martes, 23 de julio de 2013

De Galilea a Catai (5)




POR LA PEQUEÑA SORDOMUDA

  CAMBOYA

 
    Ya estábamos en Camboya, aunque el paisaje era el mismo. Solamente habíamos traspasado una línea invisible. Pero una línea que marca la diferencia entre un mundo y otro. Vietnam era ahora un lugar moderno, aunque manteniendo su identidad y su encanto oriental, la vida no era fácil, pero ¿dónde lo es?
    Camboya era un paraíso, pero un paraíso donde se implantó el infierno.
    Después de dos horas remontando el río en lancha rápida, comienza a verse al fondo una ciudad. Se ven algunos edificios: era Phnom Penh, la capital de Camboya.
    Llegamos al embarcadero desde donde se acercaron varios hombres, pequeños y delgados, para hacerse cargo de nuestras cosas. Subimos a una furgoneta pequeña y nos llevaron al hotel. Mientras recorríamos las calles me di cuenta de algo que me sorprendió muchísimo. ¿Dónde estaba el asfalto en algunas de las calles? Allí había casas y edificios, por supuesto, pero el espacio entre ellos no era una calle como todas las calles del mundo. No había asfalto, ni cemento, era un camino de tierra, piedras y baches.

    Y en este punto, antes de continuar con mí estancia en este país y lo que viví, voy a romper una norma que me propuse cuando comencé a escribir. Mi intención no era juzgar regímenes ni ideas políticas. Pero también supe siempre, desde que comencé a escribir, que rompería esta regla, aquí en Camboya. Y lo haré porque este país y esta gente merecen que se haga algo por ellos, quizás demasiado tarde, pero se lo merecen, y yo tengo una deuda con ellos. Me dieron mucho cariño, y me enseñaron una gran lección de humanidad. Si ahora soy mejor persona se lo debo a mucha gente, pero sobre todo se lo debo a ellos.
    Si existe el infierno, sin ninguna duda estuvo instalado aquí, y todavía continua, porque sus secuelas tardarán años, incluso generaciones en desaparecer. El ser humano es fuerte, dicen que está programado para sobrevivir, y no me cabe ninguna duda de que así es; el pueblo camboyano me lo demostró.
    Entre 1975 y 1979, Pol Pot, el líder de los Jemeres Rojos, se hizo con el poder e instauró un régimen de terror como nunca antes se había conocido. Un régimen que aniquiló a su propio pueblo, a sus vecinos, sus amigos, su familia, a todo aquél que se oponía a sus ideas.
    De firmes ideas maoístas llevadas al límite, quiso crear una Kampuchea Democrática sin ciudades. La fuerza y el poder de un país estaban en el campo, en la tierra. Las ciudades eran foco de subversión, de ideas revolucionarias. La educación, las escuelas, las universidades, los libros, sólo conseguían meter en la cabeza de la gente ideas equivocadas; nada bueno podía venir por ese lado. Había que acabar con todo eso y llevar a las personas hacia los pueblos. Trabajar en el campo de sol a sol, sin tiempo para pensar, es lo que haría grande un país. Los trabajadores no necesitaban pensar, para eso ya estaban los dirigentes políticos; ellos les dirían qué debían hacer. Ni siquiera los lazos familiares eran buenos, debilitaban a las personas. Si se separaba a los esposos, a los padres de los hijos, a los hermanos de sus otros hermanos, al final todos serían más fuertes. Preocuparse sólo de ellos mismos les haría más productivos.
    Con estas ideas, el resultado fue dramático. Las ciudades fueron obligadas a ser desalojadas, todo el mundo tenía que ir hacia el campo. La capital, Phnom Penh, fue un drama. Todo el que se negaba a abandonarla era hecho prisionero y llevado a un centro de tortura. Las escuelas y universidades se convirtieron en prisiones, ya no servían para otra cosa. La educación estaba prohibida.
    Cualquier cosa absurda era motivo para detener a una persona, torturarla y asesinarla: hablar inglés, francés o cualquier otro idioma, saber leer, tener un libro, incluso llevar gafas, podía ser tomado como un signo de cultura. Si era así, esa persona tenía que ser eliminada. Era imposible reconvertirlos, y además contaminarían a los que sí habían sido sometidos; mejor eliminarlos.
    Las familias fueron destrozadas, todos sus miembros separados y enviados a lugares apartados unos de otros. Se rompieron los lazos familiares y se vigilaba que no surgieran otros nuevos. Todo por la nueva Camboya, que resurgiría para enseñar al mundo cómo se hacía grande un país.
    Todo esto tuvo una consecuencia trágica. Entre dos y tres millones de personas fueron asesinadas, eliminadas por una idea absurda, demente, totalmente irracional. Miles de familias se rompieron, sus miembros se quedaron solos, sin saber si los demás seguían viviendo en algún lugar o habían sido eliminados. Las ciudades fueron destruidas, arrancado el asfalto de sus calles, destrozados sus templos, bibliotecas, escuelas, todo lo que era considerado malo y subversivo. Los campos y caminos se llenaron de minas para evitar que la gente escapara del lugar que le había sido asignado, para evitar que a pesar de todas las precauciones intentaran encontrar al resto de sus familiares.
    Y todo esto ocurrió al margen del mundo, nadie hizo nada por evitarlo. ¿A quién le importaba un país como Camboya?, allí no hay nada que nos pueda servir. En estos lugares tan incivilizados pasan cosas muy extrañas, mejor dejarlos que se las arreglen solos, en sitios así no suele gustarles que nadie se inmiscuya. Algunos países dijeron lo que estaba ocurriendo, pero todos hicieron oídos sordos.
    Estaba cercana la guerra de Vietnam. Mira cómo salieron los americanos por meterse donde nadie les llamaba. Mejor dejamos que arreglen ellos solos sus problemas. Y el resultado fue el infierno. Entonces y ahora, porque el régimen de Pol Pot cayó, pero sus consecuencias continúan, y superarlas no será tarea fácil. Finalmente la comunidad internacional se hizo cargo, Pol Pot fue juzgado, aunque ya era tarde para tres millones de personas muertas, y para miles de ellas que continúan arrastrando las secuelas y las consecuencias que las minas han dejado en la población.
    Llegué a Phnom Penh y en pocos minutos estaba viendo algunas de esas consecuencias. Algunas calles de la ciudad seguían destrozadas, no existían. Habían pasado veintitrés años desde el fin del régimen, pero nada se había reconstruido: ni las ciudades, ni las personas, aunque éstas últimas de una forma o de otra seguían adelante. Es cierto que el ser humano se sobrepone incluso en la peor de las situaciones.
    Todo el mundo, sin excepción, estaba marcado por la tragedia. Muchos habían perdido a toda su familia, asesinados o simplemente perdidos y no encontrados. Otros tenían más suerte, habían conseguido reunirse con algunos miembros perdidos: un hermano, una madre, o un vecino que lo recordaba y lo adoptaba. En otros casos se había rehecho la vida, se habían creado familias nuevas, se volvía a tener ilusión, aunque no se podía olvidar lo perdido.
    Pero los tentáculos del horror son muy largos, y llegan muy lejos. A veces el paso del tiempo no termina con el terror. Todas aquellas minas que sembraron los caminos para evitar escapadas, siguen ahí. Poco a poco van apareciendo, pero por desgracia cuando lo hacen es porque alguien pone el pie encima. El número de personas mutiladas es enorme, más dolor y sufrimiento que añadir al ya existente. Desde hace varios años hay una gran concienciación en la comunidad mundial para terminar con este problema, y se está haciendo mucho, pero todo el daño infringido con anterioridad ya no puede evitarse.
    Y aún hay más. La situación en la que quedó todo, la falta de ayuda internacional, las miserias y degeneraciones humanas, han llevado a este país a convertirse en el paraíso de pederastas, degenerados y personas totalmente despreciables. No quiero culpar a la población camboyana, a los padres que ofrecen a sus hijas o las venden. Salir adelante en este lugar es complicadísimo. Supongo que nadie hace esto por placer. La culpa es de todos aquellos que se aprovechan del dolor y las penurias por las que pasan otros, para satisfacer sus instintos más bajos y deplorables.
    No me cabe duda de que me crucé con algunos de ellos. No se les distingue de los demás extranjeros, pero están ahí, babeando por todo lo que pueden conseguir a un precio muy barato. Me daba asco sólo con pensarlo. Cuando veía aquellas niñas con su carita de porcelana, sus ojos almendrados, tan bonitos, sus sonrisas y su aspecto inocente, me indignaba sólo con pensar que algún degenerado les rompería tanta inocencia, sobándolas con sus sucias manos, violándolas y recreándose con ellas sin que las pobres supieran por qué les estaba pasando todo aquello. Cuando regresé a España algunos de mis conocidos me decían:
    _ A lo mejor te lo has imaginado, seguro que no ocurre. Qué padre iba a dejar que le hicieran eso a su hija pequeña.
    _ Sí ocurre. Y lo sé porque te lo ofrecían por la calle. Con nosotros no sirvió porque no era lo que buscábamos, pero sí hay personas que van sólo para eso, y no tienen que buscarlo, te lo ofrecen. ¿Qué pederasta se va a resistir a una niña que se le ofrece en bandeja de plata y a un precio bajo? Y si buscas una virgen no hay problema, pagas algo más pero la tienes en el momento. Por supuesto que ocurre. Ningún león hambriento pasa de largo junto a su presa indefensa.

     Lo primero que visité en Phnom Penh fue el Museo del Genocidio. En su momento fue un colegio convertido en prisión. Las aulas se convirtieron en celdas donde torturaban y asesinaban a los detenidos. Dicen que más de veinte mil personas pasaron sólo por aquel centro, y solamente se salvaron diez personas. La gente lo llamaba: “el lugar donde se entra y no se sale”. La sensación que te embarga cuando estás dentro es inenarrable. Las paredes de las múltiples habitaciones están cubiertas por las fotografías de las personas que estuvieron allí, fotos cuando todavía estaban vivos y torturados, y después de muertos. Anduve despacio, no porque hubiera nada que ver, sino porque correr y hacer ruido me parecía una deslealtad a tanto dolor como allí existió.
    Llegué a una sala impresionante, en ésta y las que seguían a continuación se levantaban montañas de cráneos humanos. Cientos de cuencas vacías me miraban, a mí y a todos los que allí estábamos, que no éramos muchos. Me quedé paralizada, mirando aquellas cuencas vacías, no me podía mover, no podía seguir adelante. De pronto me di cuenta de que a mi lado había alguien. Bajé la vista y vi a un niño; también estaba mirando los cráneos, no apartaba la vista de ellos. Tendría unos nueve o diez años, y en su mano derecha llevaba una muleta que le permitía caminar, porque su pierna derecha había desaparecido por debajo de la rodilla. Le acaricié el pelo y entonces se volvió hacia mí. Me miró y me sonrió. Yo le pregunté qué le había pasado, pero no me entendía. Entonces le señalé la pierna y entendió. Me hizo un gesto con la mano mientras decía:
    _ ¡Bummmm!
    Había pisado una mina, ¡pobrecito!, pero tenía suerte, seguía vivo. Había nacido después del genocidio, pero el horror le había alcanzado. Y allí estaba, mirando a los que le habían precedido y habían muerto por defender un país en el que ahora estaba él, pero ¿habían conseguido realmente algo?
    Le cogí la mano y me la dio. Caminamos juntos, cogidos de la mano, pasamos por las demás salas repletas también de cráneos, hasta que salimos fuera. Entonces se marchó, se despidió de mí, diciéndome adiós con la mano, y se fue renqueando, utilizando la muleta que le permitía caminar.
    Hasta aquí el horror. Siempre hay que mirar hacia adelante, sin olvidar el pasado para aprender de él. Quise disfrutar de este país y de su gente. Porque Camboya es un lugar apasionante, único, increíblemente auténtico. Solamente estuve cinco días, pero me marcaron enormemente. Me encariñé de este lugar, de su gente, de su cielo y de su rico patrimonio. Y cuando me marché lo hice llorando. Nunca me ha ocurrido en ningún otro lugar, pero cuando el avión despegaba y sus paisajes quedaban atrás, por mis mejillas corrían las lágrimas.

