sábado, 17 de agosto de 2013

De Galilea a Catai (7)



LA LIBERTAD, UNA ESPERANZA
  IRÁN


    Llevaba tiempo queriendo viajar a este lugar. Hablando con otras personas, siempre me lo habían recomendado. Sabía que tendría que ponerme un pañuelo en la cabeza durante toda mi estancia, pero en el año 2.000, cuando fui, ya no era obligatorio vestir el chador negro para las extranjeras. Era suficiente con llevar ropa larga y ancha, sin mostrar nada y sin provocar.
    Me decidí rápidamente, cuando algo lo tengo claro no lo pienso mucho. Llamé a Marta, sabía que ella también quería ir, y no se decidía a hacerlo sola.
­  _ Marta, me voy a Irán - le dije ­- ¿te apetece venir?, comprueba si te encajan los días.
    _Claro que me apetece, ¿cuándo te vas?
    _En Septiembre
    _Yo arreglo mis vacaciones, pero me voy con vosotros.
Creo que fue el viaje en el que más me he divertido haciendo los preparativos. Tenía que llevar varias fotos para el visado, pero en ellas ya tenía que aparecer con el pañuelo. Me acerqué a una tienda para hacérmelas, y cuando me vieron ponerme un pañuelo en la cabeza, me miraron con cara extraña. La chica no pudo evitar hacerme la pregunta pertinente.
    _Pero tú eres española, ¿no?
    _ Sí, es que tengo que gastarle una broma a alguien -. No me atreví a decirle la verdad.
    _ Bueno, tú sabrás, yo estoy aquí para hacer fotos.
El siguiente paso era preparar la ropa. Esto para mí siempre ha sido rápido y fácil: pantalones cortos, alguno largo, camisetas con tirantes y todo muy fresco. Aquí no me servía nada de esto, pero tampoco tenía nada adecuado. Hablé con Marta, seguro que ella tenía el mismo problema, yo la conocía bien. Decidimos que lo mejor era mirar en el armario de nuestros padres en busca de alguna camisa grande. Yo tuve suerte porque mi padre todavía conservaba camisas de mi abuelo; aquellas sin cuello, de algodón, enormes y con manga larga. No fuera que mostrar el brazo pervirtiera a toda la población masculina. Los pantalones que tenía no me servían, demasiado ajustados. ¿Pero cómo me iba a comprar pantalones dos tallas más grandes para luego tirarlos? Decidí comprar uno, que no me favorecía nada y fue directo a la basura en cuanto regresé. Mi hermana me hizo en tres días un par de faldas hasta los pies, muy amplias por todas partes. Y así pertrechada hice la maleta.
    Cuando me hacía fotos siempre me sentaba o avisaba para que solamente me sacaran de cintura hacia arriba. Estaba para que me dieran dos duros. Pero vuelvo a repetir que la vida del viajero es muy dura.
Marta y yo somos un desastre. Como vivimos en ciudades diferentes, lo reservamos por separado. Mismo viaje, mismas fechas: consecuencia, vamos juntas. Pues dos días antes nos enteramos que yo salía desde Barcelona y ella desde Madrid. Ambas llegábamos a Frankfurt, y allí tomábamos el vuelo de Irán Air.
 Encontrarnos en Frankfurt tuvo su aquél, pero al fin estábamos juntas. Ella, que para esto se las pinta sola, ya había hecho relación con varias personas que hacían el mismo viaje. Me las presentó, y a partir de aquel día, en mi lista de amigos entraron dos personas que todavía hoy siguen ahí: David y Eva. Una pareja encantadora a la que veo al menos una vez al año, y con quienes varios años después hice otro viaje inolvidable.
En el avión ya me di cuenta de algo que a lo largo de todo el país pude observar mejor. Los iraníes no se parecían en nada al resto de musulmanes, sus rasgos eran diferentes. Las mujeres eran muy guapas, con ojos grandes y preciosos; y los hombres no se parecían a los musulmanes que estamos acostumbrados a ver. A lo largo del viaje, en muchas ocasiones me dijeron:
    _ Nosotros no somos árabes, somos persas. Nuestro pasado no es el pasado de los árabes, es sólo nuestro, diferente a todos. Ahora somos musulmanes, pero es sólo una etapa de nuestra historia. Ni siquiera nuestro idioma es el árabe. En todos los países musulmanes hablan el árabe, sin embargo nosotros hablamos el farsi, el idioma de los persas.
    Y puedo asegurar que el sonido de este idioma era muy bello. Una de las cosas famosas de este país son sus poetas. Cada mañana cuando comenzábamos el recorrido, nos sentábamos en el autobús, medio dormidos, y nuestro guía nos leía un poema de alguno de estos poetas, y conseguía despertarnos. El sonido de aquellas frases era bellísimo. Aunque no lo entendiéramos, nos envolvía y conseguía que algo en nuestro interior se moviera.
     Estábamos volando hacia Teherán, la capital de Irán. Una hora antes de llegar, la tripulación nos recordó que antes de salir del avión, las mujeres teníamos que cubrirnos la cabeza, y durante nuestra estancia solamente podríamos descubrirnos en nuestra habitación de hotel.
Las mujeres iraníes se pusieron fácilmente el pañuelo, se notaba que tenían práctica. Para el grupo de extranjeras fue una locura. Todas, no sé por qué, hicimos lo mismo, nos colocamos el pañuelo igual que las abuelas, con un nudo debajo de la barbilla. Estábamos para cualquier cosa menos para seducir a nadie.
    Las iraníes nos miraban y se reían, ellas no se lo ataban, pero supongo que nosotras teníamos miedo a que se cayera y tuviéramos un conflicto diplomático. Ataviadas de esta forma, descendimos del avión y nos dispusimos a pasar tres semanas de esta guisa.
El hotel, como todos los que tuvimos, estaba bastante abandonado. En este país los hoteles no se habían tocado desde la época del Sha, antes de 1979, ni siquiera se habían molestado en pintarlos. Las televisiones eran iguales a las que tenían mis padres cuando yo era niña, y el minibar consistía en un frigorífico idéntico a los que abundaban hace treinta años, una puerta con un pequeño congelador en la parte superior. Para nosotros terminaron quedándose pequeños y obsoletos, pero verlos haciendo las veces de minibar en un hotel, era lo más grotesco que he visto, y mucho más si se tiene en cuenta que estaban vacíos y desenchufados. ¿Entonces, para qué estaban allí?
Llegamos al hotel y salimos inmediatamente. Un grupo donde estaba Marta, Kike, David, Eva, y dos parejas más nos encaminamos hacia el parque Mellat. El guía nos lo recomendó como una sorpresa que nos gustaría. También nos aconsejó que fuésemos a cenar a un restaurante, el que nos apeteciera.
_Mañana me contáis, pero seguro que volveréis encantados y sorprendidos.
 No nos dijo más, no sabíamos por qué nos lo decía, pero salimos en busca de la sorpresa.
    Buscamos unos taxis que nos llevaron al parque, sin olvidar unas tarjetas del hotel para la vuelta, puesto que los taxistas de cierta edad no hablan inglés y es muy difícil entenderse con ellos.
Era viernes, día festivo para los musulmanes. Llegamos al parque. Frente a nosotros se extendía una ladera llena de césped muy verde, fuentes, macizos de flores, y muchísima gente.  
    Subimos la ladera y nos adentramos en el parque. A nuestro lado pasaban jóvenes de todas las edades, patinando. Las chicas lo hacían a pesar del chador, con la misma naturalidad y comodidad que si vistieran unos pantalones vaqueros. Los chicos las perseguían, y todos reían y se divertían.
    Por todas partes: encima del césped, bajo los árboles, junto a las fuentes, había decenas de familias sentadas sobre grandes alfombras persas. Hacían picnic. Los mayores charlaban animadamente, los niños jugaban y correteaban alrededor. La comida estaba distribuida en pequeños recipientes sobre las alfombras. También se veían grandes trozos de sandías y melones. En todos los grupos estaba esperando en un extremo, una sisha, o narghile. Es la pipa de agua que se fuma en prácticamente todos los países musulmanes.
    Los tiovivos estaban por todo el parque y los niños subían y bajaban sin parar.
    Yo pensé que todo aquello se debía al hecho de ser viernes, la fiesta semanal, pero con el pasar de los días descubrí que me equivocaba. Para el pueblo iraní, disfrutar de los parques, salir a hacer picnic y relacionarse con los demás, era lo normal. Cualquier día de la semana era igual. ¡Qué gran sorpresa!, nunca lo hubiera imaginado. En realidad no estaba muy segura sobre lo que pensaba encontrar, pero esto no.
La gente se nos quedaba mirando, nos sonreían, incluso muchos de ellos nos hacían gestos para que nos acercáramos. Los jóvenes eran los traductores. La población hasta veinticinco años es muy culta. Prácticamente todos tienen estudios y hablan inglés. Sin embargo los mayores no podían entenderse con nosotros. Pero eso no impedía que nos ofrecieran fruta, y que nos sentáramos con ellos para preguntarnos cosas y saber de dónde veníamos; conocer algo sobre el mundo exterior, que a ellos les estaba vedado.
    Probé varios de aquellos trozos de fruta. Eran muy buenos, muy dulces. Les encantaba que aceptáramos sentarnos con ellos y compartir su comida.
    También me animé con la sisha. Estaba muy buena, con un cierto sabor a fruta. Durante todo el tiempo que permanecí en el país, fumé bastante. Cada vez que me sentaba en una tetería, fumaba una sisha. Pero ya llegaré al tema de las teterías.
    Aquella gente estaba interesada por todo. Querían saber de dónde venía, qué me interesaba de su país, a qué me dedicaba. Preguntaban muchas cosas sobre el mundo exterior, sobre nuestra forma de vida. Eran increíbles, ya me lo habían dicho, pero pude comprobarlo personalmente.
    Irán es un país sorprendente, pero lo que más te atrapa es su gente. Aquí y en otros muchos lugares en Occidente, nos bombardean con ideas sobre este lugar. Pero esto no tiene nada que ver con lo que yo vi y viví. Una cosa es el régimen político, algo en lo que no quiero entrar, pues mi intención al escribir todo esto no es juzgar regímenes que para unos serán buenos y para otros nefastos. Lo que a mí me interesa es la gente, su vida, sus inquietudes, y la huella que en mí dejaron. Y puedo decir que la gente en Irán, la gente normal, de la calle, me caló tan adentro, que nunca los he olvidado.
Lo más divertido eran los jóvenes. Después de comer fruta sentada sobre alfombras persas, y probar la sisha, seguimos nuestro camino por el parque. Ya he dicho que los jóvenes no dejaban de patinar por todas partes. Nos miraban y se reían entre ellos. En un determinado momento nos vimos rodeados por un grupo. Comenzaron a hablar con nosotros
    _ ¿De dónde sois?
    _Españoles
    _ ¿Lleváis mucho tiempo en Irán?
    _No, hemos llegado hace unas horas
    Una chica se reía, y nos dijo: _ Ya se nota, lleváis el pañuelo puesto de una forma muy graciosa.
    _ Sí, ya nos hemos dado cuenta que vosotras no lo atáis, pero ¿cómo hacéis para no perderlo?
    _ ¿Hacemos un trato?
    _ ¿Qué trato?, ¿a qué os referís?
    _ Nosotras os decimos como colocaros el pañuelo, pero a cambio nos tenéis que enseñar otra cosa.
    Me puse a temblar, ¿qué querrían?
    _ Bueno, de acuerdo, pero primero decidnos qué queréis.
_ ¿Podéisenseñarnos a bailar  rock and roll?
Había escuchado bien, ¡querían aprender a bailar  rock and roll!
_ Pero para eso necesitamos música - les dijimos - y no la tenemos.
    _ Nosotros sí, pero que nadie se entere.
    _ De acuerdo, poned la música y bailaremos.
    _ Pero vamos a un rincón más apartado, si nos ven algunas personas, podríamos tener problemas.
Me encantan estos complots secretos. Nos fuimos hacia un rincón del parque más apartado y fuera de la vista de la gente. Sacaron de algún lugar un pequeño aparato donde comenzó a sonar música de Elvis.
    Comenzamos a bailar y ellos seguían nuestro ritmo. Fue divertidísimo, nunca me había reído tanto ni me había divertido tanto. Bailar rock con aquel vestuario y escondidos, era muy excitante. Pasamos uno de los mejores ratos que recuerdo.
    Le pillaron bastante bien el punto, y más teniendo en cuenta que los profesores no éramos unos virtuosos del baile. Pero lo importante no era hacerlo bien o mal, lo importante fue la química que se creó. Fue fantástica.
_ ¿Porqué tenemos que escondernos para bailar rock? - les preguntamos.
    _ Hay ciertas cosas que nos están prohibidas, el rock se considera algo muy americano, muy occidental. Esta música no suena en este país.
    _ ¿Y cómo habéis conseguido las cintas?
    _ Cada día viene más gente extranjera, y un amigo consiguió alguna cinta a través de algún extranjero. Es una música que nos gusta, pero no sabemos bailarla. Además las películas y las televisiones occidentales no llegan. Nuestra única posibilidad de aprender sois vosotros.
    _ Pues ya tenéis una idea de cómo hacerlo. Ahora tenéis que enseñarnos a nosotras a ponernos el pañuelo.
Aquí tomaron la iniciativa las mujeres.
    _ Con el pañuelo atado de esa forma no estáis muy atractivas.
_ Lo sabemos, pero ¿es posible estar atractiva con un pañuelo en la cabeza?
    _ Por supuesto. Cuando es una obligación, siempre existe la forma de darle la vuelta para sacarle partido.
    Una de las chicas dijo:
    _En España creo que decís, hecha la ley, hecha la trampa.
    _ ¡Y tú cómo sabes esa expresión!
    _ No sois los primeros españoles que vienen, nos gusta hablar con todos, y aprender.
    _ ¡Qué listas sois!, pero contadnos el truco del pañuelo.
    _ En primer lugar comprad pañuelos en Irán y olvidaros de esos que lleváis. Son de un tejido muy resbaladizo y así siempre tendréis que llevarlos atados. Comprad pañuelos de algodón, alargados lo más posible. Después recordad cómo se los coloca la reina Noor de Jordania, ¿os suena? Puesto simplemente encima y echado por los hombros. De esta forma se ve algo el pelo, pero no es problema, ya no son tan estrictos, y además a los chicos les gusta mucho; dicen que así estamos más guapas.
    _ Veo que en cada lugar se utilizan las armas que se tienen para ligar - les dije.
    _ Aquí eso no está bien, pero las cosas están empezando a cambiar un poco y ya podemos maquillarnos, aunque sin pasarnos.
    _ Entonces entiendo que no es cierto lo que he escuchado a veces, que los maridos son elegidos por vuestros padres.
