DONDE LOS DRAGONES SURCAN EL CIELO
VIETNAM
Nunca había estado en un lugar tan alejado
de España.
El Lejano Oriente: culturas milenarias y
diferentes. Un mundo desconocido, o quizás no tanto. La televisión y el cine
hacen milagros. Ahora es posible conocerlo todo sin salir de casa, sin moverse
del sofá. ¿Para qué aguantar dieciocho horas de vuelo, esperas en aeropuertos,
soportar el calor, los mosquitos, comer no se sabe el qué, encontrarse mal en
cualquier momento del viaje, correr peligros? En definitiva, ¿para qué tantas
incomodidades?
Es sábado y a las cuatro de la tarde pasan
en el canal de televisión Viajar un documental de dos horas sobre Vietnam. Me
coloco cómodamente en el sofá y lo veo, sin olvidar encender antes el aire
acondicionado. Después saco una copia que guardo en algún lugar, de una gran
película, “Apocalypse Now”, la coloco en el DVD, me preparo algo para beber y
la disfruto.
Son las nueve de la noche del sábado y he hecho un viaje inolvidable por Vietnam; ya lo he visto y lo conozco. ¡Mira que son raras todas esas personas que se van hasta allí, con lo cómodo y fácil que hoy en día es conocerlo de esta forma!
¿Ya he terminado este capítulo, he conseguido engañar al lector?
Por supuesto que no. Si hubiera viajado en una tarde no tendría nada más que contar. Aquí acabaría todo, ni siquiera una página. Pero sí tengo muchas cosas que narrar, porque estuve allí, subí a un avión y aguanté horas de vuelo, esperas en aeropuertos y más horas de vuelo. Y aquí está el resultado.
Son las nueve de la noche del sábado y he hecho un viaje inolvidable por Vietnam; ya lo he visto y lo conozco. ¡Mira que son raras todas esas personas que se van hasta allí, con lo cómodo y fácil que hoy en día es conocerlo de esta forma!
¿Ya he terminado este capítulo, he conseguido engañar al lector?
Por supuesto que no. Si hubiera viajado en una tarde no tendría nada más que contar. Aquí acabaría todo, ni siquiera una página. Pero sí tengo muchas cosas que narrar, porque estuve allí, subí a un avión y aguanté horas de vuelo, esperas en aeropuertos y más horas de vuelo. Y aquí está el resultado.
Éste era un viaje doble: quince días en
Vietnam y cinco más en Camboya. Ya que estaba tan lejos tenía que aprovechar y
conocer Angkor. Llamé a David y Eva, aquella pareja a la que conocí en Irán, y
que ya eran mis amigos. Nunca habían estado en el Lejano Oriente, les apetecía
pero preferían ir con alguien. Les hizo mucha ilusión y a los tres días me contestaron
confirmándome que sí, venían.
No hay vuelo directo a Vietnam. Son catorce horas a Bangkok o a Singapur, y después otro vuelo de tres horas a Hanoi. Volamos vía Singapur.
Vietnam es el país más lejano de todo el Lejano Oriente. Una franja alargada que envuelve por el este toda la península de Indochina. Sus paisajes son muy diferentes entre sí. El norte es la zona más montañosa, donde destaca una gran maravilla natural: la Bahía de Halong. El centro del país está dominado por la jungla y aquí se encuentran todos los restos de su esplendor imperial: Hoy An y Hue. El sur tiene un solo nombre: el Delta del Mekong.
Es un país moderno, pero al mismo tiempo mantiene vivo todo su pasado imperial y sus tradiciones milenarias, que te hacen vivir en un mundo nada parecido al que conocemos.
Ya nada queda del conflicto que lo desangró en los años sesenta, solamente algunas cicatrices en sus paisajes. Sus gentes se han adaptado muy bien al futuro. Tras la reunificación de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, es un país con un único rumbo y donde nadie habla de aquella época de su historia, excepto cuando los extranjeros preguntamos.
Llegamos
a Hanoi a media mañana, habíamos perdido toda No hay vuelo directo a Vietnam. Son catorce horas a Bangkok o a Singapur, y después otro vuelo de tres horas a Hanoi. Volamos vía Singapur.
Vietnam es el país más lejano de todo el Lejano Oriente. Una franja alargada que envuelve por el este toda la península de Indochina. Sus paisajes son muy diferentes entre sí. El norte es la zona más montañosa, donde destaca una gran maravilla natural: la Bahía de Halong. El centro del país está dominado por la jungla y aquí se encuentran todos los restos de su esplendor imperial: Hoy An y Hue. El sur tiene un solo nombre: el Delta del Mekong.
Es un país moderno, pero al mismo tiempo mantiene vivo todo su pasado imperial y sus tradiciones milenarias, que te hacen vivir en un mundo nada parecido al que conocemos.
Ya nada queda del conflicto que lo desangró en los años sesenta, solamente algunas cicatrices en sus paisajes. Sus gentes se han adaptado muy bien al futuro. Tras la reunificación de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, es un país con un único rumbo y donde nadie habla de aquella época de su historia, excepto cuando los extranjeros preguntamos.
El cielo estaba muy encapotado. Todavía era época de monzones y la lluvia podía aparecer en cualquier momento. El primer paso fue adquirir chubasqueros; se me habían olvidado en casa.
_ ¿Pero cómo puedes venir a Vietnam y olvidarte los chubasqueros?
_ La verdad es que quería comprar estos tan chulos que llevan aquí. No, se me olvidaron. Pero así podré comprar estos tan chulos.
Aquí nadie sale a la calle sin llevar el chubasquero guardado no sé dónde. Comienza de pronto a llover y al momento todo el mundo va cubierto hasta los pies y con gorra impermeable incluida.
_ ¿Dónde los guardarán? - preguntaba yo -. Deben ocupar bastante, no lo entiendo.
Como los venden por todas partes, nos decidimos a comprar en el primer lugar que encontramos. No abultaban nada, era increíble cómo se plegaban hasta ocupar lo mismo que una cartera. Nada más salir de la tienda ya tuvimos que usarlos, comenzó a llover y en un momento aquello era el diluvio universal, pero con la misma rapidez se terminaba y volvía a lucir el sol.
Lo primero que te sorprende cuando sales a las calles de Hanoi son las motos. Todo el mundo tiene una moto en Vietnam. Y encima de ella se transporta todo lo imaginable y lo inimaginable. Y por supuesto no estamos hablando de super motos, sino más bien algo parecido a nuestras Vespas, no mucho más. Yo estaba asombrada con lo que veía pasar a mi lado. Puedo asegurar que se puede hacer un reportaje fotográfico muy amplio con las posibilidades que da una moto. Solamente hay que sentarse y verlas pasar, sin olvidar disparar la cámara sin parar. Éstas son algunas de esas cosas que se pueden transportar en una moto y que yo puede contemplar en sólo unos minutos:
· Un armario. Me refiero al mueble, no a una persona. Se coloca detrás, tumbado y atado. No importa lo que sobresale, ya dejan sitio los demás para pasar.
· Una pila de cajas con televisores. Con una mano se sujeta la moto y con la otra la pila de cajas.
· Un par de cestos grandes, llenos de verduras o de frutas. Se sujeta uno a cada lado y así hacen contrapeso.
· Una montaña de cestos vacíos que rebosan por todas partes.
· Varios manojos de aves: gallinas o patos, atados por las patas y colgados boca abajo.
· Un cerdo. Éste es más complicado, pero aquí todo tiene solución. Se mete el cerdo en una red parecida a la que se utiliza para asar un rollo de carne. Con el cerdo bien inmovilizado de esta forma, se sujeta en la parte trasera para no perderlo.
· Un frigorífico o una lavadora. Se ata como el armario y problema resuelto.
· Una barca de las que circulan por el río Mekong. Se ocupa mucho espacio, pero como nadie se enfada con el resto, se circula sin problemas.
Parece increíble, pero es así. Todo esto lo vi en Hanoi el primer día. Después lo encontré por todo el país y en todas las carreteras. Te terminas acostumbrando y hasta parece normal, pero es auténtico total.
Cuando el resto del grupo, ocho personas en total, se despertaron, pasaron a buscarnos para dar un paseo en triciclo por el Viejo Hanoi. Los triciclos en Vietnam son bicicletas con un cochecito en la parte delantera, donde te sientas y te pasean. Se diferencian de los ricksows en que estos llevan el coche en la parte trasera. Aquí tenía la sensación de que me iba a comer a todo el mundo. Dominan muy bien la bicicleta, pero les encanta jorobar un poco al extranjero yendo a bastante velocidad.
El contacto con el Viejo Hanoi es el contacto con el Vietnam auténtico. Sus calles están abarrotadas hasta la saciedad de gentes vendiendo todo tipo de cosas en
Por todos lados cruzan personas llevando en hombros los típicos cestos sujetos a ambos extremos de un palo largo que se lleva sobre el hombro. Y todos lleva en la cabeza el gorro cónico tan utilizado en este país.
Mi conductor paro junto a una mujer que vendía fruta, por si quería comprar algo. Tenía de todo, aunque la mayor parte yo no lo reconocía. Pregunté qué eran unos racimos parecidos a las uvas, pero de color marrón y piel áspera.
_ Lichis - me contestó.
_ ¿Y esas cosas granates con pelos largos?
_ Rambután, también tengo fruta de la pasión y carambolas.
_ Vaya, no sé lo que quiero. Me llevaré un racimo de lichis y unos rambutanes.