     A pesar de su aspecto destruido, Phnom Penh tiene cosas preciosas, y la más espectacular de ellas es el Palacio Real. Éste no resultó afectado y por suerte puede verse en todo su esplendor. Hacía bastantes años estuve en Tailandia, y desde entonces no había vuelto a ver esos edificios tan característicos, con sus tejados multicolor. Aquí estaban de nuevo.
   El Palacio Real está formado por un gran número de pabellones repartidos a lo largo de jardines muy cuidados. Son los típicos edificios con tejados sobrepuestos uno sobre otro, con formas triangulares y colores dorados y rojos. Es la imagen que siempre surge al evocar el Lejano Oriente.
    El salón del trono es magnífico, se llega a él tras ascender unas escaleras flanqueadas por sendas nagas o serpientes sagradas, al final de la escalera se accede a una terraza llena de columnas blancas que sujetan un gran dintel triangular, cubierto con pan de oro y rematado por pináculos dorados.
    Todos los edificios que componen el complejo son similares, pero hay uno especialmente importante: la Pagoda de Plata. Dentro de ella se encuentra el templo real, con estatuas de Buda en oro e incrustaciones de piedras preciosas. Pero lo más característico de este templo es el suelo. Está cubierto por más de cinco mil baldosas de plata, sobre las que se debe andar descalzo.
    Sus jardines son de una gran exquisitez. En este lugar, el orden y la belleza se encuentran por todas partes. Además se puede visitar disfrutando de la tranquilidad que da la falta de turismo masivo. Recordaba esta misma estampa en el Palacio Real de Bangkok y aquello era desquiciante.
    Tras la visita del Palacio, fuimos al Museo Nacional. Es muy interesante para tomar contacto con la cultura Jemer, una cultura que levantó en el siglo XI una de las maravillas del mundo: la ciudad de Angkor.
    Otro punto importante en Phnom Phen es la Pagoda de la Montaña, ubicada en lo alto de una montaña en el centro de la ciudad. El lugar está plagado de monos.
    Por la tarde paseamos por las calles cercanas al hotel hasta llegar a una zona donde se encontraban todos los locales donde se reunían los extranjeros. La calle estaba llena de locales de copas, con terrazas donde la gente se sentaba en grandes sillones de mimbre.
    Aquí los extranjeros tienen aspecto muy aventurero, muy bohemio. No se encuentra el tipo de gente que puede haber en el Caribe, o incluso en Tailandia. Quien viene aquí busca aventura, emoción, conocer el mundo de forma diferente, busca lo auténtico. El ambiente que hay en estos locales es muy interesante. Hablas con la gente y siempre hay mucha información que intercambiar. Todos están muy bregados en recorrer el mundo. Se encuentran también muchos periodistas, reporteros escribiendo para revistas de viajes o para sus periódicos. Es un mundo realmente interesante.
    Volvimos al hotel cuando ya había anochecido. La calle de los extranjeros estaba bastante bien acondicionada, pero una vez fuera, la luz eléctrica brillaba por su ausencia. A pesar de todo, no te sientes en peligro, la gente es buena, ya han sufrido bastante para hacer sufrir a los demás.
    Andábamos despacio, intentando asegurarnos dónde poníamos el pie, porque los socavones estaban por todas partes. En algunos tramos, había personas cerca que nos ayudaban y nos señalaban por dónde teníamos que ir para no caernos. Son increíbles, con lo que tienen encima y se preocupaban más por nosotros que por ellos mismos.
    Por desgracia también tuvimos que enfrentarnos a la cara amarga. Al pasar junto a una casa, un hombre se nos acercó y señalándonos a unas niñas con aspecto muy inocente, nos las ofreció. Me quedé mirándolas, y estoy segura que rondaban entre los doce y los dieciséis años. ¡Pobrecitas!, ¿sabrían lo que se estaba tramando? Como denegamos su ofrecimiento, él seguía insistiendo, si el problema era el precio podíamos llegar a un acuerdo. Cuando se dio cuenta de que nosotros no buscábamos sexo con niñas, nos dejó. Pero seguro que esa misma noche, o la siguiente, encontraría clientes para su mercancía. Me quedé triste y llegué al hotel pensando que la vida era injusta. ¿Qué habían hecho aquellas niñas para merecer algo así? Solamente nacer en el lugar equivocado.
    Era injusto que esa circunstancia marcara la diferencia entre una vida satisfactoria y un infierno.
    La estancia en Phnom Penh no daba para más. El verdadero objetivo de nuestra visita a Camboya estaba hacia el norte, en el centro del país. Volamos en una avioneta hasta Siem Reap, el lugar que ha surgido junto a una de las grandes maravillas del mundo: La ciudad perdida de Angkor.

     Hay en el mundo tres lugares que permanecieron perdidos durante siglos, tres lugares grandiosos, imponentes, tres ciudades que marcaron un hito en su momento. Tres ciudades construidas por culturas con un nivel de conocimiento importante. Ninguna de ellas tuvo relación con las otras, ninguna conoció nunca la existencia de las otras dos, pero las tres tienen algo en común.
   Vivieron su momento de esplendor, y después, por circunstancias diferentes, fueron abandonadas y cayeron en el olvido. El tiempo hizo que todos se olvidaran de ellas, y la naturaleza las escondió del mundo, las protegió. Hasta que un hombre, en realidad tres hombres diferentes, por pura casualidad o porque los lugareños rumoreaban y ellos supieron entender esos rumores, las encontraron.
    La primera de esas ciudades es Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas. Fue descubierta por Hiram Bingham a principios del siglo XX. Situada en lo alto de una montaña en el Valle Sagrado de los Incas, su ubicación, colgada en el vacío, hacía casi imposible su localización.
    La segunda de esas ciudades es Petra, la ciudad perdida de los nabateos. Fue descubierta por Johann Buckhardt a finales del siglo XIX. Situada en el centro de un desierto de roca, y escondida por riscos y paredes elevadas, solamente se podía acceder a ella a través de un desfiladero natural cuya entrada nadie conocía, excepto los pastores bereberes que siempre habían vivido allí.
    La tercera ciudad es Angkor, la ciudad perdida de los khemer. La ciudad perdida en la selva de Camboya. Descubierta por Henri Mahout durante la segunda mitad del siglo XIX, se encontraba totalmente invadida por la exuberancia de la jungla camboyana. Hoy en día la vegetación invade gran parte de sus edificios, confiriéndoles una característica especial.
    Yo he podido, a lo largo del tiempo, conocer las tres ciudades. La primera que conocí fue Angkor.
    Para visitar Angkor es necesario llegar a Siem Reap, una población a tres kilómetros de las ruinas. El lugar está plagado de hoteles de todos los tipos y categorías.
    Angkor es una ciudad enorme, su extensión es de más de doscientos kilómetros cuadrados, a lo largo de los cuales se encuentran más de mil templos rodeados por la jungla, o totalmente invadidos por ella. Se necesitan varios días para ver lo más importante.
    Cuando se traspasan las puertas que dan acceso a todo el recinto de la ciudad de Angkor, lo primero que se encuentra es el gran lago sagrado. Al frente una hilera de árboles frondosos, tapan lo que se esconde detrás, pero cuando se continúa adelante, dejando atrás este muro verde, surge a la derecha un gran espacio cubierto de césped, y al fondo del mismo se levanta, imponente, Angkor Wat. El gran templo de la ciudad de Angkor.
    Un edificio con cinco torres, la central de altura superior a las demás. Su estructura es perfectamente simétrica. Todo él se refleja en un lago que se encuentra enfrente, dando una sensación de continuidad realmente espectacular. Solamente este templo ocupa casi un día completo. Cada una de sus torres alberga en sí un templo dentro. Sus corredores, tanto hacia un lado como hacia el otro, están totalmente llenos de grabados que relatan toda la mitología hindú. Por todas partes hay representadas “apsaras”: ninfas o bailarinas celestiales, esculpidas con todo lujo de detalle. Están cubiertas con velos transparentes que dejan ver sus cuerpos voluptuosos. Y crear todas estas sensaciones en piedra, es algo que nunca dejo de admirar.
    Cuando ya se ha recorrido todo el recinto inferior, y la memoria de la cámara está agotada por tanta fotografía, hay que subir a las torres para ver los templos que se alojan en ellas. Subir a la torre central es un reto, incluso para las personas que no tienen vértigo. Hay una escalinata en el centro del patio por la que se puede ascender, pero es totalmente vertical, de tal forma que para subir por ella hay que tumbarse y reptar escalera a escalera, sin mirar hacia abajo. A pesar de todo merece la pena subir, ya que se puede apreciar una vista única de todo el templo: su planta rectangular, sus líneas simétricas, y el lago que rodea todo el edificio, tras la línea de árboles.
    Sólo este templo ya merece el viaje a Camboya, pero Angkor es mucho, muchísimo más. Cuando se acerca el atardecer es muy recomendable subir a una colina donde hay otro pequeño templo, pero la ascensión no es para ver éste, sino para ver atardecer sobre Angkor Wat. La ascensión tiene su dificultad, es una ladera relativamente corta, pero llena de piedras sueltas que te hacen resbalar y retroceder a cada momento.  Cuando por fin se llega a la cima, probablemente esté lleno de gente, pero siempre se encuentra un espacio desde el cual observar el impresionante espectáculo que hay delante. Un mar verde se extiende ante la vista, árboles enormes invadiéndolo todo, y al fondo, como una isla dentro de este mar, las torres de Angkor Wat.
    Si se tiene suerte, y el día no está nublado, el atardecer sobre el templo es inolvidable. O al menos es lo que supongo, porque yo no tuve esa suerte. Las nubes no me permitieron verlo, pero la vista ya era suficiente motivo para estar allí. Si el lector ha visto y recuerda la primera película de Lara Croft: “Tom Raider”. La escena en la que Angelina Jolie se lanza desde el helicóptero sobre un templo, está rodada en esta colina, y puede verse esta vista, con Angkor Wat al fondo.
    El primer día no dio para más, y prácticamente no habíamos entrado en la ciudad de Angkor. Regresamos al hotel para refrescarnos, porque aquí la humedad es tan alta o más que en Vietnam. Una vez aseada y con mejor aspecto bajé al bar para tomar algo. Unas chicas con una cara angelical nos sirvieron unas cervezas, arrodillándose delante de nosotros y con la cabeza inclinada, nos prepararon las bebidas. Sé que es su manera de comportarse, pero a mí se me partía el alma al ver esa actitud de sumisión. Con la misma actitud se levantan suavemente, y juntando las manos con las palmas hacia dentro, se las acercan a la frente e inclinan la cabeza.
    Salimos a las calles de Siem Reap, pero volvimos pronto, era triste ver algunas cosas. Allí estaban todos los extranjeros de Camboya, y por lo tanto el mercado de mujeres era mayor que en cualquier otro sitio. Yo no podía soportarlo, me ponía mala sólo con verlo. ¿Qué podíamos hacer? Siempre me quedó una pena, una sensación de culpa porque no hice nada, vi aquello y pasé de largo. No sé si realmente hubiera podido hacer algo, o solamente me hubiera buscado problemas.
