TRAS LOS PASOS DE LAWRENCE DE ARABIA
JORDANIA
Volví de Marruecos en la primera quincena
de septiembre. Me había divertido mucho, había vivido una aventura sahariana
que en algún momento relataré, pero tenía la sensación de no haber aprovechado
del todo mis vacaciones. Había estado una semana, y todavía tenía dos más para
hacer algo interesante. Quería completar el viaje, hacer algo más. Intenté
buscar alguna cosa y encontré una salida a Jordania, pero tenía que esperar
hasta octubre, durante las fiestas de Zaragoza. No me lo pensé dos veces,
retrasé los días que me quedaban de vacaciones, y en octubre me fui a Jordania.
Unos días bien aprovechados eran suficientes. Es un país muy pequeño y los trayectos
son cortos. Además era una buena época porque ya no hacía tanto calor. Jordania
es un país árido y completamente desértico. Su geografía está surcada de norte
a sur por una única carretera, una autopista que atraviesa los cuatrocientos
kilómetros de largo que tiene este pequeño país.
Me gustó lo bien que estaba aprovechado el
tiempo. A las seis de la mañana tomaba un avión en el aeropuerto de Zaragoza,
llegaba a Amman, y a las tres de la tarde estaba comiendo en un restaurante a
los pies del Monte Nebo.
Jordania es un país moderno, sus
infraestructuras son buenas y está muy bien preparado, aunque para mí ha perdido una parte importante del
encanto árabe. Aquí no pude encontrar los grandes zocos que tanto me apasionaron
en Marrakeck, Estambul, Isfahan, Shiraz, Damasco o Alepo, pero todavía es
posible vivir momentos auténticos y únicos, y para ello hay dos puntos claves:
Petra y Wadi Rum.
Mi destino, tras aterrizar en Amman, era
Wadi Musa, la ciudad que se ha formado a la entrada de Petra. Ése sería mi
cuartel general y desde allí me desplazaría a todos los demás puntos del país,
para volver cada noche al hotel. Salí de Amman hacia el sur, por la única
autopista que recorre el país de norte a sur. El paisaje es monótono, árido,
sin apenas vegetación. Sólo una línea de asfalto que parte en dos toda esta
aridez. Un paisaje marrón cruzado por una línea negra.
A la hora de comer estaba a los pies del
Monte Nebo. Tomé algo en un restaurante cercano.
El Monte Nebo es la cima desde la cual,
según cuenta la historia, Dios mostró a Moisés la Tierra Prometida.
También es el lugar donde dicen, murió y fue enterrado sin
pisar nunca esa Tierra Prometida, aunque nadie conoce el emplazamiento de su
tumba. Si alguien espera encontrar algo especial, no lo encontrará. La vista
desde arriba, junto a una cruz de estilo moderno, es bonita, pero no más que
muchas otras vistas en muchos otros lugares. ¿Qué tiene de especial esta vista?
A los pies de la montaña se extiende un
valle: el Valle del Jordán, pero el río ya no se ve. En el extremo derecho del
valle se puede apreciar un brillo plateado, es el Mar Muerto. Al frente, unas
montañas entre las cuales, si el día está claro, es posible distinguir alguna
de las cúpulas de las mezquitas de Jerusalén. Ésta es la vista de la Tierra Prometida
que se puede ver desde lo alto del Monte Nebo. El resto del paisaje son
montañas áridas donde se supone, descansa el cuerpo de Moisés, en un punto que
nadie conoce. A mí me interesaba la ciudad que se encontraba al frente, no
podía verse, pero allí estaba: Jerusalén. No puedo evitarlo, me atraen las
ciudades con historia, con mucha historia. A estas alturas me estaba
convirtiendo en una coleccionista de ciudades míticas, y Jerusalén lo es.
Entonces no lo sabía, pero en lo alto del Monte Nebo deseé conocer Jerusalén, y
años más tarde la conocí.
Lo más interesante de Monte Nebo es el
interior de la pequeña iglesia que allí se encuentra. Está muy reconstruida. Su
interior es muy antiguo, y el suelo está cubierto por mosaicos romanos,
maravillosos. Se camina sobre pasarelas elevadas para poder apreciar toda esta
belleza sin estropearla.
Próxima al Monte Nebo se encuentra la
población de Madaba. Es muy interesante conocer su iglesia, de estilo bizantino,
donde se encuentra una colección de mosaicos de los siglos V y VI. El principal
de todos ellos es un mosaico incompleto, en el centro de la iglesia, frente al
altar, que representa toda la superficie de Tierra Santa, tal y como se conocía
en aquel momento.