Por fuera son diferentes, pero para mí eran parecidos: el mismo color por dentro y la misma textura. Cada vez que comía un lichi o un rambután, tenía la sensación de meterme un ojo en la boca.
Pedimos a los conductores de los triciclos que nos dejaran en un parque que ocupa el centro de
Entramos en uno donde nos recibieron con esa amabilidad y esa atención que sólo se encuentra en Oriente. Se inclinan de tal forma a tu paso que a mí me hacían sentir incómoda.
La comida en Vietnam es realmente magnífica. Yo comí como nunca, todo me gustaba, pero sobre todo los rollitos Vietnam y el pato. Qué hartada de pato me di durante todo los días que estuve en el país.
En todos los lugares los cubiertos son palillos, si se quiere cubiertos occidentales hay que pedirlos. Yo y David pasamos todo el viaje comiendo con palillos; qué práctica cogí.
Después de la cena nos sentamos en la terraza de un café para tomar algo. En este país se puede ver la tradición francesa en sus cafés, que son realmente buenísimos. En la noche las terrazas se llenan de gente, sobre todo extranjeros en busca de marcha. Se encienden farolillos de papel en todos los locales.
Yo ya estaba agotadísima, no había descansado a mi llegada y después de un día con su noche, perdidos, ya no podía seguir en pie. Como el hotel estaba cerca me fui caminando y dejé a los demás allí. Ya nos veríamos mañana.
Al día siguiente ya estaba repuesta y lista para comenzar mi andadura. Estábamos en Hanoi, la capital de Vietnam. En el pasado fue la capital de Vietnam del Norte y tras la reunificación se convirtió en la capital del país, relegando a Saigón a un segundo plano.
La visita de esta ciudad tiene un punto clave, aunque no sea lo más interesante, al menos desde mi punto de vista: el mausoleo de Ho Chi Minh. Un mausoleo muy del estilo de los edificios soviéticos, y nada acorde con la arquitectura del país. Sobrio y de líneas rectas, se encuentra en mitad de una explanada arrasada por el sol. Dentro, la momia embalsamada del líder de la independencia de Vietnam: Ho Chi Minh. Al igual que otros líderes comunistas, su cuerpo se encuentra embalsamado y permanentemente expuesto en una sala del recinto.
Mucho más interesante es el resto de
El calor ya comenzaba a apretar y la gente buscaba la sombra debajo de los árboles, que por suerte en este país abundan bastante. El agua está en todas partes: estanques, lagos, ríos, el mar, y
Nos desplazamos hacia otra parte de la ciudad para ver uno de los lugares más bonitos de Hanoi: el Templo de
Se trata de una antigua universidad o colegio fundado en el siglo XI por seguidores de Confucio, para enseñar su doctrina. Está restaurado. Se encuentra junto a un río y dentro se puede disfrutar de una atmósfera tranquila que invita a leer y a relajarse. Para llegar al centro del lugar hay que pasar por diferentes patios. Los primeros son jardines repletos de árboles donde se escucha el trino de pájaros invisibles, pero presentes en algún lugar.
El paso de un patio a otro se hace atravesando pórticos con los tejados combados hacia arriba. La típica imagen de los edificios orientales.
El patio central está enlosado y rodeado por edificios con tejados rojos y dragones en sus extremos. Los dragones están representados en gran parte de los templos, palacios y edificios antiguos, adornando sus tejados.
El interior, recubierto con madera de teka, despide un color granate. Las grandes figuras de Confucio y sus discípulos se suceden por las distintas salas.
Encontré a un español sentado bajo una sombra.
_ Hola, españolita - escuché de pronto.
Me volví.
_ ¿Es a mí?- respondí.
_ Sí, claro, te he escuchado hablar. ¿Qué haces tan lejos de tu país?
_ Supongo que lo mismo que tú.
_ Yo vivo en Japón. No estoy tan lejos como tú.
_ Yo estoy de vacaciones. ¿Y tú qué haces viviendo en Japón?
_ Soy ingeniero, y por motivos de trabajo vivo en Japón. Aprovecho para conocer todos estos países que ahora tengo más cerca.
_ Yo he venido de propio desde España. Me encanta viajar, y aquí estoy.
_ Es una buena paliza, pero te gustará.
Terminé de visitar el lugar y cuando me marché volví a encontrarme en la salida con este chico.
_ Ha sido un placer - me dijo-. Que te vaya bien.
_ Gracias. Hasta la vista.
Es muy agradable conocer a gente a la que nunca más vuelves a ver, y compartir unos minutos de conversación. Este tipo de cosas no solemos hacerlas cuando nos encontramos en nuestra ciudad. Aquí pasamos de largo frente a todos y sólo nos paramos con los conocidos.
El teatro de marionetas es típico de este país. Hay un pequeño teatro en Hanoi donde puede verse este espectáculo. No es una representación a la que yo esté acostumbrada, pero es curioso verla. En una piscina poco profunda se representa una historia con marionetas. Son historias de la vida diaria del pueblo vietnamita, y por supuesto siempre aparecen serpientes y dragones.
Un trayecto de tres horas hacia el norte,
nos lleva hasta la Bahía de Halong, un lugar Patrimonio de la Humanidad por su
belleza natural. A lo largo del camino se pueden seguir viendo las
posibilidades que tiene una moto. Verlas en las calles de Hanoi es un
espectáculo, pero verlas por las carreteras circulando entre coches, camiones y
autobuses, con todo lo que llevan encima, es surrealista total.
El camino nos va mostrando también la vida rural de Vietnam. Los arrozales se ven a lo largo de los lados de la carretera, o en terrazas escalonadas sobre las laderas de las montañas. Todos los campos están llenos de personas trabajando en ellos, y todos cubiertos con sus sombreros cónicos. Algunos llevan dos regaderas sujetas a la vara que apoyan sobre los hombros; otros, con las manos repletas de plantas de arroz, las introducen una a una en la tierra, encharcados por encima de los tobillos. Agricultores con bueyes trabajan en los campos. En los que el arroz ya está listo, se forman manojos secos que cargan encima de los bueyes hasta que estos no se ven y parece que el arroz camine solo.
Éramos un grupo pequeño, ocho personas, y por ese motivo no era difícil ponerse de acuerdo para parar continuamente y fotografiar todas estas escenas.
Y así, entre parada y parada, fotos y más fotos, llegamos a la Bahía de Halong.
Tendríamos que esperar al día siguiente para subir a un barco y pasar todo el día navegando por la bahía, disfrutando de su paisaje, y tomando un baño en un lugar que es un auténtico lujo.
La Bahía de Halong. Una de las maravillas del mundo. Está declarada Patrimonio de la Humanidad.
Es un lugar tranquilo y relajado, ideal para navegar y disfrutar de un paisaje indescriptible. Miles de islotes y peñascos rocosos sobresalen del mar a lo largo de toda su extensión. Algunos son apenas una pequeña roca, otros alcanzan alturas considerables. Entre algunos apenas hay espacio para pasar entre ellos.
Sus formas son diversas. Pueden formar puentes y pasar debajo de ellos. Miles de grutas se adentran en sus entrañas, algunas de ellas no se sabe qué pueden contener.
Es un lugar que invita a soñar y a imaginar todo tipo de historias. Y no es de extrañar, dadas las historias que explican su formación. Cuenta una de las leyendas que un dragón cayó al agua cuando volaba sobre este lugar; el impacto con el fondo del mar fue tan grande que el golpe de su cola produjo una fractura en la corteza terrestre y el levantamiento de montones de islotes en toda la bahía. Pero ésta no es la única historia sobre la formación de la bahía.
Otra de ellas cuenta que en la antigüedad los guerreros chinos atacaban la costa por sorpresa provocando destrucción y muerte entre la población. El emperador pidió ayuda a los dragones para evitar que los barcos chinos llegaran hasta sus costas. Una noche de luna llena, una legión de dragones sobrevoló la bahía, arrojando perlas por su boca en lugar de lenguas de fuego. Al contacto con el agua las perlas se convirtieron en rocas que plagaron la bahía, evitando que los barcos chinos llegaran a la costa. Y cuentan que cada noche los dragones sobrevuelan la bahía, vigilando para proteger al emperador de los barcos de sus enemigos.
Son bonitas historias, muy acordes con la tradición oriental. Sus habitantes todavía siguen creyendo que en las grutas más recónditas habitan dragones, que solamente salen en la noche, para volar sobrela bahía. Pero
voy a dejar la leyenda y hablar de la realidad, de lo que es y lo que se siente
en este lugar tan especial.
Ya desde el momento en el que estás en el embarcadero, esperando para subir a uno de los pequeños veleros que surcan la bahía, se ven los islotes que surgen por todas partes. Una vez en el agua, y a medida que se avanza sorteando todas estas protuberancias, su número aumenta, hasta el punto en que uno se encuentra totalmente rodeado por ellos. Se pueden apreciar todo tipo de formas, más o menos parecidas a cualquier otra cosa. La vegetación los cubre, y sus paredes son tan verticales que incluso el mejor de los escaladores tendría dificultades para escalarlos. Algunos se encuentran tan cercanos que el paso entre ellos apenas es suficiente para que el velero atraviese entre ellos.
Otros tienen una pequeña playa para poder desembarcar y adentrarse en su geografía, explorar alguna de sus cuevas o zambullirse en el agua. Son aguas tranquilas; los islotes actúan como freno para las grandes olas. Otra opción es lanzarse al agua desde el barco y nadar tranquilamente, incluso acercarse a alguno de los sampanes con los que nos cruzamos, para charlar con sus gentes, o subir a bordo para ver cómo viven.
