LA LIBERTAD, UNA ESPERANZA
IRÁN
Llevaba tiempo queriendo viajar a este
lugar. Hablando con otras personas, siempre me lo habían recomendado. Sabía que
tendría que ponerme un pañuelo en la cabeza durante toda mi estancia, pero en
el año 2.000, cuando fui, ya no era obligatorio vestir el chador negro para las
extranjeras. Era suficiente con llevar ropa larga y ancha, sin mostrar nada y
sin provocar.
Me decidí rápidamente, cuando algo lo tengo
claro no lo pienso mucho. Llamé a Marta, sabía que ella también quería ir, y no
se decidía a hacerlo sola.
_ Marta, me voy a Irán - le dije - ¿te
apetece venir?, comprueba si te encajan los días.
_Claro que me apetece, ¿cuándo te vas?
_En Septiembre
_Yo arreglo mis vacaciones, pero me voy con
vosotros.
Creo que
fue el viaje en el que más me he divertido haciendo los preparativos. Tenía que
llevar varias fotos para el visado, pero en ellas ya tenía que aparecer con el
pañuelo. Me acerqué a una tienda para hacérmelas, y cuando me vieron ponerme un
pañuelo en la cabeza, me miraron con cara extraña. La chica no pudo evitar
hacerme la pregunta pertinente.
_Pero tú eres española, ¿no?
_ Sí, es que tengo que gastarle una broma a
alguien -. No me atreví a decirle la verdad.
_ Bueno, tú sabrás, yo estoy aquí para
hacer fotos.
El
siguiente paso era preparar la
ropa. Esto para mí siempre ha sido rápido y fácil: pantalones
cortos, alguno largo, camisetas con tirantes y todo muy fresco. Aquí no me servía
nada de esto, pero tampoco tenía nada adecuado. Hablé con Marta, seguro que
ella tenía el mismo problema, yo la conocía bien. Decidimos que lo mejor era
mirar en el armario de nuestros padres en busca de alguna camisa grande. Yo
tuve suerte porque mi padre todavía conservaba camisas de mi abuelo; aquellas
sin cuello, de algodón, enormes y con manga larga. No fuera que mostrar el
brazo pervirtiera a toda la población masculina. Los pantalones que tenía no me
servían, demasiado ajustados. ¿Pero cómo me iba a comprar pantalones dos tallas
más grandes para luego tirarlos? Decidí comprar uno, que no me favorecía nada y
fue directo a la basura en cuanto regresé. Mi hermana me hizo en tres días un
par de faldas hasta los pies, muy amplias por todas partes. Y así pertrechada
hice la maleta.
Cuando me hacía fotos siempre me sentaba o
avisaba para que solamente me sacaran de cintura hacia arriba. Estaba para que
me dieran dos duros. Pero vuelvo a repetir que la vida del viajero es muy dura.
Marta y yo
somos un desastre. Como vivimos en ciudades diferentes, lo reservamos por
separado. Mismo viaje, mismas fechas: consecuencia, vamos juntas. Pues dos días
antes nos enteramos que yo salía desde Barcelona y ella desde Madrid. Ambas
llegábamos a Frankfurt, y allí tomábamos el vuelo de Irán Air.
Encontrarnos en Frankfurt tuvo su aquél, pero
al fin estábamos juntas. Ella, que para esto se las pinta sola, ya había hecho
relación con varias personas que hacían el mismo viaje. Me las presentó, y a
partir de aquel día, en mi lista de amigos entraron dos personas que todavía
hoy siguen ahí: David y Eva. Una pareja encantadora a la que veo al menos una
vez al año, y con quienes varios años después hice otro viaje inolvidable.
En el avión
ya me di cuenta de algo que a lo largo de todo el país pude observar mejor. Los
iraníes no se parecían en nada al resto de musulmanes, sus rasgos eran
diferentes. Las mujeres eran muy guapas, con ojos grandes y preciosos; y los
hombres no se parecían a los musulmanes que estamos acostumbrados a ver. A lo
largo del viaje, en muchas ocasiones me dijeron:
_ Nosotros no somos árabes, somos persas. Nuestro
pasado no es el pasado de los árabes, es sólo nuestro, diferente a todos. Ahora
somos musulmanes, pero es sólo una etapa de nuestra historia. Ni siquiera
nuestro idioma es el árabe. En todos los países musulmanes hablan el árabe, sin
embargo nosotros hablamos el farsi, el idioma de los persas.
Y puedo asegurar que el sonido de este
idioma era muy bello. Una de las cosas famosas de este país son sus poetas.
Cada mañana cuando comenzábamos el recorrido, nos sentábamos en el autobús,
medio dormidos, y nuestro guía nos leía un poema de alguno de estos poetas, y
conseguía despertarnos. El sonido de aquellas frases era bellísimo. Aunque no
lo entendiéramos, nos envolvía y conseguía que algo en nuestro interior se
moviera.
Estábamos volando hacia Teherán, la
capital de Irán. Una hora antes de llegar, la tripulación nos recordó que antes
de salir del avión, las mujeres teníamos que cubrirnos la cabeza, y durante
nuestra estancia solamente podríamos descubrirnos en nuestra habitación de
hotel.
Las mujeres
iraníes se pusieron fácilmente el pañuelo, se notaba que tenían práctica. Para
el grupo de extranjeras fue una locura. Todas, no sé por qué, hicimos lo mismo,
nos colocamos el pañuelo igual que las abuelas, con un nudo debajo de la barbilla. Estábamos
para cualquier cosa menos para seducir a nadie.
Las iraníes nos miraban y se reían, ellas
no se lo ataban, pero supongo que nosotras teníamos miedo a que se cayera y
tuviéramos un conflicto diplomático. Ataviadas de esta forma, descendimos del
avión y nos dispusimos a pasar tres semanas de esta guisa.
El hotel,
como todos los que tuvimos, estaba bastante abandonado. En este país los
hoteles no se habían tocado desde la época del Sha, antes de 1979, ni siquiera
se habían molestado en pintarlos. Las televisiones eran iguales a las que
tenían mis padres cuando yo era niña, y el minibar consistía en un frigorífico
idéntico a los que abundaban hace treinta años, una puerta con un pequeño
congelador en la parte superior. Para nosotros terminaron quedándose pequeños y
obsoletos, pero verlos haciendo las veces de minibar en un hotel, era lo más grotesco
que he visto, y mucho más si se tiene en cuenta que estaban vacíos y desenchufados.
¿Entonces, para qué estaban allí?
Llegamos al
hotel y salimos inmediatamente. Un grupo donde estaba Marta, Kike, David, Eva,
y dos parejas más nos encaminamos hacia el parque Mellat. El guía nos lo
recomendó como una sorpresa que nos gustaría. También nos aconsejó que fuésemos
a cenar a un restaurante, el que nos apeteciera.
_Mañana me
contáis, pero seguro que volveréis encantados y sorprendidos.
No nos dijo más, no sabíamos por qué nos lo
decía, pero salimos en busca de la sorpresa.
Buscamos unos taxis que nos llevaron al
parque, sin olvidar unas tarjetas del hotel para la vuelta, puesto que los
taxistas de cierta edad no hablan inglés y es muy difícil entenderse con ellos.
Era
viernes, día festivo para los musulmanes. Llegamos al parque. Frente a nosotros
se extendía una ladera llena de césped muy verde, fuentes, macizos de flores, y
muchísima gente.
Subimos la ladera y nos adentramos en el
parque. A nuestro lado pasaban jóvenes de todas las edades, patinando. Las
chicas lo hacían a pesar del chador, con la misma naturalidad y comodidad que
si vistieran unos pantalones vaqueros. Los chicos las perseguían, y todos reían
y se divertían.
Por todas partes: encima del césped, bajo
los árboles, junto a las fuentes, había decenas de familias sentadas sobre
grandes alfombras persas. Hacían picnic. Los mayores charlaban animadamente,
los niños jugaban y correteaban alrededor. La comida estaba distribuida en
pequeños recipientes sobre las alfombras. También se veían grandes trozos de
sandías y melones. En todos los grupos estaba esperando en un extremo, una
sisha, o narghile. Es la pipa de agua que se fuma en prácticamente todos los
países musulmanes.
Los tiovivos estaban por todo el parque y
los niños subían y bajaban sin parar.
Yo pensé que todo aquello se debía al hecho
de ser viernes, la fiesta semanal, pero con el pasar de los días descubrí que
me equivocaba. Para el pueblo iraní, disfrutar de los parques, salir a hacer
picnic y relacionarse con los demás, era lo normal. Cualquier día de la semana
era igual. ¡Qué gran sorpresa!, nunca lo hubiera imaginado. En realidad no
estaba muy segura sobre lo que pensaba encontrar, pero esto no.
La gente se
nos quedaba mirando, nos sonreían, incluso muchos de ellos nos hacían gestos
para que nos acercáramos. Los jóvenes eran los traductores. La población hasta
veinticinco años es muy culta. Prácticamente todos tienen estudios y hablan
inglés. Sin embargo los mayores no podían entenderse con nosotros. Pero eso no
impedía que nos ofrecieran fruta, y que nos sentáramos con ellos para preguntarnos
cosas y saber de dónde veníamos; conocer algo sobre el mundo exterior, que a
ellos les estaba vedado.
Probé varios de aquellos trozos de fruta.
Eran muy buenos, muy dulces. Les encantaba que aceptáramos sentarnos con ellos
y compartir su comida.
También me animé con la sisha. Estaba muy
buena, con un cierto sabor a fruta. Durante todo el tiempo que permanecí en el
país, fumé bastante. Cada vez que me sentaba en una tetería, fumaba una sisha.
Pero ya llegaré al tema de las teterías.
Aquella gente estaba interesada por todo.
Querían saber de dónde venía, qué me interesaba de su país, a qué me dedicaba.
Preguntaban muchas cosas sobre el mundo exterior, sobre nuestra forma de vida.
Eran increíbles, ya me lo habían dicho, pero pude comprobarlo personalmente.
Irán es un país sorprendente, pero lo que
más te atrapa es su gente. Aquí y en otros muchos lugares en Occidente, nos
bombardean con ideas sobre este lugar. Pero esto no tiene nada que ver con lo
que yo vi y viví. Una cosa es el régimen político, algo en lo que no quiero
entrar, pues mi intención al escribir todo esto no es juzgar regímenes que para
unos serán buenos y para otros nefastos. Lo que a mí me interesa es la gente,
su vida, sus inquietudes, y la huella que en mí dejaron. Y puedo decir que la
gente en Irán, la gente normal, de la calle, me caló tan adentro, que nunca los
he olvidado.
Lo más
divertido eran los jóvenes. Después de comer fruta sentada sobre alfombras
persas, y probar la sisha, seguimos nuestro camino por el parque. Ya he dicho
que los jóvenes no dejaban de patinar por todas partes. Nos miraban y se reían
entre ellos. En un determinado momento nos vimos rodeados por un grupo.
Comenzaron a hablar con nosotros
_ ¿De dónde sois?
_Españoles
_ ¿Lleváis mucho tiempo en Irán?
_No, hemos llegado hace unas horas
Una chica se reía, y nos dijo: _ Ya se
nota, lleváis el pañuelo puesto de una forma muy graciosa.
_ Sí, ya nos hemos dado cuenta que vosotras
no lo atáis, pero ¿cómo hacéis para no perderlo?
_ ¿Hacemos un trato?
_ ¿Qué trato?, ¿a qué os referís?
_ Nosotras os decimos como colocaros el
pañuelo, pero a cambio nos tenéis que enseñar otra cosa.
Me puse a temblar, ¿qué querrían?
_ Bueno, de acuerdo, pero primero decidnos
qué queréis.
_ ¿Podéisenseñarnos
a bailar rock and roll?
Había
escuchado bien, ¡querían aprender a bailar
rock and roll!
_ Pero para
eso necesitamos música - les dijimos - y no la tenemos.
_ Nosotros sí, pero que nadie se entere.
_ De acuerdo, poned la música y bailaremos.
