martes, 23 de julio de 2013

De Galilea a Catai (5)




POR LA PEQUEÑA SORDOMUDA

  CAMBOYA

 
    Ya estábamos en Camboya, aunque el paisaje era el mismo. Solamente habíamos traspasado una línea invisible. Pero una línea que marca la diferencia entre un mundo y otro. Vietnam era ahora un lugar moderno, aunque manteniendo su identidad y su encanto oriental, la vida no era fácil, pero ¿dónde lo es?
    Camboya era un paraíso, pero un paraíso donde se implantó el infierno.
    Después de dos horas remontando el río en lancha rápida, comienza a verse al fondo una ciudad. Se ven algunos edificios: era Phnom Penh, la capital de Camboya.
    Llegamos al embarcadero desde donde se acercaron varios hombres, pequeños y delgados, para hacerse cargo de nuestras cosas. Subimos a una furgoneta pequeña y nos llevaron al hotel. Mientras recorríamos las calles me di cuenta de algo que me sorprendió muchísimo. ¿Dónde estaba el asfalto en algunas de las calles? Allí había casas y edificios, por supuesto, pero el espacio entre ellos no era una calle como todas las calles del mundo. No había asfalto, ni cemento, era un camino de tierra, piedras y baches.

    Y en este punto, antes de continuar con mí estancia en este país y lo que viví, voy a romper una norma que me propuse cuando comencé a escribir. Mi intención no era juzgar regímenes ni ideas políticas. Pero también supe siempre, desde que comencé a escribir, que rompería esta regla, aquí en Camboya. Y lo haré porque este país y esta gente merecen que se haga algo por ellos, quizás demasiado tarde, pero se lo merecen, y yo tengo una deuda con ellos. Me dieron mucho cariño, y me enseñaron una gran lección de humanidad. Si ahora soy mejor persona se lo debo a mucha gente, pero sobre todo se lo debo a ellos.
    Si existe el infierno, sin ninguna duda estuvo instalado aquí, y todavía continua, porque sus secuelas tardarán años, incluso generaciones en desaparecer. El ser humano es fuerte, dicen que está programado para sobrevivir, y no me cabe ninguna duda de que así es; el pueblo camboyano me lo demostró.
    Entre 1975 y 1979, Pol Pot, el líder de los Jemeres Rojos, se hizo con el poder e instauró un régimen de terror como nunca antes se había conocido. Un régimen que aniquiló a su propio pueblo, a sus vecinos, sus amigos, su familia, a todo aquél que se oponía a sus ideas.
    De firmes ideas maoístas llevadas al límite, quiso crear una Kampuchea Democrática sin ciudades. La fuerza y el poder de un país estaban en el campo, en la tierra. Las ciudades eran foco de subversión, de ideas revolucionarias. La educación, las escuelas, las universidades, los libros, sólo conseguían meter en la cabeza de la gente ideas equivocadas; nada bueno podía venir por ese lado. Había que acabar con todo eso y llevar a las personas hacia los pueblos. Trabajar en el campo de sol a sol, sin tiempo para pensar, es lo que haría grande un país. Los trabajadores no necesitaban pensar, para eso ya estaban los dirigentes políticos; ellos les dirían qué debían hacer. Ni siquiera los lazos familiares eran buenos, debilitaban a las personas. Si se separaba a los esposos, a los padres de los hijos, a los hermanos de sus otros hermanos, al final todos serían más fuertes. Preocuparse sólo de ellos mismos les haría más productivos.
    Con estas ideas, el resultado fue dramático. Las ciudades fueron obligadas a ser desalojadas, todo el mundo tenía que ir hacia el campo. La capital, Phnom Penh, fue un drama. Todo el que se negaba a abandonarla era hecho prisionero y llevado a un centro de tortura. Las escuelas y universidades se convirtieron en prisiones, ya no servían para otra cosa. La educación estaba prohibida.
    Cualquier cosa absurda era motivo para detener a una persona, torturarla y asesinarla: hablar inglés, francés o cualquier otro idioma, saber leer, tener un libro, incluso llevar gafas, podía ser tomado como un signo de cultura. Si era así, esa persona tenía que ser eliminada. Era imposible reconvertirlos, y además contaminarían a los que sí habían sido sometidos; mejor eliminarlos.
