miércoles, 7 de agosto de 2013

De Galilea a Catai (6)



TRAS LOS PASOS DE LAWRENCE DE ARABIA
  JORDANIA


    Volví de Marruecos en la primera quincena de septiembre. Me había divertido mucho, había vivido una aventura sahariana que en algún momento relataré, pero tenía la sensación de no haber aprovechado del todo mis vacaciones. Había estado una semana, y todavía tenía dos más para hacer algo interesante. Quería completar el viaje, hacer algo más. Intenté buscar alguna cosa y encontré una salida a Jordania, pero tenía que esperar hasta octubre, durante las fiestas de Zaragoza. No me lo pensé dos veces, retrasé los días que me quedaban de vacaciones, y en octubre me fui a Jordania. Unos días bien aprovechados eran suficientes. Es un país muy pequeño y los trayectos son cortos. Además era una buena época porque ya no hacía tanto calor. Jordania es un país árido y completamente desértico. Su geografía está surcada de norte a sur por una única carretera, una autopista que atraviesa los cuatrocientos kilómetros de largo que tiene este pequeño país.
    Me gustó lo bien que estaba aprovechado el tiempo. A las seis de la mañana tomaba un avión en el aeropuerto de Zaragoza, llegaba a Amman, y a las tres de la tarde estaba comiendo en un restaurante a los pies del Monte Nebo.
    Jordania es un país moderno, sus infraestructuras son buenas y está muy bien preparado, aunque  para mí ha perdido una parte importante del encanto árabe. Aquí no pude encontrar los grandes zocos que tanto me apasionaron en Marrakeck, Estambul, Isfahan, Shiraz, Damasco o Alepo, pero todavía es posible vivir momentos auténticos y únicos, y para ello hay dos puntos claves: Petra y Wadi  Rum.
    Mi destino, tras aterrizar en Amman, era Wadi Musa, la ciudad que se ha formado a la entrada de Petra. Ése sería mi cuartel general y desde allí me desplazaría a todos los demás puntos del país, para volver cada noche al hotel. Salí de Amman hacia el sur, por la única autopista que recorre el país de norte a sur. El paisaje es monótono, árido, sin apenas vegetación. Sólo una línea de asfalto que parte en dos toda esta aridez. Un paisaje marrón cruzado por una línea negra.
    A la hora de comer estaba a los pies del Monte Nebo. Tomé algo en un restaurante cercano.
    El Monte Nebo es la cima desde la cual, según cuenta la historia, Dios mostró a Moisés la Tierra Prometida. También es el lugar donde dicen, murió y fue enterrado sin pisar nunca esa Tierra Prometida, aunque nadie conoce el emplazamiento de su tumba. Si alguien espera encontrar algo especial, no lo encontrará. La vista desde arriba, junto a una cruz de estilo moderno, es bonita, pero no más que muchas otras vistas en muchos otros lugares. ¿Qué tiene de especial esta vista?
    A los pies de la montaña se extiende un valle: el Valle del Jordán, pero el río ya no se ve. En el extremo derecho del valle se puede apreciar un brillo plateado, es el Mar Muerto. Al frente, unas montañas entre las cuales, si el día está claro, es posible distinguir alguna de las cúpulas de las mezquitas de Jerusalén. Ésta es la vista de la Tierra Prometida que se puede ver desde lo alto del Monte Nebo. El resto del paisaje son montañas áridas donde se supone, descansa el cuerpo de Moisés, en un punto que nadie conoce. A mí me interesaba la ciudad que se encontraba al frente, no podía verse, pero allí estaba: Jerusalén. No puedo evitarlo, me atraen las ciudades con historia, con mucha historia. A estas alturas me estaba convirtiendo en una coleccionista de ciudades míticas, y Jerusalén lo es. Entonces no lo sabía, pero en lo alto del Monte Nebo deseé conocer Jerusalén, y años más tarde la conocí.
    Lo más interesante de Monte Nebo es el interior de la pequeña iglesia que allí se encuentra. Está muy reconstruida. Su interior es muy antiguo, y el suelo está cubierto por mosaicos romanos, maravillosos. Se camina sobre pasarelas elevadas para poder apreciar toda esta belleza sin estropearla.
    Próxima al Monte Nebo se encuentra la población de Madaba. Es muy interesante conocer su iglesia, de estilo bizantino, donde se encuentra una colección de mosaicos de los siglos V y VI. El principal de todos ellos es un mosaico incompleto, en el centro de la iglesia, frente al altar, que representa toda la superficie de Tierra Santa, tal y como se conocía en aquel momento.