Aquí es posible ver los típicos sampanes chinos; esas embarcaciones con una gran vela desplegada, y que sirve no sólo de lugar de trabajo para los pescadores, sino de vivienda para todala familia. Son casas
flotantes. Pasas a su lado y puedes observar a algún niño pequeño durmiendo
sobre una hamaca, a un hombre pescando en el otro extremo, y a una mujer
limpiando pescado o cocinando en el centro del barco. Otras embarcaciones son
más sencillas y sólo las utilizan para salir a pescar. Pero siempre te saludan
cuando pasas a su lado.
Un día completo navegando por la bahía permite observarlo todo y disfrutar de un entorno envidiable.
Me senté en cubierta, viendo acercarse los islotes. El paisaje cambia continuamente, tienes uno a la vista y al momento han surgido tres o cuatro en el horizonte, pero antes de alcanzarlos te encuentras totalmente rodeada por montones de ellos. Las otras embarcaciones y los sampanes, aparecen y desaparecen de la vista, te cruzas con ellos, les envías un saludo, te sonríen desde cubierta y siguen su camino.
A media mañana llegamos a una zona rodeada de riscos, era como una isla pero de agua. El barco se paró para poder bañarnos. Disfruté muchísimo de aquellas aguas tranquilas y cálidas, lanzándome desde cubierta, nadando y volviendo a subir, para volver a lanzarme. Con tanto subir y bajar, nadar y nadar, me entró un hambre enorme. Cuando me llegó el olor del pescado asado, la boca se me hizo agua. La mujer del patrón estaba preparando la comida para todos: pescado asado, ¡qué otra cosa se podía comer en un lugar como éste!
Es un paraíso para los amantes del pescado, como yo. El marisco tiene un tamaño descomunal: las gambas parecen langostas, y las langostas parecen tiburones. Nos sentamos en cubierta bajo un toldo que nos protegía, ya que el sol era abrasador a aquella hora. Probé varios tipos de pescado: gambas, calamares, camarones, y una langosta para mí sola. El vino no era lo mejor, pero se perdonaba todo. Después de una comida como ésta, me tumbé de nuevo en una hamaca, bajo una sombrilla, y contemplé pasar el paisaje y el mundo.
No te cansas nunca de ir de un lado para otro, cada islote es distinto, nada se repite. En las embarcaciones con las que nos cruzábamos, sus habitantes hacían lo mismo, descansar después dela comida. A aquella hora
no se pescaba, se veía pasar la vida.
A media tarde ya comenzaba a ponerse todo de nuevo en marcha. Los pescadores volvían a sus tareas, los niños corrían de un extremo a otro de sus embarcaciones, y nos saludaban a nuestro paso. Volvimos a lanzarnos al agua y me acerqué a alguno de estos barcos. Me dejaron subir a bordo para enseñarme su casa, y me regalaban pescado, pero ya estaba llenísima, mejor lo aprovechaban ellos.
Cuando se acerca el atardecer, el espectáculo es indescriptible. Las sombras de los peñascos se alargan sobre la superficie del mar. El sol se cuela entre ellos abriéndose camino como puede, y poco a poco despliega un manto rojo sobre todo el paisaje. Los sampanes se recortan sobre el fondo, creando una vista de postal. Y mientras estás mirando todo esto, la luz se va apagando sin apenas darte cuenta. De pronto compruebas que todo lo que te rodea se ha llenado de pequeños puntos de luz, como si un ejército de luciérnagas hubiera ocupado el espacio. Son las luces de todos los barcos, incluso aquellos que a lo largo del día no se veían porque el reflejo del sol los escondía.
La bahía está llena de barcos, está llena de vida. Unos regresan de un día de pesca, otros regresan de un día paseando turistas, y otros simplemente están donde tienen que estar, porque son casas flotantes; lanzan el ancla y se disponen a pasar la noche, a la espera del amanecer, para volver a iniciar la misma rutina.
Esto es la Bahía de Halong; realmente apasionante. Se la considera una maravilla del mundo, y lo es. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad, y lo merece. Sus habitantes la respetan y la cuidan. Sólo espero que el turismo, cada día más masivo, no la termine destruyendo.
No subí más hacia el norte, regresé de
nuevo a Hanoi para volar hasta Hue, en el centro del país. Ésta fue durante un
tiempo la capital imperial. Aquí se encuentran las tumbas de los últimos
emperadores y el palacio imperial, más conocido como El camino nos va mostrando también la vida rural de Vietnam. Los arrozales se ven a lo largo de los lados de la carretera, o en terrazas escalonadas sobre las laderas de las montañas. Todos los campos están llenos de personas trabajando en ellos, y todos cubiertos con sus sombreros cónicos. Algunos llevan dos regaderas sujetas a la vara que apoyan sobre los hombros; otros, con las manos repletas de plantas de arroz, las introducen una a una en la tierra, encharcados por encima de los tobillos. Agricultores con bueyes trabajan en los campos. En los que el arroz ya está listo, se forman manojos secos que cargan encima de los bueyes hasta que estos no se ven y parece que el arroz camine solo.
Éramos un grupo pequeño, ocho personas, y por ese motivo no era difícil ponerse de acuerdo para parar continuamente y fotografiar todas estas escenas.
Y así, entre parada y parada, fotos y más fotos, llegamos a la Bahía de Halong.
Tendríamos que esperar al día siguiente para subir a un barco y pasar todo el día navegando por la bahía, disfrutando de su paisaje, y tomando un baño en un lugar que es un auténtico lujo.
La Bahía de Halong. Una de las maravillas del mundo. Está declarada Patrimonio de la Humanidad.
Es un lugar tranquilo y relajado, ideal para navegar y disfrutar de un paisaje indescriptible. Miles de islotes y peñascos rocosos sobresalen del mar a lo largo de toda su extensión. Algunos son apenas una pequeña roca, otros alcanzan alturas considerables. Entre algunos apenas hay espacio para pasar entre ellos.
Sus formas son diversas. Pueden formar puentes y pasar debajo de ellos. Miles de grutas se adentran en sus entrañas, algunas de ellas no se sabe qué pueden contener.
Es un lugar que invita a soñar y a imaginar todo tipo de historias. Y no es de extrañar, dadas las historias que explican su formación. Cuenta una de las leyendas que un dragón cayó al agua cuando volaba sobre este lugar; el impacto con el fondo del mar fue tan grande que el golpe de su cola produjo una fractura en la corteza terrestre y el levantamiento de montones de islotes en toda la bahía. Pero ésta no es la única historia sobre la formación de la bahía.
Otra de ellas cuenta que en la antigüedad los guerreros chinos atacaban la costa por sorpresa provocando destrucción y muerte entre la población. El emperador pidió ayuda a los dragones para evitar que los barcos chinos llegaran hasta sus costas. Una noche de luna llena, una legión de dragones sobrevoló la bahía, arrojando perlas por su boca en lugar de lenguas de fuego. Al contacto con el agua las perlas se convirtieron en rocas que plagaron la bahía, evitando que los barcos chinos llegaran a la costa. Y cuentan que cada noche los dragones sobrevuelan la bahía, vigilando para proteger al emperador de los barcos de sus enemigos.
Son bonitas historias, muy acordes con la tradición oriental. Sus habitantes todavía siguen creyendo que en las grutas más recónditas habitan dragones, que solamente salen en la noche, para volar sobre
Ya desde el momento en el que estás en el embarcadero, esperando para subir a uno de los pequeños veleros que surcan la bahía, se ven los islotes que surgen por todas partes. Una vez en el agua, y a medida que se avanza sorteando todas estas protuberancias, su número aumenta, hasta el punto en que uno se encuentra totalmente rodeado por ellos. Se pueden apreciar todo tipo de formas, más o menos parecidas a cualquier otra cosa. La vegetación los cubre, y sus paredes son tan verticales que incluso el mejor de los escaladores tendría dificultades para escalarlos. Algunos se encuentran tan cercanos que el paso entre ellos apenas es suficiente para que el velero atraviese entre ellos.
Otros tienen una pequeña playa para poder desembarcar y adentrarse en su geografía, explorar alguna de sus cuevas o zambullirse en el agua. Son aguas tranquilas; los islotes actúan como freno para las grandes olas. Otra opción es lanzarse al agua desde el barco y nadar tranquilamente, incluso acercarse a alguno de los sampanes con los que nos cruzamos, para charlar con sus gentes, o subir a bordo para ver cómo viven.
Aquí es posible ver los típicos sampanes chinos; esas embarcaciones con una gran vela desplegada, y que sirve no sólo de lugar de trabajo para los pescadores, sino de vivienda para toda
Un día completo navegando por la bahía permite observarlo todo y disfrutar de un entorno envidiable.
Me senté en cubierta, viendo acercarse los islotes. El paisaje cambia continuamente, tienes uno a la vista y al momento han surgido tres o cuatro en el horizonte, pero antes de alcanzarlos te encuentras totalmente rodeada por montones de ellos. Las otras embarcaciones y los sampanes, aparecen y desaparecen de la vista, te cruzas con ellos, les envías un saludo, te sonríen desde cubierta y siguen su camino.
A media mañana llegamos a una zona rodeada de riscos, era como una isla pero de agua. El barco se paró para poder bañarnos. Disfruté muchísimo de aquellas aguas tranquilas y cálidas, lanzándome desde cubierta, nadando y volviendo a subir, para volver a lanzarme. Con tanto subir y bajar, nadar y nadar, me entró un hambre enorme. Cuando me llegó el olor del pescado asado, la boca se me hizo agua. La mujer del patrón estaba preparando la comida para todos: pescado asado, ¡qué otra cosa se podía comer en un lugar como éste!