    Las familias fueron destrozadas, todos sus miembros separados y enviados a lugares apartados unos de otros. Se rompieron los lazos familiares y se vigilaba que no surgieran otros nuevos. Todo por la nueva Camboya, que resurgiría para enseñar al mundo cómo se hacía grande un país.
    Todo esto tuvo una consecuencia trágica. Entre dos y tres millones de personas fueron asesinadas, eliminadas por una idea absurda, demente, totalmente irracional. Miles de familias se rompieron, sus miembros se quedaron solos, sin saber si los demás seguían viviendo en algún lugar o habían sido eliminados. Las ciudades fueron destruidas, arrancado el asfalto de sus calles, destrozados sus templos, bibliotecas, escuelas, todo lo que era considerado malo y subversivo. Los campos y caminos se llenaron de minas para evitar que la gente escapara del lugar que le había sido asignado, para evitar que a pesar de todas las precauciones intentaran encontrar al resto de sus familiares.
    Y todo esto ocurrió al margen del mundo, nadie hizo nada por evitarlo. ¿A quién le importaba un país como Camboya?, allí no hay nada que nos pueda servir. En estos lugares tan incivilizados pasan cosas muy extrañas, mejor dejarlos que se las arreglen solos, en sitios así no suele gustarles que nadie se inmiscuya. Algunos países dijeron lo que estaba ocurriendo, pero todos hicieron oídos sordos.
    Estaba cercana la guerra de Vietnam. Mira cómo salieron los americanos por meterse donde nadie les llamaba. Mejor dejamos que arreglen ellos solos sus problemas. Y el resultado fue el infierno. Entonces y ahora, porque el régimen de Pol Pot cayó, pero sus consecuencias continúan, y superarlas no será tarea fácil. Finalmente la comunidad internacional se hizo cargo, Pol Pot fue juzgado, aunque ya era tarde para tres millones de personas muertas, y para miles de ellas que continúan arrastrando las secuelas y las consecuencias que las minas han dejado en la población.
    Llegué a Phnom Penh y en pocos minutos estaba viendo algunas de esas consecuencias. Algunas calles de la ciudad seguían destrozadas, no existían. Habían pasado veintitrés años desde el fin del régimen, pero nada se había reconstruido: ni las ciudades, ni las personas, aunque éstas últimas de una forma o de otra seguían adelante. Es cierto que el ser humano se sobrepone incluso en la peor de las situaciones.
    Todo el mundo, sin excepción, estaba marcado por la tragedia. Muchos habían perdido a toda su familia, asesinados o simplemente perdidos y no encontrados. Otros tenían más suerte, habían conseguido reunirse con algunos miembros perdidos: un hermano, una madre, o un vecino que lo recordaba y lo adoptaba. En otros casos se había rehecho la vida, se habían creado familias nuevas, se volvía a tener ilusión, aunque no se podía olvidar lo perdido.
    Pero los tentáculos del horror son muy largos, y llegan muy lejos. A veces el paso del tiempo no termina con el terror. Todas aquellas minas que sembraron los caminos para evitar escapadas, siguen ahí. Poco a poco van apareciendo, pero por desgracia cuando lo hacen es porque alguien pone el pie encima. El número de personas mutiladas es enorme, más dolor y sufrimiento que añadir al ya existente. Desde hace varios años hay una gran concienciación en la comunidad mundial para terminar con este problema, y se está haciendo mucho, pero todo el daño infringido con anterioridad ya no puede evitarse.
    Y aún hay más. La situación en la que quedó todo, la falta de ayuda internacional, las miserias y degeneraciones humanas, han llevado a este país a convertirse en el paraíso de pederastas, degenerados y personas totalmente despreciables. No quiero culpar a la población camboyana, a los padres que ofrecen a sus hijas o las venden. Salir adelante en este lugar es complicadísimo. Supongo que nadie hace esto por placer. La culpa es de todos aquellos que se aprovechan del dolor y las penurias por las que pasan otros, para satisfacer sus instintos más bajos y deplorables.
    No me cabe duda de que me crucé con algunos de ellos. No se les distingue de los demás extranjeros, pero están ahí, babeando por todo lo que pueden conseguir a un precio muy barato. Me daba asco sólo con pensarlo. Cuando veía aquellas niñas con su carita de porcelana, sus ojos almendrados, tan bonitos, sus sonrisas y su aspecto inocente, me indignaba sólo con pensar que algún degenerado les rompería tanta inocencia, sobándolas con sus sucias manos, violándolas y recreándose con ellas sin que las pobres supieran por qué les estaba pasando todo aquello. Cuando regresé a España algunos de mis conocidos me decían:
    _ A lo mejor te lo has imaginado, seguro que no ocurre. Qué padre iba a dejar que le hicieran eso a su hija pequeña.
