DONDE LOS DRAGONES SURCAN EL CIELO
VIETNAM
Nunca había estado en un lugar tan alejado
de España.
El Lejano Oriente: culturas milenarias y
diferentes. Un mundo desconocido, o quizás no tanto. La televisión y el cine
hacen milagros. Ahora es posible conocerlo todo sin salir de casa, sin moverse
del sofá. ¿Para qué aguantar dieciocho horas de vuelo, esperas en aeropuertos,
soportar el calor, los mosquitos, comer no se sabe el qué, encontrarse mal en
cualquier momento del viaje, correr peligros? En definitiva, ¿para qué tantas
incomodidades?
Es sábado y a las cuatro de la tarde pasan
en el canal de televisión Viajar un documental de dos horas sobre Vietnam. Me
coloco cómodamente en el sofá y lo veo, sin olvidar encender antes el aire
acondicionado. Después saco una copia que guardo en algún lugar, de una gran
película, “Apocalypse Now”, la coloco en el DVD, me preparo algo para beber y
la disfruto.
Son las nueve de la noche del sábado y he
hecho un viaje inolvidable por Vietnam; ya lo he visto y lo conozco. ¡Mira que
son raras todas esas personas que se van hasta allí, con lo cómodo y fácil que
hoy en día es conocerlo de esta forma!
¿Ya
he terminado este capítulo, he conseguido engañar al lector?
Por supuesto que no. Si hubiera viajado en
una tarde no tendría nada más que contar. Aquí acabaría todo, ni siquiera una
página. Pero sí tengo muchas cosas que narrar, porque estuve allí, subí a un
avión y aguanté horas de vuelo, esperas
en aeropuertos y más horas de vuelo. Y aquí está el resultado.
Éste era un viaje doble: quince días en
Vietnam y cinco más en Camboya. Ya que estaba tan lejos tenía que aprovechar y
conocer Angkor. Llamé a David y Eva, aquella pareja a la que conocí en Irán, y
que ya eran mis amigos. Nunca habían estado en el Lejano Oriente, les apetecía
pero preferían ir con alguien. Les hizo mucha ilusión y a los tres días me contestaron
confirmándome que sí, venían.
No hay vuelo directo a Vietnam. Son catorce
horas a Bangkok o a Singapur, y después otro vuelo de tres horas a Hanoi.
Volamos vía Singapur.
Vietnam es el país más lejano de todo el
Lejano Oriente. Una franja alargada que envuelve por el este toda la península
de Indochina. Sus paisajes son muy diferentes entre sí. El norte es la zona más
montañosa, donde destaca una gran maravilla natural: la Bahía de Halong. El
centro del país está dominado por la jungla y aquí se encuentran todos los restos
de su esplendor imperial: Hoy An y Hue. El sur tiene un solo nombre: el Delta
del Mekong.
Es un país moderno, pero al mismo tiempo
mantiene vivo todo su pasado imperial y sus tradiciones milenarias, que te
hacen vivir en un mundo nada parecido al que conocemos.
Ya nada queda del conflicto que lo desangró
en los años sesenta, solamente algunas cicatrices en sus paisajes. Sus gentes
se han adaptado muy bien al futuro. Tras la reunificación de Vietnam del Norte
y Vietnam del Sur, es un país con un único rumbo y donde nadie habla de aquella
época de su historia, excepto cuando los extranjeros preguntamos.
Llegamos
a Hanoi a media mañana, habíamos perdido toda la noche. Si queríamos
adaptarnos pronto, lo mejor era aguantar el resto del día sin dormir. David
estaba agotado y nos dijo que le daba igual, él se daba una buena siesta hasta
media tarde. Entre tanto decidí salir a las calles y explorar el terreno. Los
hoteles son todos iguales, la calle es mucho más interesante.
El cielo estaba muy encapotado. Todavía era
época de monzones y la lluvia podía aparecer en cualquier momento. El primer
paso fue adquirir chubasqueros; se me habían olvidado en casa.
_ ¿Pero cómo puedes venir a Vietnam y
olvidarte los chubasqueros?
_ La verdad es que quería comprar estos tan
chulos que llevan aquí. No, se me olvidaron. Pero así podré comprar estos tan
chulos.
Aquí nadie sale a la calle sin llevar el
chubasquero guardado no sé dónde. Comienza de pronto a llover y al momento todo
el mundo va cubierto hasta los pies y con gorra impermeable incluida.
_ ¿Dónde los guardarán? - preguntaba yo -.
Deben ocupar bastante, no lo entiendo.
Como los venden por todas partes, nos
decidimos a comprar en el primer lugar que encontramos. No abultaban nada, era
increíble cómo se plegaban hasta ocupar lo mismo que una cartera. Nada más
salir de la tienda ya tuvimos que usarlos, comenzó a llover y en un momento
aquello era el diluvio universal, pero con la misma rapidez se terminaba y
volvía a lucir el sol.
Lo primero que te sorprende cuando sales a
las calles de Hanoi son las motos. Todo el mundo tiene una moto en Vietnam. Y
encima de ella se transporta todo lo imaginable y lo inimaginable. Y por
supuesto no estamos hablando de super motos, sino más bien algo parecido a
nuestras Vespas, no mucho más. Yo estaba asombrada con lo que veía pasar a mi
lado. Puedo asegurar que se puede hacer un reportaje fotográfico muy amplio con
las posibilidades que da una moto. Solamente hay que sentarse y verlas pasar,
sin olvidar disparar la cámara sin parar. Éstas son algunas de esas cosas que
se pueden transportar en una moto y que yo puede contemplar en sólo unos
minutos:
·
Una familia completa. Papá, mamá, y niños. No
importa cuántos niños, todos caben, colocados mirando hacia el frente, hacia
atrás o de lado. En algún caso hasta un abuelo.
·
Un armario. Me refiero al mueble, no a una persona.
Se coloca detrás, tumbado y atado. No importa lo que sobresale, ya dejan sitio
los demás para pasar.
·
Una pila de cajas con televisores. Con una mano se
sujeta la moto y con la otra la pila de cajas.
·
Un par de cestos grandes, llenos de verduras o de
frutas. Se sujeta uno a cada lado y así hacen contrapeso.
·
Una montaña de cestos vacíos que rebosan por todas
partes.
·
Varios manojos de aves: gallinas o patos, atados por
las patas y colgados boca abajo.
·
Un cerdo. Éste es más complicado, pero aquí todo
tiene solución. Se mete el cerdo en una red parecida a la que se utiliza para
asar un rollo de carne. Con el cerdo bien inmovilizado de esta forma, se sujeta
en la parte trasera para no perderlo.
·
Un frigorífico o una lavadora. Se ata como el
armario y problema resuelto.
·
Una barca de las que circulan por el río Mekong. Se
ocupa mucho espacio, pero como nadie se enfada con el resto, se circula sin
problemas.
Parece increíble, pero es así. Todo esto lo
vi en Hanoi el primer día. Después lo encontré por todo el país y en todas las
carreteras. Te terminas acostumbrando y hasta parece normal, pero es auténtico
total.
Cuando el resto del grupo, ocho personas en total, se despertaron,
pasaron a buscarnos para dar un paseo en triciclo por el Viejo Hanoi. Los
triciclos en Vietnam son bicicletas con un cochecito en la parte delantera,
donde te sientas y te pasean. Se diferencian de los ricksows en que estos
llevan el coche en la parte trasera. Aquí tenía la sensación de que me iba a
comer a todo el mundo. Dominan muy bien la bicicleta, pero les encanta jorobar
un poco al extranjero yendo a bastante velocidad.
El contacto con el Viejo Hanoi es el
contacto con el Vietnam auténtico. Sus calles están abarrotadas hasta la
saciedad de gentes vendiendo todo tipo de cosas en la calle. Se sientan en el
suelo y extienden su mercancía, sobre todo frutas y verduras.
Por todos lados cruzan personas llevando en
hombros los típicos cestos sujetos a ambos extremos de un palo largo que se
lleva sobre el hombro. Y todos lleva en la cabeza el gorro cónico tan utilizado
en este país.
Mi conductor paro junto a una mujer que
vendía fruta, por si quería comprar algo. Tenía de todo, aunque la mayor parte yo
no lo reconocía. Pregunté qué eran unos racimos parecidos a las uvas, pero de color
marrón y piel áspera.
_ Lichis - me contestó.
_ ¿Y esas cosas granates con pelos largos?
_ Rambután, también tengo fruta de la
pasión y carambolas.
_ Vaya, no sé lo que quiero. Me llevaré un
racimo de lichis y unos rambutanes.
Por fuera son diferentes, pero para mí eran
parecidos: el mismo color por dentro y la misma textura. Cada vez que comía un
lichi o un rambután, tenía la sensación de meterme un ojo en la boca.
Pedimos a los conductores de los triciclos
que nos dejaran en un parque que ocupa el centro de la ciudad. La gente se
acerca aquí para hacer ejercicio y se puede ver como realizan esos movimientos
lentos tan únicos de Oriente. En el parque hay un lago rodeado de vegetación
exótica, y en el centro una isla a la que se accede a través de un puente rojo
de estilo japonés. Seguimos caminando por aquel lugar y de pronto vimos nuestro
hotel, estábamos al lado y no nos habíamos enterado. Pensamos en cenar. Hanoi
es una ciudad agradable y en el centro hay todo tipo de restaurantes.
Entramos en uno donde nos recibieron con
esa amabilidad y esa atención que sólo se encuentra en Oriente. Se inclinan de
tal forma a tu paso que a mí me hacían sentir incómoda.