Es un paraíso para los amantes del pescado, como yo. El marisco tiene un tamaño descomunal: las gambas parecen langostas, y las langostas parecen tiburones. Nos sentamos en cubierta bajo un toldo que nos protegía, ya que el sol era abrasador a aquella hora. Probé varios tipos de pescado: gambas, calamares, camarones, y una langosta para mí sola. El vino no era lo mejor, pero se perdonaba todo. Después de una comida como ésta, me tumbé de nuevo en una hamaca, bajo una sombrilla, y contemplé pasar el paisaje y el mundo.
No te cansas nunca de ir de un lado para otro, cada islote es distinto, nada se repite. En las embarcaciones con las que nos cruzábamos, sus habitantes hacían lo mismo, descansar después de
A media tarde ya comenzaba a ponerse todo de nuevo en marcha. Los pescadores volvían a sus tareas, los niños corrían de un extremo a otro de sus embarcaciones, y nos saludaban a nuestro paso. Volvimos a lanzarnos al agua y me acerqué a alguno de estos barcos. Me dejaron subir a bordo para enseñarme su casa, y me regalaban pescado, pero ya estaba llenísima, mejor lo aprovechaban ellos.
Cuando se acerca el atardecer, el espectáculo es indescriptible. Las sombras de los peñascos se alargan sobre la superficie del mar. El sol se cuela entre ellos abriéndose camino como puede, y poco a poco despliega un manto rojo sobre todo el paisaje. Los sampanes se recortan sobre el fondo, creando una vista de postal. Y mientras estás mirando todo esto, la luz se va apagando sin apenas darte cuenta. De pronto compruebas que todo lo que te rodea se ha llenado de pequeños puntos de luz, como si un ejército de luciérnagas hubiera ocupado el espacio. Son las luces de todos los barcos, incluso aquellos que a lo largo del día no se veían porque el reflejo del sol los escondía.
La bahía está llena de barcos, está llena de vida. Unos regresan de un día de pesca, otros regresan de un día paseando turistas, y otros simplemente están donde tienen que estar, porque son casas flotantes; lanzan el ancla y se disponen a pasar la noche, a la espera del amanecer, para volver a iniciar la misma rutina.
Esto es la Bahía de Halong; realmente apasionante. Se la considera una maravilla del mundo, y lo es. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad, y lo merece. Sus habitantes la respetan y la cuidan. Sólo espero que el turismo, cada día más masivo, no la termine destruyendo.
Hue está atravesada por el Río de los Perfumes a cuyas orillas se encuentran todos sus grandes monumentos, entre ellos el más importante es
Fue David el que nos lo aclaró. Les ofrecían mujeres, chicas jóvenes, incluso vírgenes si así lo preferían; claro que eran más caras. Me pareció muy triste. Yo sabía que estas cosas ocurren, incluso que muchos hombres viajan hasta el Lejano Oriente solamente en busca de estas cosas, pero que te lo ofrezcan tan fácilmente me sorprendió.
Hue invita a pasear por sus calles, es una ciudad imperial, llena de sorpresas en cada rincón. Atravesamos uno de sus puentes y nos encontramos en el mercado. Los mercados orientales son una locura de vendedores ofreciendo de todo. Todos pasaban a mi lado a paso rápido y cargados con sus dos cestos colgando a cada extremo de una vara. Verduras, hortalizas, frutas; en ellas transportaban de todo.
Quería comprar un kimono de seda. En algunos hoteles estaban colgados en el armario, y quería alguno parecido. Eran preciosos, seda bordada con dragones, flores, pájaros; este tipo de cosas tan típicas de Oriente. Encontré varios puestos donde tenían tal variedad que ya no sabía qué comprar. Me sacaron un espejo para verme, pero me gustaban todos. Y además eran baratos, unos veinte euros. En España no se encuentra algo así por ese precio. Una vez terminadas mis compras, regresé al hotel. El paseo me había hecho sudar y necesitaba tomar algo.
El hotel estaba en el centro de la ciudad, junto al río de los Perfumes. Tenía un bar fantástico, con una terraza ajardinada. Nos sentamos para tomar un cubata y celebrar que estábamos a miles de kilómetros de casa. Comenzaron a llegar los mosquitos. Estábamos cerca de
¡Pero ya estaba aquí, por lo tanto mejor continuar! Además me encantaban estas incomodidades.
Comenzó el día y subimos a bordo de una barca que nos paseó a lo largo del río de los Perfumes. Navegamos despacio, sentados en la borda, viendo pasar las orillas.
A continuación dedicaría todo el día a visitar los lugares relacionados con los últimos emperadores de Vietnam. Empezaríamos por algunas de sus tumbas, y después
También fuera de la ciudad de Hue, se encuentra una de las tumbas reales, dentro de un bosque. Ocupa una gran extensión, ya que los patios y terrazas se extienden en horizontal. Este lugar más que una tumba es un auténtico palacio. Cerca de la entrada hay un gran lago rodeado de edificios, donde el emperador escuchaba música, leía poemas, escuchaba el trino de los pájaros, o veía bailar a sus concubinas. Adentrándose en el bosque se llega a la zona donde está la tumba propiamente dicha. En los patios circundantes hay hileras de mandarines en pie, elefantes, y otros animales. Al verlos da la sensación de estar llegando a un lugar importante donde los visitantes son recibidos por todo lo alto. Aunque la finalidad de estas estatuas no es recibir al visitante, sino custodiar a su señor, el emperador.
Es una de las tumbas reales más encantadoras, no sólo por su estética, sino por el entorno tan bucólico en el que se encuentra, rodeada por el bosque y por varios lagos.
Otra de las tumbas importantes es la del último emperador. Es quizá la más espectacular. Se construyó en la ladera de una montaña y para ascender hasta ella hay que atravesar ocho terrazas que te van elevando hacia el cielo. Se construyó en el siglo XX y por ello se encuentra totalmente intacta. Hay grandes dragones que custodian las entradas a algunas de sus terrazas. Las terrazas altas, más próximas al palacio, están ocupadas por filas de soldados imperiales puestos en pie y con todos sus atavíos encima. Tienen un cierto parecido con los soldados de terracota de Xian. En la terraza superior se encuentra el palacio, dentro del cual está la tumba del emperador. Ésta es muy suntuosa: las paredes cubiertas de porcelana y cristales, y el techo pintado con dragones y estrellas.
De regreso a la barca, haciendo el recorrido inverso, volvimos a la ciudad de Hue. Quedaba el Palacio Imperial, también conocido como
Me preparé para disfrutar de lo poco que quedaba: el Palacio de
Me adentré en el recinto, pero la mayor parte no merece la pena, solo hay hierba sin cuidar. Al fondo, hacia la izquierda, observé un tejado con sus dragones, que apenas se veía entre los árboles. Me dirigí hacia allí. Se trataba de un pequeño pabellón que sobrevivió, era
También quedaba un estanque; supongo que en su momento estaría en el centro de un jardín con flores y pájaros. Ahora se encontraba bastante sucio, los nenúfares se abrían paso como podían y algunos presentaban sus flores, altas y orgullosas, recordando que aquél era su terreno, aunque ya no adornaban para nadie.
Me fui contenta porque lo que había visto me había encantado, pero decepcionada porque me quedé con las ganas de ver lo que ya no estaba.
De regreso al hotel, pregunté dónde podía alquilar una bicicleta. Aquí todo el mundo circula en moto o en bicicleta. Me apetecía pasear por esta ciudad tan encantadora, pero pedaleando yo. Me enviaron a un lugar cercano y cogí una bicicleta. Me fui yo sola, nadie quiso acompañarme. ¡Ya habían pasado bastante calor, como para pedalear ahora! Decidí ir por una de las orillas del río, cruzar por alguno de sus puentes y volver por la otra orilla.
La gente es muy amable, me saludaban al pasar junto a ellos. Las motos, que iban más rápidas, no se acercaban demasiado. Era una gozada pedalear por allí. Las vendedoras de fruta me hacían gestos para que me parara y comprara algo. Paré junto a una de ellas.
_ ¿Tienes fruta de la pasión? - le dije.
_ Sí, claro. ¿Quieres una?
_ Pero son muy grandes, y no sé si me gusta. No recuerdo haberla probado.
Cogió un cuchillo y
Crucé a la otra orilla, decidí ir hasta
Pero antes de llegar al palacio me encontré en el mercado en el que el día anterior había comprado el kimono. Me bajé de la bicicleta y caminé con ella en la mano, como hacían aquellas jóvenes.
Me adentré en una zona donde vendían muchas hierbas. Una mujer vieja y muy arrugada estaba detrás de uno de los puestos. Le pregunté para qué servían y me contestó que para todo: las hay para hacer infusiones, para preparar medicinas, para emplastos, para fumar.
_ ¿Para fumar? - le contesté-. Esto no parece tabaco.
_ Se quitó una pipa fina y alargada que llevaba en la boca y me la ofreció, mientras me sonreía con una sonrisa desdentada.
_ No gracias - le contesté -. ¿Esto que fumas es opio, no?
_ Sí, siempre lo he fumado. Los extranjeros os asombráis cuando lo veis.
_ Los extranjeros hacemos muchas cosas peores, no sé por qué nos asombramos de nada.
_ Sois otro mundo - me contestó-. Creo que eres inteligente, y te voy a decir algo que nunca has pensado, pero seguro que nunca olvidarás. Sigue mi consejo y serás más feliz.