    _ En algunos lugares todavía es así, en pueblos pequeños del interior, pero aquí en Teherán ya no ocurre tanto. Las mujeres podemos llevar una vida prácticamente normal, excepto en el vestir. Todas las que estamos aquí somos estudiantes en la universidad; cuando terminemos, trabajaremos, tendremos un coche y lo conduciremos. No podemos permitir que nos elijan a nuestros maridos, eso es algo del pasado o de los lugares donde todavía no tienen mucho acceso a la educación.
     _ Perfecto - les dije -, me gusta. Seguro que dentro de unos años todo esto cambiará y conseguiréis todavía más cosas.
    _ No lo sé - me contestaron-. Los cambios son difíciles y sobre todo lentos. Pero ahora vamos por el buen camino. Desde que murió Jomeini se han abierto un poco, pero puede que en cualquier momento volvamos hacia atrás.
    _ Hace unos años - me dijo otra chica - tú hubieras tenido que vestir el chador, sin embargo ahora llevas tu propia ropa. Eso ha sido un gran avance, aunque los que venís de fuera no lo apreciéis.
    _ Lo sé - le contesté - conozco a gente que tuvo que vestirlo, no hace mucho. Me dijeron que no era muy cómodo. Es una suerte no tener que llevarlo, aunque esta ropa que llevo no es lo que más me gusta, pero no importa. Creo que merece la pena el sacrificio a cambio de conocer este país y sus maravillas.
    _ Sí, estáis en la cuna de la civilización. Esto es Persia, el lugar donde nació la civilización moderna. De aquí salió gran parte del saber que ahora muchos quieren apropiarse como suyo. Grandes filósofos, y sobre todo grandes médicos se formaron en este lugar.
    _ Lo sé. Me gusta bastante la historia - les dije-. A mí me gusta reconocer lo que pertenece a cada uno, y tenéis razón. Cuando en Europa éramos unos auténticos bárbaros que solamente sabíamos pelear y no bañarnos, además de bastante analfabetos, en vuestras escuelas surgían grandes maestros. Los mejores médicos estaban aquí, como Avicena. Vuestra sabiduría estaba por encima de todo en ese momento.
    _ Es un placer hablar con gente como vosotros - nos dijeron -. Os deseamos que Irán os guste y que disfrutéis de todo lo que veáis.
    _ A nosotros también nos ha encantado hablar con vosotros, y bailar. Que todo os vaya muy bien.
Nos despedimos de aquel grupo con el que tanto habíamos aprendido. Los viajes son ante todo un intercambio de experiencias y de sabiduría. A veces das más que recibes, y en otros casos, como éste, recibes más de lo que das.
Buscamos un restaurante para cenar, recordábamos que nos habían dicho que cualquiera estaría bien. A la salida del parque vimos uno con una terraza en la azotea. Aquél podía ser un buen lugar, la noche era muy agradable y cenar al aire libre apetecía. El lugar estaba lleno de familias cenando quellenaban todas las mesas. Nos hicieron sitio en la azotea.
    Yo estaba sorprendidísima, no esperaba encontrar un país donde todo el mundo estaba en la calle, disfrutando de la noche. Ni en España hay tanta animación, y es el lugar donde más se encuentra. Los niños correteaban por entre las mesas, como en cualquier otro lugar. Alguno se nos acercaba y se quedaba mirándonos. ¡Qué ojos tan bonitos tienen los persas!
    La cena fue muy buena, además de barata. Comimos unas chuletas enormes, pero muy tiernas. Preguntamos qué eran, y nos contestaron que cordero. No entiendo como un cordero tan grande puede estar tan tierno, pero así era. Los postres son una locura para los golosos. Yo no lo soy precisamente, y me decidí por unos pastelitos recubiertos de pistachos triturados. Fue mi primer contacto con los pistachos del país, pero a partir de ese día siempre compraba bolsas de pistachos en los puestos que encontraba, eran buenísimos.
    Lo peor fue la bebida, aquí no hay alcohol. En otros países musulmanes se puede beber cerveza o vino, caros, pero se puede. Aquí está prohibido por ley, ni para nacionales ni para extranjeros. Las comidas con agua o refrescos.
    Comentamos cómo nos arreglaríamos para tomar una cervecita al finalizar cada día; todos estábamos acostumbrados. No fue posible, pero encontramos un sustituto genial. Descubrimos las teterías. Algo realmente auténtico en este país.
Terminó la cena y volvimos al parque. Éste seguía lleno de gente a pesar de ser completamente de noche. Comentamos que parecía increíble, esto sólo lo habíamos visto en España ¿Era posible que estuviéramos en Irán?
En las alfombras las familias habían sustituido los platos de comida y fruta por vasitos y teteras. Además todas las sishas estaban ardiendo. La gente nos llamaba para invitarnos a sentarnos con ellos. Nos distribuimos para quedar bien con todos.
    Tomé varios vasos de té sentada en distintas alfombras. Y fumé de todas las sishas que me ofrecieron. ¡Qué borrachera de sabores! Fue una noche fantástica, y aquello no había hecho más que empezar.
    Los tiovivos seguían funcionando, allí nadie tenía prisa por marcharse a casa. Y los niños seguían corriendo sin sentir sueño, aunque alguno más chiquitín se tumbaba en la alfombra y se quedaba dormido, pero eso no impedía que los demás siguieran divirtiéndose o conversando.
Era más de la una de la mañana y nos fuimos hacia el hotel. El viaje había sido largo y a pesar de estar muy a gusto, estábamos cansados. Dejamos atrás todo el bullicio y buscamos varios taxis. Ya nos habían advertido que los conductores probablemente no nos entenderían. Son mayores y no entienden inglés, pero muchos además son analfabetos. El que conducía mi coche lo era. Sujetó la tarjeta del hotel y me di cuenta de que la tenía al revés mientras la miraba. Me dije: no sabe leer, por lo tanto no sabe a dónde tiene que llevarnos.
    Mediante gestos le hicimos entender que siguiera a uno de los otros taxis que sí parecía saber a dónde iba, puesto que ya estaba circulando. ¡Cómo se divirtió aquel individuo!; creo que nunca había llevado a cabo una persecución, y estaba emocionado. Incluso tocaba las palmas mientras conducía, y no paraba de reír. Llegamos y no nos quería cobrar. Pero le pagamos lo que nos pareció conveniente.
Nos fuimos todos a dormir, no porque tuviéramos ganas de hacerlo, pero teníamos que descansar para ver que nos deparaba el próximo día.
En el desayuno nos estaba esperando nuestro guía. Nos preguntó sobre lo que habíamos hecho y visto. No parábamos de contarle. Él nos frenó, ya sabía lo que le íbamos a contar, a todo el mundo le pasaba lo mismo. Ya nos había avisado de que tendríamos grandes sorpresas.
    _ Este país sorprende a todo el que lo conoce - nos dijo- pocos se imaginan lo que van a encontrar. Por eso hay que salir y conocer el mundo, así te das cuenta de lo engañados o manipulados que estamos. Sólo con la propia experiencia se puede opinar  sobre cualquier cosa.
­    _ Os va a encantar, y probablemente cuando os vayáis, ya estaréis pensando en volver. Yo sólo trabajo como guía durante dos meses al año, en el verano, es una forma de tener vacaciones gratis,  y siempre pido que me reserven un viaje a Irán. Cada año vuelvo a este país.
Estábamos en Teherán y comenzamos visitándolo. La capital del país no es lo más interesante. Con el día se convierte en una ciudad agobiante. Las calles se llenan de coches y hacen que la contaminación y el calor sean difíciles de soportar. Estaba previsto visitar el Museo Arqueológico, y uno de los palacios que dejó el Sha antes de abandonar el país. Antes de empezar le dijimos a nuestro guía.
    _ Tenemos que ir a algún lugar donde comprar pañuelos iraníes-. Se puso a reír.
    _ Ya os habéis dado cuenta de que parecéis abuelitas gallegas. Después del museo nos acercaremos al bazar de Teherán, donde conozco un lugar que os vendrá al pelo. ¡Nunca mejor dicho!
El Museo Arqueológico es muy interesante. El primer contacto con aquella civilización, la mesopotámica,  que desembocó en lo que ahora somos. Por primera vez vi cientos de tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, la forma de escritura que ya existía cuando nosotros no éramos nada.
    Lo más espectacular del museo son las salas dedicadas a Persepolis. Hay montones de frisos con las imágenes típicas de personajes persas, toros alados y todo tipo de animales conocidos en aquel momento.
Atrajo mi atención una estela de piedra colocada en el centro de una sala; me sonaba y no sabía de qué. Cuando me acerqué comprobé que se trataba del Código de Hammurabi, en realidad una copia, puesto que el original se encuentra en el Louvre.
    La estela representa en la parte superior al rey Hammurabi de Babilonia, recibiendo del dios de Mesopotamia las leyes que regirán la vida de sus súbditos. El resto de la estela es una sucesión de escritura cuneiforme, donde están escritas las leyes con las que se desarrolló la civilización babilónica.
    La historia dice que éste es el primer código legal que existió; por el momento no se ha encontrado ninguno anterior. Realmente estaba ante una civilización avanzada.
   Después de recorrer el museo estaba deseando llegar a Persepolis, pero me dije: tranquila, ya falta poco, disfruta de lo que vas encontrando, y cada cosa a su tiempo.
El siguiente lugar, tal y como nos prometió el guía, fue acercarnos al bazar. Ya nos avisó de que por la tarde haríamos una visita más interesante, pero ahora teníamos que ponernos coquetas.
    _ Con las mujeres siempre se termina igual, hasta que no os veis guapas, sois un incordio. Pero qué vamos a hacer. Sois mayoría, en todos los grupos pasa lo mismo.
    La entrada al bazar ya se veía enorme, pero todavía no estaba muy concurrido. Fuimos directos a una pequeña tienda donde vendían cientos de pañuelos. Había de todo tipo, incluso parecidos a los que llevábamos. Pero teníamos claro lo que queríamos: pañuelos alargados, de algodón y que nos favorecieran.
    Nada más empezar a probárnoslos, vimos el cambio. Eso era otra cosa, hasta nos veíamos bien! Ahora el problema era elegir, porque los había de todos los colores. El vendedor hablaba con el guía y se reían.
    _ ¿Qué le estás diciendo? - le pregunté - no te entiendo, ¿en qué idioma le hablas?
_  En farsi, llevo bastante tiempo viniendo a Irán y he aprendido lo suficiente.
    _ ¿Y porqué os reís?
    _  Me pregunta si todas las españolas sois tan guapas.
    _ Ya os vale, pero si estamos horribles, aunque ahora hemos mejorado bastante. Dile que con las mujeres tan guapas que hay en este país, este grupo de españolas no estamos a la altura.
    Se lo dijo y volvieron a reírse.
    _ Dice que es cierto, las iraníes son muy guapas, pero a los hombres les gustan todas las mujeres. Me pregunta si en España pasa lo mismo, y le he dicho que sí. Allí normalmente nos gustan todas menos la nuestra. Por eso se reía.
Compramos varios pañuelos cada una, habrá que cambiarse. El vendedor nos invitó a té y volvimos en busca de los hombres del grupo, que por supuesto no quisieron venir con nosotras. Se quedaron curioseando por el bazar.
    _ Con las mujeres no se puede ir de compras cuando van buscando trapos- dijo alguno.
    _ Hay que joderse! - dijo otro- que incluso en Irán se vayan a comprar trapitos. Si me lo cuentan antes de venir no me lo creo.
    _ ¿Y vosotros qué habéis hecho de interesante en este tiempo?, sorprendednos.
    _ Hemos estado hablando con otros hombres sobre la selección de fútbol iraní y sus logros.
    _ Vale, las mujeres a lo nuestro y los hombres a lo vuestro. No hay más comentarios.
Ya con un aspecto cambiado, al menos hasta donde las posibilidades permitían, nos fuimos hacia uno de los palacios que el Sha dejó tras su marcha. Se trataba de un palacete pequeño, enclavado en medio de un bosque utilizado para la caza y la relajación. El palacio era muy coqueto: las paredes estaban cubiertas de cristales, de forma que por todas partes te veías reflejada. Era de una exquisitez asombrosa.
El exterior estaba recubierto de placas plateadas que con el reflejo del sol daban la sensación de ser una joya perdida en mitad del bosque.
    Paseamos por aquel lugar que en algún momento fue un coto privado de los Shas de Persia. El bosque estaba un poco abandonado, ya no lo cuidaban como antaño. Pero todavía podía ser agradable. Diseminados por varios lugares, bajo los árboles, se veían unos divanes amplios, que por su tamaño podían servir de camas. Estaban cubiertos con alfombras.
    _ ¿Para qué sirven? - pregunté.
    _ En estos lugares de descanso se recostaba Fara Diva y sus visitas, o sus amantes, para disfrutar del frescor del lugar.
    _ Supongo que no le importará que los ocupemos nosotros, ya los abandonó.
    _ Ahora son para uso público. Recostaos en ellos y sentíos por un momento emperatrices de Persia. Si queréis pedimos unos tés o unos refrescos en uno de los puestos que hay cerca.
    _ Perfecto.
Y allí estuvimos un rato, recostadas sobre los almohadones y alfombras, bebiendo un té y fumando unasisha. En los jardines del Sha de Persia.
    El resto de la mañana fue un recorrer bancos para cambiar dinero. ¡Qué difícil era conseguirlo! El euro todavía no existía y casi todos llevábamos dólares, pero en la mayor parte de los bancos no los aceptaban. Su política era no aceptar dinero americano.
    Cuando por fin dimos con un banco que nos cambiaba, nos encontramos con que solamente nos cogerían cincuenta dólares a cada uno.
    ¡Bueno, mejor eso que nada! El país era barato, casi costaba gastar dinero, pero quedaban muchos días.
    En el banco vi algo curiosísimo. Algunas de las mujeres que estaban trabajando,se supone, hablaban entre ellas mientras limpiaban judías verdes. ¡He dicho bien, estaban limpiando verdura! Me imaginé que para cocinarla. Entonces, ¿también tenían una cocina donde preparar la comida para llevársela a casa, o era la comida para comer en el banco?; en cualquier caso era algo que no había visto nunca. No podía imaginarme algo parecido en España.
    El día que salimos de Teherán para realizar un recorrido por todo el país, entramos en el desierto. En realidad todo el país es un desierto. Avanzábamos hacia el sur, y todo el paisaje es una sucesión de tierra árida. Puede parecer que esta vista es monótona y falta de interés, pero pueden verse muchas cosas a las que nosotros no estamos acostumbrados.
    Todavía existen los nómadas. Familias enteras viviendo en tiendas, colocadas en mitad de toda aquella meseta inmensa, la Meseta Persa. Siempre a caballo entre un lugar y otro.