La comida en Vietnam es realmente
magnífica. Yo comí como nunca, todo me gustaba, pero sobre todo los rollitos
Vietnam y el pato. Qué hartada de pato me di durante todo los días que estuve
en el país.
En todos los lugares los cubiertos son
palillos, si se quiere cubiertos occidentales hay que pedirlos. Yo y David pasamos
todo el viaje comiendo con palillos; qué práctica cogí.
Después de la cena nos sentamos en la
terraza de un café para tomar algo. En este país se puede ver la tradición
francesa en sus cafés, que son realmente buenísimos. En la noche las terrazas
se llenan de gente, sobre todo extranjeros en busca de marcha. Se encienden
farolillos de papel en todos los locales.
Yo ya estaba agotadísima, no había
descansado a mi llegada y después de un día con su noche, perdidos, ya no podía
seguir en pie. Como el hotel estaba cerca me fui caminando y dejé a los demás
allí. Ya nos veríamos mañana.
Al día siguiente ya estaba repuesta y lista
para comenzar mi andadura. Estábamos en Hanoi, la capital de Vietnam. En el
pasado fue la capital de Vietnam del Norte y tras la reunificación se convirtió
en la capital del país, relegando a Saigón a un segundo plano.
La visita de esta ciudad tiene un punto
clave, aunque no sea lo más interesante, al menos desde mi punto de vista: el
mausoleo de Ho Chi Minh. Un mausoleo muy del estilo de los edificios
soviéticos, y nada acorde con la arquitectura del país. Sobrio y de líneas
rectas, se encuentra en mitad de una explanada arrasada por el sol. Dentro, la
momia embalsamada del líder de la independencia de Vietnam: Ho Chi Minh. Al
igual que otros líderes comunistas, su cuerpo se encuentra embalsamado y
permanentemente expuesto en una sala del recinto.
Mucho más interesante es el resto de la ciudad. Cercana al mausoleo se encuentra
una pagoda muy pequeña: la Pagoda de un Pilar Único, situada en el centro de un
estanque repleto de nenúfares. O una casa totalmente construida en madera de
teca, que se levanta sobre varios pilotes, también de madera. Todos estos
lugares destacan porque están hechos con gran pulcritud y detalle, y por su
tamaño más bien parecen casitas de muñecas.
El calor ya comenzaba a apretar y la gente
buscaba la sombra debajo de los árboles, que por suerte en este país abundan
bastante. El agua está en todas partes: estanques, lagos, ríos, el mar, y la lluvia. Nunca he
visto un país donde haya tal exceso de agua, pero con unas temperaturas por
encima de cuarenta grados, la humedad era insoportable.
Nos desplazamos hacia otra parte de la
ciudad para ver uno de los lugares más bonitos de Hanoi: el Templo de la Literatura. Me
encantan estos nombres tan sugerentes que solamente se encuentran en Oriente.
Se trata de una antigua universidad o
colegio fundado en el siglo XI por seguidores de Confucio, para enseñar su
doctrina. Está restaurado. Se encuentra junto a un río y dentro se puede
disfrutar de una atmósfera tranquila que invita a leer y a relajarse. Para
llegar al centro del lugar hay que pasar por diferentes patios. Los primeros
son jardines repletos de árboles donde se escucha el trino de pájaros
invisibles, pero presentes en algún lugar.
El paso de un patio a otro se hace
atravesando pórticos con los tejados combados hacia arriba. La típica imagen de
los edificios orientales.
El patio central está enlosado y rodeado
por edificios con tejados rojos y dragones en sus extremos. Los dragones están
representados en gran parte de los templos, palacios y edificios antiguos,
adornando sus tejados.
El interior, recubierto con madera de teka,
despide un color granate. Las grandes figuras de Confucio y sus discípulos se
suceden por las distintas salas.
Encontré a un español sentado bajo una
sombra.
_ Hola, españolita - escuché de pronto.
Me volví.
_ ¿Es a mí?- respondí.
_ Sí, claro, te he escuchado hablar. ¿Qué
haces tan lejos de tu país?
_
Supongo que lo mismo que tú.
_ Yo vivo en Japón. No estoy tan lejos como
tú.
_ Yo estoy de vacaciones. ¿Y tú qué haces
viviendo en Japón?
_ Soy ingeniero, y por motivos de trabajo
vivo en Japón. Aprovecho para conocer todos estos países que ahora tengo más
cerca.
_ Yo he venido de propio desde España. Me
encanta viajar, y aquí estoy.
_ Es una buena paliza, pero te gustará.
Terminé de visitar el lugar y cuando me
marché volví a encontrarme en la salida con este chico.
_ Ha sido un placer - me dijo-. Que te vaya
bien.
_ Gracias. Hasta la vista.
Es muy agradable conocer a gente a la que
nunca más vuelves a ver, y compartir unos minutos de conversación. Este tipo de
cosas no solemos hacerlas cuando nos encontramos en nuestra ciudad. Aquí pasamos
de largo frente a todos y sólo nos paramos con los conocidos.
El teatro de marionetas es típico de este
país. Hay un pequeño teatro en Hanoi donde puede verse este espectáculo. No es
una representación a la que yo esté acostumbrada, pero es curioso verla. En una
piscina poco profunda se representa una historia con marionetas. Son historias
de la vida diaria del pueblo vietnamita, y por supuesto siempre aparecen
serpientes y dragones.
Un trayecto de tres horas hacia el norte,
nos lleva hasta la Bahía de Halong, un lugar Patrimonio de la Humanidad por su
belleza natural. A lo largo del camino se pueden seguir viendo las
posibilidades que tiene una moto. Verlas en las calles de Hanoi es un
espectáculo, pero verlas por las carreteras circulando entre coches, camiones y
autobuses, con todo lo que llevan encima, es surrealista total.
El camino nos va mostrando también la vida
rural de Vietnam. Los arrozales se ven a lo largo de los lados de la carretera,
o en terrazas escalonadas sobre las laderas de las montañas. Todos los campos
están llenos de personas trabajando en ellos, y todos cubiertos con sus
sombreros cónicos. Algunos llevan dos regaderas sujetas a la vara que apoyan
sobre los hombros; otros, con las manos repletas de plantas de arroz, las
introducen una a una en la tierra, encharcados por encima de los tobillos.
Agricultores con bueyes trabajan en los campos. En los que el arroz ya está
listo, se forman manojos secos que cargan encima de los bueyes hasta que estos
no se ven y parece que el arroz camine solo.
Éramos un grupo pequeño, ocho personas, y
por ese motivo no era difícil ponerse de acuerdo para parar continuamente y
fotografiar todas estas escenas.
Y así, entre parada y parada, fotos y más
fotos, llegamos a la Bahía de Halong.
Tendríamos que esperar al día siguiente
para subir a un barco y pasar todo el día navegando por la bahía, disfrutando
de su paisaje, y tomando un baño en un lugar que es un auténtico lujo.
La Bahía de Halong. Una de las maravillas
del mundo. Está declarada Patrimonio de la Humanidad.
Es un lugar tranquilo y relajado, ideal
para navegar y disfrutar de un paisaje indescriptible. Miles de islotes y
peñascos rocosos sobresalen del mar a lo largo de toda su extensión. Algunos
son apenas una pequeña roca, otros alcanzan alturas considerables. Entre
algunos apenas hay espacio para pasar entre ellos.
Sus formas son diversas. Pueden formar
puentes y pasar debajo de ellos. Miles de grutas se adentran en sus entrañas,
algunas de ellas no se sabe qué pueden contener.
Es un lugar que invita a soñar y a imaginar
todo tipo de historias. Y no es de extrañar, dadas las historias que explican
su formación. Cuenta una de las leyendas que un dragón cayó al agua cuando
volaba sobre este lugar; el impacto con el fondo del mar fue tan grande que el golpe de su
cola produjo una fractura en la corteza terrestre y el levantamiento de
montones de islotes en toda la bahía. Pero ésta no es la única historia sobre
la formación de la bahía.
Otra de ellas cuenta que en la antigüedad
los guerreros chinos atacaban la costa por sorpresa provocando destrucción y
muerte entre la población. El emperador pidió ayuda a los dragones para evitar
que los barcos chinos llegaran hasta sus costas. Una noche de luna llena, una
legión de dragones sobrevoló la bahía, arrojando perlas por su boca en lugar de
lenguas de fuego. Al contacto con el agua las perlas se convirtieron en rocas
que plagaron la bahía, evitando que los barcos chinos llegaran a la costa. Y
cuentan que cada noche los dragones sobrevuelan la bahía, vigilando para
proteger al emperador de los barcos de sus enemigos.
Son bonitas historias, muy acordes con la
tradición oriental. Sus habitantes todavía siguen creyendo que en las grutas
más recónditas habitan dragones, que solamente salen en la noche, para volar
sobre la bahía. Pero
voy a dejar la leyenda y hablar de la realidad, de lo que es y lo que se siente
en este lugar tan especial.
Ya desde el momento en el que estás en el
embarcadero, esperando para subir a uno de los pequeños veleros que surcan la
bahía, se ven los islotes que surgen por todas partes. Una vez en el agua, y a
medida que se avanza sorteando todas estas protuberancias, su número aumenta,
hasta el punto en que uno se encuentra totalmente rodeado por ellos. Se pueden
apreciar todo tipo de formas, más o menos parecidas a cualquier otra cosa. La
vegetación los cubre, y sus paredes son tan verticales que incluso el mejor de
los escaladores tendría dificultades para escalarlos. Algunos se encuentran tan
cercanos que el paso entre ellos apenas es suficiente para que el velero
atraviese entre ellos.