    Al día siguiente, durante el desayuno, sí que me enfrenté a alguien. No puedo soportar que haya personas que salgan de su casa creyéndose los amos del mundo, y si encima son españoles, todavía menos. Mientras estaba esperando en la cola para que un chico me preparara unos huevos a la plancha, un español, porque era español, le estaba gritando como un energúmeno porque el chico no le había hecho los huevos con puntillas. El pobrecito, que ni lo entendía ni sabía lo que era un huevo con puntillas, no sabía qué hacer, y aquel energúmeno le seguía increpando, diciendo que no podía consentirse que en un hotel de cinco estrellas no fueran capaces de hacer un buen huevo con puntillas. No lo pude remediar, salí de la fila, me acerqué a él y le dije:
    _ Si quieres unos buenos huevos con puntillas debías haberte quedado en tu casa, seguro que tu mujer te los preparará estupendamente.
    Se quedó tan cortado que no supo que responder. Yo terminé diciéndole:
    _ Coge esos huevos y llévatelos, que para comer comida española se queda uno en España.
    Por suerte la cosa quedo ahí. Pensaría que era una metomentodo, pero me daba igual. El chico me sonrió, y aunque no entendió lo que habíamos hablado, su sonrisa era de agradecimiento.
    Volvimos a Angkor. Hoy pasamos de largo junto al templo y nos adentramos en la ciudad propiamente dicha. Llegamos a un puente en cuyos lados se encontraban esculpidas unas figuras tocadas con gorros, eran los guardianes de la ciudad. Después de atravesar el puente se llega a una de las puertas de entrada. La ciudad tiene cinco puertas repartidas a lo largo de su perímetro. Se trata de unos pórticos de piedra muy altos,  rematados en su parte superior por las características caras que definen a esta ciudad. Son rostros humanos, de tamaño considerable, orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Aquí la vegetación ya comienza a ser exuberante y una parte de la puerta está dominada por ella.
    Una vez dentro de la ciudad, el primer lugar en aparecer, y uno de los más importantes, es el Bayon. Es el templo más importante del recinto interior de Angkor Thom, el recinto reservado para el rey. Da la impresión de ser una montaña medio derrumbada, pero una vez en su interior, te das cuenta de la cantidad de grabados que hay, y lo bien conservados que se encuentran. Hay paredes enteras esculpidas con las hazañas del rey.
    El templo tiene tres niveles y está formado por decenas de torres, todas ellas son rostros con una sonrisa apenas perceptible, pero presente. Las caras miran hacia los cuatro puntos cardinales, y se encuentran por todo el templo. Es uno de los edificios más enigmáticos y bellos de la ciudad.
    Subir hasta la torre central, como el día anterior, tiene su dificultad. ¡Pero cómo no subir y ver el conjunto desde arriba! Además yo tenía al guía camboyano indicándome todos los puntos desde los cuales salían las mejores fotografías, y tengo que reconocer que conseguí fotos alucinantes.
    Me gustaba hablar con él y desde el primer momento venía a buscarme para decirme:
    _ Póngase usted allí, porque sale una foto muy bonita.
    _ Desde este punto se pueden fotografiar cuatro caras al mismo tiempo.
    _ En esta esquina sale toda la torre y se puede ver una cara a través de la puerta.
    Y así todo el tiempo. Se lo agradecí muchísimo porque yo sola no hubiera conseguido fotos tan espectaculares. Tuvimos suerte con él. Era un buen guía, más tarde me enteré que uno de los mejores, o incluso el mejor. Durante los cuatro días que estuvimos con él se preocupó de nosotros como si fuésemos lo único que tuviera en la vida. Siempre pendiente de todo lo que necesitábamos, siempre sonriendo y cantando. Le gustaban las canciones cubanas, y nos cantaba “Guantanamera”.
    Yo quise conocer algo sobre él y le pregunté. Solamente en ese momento se puso triste. Me contó que como todo el mundo en su país, él había perdido a su familia: sus padres fueron apresados y presumiblemente asesinados, a él y a su hermana se los llevaron y los separaron. Nunca volvió a encontrar a su hermana, no sabía si seguía viva. Él fue llevado a la zona donde se encuentra Angkor, y de esta forma, sin tenerlo previsto, se convirtió en un experto en la ciudad. La conocía como la palma de su mano.
    _ Me sorprende que con esa historia puedas tener siempre esa sonrisa en la cara - le dije -. En España cualquier persona que hubiera pasado por lo que tú has pasado, odiaría al resto del mundo, y no se molestaría en ser simpático con nadie.
    _ En mi país somos así. Somos el país de la eterna sonrisa, como las caras del templo del Bayon. Y no es una sonrisa hipócrita, es sincera. Es nuestra forma de ser, no sabemos ser de otra forma - me contestó.
    _ ¿Sabes que os envidio? Ojalá yo pudiera sentir así, pero me resulta difícil. Cuando algo me incomoda siempre lo termina pagando quien está más cerca en ese momento. Y como yo, actúa la mayoría de la gente.
    _ Bueno, cada uno tenemos nuestra forma de ser y no podemos cambiarla. Pero también tenéis cosas buenas. Al menos tenéis oportunidades que para nosotros son imposibles.
    _ Sí, oportunidades no es lo que nos falta precisamente, pero no siempre sabemos aprovecharlas.
    _ Yo tengo una hija sordomuda - me dijo -. En este país no tiene ninguna oportunidad, no podrá ser nunca una persona normal. Pero yo sé que esta minusvalía no es un inconveniente en EEUU o en Europa.
    _ ¿Y tienes más hijos? - le pregunté.
    _ No, solamente mi pequeña sordomuda. Me gustaría poder marchar a EEUU para darle una vida digna, pero no sé si podré conseguirlo.
    _ Cada vez te admiro más - le dije -. Toda tu vida está llena de hechos tristes, y sin embargo admiro tu eterna sonrisa, tu jovialidad, la forma como aceptas tu destino, aunque luches por mejorarlo. Ojalá algún día yo pueda ser así.
    Interrumpieron nuestra conversación y él continuó explicándonos todo lo que veíamos y preocupándose por nuestra comodidad y bienestar, sin dejar de sonreír, incluso de reír abiertamente en muchos momentos.
    Del templo del Bayon seguimos hasta la Terraza de los Elefantes. Se trata de una gran plataforma de piedra desde la cual el rey contemplaba los desfiles. Su nombre se lo debe a la gran cantidad de cabezas de elefante con la trompa hasta el suelo, y recogiendo flores de loto, que se encuentran en todo su perímetro.
    Pero además de elefantes, se encuentran todo tipo de grabados como serpientes de varias cabezas, garudas (animales mitológicos, mitad hombre y mitad pájaro), y apsaras.
    Junto a ésta se encuentra la Terraza del Rey Leproso, es mucho más pequeña, pero sus grabados son espectaculares. Un foso la rodea y sus paredes están cubiertas por los  bajorrelieves más bonitos y mejor conservados de toda la ciudad.
    Desde cualquiera de las dos terrazas se observa la jungla que se abre paso al frente. Solamente las terrazas están libres de ella.
    Junto a ambas terrazas se encuentra el acceso al palacio real. En principio parece bastante destruido, pero cuando uno se encuentra dentro de él pueden observarse salas con grabados de una delicadeza extrema. Aquí las figuras de apsaras son si cabe más voluptuosas y sensuales que en ningún otro lugar.
    Todo este conjunto de monumentos, desde el Bayon hasta el palacio, pasando por las terrazas, se le conoce con el nombre genérico de Angkor Thom. Una ciudad dentro de la ciudad, para uso exclusivo del rey.
    Fuera de este círculo, Angkor se extiende a lo largo de la jungla, dentro de ella o absorbida por ella. Son innumerables los edificios que se pueden contemplar. Edificios en piedra arenisca, de un color rojo intenso, como el Takeo, o Beanteay, levantado junto a un lago.
    Pero lo más característico de Angkor, fuera del recinto real, son las imágenes de templos como el Taprohm. El templo como tal está totalmente destruido, comido por la selva que crece sobre sus ruinas hasta absorberlo por completo. Cuando estás allí, se puede sentir la sensación de encontrarse en el escenario de una película de aventuras. Parece algo irreal, pero es real. La naturaleza ha creado un plató de cine que ni los mejores efectos especiales podrían conseguir. Las raíces de árboles gigantes engullen las piedras desplegándose sobre ellas de una forma sorprendente. Las formas que estas raíces pueden llegar a crear son extraordinarias. Ninguna es igual a otra. Algunas parecen anacondas enrolladas alrededor de su presa, otras son como pulpos gigantes que extienden sus tentáculos en todas las direcciones. En otros casos forman enrejados de una belleza inigualable. Se puede encontrar una puerta totalmente rodeada de raíces, excepto la entrada. Su visión incita a penetrar en un mundo inexplorado donde nadie sabe qué puede encontrar.
    Visité tantos lugares dentro de Angkor que casi no puedo recordarlos todos. Lo más característico es todo lo anterior. Estuve cuatro días sin parar, dentro de la ciudad comida por la selva. Sólo pude ver una pequeña parte. La gran mayoría sigue sin explorar. Su extensión es tan grande, y la selva tan densa, que quizá sea mejor dejarla así.
    A veces para sacar a la luz un edificio, es necesario destruir la naturaleza que lo cubre. Y otras, la naturaleza ha dado al edificio una belleza tan grande, que es mejor dejarlo como está.  En cualquier caso la ciudad de Angkor y la selva son una misma cosa, no se entienden la una sin la otra. Es un lugar francamente alucinante, y no se parece a nada que pueda verse en ningún otro lugar del mundo.
     La última noche en Camboya se empeñaron en asistir a un espectáculo con cena incluida. A mí no me van mucho este tipo de cosas, porque siempre es lo mismo, pero me dejé llevar. La cena era al aire libre y en el escenario aparecieron bailarinas con los trajes tan típicos de esta zona y sus movimientos suaves. El guía, que seguía intentando que estuviésemos contentos, se empeñó en que yo subiera para bailar con ellas.
    _ Pero yo no sé bailar estas cosas, y además me da vergüenza - le dije.
    _ La vergüenza sólo está dentro de la cabeza. Te haremos una bonita foto.
    No quería, pero al final salí. Menos mal que no me conocía nadie y no se acordarían de mí.
    Al día siguiente vino a buscarnos para acercarnos al aeropuerto. Un avión nos llevaría a Singapur, y después catorce horas más hasta España. En el trayecto hasta el aeropuerto nos cantó de nuevo “Guantanamera”, y se despidió de nosotros.
    Estuve pocos días en este país, pero me marcó muchísimo. Cuando despegó el avión yo estaba llorando, no quería que nadie se enterara, pero no podía evitarlo.
    _ ¿Por qué lloras? - me preguntó Eva
    _ No lo sé, pero nunca me he sentido así. El viaje ha sido fantástico: veinte días recorriendo Vietnam y Camboya. Estoy contenta, pero no puedo evitar llorar.
    _ Puede que llores porque eres muy sentimental.
    _ Sí, probablemente es por eso.