    En algún punto de nuestro camino divisamos grupos de ellos, y nos acercamos a conocerlos. Viven en este país sometidos a las leyes del mismo, pero al margen de todo. Su forma de vida no ha cambiado desde hace siglos. Siguen viviendo igual, vistiendo igual, hablando el mismo idioma.
    Nos acercamos a una de las tiendas: el interior es muy sencillo, solamente tienen lo imprescindible. Cualquier avance tecnológico que para nosotros es normal, ellos no lo conocen ni lo necesitan. Varios jergones, unas cacerolas y jaulas para transportar las gallinas. En el exterior una hoguera ardiendo en el suelo del desierto, para cocinar. Uno o varios camellos o caballos para transportar sus pertenencias de un lugar a otro. Esto es todo, y para ellos es suficiente. Sus únicas riquezas son su tienda y su camello.
    Las mujeres vestían ropas más coloridas que el resto de mujeres iraníes. Llevaban pañuelos distintos y colocados de forma diferente, pero no porque fuera la ley del país. Para ellas era normal, siempre ha sido así. Eran habitantes del desierto, y aquí, o te proteges del sol o estás muerto.
    No se podía hablar con ellos, hablaban su propio idioma y no entendían otra cosa.
    Quise hacerles fotos pero no se dejaban, pedían que no los fotografiásemos. Yo, a pesar de todo quería sacar una foto a una mujer que me encantó. Me aproveché de llevar una cámara que me permitía alejarme, y escondida, utilizar el objetivo para acercarla y robarle una foto genial. Sé que debí respetar su deseo, pero era muy tentador, tenía que robarle esa foto.
    Algo muy interesante es ver los antiguos caravansarays, o lo que queda de ellos. Estamos en plena ruta de la seda, aquella que cruzaba toda Asia, desde Estambul hasta Pekín. Toda la ruta estaba llena de caravansarays o posadas donde los viajeros descansaban. Son recintos cuadrados o circulares, rodeados por una tapia de adobe del mismo color que la tierra circundante. El interior tiene un gran patio central donde los camellos y caballos que transportaban las mercancías podían descansar. Rodeando este gran patio se encuentran distintos pasillos a cuyos lados hay cientos de pequeñas habitaciones para los mercaderes.
    Encontramos algunos muy bien conservados, listos para ser utilizados en cualquier momento. Recorrer sus estancias te transportaba al sigo XII o XIII, cuando la ruta de la seda se encontraba en pleno apogeo, y el ir y venir de personas y mercancías era constante. Gentes de todos los lugares se cruzaban aquí, intercambiando productos, ideas, sabiduría. Los viajes se hacían a pie, y el contacto entre la gente era duradero. Durante varios meses compartían vivencias, aprendían los idiomas del otro, surgían amistades, y por supuesto hacían negocios.
    Siempre he pensado que sería muy interesante recrear uno de estos viajes, tal y como se hacían entonces. Un año o incluso más, caminando, o a lomos de camellos, de un lugar hacia el siguiente, hasta llegar al destino. Y después la vuelta, exactamente igual. Las relaciones personales que pueden surgir con experiencias como ésta no pueden ser comparables a lo que vivimos en la actualidad. Pero nos hemos complicado mucho la vida, o hemos avanzado?, no lo sé, a veces lo dudo. En cualquier caso este sueño es casi un imposible hoy en día.

    Llegamos a Yazd, una ciudad muy antigua, la ciudad de los zoroastros.
    Se trata de un lugar con aspecto medieval. La zona más antigua es un laberinto de calles muy estrechas y a ambos lados se alzan las tapias de las casas. Desde fuera no puede verse nada.
    Estaba anocheciendo cuando dejamos el hotel y salimos a las calles. Después de cruzar bajo un arco de piedra nos adentramos en el entramado de callejuelas. Todas partían de un mismo punto, la plaza frente a la mezquita del Viernes. Adentrarse en este lugar es retroceder varios siglos en el tiempo. Las calles desembocan unas en otras, y en sus cruces se pueden encontrar arcos techados con una lámpara colgando de su centro, que apenas ilumina unos metros, lo suficiente para poder ver como la calle se adentra en la oscuridad y cómo alguna sombra cruza debajo de una lámpara, unos metros más adelante. Estas sombras caminan despacio, sin prisa, para ellos el tiempo tiene otro valor.
    Puedes cruzarte con un viejo encorvado bajo el peso de un haz de leña. Sus pasos lentos son seguidos por un perro, que como su amo, se toma la vida sin prisa, como siempre ha sido en este lugar. Una mujer vuelve a casa con la última compra del día, lleva una hogaza de pan y su olor queda tras ella, como el olor del pan en mi niñez, allí en mi lejano pueblo.
    Algún niño pasa corriendo, ellos tampoco tienen prisa, pero como todos los niños no pueden dejar de correr. Nos miran, nos sonríen. Se abre una puerta en una de las tapias, una mujer cubierta asoma la cabeza, llama a su hijo. El niño pasa corriendo a nuestro lado, pero se queda sujetando la puerta de la casa, mirándonos pasar; nos dice adiós con la mano. Yo veo débilmente el interior: tras la tapia hay un patio, se ven varios árboles, y una fuente, o quizá un pozo para conseguir agua. El niño cierra la puerta y nos quedamos solos en la calle, rodeados de silencio y oscuridad.
    Continuamos adelante, nos cruzamos con otras sombras, algunas nos miran, pero ninguna se sorprende de vernos. En este lugar los extranjeros siempre han sido bienvenidos. Desde siglos atrás gentes de todas las culturas y de todos los lugares han caminado por estas calles, han cruzado bajo estos arcos, y han observado lo mismo que yo observaba en ese momento. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero allí el tiempo parecía haberse detenido.
    La noche es agradable en Yazd. Durante el día el calor es sofocante, pero con la noche el frescor del desierto lo sustituye. Regresamos al hotel, teníamos una cena al aire libre. Junto a un estanque sobre el que caían chorros de agua, con un sonido suave y susurrante, nos sentamos para disfrutar de una cena a base de cordero guisado con salsa de granadas. Tenía un sabor dulce y estaba delicioso. Distintas cremas para extender sobre el pan: una pasta hecha con garbanzos triturados, y otra a base de olivas también trituradas, con un sabor fuerte. Nos sirvieron cócteles de  zumos de melón, sandía, naranja, limones. Y por supuesto los dulces: pastelitos regados con miel, y cubiertos con pistachos.
    Después de la cena nos sentamos en una zona donde habían creado un jardín exuberante. Es increíble cómo consiguen crear auténticos oasis en un desierto. Había pequeñas fuentes, y el rumor del agua era muy relajante. Estuvimos hablando hasta bien entrada la noche. Creo que ninguno teníamos prisa por dormir. Aquello se parecía a un Edén y no queríamos desaprovecharlo.
    Durante el día pude volver a recorrer las calles de Yazd a la luz del sol. Las calles eran frescas. A pesar del calor que reinaba, la estrechez de las mismas permitía que el sol se mantuviera fuera. Algunas puertas estaban abiertas y pude comprobar que detrás de las altas tapias, todas las casas tenían un pequeño jardín. En todas ellas había un pozo, con su cubo colgando; en otras, quizá más señoriales, se veían fuentes cuya función era refrescar el ambiente o servir de adorno al jardín. Aquellos lugares también tenían que ser frescos; los árboles abundaban, sobre todo árboles frutales. Vi granados, limoneros, naranjos. Estaba claro que el subsuelo debía tener abundante agua, aunque la superficie era un auténtico erial.
    Nos acercamos a la mezquita del Viernes. Su portón de entrada es muy estilizado: una puerta alta con dos torres a cada lado de una altura considerable. Todo ello recubierto de azulejos azules y verdes, aunque el color que predomina es el azul. Todas las mezquitas en Irán están recubiertas por este tipo de azulejos.
    Era una mezquita bastante antigua, muy grande para una ciudad como aquella. Se notaba que en algún momento de su historia fue un centro importante en la ruta de las caravanas.
    A continuación nos encaminamos hacia el templo de los zoroastros. El único que sigue en activo en todo el país. En la entrada, sobre la puerta, está el símbolo de esta religión: el dios Aura Mazda, representado como unas alas desplegadas. En su interior lo más representativo es la llama que siempre se mantiene encendida, como símbolo de la divinidad.
Ésta es la religión creada por Zaratustra, y en algún momento ya he comentado algo sobre ella. Es muy característica la forma como tratan a sus muertos. Los dejan a la intemperie, en las Torres del Silencio, para que los buitres devoren el cuerpo hasta dejar solamente los huesos.
    Aquí en Yazd, principal centro de los zoroastros en Irán, se pueden visitar las Torres del Silencio. Se encuentran fuera de la ciudad, en un terreno totalmente desértico. Las Torres se levantan sobre montañas de arena; están abandonadas, ya no se utilizan. Precisamente por ese motivo pueden visitarse.
    Llegamos al lugar donde se levantan, y aunque la altura no era excesiva, subir con aquel sol encima era para pensárselo. En ese momento aparecieron unos cuantos muchachos con unos asnos enanos, y se ofrecieron para subirnos. Lógicamente no era gratis, pero era una opción interesante.
    Las Torres no tienen nada especial, se trata de un recinto redondo, al aire libre y rodeado por una tapia. Ahora estaban llenas de arena, y por supuesto no había rastro de nada de aquello para lo que se habían utilizado.
    La noche en Yazd fue también bastante interesante. Fuimos a cenar a un restaurante muy curioso. Se trataba de unos antiguos baños de la época de las caravanas. La sala estaba repleta de piscinas muy poco profundas donde el agua corría y saltaba desde pequeñas fuentes. Tanto las piscinas como el resto del suelo estaba cubierto de azulejos. Entre las piscinas se colocaban las mesas en las que pudimos cenar. Era un ambiente muy fresco, muy genuino. La cena no la recuerdo, pero sí recuerdo la sisha que fumé después. Me había aficionado y casi estaba enganchada.
    La estancia en esta ciudad había terminado. Me encantó. Me sentí realmente transportada al pasado. Pero teníamos que continuar. El siguiente destino lo esperaba con ansia.

Shiraz, la ciudad de las rosas y de los poetas, y a pocos kilómetros de ella:Pasargade, la ciudad de Ciro el Grande, y Persepolis, la ciudad de Dario I, destruida por Alejandro Magno.
    Camino de Shiraz, llegamos a Pasargade, y comenzamos nuestro encuentro con la historia. Pasargade fue la capital de Ciro el Grande, rey de Persia, cuando ésta se convirtió en un gran imperio que se mantuvo hasta que fue vencido por otro de los grandes, Alejandro Magno.
    Los restos de la capital se encuentran en una llanura rodeada de pequeñas cimas. Dentro del erial que es la llanura persa, su ubicación es bastante privilegiada. Son pocos los vestigios que quedan de este lugar. Los restos de sus palacios se limitan a unos cuantos suelos de losas muy pulidas, y algunas columnas cilíndricas y con poca decoración. El único lugar intacto es la tumba de Ciro el Grande. Se trata de un pequeño túmulo de piedra, situado sobre unos pocos escalones, en uno de los extremos del recinto. Resalta por su sencillez. Demasiado sencilla para un gobernante que se enfrentó a Egipto y a Esparta, que conquistó Babilonia, y  llevó al imperio persa  a su máximo esplendor.
    Llegar a Shiraz, es llegar a un jardín. Se encuentra en la zona más árida de Irán, y sin embargo es un auténtico oasis. Se la conoce como la ciudad de las rosas, y esta expresión está totalmente justificada. Cualquier rincón, cualquier espacio, está lleno de rosales de todos los colores. El aroma de las rosas lo inunda todo. Es una ciudad preciosa. Sus palacios son de una finura tan exquisita que parece se vayan a romper solo con mirarlos.
    Visité varios de ellos y crean la sensación de estar mirando una figura de cristal de Bohemia que se pueda quebrar con una simple brisa de aire. Los exteriores están recubiertos con cerámica vidriada y con paneles de cristal de diferentes colores,  formando un conjunto armonioso. El sol se refleja en ellos y devuelve un brillo espectacular. Están rodeados de jardines, donde las rosas son las reinas. Rosas que se reflejan en los estanques y en las paredes de los palacios. Y por supuesto el agua, salida no sé de dónde, pero que se oye por todas partes. Es increíble como consiguen que el sonido suave del agua cree un ambiente tan sugerente.
    Aquí pude volver a disfrutar de los parques llenos de gente al atardecer, y bien entrada la noche. La gente es igual de agradable que en el resto del país, te invitan a sentarte con ellos, a compartir un té y una sisha, pero aquí les gusta hablar de sus poetas. Es muy agradable escuchar como recitan estos poemas que no entiendo, pero que suenan muy bien. En Shiraz se encuentran las tumbas de varios de los poetas más importantes. A sus ciudadanos les encanta visitar estos lugares, que son preciosos. Mausoleos muy coquetos rodeados de jardines.
    La primera tarde en Shiraz fue el primer encuentro con una mezquita llena de vida. Más adelante tendré otra experiencia que a algunos pone los pelos de punta, pero ésta estuvo bien. Existe en Shiraz una mezquita bastante grande donde está enterrado alguien importante. Como todas las mezquitas, sus cúpulas redondeadas están recubiertas de azulejos azules. Pero en este caso cuando llegó la noche y se iluminó su exterior, el color azul pasó a ser un rojo dorado. Era un lugar muy sagrado y para entrar era obligatorio llevar el chador. Hasta ese momento no me lo había puesto, pero si quería ver el interior había que colocárselo.
    No pensaba comprar ninguno, por lo que tuve que utilizar uno que me proporcionaron en la entrada. Fue horrible, no sé cómo pueden vivir metidas dentro de esa prenda. Pero a pesar de la incomodidad, mereció la pena. El gran patio central estaba lleno de gente y de niños, como siempre jugando. Ellos no tienen la misma concepción que nosotros en nuestras iglesias, al menos en aquellas mezquitas tan importantes la gente hacía una prolongación de su vida. Me acerqué al mausoleo del Imam que allí estaba enterrado. Se encontraba rodeado por una reja, y la gente llegaba en filas para tocarlo a través de la misma. Yo me puse en la fila de las mujeres y la cola me arrastró. Cuando salí por el otro lado llegué a una gran sala cubierta por alfombras, las columnas y las paredes estaban adornadas con más azulejos. Sentadas sobre las alfombras había bastantes mujeres que hablaban entre ellas, comían pistachos y algunas daban el pecho a sus hijos pequeños. Me sorprendió ver como hacían una vida normal, pero dentro de la mezquita.