Después de tanta iglesia, me dediqué a dar
una vuelta por la población, sobre todo por las calles cercanas a la iglesia,
la parte más vieja de la
ciudad. Aquello ya tenía un aspecto más auténtico. Encontré
varias carnicerías donde colgaban de sus respectivos ganchos, cabezas de
camello. Me resultaron curiosas y entré a preguntar.
_ ¿Eso es un camello, no?
_ Sí señorita.
_ ¿Puedo hacerle unas fotos?
_ Claro, no creo que proteste.
_ No sabía que el camello se comía.
_ Aquí es el animal que más abunda, y claro
que se come. Pero también comemos pollo y cordero.
_ Nunca había visto las cabezas de camello
colgadas de esta forma.
_ Entonces es que nunca ha estado en
Jordania.
_ No, es la primera vez. He llegado hoy.
_ Pues sea bienvenida. ¿Visitará Petra?
_ Sí, claro. Cómo venir a Jordania y no
visitar Petra.
Me despedí y seguí caminando un poco más.
Aunque no hacía el calor insoportable que puede llegar a hacer en verano,
quería comprar una kafiya roja, la más utilizada en Jordania. Las vendían por
todas partes. Entré en una tienda donde pude probar varias. Les pedí que me
enseñaran a colocármela. Me querían vender el aro con el cual se la sujetan.
_ Pero el aro lo llevan los hombres, y yo
soy mujer. Quiero que me enseñéis a ponerla como si fuera un turbante.
_ Así no se coloca - me decían -. Además la
kafiya es una prenda de hombre.
_ Bueno, me la llevo y ya me la pondré como
me parezca.
Terminé comprando una roja y una negra. Me
explicaron que la roja era la más utilizada en Jordania y por los beduinos del
desierto; la negra era más de procedencia Palestina.
No había mucho más que hacer en aquel
lugar, de forma que continué hacia el sur. En un determinado momento se toma un
desvío de la autopista hacia la derecha, es el desvío que lleva a Petra y a la
población de Wadi Musa, donde se encontraba mi hotel. Wadi Musa es un lugar
lleno de hoteles. Surgió tras el descubrimiento de la ciudad de Petra, y todo
en ella está dirigido al turista.
Mi hotel se encontraba en lo alto de una
montaña, fuera del centro de la ciudad. Tenía un inconveniente, una vez allí no
se podía hacer gran cosa, excepto tomar algo en alguna de sus terrazas. Pero
también tenía una ventaja, desde cualquiera de estas terrazas se podía
contemplar una vista impresionante de las montañas, riscos y acantilados, entre
los cuales se encuentra escondida la ciudad de Petra. Es una vista árida, sin
vegetación. Nadie que no lo sepa podría imaginar que dentro de aquel erial se
encuentra una de las maravillas del mundo, protegida por la naturaleza y por la
inteligencia del hombre, que supo aprovechar los recursos naturales para crear
algo tan extraordinario.
Petra, la ciudad perdida de los nabateos,
un pueblo beduino del desierto de Jordania. La ciudad fue descubierta a finales
del siglo XIX por Johann Buckhardt. Viajaba hacia Egipto, en aquellos viajes
largos y lentos que solamente podían hacerse entonces, cuando pasó por el
desierto de Wadi Rum y escuchó conversaciones, rumores y palabras a los
beduinos de la zona.
Hablaban de un lugar que él no sabía que existiera, pero se
puso en alerta. Los beduinos conocían la existencia de la ciudad, pero lo
mantenían en secreto y no pudo conseguir que le dijeran nada. Regresó con un
plan trazado. Se hizo pasar por beduino y musulmán convencido. Convivió con
algunas tribus, y un día se acercó con una cabra a la zona donde suponía se
encontraba el gran secreto, y la soltó, haciendo creer que la había perdido y
no podía encontrarla. Un joven beduino cayó en el engaño y lo dirigió hacia una
entrada secreta que daba acceso a un desfiladero alto y estrecho, donde supuso se
había metido la cabra. Acababa de entrar en el Siq. Tomó buena nota de la
ubicación de la entrada, prácticamente invisible a los ojos que no la conocían,
y en cuanto pudo regresó. Ante él se abría un desfiladero muy estrecho, en
algunos lugares solamente hay dos metros de anchura, y sus paredes, totalmente
verticales, se levantan hasta una altura de cien metros. Debió ser algo
alucinante estar allí sin saber qué había más adelante. Caminó a lo largo de
este desfiladero de más de un kilómetro, y de pronto, al girar una pequeña
curva, el final del túnel deja ver una fachada roja, iluminada por el sol,
magnífica: es el Tesoro de Petra. El Siq termina justo enfrente. Contempló
aquella maravilla, frente a una explanada que se extiende hacia la derecha. Adentrándose
en esa dirección, las montañas rodean una hondonada amplia y extensa, las
paredes verticales están llenas de fachadas rojizas, se trata de templos, tumbas,
palacios, un teatro romano, en definitiva: la ciudad de Petra. Acababa de ser
descubierta para el mundo.