lunes, 15 de julio de 2013

De Galilea a Catai (4)


DONDE LOS DRAGONES SURCAN EL CIELO

 VIETNAM

 

    Nunca había estado en un lugar tan alejado de España.

    El Lejano Oriente: culturas milenarias y diferentes. Un mundo desconocido, o quizás no tanto. La televisión y el cine hacen milagros. Ahora es posible conocerlo todo sin salir de casa, sin moverse del sofá. ¿Para qué aguantar dieciocho horas de vuelo, esperas en aeropuertos, soportar el calor, los mosquitos, comer no se sabe el qué, encontrarse mal en cualquier momento del viaje, correr peligros? En definitiva, ¿para qué tantas incomodidades?
    Es sábado y a las cuatro de la tarde pasan en el canal de televisión Viajar un documental de dos horas sobre Vietnam. Me coloco cómodamente en el sofá y lo veo, sin olvidar encender antes el aire acondicionado. Después saco una copia que guardo en algún lugar, de una gran película, “Apocalypse Now”, la coloco en el DVD, me preparo algo para beber y la disfruto.
    Son las nueve de la noche del sábado y he hecho un viaje inolvidable por Vietnam; ya lo he visto y lo conozco. ¡Mira que son raras todas esas personas que se van hasta allí, con lo cómodo y fácil que hoy en día es conocerlo de esta forma!
    ¿Ya he terminado este capítulo, he conseguido engañar al lector?
    Por supuesto que no. Si hubiera viajado en una tarde no tendría nada más que contar. Aquí acabaría todo, ni siquiera una página. Pero sí tengo muchas cosas que narrar, porque estuve allí, subí a un avión y aguanté  horas de vuelo, esperas en aeropuertos y más horas de vuelo. Y aquí está el resultado.
    Éste era un viaje doble: quince días en Vietnam y cinco más en Camboya. Ya que estaba tan lejos tenía que aprovechar y conocer Angkor. Llamé a David y Eva, aquella pareja a la que conocí en Irán, y que ya eran mis amigos. Nunca habían estado en el Lejano Oriente, les apetecía pero preferían ir con alguien. Les hizo mucha ilusión y a los tres días me contestaron confirmándome que sí, venían.
    No hay vuelo directo a Vietnam. Son catorce horas a Bangkok o a Singapur, y después otro vuelo de tres horas a Hanoi. Volamos vía Singapur.
    Vietnam es el país más lejano de todo el Lejano Oriente. Una franja alargada que envuelve por el este toda la península de Indochina. Sus paisajes son muy diferentes entre sí. El norte es la zona más montañosa, donde destaca una gran maravilla natural: la Bahía de Halong. El centro del país está dominado por la jungla y aquí se encuentran todos los restos de su esplendor imperial: Hoy An y Hue. El sur tiene un solo nombre: el Delta del Mekong.
    Es un país moderno, pero al mismo tiempo mantiene vivo todo su pasado imperial y sus tradiciones milenarias, que te hacen vivir en un mundo nada parecido al que conocemos.
    Ya nada queda del conflicto que lo desangró en los años sesenta, solamente algunas cicatrices en sus paisajes. Sus gentes se han adaptado muy bien al futuro. Tras la reunificación de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, es un país con un único rumbo y donde nadie habla de aquella época de su historia, excepto cuando los extranjeros preguntamos.
    Llegamos a Hanoi a media mañana, habíamos perdido toda la noche. Si queríamos adaptarnos pronto, lo mejor era aguantar el resto del día sin dormir. David estaba agotado y nos dijo que le daba igual, él se daba una buena siesta hasta media tarde. Entre tanto decidí salir a las calles y explorar el terreno. Los hoteles son todos iguales, la calle es mucho más interesante.
    El cielo estaba muy encapotado. Todavía era época de monzones y la lluvia podía aparecer en cualquier momento. El primer paso fue adquirir chubasqueros; se me habían olvidado en casa.
    _ ¿Pero cómo puedes venir a Vietnam y olvidarte los chubasqueros?
    _ La verdad es que quería comprar estos tan chulos que llevan aquí. No, se me olvidaron. Pero así podré comprar estos tan chulos.
    Aquí nadie sale a la calle sin llevar el chubasquero guardado no sé dónde. Comienza de pronto a llover y al momento todo el mundo va cubierto hasta los pies y con gorra impermeable incluida.
    _ ¿Dónde los guardarán? - preguntaba yo -. Deben ocupar bastante, no lo entiendo.
    Como los venden por todas partes, nos decidimos a comprar en el primer lugar que encontramos. No abultaban nada, era increíble cómo se plegaban hasta ocupar lo mismo que una cartera. Nada más salir de la tienda ya tuvimos que usarlos, comenzó a llover y en un momento aquello era el diluvio universal, pero con la misma rapidez se terminaba y volvía a lucir el sol.
     Lo primero que te sorprende cuando sales a las calles de Hanoi son las motos. Todo el mundo tiene una moto en Vietnam. Y encima de ella se transporta todo lo imaginable y lo inimaginable. Y por supuesto no estamos hablando de super motos, sino más bien algo parecido a nuestras Vespas, no mucho más. Yo estaba asombrada con lo que veía pasar a mi lado. Puedo asegurar que se puede hacer un reportaje fotográfico muy amplio con las posibilidades que da una moto. Solamente hay que sentarse y verlas pasar, sin olvidar disparar la cámara sin parar. Éstas son algunas de esas cosas que se pueden transportar en una moto y que yo puede contemplar en sólo unos minutos:

