfombras rojas custodiadas por figuras de elefantes, los salones decorados con cristales de colores. Durante toda la cena hubo un grupo de música, y recuerdo el sonido del sitar, un sonido muy melódico, muy oriental.
    Fue una experiencia agradable que al menos me permitió abandonar Rajasthan con un buen sabor de boca. Aunque todavía tengo esa deuda pendiente. Espero volver a Rajasthan, de hecho es un viaje que llevo en mente. Jaipur, Jaisalmer, Jhodpur, Udaipur, Puskhar. Algún día volveré y os conoceré.



    Seguí camino de la capital, Nueva Delhi. Es una ciudad monstruosa, donde se pueden apreciar los grandes contrastes de este país. Aquí ocurre como en muchas partes del mundo, todos quieren ir a la gran ciudad en busca de una vida mejor, y lo único que consiguen es crear una bolsa de pobreza que cada vez aumenta más y se alimenta a sí misma.

    Hay dos partes muy diferentes. Nueva Delhi es una ciudad moderna, con grandes avenidas y jardines. Aquí se pueden encontrar los grandes hoteles, los edificios públicos, el lujo y la buena vida. Pero llegas al lugar donde Ghandi fue incinerado, y a partir de ese punto comienza la Vieja Delhi.
    Es un lugar muy complicado. Calles muy estrechas, un auténtico laberinto; pobreza, miseria, y más pobreza y más miseria. En esta ciudad encontré escenas que no había visto antes.
    Encontré personas caminando con pies y manos, afectados de elefantiasis y deformaciones de todo tipo. Por primera vez vi a todos los que viven en las aceras, cada uno ocupando su trozo sin molestar a los demás. Madres con bebes en brazos totalmente desnutridos, incluso pienso que algunos estaban muertos.
    Es un lugar terrible. Sólo después de verlo te das cuenta de lo afortunados que somos por haber nacido en un lugar donde al menos contamos con una protección que ellos nunca soñarían.
    Uno de los grandes contrastes de esta ciudad pude contemplarlo una tarde junto a uno de los muchos hoteles de lujo. Estaba en los jardines, era una tarde muy agradable. De pronto escuché una música muy animada y una gran procesión que llegaba por la avenida. Salí a la acera donde había varias personas tumbadas; francamente no sé si vivas o muertas, en cualquier caso ése era su hogar. Entre tanto por la avenida venía un cortejo impresionante, era una boda. Llegaban varios coches de lujo, detrás un grupo de hombres vestidos muy elegantes, con trajes muy vistosos, turbantes, incluso sables. Uno de ellos iba a caballo, era el novio. Después venían los músicos tocando ritmos exóticos y muy alegres. A continuación llegaban las mujeres. Ellas sí que derrochaban lujo. Sus saris eran los más bonitos que jamás había visto. En mitad de todas ellas caminaba un gran elefante engalanado con telas bordadas con hilos dorados. Encima, en una silla de madera labrada, estaba sentada una chica vestida con un sari rojo, y cubierta de joyas. Era la novia.
    Ver al mismo tiempo este derroche de lujo, y a las personas que estaban a mis pies tumbadas en el suelo, es un auténtico shock. Pero esto es India, el país de los contrastes, pero al mismo tiempo, hermosa.
    Muchas personas la odian nada más conocerla, no pueden soportar todo esto. Otras muchas se quedan enganchadas para siempre y ya no pueden pensar más que en volver. Yo fui una de esas personas. Cuando me marché ya la echaba de menos, y sólo pensaba en volver.

    Si después de las páginas anteriores he conseguido convencerte a ti, lector, de que ésta es una tierra mágica, acompáñame a partir de ahora porque tenemos un largo camino por recorrer. Todavía nos queda mucha India, y después nos espera el resto del mundo.
 
 

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