Otros tienen una pequeña playa para poder
desembarcar y adentrarse en su geografía, explorar alguna de sus cuevas o
zambullirse en el agua. Son aguas tranquilas; los islotes actúan como freno
para las grandes olas. Otra opción es lanzarse al agua desde el barco y nadar
tranquilamente, incluso acercarse a alguno de los sampanes con los que nos
cruzamos, para charlar con sus gentes, o subir a bordo para ver cómo viven.
Aquí es posible ver los típicos sampanes chinos;
esas embarcaciones con una gran vela desplegada, y que sirve no sólo de lugar
de trabajo para los pescadores, sino de vivienda para toda la familia. Son casas
flotantes. Pasas a su lado y puedes observar a algún niño pequeño durmiendo
sobre una hamaca, a un hombre pescando en el otro extremo, y a una mujer
limpiando pescado o cocinando en el centro del barco. Otras embarcaciones son
más sencillas y sólo las utilizan para salir a pescar. Pero siempre te saludan
cuando pasas a su lado.
Un día completo navegando por la bahía
permite observarlo todo y disfrutar de un entorno envidiable.
Me senté en cubierta, viendo acercarse los
islotes. El paisaje cambia continuamente, tienes uno a la vista y al momento
han surgido tres o cuatro en el horizonte, pero antes de alcanzarlos te
encuentras totalmente rodeada por montones de ellos. Las otras embarcaciones y
los sampanes, aparecen y desaparecen de la vista, te cruzas con ellos, les
envías un saludo, te sonríen desde cubierta y siguen su camino.
A media mañana llegamos a una zona rodeada
de riscos, era como una isla pero de agua. El barco se paró para poder
bañarnos. Disfruté muchísimo de aquellas aguas tranquilas y cálidas, lanzándome
desde cubierta, nadando y volviendo a subir, para volver a lanzarme. Con tanto
subir y bajar, nadar y nadar, me entró un hambre enorme. Cuando me llegó el
olor del pescado asado, la boca se me hizo agua. La mujer del patrón estaba preparando
la comida para todos: pescado asado, ¡qué otra cosa se podía comer en un lugar
como éste!
Es un paraíso para los amantes del pescado,
como yo. El marisco tiene un tamaño descomunal: las gambas parecen langostas, y
las langostas parecen tiburones. Nos sentamos en cubierta bajo un toldo que nos
protegía, ya que el sol era abrasador a aquella hora. Probé varios tipos de
pescado: gambas, calamares, camarones, y una langosta para mí sola. El vino no
era lo mejor, pero se perdonaba todo. Después de una comida como ésta, me tumbé
de nuevo en una hamaca, bajo una sombrilla, y contemplé pasar el paisaje y el
mundo.
No te cansas nunca de ir de un lado para
otro, cada islote es distinto, nada se repite. En las embarcaciones con las que
nos cruzábamos, sus habitantes hacían lo mismo, descansar después de la comida. A aquella hora
no se pescaba, se veía pasar la vida.
A media tarde ya comenzaba a ponerse todo
de nuevo en marcha. Los pescadores volvían a sus tareas, los niños corrían de
un extremo a otro de sus embarcaciones, y nos saludaban a nuestro paso.
Volvimos a lanzarnos al agua y me acerqué a alguno de estos barcos. Me dejaron
subir a bordo para enseñarme su casa, y me regalaban pescado, pero ya estaba
llenísima, mejor lo aprovechaban ellos.
Cuando se acerca el atardecer, el
espectáculo es indescriptible. Las sombras de los peñascos se alargan sobre la
superficie del mar. El sol se cuela entre ellos abriéndose camino como puede, y
poco a poco despliega un manto rojo sobre todo el paisaje. Los sampanes se
recortan sobre el fondo, creando una vista de postal. Y mientras estás mirando
todo esto, la luz se va apagando sin apenas darte cuenta. De pronto compruebas
que todo lo que te rodea se ha llenado de pequeños puntos de luz, como si un
ejército de luciérnagas hubiera ocupado el espacio. Son las luces de todos los
barcos, incluso aquellos que a lo largo del día no se veían porque el reflejo
del sol los escondía.
La bahía está llena de barcos, está llena
de vida. Unos regresan de un día de pesca, otros regresan de un día paseando
turistas, y otros simplemente están donde tienen que estar, porque son casas
flotantes; lanzan el ancla y se disponen a pasar la noche, a la espera del
amanecer, para volver a iniciar la misma rutina.
Esto es la Bahía de Halong; realmente
apasionante. Se la considera una maravilla del mundo, y lo es. Fue declarada Patrimonio
de la Humanidad, y lo merece. Sus habitantes la respetan y la cuidan. Sólo
espero que el turismo, cada día más masivo, no la termine destruyendo.
No subí más hacia el norte, regresé de
nuevo a Hanoi para volar hasta Hue, en el centro del país. Ésta fue durante un
tiempo la capital imperial. Aquí se encuentran las tumbas de los últimos
emperadores y el palacio imperial, más conocido como la Ciudad Púrpura.
Hue está atravesada por el Río de los
Perfumes a cuyas orillas se encuentran todos sus grandes monumentos, entre
ellos el más importante es la Ciudad Prohibida o Ciudad Púrpura. Llegué de
noche y lo primero que hicimos fue salir a la calle en busca de un triciclo que
nos acercara hasta el palacio. Solamente pude ver la entrada, que parecía
imponente. Ya estaba cerrado. El conductor nos hizo un recorrido por la ciudad,
a lo largo de las orillas del río. Durante este recorrido se nos acercaron
algunos chicos en bicicleta y se pusieron a hablar con los hombres, pasando
totalmente de Eva y de mí. Yo estaba intrigada, ¿qué querían?
Fue David el que nos lo aclaró. Les
ofrecían mujeres, chicas jóvenes, incluso vírgenes si así lo preferían; claro
que eran más caras. Me pareció muy triste. Yo sabía que estas cosas ocurren,
incluso que muchos hombres viajan hasta el Lejano Oriente solamente en busca de
estas cosas, pero que te lo ofrezcan tan fácilmente me sorprendió.
Hue invita a pasear por sus calles, es una
ciudad imperial, llena de sorpresas en cada rincón. Atravesamos uno de sus
puentes y nos encontramos en el mercado. Los mercados orientales son una locura
de vendedores ofreciendo de todo. Todos pasaban a mi lado a paso rápido y
cargados con sus dos cestos colgando a cada extremo de una vara. Verduras,
hortalizas, frutas; en ellas transportaban de todo.
Quería comprar un kimono de seda. En
algunos hoteles estaban colgados en el armario, y quería alguno parecido. Eran
preciosos, seda bordada con dragones, flores, pájaros; este tipo de cosas tan
típicas de Oriente. Encontré varios puestos donde tenían tal variedad que ya no
sabía qué comprar. Me sacaron un espejo para verme, pero me gustaban todos. Y
además eran baratos, unos veinte euros. En España no se encuentra algo así por
ese precio. Una vez terminadas mis compras, regresé al hotel. El paseo me había
hecho sudar y necesitaba tomar algo.
El hotel estaba en el centro de la ciudad,
junto al río de los Perfumes. Tenía un bar fantástico, con una terraza
ajardinada. Nos sentamos para tomar un cubata y celebrar que estábamos a miles
de kilómetros de casa. Comenzaron a llegar los mosquitos. Estábamos cerca de la jungla. Nos
recomendaron que nos rociáramos con citronela. Tenían en el jardín varios cubos
llenos para ponérsela. Funciona, pero el olor te persigue vayas donde vayas.
Después había que darse una buena ducha para quitársela de encima. Con lo
cómodo que hubiera sido ver aquel documental en televisión en lugar de estar aquí
sufriendo: por el día un calor y una humedad que te hacía sudar sin parar, y
por la noche los ejércitos de mosquitos.
¡Pero ya estaba aquí, por lo tanto mejor
continuar! Además me encantaban estas incomodidades.
Comenzó el día y subimos a bordo de una
barca que nos paseó a lo largo del río de los Perfumes. Navegamos despacio,
sentados en la borda, viendo pasar las orillas. La Ciudad Imperial se
veía a la derecha, parecía impresionante. Ya la visitaría por la tarde. La barca continuó
adelante pasando por delante de pagodas encantadoras. No podíamos parar en
todas, nos dirigíamos a una de las más importantes: la Pagoda de Thien Mu. Se
encuentra fuera de la ciudad y el paseo en barco para llegar hasta allí es muy
relajante. Junto a la orilla se encuentra
su torre octogonal, dando la bienvenida a todo visitante.
A continuación dedicaría todo el día a
visitar los lugares relacionados con los últimos emperadores de Vietnam.
Empezaríamos por algunas de sus tumbas, y después la Ciudad Prohibida.
También fuera de la ciudad de Hue, se
encuentra una de las tumbas reales, dentro de un bosque. Ocupa una gran
extensión, ya que los patios y terrazas se extienden en horizontal. Este lugar
más que una tumba es un auténtico palacio. Cerca de la entrada hay un gran lago
rodeado de edificios, donde el emperador escuchaba música, leía poemas,
escuchaba el trino de los pájaros, o veía bailar a sus concubinas. Adentrándose
en el bosque se llega a la zona donde está la tumba propiamente dicha. En los
patios circundantes hay hileras de mandarines en pie, elefantes, y otros
animales. Al verlos da la sensación de estar llegando a un lugar importante
donde los visitantes son recibidos por
todo lo alto. Aunque la finalidad de estas estatuas no es recibir al
visitante, sino custodiar a su señor, el emperador.
Es una de las tumbas reales más
encantadoras, no sólo por su estética, sino por el entorno tan bucólico en el
que se encuentra, rodeada por el bosque y por varios lagos.