    Después de tanta iglesia, me dediqué a dar una vuelta por la población, sobre todo por las calles cercanas a la iglesia, la parte más vieja de la ciudad. Aquello ya tenía un aspecto más auténtico. Encontré varias carnicerías donde colgaban de sus respectivos ganchos, cabezas de camello. Me resultaron curiosas y entré a preguntar.
    _ ¿Eso es un camello, no?
    _ Sí señorita.
    _ ¿Puedo hacerle unas fotos?
    _ Claro, no creo que proteste.
    _ No sabía que el camello se comía.
    _ Aquí es el animal que más abunda, y claro que se come. Pero también comemos pollo y cordero.
    _ Nunca había visto las cabezas de camello colgadas de esta forma.
    _ Entonces es que nunca ha estado en Jordania.
    _ No, es la primera vez. He llegado hoy.
    _ Pues sea bienvenida. ¿Visitará Petra?
    _ Sí, claro. Cómo venir a Jordania y no visitar Petra.
    Me despedí y seguí caminando un poco más. Aunque no hacía el calor insoportable que puede llegar a hacer en verano, quería comprar una kafiya roja, la más utilizada en Jordania. Las vendían por todas partes. Entré en una tienda donde pude probar varias. Les pedí que me enseñaran a colocármela. Me querían vender el aro con el cual se la sujetan.
    _ Pero el aro lo llevan los hombres, y yo soy mujer. Quiero que me enseñéis a ponerla como si fuera un turbante.
    _ Así no se coloca - me decían -. Además la kafiya es una prenda de hombre.
    _ Bueno, me la llevo y ya me la pondré como me parezca.
    Terminé comprando una roja y una negra. Me explicaron que la roja era la más utilizada en Jordania y por los beduinos del desierto; la negra era más de procedencia Palestina.
    No había mucho más que hacer en aquel lugar, de forma que continué hacia el sur. En un determinado momento se toma un desvío de la autopista hacia la derecha, es el desvío que lleva a Petra y a la población de Wadi Musa, donde se encontraba mi hotel. Wadi Musa es un lugar lleno de hoteles. Surgió tras el descubrimiento de la ciudad de Petra, y todo en ella está dirigido al turista.
    Mi hotel se encontraba en lo alto de una montaña, fuera del centro de la ciudad. Tenía un inconveniente, una vez allí no se podía hacer gran cosa, excepto tomar algo en alguna de sus terrazas. Pero también tenía una ventaja, desde cualquiera de estas terrazas se podía contemplar una vista impresionante de las montañas, riscos y acantilados, entre los cuales se encuentra escondida la ciudad de Petra. Es una vista árida, sin vegetación. Nadie que no lo sepa podría imaginar que dentro de aquel erial se encuentra una de las maravillas del mundo, protegida por la naturaleza y por la inteligencia del hombre, que supo aprovechar los recursos naturales para crear algo tan extraordinario.
    Petra, la ciudad perdida de los nabateos, un pueblo beduino del desierto de Jordania. La ciudad fue descubierta a finales del siglo XIX por Johann Buckhardt. Viajaba hacia Egipto, en aquellos viajes largos y lentos que solamente podían hacerse entonces, cuando pasó por el desierto de Wadi Rum y escuchó conversaciones, rumores y palabras a los beduinos de la zona. Hablaban de un lugar que él no sabía que existiera, pero se puso en alerta. Los beduinos conocían la existencia de la ciudad, pero lo mantenían en secreto y no pudo conseguir que le dijeran nada. Regresó con un plan trazado. Se hizo pasar por beduino y musulmán convencido. Convivió con algunas tribus, y un día se acercó con una cabra a la zona donde suponía se encontraba el gran secreto, y la soltó, haciendo creer que la había perdido y no podía encontrarla. Un joven beduino cayó en el engaño y lo dirigió hacia una entrada secreta que daba acceso a un desfiladero alto y estrecho, donde supuso se había metido la cabra. Acababa de entrar en el Siq. Tomó buena nota de la ubicación de la entrada, prácticamente invisible a los ojos que no la conocían, y en cuanto pudo regresó. Ante él se abría un desfiladero muy estrecho, en algunos lugares solamente hay dos metros de anchura, y sus paredes, totalmente verticales, se levantan hasta una altura de cien metros. Debió ser algo alucinante estar allí sin saber qué había más adelante. Caminó a lo largo de este desfiladero de más de un kilómetro, y de pronto, al girar una pequeña curva, el final del túnel deja ver una fachada roja, iluminada por el sol, magnífica: es el Tesoro de Petra. El Siq termina justo enfrente. Contempló aquella maravilla, frente a una explanada que se extiende hacia la derecha. Adentrándose en esa dirección, las montañas rodean una hondonada amplia y extensa, las paredes verticales están llenas de fachadas rojizas, se trata de templos, tumbas, palacios, un teatro romano, en definitiva: la ciudad de Petra. Acababa de ser descubierta para el mundo.