Me senté junto a ellas en el suelo, sobrela alfombra. Aquí no existe el mobiliario. No me rechazaron, por el contrario me ofrecieron pistachos, y allí estuve un rato comiendo pistachos con ellas y observando pasar a toda aquella gente que estaba allí, no sé si por devoción o simplemente para relacionarse con sus vecinos en un lugar agradable y fresco. Estuve tan a gusto que casi olvidé que llevaba un chador que se me caía por todas partes porque no sabía sujetármelo.
Marta estaba agobiadísima con aquello encima. Me pedía que nos fuéramos para poder librarse de él. Yo le decía:
    _ No te agobies, olvídate, déjate llevar y disfruta. Ya sabíamos que Irán tenía esto.
    Pero ella no podía. Decidió salir y ya nos veríamos en el hotel para ir a dar una vuelta por el parque. La animación estaba asegurada. Todavía no podía creer que estuviéramos en Irán y hubiera tanta gente fuera por la noche.
    A pesar de estar muy a gusto, volví. Se lo había prometido a Marta. La encontré hablando con nuestro guía iraní. Desde España nos acompañaba un guía, pero las leyes del país obligaban a ir acompañados por otro guía local. No recuerdo su nombre, pero sí que se trataba de un chico joven, alto y delgado. Y recuerdo que era muy tímido. Marta estaba intentando convencerlo para que viniera con nosotras de marcha, ya llevaba varios días detrás de él. Me di cuenta de que el chico estaba rojo como las granadas. Era muy tímido y muy inocente.
    Llamé a Marta y le dije:
    _ ¿Pero qué le estás diciendo que está tan rojo?
    _ Nada, solamente que si le apetecía venir con nosotras a tomar algo.
    _ ¡Pero qué vamos a tomar, por dios, si aquí solo hay teterías!
    _ Pues eso, que nos enseñe las teterías
No vino, consiguió salir huyendo.

    Habíamos llegado a uno de los puntos cumbre del viaje: Persepolis. Tenía un gran interés por conocer esta gran ciudad de la antigüedad. No puedo evitarlo, me atraen las ciudades antiguas, míticas, llenas de misterio y de historia. No me imaginaba cómo era, aunque conocía las imágenes que todos hemos visto de esos personajes persas con sus posturas rígidas, siempre representados de lado, y la famosa puerta con los toros alados.
    Coincidió con un fin de semana y muchas personas se acercaban a conocer una parte de su historia de la que están muy orgullosos. Era mucho el turismo interior que recorría las ruinas.
    Se llega a una explanada donde se ve una plataforma elevada artificialmente, de la que surgen columnas hacia el cielo. Mi pregunta fue rápida:
    _ ¿Persepolis está construida sobre una plataforma?
    _ Hasta cierto punto sí - me contestó el guía-. No era una ciudad para la población, era una ciudad para el rey, y para impresionar a todas las delegaciones extranjeras que la visitaban. En realidad permaneció en pie muy poco tiempo. Fue el sueño de un rey, Dario I. Alejandro Magno la destruyó cuando conquistó Persia. El fuego la devoró, pero a pesar de todo, lo que ha permanecido da idea de lo grandiosa que era.
    Para acceder a ella hay que subir una rampa escalonada, situada a la izquierda de la plataforma. Los escalones son tan poco pronunciados que más parece una rampa que una escalinata.
    _ Está construida así para que se pueda acceder a la ciudad a caballo. Las delegaciones extranjeras eran recibidas por todo lo alto.
    Al final de la rampa, a la derecha, nos encontramos con la famosa puerta de los toros alados: la puerta de Jerjes. Había que traspasarla para acceder al recinto. Hoy en día la puerta todavía está entera, le falta el techo, pero allí continúan los dos toros, custodiando la entrada y dando la bienvenida a todo visitante. A continuación un pasillo da acceso al recinto, donde se encuentran el palacio, con su sala de las cien columnas, y lo mejor conservado de todo: la escalera, con relieves de dignatarios extranjeros. Todos los pueblos conocidos en ese momento están representados a los lados de la escalinata que desemboca en la Puerta de las Naciones.
    La escalera es realmente imponente, y allí están representados, en perfecto orden, llevando en sus manos los presentes para el rey, todos los pueblos sometidos por el imperio Aqueménida.
Ya dentro del palacio se conservan muchas de las puertas que daban acceso a las distintas salas. En todos los dinteles hay relieves del rey Dario I, así como de Jerjes y Artajerjes. Son muy característicos sus peinados totalmente rizados, y su posición: siempre en pie, de perfil y completamente rígidos, aunque no dan sensación de inmovilidad.
    Los animales presentan más movimiento; pueden verse toros luchando con leones, caballos, carneros, camellos. Columnas terminadas en cabezas de caballos.
    Es increíble encontrarse allí. Para mí era uno de los lugares históricos que tenía claro quería conocer, y no me defraudó. A pesar de que fue totalmente destruida, parece mentira la cantidad de cosas, y sobre todo de relieves que han permanecido. No puedo imaginarme cómo tenía que ser en su momento de esplendor.
Encontramos muchas familias en visita turística. Les encantaba hacerse fotos con nosotros, debíamos resultarles muy exóticos. Me hice tantas fotos con tantas personas, que en este momento debo estar en la mitad de los álbunes familiares de Irán.
    Un grupo de mujeres se me acercó y comenzaron a preguntarme de dónde era y qué es lo que me interesaba, qué lugares había recorrido, me gustaba Irán, se lo recomendaría a mis amigos; fue un bombardeo de preguntas. Cuando conseguí hacerles un resumen, fui yo la que pregunté.
_ Y vosotras ¿quiénes sois?
_ Somos estudiantes, y ésta es nuestra profesora - me dijeron señalando a una de ellas.
 _  ¿Y qué estudiáis?
 _ Cuando terminemos seremos maestras, para enseñar a los niños pequeños.
_ Ésa es una buena profesión, y muy bonita - les dije.
_ ¿Y tú, también eres profesora? - me preguntaron.
_ ¿Tengo aspecto de profesora? - les contesté -. No, no soy profesora.
Intenté explicarles cuál era mi profesión, pero no lo tenían muy claro.
 _ ¡Entonces eres como una secretaria! - exclamó una de pronto. Parecía contenta porque creía haberme entendido.
_ Bueno, sí - le contesté. Preferí dejarlo así.
_ ¿Qué opinas de Persepolis?, ¿te ha gustado?
 _ Me ha encantado. Hace tiempo que quería verlo. Tenéis una historia muy interesante.
_ Sí, esto es Persia.
_ Lo sé, no es la primera vez que me lo dicen. Pero ahora la situación no es igual que cuando todo esto tenía vida.
 _ Las cosas han cambiado, pero en todas partes ha cambiado algo - me contestó la profesora.
    Me lancé a sacar una pregunta que deseaba hacer.
 _ ¿Qué pensáis de la situación en la que vivís las mujeres?
 _ ¿A qué te refieres exactamente? - tomo la palabra la profesora. Sus alumnas me miraban pero no hablaban.
 _ Bueno, sé que podéis estudiar y trabajar, en eso no os diferenciáis de mí. ¿Pero qué opináis de la forma como tenéis que vestir, no os gustaría poder elegir lo que deseáis poneros?
 _ Nosotras no hemos conocido esa situación, desde que nacimos hemos vestido así, y nos hemos acostumbrado. Lo importante es poder hacer lo que te interesa en la vida, y eso por el momento lo podemos hacer.
 _ ¿Pero todo el mundo puede hacer lo que desea?
 _ Bueno, siempre que se sigan las normas. En este país se vive bien, aunque creo que en algunos lugares nos ponen mala fama.
 _ ¿Qué quieres decir con que si se siguen las normas?
 _ Es mejor dejar ese tema. Soy la profesora de estas jóvenes y no debo decir algunas cosas.
 _ Entiendo, perdóname por mi curiosidad -. No quiso explicarme más, pero días más tarde me enteré de lo que quería decir con  vivir bien si se siguen las normas.
 _ Es cierto que en Europa no hay buena prensa de Irán - le expliqué - pero estamos equivocados. Me he dado cuenta de que la gente no tenéis nada que ver con los ayatolas y todo el régimen que han creado. Pero eso es lo que pasa en todas partes, una cosa es el gobierno y otra las personas que viven en el país. Cuando regrese a España hablaré muy bien de vuestro país, porque creo que realmente es un lugar fantástico.
 _ Gracias - me dijo una de las alumnas. Nos acordaremos siempre de ti.
 _ Es un honor que me digáis eso, no esperaba que nadie me recordara tras mi marcha. Os deseo todo lo mejor, que tengáis mucha suerte.
 _ Gracias por tus enseñanzas - me dijo la profesora - nos ha gustado hablar contigo.
_ Yo no os he enseñado nada, sois todos vosotros los que me estáis enseñando muchas cosas a mí. Yo soy la que tengo que estar agradecida.
    Me despedí de ellas y fui en busca de Marta. Había subido con las demás personas del grupo a un alto donde había una tumba y una vista de toda Persepolis. Yo me quedé con estas chicas y le encargué que hiciera fotos por mí. Volvieron deshidratados. Ya lo suponía, el calor rondaba los cuarenta y cinco grados, y la ascensión bajo un sol que caía de pleno no era muy atrayente.
    Nos tomamos unos refrescos. ¡Lo que hubiéramos dado por una cerveza!
    Un poco más frescos, aunque sin cerveza, nos encaminamos hacia un lugar cercano, Naqsh-é-Rustam.
    Se trata de una pequeña hondonada, en mitad de toda la aridez del paisaje. La pared frontal, completamente vertical, se encuentra esculpida con escenas de batallas entre persas y otros pueblos. Se ve al rey de los aqueménidas a caballo, al frente de sus hombres. Estamos ante las tumbas reales de Dario I, Jerjes y Artajerjes. Las tumbas están excavadas dentro de la montaña, como los faraones en el Valle de los Reyes, pero aquí su ubicación está perfectamente identificada. Las entradas están selladas con grandes losas esculpidas que ocupan todo el frontal, una a continuación de la otra, ocupando toda la pared frontal de la hondonada.
   Nos fuimos de aquel lugar. Yo estaba emocionada, por fin había conocido Persepolis. Me quedaban muchos otros lugares, en otros países. Pero todo a su debido tiempo. Como en una buena comida, no hay que abusar del vino, porque dejaremos de disfrutarlo.

    Aquella tarde fuimos al zoco de Shiraz. Esto sí que eran auténticos zocos. Aquí no estaban preparados para los turistas. Eran zocos auténticos, de los que te transportan al pasado, a aquella época medieval en la que estos lugares eran un hervidero de gentes hablando distintos idiomas, e intercambiando todo tipo de productos.
    Junto a una de las entradas al zoco se encontraba una mezquita que nos habían recomendado especialmente. Era pequeña si se comparaba con la que había visitado la noche anterior.  No había prácticamente nadie en su interior, por lo que se podía disfrutar de ella con toda tranquilidad. Tenía varias salas y una de ellas estaba repleta de columnas sujetando el techo. Las columnas a su vez estaban recubiertas por azulejos de colores. El silencio era casi total, solamente interrumpido por el sonido del agua que caía de una fuente, en el centro de un patio que se abría en uno de sus lados.
    Qué paz se respiraba allí. Realmente en el mundo musulmán consiguen crear ese ambiente en muchas de sus mezquitas.
    Entramos en el zoco. Todo él está cubierto, y se extiende a lo largo de varias calles que se entrecruzan entre sí, todas cubiertas con una bóveda de piedra. En todos los cruces de calles, las bóvedas formaban cúpulas de las que colgaban lámparas de forja. A pesar de todo, la luz dentro del zoco no era deslumbrante, lo que contribuía a darle un mayor aspecto de lugar misterioso e interesante y muy antiguo.
    Como en todo zoco persa, las tiendas de alfombras son muy numerosas. Era la hora de la siesta y en muchas de las tiendas los dueños estaban durmiendo plácidamente, tumbados encima de una pila de alfombras, a la entrada de sus negocios.
    No se vuelven locos por vender nada a los turistas. Ellos siguen con su ritmo y si te acercas hablan contigo, te invitan a un té, y te muestran lo que venden, pero sin agobiarte.
    Me resultaban muy curiosas las tiendas de ropa femenina. Algunas mostraban vestidos de colores, bordados y con muchos dorados y plateados. Pregunté si las mujeres compraban aquellos vestidos.
    _ Claro que sí, ¿por qué no los iban a comprar?- me contestó la vendedora.
    _ Pero si siempre van vestidas de negro, con el chador puesto.
    _ Pero debajo van vestidas - me dijo- y a sus maridos les gusta verlas guapas en su casa. Allí no visten el chador.
    Una chica joven que la ayudaba en la tienda me dijo:
    _ Estos vestidos se utilizan cuando hay una boda o una celebración, no se ponen para estar en casa.
    _ ¿Y cuándo tenéis una celebración podéis vestir así, sin chador?
   _ No, solamente durante la fiesta que hacemos las mujeres. Delante de los hombres hay que ponerse el chador.
    _ ¿Me quieres decir que en una boda, por ejemplo, las mujeres lo celebráis apartadas de los hombres?
    _ Sí, las mujeres nos reunimos en una sala con la novia, y los hombres en otra con el novio. Y en ese momento las mujeres lucimos todos estos vestidos.
    _ ¡Pero es una boda!, ¿no lo celebran los novios juntos?
    _ Bueno, hay un momento en el que el novio entra en nuestra sala y nos hacemos fotos con ellos; después la novia pasa a la otra sala y se hacen fotos con los hombres.
    _ Y cuando esto ocurre, ¿os tenéis que tapar?, ¿la novia también se tapa cuando entra en la sala de los hombres?
    _ No, en este caso está permitido que no lo hagamos.
    _ ¡Vaya, qué escándalo! A los hombres, veos vestidas así debe ponerles como una moto.
    Querían venderme un vestido
    _ No gracias, no tengo ninguna boda a la vista.
    Pasamos por la zona de las babuchas, las había de todos los colores, aunque todas acababan en punta, como si fuesen para Aladino. Allí compramos alguna más discreta para estar en casa, al menos se salían de lo normal.
    La zona de cacharrería era auténtica. Todo tipo de lámparas, mesitas y muchos otros cacharros muy orientales. Nos gustaba todo, pero no podíamos llevárnoslo.
    Seguimos caminando por todas aquellas calles de un lado para otro. Perdimos la orientación y ya no sabíamos dónde estábamos. Bueno, qué importaba, cuando saliéramos por donde fuera, ya tomaríamos un taxi.