Otra de las tumbas importantes es la del
último emperador. Es quizá la más espectacular. Se construyó en la ladera de
una montaña y para ascender hasta ella hay que atravesar ocho terrazas que te
van elevando hacia el cielo. Se construyó en el siglo XX y por ello se
encuentra totalmente intacta. Hay grandes dragones que custodian las entradas a
algunas de sus terrazas. Las terrazas altas, más próximas al palacio, están
ocupadas por filas de soldados imperiales puestos en pie y con todos sus
atavíos encima. Tienen un cierto parecido con los soldados de terracota de
Xian. En la terraza superior se encuentra el palacio, dentro del cual está la
tumba del emperador. Ésta es muy suntuosa: las paredes cubiertas de porcelana y
cristales, y el techo pintado con dragones y estrellas.
De regreso a la barca, haciendo el
recorrido inverso, volvimos a la ciudad de Hue. Quedaba el Palacio Imperial,
también conocido como la
Ciudad Prohibida o la Ciudad Púrpura. Se
encuentra rodeada por una tapia, de forma que no puede verse su interior, pero
la puerta de entrada era extraordinaria y a su lado se elevaba un edificio con
tejados curvados y repletos de dragones.
En aquel momento yo no lo sabía, pero esto que veía desde fuera era todo, no
hay nada más. Todo, absolutamente todo, fue destruido, devastado durante la
guerra de Vietnam. Las bombas arrancaron hasta los cimientos. Me quedé
decepcionada, pensaba encontrar una maravilla y me encontraba ante un solar
inmenso lleno de hierba.
Me preparé para disfrutar de lo poco que
quedaba: el Palacio de la Armonía Suprema. Destaca su gran terraza con
vistas al río de los Perfumes. Las salas son enormes, recubiertas de madera y
con un sinfín de columnas lacadas, decoradas con dragones, pájaros y
flores. Si lo poco que queda es tan
impresionante, ¡cómo hubiera sido la ciudad entera! Ya no podía saberlo.
Me adentré en el recinto, pero la mayor
parte no merece la pena, solo hay hierba sin cuidar. Al fondo, hacia la
izquierda, observé un tejado con sus dragones, que apenas se veía entre los
árboles. Me dirigí hacia allí. Se trataba de un pequeño pabellón que
sobrevivió, era la
biblioteca. La recorrí con interés. Un jardinero cuidaba unos
rosales en el exterior, pero aquello era muy grande y estaba descuidado, él
solo no podía hacer mucho.
También quedaba un estanque; supongo que en
su momento estaría en el centro de un jardín con flores y pájaros. Ahora se
encontraba bastante sucio, los nenúfares se abrían paso como podían y algunos
presentaban sus flores, altas y orgullosas, recordando que aquél era su
terreno, aunque ya no adornaban para nadie.
Me fui contenta porque lo que había visto
me había encantado, pero decepcionada porque me quedé con las ganas de ver lo
que ya no estaba.
De regreso al hotel, pregunté dónde podía
alquilar una bicicleta. Aquí todo el mundo circula en moto o en bicicleta. Me
apetecía pasear por esta ciudad tan encantadora, pero pedaleando yo. Me
enviaron a un lugar cercano y cogí una bicicleta. Me fui yo sola, nadie quiso
acompañarme. ¡Ya habían pasado bastante calor, como para pedalear ahora! Decidí
ir por una de las orillas del río, cruzar por alguno de sus puentes y volver
por la otra orilla.
La gente es muy amable, me saludaban al
pasar junto a ellos. Las motos, que iban más rápidas, no se acercaban
demasiado. Era una gozada pedalear por allí. Las vendedoras de fruta me hacían
gestos para que me parara y comprara algo. Paré junto a una de ellas.
_
¿Tienes fruta de la pasión? - le dije.
_ Sí, claro. ¿Quieres una?
_
Pero son muy grandes, y no sé si me gusta. No recuerdo haberla probado.
Cogió un cuchillo y la partió. Tenía un
color blanco con puntitos granates. La probé, su textura recordaba al queso
cremoso. Me pareció un poco insípida, pero tenía que comérmela, después de
haberla empezado no la iba a dejar allí. Se acercaban dos chicas jóvenes y se
pararon; iban a pie, pero arrastraban unas bicicletas. Las invité a comer y
entre las tres terminamos aquella fruta. Me preguntaron de dónde era, y cuánto
tiempo llevaba allí. Vamos, lo que siempre preguntan en todas partes. Ellas
estaban paseando después del colegio; me agradecieron la invitación y siguieron
su camino. Yo me despedí de la vendedora, después de pagarle, y también
continué pedaleando.
Crucé a la otra orilla, decidí ir hasta la Ciudad Prohibida
y regresar por un puente que había visto cerca cuando la visité; después todo
recto, llegaría al hotel.
Pero antes de llegar al palacio me
encontré en el mercado en el que el día anterior había comprado el kimono. Me
bajé de la bicicleta y caminé con ella en la mano, como hacían aquellas
jóvenes.
Me adentré en una zona donde vendían muchas
hierbas. Una mujer vieja y muy arrugada estaba detrás de uno de los puestos. Le
pregunté para qué servían y me contestó que para todo: las hay para hacer
infusiones, para preparar medicinas, para emplastos, para fumar.
_ ¿Para fumar? - le contesté-. Esto no
parece tabaco.
_ Se quitó una pipa fina y alargada que
llevaba en la boca y me la ofreció, mientras me sonreía con una sonrisa
desdentada.
_ No gracias - le contesté -. ¿Esto que
fumas es opio, no?
_ Sí, siempre lo he fumado. Los extranjeros
os asombráis cuando lo veis.
_ Los extranjeros hacemos muchas cosas
peores, no sé por qué nos asombramos de nada.
_ Sois otro mundo - me contestó-. Creo que
eres inteligente, y te voy a decir algo que nunca has pensado, pero seguro que
nunca olvidarás. Sigue mi consejo y serás más feliz.
_ ¿Me vas a dar un consejo, de qué se
trata?
Se quitó de nuevo la pipa de la boca y me
dijo: los occidentales siempre vivís pensando en el futuro, todo lo hacéis
pensando en el mañana y no en el presente.
_ Sí, es cierto - le contesté-. Tenemos esa
manía.
_ No os dais cuenta de algo muy importante.
Por mucho que os empeñéis, siempre es presente y nunca es futuro, y así nunca
encontráis el momento de vivir. Por eso sois tan desgraciados.
Me quedé asombradísima ¡Qué razón tenía, y
nunca se me había ocurrido verlo así!
_ Tienes mucha razón, pero también es
importante hacer planes de futuro, marcarse unas metas, tener un objetivo en la
vida.
_ Sí, pero sin olvidar vivir el día a día.
Cuando dejas para más adelante el disfrute de cosas que puedes tener ahora,
estás perdiendo oportunidades que nunca volverán. La vida es para vivirla en
cada momento, pero en Europa habéis perdido esa perspectiva. Hazme caso y
recupérala, serás más feliz.
_ Desde luego no me había parado nunca a
pensarlo, pero creo que me has abierto los ojos. Ahora por ejemplo estoy
disfrutando muchísimo, cuando lo cómodo sería estar en mi casa y dejar para más
adelante, o para nunca, este viaje.
_ Ya te he dicho que parecías inteligente.
Me alegra que me hayas entendido.
_ Gracias por tus enseñanzas. Ha sido un
placer hablar contigo.
Me despedí de ella y continué mi paseo. Iba
pensando en lo que me había dicho. Seguro que en mi mundo mucha gente ni
imaginaría que una mujer como aquella pudiera enseñarle nada ¡A nosotros, que
lo sabemos todo, nos va a enseñar algo una mujer vieja y quemada por el sol,
que vivirá en sabe dios qué tribu o qué casucha, y encima se ha pasado la vida
fumando opio; así tendrá la cabeza!
Que afortunada me sentía de poder conocer a
gente así, poder hablar con ellos, aprender. Porque yo estaba segura de que
había aprendido mucho con ésta y con otras personas con las que en mis viajes
anteriores había hablado. Y tomé la firme decisión de seguir haciéndolo. Mientras
tuviera la oportunidad, nada ni nadie conseguiría que dejara para más adelante
la posibilidad de vivir.
Aquella mujer tenía razón, nunca olvidaría
lo que me había dicho.
Subí
de nuevo a la bicicleta y pedaleé; seguía pensando en mis cosas, me sentía
feliz y sin darme cuenta llegué de nuevo al hotel. Hubiera vuelto a dar otra
vuelta, pero estaba empapada de sudor; seguro que era insoportable estar a mi
lado. Devolvería la bicicleta, me daría una ducha y después bajaría a la
piscina, me apetecía nadar y tumbarme a seguir pensando; al menos hasta que los
mosquitos me dejaran.
Terminaba la estancia en esta maravillosa
ciudad, para continuar hacia otro lugar tanto o más interesante: Hoi An. Para
muchos es la población más encantadora de todo Vietnam, y desde luego lo es.
Pero antes de adentrarme en este lugar tenía una cita con la jungla y con una
ciudad perdida en ella: My Son.
My Son fue fundada por la cultura Cham, un
pueblo de influencia hindú, que se puede apreciar en sus edificios más
antiguos, donde el lingam que representa a Shiva se encuentra en muchos
templos. A partir de un cierto momento adoptan el budismo como religión, y los
símbolos hindúes desaparecen.