    Y allí estaba yo a la mañana siguiente, esperando a pagar mi entrada para acceder a ella. Hoy el Siq no está escondido, desde la taquilla hay un camino de casi un kilómetro hasta la entrada, un camino que te lleva hasta una alta grieta abierta en la montaña. Puede hacerse a pie o a caballo, y a partir de aquí a pie de nuevo o en calesa.
    El Siq es la única entrada a Petra. Cuando te acercas a la pared de roca, lo único que se aprecia es una grieta estrecha que parte la montaña en dos. Vista desde la distancia parece mentira que se pueda pasar a través de ella. Cuando se construyó la ciudad, existió un arco que adornaba la entrada; hoy pueden verse sus bases en mitad de la pared. Me adentré en el desfiladero y lo recorrí despacio, mirando todo lo que había a mi alrededor.
    Se siente un gran frescor ya que el sol no penetra fácilmente. A esa hora era mucha la afluencia de gente, puesto que todo el mundo entra al mismo tiempo, así que me demoré, esperando que todos avanzaran para poder disfrutar mejor de aquella maravilla natural. Algunas calesas pasaban a mi lado llevando a turistas comodones que no querían caminar.
    Las paredes suben verticales hasta que sólo se aprecia una fina línea, muy arriba, a través de la cual se ve el azul del cielo. Estas paredes, prácticamente desde el principio, tienen en muchas partes tal variedad de colores que parecen pintadas a mano, y no esculpidas por la naturaleza. Rojos de todos los tonos, naranjas, amarillos, blancos, y muchas variedades más, formando franjas de forma natural, que se pueden ver a lo largo de todos los rincones. En algunos tramos, el desfiladero se estrecha tanto que sólo llega a medir dos metros de anchura; es algo realmente alucinante.
    Un grupo que iba delante de mí atendía las explicaciones de un guía, y de pronto escuché como les decía:
    _ Acérquense a esta esquina y miren hacia arriba, en aquel rincón, en lo más alto, pueden ver un pequeño tesoro, una joya que incrustó en ese lugar uno de los constructores de la ciudad.
    No pude evitarlo y me acerqué, haciendo lo mismo que los demás, mirar hacia el punto que nos indicaba, pero ni yo ni nadie veíamos nada. Entonces aquel hombre dijo:
    _  ¿Pero ven o no ven el tesoro?
    _ No vemos nada - contestamos todos al mismo tiempo.
    _ Pues entonces dense la vuelta muy lentamente, por favor.
    Lo hicimos, y al girar hacia el otro lado, frente a mí, se acababa el Siq y estaba viendo la fachada del Tesoro. Todo había sido una triquiñuela para que la primera vista del Tesoro de Petra fuera una sorpresa que no se pudiera olvidar, ¡y vaya si lo consiguió!
    Es una imagen muy conocida, todo el mundo la ha visto desde que Indiana Jones llegó a este lugar, pero verla allí no es comparable a nada. Parece un escenario preparado para una película, pero no es así, fue construido hace siglos, aprovechando los recursos que la naturaleza había creado. El monumento más conocido de Petra es esta fachada que se encuentra frente a la salida del Siq, y a la que se conoce como El Tesoro.
    Una pared vertical, sobre la que se ha esculpido un frontal de un aspecto neoclásico, flanqueado por columnas y una gran urna en la parte superior. Hubo un tiempo en el que los beduinos creyeron que dentro de esta urna de piedra se encontraba un tesoro, y éste es el origen del nombre por el que ahora se la conoce. Como toda la ciudad, se trata de una fachada en granito rosa. Ésta es también la ciudad rosa.
    Esta fachada tan espectacular, crea la sensación de que el interior será similar, pero no es así. Cuando se traspasa la puerta, uno se encuentra en una habitación más bien pequeña, de paredes lisas y sin ningún tipo de decoración, a excepción de la propia naturaleza que ha creado vetas de colores, y que ningún pintor podría haber conseguido nunca.