    Llegamos a una zona donde se escuchaban sonidos metálicos, martillos golpeando metal. Seguimos el ruido y llegamos a una calle dedicada a los artesanos del metal. Todos estaban en las puertas de sus negocios, golpeando cuencos, lámparas, ollas, grandes braseros. El color del cobre estaba por todas partes y allí todo era artesano. Me recordaban los cazos que mi abuela tenía colgados en la cocina, y aquellos braseros que servían para calentarnos. Allí parecía no haber pasado el tiempo.
    En la zona de la alimentación nos paramos en los puestos de frutos secos. Aquello era un lujo para las personas como yo, que nos gusta lo salado. Nos cargamos con bolsas de pistachos, anacardos, avellanas, garbanzos tostados y varias cosas más.
    Compramos más pañuelos, eran más bonitos que los de Teherán.
    _ ¿Y para qué queremos tantos pañuelos? - decía Marta
    _ Podemos ponernos uno por la mañana y otro por la tarde, incluso otro por la noche.
    _ ¿Y después qué hacemos con ellos?
    _ Los regalamos en España. Son muy bonitos y sirven de chal o de cualquier otra cosa.
    _Pues también tienes razón. Ya tenemos regalos para todas las conocidas.
    Seguimos toda la tarde para arriba y para abajo. Nos parábamos por todas partes. Aquello era auténtico de verdad. Cuando ya no podíamos cargar con más bolsas, buscamos una salida del zoco y regresamos al hotel.
    _ Ahora lo que me apetece es ir a algún sitio y tomarnos un buen cubata - me dijo Marta.
    _ Bien, vamos a intentarlo, pero que yo prefiero un gintonic - le contesté.
    _ Y nos quitamos estos pañuelos, nos soltamos la melena, y nos maquillamos bien.
    _ Y que no se nos olvide sacar las minifaldas y los tacones que llevamos escondidos en la maleta.
    _ Buscamos al guía y que nos lleve a algún sitio con mucha música - me replicó.
  _ ¡Pero estamos tontas o qué! - le contesté -. Esto es Irán. Nos tomamos un té, nos fumamos una shisa, y vamos apañadas. La otra juerga para España.

    Al día siguiente tomamos un avión con destino Ispahán: “la perla de Persia”.
    ¿Qué decir de este lugar?, es difícil describirlo con palabras, aunque voy a intentarlo. Cualquier cosa que se diga se queda corta. Es realmente increíble, fantástico, mágico. Ya desde hace siglos era el destino final de muchas personas que viajaban durante meses o años para llegar aquí. Y a pesar del tiempo transcurrido, esa grandiosidad, esa atracción sigue palpándose en sus bazares, en sus puentes, en sus plazas y en todos sus monumentos. Es “la perla de Persia”, y ese nombre lo tiene bien ganado.
    En esta ciudad, Avicena trabajó como médico y enseñó todo lo que sabía. Todavía hoy puede verse parte del “maristan”, el hospital donde aprendía y trabajaba. Y la madrasa donde enseñaba a sus estudiantes, venidos de todas las partes del mundo conocido.
    Llegamos al hotel cuando ya había anochecido. Se encontraba cerca de uno de los puentes que caracterizan a esta ciudad. Dejamos el equipaje y salimos corriendo en busca del puente y de sus famosas teterías. Los puentes son auténticos monumentos: con 33 arcadas en forma de arco terminado en punta, repartidas en dos pisos. En la parte inferior de uno de los arcos se ubica una tetería, tan antigua como el puente y tan auténtica como toda la ciudad. Tomar un té con pastelitos, fumar una shisa, conversar con las personas que se encuentran sentadas en el mismo lugar, haciendo lo mismo que nosotros, y disfrutar de aquella situación, es un auténtico lujo.
    Perdonamos la cena, aquello era mucho mejor. Cuando decidimos marcharnos, lo que menos nos apetecía era acostarnos. ¿Por qué no nos acercábamos a la Plaza Naqsh-é-Djahan? Todos sabíamos que era espectacular, una de las mejores y más grandiosas del mundo. Buscamos varios taxis que nos dejaron en una calle que desembocaba en la plaza. Los coches no podían circular por ella, solamente los coches de caballos.
    La Plaza Naqsh-é-Djahan es un rectángulo perfecto de 80.000 metros cuadrados. Todo el perímetro está formado por arcadas de dos pisos, y en cada uno de sus cuatro lados hay un edificio único. En el lado este del rectángulo, la Mezquita de Lotfollah, pequeña y recubierta de azulejos azules y verdes. Enfrente, en el lado oeste, el Palacio de AliQapu, una auténtica joya. En el lado sur, la Mezquita del Imam, grandiosa con su enorme puerta flanqueada por dos minaretes altos y esbeltos recubiertos de azulejos azules. Y enfrente, en el lado norte, la entrada al bazar, y encima la tetería más increíble que recuerdo.
    En aquel momento de la noche estaba todo muy tranquilo. Sus tres edificios principales estaban iluminados y los azulejos de las dos mezquitas desprendían un color rojizo bajo las luces. Los coches de caballos que circulaban por la plaza llevaban colgados faroles que apenas iluminaban, pero que creaban un ambiente mágico.
    Nos acercamos a un café donde servían helados. Yo no soy golosa, y no me atraen los dulces, pero aquellos invitaban al menos a probarlos. Estaban servidos en cuencos de barquillo, y regados con un sirope de fresa de un rojo brillante. Los sabores eran diferentes. Probé un helado de rosas y también los había de azafrán.
    Cuando volvimos al hotel, el guía estaba en la recepción esperándonos. Estaba intrigado porque el conductor del autobús había ido corriendo a buscarlo para decirle:
    _ Señor, todos sus huéspedes se han marchado corriendo nada más llegar. No han podido dejar ni su equipaje. ¿Sabe usted si ocurre algo?
    _ No tenía ni idea de lo que podía pasar - nos contestó - pero estaba esperando a que llegara alguno por si hubiera algún problema.
    _ No hay ningún problema - le dijimos - es que estábamos impacientes por conocer esta ciudad y no hemos podido esperar. Hemos querido aprovechar el tiempo al máximo.
    Al día siguiente tenía un día intenso en la plaza visitando todos los monumentos. Cada uno de ellos merece un apartado separado.
    El más pequeño de ellos, y el que dejó en mí una sensación nunca antes vivida, fue la Mezquita de Lotfollah. Su fachada no se caracteriza ni por su altura, ni por su grandiosidad: está recubierta con los azulejos que ya me eran familiares, verdes y azules. Una cúpula de forma ovoidal, también cubierta de azulejos, se eleva por encima de la fachada. Traspasando la entrada surge un pasillo también adornado de azulejos. Siguiendo por él, al fondo gira a la derecha y se entra en la única sala que tiene la mezquita. Una sala redonda, más bien pequeña y totalmente recubierta de cerámica azul. Sus paredes suben hacia el infinito hasta llegar a un punto en el que se curvan formando una cúpula acabada en un único punto central.
    Entré, miré a mi alrededor, después miré hacia arriba, y allí me quedé, sin poder dejar de mirar aquella cúpula tan perfecta. El dibujo que formaban los azulejos desde el suelo hasta aquel punto de donde parecía partir todo, era indescriptible. La sensación de armonía, de equilibrio, era brutal. El azul me invadía y me atraía. Me senté en el suelo, en el centro, sobre las alfombras, y me quedé mirando la cúpula, sin pestañear y sin darme cuenta de lo que había a mi alrededor. Estaba como hipnotizada. La sala no tenía mobiliario, solamente las paredes en círculo elevándose hasta aquel punto donde todo acababa, o donde todo empezaba. Nunca hasta ese momento me había sentido tan …..no sé explicarlo, pero sentía aquella armonía, me había calado. Se fueron todos, yo no me di cuenta, y ellos tampoco se enteraron de que yo me quedaba allí. No se escuchaba ningún sonido, los ruidos de la plaza no llegaban hasta allí. Creo que pasé un buen rato. De pronto, una voz me sacó de mi ensimismamiento, era Marta:
   _ ¿Pero qué haces aquí, no te has enterado que nos hemos marchado hace un rato?
    _ No me había dado cuenta - le contesté - estaba mirando esto y se me ha pasado el tiempo sin enterarme.
­    _ Vamos a entrar en el Palacio que hay enfrente, y si no vienes te lo perderás.
    _ Ya voy, no me voy a quedar aquí todo el día. Pero esto es tan relajante que me ha enganchado.
    He visto muchas mezquitas desde entonces, algunas son increíbles y con mucha historia detrás, pero ninguna igualará nunca a la Mezquita de Lotfollah, en Ispahán.
    En la plaza los coches de caballos iban y venían. Muchos de sus usuarios eran iraníes, les gustaba pasear y disfrutar de la ciudad.
   Nos dirigimos hacia el Palacio de AliQapu, situado enfrente de la Mezquita de Lotfollah. Se trata de un edificio estrecho y alto, con una gran terraza sobre la plaza.
    Recuerdo que cada uno de los pisos estaba decorado de una forma diferente: en uno de ellos todo estaba decorado con frescos, en otro los trabajos en yeso eran de una delicadeza exquisita, otras salas, al igual que las mezquitas, estaban totalmente recubiertas de azulejos, y otras de madera tallada, pero lo que mejor recuerdo es la sala de música. Era una habitación ubicada en lo más alto del palacio; la parte superior del techo era semicircular, y toda ella tenía una doble pared de cerámica marrón. Esta cerámica estaba agujerada con formas de distintos instrumentos musicales, y entre ella y la pared auténtica había una cámara de aire. Cuando se abrían las ventanas y soplaba el viento, éste entraba en la cámara y salía por los distintos agujeros, produciendo un sonido musical similar al instrumento por cuyo espacio se deslizaba. Me quedé maravillada.
    Hay que ser un gran arquitecto, y sobre todo un gran matemático para lograr un efecto como aquél, tan preciso. Nuestro guía nos recordó que estábamos en Ispahán, el lugar donde habían brillado las grandes mentes de una época pasada y grandiosa.
    La vista desde la terraza del palacio era preciosa: justo enfrente estaba la mezquita que a mí tanto me había maravillado, y delante un gran estanque con chorros de agua subiendo y saltando sobre la superficie. La gente se sentaba en el césped, junto al agua, tomando un helado o charlando. Los coches de caballos iban y venían. Aquella plaza rebosaba de vida, pero sobre todo rebosaba de magia.
    El siguiente lugar era el lado sur, ocupado por la Mezquita del Imam. Es el monumento más importante de la plaza. Se trata de una mezquita grandiosa, con un gran pórtico de entrada  adornado con azulejos y con incrustaciones de oro y plata. En su interior se encuentran patios porticados, y salas para los distintos actos religiosos.
    Lo más espectacular es la sala donde está la cúpula principal, que destaca por su altura. Vista desde abajo parece no tener fin. Al igual que en el palacio, está construida con tal precisión que si alguien se coloca en un punto muy concreto, el sonido se expande con una amplitud que ni el mejor equipo de sonido puede conseguir.
    Encontramos a un niño que se prestó a hacernos una demostración. Se colocó en el lugar preciso y comenzó a cantar con su voz de niño. No gritaba, pero su voz resonaba ampliada de una forma extraordinaria. Era una delicia escucharlo.
    La tarde la dedicamos al lado norte de la plaza. En ese punto se encuentra la entrada al bazar. El guía nos recomendó que al atardecer, cuando ya estuviéramos cansados de patear el zoco, subiéramos a la tetería que hay encima de la entrada al bazar, porque era un lugar muy especial.
     El zoco de Ispahán es el mejor que he visto nunca. Comienza en la plaza del Imam y a lo largo de tres kilómetros con sus muchas ramificaciones, termina junto a la Mezquita del Viernes. Ya suponíamos que nos perderíamos, estábamos avisados, pero la recomendación fue que no nos preocupáramos por ese detalle.
    _ Disfrutad de ese lugar sin preguntaros dónde estáis y si sabréis volver. Id donde os apetezca, incluso sin rumbo. Cuando decidáis volver, salid por alguna de sus muchas puertas, y si no la encontráis, preguntad. Una vez fuera tomad un taxi y que os devuelva a la plaza. Si lo hacéis así disfrutaréis de una tarde irrepetible - nos aconsejó el guía.
    Entramos por la puerta de la plaza y penetramos en un mundo alucinante. El bazar, como el de Shiraz, estaba cubierto por una antigua bóveda de piedra: las columnas y las cúpulas de piedra se sucedían a lo largo de tres kilómetros de largo y otros tantos en distintas ramificaciones. Tuve la sensación de que aquello no podía ser muy distinto al aspecto que presentaba en los siglos XI y XII, cuando aquella ciudad era un punto importante en el mundo conocido.
    Los productos que se ofrecían eran los mismos que ya habíamos visto en otros bazares, pero en cantidades muy superiores. Pero encontramos algo que hasta el momento no habíamos visto: las miniaturas persas. Son pequeñas láminas de hueso de camello donde se dibujan personajes muy exóticos, pintados con plumas tan finas que el trabajo es delicadísimo. Estuvimos en bastantes tiendas, comparando las láminas, hasta que decidimos quedarnos con algunas. Uno de los vendedores no conocía la timidez que se apreciaba en muchos de los jóvenes; no tuvo ningún reparo en intentar ligar con nosotras. Creo que nunca me han dicho tantos piropos y tantas zalamerías como aquel hombre.
    _ Vaya con los iraníes - le dijo Marta - para que luego digan que sois tímidos.
    _ No se ven mujeres tan guapas por aquí - nos dijo.
    _ Eso sí que no me lo creo - le dije - nosotras no somos guapas. Muchas de las mujeres de tu país que pasan por ahí, son mucho más guapas.
    _ Pero no es lo mismo - contestó él.
    _ Ya entiendo - le dijo Marta - lo que pasa es que con ellas no se puede y entonces te viene bien cualquier cosa, como por ejemplo dos extranjeras.
    Se rió. No estábamos muy lejos de la verdad.
    _ Cuando cierre la tienda puedo llevaros a enseñaros la ciudad.
    _ ¡Anda ya! - le contestó Marta - para eso no necesitamos un hombre, además tenemos unos maridos celosísimos que nos estarán esperando.
    _ ¿Y vuestros maridos os dejan ir por ahí solas con lo guapas que sois?
    _ Y dale con que somos guapas. Lo que pasa es que nos hemos escapado y cuando nos encuentren se van a enfadar muchísimo con el hombre que nos acompañe. Yo si estuviera en tu lugar no diría ni que nos has visto; si pasan por aquí preguntando.
    Le di un codazo. _ Pero mira que eres única inventándote historias; al pobre hombre lo vas a acobardar, total sólo intenta flirtear un poco.
    Salimos de aquella tienda y seguimos mirando miniaturas hasta que compramos unas cuantas. Era difícil elegir, todas estaban pintadas con tal finura  que nos las hubiéramos llevado todas.