Para llegar a My Son hay que recorrer unos
dos kilómetros a pie desde el punto en que la carretera termina. Es un paisaje
increíble, dominado por la
jungla. El calor puede llegar a ser asfixiante, por eso mejor
proveerse de botellas de agua y disponerse a disfrutar del recorrido, a pesar
de las incomodidades.
El paseo es una delicia. Hay que atravesar
algún barranco, caminando sobre puentes colgantes construidos con tablones
sujetos a cuerdas. Cuando estás en mitad del puente, es inevitable recordar
alguna de las muchas escenas que se ven en películas, cuando las cuerdas se
sueltan y tienes el tiempo justo para correr y llegar al otro extremo. No se
soltó, ni nadie cortó las cuerdas. La realidad no es tan complicada como la ficción. A mitad de
camino todos teníamos aspecto de haber estado en el centro de un gran
chaparrón. Toda la ropa empapada y el pelo totalmente mojado, ni un milímetro
de nuestro cuerpo estaba seco. Y todo era sudor, no había llovido. Con esa
forma de sudar, mejor racionar bien el agua porque había que volver y nos
podíamos deshidratar.
Llegamos a un alto desde el que se veía la
jungla extendiéndose a nuestros pies. Yo esperaba ver en cualquier momento un
helicóptero elevándose sobre la vegetación. Era la imagen típica de tantas
películas sobre la guerra de Vietnam.
Sin darme cuenta llegamos a las ruinas. Algunas
personas ya estaban protestando; aquello era insoportable, decían. Yo prefería
no contestarles, ¿por qué siempre hay algún pesado que se embarca en estos
viajes sin saber a dónde va, y sin dejar de molestar a los demás?
Las ruinas de My Son están formadas por
pequeños templos construidos por la cultura Cham en un lugar que ahora está comido
por la jungla. La
vegetación se apodera de los edificios construidos en ladrillo. Son templetes
pequeños, separados unos de otros: a algunos se les ha librado de la
vegetación, a otros apenas se les descubre entre el manto verde que los
esconde, pero incluso estos resultan atractivos dentro de su escondite.
En los primeros que se construyeron, se
percibe la influencia hindú. Los relieves son más intrincados: dioses y diosas
con varios brazos, representaciones del lingam y figuras por todas partes. Los
más recientes en el tiempo son de influencia budista. No hay tanto relieve, y
mirando desde la puerta, siempre se encuentra dentro una pequeña estatua de
Buda.
Yo me dediqué a andar de un lado para otro
mientras la mayor parte de las otras personas se tumbaban entre la hierba para
descansar. Si el sudar estaba asegurado, incluso en reposo, al menos aprovechar
el tiempo. Me salvaron unos chicos que aparecieron con unos cubos llenos de
botellas de agua. Bebí toda la que me quedaba y les compré más. Con esas
reservas tenía que tener suficiente para regresar. En el momento en que terminé
de beber, noté como empezaba a sudar más fuerte; ¡pero qué era aquello, ni que
estuviera agujereada! Los vietnamitas no sudaban.
_ ¿Pero vosotros no sudáis? - les pregunté.
_ No, pero los extranjeros parece que
lleváis una ducha encima.
_ No lo entiendo - les dije - vosotros
también sois personas, ¿por qué no sudáis?
_ No lo sabemos, será la costumbre.
Yo sí sabía el por qué, en realidad es la
adaptación al medio. No me extraña que los americanos lo pasaran tan mal aquí.
Con estos vietnamitas tan frescos y nosotros derrotados sin apenas movernos.
_ No sé si tendré suficiente con este agua
que he comprado - les dije-. Podíais volver con nosotros por si necesitamos
más.
_ Sí, claro, para eso estamos, para vender
agua a los extranjeros.
_ ¿Y vosotros no bebéis?
_ Como no sudamos no tenemos necesidad de
beber tanto.
Regresamos por el mismo lugar, de nuevo el
puente. Los chicos nos seguían y les dije:
_ En las películas, cuando se regresa,
siempre te encuentras que el puente se ha derrumbado.
_ Si quieres un poco de emoción, podemos
pasar primero y lo movemos mientras cruzas.
_ No gracias, me gustan las emociones pero
no tanto.
Pasaron delante, y por un momento pensé que
lo harían, pero no, fueron buenos.
Me había encantado la excursión, aunque
nunca había sudado tanto. Dedicaría la tarde a reponerme y a refrescarme, al
menos eso es lo que pensé en ese momento. Pero no fue así.
El hotel en Hoi An estaba a unos kilómetros
del pueblo. Era un hotel junto al mar y después del paseo de la mañana, todo el
mundo quería quedarse a descansar. Estuve a punto de hacerlo también, pero
pregunté si había alguna forma de llegar a Hoi An. Un vehículo del hotel me
podía acercar dentro de una hora. Me había informado lo suficiente para saber
que Hoi An era una joya; para muchos la población más encantadora de todo el
país. Mis acompañantes preferían quedarse, y mucho más después de la lluvia
torrencial que cayó después de comer.
_
Pues disfrutad de la tarde de descanso, yo me voy a marchar con la furgoneta
del hotel. Si cambiáis de idea ya nos encontraremos, y si no nos vemos, hasta
esta noche o hasta mañana.
Hoi An es un pueblo alucinante. Declarado
Patrimonio de la Humanidad, por sus calles no se puede circular en coche,
solamente en bicicleta. Hay muchas cosas que hacer en esta población: pasear
por sus callecitas y llegar hasta su increíble puente japonés; entrar en las
casas antiguas, los templos y palacios; hablar con la gente, subir a las barcas
de los pescadores y de los vendedores flotantes para navegar un poco con ellos;
sentarse en alguna de sus terrazas y tomar algo con tranquilidad, viendo pasar
a la gente. Fue
una tarde increíble porque el lugar no era para menos.
Me dejaron en un punto donde podía volver a
esperar a las diez de la noche para regresar. Perfecto, tenía mucho tiempo por
delante.
Me metí en la primera calle que encontré.
Estaba llena de tiendecitas, restaurantes y terrazas. Muchos extranjeros iban y
venían con sus mochilas al hombro, parándose en todas partes. Primero caminaría
para hacerme una idea de lo que podía encontrar, y después me iría parando en
aquellos lugares que me interesaran. No es muy grande, pero hay tanto que ver,
que el tiempo pasa sin darte cuenta. Pasé por delante de templos preciosos, los
edificios se levantaban al fondo de jardines a los que se accedía traspasando
puertas decoradas con dragones.
Las casas tenían puertas de madera muy
antigua, y en su parte superior colgaban farolillos que supuse se encendían por
la noche. Algunas
puertas permitían ver el interior, decorado con biombos lacados, figuras de
mandarines; todo muy oriental. Caminando sin rumbo llegué al puente japonés. Un
pequeño riachuelo cruza la calle y va a desembocar al río principal, donde se
encuentra el puerto. Para cruzar este riachuelo, se alza un puente que es la
maravilla del pueblo. Se trata de un puente de madera levantado sobre unos
soportes de piedra, está cubierto por un techo también de madera y tiene la
forma típica de los puentes japoneses, de ahí su nombre. Es muy antiguo y
pasando por él se llega a una calle donde encontré la casa de un comerciante
que es un auténtico museo. Toda construida en madera lacada, con escritura
china pintada en colores dorados.
Seguí el riachuelo y llegué al río donde
desembocaba. A esa hora estaba lleno de barcas de pescadores y de vendedores de
frutas y verduras. El río era el mercado del pueblo. A partir de aquí y a lo
largo de todo el Delta del Mekong me acostumbré a ver los mercados flotantes.
Las mujeres, sentadas en el centro de la
barca, repleta de verduras, las vendían a todo aquel que las deseaba. Los
posibles compradores se acercaban a pie hasta el puerto o en otras barcas que
surcaban el río. Era un mundo multicolor y muy animado, para nada parecido a lo conocido en nuestro
mundo. Algunos extranjeros se subían a una de estas barcas y hablaban con
ellos. ¡Pues yo no iba a ser menos! Le hice gestos a una vendedora y me asintió
con la cabeza. Se
acercó a la orilla y me dejó subir. Me hice sitio como pude entre las cebollas,
calabazas y montones de cosas verdes que no sabía distinguir. Me sonreía sin
parar pero no me decía nada; intenté hablar con ella pero apenas sabía algo de
francés. Bueno, qué importaba, parecía contenta y eso era suficiente. Me dejó
uno de sus sombreros cónicos y me paseó un poco por el río. Por supuesto,
cuando le surgía la oportunidad de vender alguno de sus productos, paraba la
barca y atendía al cliente. Yo le ayudé acercándole coles, lechugas y otras
cosas. Lo pasé genial y pensaba en mi padre, me decía a mí misma; si me viera
diría:
_ ¿Y qué diferencia hay entre esto y que
vengas conmigo al huerto para ayudarme a arrancar patatas?
Tendría razón, pero esto era muy genuino.
Cuando regresamos a la orilla me pareció
mal irme sin nada y le compré un manojo de nabos. ¡Y para qué quería yo un
manojo de nabos! Pues para nada, pero ya les encontraría utilidad.
Volví a las calles donde estaba todo el ir
y venir de gente y me encaminé hacia uno de los templos. Desde el pórtico de
entrada se veía al fondo un edificio rectangular con su tejado curvado y
repleto de dragones plateados. La entrada era una puerta flanqueada por dos
columnas doradas con dragones enroscados a su alrededor y las cabezas
enfrentadas la una a la otra.
Ya sabía que todo aquello lo vería al día siguiente, pero no
podía pasar la oportunidad de verlo yo sola, así que pague la entrada y entré.