    El mejor momento para admirar y fotografiar El Tesoro es la tarde, cuando el sol la ilumina totalmente.
    Pero esto sólo es el principio de Petra, a partir de aquí comienza la ciudad. Caminando hacia la derecha, al llegar al final, se abre hacia la izquierda una amplia extensión rodeada por los altos riscos que la ocultan del mundo. A lo largo de todas las paredes se pueden contemplar fachadas que dan acceso a tumbas y templos, casas nobles y palacios.
    Hay un edificio en especial, donde el agua y los sedimentos de las rocas han creado tal variedad de colores, que es posible verlo desde la distancia. Parece mentira que todo aquello sea natural, y que el hombre haya sabido aprovecharlo de forma que se haya creado tanta belleza.
    En la distancia, más allá de la ciudad, en lo alto de una montaña, se ve un edificio blanco. Es la tumba de Aarón, el hermano de Moisés.
    En la parte central de la ciudad, frente a algunas de las fachadas mejor conservadas, se encuentra un teatro romano. Ellos conocían la ciudad, y no solamente construyeron este teatro, sino también otros edificios y calzadas perfectamente conservadas, que se encuentran al final del recorrido.
    Me dediqué a caminar despacio, sin prisa, subiendo a todas las tumbas, entrando en todos los lugares que permanecían abiertos. Cuando llegó la hora de comer estaba al final del recorrido, y entonces llega algo que no se debe perder: la subida al Monasterio. El Monasterio es una tumba que se encuentra en lo más alto de la ciudad, y para llegar a él hay que ascender casi mil escalones excavados en la piedra; pero a pesar de que todo el mundo llega a este punto cansado por todo el recorrido anterior, hay que subir.
    Antes de llegar al comienzo de la escalinata, hay un restaurante, el único que se encuentra en todo el recinto. Entré para comprar agua suficiente que me permitiera afrontar el ascenso. Existe la posibilidad de subir a lomos de asnos, pero preferí ascender por mí misma. Todas las guías dicen que el ascenso lleva cuarenta y cinco minutos; yo tardé hora y media. Subí despacio y descansé varias veces, sentándome a un lado y contemplando el paisaje que se desplegaba a mis pies. Cuanto más arriba estaba, más espectacular era lo que veía. El paisaje árido era impresionante, y la vista de la ciudad, con sus fachadas rosadas, era alucinante. Desde aquel lugar era posible verlo completo, no así desde cualquier otra altura desde donde la ciudad era invisible. Estos nabateos supieron elegir muy bien el emplazamiento del Monasterio.
    Como el resto de monumentos, El Monasterio es una gran fachada, del mismo estilo que El Tesoro, aunque un poco más ancha. Está sola, aislada en lo alto de la montaña, vigilando toda la ciudad desde su lugar privilegiado.
    Después de subir hasta allí tenía que aprovechar el tiempo y quedarme un rato, sentada junto al borde, contemplando todo lo que abarcaba la vista. La bajada es mucho más rápida. Y una vez abajo, tenía que volver a atravesar toda la ciudad, desandar todo lo andado durante la mañana, para volver al Siq y salir de Petra.
    Llegué a la explanada del Tesoro a las cinco de la tarde. En ese momento estaba vacío, al contrario que por la mañana, cuando todo el mundo llegaba al mismo tiempo e inundaban el lugar. Aproveché para volver a verlo tranquilamente, y sobre todo para tomar las mejores fotografías, ya que entonces, además de solitario, estaba totalmente iluminado por la luz del sol.
    Volví a entrar en el Siq, y ahora pude disfrutar de momentos deliciosos. Como El Tesoro, estaba desierto, y nada más entrar lo primero que descubrí fue un silencio total. ¡Qué maravilla! Me senté en un recodo y simplemente escuché ese silencio; ¡qué paz, qué cosa tan agradable! En algún momento escuchaba el ruido de una calesa que se acercaba, aparecía ante mi vista y volvía a alejarse, hasta que el ruido desaparecía y volvía de nuevo el silencio. Me hubiera quedado allí para siempre.
    Petra me había encantado, pero tenía que salir. Estaba cansada, las piernas se quejaban y los pies me dolían.