 ·        Una familia completa. Papá, mamá, y niños. No importa cuántos niños, todos caben, colocados mirando hacia el frente, hacia atrás o de lado. En algún caso hasta un abuelo.
·        Un armario. Me refiero al mueble, no a una persona. Se coloca detrás, tumbado y atado. No importa lo que sobresale, ya dejan sitio los demás para pasar.
·        Una pila de cajas con televisores. Con una mano se sujeta la moto y con la otra la pila de cajas.
·        Un par de cestos grandes, llenos de verduras o de frutas. Se sujeta uno a cada lado y así hacen contrapeso.
·        Una montaña de cestos vacíos que rebosan por todas partes.
·        Varios manojos de aves: gallinas o patos, atados por las patas y colgados boca abajo.
·        Un cerdo. Éste es más complicado, pero aquí todo tiene solución. Se mete el cerdo en una red parecida a la que se utiliza para asar un rollo de carne. Con el cerdo bien inmovilizado de esta forma, se sujeta en la parte trasera para no perderlo.
·        Un frigorífico o una lavadora. Se ata como el armario y problema resuelto.
·        Una barca de las que circulan por el río Mekong. Se ocupa mucho espacio, pero como nadie se enfada con el resto, se circula sin problemas.
    Parece increíble, pero es así. Todo esto lo vi en Hanoi el primer día. Después lo encontré por todo el país y en todas las carreteras. Te terminas acostumbrando y hasta parece normal, pero es auténtico total.
    Cuando el resto del grupo, ocho personas en total, se despertaron, pasaron a buscarnos para dar un paseo en triciclo por el Viejo Hanoi. Los triciclos en Vietnam son bicicletas con un cochecito en la parte delantera, donde te sientas y te pasean. Se diferencian de los ricksows en que estos llevan el coche en la parte trasera. Aquí tenía la sensación de que me iba a comer a todo el mundo. Dominan muy bien la bicicleta, pero les encanta jorobar un poco al extranjero yendo a bastante velocidad.
    El contacto con el Viejo Hanoi es el contacto con el Vietnam auténtico. Sus calles están abarrotadas hasta la saciedad de gentes vendiendo todo tipo de cosas en la calle. Se sientan en el suelo y extienden su mercancía, sobre todo frutas y verduras.
    Por todos lados cruzan personas llevando en hombros los típicos cestos sujetos a ambos extremos de un palo largo que se lleva sobre el hombro. Y todos lleva en la cabeza el gorro cónico tan utilizado en este país.
    Mi conductor paro junto a una mujer que vendía fruta, por si quería comprar algo. Tenía de todo, aunque la mayor parte yo no lo reconocía. Pregunté qué eran unos racimos parecidos a las uvas, pero de color marrón y piel áspera.
    _ Lichis - me contestó.
    _ ¿Y esas cosas granates con pelos largos?
    _ Rambután, también tengo fruta de la pasión y carambolas.
    _ Vaya, no sé lo que quiero. Me llevaré un racimo de lichis y unos rambutanes.
    Por fuera son diferentes, pero para mí eran parecidos: el mismo color por dentro y la misma textura. Cada vez que comía un lichi o un rambután, tenía la sensación de meterme un ojo en la boca.
    Pedimos a los conductores de los triciclos que nos dejaran en un parque que ocupa el centro de la ciudad. La gente se acerca aquí para hacer ejercicio y se puede ver como realizan esos movimientos lentos tan únicos de Oriente. En el parque hay un lago rodeado de vegetación exótica, y en el centro una isla a la que se accede a través de un puente rojo de estilo japonés. Seguimos caminando por aquel lugar y de pronto vimos nuestro hotel, estábamos al lado y no nos habíamos enterado. Pensamos en cenar. Hanoi es una ciudad agradable y en el centro hay todo tipo de restaurantes.
    Entramos en uno donde nos recibieron con esa amabilidad y esa atención que sólo se encuentra en Oriente. Se inclinan de tal forma a tu paso que a mí me hacían sentir incómoda.
    La comida en Vietnam es realmente magnífica. Yo comí como nunca, todo me gustaba, pero sobre todo los rollitos Vietnam y el pato. Qué hartada de pato me di durante todo los días que estuve en el país.
    En todos los lugares los cubiertos son palillos, si se quiere cubiertos occidentales hay que pedirlos. Yo y David pasamos todo el viaje comiendo con palillos; qué práctica cogí.
    Después de la cena nos sentamos en la terraza de un café para tomar algo. En este país se puede ver la tradición francesa en sus cafés, que son realmente buenísimos. En la noche las terrazas se llenan de gente, sobre todo extranjeros en busca de marcha. Se encienden farolillos de papel en todos los locales.
    Yo ya estaba agotadísima, no había descansado a mi llegada y después de un día con su noche, perdidos, ya no podía seguir en pie. Como el hotel estaba cerca me fui caminando y dejé a los demás allí. Ya nos veríamos mañana.
    Al día siguiente ya estaba repuesta y lista para comenzar mi andadura. Estábamos en Hanoi, la capital de Vietnam. En el pasado fue la capital de Vietnam del Norte y tras la reunificación se convirtió en la capital del país, relegando a Saigón a un segundo plano.
    La visita de esta ciudad tiene un punto clave, aunque no sea lo más interesante, al menos desde mi punto de vista: el mausoleo de Ho Chi Minh. Un mausoleo muy del estilo de los edificios soviéticos, y nada acorde con la arquitectura del país. Sobrio y de líneas rectas, se encuentra en mitad de una explanada arrasada por el sol. Dentro, la momia embalsamada del líder de la independencia de Vietnam: Ho Chi Minh. Al igual que otros líderes comunistas, su cuerpo se encuentra embalsamado y permanentemente expuesto en una sala del recinto.
    Mucho más interesante es el resto de la ciudad.  Cercana al mausoleo se encuentra una pagoda muy pequeña: la Pagoda de un Pilar Único, situada en el centro de un estanque repleto de nenúfares. O una casa totalmente construida en madera de teca, que se levanta sobre varios pilotes, también de madera. Todos estos lugares destacan porque están hechos con gran pulcritud y detalle, y por su tamaño más bien parecen casitas de muñecas.
    El calor ya comenzaba a apretar y la gente buscaba la sombra debajo de los árboles, que por suerte en este país abundan bastante. El agua está en todas partes: estanques, lagos, ríos, el mar, y la lluvia. Nunca he visto un país donde haya tal exceso de agua, pero con unas temperaturas por encima de cuarenta grados, la humedad era insoportable.
    Nos desplazamos hacia otra parte de la ciudad para ver uno de los lugares más bonitos de Hanoi: el Templo de la Literatura. Me encantan estos nombres tan sugerentes que solamente se encuentran en Oriente.
    Se trata de una antigua universidad o colegio fundado en el siglo XI por seguidores de Confucio, para enseñar su doctrina. Está restaurado. Se encuentra junto a un río y dentro se puede disfrutar de una atmósfera tranquila que invita a leer y a relajarse. Para llegar al centro del lugar hay que pasar por diferentes patios. Los primeros son jardines repletos de árboles donde se escucha el trino de pájaros invisibles, pero presentes en algún lugar.
    El paso de un patio a otro se hace atravesando pórticos con los tejados combados hacia arriba. La típica imagen de los edificios orientales.
    El patio central está enlosado y rodeado por edificios con tejados rojos y dragones en sus extremos. Los dragones están representados en gran parte de los templos, palacios y edificios antiguos, adornando sus tejados.
    El interior, recubierto con madera de teka, despide un color granate. Las grandes figuras de Confucio y sus discípulos se suceden por las distintas salas.
    Encontré a un español sentado bajo una sombra.
    _ Hola, españolita - escuché de pronto.
    Me volví.
    _ ¿Es a mí?- respondí.
    _ Sí, claro, te he escuchado hablar. ¿Qué haces tan lejos de tu país?
    _ Supongo que lo mismo que tú.
    _ Yo vivo en Japón. No estoy tan lejos como tú.
    _ Yo estoy de vacaciones. ¿Y tú qué haces viviendo en Japón?
    _ Soy ingeniero, y por motivos de trabajo vivo en Japón. Aprovecho para conocer todos estos países que ahora tengo más cerca.
    _ Yo he venido de propio desde España. Me encanta viajar, y aquí estoy.
    _ Es una buena paliza, pero te gustará.
    Terminé de visitar el lugar y cuando me marché volví a encontrarme en la salida con este chico.
    _ Ha sido un placer - me dijo-. Que te vaya bien.
    _ Gracias. Hasta la vista.
    Es muy agradable conocer a gente a la que nunca más vuelves a ver, y compartir unos minutos de conversación. Este tipo de cosas no solemos hacerlas cuando nos encontramos en nuestra ciudad. Aquí pasamos de largo frente a todos y sólo nos paramos con los conocidos.
    El teatro de marionetas es típico de este país. Hay un pequeño teatro en Hanoi donde puede verse este espectáculo. No es una representación a la que yo esté acostumbrada, pero es curioso verla. En una piscina poco profunda se representa una historia con marionetas. Son historias de la vida diaria del pueblo vietnamita, y por supuesto siempre aparecen serpientes y dragones.
    Un trayecto de tres horas hacia el norte, nos lleva hasta la Bahía de Halong, un lugar Patrimonio de la Humanidad por su belleza natural. A lo largo del camino se pueden seguir viendo las posibilidades que tiene una moto. Verlas en las calles de Hanoi es un espectáculo, pero verlas por las carreteras circulando entre coches, camiones y autobuses, con todo lo que llevan encima, es surrealista total.
    El camino nos va mostrando también la vida rural de Vietnam. Los arrozales se ven a lo largo de los lados de la carretera, o en terrazas escalonadas sobre las laderas de las montañas. Todos los campos están llenos de personas trabajando en ellos, y todos cubiertos con sus sombreros cónicos. Algunos llevan dos regaderas sujetas a la vara que apoyan sobre los hombros; otros, con las manos repletas de plantas de arroz, las introducen una a una en la tierra, encharcados por encima de los tobillos. Agricultores con bueyes trabajan en los campos. En los que el arroz ya está listo, se forman manojos secos que cargan encima de los bueyes hasta que estos no se ven y parece que el arroz camine solo.
    Éramos un grupo pequeño, ocho personas, y por ese motivo no era difícil ponerse de acuerdo para parar continuamente y fotografiar todas estas escenas.
    Y así, entre parada y parada, fotos y más fotos, llegamos a la Bahía de Halong. 
    Tendríamos que esperar al día siguiente para subir a un barco y pasar todo el día navegando por la bahía, disfrutando de su paisaje, y tomando un baño en un lugar que es un auténtico lujo.
    La Bahía de Halong. Una de las maravillas del mundo. Está declarada Patrimonio de la Humanidad.
    Es un lugar tranquilo y relajado, ideal para navegar y disfrutar de un paisaje indescriptible. Miles de islotes y peñascos rocosos sobresalen del mar a lo largo de toda su extensión. Algunos son apenas una pequeña roca, otros alcanzan alturas considerables. Entre algunos apenas hay espacio para pasar entre ellos.
    Sus formas son diversas. Pueden formar puentes y pasar debajo de ellos. Miles de grutas se adentran en sus entrañas, algunas de ellas no se sabe qué pueden contener.
    Es un lugar que invita a soñar y a imaginar todo tipo de historias. Y no es de extrañar, dadas las historias que explican su formación. Cuenta una de las leyendas que un dragón cayó al agua cuando volaba sobre este lugar; el impacto con el fondo  del mar fue tan grande que el golpe de su cola produjo una fractura en la corteza terrestre y el levantamiento de montones de islotes en toda la bahía. Pero ésta no es la única historia sobre la formación de la bahía.
    Otra de ellas cuenta que en la antigüedad los guerreros chinos atacaban la costa por sorpresa provocando destrucción y muerte entre la población. El emperador pidió ayuda a los dragones para evitar que los barcos chinos llegaran hasta sus costas. Una noche de luna llena, una legión de dragones sobrevoló la bahía, arrojando perlas por su boca en lugar de lenguas de fuego. Al contacto con el agua las perlas se convirtieron en rocas que plagaron la bahía, evitando que los barcos chinos llegaran a la costa. Y cuentan que cada noche los dragones sobrevuelan la bahía, vigilando para proteger al emperador de los barcos de sus enemigos.
    Son bonitas historias, muy acordes con la tradición oriental. Sus habitantes todavía siguen creyendo que en las grutas más recónditas habitan dragones, que solamente salen en la noche, para volar sobre la bahía. Pero voy a dejar la leyenda y hablar de la realidad, de lo que es y lo que se siente en este lugar tan especial.
    Ya desde el momento en el que estás en el embarcadero, esperando para subir a uno de los pequeños veleros que surcan la bahía, se ven los islotes que surgen por todas partes. Una vez en el agua, y a medida que se avanza sorteando todas estas protuberancias, su número aumenta, hasta el punto en que uno se encuentra totalmente rodeado por ellos. Se pueden apreciar todo tipo de formas, más o menos parecidas a cualquier otra cosa. La vegetación los cubre, y sus paredes son tan verticales que incluso el mejor de los escaladores tendría dificultades para escalarlos. Algunos se encuentran tan cercanos que el paso entre ellos apenas es suficiente para que el velero atraviese entre ellos.
    Otros tienen una pequeña playa para poder desembarcar y adentrarse en su geografía, explorar alguna de sus cuevas o zambullirse en el agua. Son aguas tranquilas; los islotes actúan como freno para las grandes olas. Otra opción es lanzarse al agua desde el barco y nadar tranquilamente, incluso acercarse a alguno de los sampanes con los que nos cruzamos, para charlar con sus gentes, o subir a bordo para ver cómo viven.
    Aquí es posible ver los típicos sampanes chinos; esas embarcaciones con una gran vela desplegada, y que sirve no sólo de lugar de trabajo para los pescadores, sino de vivienda para toda la familia. Son casas flotantes. Pasas a su lado y puedes observar a algún niño pequeño durmiendo sobre una hamaca, a un hombre pescando en el otro extremo, y a una mujer limpiando pescado o cocinando en el centro del barco. Otras embarcaciones son más sencillas y sólo las utilizan para salir a pescar. Pero siempre te saludan cuando pasas a su lado.
    Un día completo navegando por la bahía permite observarlo todo y disfrutar de un entorno envidiable.
    Me senté en cubierta, viendo acercarse los islotes. El paisaje cambia continuamente, tienes uno a la vista y al momento han surgido tres o cuatro en el horizonte, pero antes de alcanzarlos te encuentras totalmente rodeada por montones de ellos. Las otras embarcaciones y los sampanes, aparecen y desaparecen de la vista, te cruzas con ellos, les envías un saludo, te sonríen desde cubierta y siguen su camino. 
    A media mañana llegamos a una zona rodeada de riscos, era como una isla pero de agua. El barco se paró para poder bañarnos. Disfruté muchísimo de aquellas aguas tranquilas y cálidas, lanzándome desde cubierta, nadando y volviendo a subir, para volver a lanzarme. Con tanto subir y bajar, nadar y nadar, me entró un hambre enorme. Cuando me llegó el olor del pescado asado, la boca se me hizo agua. La mujer del patrón estaba preparando la comida para todos: pescado asado, ¡qué otra cosa se podía comer en un lugar como éste!