El patio frente al templo estaba rodeado de
tinajas metálicas y abombadas, con unas asas redondeadas que sobresalían por
encima. Estaban llenas de agua, y en su superficie flotaban los nenúfares con
su flor alta y rígida elevándose al cielo. Montones de árboles llenos de
flores, que yo no conocía, estaban por todas partes. Jaulas con pájaros
cantores, colgadas bajo sus ramas, y el trino de estos pájaros se escuchaba sin
parar. Era un ambiente muy relajado y muy bucólico.
Entré en el edificio y me asaltó un frescor
que agradecí, sin embargo me encontraba en una sala sin paredes que comunicaba
con el jardín por tres de sus lados. Había una mesa grande en el centro forrada
con cerámica vidriada y las sillas alrededor eran de madera lacada; una
auténtica maravilla.
Se acercó un hombre y me pidió que me
sentara en una de las sillas. Hablaba español y me estuvo explicando que ese
templo era el más importante de la ciudad. Había sido construido, como toda
ella, por los comerciantes chinos que llegaron a este lugar en el siglo XII. El
templo, además de su función religiosa, era un importante centro educativo.
Tenían una gran biblioteca donde muchos estudiantes y otras personas venían a
aprender. Las salas de lectura y de estudio se habían adaptado a los tiempos,
pero el resto había mantenido la esencia del lugar y del tiempo en el que fue
construido.
_ Éste es un lugar para relajarse, aprender
y encontrarse a sí mismo - me dijo.
Era una maravilla. Estuve un buen rato
caminando por sus jardines y relajándome como me había dicho. Cuando salí,
seguí recorriendo las calles y admirando sus casas tan orientales. Ahora que lo
sabía sí que me daba cuenta que tenían un aspecto muy chino. En muchos lugares
se veían inscripciones chinas grabadas en las puertas. Pero antes no me había
dado cuenta, porque no entiendo chino y supuse que era la escritura vietnamita.
Pasear por este pueblo es una delicia. No circulan
los coches ni las motos, solamente a pie o en bicicleta. Los niños volvían del
colegio con sus mochilas al hombro. Los chicos vestían pantalones azules y camisas
blancas, y una gorra también azul. Las chicas eran una monada, delgadas y con
ese vestido vietnamita tan favorecedor: un vestido blanco y recto, que se abre
a ambos lados de las piernas a partir de la rodilla; algunas llevaban puesto el
sombrero cónico, y otras lo dejaban sobre la espalda.
Todavía llevaba encima el manojo de nabos.
Debía estar auténtica, con mis pintas de guiri, mi mochila al hombro, y un
manojo de nabos en la
mano. Decidí regalarlos, seguro que a cualquiera le harían
mejor papel que a mí. Encontré a unos niños jugando, y para que no se
extrañaran porque les hacía un regalo de forma tan gratuita, les pregunté dónde
se encontraba el puente japonés, aunque ya lo sabía. Me lo indicaron con gestos
y como agradecimiento les regalé los nabos. ¡Qué bien había quedado, y no se
había notado! Los cogieron y salieron corriendo, supongo que hacia su casa para
llevárselos a su madre. Ya tenían ingredientes para la sopa de la cena.
Tenía sed; buscaría un lugar para beber
algo. Era fácil, había muchos restaurantes y terrazas, pero hacía un rato me
pareció ver en algún lugar una terraza porticada en lo alto de una casa, en el
segundo piso, no eran más altas. Se veían extranjeros sentados y mirando la
calle desde lo alto. La buscaría y me sentaría allí para ver pasar la gente y
la vida por debajo. No fue difícil encontrarla. Efectivamente era un café y
tuve suerte porque quedó libre una mesa junto a la barandilla de madera.
No sé por qué, pero pregunté si tenían
“spanish beer” y me contestaron que sí. Trajeron una cerveza San Miguel de
tamaño litrona y me quedé sorprendida. No era española, estaba fabricada en
Filipinas. Pero estaba bien, muy fresquita. Me quedaría allí disfrutando del
lugar y viendo pasar a la gente, sin prisa.
Llevaba una media hora sentada cuando vi
acercarse por la calle a mis tres compañeros de viaje: David, Eva y Kike venían
paseando y hablando entre ellos. Al final se habían decidido a salir. ¿Me
estarían buscando?, pero iba a ser mala y no les iba a llamar, dejaría que
caminaran un poco y ya los encontraría después. Yo quería terminar mi cerveza
sola y relajada. Pero al cabo de un rato volvieron por la misma calle y me
vieron. Comenzaron a llamarme y tuve que indicarles por dónde subir. Cuando
vieron la cerveza, David exclamó:
_ ¡Coño, pero si es una San Miguel!
_ Pues sí, pero de Filipinas - le dije.
_ Yo me tomo una y le hago una foto, porque
luego no se creen estas cosas.
Me pidieron otra litrona. Vaya moto que iba
a pillar.
Pero no fue para tanto. Aquí las cervezas
son tan flojas que casi parecen refrescos.
Les hice un rato de anfitriona; yo ya había
recorrido el lugar y les mostré los sitios que ya sabía eran de interés, pero
sin entrar en ninguno. Que esperasen al día siguiente.
Cuando llegó la noche, las casas
encendieron los farolillos que colgaban junto a sus puertas, y las calles se
llenaron de una luz diferente, para nada igualable a una calle iluminada con
luz eléctrica. Era un mundo fantástico. Probablemente cuando los chinos crearon
este pueblo, varios siglos atrás, las calles se iluminaban igual, con
farolillos pero con llamas dentro.
La gente del lugar fue desapareciendo en
busca de su cena. Nosotros también decidimos buscar un lugar donde cenar. No
era difícil, los restaurantes abundaban. Elegimos sentarnos en uno con unas
pocas mesas en la calle, y un aspecto muy casero. Comimos unos platos de pasta
acompañada con productos típicos del país, y muy picante. A mí me encanta el
picante, pero aun así era difícil aguantarlo.
Por la noche el pueblo de Hoi An sigue
siendo encantador, y su aspecto misterioso, como salido de otro mundo, invitaba
a quedarse. Preguntamos si había alguna forma de volver al hotel a partir de
las diez de la noche. No
había problema, cualquier persona con un triciclo nos llevaría. Estaba
decidido, nos quedaríamos para tomar unas copas en algunas de sus terrazas, y
disfrutar de aquella noche tan agradable. Todas las terrazas se llenaron de
extranjeros, se escuchaban hablar muchos idiomas. Gentes de lugares diversos
nos habíamos encontrado en un mismo punto; hablamos entre nosotros, nos
preguntamos por nuestro viaje. Nos cruzamos con otros españoles. No hay nada
tan increíble como conocer a tantas personas al mismo tiempo, compartiendo algo
común. Pocas cosas te enriquecen tanto.
La noche terminó con una lluvia torrencial,
de éstas tan comunes en esta zona, que llegan sin previo aviso. Llegué al hotel
totalmente empapada, pero sin parar de reír. Había sido una tarde buenísima,
todo había merecido la pena, incluso la lluvia.
Una buena ducha, la ropa a tender, y al día
siguiente estaría lista para continuar. Debíamos coger un avión para
trasladarnos a la
antigua Saigón, hoy conocida como Ho Chi Minh.
Me
gusta más llamarla Saigón, tengo la sensación de encontrarme en un lugar más
conocido, más típico. El nombre de Ho Chi Minh no me dice nada, y desde luego
no lo identifico con esta ciudad. Es la ciudad más cosmopolita de Vietnam. Su
aspecto es el de una gran capital europea, aunque con sus toques orientales. La
zona comercial presenta el aspecto de cualquier ciudad moderna: rascacielos,
edificios modernos, grandes avenidas, personas con traje que van y vienen a sus
oficinas, y el puerto, a donde llegan grandes petroleros.
Al mismo tiempo es la ciudad más colonial
de todo el país. Fue durante mucho tiempo la capital de Vietnam. Sus grandes
monumentos recuerdan la época del colonialismo francés. Aquí se encuentra la
Catedral de Notre Dame, en el centro histórico; junto a ella el edificio de
Correos, de arquitectura neocolonial, o el Teatro Municipal.
Son muy características sus panaderías,
donde se pueden encontrar esas barras y brioches tan típicos en Francia. Ésta
fue una importante colonia francesa y su impronta sigue viva más que en ningún
otro lugar del país. Pero en Saigón también queda el espíritu que dejó el
ejército americano. Aquí se encontraba el cuartel general de las tropas
americanas durante la guerra de Vietnam. Los pubs tienen un aspecto muy
occidental, herencia de aquel ambiente que durante un tiempo llenó este lugar.
Sin embargo no debemos olvidar que estamos en el Lejano Oriente, y de alguna
forma esto termina apareciendo. Las pagodas se pueden encontrar en cualquiera
de los rincones del viejo Saigón.
Siempre fue la capital de Vietnam, hasta
que en época comunista, y tras la derrota de Vietnam del Sur en la guerra con
Vietnam del Norte, la capital fue trasladada a Hanoi, y su nombre sustituido
por el de Ho Chi Minh. Pero esto no le ha hecho perder la grandeza que como
gran ciudad siempre tuvo.
Pasé todo un día recorriendo sus avenidas,
y sobre todo recorriendo el viejo Saigón. La Catedral de Notre-Dame, una
catedral católica, se encuentra en el centro. No hay gran diferencia con
cualquier otra catedral europea, quizás no es tan grandiosa.
Entramos en un restaurante para probar el
Pho; nos lo habían recomendado. Es una sopa vietnamita hecha con unos
tallarines muy anchos elaborados con pasta de arroz, y acompañada con
ingredientes diversos como verduras, carne o pescado. Cuando me lo pusieron
delante no podía creerlo. Un cuenco similar a las ensaladeras redondas que
existen en España, totalmente lleno hasta el borde.