_ Pero vamos a un rincón más apartado, si
nos ven algunas personas, podríamos tener problemas.
Me encantan
estos complots secretos. Nos fuimos hacia un rincón del parque más apartado y
fuera de la vista de la gente. Sacaron de algún lugar un pequeño aparato donde
comenzó a sonar música de Elvis.
Comenzamos a bailar y ellos seguían nuestro
ritmo. Fue divertidísimo, nunca me había reído tanto ni me había divertido
tanto. Bailar rock con aquel vestuario y escondidos, era muy excitante. Pasamos
uno de los mejores ratos que recuerdo.
Le pillaron bastante bien el punto, y más
teniendo en cuenta que los profesores no éramos unos virtuosos del baile. Pero
lo importante no era hacerlo bien o mal, lo importante fue la química que se
creó. Fue fantástica.
_ ¿Porqué
tenemos que escondernos para bailar rock? - les preguntamos.
_ Hay ciertas cosas que nos están
prohibidas, el rock se considera algo muy americano, muy occidental. Esta
música no suena en este país.
_ ¿Y cómo habéis conseguido las cintas?
_ Cada día viene más gente extranjera, y un
amigo consiguió alguna cinta a través de algún extranjero. Es una música que
nos gusta, pero no sabemos bailarla. Además las películas y las televisiones
occidentales no llegan. Nuestra única posibilidad de aprender sois vosotros.
_ Pues ya tenéis una idea de cómo hacerlo.
Ahora tenéis que enseñarnos a nosotras a ponernos el pañuelo.
Aquí
tomaron la iniciativa las mujeres.
_ Con el pañuelo atado de esa forma no
estáis muy atractivas.
_ Lo
sabemos, pero ¿es posible estar atractiva con un pañuelo en la cabeza?
_ Por supuesto. Cuando es una obligación,
siempre existe la forma de darle la vuelta para sacarle partido.
Una de las chicas dijo:
_En España creo que decís, hecha la ley,
hecha la trampa.
_ ¡Y tú cómo sabes esa expresión!
_ No sois los primeros españoles que
vienen, nos gusta hablar con todos, y aprender.
_ ¡Qué listas sois!, pero contadnos el
truco del pañuelo.
_ En primer lugar comprad pañuelos en Irán
y olvidaros de esos que lleváis. Son de un tejido muy resbaladizo y así siempre
tendréis que llevarlos atados. Comprad pañuelos de algodón, alargados lo más
posible. Después recordad cómo se los coloca la reina Noor de Jordania,
¿os suena? Puesto simplemente encima y echado por los hombros. De esta forma se
ve algo el pelo, pero no es problema, ya no son tan estrictos, y además a los
chicos les gusta mucho; dicen que así estamos más guapas.
_ Veo que en cada lugar se utilizan las
armas que se tienen para ligar - les dije.
_ Aquí eso no está bien, pero las cosas
están empezando a cambiar un poco y ya podemos maquillarnos, aunque sin
pasarnos.
_ Entonces entiendo que no es cierto lo que
he escuchado a veces, que los maridos son elegidos por vuestros padres.
_ En algunos lugares todavía es así, en
pueblos pequeños del interior, pero aquí en Teherán ya no ocurre tanto. Las
mujeres podemos llevar una vida prácticamente normal, excepto en el vestir.
Todas las que estamos aquí somos estudiantes en la universidad; cuando
terminemos, trabajaremos, tendremos un coche y lo conduciremos. No podemos
permitir que nos elijan a nuestros maridos, eso es algo del pasado o de los
lugares donde todavía no tienen mucho acceso a la educación.
_ Perfecto - les dije -, me gusta. Seguro
que dentro de unos años todo esto cambiará y conseguiréis todavía más cosas.
_ No lo sé - me contestaron-. Los cambios
son difíciles y sobre todo lentos. Pero ahora vamos por el buen camino. Desde
que murió Jomeini se han abierto un poco, pero puede que en cualquier momento
volvamos hacia atrás.
_ Hace unos años - me dijo otra chica - tú
hubieras tenido que vestir el chador, sin embargo ahora llevas tu propia ropa.
Eso ha sido un gran avance, aunque los que venís de fuera no lo apreciéis.
_ Lo sé - le contesté - conozco a gente que
tuvo que vestirlo, no hace mucho. Me dijeron que no era muy cómodo. Es una
suerte no tener que llevarlo, aunque esta ropa que llevo no es lo que más me
gusta, pero no importa. Creo que merece la pena el sacrificio a cambio de
conocer este país y sus maravillas.
_ Sí, estáis en la cuna de la civilización.
Esto es Persia, el lugar donde nació la civilización moderna. De aquí salió
gran parte del saber que ahora muchos quieren apropiarse como suyo. Grandes
filósofos, y sobre todo grandes médicos se formaron en este lugar.
_ Lo sé. Me gusta bastante la historia -
les dije-. A mí me gusta reconocer lo que pertenece a cada uno, y tenéis razón.
Cuando en Europa éramos unos auténticos bárbaros que solamente sabíamos pelear
y no bañarnos, además de bastante analfabetos, en vuestras escuelas surgían
grandes maestros. Los mejores médicos estaban aquí, como Avicena. Vuestra sabiduría
estaba por encima de todo en ese momento.
_ Es un placer hablar con gente como
vosotros - nos dijeron -. Os deseamos que Irán os guste y que disfrutéis de
todo lo que veáis.
_ A nosotros también nos ha encantado
hablar con vosotros, y bailar. Que todo os vaya muy bien.
Nos
despedimos de aquel grupo con el que tanto habíamos aprendido. Los viajes son
ante todo un intercambio de experiencias y de sabiduría. A veces das más que
recibes, y en otros casos, como éste, recibes más de lo que das.
Buscamos un
restaurante para cenar, recordábamos que nos habían dicho que cualquiera
estaría bien. A la salida del parque vimos uno con una terraza en la azotea.
Aquél podía ser un buen lugar, la noche era muy agradable y cenar al aire libre
apetecía. El lugar estaba lleno de familias cenando quellenaban todas las
mesas. Nos hicieron sitio en la azotea.
Yo estaba sorprendidísima, no esperaba
encontrar un país donde todo el mundo estaba en la calle, disfrutando de la noche. Ni en España hay
tanta animación, y es el lugar donde más se encuentra. Los niños correteaban
por entre las mesas, como en cualquier otro lugar. Alguno se nos acercaba y se
quedaba mirándonos. ¡Qué ojos tan bonitos tienen los persas!
La cena fue muy buena, además de barata.
Comimos unas chuletas enormes, pero muy tiernas. Preguntamos qué eran, y nos
contestaron que cordero. No entiendo como un cordero tan grande puede estar tan
tierno, pero así era. Los postres son una locura para los golosos. Yo no lo soy
precisamente, y me decidí por unos pastelitos recubiertos de pistachos
triturados. Fue mi primer contacto con los pistachos del país, pero a partir de
ese día siempre compraba bolsas de pistachos en los puestos que encontraba,
eran buenísimos.
Lo peor fue la bebida, aquí no hay alcohol.
En otros países musulmanes se puede beber cerveza o vino, caros, pero se puede.
Aquí está prohibido por ley, ni para nacionales ni para extranjeros. Las
comidas con agua o refrescos.
Comentamos cómo nos arreglaríamos para
tomar una cervecita al finalizar cada día; todos estábamos acostumbrados. No
fue posible, pero encontramos un sustituto genial. Descubrimos las teterías.
Algo realmente auténtico en este país.
Terminó la
cena y volvimos al parque. Éste seguía lleno de gente a pesar de ser
completamente de noche. Comentamos que parecía increíble, esto sólo lo habíamos
visto en España ¿Era posible que estuviéramos en Irán?
En las
alfombras las familias habían sustituido los platos de comida y fruta por
vasitos y teteras. Además todas las sishas estaban ardiendo. La gente nos llamaba
para invitarnos a sentarnos con ellos. Nos distribuimos para quedar bien con
todos.
Tomé varios vasos de té sentada en
distintas alfombras. Y fumé de todas las sishas que me ofrecieron. ¡Qué
borrachera de sabores! Fue una noche fantástica, y aquello no había hecho más
que empezar.
Los tiovivos seguían funcionando, allí
nadie tenía prisa por marcharse a casa. Y los niños seguían corriendo sin
sentir sueño, aunque alguno más chiquitín se tumbaba en la alfombra y se
quedaba dormido, pero eso no impedía que los demás siguieran divirtiéndose o
conversando.
Era más de
la una de la mañana y nos fuimos hacia el hotel. El viaje había sido largo y a
pesar de estar muy a gusto, estábamos cansados. Dejamos atrás todo el bullicio
y buscamos varios taxis. Ya nos habían advertido que los conductores probablemente
no nos entenderían. Son mayores y no entienden inglés, pero muchos además son
analfabetos. El que conducía mi coche lo era. Sujetó la tarjeta del hotel y me
di cuenta de que la tenía al revés mientras la miraba. Me dije: no sabe leer,
por lo tanto no sabe a dónde tiene que llevarnos.
Mediante gestos le hicimos entender que
siguiera a uno de los otros taxis que sí parecía saber a dónde iba, puesto que
ya estaba circulando. ¡Cómo se divirtió aquel individuo!; creo que nunca había
llevado a cabo una persecución, y estaba emocionado. Incluso tocaba las palmas
mientras conducía, y no paraba de reír. Llegamos y no nos quería cobrar. Pero
le pagamos lo que nos pareció conveniente.
Nos fuimos
todos a dormir, no porque tuviéramos ganas de hacerlo, pero teníamos que
descansar para ver que nos deparaba el próximo día.
En el
desayuno nos estaba esperando nuestro guía. Nos preguntó sobre lo que habíamos
hecho y visto. No parábamos de contarle. Él nos frenó, ya sabía lo que le
íbamos a contar, a todo el mundo le pasaba lo mismo. Ya nos había avisado de
que tendríamos grandes sorpresas.
_ Este país sorprende a todo el que lo
conoce - nos dijo- pocos se imaginan lo que van a encontrar. Por eso hay que
salir y conocer el mundo, así te das cuenta de lo engañados o manipulados que
estamos. Sólo con la propia experiencia se puede opinar sobre cualquier cosa.
_ Os va a encantar, y probablemente cuando
os vayáis, ya estaréis pensando en volver. Yo sólo trabajo como guía durante
dos meses al año, en el verano, es una forma de tener vacaciones gratis, y siempre pido que me reserven un viaje a
Irán. Cada año vuelvo a este país.
Estábamos
en Teherán y comenzamos visitándolo. La capital del país no es lo más interesante.
Con el día se convierte en una ciudad agobiante. Las calles se llenan de coches
y hacen que la contaminación y el calor sean difíciles de soportar. Estaba
previsto visitar el Museo Arqueológico, y uno de los palacios que dejó el Sha
antes de abandonar el país. Antes de empezar le dijimos a nuestro guía.
_ Tenemos que ir a algún lugar donde
comprar pañuelos iraníes-. Se puso a reír.
_ Ya os habéis dado cuenta de que parecéis
abuelitas gallegas. Después del museo nos acercaremos al bazar de Teherán,
donde conozco un lugar que os vendrá al pelo. ¡Nunca mejor dicho!
El Museo
Arqueológico es muy interesante. El primer contacto con aquella civilización,
la mesopotámica, que desembocó en lo que
ahora somos. Por primera vez vi cientos de tablillas de arcilla con escritura
cuneiforme, la forma de escritura que ya existía cuando nosotros no éramos nada.
Lo más espectacular del museo son las salas
dedicadas a Persepolis. Hay montones de frisos con las imágenes típicas de
personajes persas, toros alados y todo tipo de animales conocidos en aquel
momento.
Atrajo mi
atención una estela de piedra colocada en el centro de una sala; me sonaba y no
sabía de qué. Cuando me acerqué comprobé que se trataba del Código de
Hammurabi, en realidad una copia, puesto que el original se encuentra en el
Louvre.