    Es un paraíso para los amantes del pescado, como yo. El marisco tiene un tamaño descomunal: las gambas parecen langostas, y las langostas parecen tiburones. Nos sentamos en cubierta bajo un toldo que nos protegía, ya que el sol era abrasador a aquella hora. Probé varios tipos de pescado: gambas, calamares, camarones, y una langosta para mí sola. El vino no era lo mejor, pero se perdonaba todo. Después de una comida como ésta, me tumbé de nuevo en una hamaca, bajo una sombrilla, y contemplé pasar el paisaje y el mundo.
    No te cansas nunca de ir de un lado para otro, cada islote es distinto, nada se repite. En las embarcaciones con las que nos cruzábamos, sus habitantes hacían lo mismo, descansar después de la comida. A aquella hora no se pescaba, se veía pasar la vida.
    A media tarde ya comenzaba a ponerse todo de nuevo en marcha. Los pescadores volvían a sus tareas, los niños corrían de un extremo a otro de sus embarcaciones, y nos saludaban a nuestro paso. Volvimos a lanzarnos al agua y me acerqué a alguno de estos barcos. Me dejaron subir a bordo para enseñarme su casa, y me regalaban pescado, pero ya estaba llenísima, mejor lo aprovechaban ellos.
    Cuando se acerca el atardecer, el espectáculo es indescriptible. Las sombras de los peñascos se alargan sobre la superficie del mar. El sol se cuela entre ellos abriéndose camino como puede, y poco a poco despliega un manto rojo sobre todo el paisaje. Los sampanes se recortan sobre el fondo, creando una vista de postal. Y mientras estás mirando todo esto, la luz se va apagando sin apenas darte cuenta. De pronto compruebas que todo lo que te rodea se ha llenado de pequeños puntos de luz, como si un ejército de luciérnagas hubiera ocupado el espacio. Son las luces de todos los barcos, incluso aquellos que a lo largo del día no se veían porque el reflejo del sol los escondía.
     La bahía está llena de barcos, está llena de vida. Unos regresan de un día de pesca, otros regresan de un día paseando turistas, y otros simplemente están donde tienen que estar, porque son casas flotantes; lanzan el ancla y se disponen a pasar la noche, a la espera del amanecer, para volver a iniciar la misma rutina.
    Esto es la Bahía de Halong; realmente apasionante. Se la considera una maravilla del mundo, y lo es. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad, y lo merece. Sus habitantes la respetan y la cuidan. Sólo espero que el turismo, cada día más masivo, no la termine destruyendo.
    No subí más hacia el norte, regresé de nuevo a Hanoi para volar hasta Hue, en el centro del país. Ésta fue durante un tiempo la capital imperial. Aquí se encuentran las tumbas de los últimos emperadores y el palacio imperial, más conocido como la Ciudad  Púrpura.
    Hue está atravesada por el Río de los Perfumes a cuyas orillas se encuentran todos sus grandes monumentos, entre ellos el más importante es la Ciudad Prohibida o Ciudad Púrpura. Llegué de noche y lo primero que hicimos fue salir a la calle en busca de un triciclo que nos acercara hasta el palacio. Solamente pude ver la entrada, que parecía imponente. Ya estaba cerrado. El conductor nos hizo un recorrido por la ciudad, a lo largo de las orillas del río. Durante este recorrido se nos acercaron algunos chicos en bicicleta y se pusieron a hablar con los hombres, pasando totalmente de Eva y de mí. Yo estaba intrigada, ¿qué querían?
    Fue David el que nos lo aclaró. Les ofrecían mujeres, chicas jóvenes, incluso vírgenes si así lo preferían; claro que eran más caras. Me pareció muy triste. Yo sabía que estas cosas ocurren, incluso que muchos hombres viajan hasta el Lejano Oriente solamente en busca de estas cosas, pero que te lo ofrezcan tan fácilmente me sorprendió.
    Hue invita a pasear por sus calles, es una ciudad imperial, llena de sorpresas en cada rincón. Atravesamos uno de sus puentes y nos encontramos en el mercado. Los mercados orientales son una locura de vendedores ofreciendo de todo. Todos pasaban a mi lado a paso rápido y cargados con sus dos cestos colgando a cada extremo de una vara. Verduras, hortalizas, frutas; en ellas transportaban de todo.
    Quería comprar un kimono de seda. En algunos hoteles estaban colgados en el armario, y quería alguno parecido. Eran preciosos, seda bordada con dragones, flores, pájaros; este tipo de cosas tan típicas de Oriente. Encontré varios puestos donde tenían tal variedad que ya no sabía qué comprar. Me sacaron un espejo para verme, pero me gustaban todos. Y además eran baratos, unos veinte euros. En España no se encuentra algo así por ese precio. Una vez terminadas mis compras, regresé al hotel. El paseo me había hecho sudar y necesitaba tomar algo.
    El hotel estaba en el centro de la ciudad, junto al río de los Perfumes. Tenía un bar fantástico, con una terraza ajardinada. Nos sentamos para tomar un cubata y celebrar que estábamos a miles de kilómetros de casa. Comenzaron a llegar los mosquitos. Estábamos cerca de la jungla. Nos recomendaron que nos rociáramos con citronela. Tenían en el jardín varios cubos llenos para ponérsela. Funciona, pero el olor te persigue vayas donde vayas. Después había que darse una buena ducha para quitársela de encima. Con lo cómodo que hubiera sido ver aquel documental en televisión en lugar de estar aquí sufriendo: por el día un calor y una humedad que te hacía sudar sin parar, y por la noche los ejércitos de mosquitos.
    ¡Pero ya estaba aquí, por lo tanto mejor continuar! Además me encantaban estas incomodidades.
    Comenzó el día y subimos a bordo de una barca que nos paseó a lo largo del río de los Perfumes. Navegamos despacio, sentados en la borda, viendo pasar las orillas. La Ciudad Imperial se veía a la derecha, parecía impresionante. Ya la visitaría por la tarde. La barca continuó adelante pasando por delante de pagodas encantadoras. No podíamos parar en todas, nos dirigíamos a una de las más importantes: la Pagoda de Thien Mu. Se encuentra fuera de la ciudad y el paseo en barco para llegar hasta allí es muy relajante.  Junto a la orilla se encuentra su torre octogonal, dando la bienvenida a todo visitante.
    A continuación dedicaría todo el día a visitar los lugares relacionados con los últimos emperadores de Vietnam. Empezaríamos por algunas de sus tumbas, y después la Ciudad Prohibida.
    También fuera de la ciudad de Hue, se encuentra una de las tumbas reales, dentro de un bosque. Ocupa una gran extensión, ya que los patios y terrazas se extienden en horizontal. Este lugar más que una tumba es un auténtico palacio. Cerca de la entrada hay un gran lago rodeado de edificios, donde el emperador escuchaba música, leía poemas, escuchaba el trino de los pájaros, o veía bailar a sus concubinas. Adentrándose en el bosque se llega a la zona donde está la tumba propiamente dicha. En los patios circundantes hay hileras de mandarines en pie, elefantes, y otros animales. Al verlos da la sensación de estar llegando a un lugar importante donde los visitantes son recibidos por  todo lo alto. Aunque la finalidad de estas estatuas no es recibir al visitante, sino custodiar a su señor, el emperador.
    Es una de las tumbas reales más encantadoras, no sólo por su estética, sino por el entorno tan bucólico en el que se encuentra, rodeada por el bosque y por varios lagos.
    Otra de las tumbas importantes es la del último emperador. Es quizá la más espectacular. Se construyó en la ladera de una montaña y para ascender hasta ella hay que atravesar ocho terrazas que te van elevando hacia el cielo. Se construyó en el siglo XX y por ello se encuentra totalmente intacta. Hay grandes dragones que custodian las entradas a algunas de sus terrazas. Las terrazas altas, más próximas al palacio, están ocupadas por filas de soldados imperiales puestos en pie y con todos sus atavíos encima. Tienen un cierto parecido con los soldados de terracota de Xian. En la terraza superior se encuentra el palacio, dentro del cual está la tumba del emperador. Ésta es muy suntuosa: las paredes cubiertas de porcelana y cristales, y el techo pintado con dragones y estrellas.
    De regreso a la barca, haciendo el recorrido inverso, volvimos a la ciudad de Hue. Quedaba el Palacio Imperial, también conocido como la Ciudad Prohibida o la Ciudad Púrpura. Se encuentra rodeada por una tapia, de forma que no puede verse su interior, pero la puerta de entrada era extraordinaria y a su lado se elevaba un edificio con tejados curvados y  repletos de dragones. En aquel momento yo no lo sabía, pero esto que veía desde fuera era todo, no hay nada más. Todo, absolutamente todo, fue destruido, devastado durante la guerra de Vietnam. Las bombas arrancaron hasta los cimientos. Me quedé decepcionada, pensaba encontrar una maravilla y me encontraba ante un solar inmenso lleno de hierba.
    Me preparé para disfrutar de lo poco que quedaba: el Palacio de la Armonía Suprema. Destaca su gran terraza con vistas al río de los Perfumes. Las salas son enormes, recubiertas de madera y con un sinfín de columnas lacadas, decoradas con dragones, pájaros y flores.  Si lo poco que queda es tan impresionante, ¡cómo hubiera sido la ciudad entera! Ya no podía saberlo.
    Me adentré en el recinto, pero la mayor parte no merece la pena, solo hay hierba sin cuidar. Al fondo, hacia la izquierda, observé un tejado con sus dragones, que apenas se veía entre los árboles. Me dirigí hacia allí. Se trataba de un pequeño pabellón que sobrevivió, era la biblioteca. La recorrí con interés. Un jardinero cuidaba unos rosales en el exterior, pero aquello era muy grande y estaba descuidado, él solo no podía hacer mucho.
    También quedaba un estanque; supongo que en su momento estaría en el centro de un jardín con flores y pájaros. Ahora se encontraba bastante sucio, los nenúfares se abrían paso como podían y algunos presentaban sus flores, altas y orgullosas, recordando que aquél era su terreno, aunque ya no adornaban para nadie.
    Me fui contenta porque lo que había visto me había encantado, pero decepcionada porque me quedé con las ganas de ver lo que ya no estaba.
    De regreso al hotel, pregunté dónde podía alquilar una bicicleta. Aquí todo el mundo circula en moto o en bicicleta. Me apetecía pasear por esta ciudad tan encantadora, pero pedaleando yo. Me enviaron a un lugar cercano y cogí una bicicleta. Me fui yo sola, nadie quiso acompañarme. ¡Ya habían pasado bastante calor, como para pedalear ahora! Decidí ir por una de las orillas del río, cruzar por alguno de sus puentes y volver por la otra orilla.
    La gente es muy amable, me saludaban al pasar junto a ellos. Las motos, que iban más rápidas, no se acercaban demasiado. Era una gozada pedalear por allí. Las vendedoras de fruta me hacían gestos para que me parara y comprara algo. Paré junto a una de ellas.
    _ ¿Tienes fruta de la pasión? - le dije.
    _ Sí, claro. ¿Quieres una?
    _ Pero son muy grandes, y no sé si me gusta. No recuerdo haberla probado.
    Cogió un cuchillo y la partió. Tenía un color blanco con puntitos granates. La probé, su textura recordaba al queso cremoso. Me pareció un poco insípida, pero tenía que comérmela, después de haberla empezado no la iba a dejar allí. Se acercaban dos chicas jóvenes y se pararon; iban a pie, pero arrastraban unas bicicletas. Las invité a comer y entre las tres terminamos aquella fruta. Me preguntaron de dónde era, y cuánto tiempo llevaba allí. Vamos, lo que siempre preguntan en todas partes. Ellas estaban paseando después del colegio; me agradecieron la invitación y siguieron su camino. Yo me despedí de la vendedora, después de pagarle, y también continué pedaleando.
    Crucé a la otra orilla, decidí ir hasta la Ciudad Prohibida y regresar por un puente que había visto cerca cuando la visité; después todo recto, llegaría al hotel.
     Pero antes de llegar al palacio me encontré en el mercado en el que el día anterior había comprado el kimono. Me bajé de la bicicleta y caminé con ella en la mano, como hacían aquellas jóvenes.
    Me adentré en una zona donde vendían muchas hierbas. Una mujer vieja y muy arrugada estaba detrás de uno de los puestos. Le pregunté para qué servían y me contestó que para todo: las hay para hacer infusiones, para preparar medicinas, para emplastos, para fumar.
    _ ¿Para fumar? - le contesté-. Esto no parece tabaco.
    _ Se quitó una pipa fina y alargada que llevaba en la boca y me la ofreció, mientras me sonreía con una sonrisa desdentada.
    _ No gracias - le contesté -. ¿Esto que fumas es opio, no?
    _ Sí, siempre lo he fumado. Los extranjeros os asombráis cuando lo veis.
    _ Los extranjeros hacemos muchas cosas peores, no sé por qué nos asombramos de nada.
    _ Sois otro mundo - me contestó-. Creo que eres inteligente, y te voy a decir algo que nunca has pensado, pero seguro que nunca olvidarás. Sigue mi consejo y serás más feliz.
    _ ¿Me vas a dar un consejo, de qué se trata?
    Se quitó de nuevo la pipa de la boca y me dijo: los occidentales siempre vivís pensando en el futuro, todo lo hacéis pensando en el mañana y no en el presente.
    _ Sí, es cierto - le contesté-. Tenemos esa manía.
    _ No os dais cuenta de algo muy importante. Por mucho que os empeñéis, siempre es presente y nunca es futuro, y así nunca encontráis el momento de vivir. Por eso sois tan desgraciados.
    Me quedé asombradísima ¡Qué razón tenía, y nunca se me había ocurrido verlo así!
    _ Tienes mucha razón, pero también es importante hacer planes de futuro, marcarse unas metas, tener un objetivo en la vida.
    _ Sí, pero sin olvidar vivir el día a día. Cuando dejas para más adelante el disfrute de cosas que puedes tener ahora, estás perdiendo oportunidades que nunca volverán. La vida es para vivirla en cada momento, pero en Europa habéis perdido esa perspectiva. Hazme caso y recupérala, serás más feliz.
    _ Desde luego no me había parado nunca a pensarlo, pero creo que me has abierto los ojos. Ahora por ejemplo estoy disfrutando muchísimo, cuando lo cómodo sería estar en mi casa y dejar para más adelante, o para nunca, este viaje.
    _ Ya te he dicho que parecías inteligente. Me alegra que me hayas entendido.
    _ Gracias por tus enseñanzas. Ha sido un placer hablar contigo.
    Me despedí de ella y continué mi paseo. Iba pensando en lo que me había dicho. Seguro que en mi mundo mucha gente ni imaginaría que una mujer como aquella pudiera enseñarle nada ¡A nosotros, que lo sabemos todo, nos va a enseñar algo una mujer vieja y quemada por el sol, que vivirá en sabe dios qué tribu o qué casucha, y encima se ha pasado la vida fumando opio; así tendrá la cabeza!
    Que afortunada me sentía de poder conocer a gente así, poder hablar con ellos, aprender. Porque yo estaba segura de que había aprendido mucho con ésta y con otras personas con las que en mis viajes anteriores había hablado. Y tomé la firme decisión de seguir haciéndolo. Mientras tuviera la oportunidad, nada ni nadie conseguiría que dejara para más adelante la posibilidad de vivir.
    Aquella mujer tenía razón, nunca olvidaría lo que me había dicho.
    Subí de nuevo a la bicicleta y pedaleé; seguía pensando en mis cosas, me sentía feliz y sin darme cuenta llegué de nuevo al hotel. Hubiera vuelto a dar otra vuelta, pero estaba empapada de sudor; seguro que era insoportable estar a mi lado. Devolvería la bicicleta, me daría una ducha y después bajaría a la piscina, me apetecía nadar y tumbarme a seguir pensando; al menos hasta que los mosquitos me dejaran.
    Terminaba la estancia en esta maravillosa ciudad, para continuar hacia otro lugar tanto o más interesante: Hoi An. Para muchos es la población más encantadora de todo Vietnam, y desde luego lo es. Pero antes de adentrarme en este lugar tenía una cita con la jungla y con una ciudad perdida en ella: My Son.