_ ¿Me vas a dar un consejo, de qué se trata?
Se quitó de nuevo la pipa de la boca y me dijo: los occidentales siempre vivís pensando en el futuro, todo lo hacéis pensando en el mañana y no en el presente.
_ Sí, es cierto - le contesté-. Tenemos esa manía.
_ No os dais cuenta de algo muy importante. Por mucho que os empeñéis, siempre es presente y nunca es futuro, y así nunca encontráis el momento de vivir. Por eso sois tan desgraciados.
Me quedé asombradísima ¡Qué razón tenía, y nunca se me había ocurrido verlo así!
_ Tienes mucha razón, pero también es importante hacer planes de futuro, marcarse unas metas, tener un objetivo en la vida.
_ Sí, pero sin olvidar vivir el día a día. Cuando dejas para más adelante el disfrute de cosas que puedes tener ahora, estás perdiendo oportunidades que nunca volverán. La vida es para vivirla en cada momento, pero en Europa habéis perdido esa perspectiva. Hazme caso y recupérala, serás más feliz.
_ Desde luego no me había parado nunca a pensarlo, pero creo que me has abierto los ojos. Ahora por ejemplo estoy disfrutando muchísimo, cuando lo cómodo sería estar en mi casa y dejar para más adelante, o para nunca, este viaje.
_ Ya te he dicho que parecías inteligente. Me alegra que me hayas entendido.
_ Gracias por tus enseñanzas. Ha sido un placer hablar contigo.
Me despedí de ella y continué mi paseo. Iba pensando en lo que me había dicho. Seguro que en mi mundo mucha gente ni imaginaría que una mujer como aquella pudiera enseñarle nada ¡A nosotros, que lo sabemos todo, nos va a enseñar algo una mujer vieja y quemada por el sol, que vivirá en sabe dios qué tribu o qué casucha, y encima se ha pasado la vida fumando opio; así tendrá la cabeza!
Que afortunada me sentía de poder conocer a gente así, poder hablar con ellos, aprender. Porque yo estaba segura de que había aprendido mucho con ésta y con otras personas con las que en mis viajes anteriores había hablado. Y tomé la firme decisión de seguir haciéndolo. Mientras tuviera la oportunidad, nada ni nadie conseguiría que dejara para más adelante la posibilidad de vivir.
Aquella mujer tenía razón, nunca olvidaría lo que me había dicho.
Subí de nuevo a la bicicleta y pedaleé; seguía pensando en mis cosas, me sentía feliz y sin darme cuenta llegué de nuevo al hotel. Hubiera vuelto a dar otra vuelta, pero estaba empapada de sudor; seguro que era insoportable estar a mi lado. Devolvería la bicicleta, me daría una ducha y después bajaría a la piscina, me apetecía nadar y tumbarme a seguir pensando; al menos hasta que los mosquitos me dejaran.
Terminaba la estancia en esta maravillosa ciudad, para continuar hacia otro lugar tanto o más interesante: Hoi An. Para muchos es la población más encantadora de todo Vietnam, y desde luego lo es. Pero antes de adentrarme en este lugar tenía una cita con la jungla y con una ciudad perdida en ella: My Son.
My Son fue fundada por la cultura Cham , un
pueblo de influencia hindú, que se puede apreciar en sus edificios más
antiguos, donde el lingam que representa a Shiva se encuentra en muchos
templos. A partir de un cierto momento adoptan el budismo como religión, y los
símbolos hindúes desaparecen.
Para llegar a My Son hay que recorrer unos dos kilómetros a pie desde el punto en que la carretera termina. Es un paisaje increíble, dominado porla
jungla. El calor puede llegar a ser asfixiante, por eso mejor
proveerse de botellas de agua y disponerse a disfrutar del recorrido, a pesar
de las incomodidades.
El paseo es una delicia. Hay que atravesar algún barranco, caminando sobre puentes colgantes construidos con tablones sujetos a cuerdas. Cuando estás en mitad del puente, es inevitable recordar alguna de las muchas escenas que se ven en películas, cuando las cuerdas se sueltan y tienes el tiempo justo para correr y llegar al otro extremo. No se soltó, ni nadie cortó las cuerdas. La realidad no es tan complicada comola ficción. A mitad de
camino todos teníamos aspecto de haber estado en el centro de un gran
chaparrón. Toda la ropa empapada y el pelo totalmente mojado, ni un milímetro
de nuestro cuerpo estaba seco. Y todo era sudor, no había llovido. Con esa
forma de sudar, mejor racionar bien el agua porque había que volver y nos
podíamos deshidratar.
Llegamos a un alto desde el que se veía la jungla extendiéndose a nuestros pies. Yo esperaba ver en cualquier momento un helicóptero elevándose sobre la vegetación. Era la imagen típica de tantas películas sobre la guerra de Vietnam.
Sin darme cuenta llegamos a las ruinas. Algunas personas ya estaban protestando; aquello era insoportable, decían. Yo prefería no contestarles, ¿por qué siempre hay algún pesado que se embarca en estos viajes sin saber a dónde va, y sin dejar de molestar a los demás?
Las ruinas de My Son están formadas por pequeños templos construidos porla cultura Cham en un lugar que ahora está comido
por la jungla. La
vegetación se apodera de los edificios construidos en ladrillo. Son templetes
pequeños, separados unos de otros: a algunos se les ha librado de la
vegetación, a otros apenas se les descubre entre el manto verde que los
esconde, pero incluso estos resultan atractivos dentro de su escondite.
En los primeros que se construyeron, se percibe la influencia hindú. Los relieves son más intrincados: dioses y diosas con varios brazos, representaciones del lingam y figuras por todas partes. Los más recientes en el tiempo son de influencia budista. No hay tanto relieve, y mirando desde la puerta, siempre se encuentra dentro una pequeña estatua de Buda.
Yo me dediqué a andar de un lado para otro mientras la mayor parte de las otras personas se tumbaban entre la hierba para descansar. Si el sudar estaba asegurado, incluso en reposo, al menos aprovechar el tiempo. Me salvaron unos chicos que aparecieron con unos cubos llenos de botellas de agua. Bebí toda la que me quedaba y les compré más. Con esas reservas tenía que tener suficiente para regresar. En el momento en que terminé de beber, noté como empezaba a sudar más fuerte; ¡pero qué era aquello, ni que estuviera agujereada! Los vietnamitas no sudaban.
_ ¿Pero vosotros no sudáis? - les pregunté.
_ No, pero los extranjeros parece que lleváis una ducha encima.
_ No lo entiendo - les dije - vosotros también sois personas, ¿por qué no sudáis?
_ No lo sabemos, será la costumbre.
Yo sí sabía el por qué, en realidad es la adaptación al medio. No me extraña que los americanos lo pasaran tan mal aquí. Con estos vietnamitas tan frescos y nosotros derrotados sin apenas movernos.
_ No sé si tendré suficiente con este agua que he comprado - les dije-. Podíais volver con nosotros por si necesitamos más.
_ Sí, claro, para eso estamos, para vender agua a los extranjeros.
_ ¿Y vosotros no bebéis?
_ Como no sudamos no tenemos necesidad de beber tanto.
Regresamos por el mismo lugar, de nuevo el puente. Los chicos nos seguían y les dije:
_ En las películas, cuando se regresa, siempre te encuentras que el puente se ha derrumbado.
_ Si quieres un poco de emoción, podemos pasar primero y lo movemos mientras cruzas.
_ No gracias, me gustan las emociones pero no tanto.
Pasaron delante, y por un momento pensé que lo harían, pero no, fueron buenos.
Me había encantado la excursión, aunque nunca había sudado tanto. Dedicaría la tarde a reponerme y a refrescarme, al menos eso es lo que pensé en ese momento. Pero no fue así.
El hotel en Hoi An estaba a unos kilómetros del pueblo. Era un hotel junto al mar y después del paseo de la mañana, todo el mundo quería quedarse a descansar. Estuve a punto de hacerlo también, pero pregunté si había alguna forma de llegar a Hoi An. Un vehículo del hotel me podía acercar dentro de una hora. Me había informado lo suficiente para saber que Hoi An era una joya; para muchos la población más encantadora de todo el país. Mis acompañantes preferían quedarse, y mucho más después de la lluvia torrencial que cayó después de comer.
_ Pues disfrutad de la tarde de descanso, yo me voy a marchar con la furgoneta del hotel. Si cambiáis de idea ya nos encontraremos, y si no nos vemos, hasta esta noche o hasta mañana.
Hoi An es un pueblo alucinante. Declarado
Patrimonio de la Humanidad, por sus calles no se puede circular en coche,
solamente en bicicleta. Hay muchas cosas que hacer en esta población: pasear
por sus callecitas y llegar hasta su increíble puente japonés; entrar en las
casas antiguas, los templos y palacios; hablar con la gente, subir a las barcas
de los pescadores y de los vendedores flotantes para navegar un poco con ellos;
sentarse en alguna de sus terrazas y tomar algo con tranquilidad, viendo pasar
a Para llegar a My Son hay que recorrer unos dos kilómetros a pie desde el punto en que la carretera termina. Es un paisaje increíble, dominado por
El paseo es una delicia. Hay que atravesar algún barranco, caminando sobre puentes colgantes construidos con tablones sujetos a cuerdas. Cuando estás en mitad del puente, es inevitable recordar alguna de las muchas escenas que se ven en películas, cuando las cuerdas se sueltan y tienes el tiempo justo para correr y llegar al otro extremo. No se soltó, ni nadie cortó las cuerdas. La realidad no es tan complicada como
Llegamos a un alto desde el que se veía la jungla extendiéndose a nuestros pies. Yo esperaba ver en cualquier momento un helicóptero elevándose sobre la vegetación. Era la imagen típica de tantas películas sobre la guerra de Vietnam.