La estela representa en la parte superior
al rey Hammurabi de Babilonia, recibiendo del dios de Mesopotamia las leyes que
regirán la vida de sus súbditos. El resto de la estela es una sucesión de
escritura cuneiforme, donde están escritas las leyes con las que se desarrolló
la civilización babilónica.
La historia dice que éste es el primer
código legal que existió; por el momento no se ha encontrado ninguno anterior.
Realmente estaba ante una civilización avanzada.
Después de recorrer el museo estaba deseando
llegar a Persepolis, pero me dije: tranquila, ya falta poco, disfruta de lo que
vas encontrando, y cada cosa a su tiempo.
El
siguiente lugar, tal y como nos prometió el guía, fue acercarnos al bazar. Ya
nos avisó de que por la tarde haríamos una visita más interesante, pero ahora teníamos
que ponernos coquetas.
_ Con las mujeres siempre se termina igual,
hasta que no os veis guapas, sois un incordio. Pero qué vamos a hacer. Sois
mayoría, en todos los grupos pasa lo mismo.
La entrada al bazar ya se veía enorme, pero
todavía no estaba muy concurrido. Fuimos directos a una pequeña tienda donde
vendían cientos de pañuelos. Había de todo tipo, incluso parecidos a los que
llevábamos. Pero teníamos claro lo que queríamos: pañuelos alargados, de
algodón y que nos favorecieran.
Nada más empezar a probárnoslos, vimos el
cambio. Eso era otra cosa, hasta nos veíamos bien! Ahora el problema era
elegir, porque los había de todos los colores. El vendedor hablaba con el guía
y se reían.
_ ¿Qué le estás diciendo? - le pregunté - no
te entiendo, ¿en qué idioma le hablas?
_ En farsi, llevo bastante tiempo viniendo a
Irán y he aprendido lo suficiente.
_ ¿Y porqué os reís?
_ Me
pregunta si todas las españolas sois tan guapas.
_ Ya os vale, pero si estamos horribles,
aunque ahora hemos mejorado bastante. Dile que con las mujeres tan guapas que
hay en este país, este grupo de españolas no estamos a la altura.
Se lo dijo y volvieron a reírse.
_ Dice que es cierto, las iraníes son muy
guapas, pero a los hombres les gustan todas las mujeres. Me pregunta si en
España pasa lo mismo, y le he dicho que sí. Allí normalmente nos gustan todas
menos la nuestra. Por eso se reía.
Compramos
varios pañuelos cada una, habrá que cambiarse. El vendedor nos invitó a té y
volvimos en busca de los hombres del grupo, que por supuesto no quisieron venir
con nosotras. Se quedaron curioseando por el bazar.
_ Con las mujeres no se puede ir de compras
cuando van buscando trapos- dijo alguno.
_ Hay que joderse! - dijo otro- que incluso
en Irán se vayan a comprar trapitos. Si me lo cuentan antes de venir no me lo
creo.
_ ¿Y vosotros qué habéis hecho de
interesante en este tiempo?, sorprendednos.
_ Hemos estado hablando con otros hombres
sobre la selección de fútbol iraní y sus logros.
_ Vale, las mujeres a lo nuestro y los
hombres a lo vuestro. No hay más comentarios.
Ya con un
aspecto cambiado, al menos hasta donde las posibilidades permitían, nos fuimos
hacia uno de los palacios que el Sha dejó tras su marcha. Se trataba de un
palacete pequeño, enclavado en medio de un bosque utilizado para la caza y la relajación. El
palacio era muy coqueto: las paredes estaban cubiertas de cristales, de forma
que por todas partes te veías reflejada. Era de una exquisitez asombrosa.
El exterior
estaba recubierto de placas plateadas que con el reflejo del sol daban la
sensación de ser una joya perdida en mitad del bosque.
Paseamos por aquel lugar que en algún
momento fue un coto privado de los Shas de Persia. El bosque estaba un poco
abandonado, ya no lo cuidaban como antaño. Pero todavía podía ser agradable.
Diseminados por varios lugares, bajo los árboles, se veían unos divanes
amplios, que por su tamaño podían servir de camas. Estaban cubiertos con
alfombras.
_ ¿Para qué sirven? - pregunté.
_ En estos lugares de descanso se recostaba
Fara Diva y sus visitas, o sus amantes, para disfrutar del frescor del lugar.
_ Supongo que no le importará que los
ocupemos nosotros, ya los abandonó.
_ Ahora son para uso público. Recostaos en
ellos y sentíos por un momento emperatrices de Persia. Si queréis pedimos unos
tés o unos refrescos en uno de los puestos que hay cerca.
_ Perfecto.
Y allí
estuvimos un rato, recostadas sobre los almohadones y alfombras, bebiendo un té
y fumando unasisha. En los jardines del Sha de Persia.
El resto de la mañana fue un recorrer
bancos para cambiar dinero. ¡Qué difícil era conseguirlo! El euro todavía no
existía y casi todos llevábamos dólares, pero en la mayor parte de los bancos
no los aceptaban. Su política era no aceptar dinero americano.
Cuando por fin dimos con un banco que nos
cambiaba, nos encontramos con que solamente nos cogerían cincuenta dólares a
cada uno.
¡Bueno, mejor eso que nada! El país era
barato, casi costaba gastar dinero, pero quedaban muchos días.
En el banco vi algo curiosísimo. Algunas de
las mujeres que estaban trabajando,se supone, hablaban entre ellas mientras limpiaban
judías verdes. ¡He dicho bien, estaban limpiando verdura! Me imaginé que para
cocinarla. Entonces, ¿también tenían una cocina donde preparar la comida para
llevársela a casa, o era la comida para comer en el banco?; en cualquier caso
era algo que no había visto nunca. No podía imaginarme algo parecido en España.
El día que salimos de Teherán para realizar
un recorrido por todo el país, entramos en el desierto. En realidad todo el
país es un desierto. Avanzábamos hacia el sur, y todo el paisaje es una
sucesión de tierra árida. Puede parecer que esta vista es monótona y falta de
interés, pero pueden verse muchas cosas a las que nosotros no estamos acostumbrados.
Todavía existen los nómadas. Familias
enteras viviendo en tiendas, colocadas en mitad de toda aquella meseta inmensa,
la Meseta Persa.
Siempre a caballo entre un lugar y otro.
En algún punto de nuestro camino divisamos
grupos de ellos, y nos acercamos a conocerlos. Viven en este país sometidos a
las leyes del mismo, pero al margen de todo. Su forma de vida no ha cambiado
desde hace siglos. Siguen viviendo igual, vistiendo igual, hablando el mismo
idioma.
Nos acercamos a una de las tiendas: el
interior es muy sencillo, solamente tienen lo imprescindible. Cualquier avance
tecnológico que para nosotros es normal, ellos no lo conocen ni lo necesitan.
Varios jergones, unas cacerolas y jaulas para transportar las gallinas. En el
exterior una hoguera ardiendo en el suelo del desierto, para cocinar. Uno o
varios camellos o caballos para transportar sus pertenencias de un lugar a
otro. Esto es todo, y para ellos es suficiente. Sus únicas riquezas son su
tienda y su camello.
Las mujeres vestían ropas más coloridas que
el resto de mujeres iraníes. Llevaban pañuelos distintos y colocados de forma
diferente, pero no porque fuera la ley del país. Para ellas era normal, siempre
ha sido así. Eran habitantes del desierto, y aquí, o te proteges del sol o
estás muerto.
No se podía hablar con ellos, hablaban su
propio idioma y no entendían otra cosa.
Quise hacerles fotos pero no se dejaban,
pedían que no los fotografiásemos. Yo, a pesar de todo quería sacar una foto a
una mujer que me encantó. Me aproveché de llevar una cámara que me permitía
alejarme, y escondida, utilizar el objetivo para acercarla y robarle una foto
genial. Sé que debí respetar su deseo, pero era muy tentador, tenía que robarle
esa foto.
Algo muy interesante es ver los antiguos
caravansarays, o lo que queda de ellos. Estamos en plena ruta de la seda,
aquella que cruzaba toda Asia, desde Estambul hasta Pekín. Toda la ruta estaba
llena de caravansarays o posadas donde los viajeros descansaban. Son recintos
cuadrados o circulares, rodeados por una tapia de adobe del mismo color que la
tierra circundante. El interior tiene un gran patio central donde los camellos
y caballos que transportaban las mercancías podían descansar. Rodeando este
gran patio se encuentran distintos pasillos a cuyos lados hay cientos de
pequeñas habitaciones para los mercaderes.
Encontramos algunos muy bien conservados,
listos para ser utilizados en cualquier momento. Recorrer sus estancias te
transportaba al sigo XII o XIII, cuando la ruta de la seda se encontraba en
pleno apogeo, y el ir y venir de personas y mercancías era constante. Gentes de
todos los lugares se cruzaban aquí, intercambiando productos, ideas, sabiduría.
Los viajes se hacían a pie, y el contacto entre la gente era duradero. Durante
varios meses compartían vivencias, aprendían los idiomas del otro, surgían
amistades, y por supuesto hacían negocios.
Siempre he pensado que sería muy
interesante recrear uno de estos viajes, tal y como se hacían entonces. Un año
o incluso más, caminando, o a lomos de camellos, de un lugar hacia el
siguiente, hasta llegar al destino. Y después la vuelta, exactamente igual. Las
relaciones personales que pueden surgir con experiencias como ésta no pueden
ser comparables a lo que vivimos en la actualidad. Pero nos hemos complicado
mucho la vida, o hemos avanzado?, no lo sé, a veces lo dudo. En cualquier caso
este sueño es casi un imposible hoy en día.
Llegamos a Yazd, una ciudad muy antigua, la
ciudad de los zoroastros.
Se trata de un lugar con aspecto medieval.
La zona más antigua es un laberinto de calles muy estrechas y a ambos lados se
alzan las tapias de las casas. Desde fuera no puede verse nada.
Estaba anocheciendo cuando dejamos el hotel
y salimos a las calles. Después de cruzar bajo un arco de piedra nos adentramos
en el entramado de callejuelas. Todas partían de un mismo punto, la plaza
frente a la mezquita del Viernes. Adentrarse en este lugar es retroceder varios
siglos en el tiempo. Las calles desembocan unas en otras, y en sus cruces se
pueden encontrar arcos techados con una lámpara colgando de su centro, que
apenas ilumina unos metros, lo suficiente para poder ver como la calle se
adentra en la oscuridad y cómo alguna sombra cruza debajo de una lámpara, unos
metros más adelante. Estas sombras caminan despacio, sin prisa, para ellos el
tiempo tiene otro valor.
Puedes cruzarte con un viejo encorvado bajo
el peso de un haz de leña. Sus pasos lentos son seguidos por un perro, que como
su amo, se toma la vida sin prisa, como siempre ha sido en este lugar. Una
mujer vuelve a casa con la última compra del día, lleva una hogaza de pan y su
olor queda tras ella, como el olor del pan en mi niñez, allí en mi lejano
pueblo.
Algún niño pasa corriendo, ellos tampoco
tienen prisa, pero como todos los niños no pueden dejar de correr. Nos miran,
nos sonríen. Se abre una puerta en una de las tapias, una mujer cubierta asoma
la cabeza, llama a su hijo. El niño pasa corriendo a nuestro lado, pero se
queda sujetando la puerta de la casa, mirándonos pasar; nos dice adiós con la
mano. Yo veo débilmente el interior: tras la tapia hay un patio, se ven varios
árboles, y una fuente, o quizá un pozo para conseguir agua. El niño cierra la
puerta y nos quedamos solos en la calle, rodeados de silencio y oscuridad.
Continuamos adelante, nos cruzamos con
otras sombras, algunas nos miran, pero ninguna se sorprende de vernos. En este
lugar los extranjeros siempre han sido bienvenidos. Desde siglos atrás gentes
de todas las culturas y de todos los lugares han caminado por estas calles, han
cruzado bajo estos arcos, y han observado lo mismo que yo observaba en ese
momento. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero allí el tiempo parecía
haberse detenido.