    _ Sí ocurre. Y lo sé porque te lo ofrecían por la calle. Con nosotros no sirvió porque no era lo que buscábamos, pero sí hay personas que van sólo para eso, y no tienen que buscarlo, te lo ofrecen. ¿Qué pederasta se va a resistir a una niña que se le ofrece en bandeja de plata y a un precio bajo? Y si buscas una virgen no hay problema, pagas algo más pero la tienes en el momento. Por supuesto que ocurre. Ningún león hambriento pasa de largo junto a su presa indefensa.

     Lo primero que visité en Phnom Penh fue el Museo del Genocidio. En su momento fue un colegio convertido en prisión. Las aulas se convirtieron en celdas donde torturaban y asesinaban a los detenidos. Dicen que más de veinte mil personas pasaron sólo por aquel centro, y solamente se salvaron diez personas. La gente lo llamaba: “el lugar donde se entra y no se sale”. La sensación que te embarga cuando estás dentro es inenarrable. Las paredes de las múltiples habitaciones están cubiertas por las fotografías de las personas que estuvieron allí, fotos cuando todavía estaban vivos y torturados, y después de muertos. Anduve despacio, no porque hubiera nada que ver, sino porque correr y hacer ruido me parecía una deslealtad a tanto dolor como allí existió.
    Llegué a una sala impresionante, en ésta y las que seguían a continuación se levantaban montañas de cráneos humanos. Cientos de cuencas vacías me miraban, a mí y a todos los que allí estábamos, que no éramos muchos. Me quedé paralizada, mirando aquellas cuencas vacías, no me podía mover, no podía seguir adelante. De pronto me di cuenta de que a mi lado había alguien. Bajé la vista y vi a un niño; también estaba mirando los cráneos, no apartaba la vista de ellos. Tendría unos nueve o diez años, y en su mano derecha llevaba una muleta que le permitía caminar, porque su pierna derecha había desaparecido por debajo de la rodilla. Le acaricié el pelo y entonces se volvió hacia mí. Me miró y me sonrió. Yo le pregunté qué le había pasado, pero no me entendía. Entonces le señalé la pierna y entendió. Me hizo un gesto con la mano mientras decía:
    _ ¡Bummmm!
    Había pisado una mina, ¡pobrecito!, pero tenía suerte, seguía vivo. Había nacido después del genocidio, pero el horror le había alcanzado. Y allí estaba, mirando a los que le habían precedido y habían muerto por defender un país en el que ahora estaba él, pero ¿habían conseguido realmente algo?
    Le cogí la mano y me la dio. Caminamos juntos, cogidos de la mano, pasamos por las demás salas repletas también de cráneos, hasta que salimos fuera. Entonces se marchó, se despidió de mí, diciéndome adiós con la mano, y se fue renqueando, utilizando la muleta que le permitía caminar.
    Hasta aquí el horror. Siempre hay que mirar hacia adelante, sin olvidar el pasado para aprender de él. Quise disfrutar de este país y de su gente. Porque Camboya es un lugar apasionante, único, increíblemente auténtico. Solamente estuve cinco días, pero me marcaron enormemente. Me encariñé de este lugar, de su gente, de su cielo y de su rico patrimonio. Y cuando me marché lo hice llorando. Nunca me ha ocurrido en ningún otro lugar, pero cuando el avión despegaba y sus paisajes quedaban atrás, por mis mejillas corrían las lágrimas.

     A pesar de su aspecto destruido, Phnom Penh tiene cosas preciosas, y la más espectacular de ellas es el Palacio Real. Éste no resultó afectado y por suerte puede verse en todo su esplendor. Hacía bastantes años estuve en Tailandia, y desde entonces no había vuelto a ver esos edificios tan característicos, con sus tejados multicolor. Aquí estaban de nuevo.
   El Palacio Real está formado por un gran número de pabellones repartidos a lo largo de jardines muy cuidados. Son los típicos edificios con tejados sobrepuestos uno sobre otro, con formas triangulares y colores dorados y rojos. Es la imagen que siempre surge al evocar el Lejano Oriente.