Sin darme cuenta llegamos a las ruinas. Algunas personas ya estaban protestando; aquello era insoportable, decían. Yo prefería no contestarles, ¿por qué siempre hay algún pesado que se embarca en estos viajes sin saber a dónde va, y sin dejar de molestar a los demás?
Las ruinas de My Son están formadas por pequeños templos construidos por
En los primeros que se construyeron, se percibe la influencia hindú. Los relieves son más intrincados: dioses y diosas con varios brazos, representaciones del lingam y figuras por todas partes. Los más recientes en el tiempo son de influencia budista. No hay tanto relieve, y mirando desde la puerta, siempre se encuentra dentro una pequeña estatua de Buda.
Yo me dediqué a andar de un lado para otro mientras la mayor parte de las otras personas se tumbaban entre la hierba para descansar. Si el sudar estaba asegurado, incluso en reposo, al menos aprovechar el tiempo. Me salvaron unos chicos que aparecieron con unos cubos llenos de botellas de agua. Bebí toda la que me quedaba y les compré más. Con esas reservas tenía que tener suficiente para regresar. En el momento en que terminé de beber, noté como empezaba a sudar más fuerte; ¡pero qué era aquello, ni que estuviera agujereada! Los vietnamitas no sudaban.
_ ¿Pero vosotros no sudáis? - les pregunté.
_ No, pero los extranjeros parece que lleváis una ducha encima.
_ No lo entiendo - les dije - vosotros también sois personas, ¿por qué no sudáis?
_ No lo sabemos, será la costumbre.
Yo sí sabía el por qué, en realidad es la adaptación al medio. No me extraña que los americanos lo pasaran tan mal aquí. Con estos vietnamitas tan frescos y nosotros derrotados sin apenas movernos.
_ No sé si tendré suficiente con este agua que he comprado - les dije-. Podíais volver con nosotros por si necesitamos más.
_ Sí, claro, para eso estamos, para vender agua a los extranjeros.
_ ¿Y vosotros no bebéis?
_ Como no sudamos no tenemos necesidad de beber tanto.
Regresamos por el mismo lugar, de nuevo el puente. Los chicos nos seguían y les dije:
_ En las películas, cuando se regresa, siempre te encuentras que el puente se ha derrumbado.
_ Si quieres un poco de emoción, podemos pasar primero y lo movemos mientras cruzas.
_ No gracias, me gustan las emociones pero no tanto.
Pasaron delante, y por un momento pensé que lo harían, pero no, fueron buenos.
Me había encantado la excursión, aunque nunca había sudado tanto. Dedicaría la tarde a reponerme y a refrescarme, al menos eso es lo que pensé en ese momento. Pero no fue así.
El hotel en Hoi An estaba a unos kilómetros del pueblo. Era un hotel junto al mar y después del paseo de la mañana, todo el mundo quería quedarse a descansar. Estuve a punto de hacerlo también, pero pregunté si había alguna forma de llegar a Hoi An. Un vehículo del hotel me podía acercar dentro de una hora. Me había informado lo suficiente para saber que Hoi An era una joya; para muchos la población más encantadora de todo el país. Mis acompañantes preferían quedarse, y mucho más después de la lluvia torrencial que cayó después de comer.
_ Pues disfrutad de la tarde de descanso, yo me voy a marchar con la furgoneta del hotel. Si cambiáis de idea ya nos encontraremos, y si no nos vemos, hasta esta noche o hasta mañana.
Me dejaron en un punto donde podía volver a esperar a las diez de la noche para regresar. Perfecto, tenía mucho tiempo por delante.
Me metí en la primera calle que encontré. Estaba llena de tiendecitas, restaurantes y terrazas. Muchos extranjeros iban y venían con sus mochilas al hombro, parándose en todas partes. Primero caminaría para hacerme una idea de lo que podía encontrar, y después me iría parando en aquellos lugares que me interesaran. No es muy grande, pero hay tanto que ver, que el tiempo pasa sin darte cuenta. Pasé por delante de templos preciosos, los edificios se levantaban al fondo de jardines a los que se accedía traspasando puertas decoradas con dragones.
Las casas tenían puertas de madera muy antigua, y en su parte superior colgaban farolillos que supuse se encendían por
Seguí el riachuelo y llegué al río donde desembocaba. A esa hora estaba lleno de barcas de pescadores y de vendedores de frutas y verduras. El río era el mercado del pueblo. A partir de aquí y a lo largo de todo el Delta del Mekong me acostumbré a ver los mercados flotantes.
Las mujeres, sentadas en el centro de la barca, repleta de verduras, las vendían a todo aquel que las deseaba. Los posibles compradores se acercaban a pie hasta el puerto o en otras barcas que surcaban el río. Era un mundo multicolor y muy animado, para nada parecido a lo conocido en nuestro mundo. Algunos extranjeros se subían a una de estas barcas y hablaban con ellos. ¡Pues yo no iba a ser menos! Le hice gestos a una vendedora y me asintió con
_ ¿Y qué diferencia hay entre esto y que vengas conmigo al huerto para ayudarme a arrancar patatas?
Tendría razón, pero esto era muy genuino.
Cuando regresamos a la orilla me pareció mal irme sin nada y le compré un manojo de nabos. ¡Y para qué quería yo un manojo de nabos! Pues para nada, pero ya les encontraría utilidad.
Volví a las calles donde estaba todo el ir y venir de gente y me encaminé hacia uno de los templos. Desde el pórtico de entrada se veía al fondo un edificio rectangular con su tejado curvado y repleto de dragones plateados. La entrada era una puerta flanqueada por dos columnas doradas con dragones enroscados a su alrededor y las cabezas enfrentadas la una a
El patio frente al templo estaba rodeado de tinajas metálicas y abombadas, con unas asas redondeadas que sobresalían por encima. Estaban llenas de agua, y en su superficie flotaban los nenúfares con su flor alta y rígida elevándose al cielo. Montones de árboles llenos de flores, que yo no conocía, estaban por todas partes. Jaulas con pájaros cantores, colgadas bajo sus ramas, y el trino de estos pájaros se escuchaba sin parar. Era un ambiente muy relajado y muy bucólico.
Entré en el edificio y me asaltó un frescor que agradecí, sin embargo me encontraba en una sala sin paredes que comunicaba con el jardín por tres de sus lados. Había una mesa grande en el centro forrada con cerámica vidriada y las sillas alrededor eran de madera lacada; una auténtica maravilla.
Se acercó un hombre y me pidió que me sentara en una de las sillas. Hablaba español y me estuvo explicando que ese templo era el más importante de la ciudad. Había sido construido, como toda ella, por los comerciantes chinos que llegaron a este lugar en el siglo XII. El templo, además de su función religiosa, era un importante centro educativo. Tenían una gran biblioteca donde muchos estudiantes y otras personas venían a aprender. Las salas de lectura y de estudio se habían adaptado a los tiempos, pero el resto había mantenido la esencia del lugar y del tiempo en el que fue construido.
_ Éste es un lugar para relajarse, aprender y encontrarse a sí mismo - me dijo.
Era una maravilla. Estuve un buen rato caminando por sus jardines y relajándome como me había dicho. Cuando salí, seguí recorriendo las calles y admirando sus casas tan orientales. Ahora que lo sabía sí que me daba cuenta que tenían un aspecto muy chino. En muchos lugares se veían inscripciones chinas grabadas en las puertas. Pero antes no me había dado cuenta, porque no entiendo chino y supuse que era la escritura vietnamita.
Pasear por este pueblo es una delicia. No circulan los coches ni las motos, solamente a pie o en bicicleta. Los niños volvían del colegio con sus mochilas al hombro. Los chicos vestían pantalones azules y camisas blancas, y una gorra también azul. Las chicas eran una monada, delgadas y con ese vestido vietnamita tan favorecedor: un vestido blanco y recto, que se abre a ambos lados de las piernas a partir de la rodilla; algunas llevaban puesto el sombrero cónico, y otras lo dejaban sobre la espalda.
Todavía llevaba encima el manojo de nabos. Debía estar auténtica, con mis pintas de guiri, mi mochila al hombro, y un manojo de nabos en
Tenía sed; buscaría un lugar para beber algo. Era fácil, había muchos restaurantes y terrazas, pero hacía un rato me pareció ver en algún lugar una terraza porticada en lo alto de una casa, en el segundo piso, no eran más altas. Se veían extranjeros sentados y mirando la calle desde lo alto. La buscaría y me sentaría allí para ver pasar la gente y la vida por debajo. No fue difícil encontrarla. Efectivamente era un café y tuve suerte porque quedó libre una mesa junto a la barandilla de madera.
No sé por qué, pero pregunté si tenían “spanish beer” y me contestaron que sí. Trajeron una cerveza San Miguel de tamaño litrona y me quedé sorprendida. No era española, estaba fabricada en Filipinas. Pero estaba bien, muy fresquita. Me quedaría allí disfrutando del lugar y viendo pasar a la gente, sin prisa.