    My Son fue fundada por la cultura Cham, un pueblo de influencia hindú, que se puede apreciar en sus edificios más antiguos, donde el lingam que representa a Shiva se encuentra en muchos templos. A partir de un cierto momento adoptan el budismo como religión, y los símbolos hindúes desaparecen.
    Para llegar a My Son hay que recorrer unos dos kilómetros a pie desde el punto en que la carretera termina. Es un paisaje increíble, dominado por la jungla. El calor puede llegar a ser asfixiante, por eso mejor proveerse de botellas de agua y disponerse a disfrutar del recorrido, a pesar de las incomodidades.
    El paseo es una delicia. Hay que atravesar algún barranco, caminando sobre puentes colgantes construidos con tablones sujetos a cuerdas. Cuando estás en mitad del puente, es inevitable recordar alguna de las muchas escenas que se ven en películas, cuando las cuerdas se sueltan y tienes el tiempo justo para correr y llegar al otro extremo. No se soltó, ni nadie cortó las cuerdas. La realidad no es tan complicada como la ficción. A mitad de camino todos teníamos aspecto de haber estado en el centro de un gran chaparrón. Toda la ropa empapada y el pelo totalmente mojado, ni un milímetro de nuestro cuerpo estaba seco. Y todo era sudor, no había llovido. Con esa forma de sudar, mejor racionar bien el agua porque había que volver y nos podíamos deshidratar.
    Llegamos a un alto desde el que se veía la jungla extendiéndose a nuestros pies. Yo esperaba ver en cualquier momento un helicóptero elevándose sobre la vegetación. Era la imagen típica de tantas películas sobre la guerra de Vietnam.
    Sin darme cuenta llegamos a las ruinas. Algunas personas ya estaban protestando; aquello era insoportable, decían. Yo prefería no contestarles, ¿por qué siempre hay algún pesado que se embarca en estos viajes sin saber a dónde va, y sin dejar de molestar a los demás?
    Las ruinas de My Son están formadas por pequeños templos construidos por la cultura Cham en un lugar que ahora está comido por la jungla. La vegetación se apodera de los edificios construidos en ladrillo. Son templetes pequeños, separados unos de otros: a algunos se les ha librado de la vegetación, a otros apenas se les descubre entre el manto verde que los esconde, pero incluso estos resultan atractivos dentro de su escondite.
    En los primeros que se construyeron, se percibe la influencia hindú. Los relieves son más intrincados: dioses y diosas con varios brazos, representaciones del lingam y figuras por todas partes. Los más recientes en el tiempo son de influencia budista. No hay tanto relieve, y mirando desde la puerta, siempre se encuentra dentro una pequeña estatua de Buda.
    Yo me dediqué a andar de un lado para otro mientras la mayor parte de las otras personas se tumbaban entre la hierba para descansar. Si el sudar estaba asegurado, incluso en reposo, al menos aprovechar el tiempo. Me salvaron unos chicos que aparecieron con unos cubos llenos de botellas de agua. Bebí toda la que me quedaba y les compré más. Con esas reservas tenía que tener suficiente para regresar. En el momento en que terminé de beber, noté como empezaba a sudar más fuerte; ¡pero qué era aquello, ni que estuviera agujereada! Los vietnamitas no sudaban.
    _ ¿Pero vosotros no sudáis? - les pregunté.
    _ No, pero los extranjeros parece que lleváis una ducha encima.
    _ No lo entiendo - les dije - vosotros también sois personas, ¿por qué no sudáis?
    _ No lo sabemos, será la costumbre.
    Yo sí sabía el por qué, en realidad es la adaptación al medio. No me extraña que los americanos lo pasaran tan mal aquí. Con estos vietnamitas tan frescos y nosotros derrotados sin apenas movernos.
    _ No sé si tendré suficiente con este agua que he comprado - les dije-. Podíais volver con nosotros por si necesitamos más.
    _ Sí, claro, para eso estamos, para vender agua a los extranjeros.
    _ ¿Y vosotros no bebéis?
    _ Como no sudamos no tenemos necesidad de beber tanto.
    Regresamos por el mismo lugar, de nuevo el puente. Los chicos nos seguían y les dije:
    _ En las películas, cuando se regresa, siempre te encuentras que el puente se ha derrumbado.
    _ Si quieres un poco de emoción, podemos pasar primero y lo movemos mientras cruzas.
    _ No gracias, me gustan las emociones pero no tanto.
    Pasaron delante, y por un momento pensé que lo harían, pero no, fueron buenos.
    Me había encantado la excursión, aunque nunca había sudado tanto. Dedicaría la tarde a reponerme y a refrescarme, al menos eso es lo que pensé en ese momento. Pero no fue así.
    El hotel en Hoi An estaba a unos kilómetros del pueblo. Era un hotel junto al mar y después del paseo de la mañana, todo el mundo quería quedarse a descansar. Estuve a punto de hacerlo también, pero pregunté si había alguna forma de llegar a Hoi An. Un vehículo del hotel me podía acercar dentro de una hora. Me había informado lo suficiente para saber que Hoi An era una joya; para muchos la población más encantadora de todo el país. Mis acompañantes preferían quedarse, y mucho más después de la lluvia torrencial que cayó después de comer.
    _ Pues disfrutad de la tarde de descanso, yo me voy a marchar con la furgoneta del hotel. Si cambiáis de idea ya nos encontraremos, y si no nos vemos, hasta esta noche o hasta mañana.
    Hoi An es un pueblo alucinante. Declarado Patrimonio de la Humanidad, por sus calles no se puede circular en coche, solamente en bicicleta. Hay muchas cosas que hacer en esta población: pasear por sus callecitas y llegar hasta su increíble puente japonés; entrar en las casas antiguas, los templos y palacios; hablar con la gente, subir a las barcas de los pescadores y de los vendedores flotantes para navegar un poco con ellos; sentarse en alguna de sus terrazas y tomar algo con tranquilidad, viendo pasar a la gente. Fue una tarde increíble porque el lugar no era para menos.
    Me dejaron en un punto donde podía volver a esperar a las diez de la noche para regresar. Perfecto, tenía mucho tiempo por delante.
    Me metí en la primera calle que encontré. Estaba llena de tiendecitas, restaurantes y terrazas. Muchos extranjeros iban y venían con sus mochilas al hombro, parándose en todas partes. Primero caminaría para hacerme una idea de lo que podía encontrar, y después me iría parando en aquellos lugares que me interesaran. No es muy grande, pero hay tanto que ver, que el tiempo pasa sin darte cuenta. Pasé por delante de templos preciosos, los edificios se levantaban al fondo de jardines a los que se accedía traspasando puertas decoradas con dragones.
    Las casas tenían puertas de madera muy antigua, y en su parte superior colgaban farolillos que supuse se encendían por la noche. Algunas puertas permitían ver el interior, decorado con biombos lacados, figuras de mandarines; todo muy oriental. Caminando sin rumbo llegué al puente japonés. Un pequeño riachuelo cruza la calle y va a desembocar al río principal, donde se encuentra el puerto. Para cruzar este riachuelo, se alza un puente que es la maravilla del pueblo. Se trata de un puente de madera levantado sobre unos soportes de piedra, está cubierto por un techo también de madera y tiene la forma típica de los puentes japoneses, de ahí su nombre. Es muy antiguo y pasando por él se llega a una calle donde encontré la casa de un comerciante que es un auténtico museo. Toda construida en madera lacada, con escritura china pintada en colores dorados.
    Seguí el riachuelo y llegué al río donde desembocaba. A esa hora estaba lleno de barcas de pescadores y de vendedores de frutas y verduras. El río era el mercado del pueblo. A partir de aquí y a lo largo de todo el Delta del Mekong me acostumbré a ver los mercados flotantes.
    Las mujeres, sentadas en el centro de la barca, repleta de verduras, las vendían a todo aquel que las deseaba. Los posibles compradores se acercaban a pie hasta el puerto o en otras barcas que surcaban el río. Era un mundo multicolor y muy animado,  para nada parecido a lo conocido en nuestro mundo. Algunos extranjeros se subían a una de estas barcas y hablaban con ellos. ¡Pues yo no iba a ser menos! Le hice gestos a una vendedora y me asintió con la cabeza. Se acercó a la orilla y me dejó subir. Me hice sitio como pude entre las cebollas, calabazas y montones de cosas verdes que no sabía distinguir. Me sonreía sin parar pero no me decía nada; intenté hablar con ella pero apenas sabía algo de francés. Bueno, qué importaba, parecía contenta y eso era suficiente. Me dejó uno de sus sombreros cónicos y me paseó un poco por el río. Por supuesto, cuando le surgía la oportunidad de vender alguno de sus productos, paraba la barca y atendía al cliente. Yo le ayudé acercándole coles, lechugas y otras cosas. Lo pasé genial y pensaba en mi padre, me decía a mí misma; si me viera diría:
    _ ¿Y qué diferencia hay entre esto y que vengas conmigo al huerto para ayudarme a arrancar patatas?
    Tendría razón, pero esto era muy genuino.
    Cuando regresamos a la orilla me pareció mal irme sin nada y le compré un manojo de nabos. ¡Y para qué quería yo un manojo de nabos! Pues para nada, pero ya les encontraría utilidad.
    Volví a las calles donde estaba todo el ir y venir de gente y me encaminé hacia uno de los templos. Desde el pórtico de entrada se veía al fondo un edificio rectangular con su tejado curvado y repleto de dragones plateados. La entrada era una puerta flanqueada por dos columnas doradas con dragones enroscados a su alrededor y las cabezas enfrentadas la una a la otra. Ya sabía que todo aquello lo vería al día siguiente, pero no podía pasar la oportunidad de verlo yo sola, así que pague la entrada y entré.
    El patio frente al templo estaba rodeado de tinajas metálicas y abombadas, con unas asas redondeadas que sobresalían por encima. Estaban llenas de agua, y en su superficie flotaban los nenúfares con su flor alta y rígida elevándose al cielo. Montones de árboles llenos de flores, que yo no conocía, estaban por todas partes. Jaulas con pájaros cantores, colgadas bajo sus ramas, y el trino de estos pájaros se escuchaba sin parar. Era un ambiente muy relajado y muy bucólico.
    Entré en el edificio y me asaltó un frescor que agradecí, sin embargo me encontraba en una sala sin paredes que comunicaba con el jardín por tres de sus lados. Había una mesa grande en el centro forrada con cerámica vidriada y las sillas alrededor eran de madera lacada; una auténtica maravilla.
    Se acercó un hombre y me pidió que me sentara en una de las sillas. Hablaba español y me estuvo explicando que ese templo era el más importante de la ciudad. Había sido construido, como toda ella, por los comerciantes chinos que llegaron a este lugar en el siglo XII. El templo, además de su función religiosa, era un importante centro educativo. Tenían una gran biblioteca donde muchos estudiantes y otras personas venían a aprender. Las salas de lectura y de estudio se habían adaptado a los tiempos, pero el resto había mantenido la esencia del lugar y del tiempo en el que fue construido.
    _ Éste es un lugar para relajarse, aprender y encontrarse a sí mismo - me dijo.
    Era una maravilla. Estuve un buen rato caminando por sus jardines y relajándome como me había dicho. Cuando salí, seguí recorriendo las calles y admirando sus casas tan orientales. Ahora que lo sabía sí que me daba cuenta que tenían un aspecto muy chino. En muchos lugares se veían inscripciones chinas grabadas en las puertas. Pero antes no me había dado cuenta, porque no entiendo chino y supuse que era la escritura vietnamita.
    Pasear por este pueblo es una delicia. No circulan los coches ni las motos, solamente a pie o en bicicleta. Los niños volvían del colegio con sus mochilas al hombro. Los chicos vestían pantalones azules y camisas blancas, y una gorra también azul. Las chicas eran una monada, delgadas y con ese vestido vietnamita tan favorecedor: un vestido blanco y recto, que se abre a ambos lados de las piernas a partir de la rodilla; algunas llevaban puesto el sombrero cónico, y otras lo dejaban sobre la espalda.
    Todavía llevaba encima el manojo de nabos. Debía estar auténtica, con mis pintas de guiri, mi mochila al hombro, y un manojo de nabos en la mano. Decidí regalarlos, seguro que a cualquiera le harían mejor papel que a mí. Encontré a unos niños jugando, y para que no se extrañaran porque les hacía un regalo de forma tan gratuita, les pregunté dónde se encontraba el puente japonés, aunque ya lo sabía. Me lo indicaron con gestos y como agradecimiento les regalé los nabos. ¡Qué bien había quedado, y no se había notado! Los cogieron y salieron corriendo, supongo que hacia su casa para llevárselos a su madre. Ya tenían ingredientes para la sopa de la cena.
    Tenía sed; buscaría un lugar para beber algo. Era fácil, había muchos restaurantes y terrazas, pero hacía un rato me pareció ver en algún lugar una terraza porticada en lo alto de una casa, en el segundo piso, no eran más altas. Se veían extranjeros sentados y mirando la calle desde lo alto. La buscaría y me sentaría allí para ver pasar la gente y la vida por debajo. No fue difícil encontrarla. Efectivamente era un café y tuve suerte porque quedó libre una mesa junto a la barandilla de madera.
    No sé por qué, pero pregunté si tenían “spanish beer” y me contestaron que sí. Trajeron una cerveza San Miguel de tamaño litrona y me quedé sorprendida. No era española, estaba fabricada en Filipinas. Pero estaba bien, muy fresquita. Me quedaría allí disfrutando del lugar y viendo pasar a la gente, sin prisa.
    Llevaba una media hora sentada cuando vi acercarse por la calle a mis tres compañeros de viaje: David, Eva y Kike venían paseando y hablando entre ellos. Al final se habían decidido a salir. ¿Me estarían buscando?, pero iba a ser mala y no les iba a llamar, dejaría que caminaran un poco y ya los encontraría después. Yo quería terminar mi cerveza sola y relajada. Pero al cabo de un rato volvieron por la misma calle y me vieron. Comenzaron a llamarme y tuve que indicarles por dónde subir. Cuando vieron la cerveza, David exclamó:
    _ ¡Coño, pero si es una San Miguel!
    _ Pues sí, pero de Filipinas - le dije.
    _ Yo me tomo una y le hago una foto, porque luego no se creen estas cosas.
    Me pidieron otra litrona. Vaya moto que iba a pillar.
    Pero no fue para tanto. Aquí las cervezas son tan flojas que casi parecen refrescos.
    Les hice un rato de anfitriona; yo ya había recorrido el lugar y les mostré los sitios que ya sabía eran de interés, pero sin entrar en ninguno. Que esperasen al día siguiente.
    Cuando llegó la noche, las casas encendieron los farolillos que colgaban junto a sus puertas, y las calles se llenaron de una luz diferente, para nada igualable a una calle iluminada con luz eléctrica. Era un mundo fantástico. Probablemente cuando los chinos crearon este pueblo, varios siglos atrás, las calles se iluminaban igual, con farolillos pero con llamas dentro.
    La gente del lugar fue desapareciendo en busca de su cena. Nosotros también decidimos buscar un lugar donde cenar. No era difícil, los restaurantes abundaban. Elegimos sentarnos en uno con unas pocas mesas en la calle, y un aspecto muy casero. Comimos unos platos de pasta acompañada con productos típicos del país, y muy picante. A mí me encanta el picante, pero aun así era difícil aguantarlo.
    Por la noche el pueblo de Hoi An sigue siendo encantador, y su aspecto misterioso, como salido de otro mundo, invitaba a quedarse. Preguntamos si había alguna forma de volver al hotel a partir de las diez de la noche. No había problema, cualquier persona con un triciclo nos llevaría. Estaba decidido, nos quedaríamos para tomar unas copas en algunas de sus terrazas, y disfrutar de aquella noche tan agradable. Todas las terrazas se llenaron de extranjeros, se escuchaban hablar muchos idiomas. Gentes de lugares diversos nos habíamos encontrado en un mismo punto; hablamos entre nosotros, nos preguntamos por nuestro viaje. Nos cruzamos con otros españoles. No hay nada tan increíble como conocer a tantas personas al mismo tiempo, compartiendo algo común. Pocas cosas te enriquecen tanto.
    La noche terminó con una lluvia torrencial, de éstas tan comunes en esta zona, que llegan sin previo aviso. Llegué al hotel totalmente empapada, pero sin parar de reír. Había sido una tarde buenísima, todo había merecido la pena, incluso la lluvia.
    Una buena ducha, la ropa a tender, y al día siguiente estaría lista para continuar. Debíamos coger un avión para trasladarnos a la antigua Saigón, hoy conocida como Ho Chi Minh.