    Otra cosa muy típica en el bazar de Isfahán eran los jarrones y platos de latón pintados con el color azul tan característico de este país. Los dibujos geométricos están sacados de las paredes y cúpulas de las mezquitas, ¿o quizá es al revés? Encontramos calles enteras abarrotadas de tiendas con este tipo de productos. Ya no sabíamos cuál nos gustaba más. Al final le dije a Marta:
    _ Veamos, no podemos cargar con mucho peso, ni con nada voluminoso, si queremos  seguir recorriendo el bazar. Por lo tanto compremos algo pequeño, como esos pequeños jarritos.  Así lo hicimos y seguimos adelante.
    Lo siguiente fueron las alfombras, el producto estrella en Irán. No pensábamos comprar ninguna, pero como en todos los lugares estaban encantados de enseñárnoslas, nos acomodamos y dejamos que nos mostraran su mercancía, mientras en todas las tiendas nos ofrecían un té o un refresco.
    Entrar en una tienda de alfombras persas es una experiencia. Nos sentaron en el suelo, sobre una alfombra, lógicamente, y comenzaron a desplegar ante nuestros ojos una alfombra tras otra: de distintos tamaños, calidades, colores y dibujos. Entre tanto nos sirvieron un té. Nos invitaron a descalzarnos y probar la suavidad de todo aquel género. No compramos ninguna; en primer lugar porque a ninguna de las dos nos gustan las alfombras, pero independientemente, su precio era elevado; probablemente lo único caro que habíamos encontrado hasta entonces.
    Continuamos perdiéndonos en las entrañas del bazar, para entonces habíamos perdido totalmente la orientación.
    Las joyas no tenían igual. Incluso para quienes no somos amantes de las mismas, era inevitable pararse para ver su finura y sus diseños tan delicados. La marroquinería con todo tipo de bolsos y babuchas.
    Encontramos muchos puestos de frutos secos, y por supuesto nos dejamos llevar por la tentación de los pistachos.
    Yo supuse que debíamos encontrarnos en el centro del bazar. Allí las calles eran más intrincadas, unas desembocaban en otras y no se sabía en qué dirección avanzábamos. Encontramos pequeñas tiendas de libros que por su aspecto parecían antiguos. Les echamos un vistazo, y sus páginas, en pergamino muy fino, daban esa sensación. Estaban escritos en árabe y con ilustraciones en colores dorados.  El vendedor me mostró hojas que se podían comprar sueltas. Eran una maravilla, y aunque no podía entender lo que decían, al menos quedarían perfectas una vez enmarcadas. Compre algunas.
    Y así seguimos contemplando sin parar todo tipo de cosas. En algún momento llegamos a la zona de los artesanos. Al igual que en Shiraz, aquí también existían las calles de los artesanos, pero en mucha mayor cantidad.
    Pasamos por la calle de los tejedores donde se veían grandes telares manuales en los que algunas mujeres se encargaban de fabricar alfombras; pudimos entrar y comprobar cómo trabajaban.
    Los orfebres, realizando aquellas maravillas con oro. Por supuesto aquí también vimos a los artesanos del cobre dando golpes sin parar con sus martillos a aquellos recipientes dorados. Pudimos ver cómo elaboraban los jarrones como los que habíamos comprado, y después los pintaban a mano con unos pinceles finísimos.
    Cuando nos dimos cuenta eran más de las seis de la tarde; estábamos dando vueltas desde la una y no nos habíamos enterado. Decidimos que ya era suficiente. Cada vez llevábamos más bolsas y estábamos cansadas. No vendría mal sentarnos un rato y relajarnos. Había llegado la hora de salir del bazar y regresar a la plaza para conocer la tetería ubicada en el lado norte de la misma.
    Salimos por la primera puerta que vimos, y como efectivamente no sabíamos dónde estábamos, tomamos un taxi para llevarnos a la plaza.
    El sol empezaba a declinar y la plaza se estaba llenando de personas que se acercaban a disfrutar del frescor de las fuentes.
   La entrada a la tetería se encontraba al lado de la puerta por la que habíamos penetrado en el bazar. Teníamos que subir unas escaleras, porque se encontraba en el segundo piso. Toda la plaza era un edificio corrido de arcadas de dos pisos.
    Se trataba de un lugar antiguo, con diferentes salas en las que solamente había un diván corrido a lo largo del perímetro de las paredes. Cuando el cliente pedía su té, acercaban unas pequeñas mesitas plegadas que al desplegarse mostraban un bonito trabajo en madera con incrustaciones de nácar.
    El chico que nos recibió nos aconsejó que saliéramos a la terraza y tomásemos allí nuestro té. Siempre se lo recomendaba a los extranjeros porque era algo espectacular.
    Salimos y nos sentamos en un diván frente a la plaza. Aquella hora que pasamos allí, aquella vista, aquella tranquilidad, en definitiva, aquellas sensaciones, no las he olvidado nunca. Incluso en muchas ocasiones lo rememoro como una fórmula para relajarme cuando el estrés me puede.
    Toda la plaza se desplegaba ante mí en toda su longitud. Los rayos del sol, que ya estaba declinando, iluminaban desde detrás del palacio de AliQapu, la Mezquita de Lotfollah, arrancando a su cúpula y a su fachada destellos dorados.
    Todo el conjunto irradiaba tranquilidad. Se escuchaban los cascabeles de los caballos arrastrando las calesas. Bandadas de pájaros cruzaban la plaza, ahora que el calor bajaba, y se perdían más allá de la Mezquita del Imam, frente a nosotras.
    Sin darnos apenas cuenta, cayó la noche y la plaza se iluminó. La luz reflejaba la silueta de la Mezquita de Lotfollah en el estanque central. Se escuchaba reír y jugar a los niños que corrían de un lado para otro.
    Me di cuenta de que pocas veces antes de aquel momento me había sentido tan a gusto en un lugar. Me hubiera quedado allí disfrutando siempre de ese momento. Cerraba los ojos, y al volver a abrirlos, allí seguía todo, no lo estaba soñando, era realidad y tenía la suerte de vivirla. Le comenté a Marta:
    _ Creo que cuando esté lejos de aquí y necesite tranquilizarme, cerraré los ojos y volveré a recordar esta vista.
    Y lo he hecho muchas veces. Y me ha funcionado. Sólo que ahora cuando vuelvo a abrir los ojos, la plaza no está. Pero siempre la recordaré.
    Llegaron algunas personas de nuestro grupo y decidimos ir a cenar todos a algún restaurante, y después acercarnos a la tetería más antigua de todo Isfahán, debajo de otro de sus famosos puentes. Vaya atracón de tés que llevábamos, pero aquí no se podía tomar mucho más. Los refrescos eran demasiado dulzones.
    La cena no estuvo mal, nos sirvieron unos aperitivos a base de aceitunas con sabor fuerte, y maceradas con algún tipo de especia. Después un surtido de carnes colocadas en un soporte metálico del que salían unas varillas, cada una de ellas con un tipo distinto de carne ensartada.
    Terminada la cena tomamos unos taxis para llegar al puente, pero aquí surgió el problema. Los conductores no hablaban inglés y nosotros no sabíamos el nombre del puente. Hicimos todos los esfuerzos posibles por entendernos con gestos, pero aquello era más difícil que adivinar el nombre de una película. La solución fue comenzar a circular por Isfahán hasta que nosotros viéramos el lugar al que íbamos. Y lo encontramos, aunque parezca mentira. El taxista no nos cobró ningún extra por las vueltas. Son un encanto.
    La tetería es un local bajo los pilares de uno de los puentes. Tiene forma octogonal y sus paredes son de piedra muy antigua. Las mesas, pequeñas y rodeadas por divanes alfombrados. Nos sentamos en una mesa junto a una ventana cubierta por una celosía de madera,  que dejaba entrar el aire y refrescarnos con la brisa del río.
    El lugar es realmente antiguo. Quizá aquí tomó té alguno de aquellos viajeros del siglo XII. Un grupo de niños se acercó a la ventana  y estuvo hablando con nosotros. Les interesaba todo, como al resto de la gente.
    Había sido un día intenso, daba pena darlo por terminado, pero estábamos agotados. Al día siguiente habría tiempo para más emociones.
    La mezquita más antigua de la ciudad es la Mezquita del Viernes. Se encuentra en la entrada al bazar más alejada de la plaza, a tres kilómetros de distancia. A simple vista no tiene la espectacularidad de las vistas el día anterior. Aquí no hay azulejos, solamente piedra y adobe, sin embargo su cúpula central es tan alta o más que la de la Mezquita del Imam. El interior es enorme, múltiples salas con el suelo de piedra y cúpulas de ladrillo.
    Dentro del recinto se encuentra la madrasa donde Avicena enseñaba medicina. ¿Cuántos alumnos venidos a pie de Europa y del resto del mundo conocido, habrían pasado por allí? Desde luego era un lugar con mucha historia. ¡Si las paredes hablaran!
    Volvimos a pasear otra vez por el bazar, en esta ocasión entrando por el otro extremo. Ahora intentamos no perdernos. Por esta parte, próximas a la entrada, se encuentran tiendecitas con hierbas medicinales. Las había de todo tipo y para todas las dolencias. Me enteré que estaban allí desde tiempos que nadie podía recordar.
    Era lógico, entonces lo vi claro, el antiguo hospital se encontraba allí cerca, junto a la Mezquita. Ya no quedaba nada de él, pero la tradición continuaba. Imaginé a Avicena recorriendo aquel lugar en busca de las hierbas que necesitaba. Era fácil hacerlo. Lo comenté con algunos vendedores.
    _ Estás en lo cierto - me contestaron - algunas de estas tiendas están aquí desde hace siglos.
    _ ¿Y nada ha cambiado desde entonces?
    _ Hemos cambiado las personas, y el hospital por supuesto ha desaparecido. Ahora hay hospitales modernos en las afueras de la ciudad. Pero las tiendas en el bazar no han cambiado apenas.
    _ ¿Cree que las hierbas, las tiendas y todo en este lugar se mantiene igual que entonces?
    _ No me cabe duda que así es. Dentro del bazar han cambiado muy pocas cosas. Seguro que si Ibn Sina entrara por la puerta, no encontraría muchas diferencias. La ciudad hacia fuera es otra cosa, pero aquí dentro el tiempo está parado.
_ Eso ya lo pude comprobar ayer, es una maravilla entrar en este mundo y poder vivir ese viaje en el tiempo. En pocos lugares es posible hacerlo.

     En dos horas salíamos para visitar un palacio de ensueño: el Palacio de las Cuarenta Columnas. Algunos lo llaman la Alhambra persa. Es un palacio pequeño que visto de frente parece una figura de cristal frágil y delicada. La entrada está formada por veinte columnas que se reflejan en el estanque que hay enfrente. Por este motivo se le conoce como el Palacio de las Cuarenta Columnas.
    El interior, formado por patios con fuentes y árboles frutales, recuerda en parte a la Alhambra. Lo más curioso es la cantidad de frescos pintados en sus paredes. No es habitual ver en un Palacio musulmán representaciones humanas, y mucho menos escenas donde algunas mujeres van cubiertas solamente con velos transparentes, dejando ver sus cuerpos bajo ellos. Está claro que el mundo musulmán antiguo no tenía mucho que ver con el fanatismo y la intolerancia a la que hemos llegado.
    El resto de la ciudad sigue mostrando lugares interesantes, aunque quizá no tan espectaculares. Los puentes, como ya he comentado anteriormente, son únicos. La estructura es similar a la plaza Naqsh-é-Djahan, en cuanto a tratarse de dos pisos, con los pórticos típicos de todo edificio persa, y cubiertos.
    El barrio armenio es otro punto de interés. El punto central del mismo es la catedral, totalmente pintada en su interior con frescos. Se trata de un barrio cristiano, pero esta ciudad es un centro de tolerancia, siempre ha sido así. Aquí, desde siempre, han convivido muchas personas venidas de culturas y creencias diversas, y se percibe en como aceptan las diferencias que en otros lugares no son bienvenidas.
    Cercana al barrio armenio se encuentra una mezquita con un minarete alto y estilizado. Su principal característica es que se puede observar como se cimbrea.
    Teníamos que marchar. Isfahán me había cautivado, pero el camino continuaba. Realmente es un lugar increíble, un lugar para volver y para perderse sin prisa, para dejarse empapar por un ambiente y un tiempo que aunque ya ha pasado, sigue presente, vivo, esperando que alguien lo perciba y lo saboree. Un lugar donde siguen  todos los que pasaron por allí y que hicieron de esta ciudad, “la Perla de Persia”.

    Volvimos a tomar un avión. Éste es un país grande y las distancias pueden ser muy largas. Próximo destino: Mashad, la ciudad santa de Irán, el lugar donde está enterrado el Octavo Imam Reza. Es el lugar de peregrinación más importante del país, y un sitio donde los extranjeros no musulmanes, en principio no tienen nada que hacer. Pues entonces, ¿para qué íbamos? La solución nos la dio el guía en el autobús mientras llegábamos al hotel.
    _ Hemos venido a esta ciudad solamente para una cosa, entrar en el recinto religioso más grande de Irán: la Mezquita del Octavo Imam Reza. Se trata de una mezquita que ocupa todo el centro de la ciudad. De hecho es una ciudad dentro de ésta.
    _ ¿Y qué problema hay? - preguntó alguien - puesto que por la forma como lo has dicho creo detectar algo que no alcanzo a entender.
    _ Este lugar, como otros en el mundo, es exclusivo para los musulmanes. Nosotros no podemos entrar, tenemos prohibida la entrada, a no ser que seamos musulmanes. ¿Hay aquí algún musulmán?
No lo había.
    _ Perfecto, entonces vamos por buen camino. Entraremos en la mezquita.
    _ Un momento - dijo alguien - ¿qué es lo que no he entendido? Si tenemos prohibida la entrada, ¿por qué dices que hemos venido para entrar y que entraremos?
    _ Porque eso es lo que haremos mañana al anochecer, aunque no se obliga a nadie.
    A continuación pasó a explicarnos lo que haríamos.
    _ Que nadie se asuste. En primer lugar debe quedaros claro que no va a ocurrirnos nada. Siempre que vengo a Irán, mis grupos han entrado en la mezquita, al igual que los de otros compañeros. Iremos acompañados por una persona de esta ciudad que nos guiará, pero no podremos dirigirnos a ella. Debemos actuar como si no la conociéramos puesto que esta persona sí puede tener serios problemas si la descubren guiando a extranjeros.
    _ Las mujeres deberéis vestir el chador negro. Por la tarde llevaré al hotel tantos chadors como mujeres sois, y saldréis vestidas así desde el hotel. Los hombres no podéis llevar manga corta, y por favor, id lo más discretos posible. La última vez uno se vistió de Indiana Jones, ideal para pasar desapercibido.