Y allí estaba yo a la mañana siguiente,
esperando a pagar mi entrada para acceder a ella. Hoy el Siq no está escondido,
desde la taquilla hay un camino de casi un kilómetro hasta la entrada, un
camino que te lleva hasta una alta grieta abierta en la montaña. Puede
hacerse a pie o a caballo, y a partir de aquí a pie de nuevo o en calesa.
El Siq es la única entrada a Petra. Cuando
te acercas a la pared de roca, lo único que se aprecia es una grieta estrecha
que parte la montaña en dos. Vista desde la distancia parece mentira que se
pueda pasar a través de ella. Cuando se construyó la ciudad, existió un arco
que adornaba la entrada; hoy pueden verse sus bases en mitad de la pared. Me adentré en el
desfiladero y lo recorrí despacio, mirando todo lo que había a mi alrededor.
Se siente un gran frescor ya que el sol no
penetra fácilmente. A esa hora era mucha la afluencia de gente, puesto que todo
el mundo entra al mismo tiempo, así que me demoré, esperando que todos
avanzaran para poder disfrutar mejor de aquella maravilla natural. Algunas
calesas pasaban a mi lado llevando a turistas comodones que no querían caminar.
Las paredes suben verticales hasta que sólo
se aprecia una fina línea, muy arriba, a través de la cual se ve el azul del
cielo. Estas paredes, prácticamente desde el principio, tienen en muchas partes
tal variedad de colores que parecen pintadas a mano, y no esculpidas por la naturaleza. Rojos
de todos los tonos, naranjas, amarillos, blancos, y muchas variedades más, formando
franjas de forma natural, que se pueden ver a lo largo de todos los rincones.
En algunos tramos, el desfiladero se estrecha tanto que sólo llega a medir dos
metros de anchura; es algo realmente alucinante.
Un
grupo que iba delante de mí atendía las explicaciones de un guía, y de pronto
escuché como les decía:
_ Acérquense a esta esquina y miren hacia
arriba, en aquel rincón, en lo más alto, pueden ver un pequeño tesoro, una joya
que incrustó en ese lugar uno de los constructores de la ciudad.
No pude evitarlo y me acerqué, haciendo lo
mismo que los demás, mirar hacia el punto que nos indicaba, pero ni yo ni nadie
veíamos nada. Entonces aquel hombre dijo:
_
¿Pero ven o no ven el tesoro?
_ No vemos nada - contestamos todos al
mismo tiempo.
_ Pues entonces dense la vuelta muy
lentamente, por favor.
Lo hicimos, y al girar hacia el otro lado,
frente a mí, se acababa el Siq y estaba viendo la fachada del Tesoro. Todo
había sido una triquiñuela para que la primera vista del Tesoro de Petra fuera
una sorpresa que no se pudiera olvidar, ¡y vaya si lo consiguió!
Es una imagen muy conocida, todo el mundo
la ha visto desde que Indiana Jones llegó a este lugar, pero verla allí no es
comparable a nada. Parece un escenario preparado para una película, pero no es
así, fue construido hace siglos, aprovechando los recursos que la naturaleza
había creado. El monumento más conocido de Petra es esta fachada que se encuentra
frente a la salida del Siq, y a la que se conoce como El Tesoro.
Una pared vertical, sobre la que se ha
esculpido un frontal de un aspecto neoclásico, flanqueado por columnas y una
gran urna en la parte superior. Hubo un tiempo en el que los beduinos creyeron
que dentro de esta urna de piedra se encontraba un tesoro, y éste es el origen
del nombre por el que ahora se la conoce. Como toda la ciudad, se trata de una
fachada en granito rosa. Ésta es también la ciudad rosa.
Esta fachada tan espectacular, crea la
sensación de que el interior será similar, pero no es así. Cuando se traspasa
la puerta, uno se encuentra en una habitación más bien pequeña, de paredes
lisas y sin ningún tipo de decoración, a excepción de la propia naturaleza que
ha creado vetas de colores, y que ningún pintor podría haber conseguido nunca.