     Me gusta más llamarla Saigón, tengo la sensación de encontrarme en un lugar más conocido, más típico. El nombre de Ho Chi Minh no me dice nada, y desde luego no lo identifico con esta ciudad. Es la ciudad más cosmopolita de Vietnam. Su aspecto es el de una gran capital europea, aunque con sus toques orientales. La zona comercial presenta el aspecto de cualquier ciudad moderna: rascacielos, edificios modernos, grandes avenidas, personas con traje que van y vienen a sus oficinas, y el puerto, a donde llegan grandes petroleros.
   Al mismo tiempo es la ciudad más colonial de todo el país. Fue durante mucho tiempo la capital de Vietnam. Sus grandes monumentos recuerdan la época del colonialismo francés. Aquí se encuentra la Catedral de Notre Dame, en el centro histórico; junto a ella el edificio de Correos, de arquitectura neocolonial, o el Teatro Municipal.
    Son muy características sus panaderías, donde se pueden encontrar esas barras y brioches tan típicos en Francia. Ésta fue una importante colonia francesa y su impronta sigue viva más que en ningún otro lugar del país. Pero en Saigón también queda el espíritu que dejó el ejército americano. Aquí se encontraba el cuartel general de las tropas americanas durante la guerra de Vietnam. Los pubs tienen un aspecto muy occidental, herencia de aquel ambiente que durante un tiempo llenó este lugar. Sin embargo no debemos olvidar que estamos en el Lejano Oriente, y de alguna forma esto termina apareciendo. Las pagodas se pueden encontrar en cualquiera de los rincones  del viejo Saigón.
    Siempre fue la capital de Vietnam, hasta que en época comunista, y tras la derrota de Vietnam del Sur en la guerra con Vietnam del Norte, la capital fue trasladada a Hanoi, y su nombre sustituido por el de Ho Chi Minh. Pero esto no le ha hecho perder la grandeza que como gran ciudad siempre tuvo.
    Pasé todo un día recorriendo sus avenidas, y sobre todo recorriendo el viejo Saigón. La Catedral de Notre-Dame, una catedral católica, se encuentra en el centro. No hay gran diferencia con cualquier otra catedral europea, quizás no es tan grandiosa.
    Entramos en un restaurante para probar el Pho; nos lo habían recomendado. Es una sopa vietnamita hecha con unos tallarines muy anchos elaborados con pasta de arroz, y acompañada con ingredientes diversos como verduras, carne o pescado. Cuando me lo pusieron delante no podía creerlo. Un cuenco similar a las ensaladeras redondas que existen en España, totalmente lleno hasta el borde.
    _ ¿Todo esto me tengo que comer? - exclamé.
    _ Pero si sólo es sopa - me decía David.
    _ Sopa y un montón de cosas más. Además estos tallarines son enormes.
    Cogí mis palillos y empecé a enrollar como pude aquellas tiras largas de pasta. No tenían mucho sabor, pero se podían comer. Después intenté pescar el resto de ingredientes que flotaban en el caldo. Yo seguía empeñada en comer exclusivamente con palillos. Al final opte por beber directamente de aquel cuenco hasta que ya no pude más.
    Al día siguiente estuvimos en uno de los lugares donde fabricaban los tallarines de pasta de arroz. ¡Menos mal que los habíamos comido el día anterior, porque de lo contrario ya no los hubiéramos probado! El lugar no se caracterizaba precisamente por su higiene.
    Pasamos el resto del día caminando por el puerto y viendo como llegaban los grandes petroleros, y como maniobraban para conseguir salir.
    Desde Saigón se puede realizar una visita a los túneles de Cuchi. Los túneles del Vietcom, lugares donde permanecían escondidos y desde donde atacaban al ejército americano sin que éste se diera cuenta de dónde le venía el ataque. Es un lugar mantenido exclusivamente para el recuerdo de un hecho histórico del que se sienten orgullosos, pero del que ya no se habla, aunque en este lugar se mantiene vivo.
    A la llegada fuimos recibidos por unos guerrilleros vestidos con la misma indumentaria que en su día vestían los vietcom. Entramos en una serie de barracones donde nos explicaron cómo funcionaba el sistema de túneles excavados en la jungla, y como cientos de personas vivían dentro. A continuación es inevitable visualizar una película, que en realidad es un manifiesto antiamericano total.
    Pasados estos formalismos entramos en la jungla. A lo largo de un trecho vamos encontrando tanques dispersos entre la maleza y milicianos del vietcom en distintas escenas de lo que representaba su vida diaria, hasta llegar a la zona donde se encuentran los túneles. Vimos una entrada original, y una de aquellas personas se introdujo por ella, colocando a continuación la tapadera totalmente camuflada. Era invisible; nadie hubiera supuesto que allí estaba la entrada. Pero lo más sorprendente era su tamaño; aquella entrada era como una caja de zapatos, y por ella entraban y salían sin ningún problema. Es cierto que los vietnamitas son pequeños y delgados, pero incluso así parece mentira la facilidad con la que entraban.
    Yo sabía que se podían visitar los túneles, pero, ¿no tendríamos que entrar por allí?
    _ ¿Pues por dónde creen ustedes que van a entrar? - nos dijeron.
    _ Pero por ahí no puedo pasar - contestó David, que es un hombre muy fuerte.
    _ Ni los demás - contesté yo-, es imposible, nos quedaremos atascados.
    Aquellos hombres se reían y nos decían que ya nos empujarían, aunque fuese con el tanque. Cuando ya nos habían tomado el pelo suficientemente, nos dijeron que se había abierto una entrada especial para los turistas, de un tamaño adecuado para nosotros.
    _ Pero una vez dentro, ¿cómo son los túneles de anchos? - preguntó David -. Mírame tío, ¿tú crees que podré pasar sin problema?
    _ He visto casos peores - le contestó nuestro guía-. Pero yo iré detrás, y si te quedas atascado con una patada te desatasco.
    Dejamos de preguntar y entramos. La entrada ya era otra cosa, incluso con escaleras para poder bajar. ¡Lo que consigue el turismo! Una vez dentro comenzamos a caminar en fila. Los túneles son realmente estrechos, hay que agacharse un poco y avanzar sin saber hacia dónde vas. No es nada recomendable para claustrofóbicos.
    Ahora se había instalado luz eléctrica, al menos en el tramo preparado para las visitas turísticas, pero en su momento por allí caminaban con candiles y linternas.
    Los túneles se ramifican en todas direcciones y es difícil mantener la orientación bajo tierra. La verdad es que son impresionantes. Después de caminar durante un rato llegamos a una pequeña habitación donde podíamos ponernos en pie: había una mesa con bancos corridos en el centro y un hornillo en un rincón. Una mujer vestida de guerrillera estaba allí y nos indicó que nos encontrábamos en la cocina y que estábamos invitados a una comida tal y como las hacían los vietcom en su día. 
    Nos sentamos en la mesa y nos puso unos cuencos metálicos delante, llenos de una sopa ligera que estaba muy buena. Después nos sirvió unas verduras salteadas y un té con unos pequeños pastelitos. Fue muy curioso, una comida vietcom bajo tierra, en un sitio auténtico.
    Salimos por otro lugar después de seguir caminando sin saber hacia dónde. Es una experiencia interesante. No es tan traumática como muchos creen, excepto para las personas claustrofóbicas.
    Salimos temprano de Saigón para continuar viaje hacia el sur. Ahora seguíamos por carretera, al menos durante un tiempo. Por el camino me di cuenta de que cada vez había más agua alrededor, los lados de la carretera estaban plagados de redes extendidas, sujetas por una estructura de madera que les permitía subir y bajar. Era similar a lo que años después vi en India, en Cochin.
    Sin apenas darnos cuenta llegó un momento en el que el agua nos rodeaba, el minibús parecía flotar puesto que en algunos tramos la carretera desaparecía de la vista y sólo se veía agua. ¿Qué estaba pasando?
    _ Nos estamos acercando al Delta del río Mekong - nos comentó nuestro guía-. En esta zona es normal que el río inunde la carretera, sobre todo en esta época en la que seguimos con monzones. Pronto abandonaremos el minibús y nos despediremos de nuestro conductor para continuar por el río; ya no volveremos a subir a un autobús.
    _ ¿Quieres decir que el resto de nuestro viaje será en barca? - le pregunté.
    _ Sí, en concreto en lancha rápida. Os encantará. Estamos en el Delta del Mekong, aquí todas las comunicaciones son a través del río.
    _ Pero después tenemos que llegar a Camboya, supongo que seguiremos en autobús.
    _ Si pensáis eso estáis equivocados. Voy a desvelaros la sorpresa del viaje, aunque no pensaba hacerlo hasta que llegara el momento.
    Aquello me interesaba, una sorpresa. Esas cosas me gustan, y suponía que sería agradable.
    _ Para llegar a Camboya todo el mundo vuela desde Ho Chi Minh hasta Pnhom Penh, pero nosotros haremos algo que sólo desde hace un año está permitido. Los vuelos son todos iguales, pero nosotros remontaremos el río Mekong en lancha rápida hasta Pnhom Penh y os dejaré en manos de los camboyanos. Pero para eso quedan unos días, ahora disfrutad del Delta del Mekong.
    Llegamos a un embarcadero donde una lancha nos estaba esperando. Subimos el equipaje y nos adentramos en el Delta. Es un mundo increíble, la vida rebosa por todas partes, y toda la vida gira en torno al agua.
    Lo que más sorprende del Delta es su extensión, mires donde mires sólo se ve agua. Las barcas van y vienen por todos lados, pescando, transportando todo tipo de cosas, vendiendo sus productos a otras barcas. Son muy características las plantas flotantes que en algunos lugares llegan a formar auténticas islas. Junto a ellas es normal ver personas sumergidas, pescando los peces que se refugian entre las raíces.
    En los lugares más tranquilos donde el agua está relativamente quieta, los nenúfares lo inundan todo. Las barcas no se adentran entre ellos para no romper tanta belleza. Es precioso ver estas plantas flotando sobre el agua y con su flor en alto, ¡parecen tan frágiles!
    El trayecto por el río lo hacíamos de varias formas. En algunos momentos la lancha iba a máxima potencia. Qué gozada era sentir el aire y el agua en la cara mientras surcábamos aquellas aguas. Cuando llegábamos a lugares interesantes, la lancha paraba y se desplazaba como si de una barca de remos se tratara, entonces podía ver todo lo que había a mi alrededor. Las casas eran palafitos junto a la orilla. Las mujeres lavaban y limpiaban los utensilios de cocina en el río. Los niños jugaban dentro del agua y se lavaban los dientes directamente en el río.
    Bajamos en un jardín junto a la orilla donde nos esperaba una comida bajo los árboles. La comida consistía en unos pescados feísimos ensartados en unos palos, era el pez oreja de elefante. Su sabor no estaba mal, pero nunca he comido un pescado con tantas espinas, aquello era imposible.
    Tras la comida todos se quedaron tumbados bajo los árboles; yo me marché y paseé un rato por la orilla. En una de las casitas, una niñita de unos meses estaba plácidamente dormida en una hamaca, sujeta entre dos árboles. Me quedé mirándola. Allí estaba sin ningún problema; en España hubiera sido impensable. La familia me vio y salieron para contarme no sé el qué, porque no les entendía. Pero debí caerles bien porque el hombre volvió a entrar en la casa y salió con un coco verde y un machete. Le hizo un agujero en la parte superior y me lo ofreció. Estuve un rato sentada con ellos, bebiendo de aquel coco que era interminable, y observando pasar la vida a través del río.
    Volví al jardín, no fuera que la lancha partiera sin mí. Todos estaban dormidos a la sombra de la vegetación. Cuando fueron despertando reanudamos la marcha. Nuestro destino era el pueblo de Cantho.
    Llegamos al hotel, junto a la orilla del río.
    El pueblo no tenía gran atractivo, todo su encanto era el Delta, pero a pesar de todo salí a recorrerlo. Muchas de sus calles estaban inundadas; aquí era normal vivir así.
    _ ¡Qué fastidio estar siempre con el parquet encharcado!-, exclamé.
    Encontré una pequeña mezquita. En este lugar no hay musulmanes, pero allí debía haber una pequeña colonia. Entré y como no podía ser de otra forma, toda la sala estaba llena de agua. Una mujer con una  escoba la empujaba hacia fuera, pero de una forma o de otra se las arreglaba para volver a entrar. Hasta el pequeño cementerio que se encontraba al lado estaba lleno de agua.
    Tras mi paseo por aquellos lugares, que a pesar del agua pude recorrer, decidí volver al hotel. Había comprobado que tenía buen aspecto y seguro podría hacer algo más interesante. El hotel era un resort en el Delta. En la orilla se encontraba atracado un barco que más bien parecía un galeón español. Se trataba de un bar donde servían unos combinados estupendos. Me senté en uno de los salones, aunque terminé saliendo a cubierta. Mis compañeros de viaje estaban vencidos por el calor y la humedad, cuando vinieron a buscarme yo ya les llevaba ventaja. Pasamos la noche tomando cócteles e intercambiando impresiones sobre todo lo que habíamos visto y sobre lo que quedaba todavía.
    A la mañana siguiente la lancha nos estaba esperando para acercarnos al mercado de Cantho, el más importante de todo el Delta. Por supuesto el mercado se celebraba en el río donde decenas de barcas pasaban a nuestro lado, repletas de todo tipo de productos, especialmente frutas y verduras.
    La zona del mercado era una locura de gente, los compradores se acercaban a los vendedores y compraban de una barca a otra. Allí había de todo: barcas llenas de patos, gallinas, cerditos, flores, utensilios de cocina, aparejos de pesca, repuestos para motos, bicicletas, vestidos, sombreros; en fin, un auténtico mercado, pero flotando en el Delta. También había muchas barcas-cocina. En ellas se cocinaba todo tipo de cosas que eran adquiridas desde las otras barcas. Desayunos y comidas sin salir del agua.
    Las lanchas de turistas se mezclaban con toda esta algarabía y se fundían con ella. Éste es el corazón del Delta y el lugar a donde llegan todos los viajeros que desean conocerlo. Más lejos son pocos los que continúan; nosotros fuimos de esos pocos.
    Después de una mañana intensa de mercado y recorridos en lancha, regresamos al hotel para comer y seguir viaje. La mayor parte de los extranjeros regresan desde este punto a Saigón para tomar un avión de regreso a sus países, o para llegar a la cercana Camboya. Nosotros nos adentraríamos todavía más en el Delta, hasta el pueblo de Chau Doc, desde donde pasaríamos a Camboya remontando el río Mekong.
    Nos llevó unas horas llegar a Chau Doc, con la lancha a toda velocidad. Fue fantástico. Llegamos al atardecer a esta población, pequeña y tranquila. Aquí es difícil encontrar extranjeros, de hecho en el hotel solamente estábamos nosotros ocho. Todo el hotel era para nosotros.  No había gran cosa que hacer, excepto contemplar las barcas que pasaban, y jugar al billar. Como solamente éramos nosotros, nos comunicaron que a las ocho de la tarde nos servirían la cena. Debíamos estar todos porque no esperarían. Decidimos tomar algo y jugar una partida de billar en uno de los salones con vistas al río. Eva y yo, como todo novato que no sabe ni coger el palo, ni golpear la bola, terminamos ganando. Fue un rato divertido. Es muy agradable esa sensación de tener todo un hotel para ti solo.
    Un poco antes de la hora convenida, llegó un hombre impecablemente vestido y nos dio la bienvenida. Era el director del hotel, un francés que llevaba toda la vida viviendo en Vietnam. Como el capitán de un barco, nos invitó a pasar al restaurante y nos acompañó durante la cena, haciendo de perfecto anfitrión. Aquí se podía hacer este tipo de cosas, la afluencia de público era escasa y se podían permitir tratar a los huéspedes como si de invitados importantes se tratara.
    Me desperté cuando comenzaba a amanecer, me despertó el silencio. Aquella era una parte del río tranquila. Salí a la terraza y contemplé como el sol comenzaba a iluminarlo todo. Poco a poco el río comenzó a cobrar vida. Las barcas empezaron a moverse, pasaban frente a mí y algunos me saludaban con la mano, otros me daban los buenos días. No estaban acostumbrados a ver muchos extranjeros y les gustaba ser amables.
    Me vestí para desayunar; al igual que para la cena teníamos una hora prevista para no incomodar mucho. Nos prepararon un desayuno opíparo, una buena despedida de Vietnam, porque éste sería el último día. Aquella noche dormiríamos en Camboya.
    Tras el desayuno salimos hacia un pueblo cercano caracterizado por ser un pueblo flotante, un auténtico poblado del Delta. Las casas estaban clavadas en el lecho fluvial, eran de madera y todas tenían un porche abierto al río. Las calles, por darles un nombre, eran pasarelas de madera clavadas también al lecho del río, y con la anchura justa para una persona. En todas las puertas había atada una pequeña barca. Los habitantes se desplazaban tanto en barca como por las pasarelas de madera. Los niños jugaban como en cualquier otro sitio, pero lanzándose al agua y yendo de un lado para otro a nado. Nadie estaba pendiente de ellos, sabían desenvolverse perfectamente en aquel medio.
    Bajamos de la lancha y estuvimos paseando por las pasarelas. Al principio iba con mucho cuidado, tenía la sensación de que al mínimo fallo caería al agua, pero transcurrido un rato le pillé el punto y podía caminar sin problema.
    Entramos en una de las casas. Nos recibieron en el porche y nos dieron unos cocos como el que había tomado días atrás. La familia era bastante numerosa, varios niños de todas las edades nos miraban. Una niña pequeña era muy graciosa, con dos coletas de pelo negro, unos ojos almendrados, y unos mocos que le llegaban a la boca. Nos miraba fijamente, como si le resultáramos extraños. Me acerqué y me hizo gestos para que la siguiera. Entré en la casa tras ella y me señaló un agujero cuadrado en mitad del salón, o de una sala rodeada de cojines. A través de aquel agujero se veía el río debajo. La niña entró en una habitación contigua y salió con algo en la mano que lanzó al agujero, al momento un montón de peces comenzaron a saltar y mover el agua que había debajo. Me miraba y me alcanzó un poco de aquel pan desmigado para que lo lanzara yo; mientras lo hacía, ella cogió una red y atrapó un pez, después me cogió de la mano y me llevó a la cocina para explicarme por gestos que su madre lo cocinaría. No habíamos hablado, pero me explicó perfectamente cómo pescaban lo que necesitaban para comer. Qué listos eran, el pescado siempre fresco y sin salir de casa.
    Cuando los demás entraron y la madre les explicó cómo pescaban, yo ya no necesitaba atender. Me senté en aquellos cojines y terminé el coco.
    Regresamos al hotel para recoger el equipaje y un aperitivo para el camino, puesto que nos esperaban unas horas en lancha remontando el río Mekong hasta llegar a Camboya. Por el camino no encontraríamos ninguna población con un restaurante, por lo tanto teníamos que llevarnos la comida. Alguna persona del grupo protestaba por las horas que teníamos por delante, con lo cómodo y rápido que era el avión.
    Para mí era una aventura. Nos pusimos unos impermeables para protegernos del agua que salpicaría y de posibles lluvias imprevistas. También tuvimos que ponernos unos chalecos salvavidas, y salimos. Abandonábamos Vietnam, pero nos esperaba Camboya.
    El trayecto fue una pasada. Lanzados por el río, viendo pasar a toda velocidad las orillas y las personas que nos saludaban. Ninguna otra lancha estaba haciendo ese trayecto, éramos los únicos. Ocho turistas perdidos en un lugar olvidado, pero auténtico de verdad. Tres horas a toda velocidad río arriba, hasta que llegamos a la frontera.
    Allí tuvimos que parar para hacer los trámites de salida y entrada. El puesto fronterizo era una casucha en mitad de toda aquella jungla, con una alambrada que separaba una parte del campo. Solamente hacía un año que se permitía pasar extranjeros por allí, y no estaban preparados. Ni en la mejor de las películas se hubiera logrado un escenario tan auténtico. Estuvimos casi una hora sentados en el suelo de la jungla, mientras los funcionarios de uno y otro país, que compartían caseta, hacían todos los trámites.
    Alguien comentó:
    _ Esto es de auténtica película. Ocho turistas tirados en un puesto fronterizo de otro siglo, en el culo del mundo. Si nos quieren encontrar, nadie lo lograría.
    Y mientras nosotros estábamos allí esperando, la población del lugar pasaba por la valla como si no existiera.
    _ ¿Pero todos estos no tienen que hacer trámites para cruzar?
    _ Estos, seguro que viven aquí cerca. No van a ir muy lejos por cruzar sin pasaporte, además seguro que se conocen todos.
    Cuando por fin acabaron todos los trámites, volvimos a la lancha, nos acomodamos de nuevo y continuamos, ahora sí que habíamos abandonado Vietnam, y como despedida nos cayó una lluvia de monzón, mientras seguíamos a toda velocidad remontando el río Mekong.