    El salón del trono es magnífico, se llega a él tras ascender unas escaleras flanqueadas por sendas nagas o serpientes sagradas, al final de la escalera se accede a una terraza llena de columnas blancas que sujetan un gran dintel triangular, cubierto con pan de oro y rematado por pináculos dorados.
    Todos los edificios que componen el complejo son similares, pero hay uno especialmente importante: la Pagoda de Plata. Dentro de ella se encuentra el templo real, con estatuas de Buda en oro e incrustaciones de piedras preciosas. Pero lo más característico de este templo es el suelo. Está cubierto por más de cinco mil baldosas de plata, sobre las que se debe andar descalzo.
    Sus jardines son de una gran exquisitez. En este lugar, el orden y la belleza se encuentran por todas partes. Además se puede visitar disfrutando de la tranquilidad que da la falta de turismo masivo. Recordaba esta misma estampa en el Palacio Real de Bangkok y aquello era desquiciante.
    Tras la visita del Palacio, fuimos al Museo Nacional. Es muy interesante para tomar contacto con la cultura Jemer, una cultura que levantó en el siglo XI una de las maravillas del mundo: la ciudad de Angkor.
    Otro punto importante en Phnom Phen es la Pagoda de la Montaña, ubicada en lo alto de una montaña en el centro de la ciudad. El lugar está plagado de monos.
    Por la tarde paseamos por las calles cercanas al hotel hasta llegar a una zona donde se encontraban todos los locales donde se reunían los extranjeros. La calle estaba llena de locales de copas, con terrazas donde la gente se sentaba en grandes sillones de mimbre.
    Aquí los extranjeros tienen aspecto muy aventurero, muy bohemio. No se encuentra el tipo de gente que puede haber en el Caribe, o incluso en Tailandia. Quien viene aquí busca aventura, emoción, conocer el mundo de forma diferente, busca lo auténtico. El ambiente que hay en estos locales es muy interesante. Hablas con la gente y siempre hay mucha información que intercambiar. Todos están muy bregados en recorrer el mundo. Se encuentran también muchos periodistas, reporteros escribiendo para revistas de viajes o para sus periódicos. Es un mundo realmente interesante.
    Volvimos al hotel cuando ya había anochecido. La calle de los extranjeros estaba bastante bien acondicionada, pero una vez fuera, la luz eléctrica brillaba por su ausencia. A pesar de todo, no te sientes en peligro, la gente es buena, ya han sufrido bastante para hacer sufrir a los demás.
    Andábamos despacio, intentando asegurarnos dónde poníamos el pie, porque los socavones estaban por todas partes. En algunos tramos, había personas cerca que nos ayudaban y nos señalaban por dónde teníamos que ir para no caernos. Son increíbles, con lo que tienen encima y se preocupaban más por nosotros que por ellos mismos.
    Por desgracia también tuvimos que enfrentarnos a la cara amarga. Al pasar junto a una casa, un hombre se nos acercó y señalándonos a unas niñas con aspecto muy inocente, nos las ofreció. Me quedé mirándolas, y estoy segura que rondaban entre los doce y los dieciséis años. ¡Pobrecitas!, ¿sabrían lo que se estaba tramando? Como denegamos su ofrecimiento, él seguía insistiendo, si el problema era el precio podíamos llegar a un acuerdo. Cuando se dio cuenta de que nosotros no buscábamos sexo con niñas, nos dejó. Pero seguro que esa misma noche, o la siguiente, encontraría clientes para su mercancía. Me quedé triste y llegué al hotel pensando que la vida era injusta. ¿Qué habían hecho aquellas niñas para merecer algo así? Solamente nacer en el lugar equivocado.
    Era injusto que esa circunstancia marcara la diferencia entre una vida satisfactoria y un infierno.
    La estancia en Phnom Penh no daba para más. El verdadero objetivo de nuestra visita a Camboya estaba hacia el norte, en el centro del país. Volamos en una avioneta hasta Siem Reap, el lugar que ha surgido junto a una de las grandes maravillas del mundo: La ciudad perdida de Angkor.

     Hay en el mundo tres lugares que permanecieron perdidos durante siglos, tres lugares grandiosos, imponentes, tres ciudades que marcaron un hito en su momento. Tres ciudades construidas por culturas con un nivel de conocimiento importante. Ninguna de ellas tuvo relación con las otras, ninguna conoció nunca la existencia de las otras dos, pero las tres tienen algo en común.