La noche es agradable en Yazd. Durante el
día el calor es sofocante, pero con la noche el frescor del desierto lo
sustituye. Regresamos al hotel, teníamos una cena al aire libre. Junto a un
estanque sobre el que caían chorros de agua, con un sonido suave y susurrante,
nos sentamos para disfrutar de una cena a base de cordero guisado con salsa de
granadas. Tenía un sabor dulce y estaba delicioso. Distintas cremas para
extender sobre el pan: una pasta hecha con garbanzos triturados, y otra a base
de olivas también trituradas, con un sabor fuerte. Nos sirvieron cócteles
de zumos de melón, sandía, naranja,
limones. Y por supuesto los dulces: pastelitos regados con miel, y cubiertos
con pistachos.
Después de la cena nos sentamos en una zona
donde habían creado un jardín exuberante. Es increíble cómo consiguen crear
auténticos oasis en un desierto. Había pequeñas fuentes, y el rumor del agua
era muy relajante. Estuvimos hablando hasta bien entrada la noche. Creo que
ninguno teníamos prisa por dormir. Aquello se parecía a un Edén y no queríamos
desaprovecharlo.
Durante el día pude volver a recorrer las
calles de Yazd a la luz del sol. Las calles eran frescas. A pesar del calor que
reinaba, la estrechez de las mismas permitía que el sol se mantuviera fuera.
Algunas puertas estaban abiertas y pude comprobar que detrás de las altas
tapias, todas las casas tenían un pequeño jardín. En todas ellas había un pozo,
con su cubo colgando; en otras, quizá más señoriales, se veían fuentes cuya
función era refrescar el ambiente o servir de adorno al jardín. Aquellos
lugares también tenían que ser frescos; los árboles abundaban, sobre todo
árboles frutales. Vi granados, limoneros, naranjos. Estaba claro que el
subsuelo debía tener abundante agua, aunque la superficie era un auténtico
erial.
Nos acercamos a la mezquita del Viernes. Su
portón de entrada es muy estilizado: una puerta alta con dos torres a cada lado
de una altura considerable. Todo ello recubierto de azulejos azules y verdes,
aunque el color que predomina es el azul. Todas las mezquitas en Irán están recubiertas
por este tipo de azulejos.
Era una mezquita bastante antigua, muy
grande para una ciudad como aquella. Se notaba que en algún momento de su
historia fue un centro importante en la ruta de las caravanas.
A continuación nos encaminamos hacia el
templo de los zoroastros. El único que sigue en activo en todo el país. En la
entrada, sobre la puerta, está el símbolo de esta religión: el dios Aura Mazda,
representado como unas alas desplegadas. En su interior lo más representativo
es la llama que siempre se mantiene encendida, como símbolo de la divinidad.
Ésta es la
religión creada por Zaratustra, y en algún momento ya he comentado algo sobre
ella. Es muy característica la forma como tratan a sus muertos. Los dejan a la
intemperie, en las Torres del Silencio, para que los buitres devoren el cuerpo
hasta dejar solamente los huesos.
Aquí en Yazd, principal centro de los
zoroastros en Irán, se pueden visitar las Torres del Silencio. Se encuentran
fuera de la ciudad, en un terreno totalmente desértico. Las Torres se levantan
sobre montañas de arena; están abandonadas, ya no se utilizan. Precisamente por
ese motivo pueden visitarse.
Llegamos al lugar donde se levantan, y
aunque la altura no era excesiva, subir con aquel sol encima era para
pensárselo. En ese momento aparecieron unos cuantos muchachos con unos asnos
enanos, y se ofrecieron para subirnos. Lógicamente no era gratis, pero era una
opción interesante.
Las Torres no tienen nada especial, se
trata de un recinto redondo, al aire libre y rodeado por una tapia. Ahora
estaban llenas de arena, y por supuesto no había rastro de nada de aquello para
lo que se habían utilizado.
La noche en Yazd fue también bastante
interesante. Fuimos a cenar a un restaurante muy curioso. Se trataba de unos
antiguos baños de la época de las caravanas. La sala estaba repleta de piscinas
muy poco profundas donde el agua corría y saltaba desde pequeñas fuentes. Tanto
las piscinas como el resto del suelo estaba cubierto de azulejos. Entre las
piscinas se colocaban las mesas en las que pudimos cenar. Era un ambiente muy
fresco, muy genuino. La cena no la recuerdo, pero sí recuerdo la sisha que fumé
después. Me había aficionado y casi estaba enganchada.
La estancia en esta ciudad había terminado.
Me encantó. Me sentí realmente transportada al pasado. Pero teníamos que
continuar. El siguiente destino lo esperaba con ansia.
Shiraz, la
ciudad de las rosas y de los poetas, y a pocos kilómetros de ella:Pasargade, la
ciudad de Ciro el Grande, y Persepolis, la ciudad de Dario I, destruida por
Alejandro Magno.
Camino de Shiraz, llegamos a Pasargade, y
comenzamos nuestro encuentro con la historia. Pasargade fue la capital de Ciro
el Grande, rey de Persia, cuando ésta se convirtió en un gran imperio que se
mantuvo hasta que fue vencido por otro de los grandes, Alejandro Magno.
Los restos de la capital se encuentran en
una llanura rodeada de pequeñas cimas. Dentro del erial que es la llanura
persa, su ubicación es bastante privilegiada. Son pocos los vestigios que
quedan de este lugar. Los restos de sus palacios se limitan a unos cuantos
suelos de losas muy pulidas, y algunas columnas cilíndricas y con poca
decoración. El único lugar intacto es la tumba de Ciro el Grande. Se trata de
un pequeño túmulo de piedra, situado sobre unos pocos escalones, en uno de los
extremos del recinto. Resalta por su sencillez. Demasiado sencilla para un gobernante
que se enfrentó a Egipto y a Esparta, que conquistó Babilonia, y llevó al imperio persa a su máximo esplendor.
Llegar a Shiraz, es llegar a un jardín. Se
encuentra en la zona más árida de Irán, y sin embargo es un auténtico oasis. Se
la conoce como la ciudad de las rosas, y esta expresión está totalmente justificada.
Cualquier rincón, cualquier espacio, está lleno de rosales de todos los
colores. El aroma de las rosas lo inunda todo. Es una ciudad preciosa. Sus
palacios son de una finura tan exquisita que parece se vayan a romper solo con
mirarlos.
Visité varios de ellos y crean la sensación
de estar mirando una figura de cristal de Bohemia que se pueda quebrar con una
simple brisa de aire. Los exteriores están recubiertos con cerámica vidriada y
con paneles de cristal de diferentes colores,
formando un conjunto armonioso. El sol se refleja en ellos y devuelve un
brillo espectacular. Están rodeados de jardines, donde las rosas son las
reinas. Rosas que se reflejan en los estanques y en las paredes de los
palacios. Y por supuesto el agua, salida no sé de dónde, pero que se oye por
todas partes. Es increíble como consiguen que el sonido suave del agua cree un
ambiente tan sugerente.
Aquí pude volver a disfrutar de los parques
llenos de gente al atardecer, y bien entrada la noche. La gente es igual de agradable
que en el resto del país, te invitan a sentarte con ellos, a compartir un té y
una sisha, pero aquí les gusta hablar de sus poetas. Es muy agradable escuchar
como recitan estos poemas que no entiendo, pero que suenan muy bien. En Shiraz
se encuentran las tumbas de varios de los poetas más importantes. A sus
ciudadanos les encanta visitar estos lugares, que son preciosos. Mausoleos muy
coquetos rodeados de jardines.
La primera tarde en Shiraz fue el primer
encuentro con una mezquita llena de vida. Más adelante tendré otra experiencia
que a algunos pone los pelos de punta, pero ésta estuvo bien. Existe en Shiraz
una mezquita bastante grande donde está enterrado alguien importante. Como
todas las mezquitas, sus cúpulas redondeadas están recubiertas de azulejos
azules. Pero en este caso cuando llegó la noche y se iluminó su exterior, el
color azul pasó a ser un rojo dorado. Era un lugar muy sagrado y para entrar
era obligatorio llevar el chador. Hasta ese momento no me lo había puesto, pero
si quería ver el interior había que colocárselo.
No pensaba comprar ninguno, por lo que tuve
que utilizar uno que me proporcionaron en la entrada. Fue
horrible, no sé cómo pueden vivir metidas dentro de esa prenda. Pero a pesar de
la incomodidad, mereció la
pena. El gran patio central estaba lleno de gente y de niños,
como siempre jugando. Ellos no tienen la misma concepción que nosotros en
nuestras iglesias, al menos en aquellas mezquitas tan importantes la gente
hacía una prolongación de su vida. Me acerqué al mausoleo del Imam que allí
estaba enterrado. Se encontraba rodeado por una reja, y la gente llegaba en
filas para tocarlo a través de la misma. Yo me puse en la fila de las mujeres y
la cola me arrastró. Cuando salí por el otro lado llegué a una gran sala
cubierta por alfombras, las columnas y las paredes estaban adornadas con más
azulejos. Sentadas sobre las alfombras había bastantes mujeres que hablaban
entre ellas, comían pistachos y algunas daban el pecho a sus hijos pequeños. Me
sorprendió ver como hacían una vida normal, pero dentro de la mezquita.
Me senté
junto a ellas en el suelo, sobrela alfombra. Aquí no existe el mobiliario. No me
rechazaron, por el contrario me ofrecieron pistachos, y allí estuve un rato
comiendo pistachos con ellas y observando pasar a toda aquella gente que estaba
allí, no sé si por devoción o simplemente para relacionarse con sus vecinos en
un lugar agradable y fresco. Estuve tan a gusto que casi olvidé que llevaba un
chador que se me caía por todas partes porque no sabía sujetármelo.
Marta
estaba agobiadísima con aquello encima. Me pedía que nos fuéramos para poder
librarse de él. Yo le decía:
_ No te agobies, olvídate, déjate llevar y
disfruta. Ya sabíamos que Irán tenía esto.
Pero ella no podía. Decidió salir y ya nos
veríamos en el hotel para ir a dar una vuelta por el parque. La animación
estaba asegurada. Todavía no podía creer que estuviéramos en Irán y hubiera
tanta gente fuera por la noche.
A pesar de estar muy a gusto, volví. Se lo
había prometido a Marta. La encontré hablando con nuestro guía iraní. Desde
España nos acompañaba un guía, pero las leyes del país obligaban a ir
acompañados por otro guía local. No recuerdo su nombre, pero sí que se trataba
de un chico joven, alto y delgado. Y recuerdo que era muy tímido. Marta estaba
intentando convencerlo para que viniera con nosotras de marcha, ya llevaba
varios días detrás de él. Me di cuenta de que el chico estaba rojo como las
granadas. Era muy tímido y muy inocente.
Llamé a Marta y le dije:
_ ¿Pero qué le estás diciendo que está tan
rojo?
_ Nada, solamente que si le apetecía venir
con nosotras a tomar algo.
_ ¡Pero qué vamos a tomar, por dios, si
aquí solo hay teterías!
_ Pues eso, que nos enseñe las teterías
No vino,
consiguió salir huyendo.
Habíamos llegado a uno de los puntos cumbre
del viaje: Persepolis. Tenía un gran interés por conocer esta gran ciudad de la
antigüedad. No puedo evitarlo, me atraen las ciudades antiguas, míticas, llenas
de misterio y de historia. No me imaginaba cómo era, aunque conocía las
imágenes que todos hemos visto de esos personajes persas con sus posturas
rígidas, siempre representados de lado, y la famosa puerta con los toros alados.
Coincidió con un fin de semana y muchas
personas se acercaban a conocer una parte de su historia de la que están muy
orgullosos. Era mucho el turismo interior que recorría las ruinas.
Se llega a una explanada donde se ve una
plataforma elevada artificialmente, de la que surgen columnas hacia el cielo.
Mi pregunta fue rápida:
_ ¿Persepolis está construida sobre una
plataforma?