El mejor momento para admirar y fotografiar
El Tesoro es la tarde, cuando el sol la ilumina totalmente.
Pero esto sólo es el principio de Petra, a
partir de aquí comienza la
ciudad. Caminando hacia la derecha, al llegar al final, se
abre hacia la izquierda una amplia extensión rodeada por los altos riscos que
la ocultan del mundo. A lo largo de todas las paredes se pueden contemplar
fachadas que dan acceso a tumbas y templos, casas nobles y palacios.
Hay un edificio en especial, donde el agua
y los sedimentos de las rocas han creado tal variedad de colores, que es
posible verlo desde la
distancia. Parece mentira que todo aquello sea natural, y que
el hombre haya sabido aprovecharlo de forma que se haya creado tanta belleza.
En la distancia, más allá de la ciudad, en
lo alto de una montaña, se ve un edificio blanco. Es la tumba de Aarón, el
hermano de Moisés.
En la parte central de la ciudad, frente a
algunas de las fachadas mejor conservadas, se encuentra un teatro romano. Ellos
conocían la ciudad, y no solamente construyeron este teatro, sino también otros
edificios y calzadas perfectamente conservadas, que se encuentran al final del
recorrido.
Me dediqué a caminar despacio, sin prisa,
subiendo a todas las tumbas, entrando en todos los lugares que permanecían
abiertos. Cuando llegó la hora de comer estaba al final del recorrido, y
entonces llega algo que no se debe perder: la subida al Monasterio. El
Monasterio es una tumba que se encuentra en lo más alto de la ciudad, y para
llegar a él hay que ascender casi mil escalones excavados en la piedra; pero a
pesar de que todo el mundo llega a este punto cansado por todo el recorrido
anterior, hay que subir.
Antes de llegar al comienzo de la
escalinata, hay un restaurante, el único que se encuentra en todo el recinto.
Entré para comprar agua suficiente que me permitiera afrontar el ascenso.
Existe la posibilidad de subir a lomos de asnos, pero preferí ascender por mí
misma. Todas las guías dicen que el ascenso lleva cuarenta y cinco minutos; yo
tardé hora y media. Subí despacio y descansé varias veces, sentándome a un lado
y contemplando el paisaje que se desplegaba a mis pies. Cuanto más arriba
estaba, más espectacular era lo que veía. El paisaje árido era impresionante, y
la vista de la ciudad, con sus fachadas rosadas, era alucinante. Desde aquel
lugar era posible verlo completo, no así desde cualquier otra altura desde
donde la ciudad era invisible. Estos nabateos supieron elegir muy bien el
emplazamiento del Monasterio.
Como el resto de monumentos, El Monasterio
es una gran fachada, del mismo estilo que El Tesoro, aunque un poco más ancha.
Está sola, aislada en lo alto de la montaña, vigilando toda la ciudad desde su
lugar privilegiado.
Después de subir hasta allí tenía que
aprovechar el tiempo y quedarme un rato, sentada junto al borde, contemplando
todo lo que abarcaba la
vista. La bajada es mucho más rápida. Y una vez abajo, tenía
que volver a atravesar toda la ciudad, desandar todo lo andado durante la
mañana, para volver al Siq y salir de Petra.
Llegué a la explanada del Tesoro a las
cinco de la tarde. En
ese momento estaba vacío, al contrario que por la mañana, cuando todo el mundo
llegaba al mismo tiempo e inundaban el lugar. Aproveché para volver a verlo
tranquilamente, y sobre todo para tomar las mejores fotografías, ya que
entonces, además de solitario, estaba totalmente iluminado por la luz del sol.
Volví a entrar en el Siq, y ahora pude
disfrutar de momentos deliciosos. Como El Tesoro, estaba desierto, y nada más
entrar lo primero que descubrí fue un silencio total. ¡Qué maravilla! Me senté
en un recodo y simplemente escuché ese silencio; ¡qué paz, qué cosa tan
agradable! En algún momento escuchaba el ruido de una calesa que se acercaba,
aparecía ante mi vista y volvía a alejarse, hasta que el ruido desaparecía y
volvía de nuevo el silencio. Me hubiera quedado allí para siempre.
Petra me había encantado, pero tenía que
salir. Estaba cansada, las piernas se quejaban y los pies me dolían.