    Llegué a la taquilla y vi un cartel en el que se anunciaba que por la noche se podía entrar para contemplar un espectáculo de luz y sonido ante la fachada del Tesoro. Cada noche se hacía en un idioma diferente, aquella noche en inglés. Aquello me interesaba, estaba agotada, pero volver allí y volver de noche, tenía que ser una experiencia. Lo que menos me interesaba era el espectáculo, estos son parecidos en todas partes, pero el Siq de noche tenía que ser una pasada. Estaba agotada, pero vendría. En el hotel tuve el tiempo suficiente para ducharme, tomar una cerveza fresquita en la terraza, descansar un poco mis pies, y volver a bajar hasta la ciudad.
    Es un lugar desértico, y la temperatura bajó bastante. Volví a pagar la entrada y caminé a lo largo del kilómetro que me llevaba al Siq. El camino estaba señalado con pequeñas lámparas de aceite, colocadas en lugares estratégicos. Tenía un aire muy bucólico.
    Aquella era una noche de luna llena. Llegué al Siq y me metí dentro. La luz de la luna no penetraba, era demasiado estrecho para permitirle entrar. Solamente mirando hacia arriba se podía llegar a apreciar algún punto débil de luz, alguna estrella. En algunos huecos de las paredes brillaban también lámparas de aceite, era una luz muy suave, sólo una señal que permitía saber dónde estaban las paredes del desfiladero para no chocar con ellas. Pero lo más alucinante de todo era el silencio, ahora sí era un silencio completo; y la soledad. Estaba yo sola, todo el mundo debía estar en la explanada; el Siq era mío. Me demoré todo lo que pude, lo recorrí muy, muy despacio, y me empapé de aquella paz. En sólo dos meses había vivido dos experiencias alucinantes, de noche y en un entorno desértico. Realmente era afortunada.
    Cuando llegué al final del desfiladero el espectáculo estaba terminando. Toda la explanada estaba cubierta de lámparas, y la fachada iluminada por una luz rojiza que resaltaba todavía más el color ya rojo del lugar. No me importó haberme perdido aquello, lo anterior había sido mucho mejor, o al menos para mí lo era. La vuelta estaba llena de gente, así que los dejé pasar, y esperé hasta quedarme prácticamente sola de nuevo. Cuando llegué fuera y encontré un taxi, mis pies ya no podían más. Ahora sí habían dicho basta. Tuve que descalzarme, y así llegué al hotel y a mi habitación. Estuve dentro del agua casi una hora, esperando que el esfuerzo no me impidiera andar al día siguiente, porque también pensaba ir a un lugar genial.
      Ese lugar era Wadi Rum, el desierto jordano. Pero antes pasaría por el Mar Rojo, estaba cerca y quería ver, si me era posible, sus famosos fondos marinos. 
    Había que volver a la autopista y continuar en dirección sur. A no muchos kilómetros, un desvío a la derecha lleva hasta Aquaba, la ciudad jordana que permite una salida al mar a este pequeño país. El Mar Rojo es una estrecha franja en la cual se sitúa el único puerto  que existe en el país. Desde la orilla se puede divisar la orilla opuesta y sus edificios; se trata de Israel. A una cierta distancia, las patrulleras israelíes circulaban de un lado para otro, pero yo no necesitaba ir hasta allí. Mi intención era ver, hasta donde fuera posible, el fondo marino del Mar Rojo. Todos hemos visto esas fotografías donde se pueden apreciar paisajes y peces de colores exuberantes.
    Yo no sé bucear, y nunca he practicado el buceo. Preferí subir a un barco con el suelo transparente y observar desde allí. Me llevé una gran decepción, no vi nada de lo que esperaba. O bien todas las fotografías que recordaba eran un montaje, o realmente para apreciar esa belleza era necesario bajar buceando.
    Yo observé un fondo gris, coral cubierto de porquería, triste y opaco.  Botellas, plásticos y todo tipo de cosas parecidas, incluso un tanque. Aquello era patético, y muy triste. El resto no me interesaba: una playa, terrazas, gente bañándose, más o menos lo de siempre. Aquaba se vende bien, pero a mí personalmente me decepcionó.
    Mejor continuar hacia otro lugar, éste sí que sabía, incluso antes de llegar, que me fascinaría: el desierto de Wadi Rum.
    Vuelta a la autopista y de nuevo hacia el sur. En este país es imposible perderse, siempre la misma carretera para llegar a todas partes. En este caso un desvío a la izquierda nos lleva hasta el desierto. Un poco más adelante comienzan a verse los camellos, y al final un puesto con multitud de jeeps. A partir de aquel punto, la única forma de entrar en Wadi Rum es a lomos de camello o en jeep, conducidos por conductores autorizados. Es una zona protegida para evitar que el turismo masivo lo destruya. Subí a un jeep descubierto junto con otras personas y salimos hacia un lugar con un aspecto de paisaje lunar.