_ Hasta cierto punto sí - me contestó el
guía-. No era una ciudad para la población, era una ciudad para el rey, y para
impresionar a todas las delegaciones extranjeras que la visitaban. En realidad
permaneció en pie muy poco tiempo. Fue el sueño de un rey, Dario I. Alejandro
Magno la destruyó cuando conquistó Persia. El fuego la devoró, pero a pesar de
todo, lo que ha permanecido da idea de lo grandiosa que era.
Para acceder a ella hay que subir una rampa
escalonada, situada a la izquierda de la plataforma. Los escalones son tan poco
pronunciados que más parece una rampa que una escalinata.
_ Está construida así para que se pueda
acceder a la ciudad a caballo. Las delegaciones extranjeras eran recibidas por
todo lo alto.
Al final de la rampa, a la derecha, nos
encontramos con la famosa puerta de los toros alados: la puerta de Jerjes.
Había que traspasarla para acceder al recinto. Hoy en día la puerta todavía
está entera, le falta el techo, pero allí continúan los dos toros, custodiando
la entrada y dando la bienvenida a todo visitante. A continuación un pasillo da
acceso al recinto, donde se encuentran el palacio, con su sala de las cien
columnas, y lo mejor conservado de todo: la escalera, con relieves de
dignatarios extranjeros. Todos los pueblos conocidos en ese momento están
representados a los lados de la escalinata que desemboca en la Puerta de las
Naciones.
La escalera es realmente imponente, y allí
están representados, en perfecto orden, llevando en sus manos los presentes
para el rey, todos los pueblos sometidos por el imperio Aqueménida.
Ya dentro
del palacio se conservan muchas de las puertas que daban acceso a las distintas
salas. En todos los dinteles hay relieves del rey Dario I, así como de Jerjes y
Artajerjes. Son muy característicos sus peinados totalmente rizados, y su
posición: siempre en pie, de perfil y completamente rígidos, aunque no dan
sensación de inmovilidad.
Los animales presentan más movimiento;
pueden verse toros luchando con leones, caballos, carneros, camellos. Columnas
terminadas en cabezas de caballos.
Es increíble encontrarse allí. Para mí era
uno de los lugares históricos que tenía claro quería conocer, y no me defraudó.
A pesar de que fue totalmente destruida, parece mentira la cantidad de cosas, y
sobre todo de relieves que han permanecido. No puedo imaginarme cómo tenía que
ser en su momento de esplendor.
Encontramos
muchas familias en visita turística. Les encantaba hacerse fotos con nosotros, debíamos
resultarles muy exóticos. Me hice tantas fotos con tantas personas, que en este
momento debo estar en la mitad de los álbunes familiares de Irán.
Un grupo de mujeres se me acercó y
comenzaron a preguntarme de dónde era y qué es lo que me interesaba, qué
lugares había recorrido, me gustaba Irán, se lo recomendaría a mis amigos; fue
un bombardeo de preguntas. Cuando conseguí hacerles un resumen, fui yo la que
pregunté.
_ Y
vosotras ¿quiénes sois?
_ Somos
estudiantes, y ésta es nuestra profesora - me dijeron señalando a una de ellas.
_ ¿Y
qué estudiáis?
_ Cuando terminemos seremos maestras, para
enseñar a los niños pequeños.
_ Ésa es una
buena profesión, y muy bonita - les dije.
_ ¿Y tú,
también eres profesora? - me preguntaron.
_ ¿Tengo
aspecto de profesora? - les contesté -. No, no soy profesora.
Intenté
explicarles cuál era mi profesión, pero no lo tenían muy claro.
_ ¡Entonces eres como una secretaria! -
exclamó una de pronto. Parecía contenta porque creía haberme entendido.
_ Bueno, sí
- le contesté. Preferí dejarlo así.
_ ¿Qué
opinas de Persepolis?, ¿te ha gustado?
_ Me ha encantado. Hace tiempo que quería
verlo. Tenéis una historia muy interesante.
_ Sí, esto
es Persia.
_ Lo sé, no
es la primera vez que me lo dicen. Pero ahora la situación no es igual que
cuando todo esto tenía vida.
_ Las cosas han cambiado, pero en todas partes
ha cambiado algo - me contestó la profesora.
Me lancé a sacar una pregunta que deseaba
hacer.
_ ¿Qué pensáis de la situación en la que vivís
las mujeres?
_ ¿A qué te refieres exactamente? - tomo la
palabra la profesora. Sus alumnas me miraban pero no hablaban.
_ Bueno, sé que podéis estudiar y trabajar, en
eso no os diferenciáis de mí. ¿Pero qué opináis de la forma como tenéis que
vestir, no os gustaría poder elegir lo que deseáis poneros?
_ Nosotras no hemos conocido esa situación,
desde que nacimos hemos vestido así, y nos hemos acostumbrado. Lo importante es
poder hacer lo que te interesa en la vida, y eso por el momento lo podemos
hacer.
_ ¿Pero todo el mundo puede hacer lo que
desea?
_ Bueno, siempre que se sigan las normas. En
este país se vive bien, aunque creo que en algunos lugares nos ponen mala fama.
_ ¿Qué quieres decir con que si se siguen las
normas?
_ Es mejor dejar ese tema. Soy la profesora de
estas jóvenes y no debo decir algunas cosas.
_ Entiendo, perdóname por mi curiosidad -. No
quiso explicarme más, pero días más tarde me enteré de lo que quería decir
con vivir bien si se siguen las normas.
_ Es cierto que en Europa no hay buena prensa
de Irán - le expliqué - pero estamos equivocados. Me he dado cuenta de que la
gente no tenéis nada que ver con los ayatolas y todo el régimen que han creado.
Pero eso es lo que pasa en todas partes, una cosa es el gobierno y otra las
personas que viven en el país. Cuando regrese a España hablaré muy bien de
vuestro país, porque creo que realmente es un lugar fantástico.
_ Gracias - me dijo una de las alumnas. Nos
acordaremos siempre de ti.
_ Es un honor que me digáis eso, no esperaba
que nadie me recordara tras mi marcha. Os deseo todo lo mejor, que tengáis
mucha suerte.
_ Gracias por tus enseñanzas - me dijo la
profesora - nos ha gustado hablar contigo.
_ Yo no os
he enseñado nada, sois todos vosotros los que me estáis enseñando muchas cosas
a mí. Yo soy la que tengo que estar agradecida.
Me despedí de ellas y fui en busca de Marta.
Había subido con las demás personas del grupo a un alto donde había una tumba y
una vista de toda Persepolis. Yo me quedé con estas chicas y le encargué que
hiciera fotos por mí. Volvieron deshidratados. Ya lo suponía, el calor rondaba
los cuarenta y cinco grados, y la ascensión bajo un sol que caía de pleno no
era muy atrayente.
Nos tomamos unos refrescos. ¡Lo que
hubiéramos dado por una cerveza!
Un poco más frescos, aunque sin cerveza,
nos encaminamos hacia un lugar cercano, Naqsh-é-Rustam.
Se trata de una pequeña hondonada, en mitad
de toda la aridez del paisaje. La pared frontal, completamente vertical, se
encuentra esculpida con escenas de batallas entre persas y otros pueblos. Se ve
al rey de los aqueménidas a caballo, al frente de sus hombres. Estamos ante las
tumbas reales de Dario I, Jerjes y Artajerjes. Las tumbas están excavadas
dentro de la montaña, como los faraones en el Valle de los Reyes, pero aquí su
ubicación está perfectamente identificada. Las entradas están selladas con
grandes losas esculpidas que ocupan todo el frontal, una a continuación de la
otra, ocupando toda la pared frontal de la hondonada.
Nos fuimos de aquel lugar. Yo estaba
emocionada, por fin había conocido Persepolis. Me quedaban muchos otros
lugares, en otros países. Pero todo a su debido tiempo. Como en una buena comida,
no hay que abusar del vino, porque dejaremos de disfrutarlo.
Aquella tarde fuimos al zoco de Shiraz.
Esto sí que eran auténticos zocos. Aquí no estaban preparados para los
turistas. Eran zocos auténticos, de los que te transportan al pasado, a aquella
época medieval en la que estos lugares eran un hervidero de gentes hablando
distintos idiomas, e intercambiando todo tipo de productos.
Junto a una de las entradas al zoco se
encontraba una mezquita que nos habían recomendado especialmente. Era pequeña
si se comparaba con la que había visitado la noche anterior. No había prácticamente nadie en su interior,
por lo que se podía disfrutar de ella con toda tranquilidad. Tenía varias salas
y una de ellas estaba repleta de columnas sujetando el techo. Las columnas a su
vez estaban recubiertas por azulejos de colores. El silencio era casi total,
solamente interrumpido por el sonido del agua que caía de una fuente, en el
centro de un patio que se abría en uno de sus lados.
Qué paz se respiraba allí. Realmente en el
mundo musulmán consiguen crear ese ambiente en muchas de sus mezquitas.
Entramos en el zoco. Todo él está cubierto,
y se extiende a lo largo de varias calles que se entrecruzan entre sí, todas
cubiertas con una bóveda de piedra. En todos los cruces de calles, las bóvedas
formaban cúpulas de las que colgaban lámparas de forja. A pesar de todo, la luz
dentro del zoco no era deslumbrante, lo que contribuía a darle un mayor aspecto
de lugar misterioso e interesante y muy antiguo.
Como
en todo zoco persa, las tiendas de alfombras son muy numerosas. Era la hora de
la siesta y en muchas de las tiendas los dueños estaban durmiendo plácidamente,
tumbados encima de una pila de alfombras, a la entrada de sus negocios.
No se vuelven locos por vender nada a los
turistas. Ellos siguen con su ritmo y si te acercas hablan contigo, te invitan
a un té, y te muestran lo que venden, pero sin agobiarte.
Me resultaban muy curiosas las tiendas de
ropa femenina. Algunas mostraban vestidos de colores, bordados y con muchos
dorados y plateados. Pregunté si las mujeres compraban aquellos vestidos.
_ Claro que sí, ¿por qué no los iban a
comprar?- me contestó la vendedora.
_ Pero si siempre van vestidas de negro,
con el chador puesto.
_ Pero debajo van vestidas - me dijo- y a
sus maridos les gusta verlas guapas en su casa. Allí no visten el chador.
Una chica joven que la ayudaba en la tienda
me dijo:
_ Estos vestidos se utilizan cuando hay una
boda o una celebración, no se ponen para estar en casa.
_ ¿Y cuándo tenéis una celebración podéis
vestir así, sin chador?
_ No, solamente durante la fiesta que
hacemos las mujeres. Delante de los hombres hay que ponerse el chador.
_ ¿Me quieres decir que en una boda, por
ejemplo, las mujeres lo celebráis apartadas de los hombres?
_ Sí, las mujeres nos reunimos en una sala
con la novia, y los hombres en otra con el novio. Y en ese momento las mujeres
lucimos todos estos vestidos.
_ ¡Pero es una boda!, ¿no lo celebran los
novios juntos?
_ Bueno, hay un momento en el que el novio
entra en nuestra sala y nos hacemos fotos con ellos; después la novia pasa a la
otra sala y se hacen fotos con los hombres.
_ Y cuando esto ocurre, ¿os tenéis que
tapar?, ¿la novia también se tapa cuando entra en la sala de los hombres?
_ No, en este caso está permitido que no lo
hagamos.
_ ¡Vaya, qué escándalo! A los hombres, veos
vestidas así debe ponerles como una moto.
Querían venderme un vestido
_ No gracias, no tengo ninguna boda a la
vista.
Pasamos por la zona de las babuchas, las
había de todos los colores, aunque todas acababan en punta, como si fuesen para
Aladino. Allí compramos alguna más discreta para estar en casa, al menos se
salían de lo normal.
La
zona de cacharrería era auténtica. Todo tipo de lámparas, mesitas y muchos
otros cacharros muy orientales. Nos gustaba todo, pero no podíamos llevárnoslo.
Seguimos caminando por todas aquellas
calles de un lado para otro. Perdimos la orientación y ya no sabíamos dónde
estábamos. Bueno, qué importaba, cuando saliéramos por donde fuera, ya
tomaríamos un taxi.