Llegué a la taquilla y vi un cartel en el
que se anunciaba que por la noche se podía entrar para contemplar un
espectáculo de luz y sonido ante la fachada del Tesoro. Cada noche se hacía en
un idioma diferente, aquella noche en inglés. Aquello me interesaba, estaba
agotada, pero volver allí y volver de noche, tenía que ser una experiencia. Lo
que menos me interesaba era el espectáculo, estos son parecidos en todas
partes, pero el Siq de noche tenía que ser una pasada. Estaba agotada, pero
vendría. En el hotel tuve el tiempo suficiente para ducharme, tomar una cerveza
fresquita en la terraza, descansar un poco mis pies, y volver a bajar hasta la
ciudad.
Es un lugar desértico, y la temperatura
bajó bastante. Volví a pagar la entrada y caminé a lo largo del kilómetro que
me llevaba al Siq. El camino estaba señalado con pequeñas lámparas de aceite,
colocadas en lugares estratégicos. Tenía un aire muy bucólico.
Aquella era una noche de luna llena. Llegué
al Siq y me metí dentro. La luz de la luna no penetraba, era demasiado estrecho
para permitirle entrar. Solamente mirando hacia arriba se podía llegar a
apreciar algún punto débil de luz, alguna estrella. En algunos huecos de las
paredes brillaban también lámparas de aceite, era una luz muy suave, sólo una
señal que permitía saber dónde estaban las paredes del desfiladero para no
chocar con ellas. Pero lo más alucinante de todo era el silencio, ahora sí era
un silencio completo; y la
soledad. Estaba yo sola, todo el mundo debía estar en la
explanada; el Siq era mío. Me demoré todo lo que pude, lo recorrí muy, muy
despacio, y me empapé de aquella paz. En sólo dos meses había vivido dos
experiencias alucinantes, de noche y en un entorno desértico. Realmente era
afortunada.
Cuando llegué al final del desfiladero el
espectáculo estaba terminando. Toda la explanada estaba cubierta de lámparas, y
la fachada iluminada por una luz rojiza que resaltaba todavía más el color ya
rojo del lugar. No me importó haberme perdido aquello, lo anterior había sido
mucho mejor, o al menos para mí lo era. La vuelta estaba llena de gente, así
que los dejé pasar, y esperé hasta quedarme prácticamente sola de nuevo. Cuando
llegué fuera y encontré un taxi, mis pies ya no podían más. Ahora sí habían
dicho basta. Tuve que descalzarme, y así llegué al hotel y a mi habitación.
Estuve dentro del agua casi una hora, esperando que el esfuerzo no me impidiera
andar al día siguiente, porque también pensaba ir a un lugar genial.
Ese lugar era Wadi Rum, el desierto
jordano. Pero antes pasaría por el Mar Rojo, estaba cerca y quería ver, si me
era posible, sus famosos fondos marinos. Había que volver a la autopista y continuar en dirección sur. A no muchos kilómetros, un desvío a la derecha lleva hasta Aquaba, la ciudad jordana que permite una salida al mar a este pequeño país. El Mar Rojo es una estrecha franja en la cual se sitúa el único puerto que existe en el país. Desde la orilla se puede divisar la orilla opuesta y sus edificios; se trata de Israel. A una cierta distancia, las patrulleras israelíes circulaban de un lado para otro, pero yo no necesitaba ir hasta allí. Mi intención era ver, hasta donde fuera posible, el fondo marino del Mar Rojo. Todos hemos visto esas fotografías donde se pueden apreciar paisajes y peces de colores exuberantes.
Yo no sé bucear, y nunca he practicado el
buceo. Preferí subir a un barco con el suelo transparente y observar desde allí.
Me llevé una gran decepción, no vi nada de lo que esperaba. O bien todas las
fotografías que recordaba eran un montaje, o realmente para apreciar esa
belleza era necesario bajar buceando.
Yo observé un fondo gris, coral cubierto de
porquería, triste y opaco. Botellas,
plásticos y todo tipo de cosas parecidas, incluso un tanque. Aquello era
patético, y muy triste. El resto no me interesaba: una playa, terrazas, gente
bañándose, más o menos lo de siempre. Aquaba se vende bien, pero a mí
personalmente me decepcionó.
Mejor continuar hacia otro lugar, éste sí
que sabía, incluso antes de llegar, que me fascinaría: el desierto de Wadi Rum.
Vuelta a la autopista y de nuevo hacia el
sur. En este país es imposible perderse, siempre la misma carretera para llegar
a todas partes. En este caso un desvío a la izquierda nos lleva hasta el
desierto. Un poco más adelante comienzan a verse los camellos, y al final un
puesto con multitud de jeeps. A partir de aquel punto, la única forma de entrar
en Wadi Rum es a lomos de camello o en jeep, conducidos por conductores
autorizados. Es una zona protegida para evitar que el turismo masivo lo
destruya. Subí a un jeep descubierto junto con otras personas y salimos hacia
un lugar con un aspecto de paisaje lunar.