    _ Tomaremos unos taxis hasta una calle próxima a la mezquita y llegaremos andando. Nuestro contacto nos estará esperando. Fijaos bien en él para poder localizarlo dentro del recinto, porque no hablará con vosotros una vez traspasada la puerta. A la entrada os cachearán, pero esto lo hacen con todas las personas, no os van a descubrir por eso.
    _ Procurad no hablar con nadie. Si se dirigen a vosotros y os preguntan quién sois, contestad solamente: “spanish muslim”. No sabéis hablar  inglés ni ningún otro idioma.
    _ Pasead despacio, observadlo todo y no estéis nerviosos. Nadie se va a fijar en vosotros. Veréis que todos están muy concentrados en lo que hacen. Si no sabéis cómo actuar, imitad lo que veáis. Entraremos con zapatos, pero fijaros bien antes de cruzar una puerta, si fuera están los zapatos, dejad los vuestros. Si entráis calzados os habréis delatado.
    _ Estaremos dentro una hora y media aproximadamente. Es muy grande. Si alguien se pierde es mejor que no intente llegar al punto de reunión. Salid cuando queráis y tomad un taxi al hotel. A la hora convenida os esperaré en el mismo lugar en el que hayamos dejado los taxis. El que no llegue a tiempo que vuelva por su cuenta.
    _ No es obligatorio entrar. Si alguien no quiere hacerlo, que se quede en el hotel o salga a pasear, aunque esta ciudad no tiene absolutamente nada, es solamente un centro de peregrinación. Ni siquiera vais a encontrar la vida nocturna que teníais en todos los demás sitios donde hemos estado.
    Después de todas estas explicaciones, se hizo la pregunta que más preocupaba a todos:
    _ Lo hemos entendido perfectamente, pero si a pesar de todas las precauciones detectan a alguien, ¿qué nos ocurrirá?
    _ Nada importante - nos contestó - simplemente os echarán fuera. Alguien os acompañara a una salida para asegurarse que salís del recinto y os dirán que no volváis a entrar. La persona que nos guiará sí tendría problemas serios si la pillan, por eso en el caso de que os echen, no digáis bajo ningún concepto que un iraní os ha introducido.
    _ ¿En alguno de tus viajes han detectado a alguien? - le preguntamos.
    _ Sí, en varias ocasiones, por eso os digo que no pasa nada, solamente nos echan. En una ocasión me echaron a mí. Pero no vayáis pensando en eso. De verdad que no suele ser normal.
    _ ¿Y merece la pena entrar, es tan interesante? - preguntó alguien.
    _ Lo es. Aquí veréis lo que en ningún otro lugar podréis ver, al menos en ningún lugar donde tengamos permitida la entrada. Pero cada uno decide si le interesa o no entrar. Yo he informado de todo lo que debéis saber, y cada uno decide. Pero tened clara una cosa: si fuera peligroso para nosotros, aunque fuera solamente un poco, no entraríamos.
    Marta me preguntó qué pensaba hacer. Yo lo tenía claro, entraba. No tenía ni idea de todo esto, pero hacer algo así me atraía mucho. ¿Por qué no saltarnos las normas de vez en cuando?, seguro que sería interesantísimo y toda una experiencia para contar. Ella sin embargo estaba bastante acobardada.
    _ Parece mentira - le dije - tú que te comes el mundo, que no tienes miedo a nada, y ahora te vas a echar atrás.
    _ Me lo pensaré esta noche - contestó.
    Dedicamos la mañana siguiente a recorrer algunos lugares fuera de la ciudad: el mausoleo de algún poeta y otros recintos. Durante la tarde nos fuimos de compras, ¡aunque vaya compras! Nos dimos cuenta de que en aquella ciudad todo el mundo nos miraba como si fuésemos escandalizando. Le preguntamos al guía y comenzó a reírse.
    _ Bueno, en parte sí vais muy escandalosas. Sólo hay que miraros.
    _ Pero si no podemos ir mas tapadas, y con esta ropa tan ancha, ¿qué escándalo ni qué escándalo?
    _ Nadie va a deciros nada, pero si os vais a sentir menos observadas y queréis pasar desapercibidas,  podéis comprar una de esas gabardinas que se ven en los escaparates. Son horribles, no os van a favorecer nada, pero os harán invisibles.
    Por la tarde, Marta prefirió comprar una.
    _ Si esta noche me la pongo debajo del chador, me atrevo a entrar en la mezquita. En caso contrario tendré la sensación de que me descubrirán cuando me cacheen y vean la ropa que llevo debajo.
    _ Si así te vas a sentir más segura, de acuerdo, nos compramos una cada una.
    Entramos en la primera tienda que vimos, tampoco era cuestión de elegir, todas eran igual de horrorosas. Talla única, una gabardina gris oscuro, totalmente recta de arriba hasta abajo. En mi vida me he visto tan mal y tan horrible como llevando aquello encima, pero todo fuera por la aventura y las experiencias nuevas.
    Llegamos al hotel con nuestras gabardinas y el primer paso fue acortarlas. A mí me estaba larga, pero María, que todavía es más bajita que yo, se podía fabricar otra con lo que le sobraba.  Fuimos a la habitación, y siempre la recordaré subida encima de una mesa baja, con la gabardina puesta arrastrando casi hasta el suelo.
    _ Yo no sé coser - le advertí.
    _ Pero qué más nos da. Tú corta todo lo que sobra y después hacemos una especie de dobladillo mal cosido. Sólo se trata de pasar la tarde y la noche, después esto se va a la basura. No me lo pienso llevar ni como recuerdo.
     Quedo bastante aparente. Al menos lo suficiente para poder pasar aquellas horas. Ya vestidas más acorde con el lugar, nos reunimos con el grupo porque el guía nos quería llevar a cenar a un lugar distinto, en un pequeño pueblo cercano. Cenaríamos pronto y después de regresar al hotel nos prepararíamos para nuestra aventura nocturna.
    El lugar era un pueblo próximo a las montañas. Estábamos en el noreste del país. Había un mercado en el centro y se podían ver muchos productos procedentes de los corderos y las ovejas. No era lo más interesante para comprar.
    Cenamos en un restaurante al aire libre: un asador que tenía grandes parrillas llenas de carne. Nos sentaron en el suelo. Teníamos preparada una plataforma sobre la que se habían extendido alfombras. No había mesa ni sillas. Nos sentamos directamente sobre las alfombras, colocaron la comida encima y cada uno comió como pudo.
    Yo estaba más preparada para comer así, pero algunas personas nunca se habían visto en una situación parecida. Era como hacer picnic. A mí me sirvió bastante la práctica que tuve durante mi niñez, cuando iba con mi familia al campo y la comida tenía que hacerla igual, sentada directamente en el suelo.
    La forma de presentar la comida era muy curiosa. Entre varias personas trajeron espadas donde estaban ensartadas todo tipo de carnes de cordero, pollo, ternera y pescado. En otras, tomates asados y cebollas. Todo presentado como si de grandes brochetas se tratara, pero en largas espadas. La cena estuvo muy bien. Llegamos a comentar:
    _ Parece que nos estén dando nuestra cena especial antes de la ejecución.
    No tuvimos tiempo para hacer sobremesa, teníamos que volver para llegar a tiempo a nuestra cita con la persona que nos estaba esperando.
    En el hotel nos estaban aguardando un montón de chadors. Cogimos uno para cada una de las mujeres que pensábamos ir. No todo el mundo se decidió, algunos no querían arriesgarse. Nos los colocamos con la ayuda de algunas personas del hotel. Nunca he pasado tanto calor como todo aquel tiempo con un chador puesto, era asfixiante. Me lo sujeté con algún alfiler para evitar que se me cayera. No quería estar todo el tiempo pendiente de sujetarlo con fuerza. Si lo hacía así seguro que se notaría que no estaba acostumbrada a llevarlo.
    Ya vestidas, el guía nos dijo que las mujeres seríamos las que lo tendríamos más fácil puesto que el chador nos permitiría pasar desapercibidas. Esto era bueno ya que en algunos lugares tendríamos que apañárnoslas nosotras solas. Nuestro acompañante, que era un hombre, no podría pasar.
    _ Hay salas donde los hombres y las mujeres tienen que ir por separado - explicó.
    Nos repartimos entre varios taxis y llegamos al lugar donde un chico joven nos estaba esperando. Se presentó, aunque no recuerdo su nombre. Todavía era pronto y estuvimos hablando un rato. Le preguntamos por qué hacía esto si era peligroso para él, y entonces fue cuando me enteré de lo que quiso decirme aquella profesora en Persepolis, pero que no llegó a explicarme. Recordé que me dijo: _ En este país puedes tenerlo todo si cumples las normas.
    El chico nos dijo lo siguiente:
    _ Aquí, como en muchos otros países en algún momento de su historia, los contrarios al régimen no tienen ninguna oportunidad de llevar una vida normal.
    _ ¿Qué quieres decir exactamente, qué es lo que no puedes hacer? - le contestamos.
    _ He participado en algunas protestas estudiantiles, no me gusta el régimen político de mi país y soy un firme defensor de la libertad. Esto ha hecho que me convierta en un disidente, una persona “non grata”. Mi nombre está en la lista de personas a las que no está permitido acceder a la universidad, además de a otras cosas. Mi sueño, mi mayor deseo, es convertirme en médico, pero aquí es imposible, no me permitirán nunca ingresar en la universidad, al menos mientras no cambie todo esto, y el cambio no creo que sea rápido.
    _ ¿Pueden hacer eso, pueden prohibirte estudiar?
    _ En un régimen totalitario pueden hacer lo que quieran, lo aceptas o te vas. Y por eso hago esto. Me permite conseguir un dinero con el que espero ir a Europa, a una universidad donde pueda estudiar medicina.
    _ Ojala lo consigas - le respondimos.
    A continuación nos explicó lo que ya sabíamos. El actuaría como si no nos conociera. Llevaría a cabo un recorrido lento y nos guiaría por todo el recinto, sólo teníamos que seguirlo. Cuando llegáramos al mausoleo donde estaba enterrado el Imam, las mujeres tendríamos que ir solas, la entrada para nosotras era diferente a la de los hombres. Nos indicó que en el patio, frente al mausoleo, había una fuente. Nos reuniríamos allí después de salir de ver la tumba.
    _ Si en algún momento alguien se pierde, es mejor que no intentéis encontrar a los demás. Seguid vosotros solos y cuando salgáis a la calle tomad un taxi al hotel, no tendréis ningún problema.
    _ ¿Y qué te ocurriría a ti si te descubren? - le preguntamos.
    _ Yo puedo tener un tiempo de cárcel y otro borrón más en mi expediente, pero esto último no me importa tanto.
    _ ¿Y a nosotros, qué nos ocurrirá si nos descubren?
    _ En vuestro caso no tenéis que temer nada, os darán una pequeña reprimenda, pero haced como si no entendierais nada. Y os expulsarán de la mezquita, pero nada más. Para vosotros no hay pena, en eso podéis estar tranquilos.
   Ya estábamos listos, para qué esperar más. Comenzamos a caminar hacia la mezquita. Es enorme, casi una ciudad dentro de la propia ciudad. Se encuentra en su mismo centro, y por la noche estaba iluminada. Sus múltiples cúpulas desprendían un color dorado, pero no era solamente por el efecto de la luz, es que algunas de ellas estaban recubiertas de oro.
    Llegamos a la entrada y tuvimos que separarnos: los hombres por un lado y las mujeres por otro. Nos pusimos en la cola, había bastante gente esperando. Pasamos a una sala donde varias mujeres nos indicaron que nos abriéramos el chador. Una a una nos cachearon concienzudamente sin mirarnos siquiera a la cara. Cuando terminaban nos indicaban que volviéramos a taparnos y nos permitían el acceso al recinto. Le dije a Marta que pasara primero, no quería dejarla atrás porque la pobrecilla estaba temblando. Entramos sin ningún problema, nosotras y todas las demás. Una vez dentro vimos que los hombres también habían pasado. ¡Prueba superada!
   El primer patio ya era espectacular: azulejos y mármol por todas partes y hacia adelante se veían sobresalir las cúpulas doradas. Había mucha gente, era viernes, el día festivo para los musulmanes, pero además ese día, aunque no lo sabíamos, se celebraba alguna fiesta especial y la afluencia de gente era masiva. Cuanto más penetrábamos en el recinto mayor era la cantidad de gente que había.
    Comenzamos a caminar despacio, mirándolo todo e intentando no perder de vista a la persona que nos guiaba. Pasábamos de un patio a otro, cada uno era mayor que el anterior, y más espectacular. Los materiales como el oro y la plata, piedras preciosas, mármol, cristal y otros muchos, relucían por todas partes. Las paredes, las columnas, las cúpulas, todo estaba recubierto por ellos.
    Intentando no perder nada de vista llegamos a un patio inmenso. A pesar de la cantidad de gente que había, se escuchaban unos gritos diferentes. El chico se dirigió hacia allí y todos le seguimos. Cuando llegué me quedé paralizada. Antes mis ojos se desarrollaba una escena que muchas veces he visto en la televisión, pero verlo allí de golpe y sin previo aviso, me dejó parada.
    Unos veinte o treinta hombres formaban un círculo: estaban desnudos de cintura hacia arriba, y sus espaldas eran un charco de sangre. Tenían en la mano unos látigos con varias ramificaciones, y con ellos se golpeaban con fuerza la espalda al mismo tiempo que lanzaban fuertes gritos. Todos estábamos paralizados mirándolos. Éramos conscientes de que estábamos en un lugar prohibido, observando algo que no nos estaba permitido ver. Miré a Marta y vi terror en sus ojos. me acerqué todo lo posible a ella y le cogí la mano para tranquilizarla; estaba temblando.
   Quería marcharse de allí y en cuanto pudimos nos alejamos. Continuamos caminando y acercándonos hacia el patio central. Cuando llegamos nos asustó la cantidad de gente que allí había. Todos se dirigían hacia la gran cúpula dorada, la más grande de la mezquita. Aquél debía ser el mausoleo. Todavía estábamos todos juntos.
    A partir de un punto nos dimos cuenta de que los hombres y las mujeres se separaban. Hicimos lo mismo y perdimos de vista a los hombres del grupo y a nuestro guía. Marta y yo nos cogimos de la mano.
    _  No me sueltes, por favor - me pidió.
    Una marea de mujeres nos arrastró y nos metió dentro. No podíamos más que seguir hacia adelante. A nuestra derecha apareció un enrejado, dentro se veía un túmulo ricamente adornado. Todas las mujeres se lanzaban hacia la reja para tocar la tumba. Gritaban, lloraban, incluso algunas se rasgaban el chador. Aquello era increíble, y nosotras en mitad de todo sin poder volver atrás.