Llegamos a una zona donde se escuchaban
sonidos metálicos, martillos golpeando metal. Seguimos el ruido y llegamos a
una calle dedicada a los artesanos del metal. Todos estaban en las puertas de
sus negocios, golpeando cuencos, lámparas, ollas, grandes braseros. El color del
cobre estaba por todas partes y allí todo era artesano. Me recordaban los cazos
que mi abuela tenía colgados en la cocina, y aquellos braseros que servían para
calentarnos. Allí parecía no haber pasado el tiempo.
En la zona de la alimentación nos paramos
en los puestos de frutos secos. Aquello era un lujo para las personas como yo,
que nos gusta lo salado. Nos cargamos con bolsas de pistachos, anacardos,
avellanas, garbanzos tostados y varias cosas más.
Compramos más pañuelos, eran más bonitos
que los de Teherán.
_ ¿Y para qué queremos tantos pañuelos? - decía
Marta
_ Podemos ponernos uno por la mañana y otro
por la tarde, incluso otro por la noche.
_ ¿Y después qué hacemos con ellos?
_ Los regalamos en España. Son muy bonitos
y sirven de chal o de cualquier otra cosa.
_Pues también tienes razón. Ya tenemos
regalos para todas las conocidas.
Seguimos toda la tarde para arriba y para
abajo. Nos parábamos por todas partes. Aquello era auténtico de verdad. Cuando
ya no podíamos cargar con más bolsas, buscamos una salida del zoco y regresamos
al hotel.
_ Ahora lo que me apetece es ir a algún sitio
y tomarnos un buen cubata - me dijo Marta.
_ Bien, vamos a intentarlo, pero que yo
prefiero un gintonic - le contesté.
_ Y nos quitamos estos pañuelos, nos
soltamos la melena, y nos maquillamos bien.
_ Y que no se nos olvide sacar las minifaldas
y los tacones que llevamos escondidos en la maleta.
_ Buscamos al guía y que nos lleve a algún
sitio con mucha música - me replicó.
_ ¡Pero estamos tontas o qué! - le contesté
-. Esto es Irán. Nos tomamos un té, nos fumamos una shisa, y vamos apañadas. La
otra juerga para España.
Al día siguiente tomamos un avión con
destino Ispahán: “la perla de Persia”.
¿Qué decir de este lugar?, es difícil
describirlo con palabras, aunque voy a intentarlo. Cualquier cosa que se diga se
queda corta. Es realmente increíble, fantástico, mágico. Ya desde hace siglos
era el destino final de muchas personas que viajaban durante meses o años para
llegar aquí. Y a pesar del tiempo transcurrido, esa grandiosidad, esa atracción
sigue palpándose en sus bazares, en sus puentes, en sus plazas y en todos sus
monumentos. Es “la perla de Persia”, y ese nombre lo tiene bien ganado.
En esta ciudad, Avicena trabajó como médico
y enseñó todo lo que sabía. Todavía hoy puede verse parte del “maristan”, el
hospital donde aprendía y trabajaba. Y la madrasa donde enseñaba a sus
estudiantes, venidos de todas las partes del mundo conocido.
Llegamos al hotel cuando ya había
anochecido. Se encontraba cerca de uno de los puentes que caracterizan a esta
ciudad. Dejamos el equipaje y salimos corriendo en busca del puente y de sus
famosas teterías. Los puentes son auténticos monumentos: con 33 arcadas en
forma de arco terminado en punta, repartidas en dos pisos. En la parte inferior
de uno de los arcos se ubica una tetería, tan antigua como el puente y tan
auténtica como toda la
ciudad. Tomar un té con pastelitos, fumar una shisa,
conversar con las personas que se encuentran sentadas en el mismo lugar,
haciendo lo mismo que nosotros, y disfrutar de aquella situación, es un auténtico
lujo.
Perdonamos la cena, aquello era mucho
mejor. Cuando decidimos marcharnos, lo que menos nos apetecía era acostarnos.
¿Por qué no nos acercábamos a la Plaza Naqsh-é-Djahan? Todos sabíamos que era
espectacular, una de las mejores y más grandiosas del mundo. Buscamos varios
taxis que nos dejaron en una calle que desembocaba en la plaza. Los coches no
podían circular por ella, solamente los coches de caballos.
La Plaza Naqsh-é-Djahan es un rectángulo
perfecto de 80.000 metros
cuadrados. Todo el perímetro está formado por arcadas de
dos pisos, y en cada uno de sus cuatro lados hay un edificio único. En el lado
este del rectángulo, la Mezquita de Lotfollah, pequeña y recubierta de azulejos
azules y verdes. Enfrente, en el lado oeste, el Palacio de AliQapu, una auténtica
joya. En el lado sur, la Mezquita del Imam, grandiosa con su enorme puerta
flanqueada por dos minaretes altos y esbeltos recubiertos de azulejos azules. Y
enfrente, en el lado norte, la entrada al bazar, y encima la tetería más
increíble que recuerdo.
En aquel momento de la noche estaba todo
muy tranquilo. Sus tres edificios principales estaban iluminados y los azulejos
de las dos mezquitas desprendían un color rojizo bajo las luces. Los coches de
caballos que circulaban por la plaza llevaban colgados faroles que apenas
iluminaban, pero que creaban un ambiente mágico.
Nos acercamos a un café donde servían
helados. Yo no soy golosa, y no me atraen los dulces, pero aquellos invitaban
al menos a probarlos. Estaban servidos en cuencos de barquillo, y regados con
un sirope de fresa de un rojo brillante. Los sabores eran diferentes. Probé un
helado de rosas y también los había de azafrán.
Cuando volvimos al hotel, el guía estaba en
la recepción esperándonos. Estaba intrigado porque el conductor del autobús
había ido corriendo a buscarlo para decirle:
_ Señor, todos sus huéspedes se han
marchado corriendo nada más llegar. No han podido dejar ni su equipaje. ¿Sabe
usted si ocurre algo?
_ No tenía ni idea de lo que podía pasar -
nos contestó - pero estaba esperando a que llegara alguno por si hubiera algún
problema.
_ No hay ningún problema - le dijimos - es
que estábamos impacientes por conocer esta ciudad y no hemos podido esperar. Hemos
querido aprovechar el tiempo al máximo.
Al día siguiente tenía un día intenso en la
plaza visitando todos los monumentos. Cada uno de ellos merece un apartado
separado.
El más pequeño de ellos, y el que dejó en
mí una sensación nunca antes vivida, fue la Mezquita de Lotfollah. Su fachada
no se caracteriza ni por su altura, ni por su grandiosidad: está recubierta con
los azulejos que ya me eran familiares, verdes y azules. Una cúpula de forma
ovoidal, también cubierta de azulejos, se eleva por encima de la fachada.
Traspasando la entrada surge un pasillo también adornado de azulejos. Siguiendo
por él, al fondo gira a la derecha y se entra en la única sala que tiene la
mezquita. Una sala redonda, más bien pequeña y totalmente recubierta de
cerámica azul. Sus paredes suben hacia el infinito hasta llegar a un punto en
el que se curvan formando una cúpula acabada en un único punto central.
Entré, miré a mi alrededor, después miré
hacia arriba, y allí me quedé, sin poder dejar de mirar aquella cúpula tan
perfecta. El dibujo que formaban los azulejos desde el suelo hasta aquel punto
de donde parecía partir todo, era indescriptible. La sensación de armonía, de
equilibrio, era brutal. El azul me invadía y me atraía. Me senté en el suelo,
en el centro, sobre las alfombras, y me quedé mirando la cúpula, sin pestañear
y sin darme cuenta de lo que había a mi alrededor. Estaba como hipnotizada. La
sala no tenía mobiliario, solamente las paredes en círculo elevándose hasta
aquel punto donde todo acababa, o donde todo empezaba. Nunca hasta ese momento
me había sentido tan …..no sé explicarlo, pero sentía aquella armonía, me había
calado. Se fueron todos, yo no me di cuenta, y ellos tampoco se enteraron de
que yo me quedaba allí. No se escuchaba ningún sonido, los ruidos de la plaza
no llegaban hasta allí. Creo que pasé un buen rato. De pronto, una voz me sacó
de mi ensimismamiento, era Marta:
_ ¿Pero qué haces aquí, no te has enterado
que nos hemos marchado hace un rato?
_ No me había dado cuenta - le contesté -
estaba mirando esto y se me ha pasado el tiempo sin enterarme.
_ Vamos a entrar en el Palacio que hay
enfrente, y si no vienes te lo perderás.
_ Ya voy, no me voy a quedar aquí todo el día.
Pero esto es tan relajante que me ha enganchado.
He visto muchas mezquitas desde entonces,
algunas son increíbles y con mucha historia detrás, pero ninguna igualará nunca
a la Mezquita de Lotfollah, en Ispahán.
En la plaza los coches de caballos iban y
venían. Muchos de sus usuarios eran iraníes, les gustaba pasear y disfrutar de
la ciudad.
Nos dirigimos hacia el Palacio de AliQapu,
situado enfrente de la Mezquita de Lotfollah. Se trata de un edificio estrecho
y alto, con una gran terraza sobre la plaza.
Recuerdo que cada uno de los pisos estaba
decorado de una forma diferente: en uno de ellos todo estaba decorado con
frescos, en otro los trabajos en yeso eran de una delicadeza exquisita, otras
salas, al igual que las mezquitas, estaban totalmente recubiertas de azulejos,
y otras de madera tallada, pero lo que mejor recuerdo es la sala de música. Era
una habitación ubicada en lo más alto del palacio; la parte superior del techo
era semicircular, y toda ella tenía una doble pared de cerámica marrón. Esta
cerámica estaba agujerada con formas de distintos instrumentos musicales, y
entre ella y la pared auténtica había una cámara de aire. Cuando se abrían las
ventanas y soplaba el viento, éste entraba en la cámara y salía por los
distintos agujeros, produciendo un sonido musical similar al instrumento por
cuyo espacio se deslizaba. Me quedé maravillada.
Hay que ser un gran arquitecto, y sobre
todo un gran matemático para lograr un efecto como aquél, tan preciso. Nuestro
guía nos recordó que estábamos en Ispahán, el lugar donde habían brillado las
grandes mentes de una época pasada y grandiosa.
La vista desde la terraza del palacio era
preciosa: justo enfrente estaba la mezquita que a mí tanto me había
maravillado, y delante un gran estanque con chorros de agua subiendo y saltando
sobre la superficie. La gente se sentaba en el césped, junto al agua, tomando
un helado o charlando. Los coches de caballos iban y venían. Aquella plaza
rebosaba de vida, pero sobre todo rebosaba de magia.
El siguiente lugar era el lado sur, ocupado
por la Mezquita del Imam. Es el monumento más importante de la plaza. Se trata
de una mezquita grandiosa, con un gran pórtico de entrada adornado con azulejos y con incrustaciones de
oro y plata. En su interior se encuentran patios porticados, y salas para los
distintos actos religiosos.
Lo más espectacular es la sala donde está
la cúpula principal, que destaca por su altura. Vista desde abajo parece no
tener fin. Al igual que en el palacio, está construida con tal precisión que si
alguien se coloca en un punto muy concreto, el sonido se expande con una
amplitud que ni el mejor equipo de sonido puede conseguir.
Encontramos a un niño que se prestó a
hacernos una demostración. Se colocó en el lugar preciso y comenzó a cantar con
su voz de niño. No gritaba, pero su voz resonaba ampliada de una forma
extraordinaria. Era una delicia escucharlo.
La tarde la dedicamos al lado norte de la plaza. En ese punto se
encuentra la entrada al bazar. El guía nos recomendó que al atardecer, cuando
ya estuviéramos cansados de patear el zoco, subiéramos a la tetería que hay
encima de la entrada al bazar, porque era un lugar muy especial.