Entrar en Wadi Rum, es entrar en un mundo
rosa. No se trata del típico desierto de arena, sino de un desierto pedregoso;
pero tampoco se trata de piedras desperdigadas, sino de grandes formaciones
rocosas que crean formas caprichosas. Dicen de él que es el desierto más bonito
del mundo, y realmente tiene una belleza especial.
Los jeeps se acercan a las elevaciones
rocosas, pasan entre ellas y surgen otras, más espectaculares si cabe; y entre
todas ellas, o elevándose por sus pendientes, dunas de un color rosado intenso.
Son dunas pequeñas, aunque al abrigo de algunas rocas llegan a conseguir
alturas importantes.
En el corazón de este mundo rosa y mágico,
las montañas crean un desfiladero donde los antiguos nabateos pintaron animales
y escenas de caza. Allí bajamos de los jeeps para recorrer una zona que es un
auténtico plató cinematográfico, pero totalmente natural.
Caminé por el desfiladero, subí y bajé
riscos, ascendí hasta lo más alto de una montaña para contemplar una extensión
rosa, plagada de protuberancias rocosas. Caminé descalza sobre la arena, y pasé
una tarde increíble, sintiéndome Lawrence de Arabia. Porque éste es su
desierto, éste es el lugar desde donde organizó y dirigió la revuelta árabe
contra los turcos.
Cuando volví a subir al jeep, nos alejamos
en busca de otra zona, ésta más llana, con formaciones rocosas con la parte
superior plana. Desde aquí se veían caravanas de camellos en perfecta
formación, encaminándose no se sabe hacia dónde. Me quedé allí hasta que llegó
el atardecer.
Ya he dicho en alguna ocasión que en el
desierto el atardecer siempre está asegurado, y aquí por supuesto, no fue
menos. El paisaje ya tiene un color rojo, pero los últimos rayos de sol
intensifican este color, hasta darle el aspecto de una gran hoguera. Se llega a
tener la sensación de que todo a tu alrededor está ardiendo. Y luego llega la
oscuridad, la temperatura baja y las estrellas aparecen, pero aquella noche las
estrellas no se veían tan claras, y el motivo era la luna: una noche de luna
llena inmensa.
Ya tenía previsto quedarme, pero me enteré
sobre la forma de volver a Wadi Musa. Existía un campamento donde se celebraban
cenas beduinas: hogueras y música; una auténtica cena en el desierto. Había
suficiente gente, y muchos tenían que volver a Wadi Musa, de forma que me
apuntaría a uno de los coches.
Llegué al campamento, estaba rodeado de
palmeras y caminé entre ellas hasta la hora de la cena. Tuve que
protegerme con la kafiya porque la temperatura era bastante fresca. Al cabo de
un rato, el olor de la carne asada me atrajo. Habían preparado una gran hoguera
donde se asaban unos corderos; ¡aquello prometía! Busqué un pequeño puesto
donde me sirvieron una cerveza, carísima y caliente, pero todo se perdonaba por
disfrutar del lugar.
Llegó la hora de cenar y todos los que
estábamos nos sentamos alrededor de la hoguera, donde nos sirvieron una ración
de aquel cordero asado. Los camareros, todos hombres, eran beduinos vestidos
con túnicas blancas, cinturones negros atados alrededor de la cintura, y la
kafiya roja en la cabeza.
Fue una auténtica cena de campamento, y cuando terminó,
comenzó la fiesta. La hoguera no se apagaba, no dejaban de alimentarla con
grandes hojas secas de palmera.
Los beduinos volvieron con tamboriles y
flautas y comenzaron a tocar, mientras otros bailaban alrededor de la hoguera,
siguiendo el ritmo. Era una danza pegadiza, y sobre todo fácil de seguir, y
enseguida me encontré bailando con ellos y otras personas que se animaron,
girando alrededor de la hoguera, y siguiendo sus pasos.
La danza, el fuego, la luna, todo
contribuía a crear una noche mágica. Me encantó, y hubiera seguido allí toda la
noche, pero llegó el momento en que los coches volvían a Wadi Musa, tenía que
irme. Cuando llegué al hotel era tardísimo y tenía que aprovechar para dormir
un poco. Al día siguiente iría en dirección contraria, hacia el norte.