    Entrar en Wadi Rum, es entrar en un mundo rosa. No se trata del típico desierto de arena, sino de un desierto pedregoso; pero tampoco se trata de piedras desperdigadas, sino de grandes formaciones rocosas que crean formas caprichosas. Dicen de él que es el desierto más bonito del mundo, y realmente tiene una belleza especial.
    Los jeeps se acercan a las elevaciones rocosas, pasan entre ellas y surgen otras, más espectaculares si cabe; y entre todas ellas, o elevándose por sus pendientes, dunas de un color rosado intenso. Son dunas pequeñas, aunque al abrigo de algunas rocas llegan a conseguir alturas importantes.
    En el corazón de este mundo rosa y mágico, las montañas crean un desfiladero donde los antiguos nabateos pintaron animales y escenas de caza. Allí bajamos de los jeeps para recorrer una zona que es un auténtico plató cinematográfico, pero totalmente natural.
    Caminé por el desfiladero, subí y bajé riscos, ascendí hasta lo más alto de una montaña para contemplar una extensión rosa, plagada de protuberancias rocosas. Caminé descalza sobre la arena, y pasé una tarde increíble, sintiéndome Lawrence de Arabia. Porque éste es su desierto, éste es el lugar desde donde organizó y dirigió la revuelta árabe contra los turcos.
    Cuando volví a subir al jeep, nos alejamos en busca de otra zona, ésta más llana, con formaciones rocosas con la parte superior plana. Desde aquí se veían caravanas de camellos en perfecta formación, encaminándose no se sabe hacia dónde. Me quedé allí hasta que llegó el atardecer.
    Ya he dicho en alguna ocasión que en el desierto el atardecer siempre está asegurado, y aquí por supuesto, no fue menos. El paisaje ya tiene un color rojo, pero los últimos rayos de sol intensifican este color, hasta darle el aspecto de una gran hoguera. Se llega a tener la sensación de que todo a tu alrededor está ardiendo. Y luego llega la oscuridad, la temperatura baja y las estrellas aparecen, pero aquella noche las estrellas no se veían tan claras, y el motivo era la luna: una noche de luna llena inmensa.
    Ya tenía previsto quedarme, pero me enteré sobre la forma de volver a Wadi Musa. Existía un campamento donde se celebraban cenas beduinas: hogueras y música; una auténtica cena en el desierto. Había suficiente gente, y muchos tenían que volver a Wadi Musa, de forma que me apuntaría a uno de los coches.
    Llegué al campamento, estaba rodeado de palmeras y caminé entre ellas hasta la hora de la cena. Tuve que protegerme con la kafiya porque la temperatura era bastante fresca. Al cabo de un rato, el olor de la carne asada me atrajo. Habían preparado una gran hoguera donde se asaban unos corderos; ¡aquello prometía! Busqué un pequeño puesto donde me sirvieron una cerveza, carísima y caliente, pero todo se perdonaba por disfrutar del lugar.
    Llegó la hora de cenar y todos los que estábamos nos sentamos alrededor de la hoguera, donde nos sirvieron una ración de aquel cordero asado. Los camareros, todos hombres, eran beduinos vestidos con túnicas blancas, cinturones negros atados alrededor de la cintura, y la kafiya roja en la cabeza. Fue una auténtica cena de campamento, y cuando terminó, comenzó la fiesta. La hoguera no se apagaba, no dejaban de alimentarla con grandes hojas secas de palmera.
    Los beduinos volvieron con tamboriles y flautas y comenzaron a tocar, mientras otros bailaban alrededor de la hoguera, siguiendo el ritmo. Era una danza pegadiza, y sobre todo fácil de seguir, y enseguida me encontré bailando con ellos y otras personas que se animaron, girando alrededor de la hoguera, y siguiendo sus pasos.
    La danza, el fuego, la luna, todo contribuía a crear una noche mágica. Me encantó, y hubiera seguido allí toda la noche, pero llegó el momento en que los coches volvían a Wadi Musa, tenía que irme. Cuando llegué al hotel era tardísimo y tenía que aprovechar para dormir un poco. Al día siguiente iría en dirección contraria, hacia el norte.