   Vivieron su momento de esplendor, y después, por circunstancias diferentes, fueron abandonadas y cayeron en el olvido. El tiempo hizo que todos se olvidaran de ellas, y la naturaleza las escondió del mundo, las protegió. Hasta que un hombre, en realidad tres hombres diferentes, por pura casualidad o porque los lugareños rumoreaban y ellos supieron entender esos rumores, las encontraron.
    La primera de esas ciudades es Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas. Fue descubierta por Hiram Bingham a principios del siglo XX. Situada en lo alto de una montaña en el Valle Sagrado de los Incas, su ubicación, colgada en el vacío, hacía casi imposible su localización.
    La segunda de esas ciudades es Petra, la ciudad perdida de los nabateos. Fue descubierta por Johann Buckhardt a finales del siglo XIX. Situada en el centro de un desierto de roca, y escondida por riscos y paredes elevadas, solamente se podía acceder a ella a través de un desfiladero natural cuya entrada nadie conocía, excepto los pastores bereberes que siempre habían vivido allí.
    La tercera ciudad es Angkor, la ciudad perdida de los khemer. La ciudad perdida en la selva de Camboya. Descubierta por Henri Mahout durante la segunda mitad del siglo XIX, se encontraba totalmente invadida por la exuberancia de la jungla camboyana. Hoy en día la vegetación invade gran parte de sus edificios, confiriéndoles una característica especial.
    Yo he podido, a lo largo del tiempo, conocer las tres ciudades. La primera que conocí fue Angkor.
    Para visitar Angkor es necesario llegar a Siem Reap, una población a tres kilómetros de las ruinas. El lugar está plagado de hoteles de todos los tipos y categorías.
    Angkor es una ciudad enorme, su extensión es de más de doscientos kilómetros cuadrados, a lo largo de los cuales se encuentran más de mil templos rodeados por la jungla, o totalmente invadidos por ella. Se necesitan varios días para ver lo más importante.
    Cuando se traspasan las puertas que dan acceso a todo el recinto de la ciudad de Angkor, lo primero que se encuentra es el gran lago sagrado. Al frente una hilera de árboles frondosos, tapan lo que se esconde detrás, pero cuando se continúa adelante, dejando atrás este muro verde, surge a la derecha un gran espacio cubierto de césped, y al fondo del mismo se levanta, imponente, Angkor Wat. El gran templo de la ciudad de Angkor.
    Un edificio con cinco torres, la central de altura superior a las demás. Su estructura es perfectamente simétrica. Todo él se refleja en un lago que se encuentra enfrente, dando una sensación de continuidad realmente espectacular. Solamente este templo ocupa casi un día completo. Cada una de sus torres alberga en sí un templo dentro. Sus corredores, tanto hacia un lado como hacia el otro, están totalmente llenos de grabados que relatan toda la mitología hindú. Por todas partes hay representadas “apsaras”: ninfas o bailarinas celestiales, esculpidas con todo lujo de detalle. Están cubiertas con velos transparentes que dejan ver sus cuerpos voluptuosos. Y crear todas estas sensaciones en piedra, es algo que nunca dejo de admirar.
    Cuando ya se ha recorrido todo el recinto inferior, y la memoria de la cámara está agotada por tanta fotografía, hay que subir a las torres para ver los templos que se alojan en ellas. Subir a la torre central es un reto, incluso para las personas que no tienen vértigo. Hay una escalinata en el centro del patio por la que se puede ascender, pero es totalmente vertical, de tal forma que para subir por ella hay que tumbarse y reptar escalera a escalera, sin mirar hacia abajo. A pesar de todo merece la pena subir, ya que se puede apreciar una vista única de todo el templo: su planta rectangular, sus líneas simétricas, y el lago que rodea todo el edificio, tras la línea de árboles.
    Sólo este templo ya merece el viaje a Camboya, pero Angkor es mucho, muchísimo más. Cuando se acerca el atardecer es muy recomendable subir a una colina donde hay otro pequeño templo, pero la ascensión no es para ver éste, sino para ver atardecer sobre Angkor Wat. La ascensión tiene su dificultad, es una ladera relativamente corta, pero llena de piedras sueltas que te hacen resbalar y retroceder a cada momento.  Cuando por fin se llega a la cima, probablemente esté lleno de gente, pero siempre se encuentra un espacio desde el cual observar el impresionante espectáculo que hay delante. Un mar verde se extiende ante la vista, árboles enormes invadiéndolo todo, y al fondo, como una isla dentro de este mar, las torres de Angkor Wat.