Me desperté temprano, faltaba poco para
amanecer. Salí a la terraza de mi habitación; todavía estaba allí la luna, era
una luna llena. Pensé que ese año había sido muy afortunada. Hacía solamente un
mes, en la anterior luna llena, yo estaba en el Sahara, tumbada encima de una
duna, contemplando aquel mismo cielo y aquella misma luna. Ahora, un mes más
tarde, la luna llena había vuelto, y yo la observaba desde otro desierto
diferente, más pequeño, pero igualmente interesante. Sí, definitivamente era
una persona con suerte. Quizás no tenía todo lo que deseaba, pero ¿quién tiene
todo lo que desea? Nadie.
A aquella hora la temperatura era más
fresca de lo habitual, de pronto me di cuenta que estaba temblando. Cogí la
kafiya y me envolví con ella, me preparé un café con leche y volví a salir
fuera. El paisaje desde mi terraza era impresionante. El hotel estaba situado
en lo alto de una montaña, por encima de los riscos y acantilados que escondían
la ciudad de Petra, y todo este escenario estaba frente a mí. En pocos minutos,
el sol comenzó a salir y todo el paisaje se transformó. La tumba de Aarón,
situada al este de Petra, se hizo visible. Era lo único que se podía ver, allí
solitaria, encima de aquella cima. Después todo lo demás se fue iluminando.
Desde donde yo estaba solo se apreciaban montañas áridas, sin vegetación,
erosionadas por el tiempo. Sin información previa, era imposible imaginar lo
que escondían.
Cuando el sol hubo salido totalmente, la
temperatura cambió, ya no tenía frío. Pensé en lo que haría durante ese día.
Esta vez me encaminaría hacia el norte para ver el castillo de Kerak, un
castillo de la época de las cruzadas, y la tarde la pasaría en el Mar Muerto.
Hoy sí que me bañaría, sabía que hacerlo en este mar es toda una experiencia.
Me duché, la noche anterior había caído
directamente en la cama. Bajé al restaurante y descubrí que era la primera.
Como me sobraba tiempo decidí tomar un desayuno por todo lo alto, y lo hice,
casi reviento.
De nuevo el trayecto hasta la autopista,
tenía la sensación de conocer ese tramo de toda mi vida. Una vez en la
autopista, dirección norte hasta llegar a Kerak.
Kerak
es un castillo templario. Este territorio se encontraba dentro de la zona donde
se desarrollaron las cruzadas, y aunque no fue precisamente el punto más
conflictivo, si existen restos de aquella época. El castillo se encuentra en lo
alto de una montaña de unos mil metros de altura, y desde ella se divisa una
extensión dominada por el color marrón. El castillo fue conquistado por
Saladino, y los distintos ataques, junto con algún terremoto, lo destruyeron.
En la actualidad algunas partes han sido reconstruidas, y puede verse tal y
como debía ser en su momento. A pesar de todo, su aspecto es el de un lugar
destruido.
Lo más interesante, al menos a mí me lo
pareció, son sus pasadizos subterráneos. Estos se mantienen intactos, y dentro
de ellos se puede tener una idea de cómo tenía que ser la vida de aquellos cruzados.
Son túneles abovedados de piedra. A sus lados se abren puertas que dan acceso a
pequeñas habitaciones donde se guardaban víveres, o servían de prisiones. Los
túneles se iluminaban con antorchas, aunque hoy en día han sido sustituidas por
bombillas, pero su luz es muy difusa, creando un ambiente que recrea muy bien
la época en la que se construyó.
Después de comer en un restaurante cercano,
el buffet que cada día era el mismo, vuelta a la autopista para llegar al Mar
Muerto. Cuando se deja la carretera principal y se toma el desvío que lleva al
Mar Muerto, te das cuenta de que el terreno comienza a descender. Las paredes
de arenisca rodean el camino, hasta llegar a una depresión donde brilla una
superficie plateada. Me encontraba en el punto más bajo del planeta, a
cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar.
El Mar Muerto, aunque se le llame así, en
realidad es un lago: el lago salado más grande del mundo. Y por desgracia se
está muriendo, y no por la sal, sino por la evaporación y la escasa cantidad de
agua que llega hasta él. Su principal fuente de vida es el río Jordán, que
desemboca allí, pero el río Jordán ha sido explotado hasta tal punto por
Israel, que en este momento apenas llega agua a su desembocadura, y ello supone
que cada año el Mar Muerto pierde un metro de altura.
El Mar Muerto es único por varios motivos.
En primer lugar, su alto contenido en sal es tal, que se flota en él sin hacer
absolutamente nada. Por otra parte, la gran cantidad de sales minerales que
contiene, han dado lugar a un fango negro que se extiende sobre el cuerpo, y
que deja una sensación de suavidad muy agradable.