   Me desperté temprano, faltaba poco para amanecer. Salí a la terraza de mi habitación; todavía estaba allí la luna, era una luna llena. Pensé que ese año había sido muy afortunada. Hacía solamente un mes, en la anterior luna llena, yo estaba en el Sahara, tumbada encima de una duna, contemplando aquel mismo cielo y aquella misma luna. Ahora, un mes más tarde, la luna llena había vuelto, y yo la observaba desde otro desierto diferente, más pequeño, pero igualmente interesante. Sí, definitivamente era una persona con suerte. Quizás no tenía todo lo que deseaba, pero ¿quién tiene todo lo que desea? Nadie.
    A aquella hora la temperatura era más fresca de lo habitual, de pronto me di cuenta que estaba temblando. Cogí la kafiya y me envolví con ella, me preparé un café con leche y volví a salir fuera. El paisaje desde mi terraza era impresionante. El hotel estaba situado en lo alto de una montaña, por encima de los riscos y acantilados que escondían la ciudad de Petra, y todo este escenario estaba frente a mí. En pocos minutos, el sol comenzó a salir y todo el paisaje se transformó. La tumba de Aarón, situada al este de Petra, se hizo visible. Era lo único que se podía ver, allí solitaria, encima de aquella cima. Después todo lo demás se fue iluminando. Desde donde yo estaba solo se apreciaban montañas áridas, sin vegetación, erosionadas por el tiempo. Sin información previa, era imposible imaginar lo que escondían.
    Cuando el sol hubo salido totalmente, la temperatura cambió, ya no tenía frío. Pensé en lo que haría durante ese día. Esta vez me encaminaría hacia el norte para ver el castillo de Kerak, un castillo de la época de las cruzadas, y la tarde la pasaría en el Mar Muerto. Hoy sí que me bañaría, sabía que hacerlo en este mar es toda una experiencia.
    Me duché, la noche anterior había caído directamente en la cama. Bajé al restaurante y descubrí que era la primera. Como me sobraba tiempo decidí tomar un desayuno por todo lo alto, y lo hice, casi reviento.
    De nuevo el trayecto hasta la autopista, tenía la sensación de conocer ese tramo de toda mi vida. Una vez en la autopista, dirección norte hasta llegar a Kerak.
    Kerak es un castillo templario. Este territorio se encontraba dentro de la zona donde se desarrollaron las cruzadas, y aunque no fue precisamente el punto más conflictivo, si existen restos de aquella época. El castillo se encuentra en lo alto de una montaña de unos mil metros de altura, y desde ella se divisa una extensión dominada por el color marrón. El castillo fue conquistado por Saladino, y los distintos ataques, junto con algún terremoto, lo destruyeron. En la actualidad algunas partes han sido reconstruidas, y puede verse tal y como debía ser en su momento. A pesar de todo, su aspecto es el de un lugar destruido.
    Lo más interesante, al menos a mí me lo pareció, son sus pasadizos subterráneos. Estos se mantienen intactos, y dentro de ellos se puede tener una idea de cómo tenía que ser la vida de aquellos cruzados. Son túneles abovedados de piedra. A sus lados se abren puertas que dan acceso a pequeñas habitaciones donde se guardaban víveres, o servían de prisiones. Los túneles se iluminaban con antorchas, aunque hoy en día han sido sustituidas por bombillas, pero su luz es muy difusa, creando un ambiente que recrea muy bien la época en la que se construyó.
    Después de comer en un restaurante cercano, el buffet que cada día era el mismo, vuelta a la autopista para llegar al Mar Muerto. Cuando se deja la carretera principal y se toma el desvío que lleva al Mar Muerto, te das cuenta de que el terreno comienza a descender. Las paredes de arenisca rodean el camino, hasta llegar a una depresión donde brilla una superficie plateada. Me encontraba en el punto más bajo del planeta, a cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar.
    El Mar Muerto, aunque se le llame así, en realidad es un lago: el lago salado más grande del mundo. Y por desgracia se está muriendo, y no por la sal, sino por la evaporación y la escasa cantidad de agua que llega hasta él. Su principal fuente de vida es el río Jordán, que desemboca allí, pero el río Jordán ha sido explotado hasta tal punto por Israel, que en este momento apenas llega agua a su desembocadura, y ello supone que cada año el Mar Muerto pierde un metro de altura.
    El Mar Muerto es único por varios motivos. En primer lugar, su alto contenido en sal es tal, que se flota en él sin hacer absolutamente nada. Por otra parte, la gran cantidad de sales minerales que contiene, han dado lugar a un fango negro que se extiende sobre el cuerpo, y que deja una sensación de suavidad muy agradable.