    Si se tiene suerte, y el día no está nublado, el atardecer sobre el templo es inolvidable. O al menos es lo que supongo, porque yo no tuve esa suerte. Las nubes no me permitieron verlo, pero la vista ya era suficiente motivo para estar allí. Si el lector ha visto y recuerda la primera película de Lara Croft: “Tom Raider”. La escena en la que Angelina Jolie se lanza desde el helicóptero sobre un templo, está rodada en esta colina, y puede verse esta vista, con Angkor Wat al fondo.
    El primer día no dio para más, y prácticamente no habíamos entrado en la ciudad de Angkor. Regresamos al hotel para refrescarnos, porque aquí la humedad es tan alta o más que en Vietnam. Una vez aseada y con mejor aspecto bajé al bar para tomar algo. Unas chicas con una cara angelical nos sirvieron unas cervezas, arrodillándose delante de nosotros y con la cabeza inclinada, nos prepararon las bebidas. Sé que es su manera de comportarse, pero a mí se me partía el alma al ver esa actitud de sumisión. Con la misma actitud se levantan suavemente, y juntando las manos con las palmas hacia dentro, se las acercan a la frente e inclinan la cabeza.
    Salimos a las calles de Siem Reap, pero volvimos pronto, era triste ver algunas cosas. Allí estaban todos los extranjeros de Camboya, y por lo tanto el mercado de mujeres era mayor que en cualquier otro sitio. Yo no podía soportarlo, me ponía mala sólo con verlo. ¿Qué podíamos hacer? Siempre me quedó una pena, una sensación de culpa porque no hice nada, vi aquello y pasé de largo. No sé si realmente hubiera podido hacer algo, o solamente me hubiera buscado problemas.
    Al día siguiente, durante el desayuno, sí que me enfrenté a alguien. No puedo soportar que haya personas que salgan de su casa creyéndose los amos del mundo, y si encima son españoles, todavía menos. Mientras estaba esperando en la cola para que un chico me preparara unos huevos a la plancha, un español, porque era español, le estaba gritando como un energúmeno porque el chico no le había hecho los huevos con puntillas. El pobrecito, que ni lo entendía ni sabía lo que era un huevo con puntillas, no sabía qué hacer, y aquel energúmeno le seguía increpando, diciendo que no podía consentirse que en un hotel de cinco estrellas no fueran capaces de hacer un buen huevo con puntillas. No lo pude remediar, salí de la fila, me acerqué a él y le dije:
    _ Si quieres unos buenos huevos con puntillas debías haberte quedado en tu casa, seguro que tu mujer te los preparará estupendamente.
    Se quedó tan cortado que no supo que responder. Yo terminé diciéndole:
    _ Coge esos huevos y llévatelos, que para comer comida española se queda uno en España.
    Por suerte la cosa quedo ahí. Pensaría que era una metomentodo, pero me daba igual. El chico me sonrió, y aunque no entendió lo que habíamos hablado, su sonrisa era de agradecimiento.
    Volvimos a Angkor. Hoy pasamos de largo junto al templo y nos adentramos en la ciudad propiamente dicha. Llegamos a un puente en cuyos lados se encontraban esculpidas unas figuras tocadas con gorros, eran los guardianes de la ciudad. Después de atravesar el puente se llega a una de las puertas de entrada. La ciudad tiene cinco puertas repartidas a lo largo de su perímetro. Se trata de unos pórticos de piedra muy altos,  rematados en su parte superior por las características caras que definen a esta ciudad. Son rostros humanos, de tamaño considerable, orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Aquí la vegetación ya comienza a ser exuberante y una parte de la puerta está dominada por ella.
    Una vez dentro de la ciudad, el primer lugar en aparecer, y uno de los más importantes, es el Bayon. Es el templo más importante del recinto interior de Angkor Thom, el recinto reservado para el rey. Da la impresión de ser una montaña medio derrumbada, pero una vez en su interior, te das cuenta de la cantidad de grabados que hay, y lo bien conservados que se encuentran. Hay paredes enteras esculpidas con las hazañas del rey.
    El templo tiene tres niveles y está formado por decenas de torres, todas ellas son rostros con una sonrisa apenas perceptible, pero presente. Las caras miran hacia los cuatro puntos cardinales, y se encuentran por todo el templo. Es uno de los edificios más enigmáticos y bellos de la ciudad.