_ ¿Todo esto me tengo que comer? - exclamé.
_ Pero si sólo es sopa - me decía David.
_ Sopa y un montón de cosas más. Además
estos tallarines son enormes.
Cogí mis palillos y empecé a enrollar como
pude aquellas tiras largas de pasta. No tenían mucho sabor, pero se podían
comer. Después intenté pescar el resto de ingredientes que flotaban en el caldo.
Yo seguía empeñada en comer exclusivamente con palillos. Al final opte por
beber directamente de aquel cuenco hasta que ya no pude más.
Al día siguiente estuvimos en uno de los
lugares donde fabricaban los tallarines de pasta de arroz. ¡Menos mal que los
habíamos comido el día anterior, porque de lo contrario ya no los hubiéramos
probado! El lugar no se caracterizaba precisamente por su higiene.
Pasamos el resto del día caminando por el
puerto y viendo como llegaban los grandes petroleros, y como maniobraban para
conseguir salir.
Desde Saigón se puede realizar una visita a
los túneles de Cuchi. Los túneles del Vietcom, lugares donde permanecían
escondidos y desde donde atacaban al ejército americano sin que éste se diera
cuenta de dónde le venía el ataque. Es un lugar mantenido exclusivamente para
el recuerdo de un hecho histórico del que se sienten orgullosos, pero del que
ya no se habla, aunque en este lugar se mantiene vivo.
A la llegada fuimos recibidos por unos
guerrilleros vestidos con la misma indumentaria que en su día vestían los
vietcom. Entramos en una serie de barracones donde nos explicaron cómo
funcionaba el sistema de túneles excavados en la jungla, y como cientos de
personas vivían dentro. A continuación es inevitable visualizar una película,
que en realidad es un manifiesto antiamericano total.
Pasados estos formalismos entramos en la jungla. A lo largo de un
trecho vamos encontrando tanques dispersos entre la maleza y milicianos del
vietcom en distintas escenas de lo que representaba su vida diaria, hasta
llegar a la zona donde se encuentran los túneles. Vimos una entrada original, y
una de aquellas personas se introdujo por ella, colocando a continuación la
tapadera totalmente camuflada. Era invisible; nadie hubiera supuesto que allí
estaba la entrada. Pero
lo más sorprendente era su tamaño; aquella entrada era como una caja de zapatos,
y por ella entraban y salían sin ningún problema. Es cierto que los vietnamitas
son pequeños y delgados, pero incluso así parece mentira la facilidad con la
que entraban.
Yo sabía que se podían visitar los túneles,
pero, ¿no tendríamos que entrar por allí?
_ ¿Pues por dónde creen ustedes que van a
entrar? - nos dijeron.
_
Pero por ahí no puedo pasar - contestó David, que es un hombre muy fuerte.
_ Ni los demás - contesté yo-, es
imposible, nos quedaremos atascados.
Aquellos hombres se reían y nos decían que
ya nos empujarían, aunque fuese con el tanque. Cuando ya nos habían tomado el
pelo suficientemente, nos dijeron que se había abierto una entrada especial
para los turistas, de un tamaño adecuado para nosotros.
_ Pero una vez dentro, ¿cómo son los
túneles de anchos? - preguntó David -. Mírame tío, ¿tú crees que podré pasar
sin problema?
_ He visto casos peores - le contestó
nuestro guía-. Pero yo iré detrás, y si te quedas atascado con una patada te
desatasco.
Dejamos de preguntar y entramos. La entrada
ya era otra cosa, incluso con escaleras para poder bajar. ¡Lo que consigue el
turismo! Una vez dentro comenzamos a caminar en fila. Los túneles son realmente
estrechos, hay que agacharse un poco y avanzar sin saber hacia dónde vas. No es
nada recomendable para claustrofóbicos.
Ahora se había instalado luz eléctrica, al
menos en el tramo preparado para las visitas turísticas, pero en su momento por
allí caminaban con candiles y linternas.
Los túneles se ramifican en todas
direcciones y es difícil mantener la orientación bajo tierra. La verdad es que
son impresionantes. Después de caminar durante un rato llegamos a una pequeña
habitación donde podíamos ponernos en pie: había una mesa con bancos corridos
en el centro y un hornillo en un rincón. Una mujer vestida de guerrillera
estaba allí y nos indicó que nos encontrábamos en la cocina y que estábamos invitados
a una comida tal y como las hacían los vietcom en su día.
Nos sentamos en la mesa y nos puso unos
cuencos metálicos delante, llenos de una sopa ligera que estaba muy buena.
Después nos sirvió unas verduras salteadas y un té con unos pequeños pastelitos.
Fue muy curioso, una comida vietcom bajo tierra, en un sitio auténtico.
Salimos por otro lugar después de seguir
caminando sin saber hacia dónde. Es una experiencia interesante. No es tan
traumática como muchos creen, excepto para las personas claustrofóbicas.
Salimos temprano de Saigón para continuar
viaje hacia el sur. Ahora seguíamos por carretera, al menos durante un tiempo.
Por el camino me di cuenta de que cada vez había más agua alrededor, los lados
de la carretera estaban plagados de redes extendidas, sujetas por una
estructura de madera que les permitía subir y bajar. Era similar a lo que años
después vi en India, en Cochin.
Sin apenas darnos cuenta llegó un momento
en el que el agua nos rodeaba, el minibús parecía flotar puesto que en algunos
tramos la carretera desaparecía de la vista y sólo se veía agua. ¿Qué estaba
pasando?
_ Nos estamos acercando al Delta del río
Mekong - nos comentó nuestro guía-. En esta zona es normal que el río inunde la
carretera, sobre todo en esta época en la que seguimos con monzones. Pronto
abandonaremos el minibús y nos despediremos de nuestro conductor para continuar
por el río; ya no volveremos a subir a un autobús.
_ ¿Quieres decir que el resto de nuestro
viaje será en barca? - le pregunté.
_ Sí, en concreto en lancha rápida. Os
encantará. Estamos en el Delta del Mekong, aquí todas las comunicaciones son a
través del río.
_ Pero después tenemos que llegar a
Camboya, supongo que seguiremos en autobús.
_ Si pensáis eso estáis equivocados. Voy a
desvelaros la sorpresa del viaje, aunque no pensaba hacerlo hasta que llegara
el momento.
Aquello me interesaba, una sorpresa. Esas
cosas me gustan, y suponía que sería agradable.
_ Para llegar a Camboya todo el mundo vuela
desde Ho Chi Minh hasta Pnhom Penh, pero nosotros haremos algo que sólo desde
hace un año está permitido. Los vuelos son todos iguales, pero nosotros
remontaremos el río Mekong en lancha rápida hasta Pnhom Penh y os dejaré en
manos de los camboyanos. Pero para eso quedan unos días, ahora disfrutad del
Delta del Mekong.
Llegamos a un embarcadero donde una lancha
nos estaba esperando. Subimos el equipaje y nos adentramos en el Delta. Es un
mundo increíble, la vida rebosa por todas partes, y toda la vida gira en torno
al agua.
Lo que más sorprende del Delta es su
extensión, mires donde mires sólo se ve agua. Las barcas van y vienen por todos
lados, pescando, transportando todo tipo de cosas, vendiendo sus productos a
otras barcas. Son muy características las plantas flotantes que en algunos
lugares llegan a formar auténticas islas. Junto a ellas es normal ver personas
sumergidas, pescando los peces que se refugian entre las raíces.
En los lugares más tranquilos donde el agua
está relativamente quieta, los nenúfares lo inundan todo. Las barcas no se
adentran entre ellos para no romper tanta belleza. Es precioso ver estas
plantas flotando sobre el agua y con su flor en alto, ¡parecen tan frágiles!
El trayecto por el río lo hacíamos de
varias formas. En algunos momentos la lancha iba a máxima potencia. Qué gozada
era sentir el aire y el agua en la cara mientras surcábamos aquellas aguas.
Cuando llegábamos a lugares interesantes, la lancha paraba y se desplazaba como
si de una barca de remos se tratara, entonces podía ver todo lo que había a mi
alrededor. Las casas eran palafitos junto a la orilla. Las mujeres
lavaban y limpiaban los utensilios de cocina en el río. Los niños jugaban
dentro del agua y se lavaban los dientes directamente en el río.
Bajamos en un jardín junto a la orilla
donde nos esperaba una comida bajo los árboles. La comida consistía en unos
pescados feísimos ensartados en unos palos, era el pez oreja de elefante. Su
sabor no estaba mal, pero nunca he comido un pescado con tantas espinas,
aquello era imposible.
Tras la comida todos se quedaron tumbados
bajo los árboles; yo me marché y paseé un rato por la orilla. En una de las
casitas, una niñita de unos meses estaba plácidamente dormida en una hamaca,
sujeta entre dos árboles. Me quedé mirándola. Allí estaba sin ningún problema;
en España hubiera sido impensable. La familia me vio y salieron para contarme
no sé el qué, porque no les entendía. Pero debí caerles bien porque el hombre
volvió a entrar en la casa y salió con un coco verde y un machete. Le hizo un
agujero en la parte superior y me lo ofreció. Estuve un rato sentada con ellos,
bebiendo de aquel coco que era interminable, y observando pasar la vida a
través del río.
Volví al jardín, no fuera que la lancha
partiera sin mí. Todos estaban dormidos a la sombra de la vegetación. Cuando
fueron despertando reanudamos la marcha. Nuestro destino era el pueblo de Cantho.