El zoco de Ispahán es el mejor que he
visto nunca. Comienza en la plaza del Imam y a lo largo de tres kilómetros con
sus muchas ramificaciones, termina junto a la Mezquita del Viernes. Ya
suponíamos que nos perderíamos, estábamos avisados, pero la recomendación fue
que no nos preocupáramos por ese detalle.
_ Disfrutad de ese lugar sin preguntaros dónde
estáis y si sabréis volver. Id donde os apetezca, incluso sin rumbo. Cuando
decidáis volver, salid por alguna de sus muchas puertas, y si no la encontráis,
preguntad. Una vez fuera tomad un taxi y que os devuelva a la plaza. Si lo hacéis así
disfrutaréis de una tarde irrepetible - nos aconsejó el guía.
Entramos por la puerta de la plaza y
penetramos en un mundo alucinante. El bazar, como el de Shiraz, estaba cubierto
por una antigua bóveda de piedra: las columnas y las cúpulas de piedra se
sucedían a lo largo de tres kilómetros de largo y otros tantos en distintas
ramificaciones. Tuve la sensación de que aquello no podía ser muy distinto al
aspecto que presentaba en los siglos XI y XII, cuando aquella ciudad era un
punto importante en el mundo conocido.
Los productos que se ofrecían eran los
mismos que ya habíamos visto en otros bazares, pero en cantidades muy
superiores. Pero encontramos algo que hasta el momento no habíamos visto: las
miniaturas persas. Son pequeñas láminas de hueso de camello donde se dibujan
personajes muy exóticos, pintados con plumas tan finas que el trabajo es
delicadísimo. Estuvimos en bastantes tiendas, comparando las láminas, hasta que
decidimos quedarnos con algunas. Uno de los vendedores no conocía la timidez
que se apreciaba en muchos de los jóvenes; no tuvo ningún reparo en intentar
ligar con nosotras. Creo que nunca me han dicho tantos piropos y tantas
zalamerías como aquel hombre.
_ Vaya con los iraníes - le dijo Marta -
para que luego digan que sois tímidos.
_ No se ven mujeres tan guapas por aquí -
nos dijo.
_ Eso sí que no me lo creo - le dije -
nosotras no somos guapas. Muchas de las mujeres de tu país que pasan por ahí,
son mucho más guapas.
_ Pero no es lo mismo - contestó él.
_ Ya entiendo - le dijo Marta - lo que pasa
es que con ellas no se puede y entonces te viene bien cualquier cosa, como por
ejemplo dos extranjeras.
Se rió. No estábamos muy lejos de la
verdad.
_ Cuando cierre la tienda puedo llevaros a
enseñaros la ciudad.
_ ¡Anda ya! - le contestó Marta - para eso
no necesitamos un hombre, además tenemos unos maridos celosísimos que nos
estarán esperando.
_ ¿Y vuestros maridos os dejan ir por ahí
solas con lo guapas que sois?
_ Y dale con que somos guapas. Lo que pasa
es que nos hemos escapado y cuando nos encuentren se van a enfadar muchísimo
con el hombre que nos acompañe. Yo si estuviera en tu lugar no diría ni que nos
has visto; si pasan por aquí preguntando.
Le di un codazo. _ Pero mira que eres única
inventándote historias; al pobre hombre lo vas a acobardar, total sólo intenta
flirtear un poco.
Salimos de aquella tienda y seguimos
mirando miniaturas hasta que compramos unas cuantas. Era difícil elegir, todas
estaban pintadas con tal finura que nos
las hubiéramos llevado todas.
Otra cosa muy típica en el bazar de Isfahán
eran los jarrones y platos de latón pintados con el color azul tan
característico de este país. Los dibujos geométricos están sacados de las
paredes y cúpulas de las mezquitas, ¿o quizá es al revés? Encontramos calles
enteras abarrotadas de tiendas con este tipo de productos. Ya no sabíamos cuál
nos gustaba más. Al final le dije a Marta:
_ Veamos, no podemos cargar con mucho peso,
ni con nada voluminoso, si queremos
seguir recorriendo el bazar. Por lo tanto compremos algo pequeño, como
esos pequeños jarritos. Así lo hicimos y
seguimos adelante.
Lo siguiente fueron las alfombras, el
producto estrella en Irán. No pensábamos comprar ninguna, pero como en todos
los lugares estaban encantados de enseñárnoslas, nos acomodamos y dejamos que
nos mostraran su mercancía, mientras en todas las tiendas nos ofrecían un té o
un refresco.
Entrar en una tienda de alfombras persas es
una experiencia. Nos sentaron en el suelo, sobre una alfombra, lógicamente, y
comenzaron a desplegar ante nuestros ojos una alfombra tras otra: de distintos
tamaños, calidades, colores y dibujos. Entre tanto nos sirvieron un té. Nos
invitaron a descalzarnos y probar la suavidad de todo aquel género. No
compramos ninguna; en primer lugar porque a ninguna de las dos nos gustan las
alfombras, pero independientemente, su precio era elevado; probablemente lo
único caro que habíamos encontrado hasta entonces.
Continuamos perdiéndonos en las entrañas
del bazar, para entonces habíamos perdido totalmente la orientación.
Las joyas no tenían igual. Incluso para
quienes no somos amantes de las mismas, era inevitable pararse para ver su
finura y sus diseños tan delicados. La marroquinería con todo tipo de bolsos y
babuchas.
Encontramos muchos puestos de frutos secos,
y por supuesto nos dejamos llevar por la tentación de los pistachos.
Yo supuse que debíamos encontrarnos en el
centro del bazar. Allí las calles eran más intrincadas, unas desembocaban en
otras y no se sabía en qué dirección avanzábamos. Encontramos pequeñas tiendas
de libros que por su aspecto parecían antiguos. Les echamos un vistazo, y sus
páginas, en pergamino muy fino, daban esa sensación. Estaban escritos en árabe
y con ilustraciones en colores dorados.
El vendedor me mostró hojas que se podían comprar sueltas. Eran una
maravilla, y aunque no podía entender lo que decían, al menos quedarían
perfectas una vez enmarcadas. Compre algunas.
Y así seguimos contemplando sin parar todo
tipo de cosas. En algún momento llegamos a la zona de los artesanos. Al igual
que en Shiraz, aquí también existían las calles de los artesanos, pero en mucha
mayor cantidad.
Pasamos por la calle de los tejedores donde
se veían grandes telares manuales en los que algunas mujeres se encargaban de
fabricar alfombras; pudimos entrar y comprobar cómo trabajaban.
Los orfebres, realizando aquellas
maravillas con oro. Por supuesto aquí también vimos a los artesanos del cobre
dando golpes sin parar con sus martillos a aquellos recipientes dorados.
Pudimos ver cómo elaboraban los jarrones como los que habíamos comprado, y
después los pintaban a mano con unos pinceles finísimos.
Cuando nos dimos cuenta eran más de las
seis de la tarde; estábamos dando vueltas desde la una y no nos habíamos
enterado. Decidimos que ya era suficiente. Cada vez llevábamos más bolsas y
estábamos cansadas. No vendría mal sentarnos un rato y relajarnos. Había
llegado la hora de salir del bazar y regresar a la plaza para conocer la tetería
ubicada en el lado norte de la misma.
Salimos por la primera puerta que vimos, y
como efectivamente no sabíamos dónde estábamos, tomamos un taxi para llevarnos
a la plaza.
El sol empezaba a declinar y la plaza se
estaba llenando de personas que se acercaban a disfrutar del frescor de las
fuentes.
La entrada a la tetería se encontraba al
lado de la puerta por la que habíamos penetrado en el bazar. Teníamos que subir
unas escaleras, porque se encontraba en el segundo piso. Toda la plaza era un
edificio corrido de arcadas de dos pisos.
Se trataba de un lugar antiguo, con
diferentes salas en las que solamente había un diván corrido a lo largo del
perímetro de las paredes. Cuando el cliente pedía su té, acercaban unas
pequeñas mesitas plegadas que al desplegarse mostraban un bonito trabajo en
madera con incrustaciones de nácar.
El chico que nos recibió nos aconsejó que
saliéramos a la terraza y tomásemos allí nuestro té. Siempre se lo recomendaba
a los extranjeros porque era algo espectacular.
Salimos y nos sentamos en un diván frente a
la plaza. Aquella hora que pasamos allí, aquella vista, aquella tranquilidad,
en definitiva, aquellas sensaciones, no las he olvidado nunca. Incluso en
muchas ocasiones lo rememoro como una fórmula para relajarme cuando el estrés
me puede.
Toda la plaza se desplegaba ante mí en toda
su longitud. Los rayos del sol, que ya estaba declinando, iluminaban desde
detrás del palacio de AliQapu, la Mezquita de Lotfollah, arrancando a su cúpula
y a su fachada destellos dorados.
Todo el conjunto irradiaba tranquilidad. Se
escuchaban los cascabeles de los caballos arrastrando las calesas. Bandadas de
pájaros cruzaban la plaza, ahora que el calor bajaba, y se perdían más allá de
la Mezquita del Imam, frente a nosotras.
Sin darnos apenas cuenta, cayó la noche y
la plaza se iluminó. La luz reflejaba la silueta de la Mezquita de Lotfollah en
el estanque central. Se escuchaba reír y jugar a los niños que corrían de un
lado para otro.
Me di cuenta de que pocas veces antes de
aquel momento me había sentido tan a gusto en un lugar. Me hubiera quedado allí
disfrutando siempre de ese momento. Cerraba los ojos, y al volver a abrirlos,
allí seguía todo, no lo estaba soñando, era realidad y tenía la suerte de
vivirla. Le comenté a Marta:
_ Creo que cuando esté lejos de aquí y
necesite tranquilizarme, cerraré los ojos y volveré a recordar esta vista.
Y lo he hecho muchas veces. Y me ha
funcionado. Sólo que ahora cuando vuelvo a abrir los ojos, la plaza no está.
Pero siempre la recordaré.
Llegaron algunas personas de nuestro grupo
y decidimos ir a cenar todos a algún restaurante, y después acercarnos a la
tetería más antigua de todo Isfahán, debajo de otro de sus famosos puentes.
Vaya atracón de tés que llevábamos, pero aquí no se podía tomar mucho más. Los
refrescos eran demasiado dulzones.
La cena no estuvo mal, nos sirvieron unos
aperitivos a base de aceitunas con sabor fuerte, y maceradas con algún tipo de
especia. Después un surtido de carnes colocadas en un soporte metálico del que
salían unas varillas, cada una de ellas con un tipo distinto de carne ensartada.
Terminada la cena tomamos unos taxis para
llegar al puente, pero aquí surgió el problema. Los conductores no hablaban
inglés y nosotros no sabíamos el nombre del puente. Hicimos todos los esfuerzos
posibles por entendernos con gestos, pero aquello era más difícil que adivinar
el nombre de una película. La solución fue comenzar a circular por Isfahán
hasta que nosotros viéramos el lugar al que íbamos. Y lo encontramos, aunque
parezca mentira. El taxista no nos cobró ningún extra por las vueltas. Son un
encanto.
La tetería es un local bajo los pilares de
uno de los puentes. Tiene forma octogonal y sus paredes son de piedra muy
antigua. Las mesas, pequeñas y rodeadas por divanes alfombrados. Nos sentamos
en una mesa junto a una ventana cubierta por una celosía de madera, que dejaba entrar el aire y refrescarnos con
la brisa del río.
El
lugar es realmente antiguo. Quizá aquí tomó té alguno de aquellos viajeros del
siglo XII. Un grupo de niños se acercó a la ventana y estuvo hablando con nosotros. Les
interesaba todo, como al resto de la gente.
Había sido un día intenso, daba pena darlo
por terminado, pero estábamos agotados. Al día siguiente habría tiempo para más
emociones.
La mezquita más antigua de la ciudad es la
Mezquita del Viernes. Se encuentra en la entrada al bazar más alejada de la
plaza, a tres kilómetros de distancia. A simple vista no tiene la
espectacularidad de las vistas el día anterior. Aquí no hay azulejos, solamente
piedra y adobe, sin embargo su cúpula central es tan alta o más que la de la
Mezquita del Imam. El interior es enorme, múltiples salas con el suelo de
piedra y cúpulas de ladrillo.