    Subir hasta la torre central, como el día anterior, tiene su dificultad. ¡Pero cómo no subir y ver el conjunto desde arriba! Además yo tenía al guía camboyano indicándome todos los puntos desde los cuales salían las mejores fotografías, y tengo que reconocer que conseguí fotos alucinantes.
    Me gustaba hablar con él y desde el primer momento venía a buscarme para decirme:
    _ Póngase usted allí, porque sale una foto muy bonita.
    _ Desde este punto se pueden fotografiar cuatro caras al mismo tiempo.
    _ En esta esquina sale toda la torre y se puede ver una cara a través de la puerta.
    Y así todo el tiempo. Se lo agradecí muchísimo porque yo sola no hubiera conseguido fotos tan espectaculares. Tuvimos suerte con él. Era un buen guía, más tarde me enteré que uno de los mejores, o incluso el mejor. Durante los cuatro días que estuvimos con él se preocupó de nosotros como si fuésemos lo único que tuviera en la vida. Siempre pendiente de todo lo que necesitábamos, siempre sonriendo y cantando. Le gustaban las canciones cubanas, y nos cantaba “Guantanamera”.
    Yo quise conocer algo sobre él y le pregunté. Solamente en ese momento se puso triste. Me contó que como todo el mundo en su país, él había perdido a su familia: sus padres fueron apresados y presumiblemente asesinados, a él y a su hermana se los llevaron y los separaron. Nunca volvió a encontrar a su hermana, no sabía si seguía viva. Él fue llevado a la zona donde se encuentra Angkor, y de esta forma, sin tenerlo previsto, se convirtió en un experto en la ciudad. La conocía como la palma de su mano.
    _ Me sorprende que con esa historia puedas tener siempre esa sonrisa en la cara - le dije -. En España cualquier persona que hubiera pasado por lo que tú has pasado, odiaría al resto del mundo, y no se molestaría en ser simpático con nadie.
    _ En mi país somos así. Somos el país de la eterna sonrisa, como las caras del templo del Bayon. Y no es una sonrisa hipócrita, es sincera. Es nuestra forma de ser, no sabemos ser de otra forma - me contestó.
    _ ¿Sabes que os envidio? Ojalá yo pudiera sentir así, pero me resulta difícil. Cuando algo me incomoda siempre lo termina pagando quien está más cerca en ese momento. Y como yo, actúa la mayoría de la gente.
    _ Bueno, cada uno tenemos nuestra forma de ser y no podemos cambiarla. Pero también tenéis cosas buenas. Al menos tenéis oportunidades que para nosotros son imposibles.
    _ Sí, oportunidades no es lo que nos falta precisamente, pero no siempre sabemos aprovecharlas.
    _ Yo tengo una hija sordomuda - me dijo -. En este país no tiene ninguna oportunidad, no podrá ser nunca una persona normal. Pero yo sé que esta minusvalía no es un inconveniente en EEUU o en Europa.
    _ ¿Y tienes más hijos? - le pregunté.
    _ No, solamente mi pequeña sordomuda. Me gustaría poder marchar a EEUU para darle una vida digna, pero no sé si podré conseguirlo.
    _ Cada vez te admiro más - le dije -. Toda tu vida está llena de hechos tristes, y sin embargo admiro tu eterna sonrisa, tu jovialidad, la forma como aceptas tu destino, aunque luches por mejorarlo. Ojalá algún día yo pueda ser así.
    Interrumpieron nuestra conversación y él continuó explicándonos todo lo que veíamos y preocupándose por nuestra comodidad y bienestar, sin dejar de sonreír, incluso de reír abiertamente en muchos momentos.
    Del templo del Bayon seguimos hasta la Terraza de los Elefantes. Se trata de una gran plataforma de piedra desde la cual el rey contemplaba los desfiles. Su nombre se lo debe a la gran cantidad de cabezas de elefante con la trompa hasta el suelo, y recogiendo flores de loto, que se encuentran en todo su perímetro.
    Pero además de elefantes, se encuentran todo tipo de grabados como serpientes de varias cabezas, garudas (animales mitológicos, mitad hombre y mitad pájaro), y apsaras.