Llevaba una media hora sentada cuando vi acercarse por la calle a mis tres compañeros de viaje: David, Eva y Kike venían paseando y hablando entre ellos. Al final se habían decidido a salir. ¿Me estarían buscando?, pero iba a ser mala y no les iba a llamar, dejaría que caminaran un poco y ya los encontraría después. Yo quería terminar mi cerveza sola y relajada. Pero al cabo de un rato volvieron por la misma calle y me vieron. Comenzaron a llamarme y tuve que indicarles por dónde subir. Cuando vieron la cerveza, David exclamó:
_ ¡Coño, pero si es una San Miguel!
_ Pues sí, pero de Filipinas - le dije.
_ Yo me tomo una y le hago una foto, porque luego no se creen estas cosas.
Me pidieron otra litrona. Vaya moto que iba a pillar.
Pero no fue para tanto. Aquí las cervezas son tan flojas que casi parecen refrescos.
Les hice un rato de anfitriona; yo ya había recorrido el lugar y les mostré los sitios que ya sabía eran de interés, pero sin entrar en ninguno. Que esperasen al día siguiente.
Cuando llegó la noche, las casas encendieron los farolillos que colgaban junto a sus puertas, y las calles se llenaron de una luz diferente, para nada igualable a una calle iluminada con luz eléctrica. Era un mundo fantástico. Probablemente cuando los chinos crearon este pueblo, varios siglos atrás, las calles se iluminaban igual, con farolillos pero con llamas dentro.
La gente del lugar fue desapareciendo en busca de su cena. Nosotros también decidimos buscar un lugar donde cenar. No era difícil, los restaurantes abundaban. Elegimos sentarnos en uno con unas pocas mesas en la calle, y un aspecto muy casero. Comimos unos platos de pasta acompañada con productos típicos del país, y muy picante. A mí me encanta el picante, pero aun así era difícil aguantarlo.
Por la noche el pueblo de Hoi An sigue siendo encantador, y su aspecto misterioso, como salido de otro mundo, invitaba a quedarse. Preguntamos si había alguna forma de volver al hotel a partir de las diez de
La noche terminó con una lluvia torrencial, de éstas tan comunes en esta zona, que llegan sin previo aviso. Llegué al hotel totalmente empapada, pero sin parar de reír. Había sido una tarde buenísima, todo había merecido la pena, incluso la lluvia.
Una buena ducha, la ropa a tender, y al día siguiente estaría lista para continuar. Debíamos coger un avión para trasladarnos a
Al mismo tiempo es la ciudad más colonial de todo el país. Fue durante mucho tiempo la capital de Vietnam. Sus grandes monumentos recuerdan la época del colonialismo francés. Aquí se encuentra la Catedral de Notre Dame, en el centro histórico; junto a ella el edificio de Correos, de arquitectura neocolonial, o el Teatro Municipal.
Son muy características sus panaderías, donde se pueden encontrar esas barras y brioches tan típicos en Francia. Ésta fue una importante colonia francesa y su impronta sigue viva más que en ningún otro lugar del país. Pero en Saigón también queda el espíritu que dejó el ejército americano. Aquí se encontraba el cuartel general de las tropas americanas durante la guerra de Vietnam. Los pubs tienen un aspecto muy occidental, herencia de aquel ambiente que durante un tiempo llenó este lugar. Sin embargo no debemos olvidar que estamos en el Lejano Oriente, y de alguna forma esto termina apareciendo. Las pagodas se pueden encontrar en cualquiera de los rincones del viejo Saigón.
Siempre fue la capital de Vietnam, hasta que en época comunista, y tras la derrota de Vietnam del Sur en la guerra con Vietnam del Norte, la capital fue trasladada a Hanoi, y su nombre sustituido por el de Ho Chi Minh. Pero esto no le ha hecho perder la grandeza que como gran ciudad siempre tuvo.
Pasé todo un día recorriendo sus avenidas, y sobre todo recorriendo el viejo Saigón. La Catedral de Notre-Dame, una catedral católica, se encuentra en el centro. No hay gran diferencia con cualquier otra catedral europea, quizás no es tan grandiosa.
Entramos en un restaurante para probar el Pho; nos lo habían recomendado. Es una sopa vietnamita hecha con unos tallarines muy anchos elaborados con pasta de arroz, y acompañada con ingredientes diversos como verduras, carne o pescado. Cuando me lo pusieron delante no podía creerlo. Un cuenco similar a las ensaladeras redondas que existen en España, totalmente lleno hasta el borde.
_ ¿Todo esto me tengo que comer? - exclamé.
_ Pero si sólo es sopa - me decía David.
_ Sopa y un montón de cosas más. Además estos tallarines son enormes.
Cogí mis palillos y empecé a enrollar como pude aquellas tiras largas de pasta. No tenían mucho sabor, pero se podían comer. Después intenté pescar el resto de ingredientes que flotaban en el caldo. Yo seguía empeñada en comer exclusivamente con palillos. Al final opte por beber directamente de aquel cuenco hasta que ya no pude más.
Al día siguiente estuvimos en uno de los lugares donde fabricaban los tallarines de pasta de arroz. ¡Menos mal que los habíamos comido el día anterior, porque de lo contrario ya no los hubiéramos probado! El lugar no se caracterizaba precisamente por su higiene.
Pasamos el resto del día caminando por el puerto y viendo como llegaban los grandes petroleros, y como maniobraban para conseguir salir.
Desde Saigón se puede realizar una visita a los túneles de Cuchi. Los túneles del Vietcom, lugares donde permanecían escondidos y desde donde atacaban al ejército americano sin que éste se diera cuenta de dónde le venía el ataque. Es un lugar mantenido exclusivamente para el recuerdo de un hecho histórico del que se sienten orgullosos, pero del que ya no se habla, aunque en este lugar se mantiene vivo.
A la llegada fuimos recibidos por unos guerrilleros vestidos con la misma indumentaria que en su día vestían los vietcom. Entramos en una serie de barracones donde nos explicaron cómo funcionaba el sistema de túneles excavados en la jungla, y como cientos de personas vivían dentro. A continuación es inevitable visualizar una película, que en realidad es un manifiesto antiamericano total.
Pasados estos formalismos entramos en
Yo sabía que se podían visitar los túneles, pero, ¿no tendríamos que entrar por allí?
_ ¿Pues por dónde creen ustedes que van a entrar? - nos dijeron.
_ Pero por ahí no puedo pasar - contestó David, que es un hombre muy fuerte.
_ Ni los demás - contesté yo-, es imposible, nos quedaremos atascados.
Aquellos hombres se reían y nos decían que ya nos empujarían, aunque fuese con el tanque. Cuando ya nos habían tomado el pelo suficientemente, nos dijeron que se había abierto una entrada especial para los turistas, de un tamaño adecuado para nosotros.
_ Pero una vez dentro, ¿cómo son los túneles de anchos? - preguntó David -. Mírame tío, ¿tú crees que podré pasar sin problema?
_ He visto casos peores - le contestó nuestro guía-. Pero yo iré detrás, y si te quedas atascado con una patada te desatasco.
Dejamos de preguntar y entramos. La entrada ya era otra cosa, incluso con escaleras para poder bajar. ¡Lo que consigue el turismo! Una vez dentro comenzamos a caminar en fila. Los túneles son realmente estrechos, hay que agacharse un poco y avanzar sin saber hacia dónde vas. No es nada recomendable para claustrofóbicos.
Ahora se había instalado luz eléctrica, al menos en el tramo preparado para las visitas turísticas, pero en su momento por allí caminaban con candiles y linternas.
Los túneles se ramifican en todas direcciones y es difícil mantener la orientación bajo tierra. La verdad es que son impresionantes. Después de caminar durante un rato llegamos a una pequeña habitación donde podíamos ponernos en pie: había una mesa con bancos corridos en el centro y un hornillo en un rincón. Una mujer vestida de guerrillera estaba allí y nos indicó que nos encontrábamos en la cocina y que estábamos invitados a una comida tal y como las hacían los vietcom en su día.
Nos sentamos en la mesa y nos puso unos cuencos metálicos delante, llenos de una sopa ligera que estaba muy buena. Después nos sirvió unas verduras salteadas y un té con unos pequeños pastelitos. Fue muy curioso, una comida vietcom bajo tierra, en un sitio auténtico.
Salimos por otro lugar después de seguir caminando sin saber hacia dónde. Es una experiencia interesante. No es tan traumática como muchos creen, excepto para las personas claustrofóbicas.
Sin apenas darnos cuenta llegó un momento en el que el agua nos rodeaba, el minibús parecía flotar puesto que en algunos tramos la carretera desaparecía de la vista y sólo se veía agua. ¿Qué estaba pasando?
_ Nos estamos acercando al Delta del río Mekong - nos comentó nuestro guía-. En esta zona es normal que el río inunde la carretera, sobre todo en esta época en la que seguimos con monzones. Pronto abandonaremos el minibús y nos despediremos de nuestro conductor para continuar por el río; ya no volveremos a subir a un autobús.
_ ¿Quieres decir que el resto de nuestro viaje será en barca? - le pregunté.
_ Sí, en concreto en lancha rápida. Os encantará. Estamos en el Delta del Mekong, aquí todas las comunicaciones son a través del río.
_ Pero después tenemos que llegar a Camboya, supongo que seguiremos en autobús.
_ Si pensáis eso estáis equivocados. Voy a desvelaros la sorpresa del viaje, aunque no pensaba hacerlo hasta que llegara el momento.
Aquello me interesaba, una sorpresa. Esas cosas me gustan, y suponía que sería agradable.