    El aspecto de la playa a la que llegué no se diferenciaba de ninguna otra. Algunas palmeras, sombrillas y arena. Me acerqué a los baños para poder cambiarme.
    Cuando entras en el agua, no pasa nada. Caminé hasta que me cubrió lo suficiente para comenzar a nadar, y entonces viene lo divertido. Intenté nadar, pero en el momento en que mis pies dejaron de tocar el suelo, salí despedida del agua y me quedé boca arriba, flotando sin problemas. Lo intenté de nuevo, y ocurrió lo mismo. Todo el mundo estaba panza arriba, incluso algunos leían tranquilamente un periódico, como si estuvieran tumbados en una hamaca.
    Puedes intentarlo tantas veces como quieras, es imposible. No se puede estar boca abajo, el agua te voltea y te pone mirando hacia arriba. No es un mar para nadar, ni para bañarse; es un mar para reírse y para divertirse.
    Salí a la orilla, tenía que probar el otro atractivo, los barros. No hay que ir a ningún sitio especial para tomarlos. En la orilla, las personas están totalmente cubiertas de barro negro. Es tan sencillo como meter la mano en la arena, junto al agua, y extenderse por todo el cuerpo el barro que coges. Me embadurné por completo, cara incluida, y después busqué una hamaca donde tumbarme al sol un rato para dejar que se secara e hiciera su efecto. A medida que el barro se secaba, notaba como si estuviera escayolada, pero cuanto más tiempo se aguantaba, mayor era el efecto de los minerales sobre la piel. Cuando volví al agua, tenía que andar rígida. Al contacto con el agua el barro se disolvía y desaparecía por completo, y es cierto, la piel tenía una suavidad como nunca he vuelto a sentir, y además esta sensación duró un par de semanas.
    Seguí otro buen rato chapoteando en el agua y divirtiéndome con aquella sensación de ingravidez; fue realmente divertido.
    Sin darme cuenta habían pasado cuatro días, y al día siguiente volvía a casa. El avión salía a las ocho de la tarde, con lo que tenía casi todo el día para hacer algo. La verdad es que el tamaño del país permitía verlo en muy pocos días, aunque no me hubiera importado estar un día más en Petra, y al menos otro en Wadi Rum.
    Volví a la autopista, pero esta vez no regresaría a Wadi Musa. Tenía que llegar a Amman, pero no me detuve aquí. Un poco más al norte, cerca de la frontera con Siria, hay otro tesoro arqueológico: la ciudad de Jerash.
    También conocida como Gerasa, es una ciudad romana, la mejor conservada y más bonita de todo Oriente Medio. Durante muchos siglos estuvo sepultada bajo la arena, y esto ha permitido que se conserve en perfecto estado. Me quedé sorprendidísima cuando la vi, solo faltaba que los antiguos habitantes caminaran por allí.
    Como toda ciudad romana, sus dos calles principales: el cardus y el decamanus, estaban perfectas. Cruzándose perpendicularmente, unas calzadas romanas, formadas por losas pulidas y flanqueadas por dos hileras de columnas a ambos lados. No faltaba ninguna columna, no faltaba ninguna losa. En el centro de la ciudad, una plaza oval, enorme. Como las calzadas anteriores, el suelo estaba cubierto por el mismo tipo de losas, y todo su perímetro rodeado por columnas que todavía mantenían el dintel que las unía unas a otras.
    El Teatro recuerda mucho al Teatro de Mérida. Su escena está completa, así como todas sus gradas. Las estatuas, las columnas, todo parece estar preparado para comenzar una representación en cualquier momento.
    El Templo de Artemisa es una preciosidad: las columnas corintias, con sus capiteles en perfecto estado. Algunas personas estaban tumbadas en el suelo, con sus cámaras fotográficas hacia arriba. Quise enterarme qué hacían.  Hay un grupo de seis columnas muy altas y con unos capiteles bellísimos. Si uno encuentra el punto exacto, puede conseguir una foto de las seis al mismo tiempo, pero para eso hay que tumbarse en el suelo y enfocar hacia arriba. Guardé mi turno y cuando pude tumbarme probé hasta encontrar ese punto en el que las seis columnas estaban en mi objetivo. Se elevaban hacia un cielo azul, la foto es increíble.
    Y esto fue todo. Al final había conseguido unas vacaciones perfectas: dos viajes cortos en un mes, que me dejaron una sensación muy satisfactoria. Había conseguido una aventura en el desierto muy completa.

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