    Seguían empujando y la fuerza hizo que nos soltáramos las manos. En ese momento el impulso de la gente me lanzó hacia adelante y perdí a Marta. Intentaba mirar hacia atrás pero no la veía, todas eran iguales, sólo distinguía chadors negros. ¿Dónde se había quedado?
    Me dejé llevar hasta que el río de mujeres me sacó al exterior y esperé hasta que la vi salir, también arrastrada por la riada. Fui hacia ella, estaba tan asustada que seguro no me vería. Cuando lo hizo me abrazó y casi lloraba. Nos fuimos hacia un rincón, nos sentamos en el suelo y procuré tranquilizarla.
    _ No seas tonta - le dije - no ha pasado nada, sólo era mucha gente que nos arrastraba, pero nadie se ha fijado en nosotras. Éramos dos manchas negras más entre cientos y cientos.
    _ Cuando me quedé sola pensé que vendrían a por mí y me asusté - me dijo.
    _ Ya lo supuse, me preocupaba más que te entrara el pánico que cualquier otra cosa. Parece mentira con lo que tú eres.
     _ No tengo problema cuando estoy en un terreno en el que sé defenderme, pero aquí me siento indefensa y vulnerable.
    _ Lo sé, pero ya ha pasado. Vamos hacia la fuente para ver si encontramos al resto, porque nos hemos quedado solas.
    Encontramos la fuente, pero no había nadie. Esperamos un rato, pero no apareció nadie. Estaba claro que ya se habían marchado. Ya dijeron que no esperarían; si alguien se perdía debía seguir solo, y nosotras nos habíamos perdido. Tomé las riendas porque Marta no estaba para hacerlo:
    _ Bueno, no ponerse nerviosa. Vamos a buscar una salida, pero sin preguntar. Estamos en el corazón de la mezquita, luego por lógica, si seguimos recto en cualquier dirección deberemos llegar a una salida. El guía dijo que las hay en todos los lados.
    _ ¿Y cómo la encontramos? - me respondió.
    _ ¡Ves como no eres capaz de pensar, estás bloqueada! Iremos rectas en una dirección, pasando de un patio a otro, y cuando lleguemos a un punto en el que no se pueda avanzar más, seguiremos la pared hasta llegar a una puerta; no puede fallar.
    _ ¿No me perderás, verdad?
    _ No te perderé.
    Nos encaminamos hacia un punto, no sé si norte, sur, este u oeste. Fuimos pasando de un patio a otro, de la misma forma que  cuando entramos, y logramos encontrar una puerta de salida.  Llegamos a la calle y nos pusimos a reír.
    _ ¡Lo hemos conseguido!
    _ Y lo mejor - le dije - no nos han pillado. Tienes que reconocer que aunque lo has pasado mal ha sido una aventura. A mí me ha encantado, aunque en algún momento ha sido agobiante y asustaba un poco.
    _ Bueno, no ha estado mal, pero ni loca vuelvo a entrar - me contestó.
    Buscamos un taxi y regresamos al hotel. Ya habían llegado todos. Resulta que las únicas que se habían perdido éramos nosotras. El guía estaba esperando para asegurarse de que nadie había tenido problemas. El guía iraní también estaba allí.
    _ Otra incursión realizada con éxito - comentó - espero que os haya gustado la experiencia. De verdad merece la pena. Esto no puede hacerse en muchos sitios. Aquí no estamos penalizados si nos cogen; en otros lugares ni se nos ocurriría intentarlo.
    Nos despedimos del chico que nos había guiado. Le dimos una buena propina y le deseamos mucha suerte para el futuro. Qué pronto pudiera hacer realidad su deseo de estudiar medicina, aunque fuera lejos de su país.
    Devolvimos los chadors. Por un tiempo hasta se nos había olvidado que lo llevábamos puesto y que daba mucho calor, pero ahora volvíamos a sentirlo. Subimos a la habitación y tiramos las gabardinas a la basura. La noche había sido intensa, adrenalina pura corriendo por las venas. Miré a Marta y le dije:
    _ ¡Uauuuuuuuuuu!

    Al día siguiente de nuevo un avión para regresar a Teherán. Habíamos dado una vuelta completa al país, pero todavía no había terminado nuestra estancia. Llegamos a Teherán para buscar un coche y encaminarnos al norte, hacia el mar Caspio.
    Pero para llegar hasta allí teníamos que pasar los Montes Elburz. Los pasos para cruzar son estrechos y con acantilados profundos y altísimos. El paisaje es espectacular, para nada parecido al desierto que durante quince días habíamos recorrido. No son las montañas más altas del mundo, pero son tan abruptas e inexpugnables que no es de extrañar que nunca nadie pudiera encontrar al Viejo de la Montaña. En algún punto dentro de estas montañas se encontraba la fortaleza de “El Alamut”, donde residía el “Viejo de la Montaña”, el jefe de la secta de los “Asesinos”.
    La zona del Mar Caspio es básicamente una zona de playa, pero en Irán esto no tiene nada que ver con cualquier otra playa del mundo. Los hombres se bañan sin problema en la playa abierta, pero para las mujeres tiene su aquél. ¡Qué difícil lo ponen!, y todo para que no nos vean. ¡Pero qué problema hay! Marta y yo no podíamos entender que tuviéramos que bañarnos fuera de la vista de los hombres.
    _ Hay que joderse - exclamaba Marta - que después de hacer top-less sin problema cuando me apetece, aquí me tenga que bañar a escondidas.
    Primero inspeccionamos el terreno, aunque ya sabíamos lo que íbamos a encontrar. En un punto de la playa junto a la orilla, había instalada una carpa sin techo, dentro de la cual se bañaban las mujeres fuera de la vista masculina. Solamente tenían aquel pequeño espacio.
    Pero esto no era todo. Fuera de esta carpa había una mujer-armario, con un silbato en la boca como los árbitros de fútbol. ¿Y para qué? Pues muy sencillo. Ella vigilaba que a una determinada distancia no se acercara ningún hombre. ¿Pero qué más daba, si aunque se acercara no podía ver nada del interior?
   Nosotras, que ya lo sabíamos pero queríamos ponerla a prueba, dimos un paseo por la playa junto a Kike. Cuando cruzamos una línea imaginaria, aquella mujer empezó a hacer sonar el silbato. Nos hicimos los tontos, total éramos extranjeros y no sabíamos qué significaba aquello, o al menos ella no debía saber que lo sabíamos.
    Como seguíamos adelante, la mujer comenzó a agitar los brazos dirigiéndose a nosotros y sin parar de pitar, tanto que se estaba poniendo roja. Nosotros estábamos rojos, pero de contener la risa.
    Cuando nos alcanzó se plantó delante de Kike y sin dejar de pitar le señaló con el brazo que debía irse. Fue imposible convencerla, o le revientan los pulmones o nos revienta los tímpanos de tanto pitar, pero el hombre no pasaba.
    Nos alejamos, no teníamos otra opción. Pero Marta quería vengarse.
    _ A esta tía la tengo que joder - me decía.
    _ Me alegro que haya vuelto la Marta que conozco - le respondí - ayer no estabas tan valiente ni tan lanzada. ¿Qué estás tramando?, porque me das miedo.
    _ Mañana vamos a venir las dos con nuestros biquinis a la zona de mujeres para ver si nos dejan entrar.
    _ ¿Y por qué no van a dejarnos entrar, somos mujeres, no?
    _ ¿Tú crees que esa sargento nos va a permitir ponernos unos biquinis, y enseñarles nuestros cuerpos tan estupendos?
    _ Pues no lo sé, pero me parece que va a ser divertido. Pero será mejor que vayamos con ellos puestos debajo de la ropa. Si cruzamos la playa con biquini nos expulsan directamente del país.
Al día siguiente nos fuimos hacia la carpa. Como éramos mujeres no tuvimos ningún problema. En la entrada nos dieron unas toallas. La mayor parte de las mujeres se bañaban vestidas, y sólo algunas llevaban un bañador, pero estilo siglo XIX, aunque sin volantes. Marta y yo nos miramos.
    _ ¿Tú qué crees que pasará? - le dije.
    _ Probemos, pero con naturalidad, como si no pasara nada.
    Colocamos las toallas sobre la arena y nos quitamos la ropa. No sé cuál fue la primera en quedarse desnuda, según ellas, porque en realidad llevábamos un biquini, pero de pronto un silbato comenzó a sonar como loco. ¡Ya la habíamos liado!
    Resulta que dentro también había otra sargento para velar por la moral, porque éste era el nombre que recibían: ¡vigilantes de la moral!
    Se vino hacia nosotras sin dejar de pitar, cogió las toallas y nos las puso por encima. Marta se hizo la tonta y le hablaba en español.
    _ Que todavía no me he metido en el agua, no necesito la toalla para secarme - y se la quitaba.
    La mujer pita que pita y se la volvía a poner.
    _ Pero qué pasa, qué tiene de malo un biquini. Que no les voy a enseñar nada que ellas no tengan. Si tú te pusieras uno seguro que se te cambiaba esa cara de vinagre que tienes.
    Yo me estaba partiendo de risa. Me quité la toalla, y la mujer no podía pitar y taparnos a las dos al mismo tiempo.
    Nos decía que íbamos a pervertir la moral de aquellas muchachas tan inocentes. Si queríamos bañarnos teníamos que ponernos la ropa y bañarnos con ella.
    _ Eso sí que no - le respondió Marta - ¡Bañarme vestida, lo que me faltaba, después de lo que llevo vivido!
    Algunas jóvenes nos miraban y sonreían a escondidas. Menuda diversión les estábamos dando. Pero fue imposible convencerla. Como el día anterior tuvimos que replegar velas, vestirnos y marcharnos. ¡Pero qué bien nos lo habíamos pasado!
    Como se fastidió el baño, decidimos subir a los bosques cercanos, en lo alto de una montaña. Para ello teníamos que coger un funicular y atravesar una distancia de quinientos metros de altura. Aquí Marta se volvió a acobardar. Tiene vértigo y estar colgada en el vacío a una distancia cada vez mayor del suelo, la ponía atacada.
     _ Hay que ver con qué facilidad pasar de ser lanzada y valiente a ser la más cobarde - le dije.
     _ Sí, pero no me hables. Yo cierro los ojos y cuando lleguemos me avisas.
    En lo alto de la montaña se encontraba un bosque más propio del norte de Europa que de aquella zona. Se hallaba totalmente cubierto de niebla, y andar por él daba la sensación de estar en un lugar tenebroso. Muchas familias, de vacaciones en la playa, estaban pasando el día sentadas sobre las hojas caídas, haciendo el típico picnic tan propio del país. No parecía ser lo más apropiado con aquella niebla, pero supongo que para aquellas personas debía ser un paraíso, tan diferente a la aridez del desierto.
    No estuvimos demasiado tiempo. Volvimos a bajar. De nuevo el funicular y Marta agarrada a todas partes, con los ojos cerrados y diciendo:
    _  Cuando lleguemos avísame.
    _ Ya te darás cuenta cuando esto se pare.
    _ No, porque si esto se para a mitad de camino y abro los ojos, me muero del susto.
    _ De acuerdo, te aviso cuando toquemos tierra, pero no sabes lo que te pierdes por ir con los ojos cerrados.
    _ Tú haz fotos y ya las veré después.
    Había poco más que hacer en el Caspio. Bueno, nos quedaba una cosa. En este lugar se producía el mejor caviar del mundo. Tendríamos que probarlo, ¿no?
    Llegamos hasta un pequeño pueblo de pescadores. Como en todos los pueblos de pescadores del mundo, encontramos un mercado de pescado. Lo recorrimos preguntando si alguno de aquellos peces eran esturiones o belugas. Nos miraban con cara rara.
    _ ¿Queréis comer pescado o probar el caviar?
    _ Pues las dos cosas. ¿Hay algún lugar donde nos den una degustación de caviar?
    Nos hablaron de algunos restaurantes. Ya teníamos ganas de comer pescado hasta hartarnos. Llevábamos quince días comiendo solamente carne. En el resto del país encontrar pescado no es fácil, y si se encuentra, el calor desaconseja tomarlo. Entramos en uno de ellos y preguntamos si podíamos probar el caviar. Pero solamente un poquito, no éramos millonarias. Nos conformábamos con una pequeña muestra.
    _ Si comen en nuestro restaurante les ofreceremos un pequeño aperitivo a base de caviar, un detalle de la casa para unas extranjeras tan guapas.
    _ ¡Ya estamos! - exclamó Marta - me voy a marchar creyéndome que soy la bomba. Estos iraníes son unos zalameros.
    Nos quedamos y probamos el caviar. Estaba delicioso, aunque como novatas en el tema, tampoco supimos si realmente era bueno o nos dieron los restos. El pescado se podía comer, lo cocinaron a la parrilla y no estuvo mal.
    Al día siguiente regresamos a Teherán. Ahora sí se había terminado, llegaba la hora de volver a España. Después de diecisiete días con el pañuelo puesto nos habíamos acostumbrado y cuando nos lo quitamos, una vez dentro del avión, nos sentíamos como si nos faltase algo. Las mujeres nos miramos unas a otras y empezamos a reírnos de nosotras. Después de tantos días juntas, ahora no nos reconocíamos.
    _ ¿Pero tú eras rubia? - nos decíamos.
    _ Y tú, no me había dado cuenta que tenías el pelo rizado.
    _ Yo no te había imaginado con el pelo tan corto.
    Estuvimos un rato haciendo este tipo de comentarios.

    Atrás quedó Irán. Un lugar sorprendente. Llegué sin saber exactamente lo que encontraría. Me marchaba sorprendida por todo lo que había visto, sentido y vivido. La gente, sobre todo la gente, me calaron muy hondo.
    Me fui convencida de lo bien que consiguen engañarnos o manipularnos en este mundo nuestro, donde nos creemos tan libres. Hay que salir, conocer esos lugares tan desaconsejables, para darse cuenta de que nuestras ideas, nuestros juicios y nuestros prejuicios, no son tan nuestros como creemos. Estamos más dirigidos de lo que nos podemos imaginar. Y sólo hay una forma de evitarlo. No dar nada por cierto de antemano sin haberlo comprobado personalmente. Sólo la experiencia personal nos enriquecerá y nos enseñará la verdad.  Sólo la experiencia personal nos permitirá opinar, siendo totalmente libres en nuestras opiniones.
    Llegamos a París, en el aeropuerto Charles de Gaulle me separé de Marta. Ella regresaba vía Madrid y yo vía Barcelona.
    _ ¿Quedamos dentro de quince días para ver las fotos y organizarlas? - me dijo.
    _ De acuerdo, te llamo antes.

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