El aspecto de la playa a la que llegué no
se diferenciaba de ninguna otra. Algunas palmeras, sombrillas y arena. Me
acerqué a los baños para poder cambiarme.
Cuando entras en el agua, no pasa nada. Caminé
hasta que me cubrió lo suficiente para comenzar a nadar, y entonces viene lo
divertido. Intenté nadar, pero en el momento en que mis pies dejaron de tocar
el suelo, salí despedida del agua y me quedé boca arriba, flotando sin
problemas. Lo intenté de nuevo, y ocurrió lo mismo. Todo el mundo estaba panza
arriba, incluso algunos leían tranquilamente un periódico, como si estuvieran
tumbados en una hamaca.
Puedes intentarlo tantas veces como
quieras, es imposible. No se puede estar boca abajo, el agua te voltea y te
pone mirando hacia arriba. No es un mar para nadar, ni para bañarse; es un mar
para reírse y para divertirse.
Salí a la orilla, tenía que probar el otro
atractivo, los barros. No hay que ir a ningún sitio especial para tomarlos. En
la orilla, las personas están totalmente cubiertas de barro negro. Es tan
sencillo como meter la mano en la arena, junto al agua, y extenderse por todo
el cuerpo el barro que coges. Me embadurné por completo, cara incluida, y
después busqué una hamaca donde tumbarme al sol un rato para dejar que se
secara e hiciera su efecto. A medida que el barro se secaba, notaba como si
estuviera escayolada, pero cuanto más tiempo se aguantaba, mayor era el efecto
de los minerales sobre la piel. Cuando volví al agua, tenía que andar rígida.
Al contacto con el agua el barro se disolvía y desaparecía por completo, y es
cierto, la piel tenía una suavidad como nunca he vuelto a sentir, y además esta
sensación duró un par de semanas.
Seguí otro buen rato chapoteando en el agua
y divirtiéndome con aquella sensación de ingravidez; fue realmente divertido.
Sin darme cuenta habían pasado cuatro días,
y al día siguiente volvía a casa. El avión salía a las ocho de la tarde, con lo
que tenía casi todo el día para hacer algo. La verdad es que el tamaño del país
permitía verlo en muy pocos días, aunque no me hubiera importado estar un día
más en Petra, y al menos otro en Wadi Rum.
Volví a la autopista, pero esta vez no
regresaría a Wadi Musa. Tenía que llegar a Amman, pero no me detuve aquí. Un
poco más al norte, cerca de la frontera con Siria, hay otro tesoro
arqueológico: la ciudad de Jerash.
También conocida como Gerasa, es una ciudad
romana, la mejor conservada y más bonita de todo Oriente Medio. Durante muchos
siglos estuvo sepultada bajo la arena, y esto ha permitido que se conserve en
perfecto estado. Me quedé sorprendidísima cuando la vi, solo faltaba que los
antiguos habitantes caminaran por allí.
Como toda ciudad romana, sus dos calles
principales: el cardus y el decamanus, estaban perfectas. Cruzándose
perpendicularmente, unas calzadas romanas, formadas por losas pulidas y flanqueadas
por dos hileras de columnas a ambos lados. No faltaba ninguna columna, no
faltaba ninguna losa. En el centro de la ciudad, una plaza oval, enorme. Como
las calzadas anteriores, el suelo estaba cubierto por el mismo tipo de losas, y
todo su perímetro rodeado por columnas que todavía mantenían el dintel que las
unía unas a otras.
El Teatro recuerda mucho al Teatro de
Mérida. Su escena está completa, así como todas sus gradas. Las estatuas, las
columnas, todo parece estar preparado para comenzar una representación en
cualquier momento.
El Templo de Artemisa es una preciosidad:
las columnas corintias, con sus capiteles en perfecto estado. Algunas personas
estaban tumbadas en el suelo, con sus cámaras fotográficas hacia arriba. Quise
enterarme qué hacían. Hay un grupo de
seis columnas muy altas y con unos capiteles bellísimos. Si uno encuentra el
punto exacto, puede conseguir una foto de las seis al mismo tiempo, pero para
eso hay que tumbarse en el suelo y enfocar hacia arriba. Guardé mi turno y
cuando pude tumbarme probé hasta encontrar ese punto en el que las seis columnas
estaban en mi objetivo. Se elevaban hacia un cielo azul, la foto es increíble.
Y esto fue todo. Al final había conseguido
unas vacaciones perfectas: dos viajes cortos en un mes, que me dejaron una
sensación muy satisfactoria. Había conseguido una aventura en el desierto muy
completa.
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