    Junto a ésta se encuentra la Terraza del Rey Leproso, es mucho más pequeña, pero sus grabados son espectaculares. Un foso la rodea y sus paredes están cubiertas por los  bajorrelieves más bonitos y mejor conservados de toda la ciudad.
    Desde cualquiera de las dos terrazas se observa la jungla que se abre paso al frente. Solamente las terrazas están libres de ella.
    Junto a ambas terrazas se encuentra el acceso al palacio real. En principio parece bastante destruido, pero cuando uno se encuentra dentro de él pueden observarse salas con grabados de una delicadeza extrema. Aquí las figuras de apsaras son si cabe más voluptuosas y sensuales que en ningún otro lugar.
    Todo este conjunto de monumentos, desde el Bayon hasta el palacio, pasando por las terrazas, se le conoce con el nombre genérico de Angkor Thom. Una ciudad dentro de la ciudad, para uso exclusivo del rey.
    Fuera de este círculo, Angkor se extiende a lo largo de la jungla, dentro de ella o absorbida por ella. Son innumerables los edificios que se pueden contemplar. Edificios en piedra arenisca, de un color rojo intenso, como el Takeo, o Beanteay, levantado junto a un lago.
    Pero lo más característico de Angkor, fuera del recinto real, son las imágenes de templos como el Taprohm. El templo como tal está totalmente destruido, comido por la selva que crece sobre sus ruinas hasta absorberlo por completo. Cuando estás allí, se puede sentir la sensación de encontrarse en el escenario de una película de aventuras. Parece algo irreal, pero es real. La naturaleza ha creado un plató de cine que ni los mejores efectos especiales podrían conseguir. Las raíces de árboles gigantes engullen las piedras desplegándose sobre ellas de una forma sorprendente. Las formas que estas raíces pueden llegar a crear son extraordinarias. Ninguna es igual a otra. Algunas parecen anacondas enrolladas alrededor de su presa, otras son como pulpos gigantes que extienden sus tentáculos en todas las direcciones. En otros casos forman enrejados de una belleza inigualable. Se puede encontrar una puerta totalmente rodeada de raíces, excepto la entrada. Su visión incita a penetrar en un mundo inexplorado donde nadie sabe qué puede encontrar.
    Visité tantos lugares dentro de Angkor que casi no puedo recordarlos todos. Lo más característico es todo lo anterior. Estuve cuatro días sin parar, dentro de la ciudad comida por la selva. Sólo pude ver una pequeña parte. La gran mayoría sigue sin explorar. Su extensión es tan grande, y la selva tan densa, que quizá sea mejor dejarla así.
    A veces para sacar a la luz un edificio, es necesario destruir la naturaleza que lo cubre. Y otras, la naturaleza ha dado al edificio una belleza tan grande, que es mejor dejarlo como está.  En cualquier caso la ciudad de Angkor y la selva son una misma cosa, no se entienden la una sin la otra. Es un lugar francamente alucinante, y no se parece a nada que pueda verse en ningún otro lugar del mundo.
     La última noche en Camboya se empeñaron en asistir a un espectáculo con cena incluida. A mí no me van mucho este tipo de cosas, porque siempre es lo mismo, pero me dejé llevar. La cena era al aire libre y en el escenario aparecieron bailarinas con los trajes tan típicos de esta zona y sus movimientos suaves. El guía, que seguía intentando que estuviésemos contentos, se empeñó en que yo subiera para bailar con ellas.
    _ Pero yo no sé bailar estas cosas, y además me da vergüenza - le dije.
    _ La vergüenza sólo está dentro de la cabeza. Te haremos una bonita foto.
    No quería, pero al final salí. Menos mal que no me conocía nadie y no se acordarían de mí.
    Al día siguiente vino a buscarnos para acercarnos al aeropuerto. Un avión nos llevaría a Singapur, y después catorce horas más hasta España. En el trayecto hasta el aeropuerto nos cantó de nuevo “Guantanamera”, y se despidió de nosotros.
    Estuve pocos días en este país, pero me marcó muchísimo. Cuando despegó el avión yo estaba llorando, no quería que nadie se enterara, pero no podía evitarlo.
    _ ¿Por qué lloras? - me preguntó Eva
    _ No lo sé, pero nunca me he sentido así. El viaje ha sido fantástico: veinte días recorriendo Vietnam y Camboya. Estoy contenta, pero no puedo evitar llorar.
    _ Puede que llores porque eres muy sentimental.
    _ Sí, probablemente es por eso.

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