_ Para llegar a Camboya todo el mundo vuela desde Ho Chi Minh hasta Pnhom Penh, pero nosotros haremos algo que sólo desde hace un año está permitido. Los vuelos son todos iguales, pero nosotros remontaremos el río Mekong en lancha rápida hasta Pnhom Penh y os dejaré en manos de los camboyanos. Pero para eso quedan unos días, ahora disfrutad del Delta del Mekong.
Llegamos a un embarcadero donde una lancha nos estaba esperando. Subimos el equipaje y nos adentramos en el Delta. Es un mundo increíble, la vida rebosa por todas partes, y toda la vida gira en torno al agua.
Lo que más sorprende del Delta es su extensión, mires donde mires sólo se ve agua. Las barcas van y vienen por todos lados, pescando, transportando todo tipo de cosas, vendiendo sus productos a otras barcas. Son muy características las plantas flotantes que en algunos lugares llegan a formar auténticas islas. Junto a ellas es normal ver personas sumergidas, pescando los peces que se refugian entre las raíces.
En los lugares más tranquilos donde el agua está relativamente quieta, los nenúfares lo inundan todo. Las barcas no se adentran entre ellos para no romper tanta belleza. Es precioso ver estas plantas flotando sobre el agua y con su flor en alto, ¡parecen tan frágiles!
El trayecto por el río lo hacíamos de varias formas. En algunos momentos la lancha iba a máxima potencia. Qué gozada era sentir el aire y el agua en la cara mientras surcábamos aquellas aguas. Cuando llegábamos a lugares interesantes, la lancha paraba y se desplazaba como si de una barca de remos se tratara, entonces podía ver todo lo que había a mi alrededor. Las casas eran palafitos junto a
Bajamos en un jardín junto a la orilla donde nos esperaba una comida bajo los árboles. La comida consistía en unos pescados feísimos ensartados en unos palos, era el pez oreja de elefante. Su sabor no estaba mal, pero nunca he comido un pescado con tantas espinas, aquello era imposible.
Tras la comida todos se quedaron tumbados bajo los árboles; yo me marché y paseé un rato por
Volví al jardín, no fuera que la lancha partiera sin mí. Todos estaban dormidos a la sombra de la vegetación. Cuando fueron despertando reanudamos
Llegamos al hotel, junto a la orilla del río.
El pueblo no tenía gran atractivo, todo su encanto era el Delta, pero a pesar de todo salí a recorrerlo. Muchas de sus calles estaban inundadas; aquí era normal vivir así.
_ ¡Qué fastidio estar siempre con el parquet encharcado!-, exclamé.
Encontré una pequeña mezquita. En este lugar no hay musulmanes, pero allí debía haber una pequeña colonia. Entré y como no podía ser de otra forma, toda la sala estaba llena de agua. Una mujer con una escoba la empujaba hacia fuera, pero de una forma o de otra se las arreglaba para volver a entrar. Hasta el pequeño cementerio que se encontraba al lado estaba lleno de agua.
Tras mi paseo por aquellos lugares, que a pesar del agua pude recorrer, decidí volver al hotel. Había comprobado que tenía buen aspecto y seguro podría hacer algo más interesante. El hotel era un resort en el Delta. En la orilla se encontraba atracado un barco que más bien parecía un galeón español. Se trataba de un bar donde servían unos combinados estupendos. Me senté en uno de los salones, aunque terminé saliendo a cubierta. Mis compañeros de viaje estaban vencidos por el calor y la humedad, cuando vinieron a buscarme yo ya les llevaba ventaja. Pasamos la noche tomando cócteles e intercambiando impresiones sobre todo lo que habíamos visto y sobre lo que quedaba todavía.
A la mañana siguiente la lancha nos estaba esperando para acercarnos al mercado de Cantho, el más importante de todo el Delta. Por supuesto el mercado se celebraba en el río donde decenas de barcas pasaban a nuestro lado, repletas de todo tipo de productos, especialmente frutas y verduras.
La zona del mercado era una locura de gente, los compradores se acercaban a los vendedores y compraban de una barca a otra. Allí había de todo: barcas llenas de patos, gallinas, cerditos, flores, utensilios de cocina, aparejos de pesca, repuestos para motos, bicicletas, vestidos, sombreros; en fin, un auténtico mercado, pero flotando en el Delta. También había muchas barcas-cocina. En ellas se cocinaba todo tipo de cosas que eran adquiridas desde las otras barcas. Desayunos y comidas sin salir del agua.
Las lanchas de turistas se mezclaban con toda esta algarabía y se fundían con ella. Éste es el corazón del Delta y el lugar a donde llegan todos los viajeros que desean conocerlo. Más lejos son pocos los que continúan; nosotros fuimos de esos pocos.
Después de una mañana intensa de mercado y recorridos en lancha, regresamos al hotel para comer y seguir viaje. La mayor parte de los extranjeros regresan desde este punto a Saigón para tomar un avión de regreso a sus países, o para llegar a
Nos llevó unas horas llegar a Chau Doc, con la lancha a toda velocidad. Fue fantástico. Llegamos al atardecer a esta población, pequeña y tranquila. Aquí es difícil encontrar extranjeros, de hecho en el hotel solamente estábamos nosotros ocho. Todo el hotel era para nosotros. No había gran cosa que hacer, excepto contemplar las barcas que pasaban, y jugar al billar. Como solamente éramos nosotros, nos comunicaron que a las ocho de la tarde nos servirían
Un poco antes de la hora convenida, llegó un hombre impecablemente vestido y nos dio
Me desperté cuando comenzaba a amanecer, me despertó el silencio. Aquella era una parte del río tranquila. Salí a la terraza y contemplé como el sol comenzaba a iluminarlo todo. Poco a poco el río comenzó a cobrar vida. Las barcas empezaron a moverse, pasaban frente a mí y algunos me saludaban con la mano, otros me daban los buenos días. No estaban acostumbrados a ver muchos extranjeros y les gustaba ser amables.
Me vestí para desayunar; al igual que para la cena teníamos una hora prevista para no incomodar mucho. Nos prepararon un desayuno opíparo, una buena despedida de Vietnam, porque éste sería el último día. Aquella noche dormiríamos en Camboya.
Tras el desayuno salimos hacia un pueblo cercano caracterizado por ser un pueblo flotante, un auténtico poblado del Delta. Las casas estaban clavadas en el lecho fluvial, eran de madera y todas tenían un porche abierto al río. Las calles, por darles un nombre, eran pasarelas de madera clavadas también al lecho del río, y con la anchura justa para una persona. En todas las puertas había atada una pequeña barca. Los habitantes se desplazaban tanto en barca como por las pasarelas de madera. Los niños jugaban como en cualquier otro sitio, pero lanzándose al agua y yendo de un lado para otro a nado. Nadie estaba pendiente de ellos, sabían desenvolverse perfectamente en aquel medio.
Bajamos de la lancha y estuvimos paseando por las pasarelas. Al principio iba con mucho cuidado, tenía la sensación de que al mínimo fallo caería al agua, pero transcurrido un rato le pillé el punto y podía caminar sin problema.
Entramos en una de las casas. Nos recibieron en el porche y nos dieron unos cocos como el que había tomado días atrás. La familia era bastante numerosa, varios niños de todas las edades nos miraban. Una niña pequeña era muy graciosa, con dos coletas de pelo negro, unos ojos almendrados, y unos mocos que le llegaban a
Cuando los demás entraron y la madre les explicó cómo pescaban, yo ya no necesitaba atender. Me senté en aquellos cojines y terminé el coco.
Regresamos al hotel para recoger el equipaje y un aperitivo para el camino, puesto que nos esperaban unas horas en lancha remontando el río Mekong hasta llegar a Camboya. Por el camino no encontraríamos ninguna población con un restaurante, por lo tanto teníamos que llevarnos
Para mí era una aventura. Nos pusimos unos impermeables para protegernos del agua que salpicaría y de posibles lluvias imprevistas. También tuvimos que ponernos unos chalecos salvavidas, y salimos. Abandonábamos Vietnam, pero nos esperaba Camboya.
El trayecto fue una pasada. Lanzados por el río, viendo pasar a toda velocidad las orillas y las personas que nos saludaban. Ninguna otra lancha estaba haciendo ese trayecto, éramos los únicos. Ocho turistas perdidos en un lugar olvidado, pero auténtico de verdad. Tres horas a toda velocidad río arriba, hasta que llegamos a la frontera.
Allí tuvimos que parar para hacer los trámites de salida y entrada. El puesto fronterizo era una casucha en mitad de toda aquella jungla, con una alambrada que separaba una parte del campo. Solamente hacía un año que se permitía pasar extranjeros por allí, y no estaban preparados. Ni en la mejor de las películas se hubiera logrado un escenario tan auténtico. Estuvimos casi una hora sentados en el suelo de la jungla, mientras los funcionarios de uno y otro país, que compartían caseta, hacían todos los trámites.
Alguien comentó:
_ Esto es de auténtica película. Ocho turistas tirados en un puesto fronterizo de otro siglo, en el culo del mundo. Si nos quieren encontrar, nadie lo lograría.
Y mientras nosotros estábamos allí esperando, la población del lugar pasaba por la valla como si no existiera.
_ ¿Pero todos estos no tienen que hacer trámites para cruzar?
_ Estos, seguro que viven aquí cerca. No van a ir muy lejos por cruzar sin pasaporte, además seguro que se conocen todos.
Cuando por fin acabaron todos los trámites, volvimos a la lancha, nos acomodamos de nuevo y continuamos, ahora sí que habíamos abandonado Vietnam, y como despedida nos cayó una lluvia de monzón, mientras seguíamos a toda velocidad remontando el río Mekong.
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