Llegamos al hotel, junto a la orilla del
río.
El pueblo no tenía gran atractivo, todo su
encanto era el Delta, pero a pesar de todo salí a recorrerlo. Muchas de sus
calles estaban inundadas; aquí era normal vivir así.
_ ¡Qué fastidio estar siempre con el
parquet encharcado!-, exclamé.
Encontré una pequeña mezquita. En este
lugar no hay musulmanes, pero allí debía haber una pequeña colonia. Entré y
como no podía ser de otra forma, toda la sala estaba llena de agua. Una mujer
con una escoba la empujaba hacia fuera,
pero de una forma o de otra se las arreglaba para volver a entrar. Hasta el
pequeño cementerio que se encontraba al lado estaba lleno de agua.
Tras mi paseo por aquellos lugares, que a
pesar del agua pude recorrer, decidí volver al hotel. Había comprobado que
tenía buen aspecto y seguro podría hacer algo más interesante. El hotel era un
resort en el Delta. En la orilla se encontraba atracado un barco que más bien
parecía un galeón español. Se trataba de un bar donde servían unos combinados
estupendos. Me senté en uno de los salones, aunque terminé saliendo a cubierta.
Mis compañeros de viaje estaban vencidos por el calor y la humedad, cuando
vinieron a buscarme yo ya les llevaba ventaja. Pasamos la noche tomando
cócteles e intercambiando impresiones sobre todo lo que habíamos visto y sobre
lo que quedaba todavía.
A la mañana siguiente la lancha nos estaba
esperando para acercarnos al mercado de Cantho, el más importante de todo el
Delta. Por supuesto el mercado se celebraba en el río donde decenas de barcas
pasaban a nuestro lado, repletas de todo tipo de productos, especialmente
frutas y verduras.
La zona del mercado era una locura de
gente, los compradores se acercaban a los vendedores y compraban de una barca a
otra. Allí había de todo: barcas llenas de patos, gallinas, cerditos, flores,
utensilios de cocina, aparejos de pesca, repuestos para motos, bicicletas,
vestidos, sombreros; en fin, un auténtico mercado, pero flotando en el Delta.
También había muchas barcas-cocina. En ellas se cocinaba todo tipo de cosas que
eran adquiridas desde las otras barcas. Desayunos y comidas sin salir del agua.
Las lanchas de turistas se mezclaban con
toda esta algarabía y se fundían con ella. Éste es el corazón del Delta y el
lugar a donde llegan todos los viajeros que desean conocerlo. Más lejos son
pocos los que continúan; nosotros fuimos de esos pocos.
Después de una mañana intensa de mercado y
recorridos en lancha, regresamos al hotel para comer y seguir viaje. La mayor
parte de los extranjeros regresan desde este punto a Saigón para tomar un avión
de regreso a sus países, o para llegar a la cercana Camboya.
Nosotros nos adentraríamos todavía más en el Delta, hasta el
pueblo de Chau Doc, desde donde pasaríamos a Camboya remontando el río Mekong.
Nos llevó unas horas llegar a Chau Doc, con
la lancha a toda velocidad. Fue fantástico. Llegamos al atardecer a esta
población, pequeña y tranquila. Aquí es difícil encontrar extranjeros, de hecho
en el hotel solamente estábamos nosotros ocho. Todo el hotel era para
nosotros. No había gran cosa que hacer,
excepto contemplar las barcas que pasaban, y jugar al billar. Como solamente
éramos nosotros, nos comunicaron que a las ocho de la tarde nos servirían la cena. Debíamos
estar todos porque no esperarían. Decidimos tomar algo y jugar una partida de
billar en uno de los salones con vistas al río. Eva y yo, como todo novato que
no sabe ni coger el palo, ni golpear la bola, terminamos ganando. Fue un rato
divertido. Es muy agradable esa sensación de tener todo un hotel para ti solo.
Un poco antes de la hora convenida, llegó
un hombre impecablemente vestido y nos dio la bienvenida. Era el
director del hotel, un francés que llevaba toda la vida viviendo en Vietnam.
Como el capitán de un barco, nos invitó a pasar al restaurante y nos acompañó
durante la cena, haciendo de perfecto anfitrión. Aquí se podía hacer este tipo
de cosas, la afluencia de público era escasa y se podían permitir tratar a los
huéspedes como si de invitados importantes se tratara.
Me desperté cuando comenzaba a amanecer, me
despertó el silencio. Aquella era una parte del río tranquila. Salí a la
terraza y contemplé como el sol comenzaba a iluminarlo todo. Poco a poco el río
comenzó a cobrar vida. Las barcas empezaron a moverse, pasaban frente a mí y
algunos me saludaban con la mano, otros me daban los buenos días. No estaban acostumbrados
a ver muchos extranjeros y les gustaba ser amables.
Me vestí para desayunar; al igual que para
la cena teníamos una hora prevista para no incomodar mucho. Nos prepararon un
desayuno opíparo, una buena despedida de Vietnam, porque éste sería el último
día. Aquella noche dormiríamos en Camboya.
Tras el desayuno salimos hacia un pueblo
cercano caracterizado por ser un pueblo flotante, un auténtico poblado del
Delta. Las casas estaban clavadas en el lecho fluvial, eran de madera y todas
tenían un porche abierto al río. Las calles, por darles un nombre, eran
pasarelas de madera clavadas también al lecho del río, y con la anchura justa
para una persona. En todas las puertas había atada una pequeña barca. Los
habitantes se desplazaban tanto en barca como por las pasarelas de madera. Los
niños jugaban como en cualquier otro sitio, pero lanzándose al agua y yendo de
un lado para otro a nado. Nadie estaba pendiente de ellos, sabían desenvolverse
perfectamente en aquel medio.
Bajamos de la lancha y estuvimos paseando
por las pasarelas. Al principio iba con mucho cuidado, tenía la sensación de
que al mínimo fallo caería al agua, pero transcurrido un rato le pillé el punto
y podía caminar sin problema.
Entramos en una de las casas. Nos recibieron
en el porche y nos dieron unos cocos como el que había tomado días atrás. La
familia era bastante numerosa, varios niños de todas las edades nos miraban.
Una niña pequeña era muy graciosa, con dos coletas de pelo negro, unos ojos
almendrados, y unos mocos que le llegaban a la boca. Nos miraba
fijamente, como si le resultáramos extraños. Me acerqué y me hizo gestos para
que la siguiera. Entré
en la casa tras ella y me señaló un agujero cuadrado en mitad del salón, o de
una sala rodeada de cojines. A través de aquel agujero se veía el río debajo.
La niña entró en una habitación contigua y salió con algo en la mano que lanzó
al agujero, al momento un montón de peces comenzaron a saltar y mover el agua
que había debajo. Me miraba y me alcanzó un poco de aquel pan desmigado para
que lo lanzara yo; mientras lo hacía, ella cogió una red y atrapó un pez,
después me cogió de la mano y me llevó a la cocina para explicarme por gestos
que su madre lo cocinaría. No habíamos hablado, pero me explicó perfectamente
cómo pescaban lo que necesitaban para comer. Qué listos eran, el pescado
siempre fresco y sin salir de casa.
Cuando los demás entraron y la madre les
explicó cómo pescaban, yo ya no necesitaba atender. Me senté en aquellos
cojines y terminé el coco.
Regresamos al hotel para recoger el
equipaje y un aperitivo para el camino, puesto que nos esperaban unas horas en
lancha remontando el río Mekong hasta llegar a Camboya. Por el camino no
encontraríamos ninguna población con un restaurante, por lo tanto teníamos que
llevarnos la comida.
Alguna persona del grupo protestaba por las horas que
teníamos por delante, con lo cómodo y rápido que era el avión.
Para mí era una aventura. Nos pusimos unos
impermeables para protegernos del agua que salpicaría y de posibles lluvias
imprevistas. También tuvimos que ponernos unos chalecos salvavidas, y salimos.
Abandonábamos Vietnam, pero nos esperaba Camboya.
El trayecto fue una pasada. Lanzados por el
río, viendo pasar a toda velocidad las orillas y las personas que nos
saludaban. Ninguna otra lancha estaba haciendo ese trayecto, éramos los únicos.
Ocho turistas perdidos en un lugar olvidado, pero auténtico de verdad. Tres
horas a toda velocidad río arriba, hasta que llegamos a la frontera.
Allí tuvimos que parar para hacer los
trámites de salida y entrada. El puesto fronterizo era una casucha en mitad de
toda aquella jungla, con una alambrada que separaba una parte del campo.
Solamente hacía un año que se permitía pasar extranjeros por allí, y no estaban
preparados. Ni en la mejor de las películas se hubiera logrado un escenario tan
auténtico. Estuvimos casi una hora sentados en el suelo de la jungla, mientras
los funcionarios de uno y otro país, que compartían caseta, hacían todos los
trámites.
Alguien comentó:
_ Esto es de auténtica película. Ocho
turistas tirados en un puesto fronterizo de otro siglo, en el culo del mundo.
Si nos quieren encontrar, nadie lo lograría.
Y mientras nosotros estábamos allí
esperando, la población del lugar pasaba por la valla como si no existiera.
_ ¿Pero todos estos no tienen que hacer
trámites para cruzar?
_ Estos, seguro que viven aquí cerca. No
van a ir muy lejos por cruzar sin pasaporte, además seguro que se conocen
todos.
Cuando por fin acabaron todos los trámites,
volvimos a la lancha, nos acomodamos de nuevo y continuamos, ahora sí que
habíamos abandonado Vietnam, y como despedida nos cayó una lluvia de monzón, mientras
seguíamos a toda velocidad remontando el río Mekong.