Dentro del recinto se encuentra la madrasa
donde Avicena enseñaba medicina. ¿Cuántos alumnos venidos a pie de Europa y del
resto del mundo conocido, habrían pasado por allí? Desde luego era un lugar con
mucha historia. ¡Si las paredes hablaran!
Volvimos a pasear otra vez por el bazar, en
esta ocasión entrando por el otro extremo. Ahora intentamos no perdernos. Por
esta parte, próximas a la entrada, se encuentran tiendecitas con hierbas
medicinales. Las había de todo tipo y para todas las dolencias. Me enteré que
estaban allí desde tiempos que nadie podía recordar.
Era lógico, entonces lo vi claro, el
antiguo hospital se encontraba allí cerca, junto a la Mezquita. Ya no quedaba
nada de él, pero la tradición continuaba. Imaginé a Avicena recorriendo aquel
lugar en busca de las hierbas que necesitaba. Era fácil hacerlo. Lo comenté con
algunos vendedores.
_ Estás en lo cierto - me contestaron -
algunas de estas tiendas están aquí desde hace siglos.
_ ¿Y nada ha cambiado desde entonces?
_ Hemos cambiado las personas, y el
hospital por supuesto ha desaparecido. Ahora hay hospitales modernos en las
afueras de la ciudad.
Pero las tiendas en el bazar no han cambiado apenas.
_ ¿Cree que las hierbas, las tiendas y todo
en este lugar se mantiene igual que entonces?
_ No me cabe duda que así es. Dentro del
bazar han cambiado muy pocas cosas. Seguro que si Ibn Sina entrara por la
puerta, no encontraría muchas diferencias. La ciudad hacia fuera es otra cosa,
pero aquí dentro el tiempo está parado.
_ Eso ya lo
pude comprobar ayer, es una maravilla entrar en este mundo y poder vivir ese
viaje en el tiempo. En pocos lugares es posible hacerlo.
En dos horas salíamos para visitar un
palacio de ensueño: el Palacio de las Cuarenta Columnas. Algunos lo llaman la
Alhambra persa. Es un palacio pequeño que visto de frente parece una figura de
cristal frágil y delicada. La entrada está formada por veinte columnas que se
reflejan en el estanque que hay enfrente. Por este motivo se le conoce como el
Palacio de las Cuarenta Columnas.
El interior, formado por patios con fuentes
y árboles frutales, recuerda en parte a la Alhambra. Lo más
curioso es la cantidad de frescos pintados en sus paredes. No es habitual ver
en un Palacio musulmán representaciones humanas, y mucho menos escenas donde
algunas mujeres van cubiertas solamente con velos transparentes, dejando ver
sus cuerpos bajo ellos. Está claro que el mundo musulmán antiguo no tenía mucho
que ver con el fanatismo y la intolerancia a la que hemos llegado.
El resto de la ciudad sigue mostrando
lugares interesantes, aunque quizá no tan espectaculares. Los puentes, como ya
he comentado anteriormente, son únicos. La estructura es similar a la plaza Naqsh-é-Djahan,
en cuanto a tratarse de dos pisos, con los pórticos típicos de todo edificio
persa, y cubiertos.
El barrio armenio es otro punto de interés.
El punto central del mismo es la catedral, totalmente pintada en su interior
con frescos. Se trata de un barrio cristiano, pero esta ciudad es un centro de
tolerancia, siempre ha sido así. Aquí, desde siempre, han convivido muchas
personas venidas de culturas y creencias diversas, y se percibe en como aceptan
las diferencias que en otros lugares no son bienvenidas.
Cercana al barrio armenio se encuentra una
mezquita con un minarete alto y estilizado. Su principal característica es que
se puede observar como se cimbrea.
Teníamos que marchar. Isfahán me había
cautivado, pero el camino continuaba. Realmente es un lugar increíble, un lugar
para volver y para perderse sin prisa, para dejarse empapar por un ambiente y
un tiempo que aunque ya ha pasado, sigue presente, vivo, esperando que alguien
lo perciba y lo saboree. Un lugar donde siguen todos los que pasaron por allí y que hicieron
de esta ciudad, “la Perla de Persia”.
Volvimos a tomar un avión. Éste es un país
grande y las distancias pueden ser muy largas. Próximo destino: Mashad, la
ciudad santa de Irán, el lugar donde está enterrado el Octavo Imam Reza. Es el
lugar de peregrinación más importante del país, y un sitio donde los extranjeros
no musulmanes, en principio no tienen nada que hacer. Pues entonces, ¿para qué
íbamos? La solución nos la dio el guía en el autobús mientras llegábamos al
hotel.
_ Hemos venido a esta ciudad solamente para
una cosa, entrar en el recinto religioso más grande de Irán: la Mezquita del
Octavo Imam Reza. Se trata de una mezquita que ocupa todo el centro de la
ciudad. De hecho es una ciudad dentro de ésta.
_ ¿Y qué problema hay? - preguntó alguien -
puesto que por la forma como lo has dicho creo detectar algo que no alcanzo a
entender.
_ Este lugar, como otros en el mundo, es
exclusivo para los musulmanes. Nosotros no podemos entrar, tenemos prohibida la
entrada, a no ser que seamos musulmanes. ¿Hay aquí algún musulmán?
No lo
había.
_ Perfecto, entonces vamos por buen camino.
Entraremos en la mezquita.
_ Un momento - dijo alguien - ¿qué es lo
que no he entendido? Si tenemos prohibida la entrada, ¿por qué dices que hemos
venido para entrar y que entraremos?
_ Porque eso es lo que haremos mañana al
anochecer, aunque no se obliga a nadie.
A continuación pasó a explicarnos lo que
haríamos.
_ Que nadie se asuste. En primer lugar debe
quedaros claro que no va a ocurrirnos nada. Siempre que vengo a Irán, mis
grupos han entrado en la mezquita, al igual que los de otros compañeros. Iremos
acompañados por una persona de esta ciudad que nos guiará, pero no podremos
dirigirnos a ella. Debemos actuar como si no la conociéramos puesto que esta
persona sí puede tener serios problemas si la descubren guiando a extranjeros.
_ Las mujeres deberéis vestir el chador
negro. Por la tarde llevaré al hotel tantos chadors como mujeres sois, y
saldréis vestidas así desde el hotel. Los hombres no podéis llevar manga corta,
y por favor, id lo más discretos posible. La última vez uno se vistió de
Indiana Jones, ideal para pasar desapercibido.
_ Tomaremos unos taxis hasta una calle
próxima a la mezquita y llegaremos andando. Nuestro contacto nos estará
esperando. Fijaos bien en él para poder localizarlo dentro del recinto, porque
no hablará con vosotros una vez traspasada la puerta. A la entrada os
cachearán, pero esto lo hacen con todas las personas, no os van a descubrir por
eso.
_
Procurad no hablar con nadie. Si se dirigen a vosotros y os preguntan quién
sois, contestad solamente: “spanish muslim”. No sabéis hablar inglés ni ningún otro idioma.
_ Pasead despacio, observadlo todo y no
estéis nerviosos. Nadie se va a fijar en vosotros. Veréis que todos están muy
concentrados en lo que hacen. Si no sabéis cómo actuar, imitad lo que veáis.
Entraremos con zapatos, pero fijaros bien antes de cruzar una puerta, si fuera
están los zapatos, dejad los vuestros. Si entráis calzados os habréis delatado.
_ Estaremos dentro una hora y media
aproximadamente. Es muy grande. Si alguien se pierde es mejor que no intente
llegar al punto de reunión. Salid cuando queráis y tomad un taxi al hotel. A la
hora convenida os esperaré en el mismo lugar en el que hayamos dejado los
taxis. El que no llegue a tiempo que vuelva por su cuenta.
_ No es obligatorio entrar. Si alguien no
quiere hacerlo, que se quede en el hotel o salga a pasear, aunque esta ciudad
no tiene absolutamente nada, es solamente un centro de peregrinación. Ni
siquiera vais a encontrar la vida nocturna que teníais en todos los demás
sitios donde hemos estado.
Después de todas estas explicaciones, se
hizo la pregunta que más preocupaba a todos:
_ Lo hemos entendido perfectamente, pero si
a pesar de todas las precauciones detectan a alguien, ¿qué nos ocurrirá?
_ Nada importante - nos contestó -
simplemente os echarán fuera. Alguien os acompañara a una salida para
asegurarse que salís del recinto y os dirán que no volváis a entrar. La persona
que nos guiará sí tendría problemas serios si la pillan, por eso en el caso de
que os echen, no digáis bajo ningún concepto que un iraní os ha introducido.
_ ¿En alguno de tus viajes han detectado a
alguien? - le preguntamos.
_ Sí, en varias ocasiones, por eso os digo
que no pasa nada, solamente nos echan. En una ocasión me echaron a mí. Pero no
vayáis pensando en eso. De verdad que no suele ser normal.
_ ¿Y merece la pena entrar, es tan
interesante? - preguntó alguien.
_ Lo es. Aquí veréis lo que en ningún otro
lugar podréis ver, al menos en ningún lugar donde tengamos permitida la entrada. Pero cada
uno decide si le interesa o no entrar. Yo he informado de todo lo que debéis
saber, y cada uno decide. Pero tened clara una cosa: si fuera peligroso para
nosotros, aunque fuera solamente un poco, no entraríamos.
Marta me preguntó qué pensaba hacer. Yo lo
tenía claro, entraba. No tenía ni idea de todo esto, pero hacer algo así me
atraía mucho. ¿Por qué no saltarnos las normas de vez en cuando?, seguro que
sería interesantísimo y toda una experiencia para contar. Ella sin embargo
estaba bastante acobardada.
_ Parece mentira - le dije - tú que te
comes el mundo, que no tienes miedo a nada, y ahora te vas a echar atrás.
_ Me lo pensaré esta noche - contestó.
Dedicamos la mañana siguiente a recorrer
algunos lugares fuera de la ciudad: el mausoleo de algún poeta y otros
recintos. Durante la tarde nos fuimos de compras, ¡aunque vaya compras! Nos
dimos cuenta de que en aquella ciudad todo el mundo nos miraba como si fuésemos
escandalizando. Le preguntamos al guía y comenzó a reírse.
_ Bueno, en parte sí vais muy escandalosas.
Sólo hay que miraros.
_ Pero si no podemos ir mas tapadas, y con
esta ropa tan ancha, ¿qué escándalo ni qué escándalo?
_ Nadie va a deciros nada, pero si os vais
a sentir menos observadas y queréis pasar desapercibidas, podéis comprar una de esas gabardinas que se
ven en los escaparates. Son horribles, no os van a favorecer nada, pero os
harán invisibles.
Por la tarde, Marta prefirió comprar una.
_ Si esta noche me la pongo debajo del
chador, me atrevo a entrar en la mezquita. En caso contrario tendré la sensación
de que me descubrirán cuando me cacheen y vean la ropa que llevo debajo.
_ Si así te vas a sentir más segura, de
acuerdo, nos compramos una cada una.
Entramos en la primera tienda que vimos,
tampoco era cuestión de elegir, todas eran igual de horrorosas. Talla única,
una gabardina gris oscuro, totalmente recta de arriba hasta abajo. En mi vida
me he visto tan mal y tan horrible como llevando aquello encima, pero todo
fuera por la aventura y las experiencias nuevas.
Llegamos al hotel con nuestras gabardinas y
el primer paso fue acortarlas. A mí me estaba larga, pero María, que todavía es
más bajita que yo, se podía fabricar otra con lo que le sobraba. Fuimos a la habitación, y siempre la
recordaré subida encima de una mesa baja, con la gabardina puesta arrastrando
casi hasta el suelo.
_ Yo no sé coser - le advertí.
_ Pero qué más nos da. Tú corta todo lo que
sobra y después hacemos una especie de dobladillo mal cosido. Sólo se trata de
pasar la tarde y la noche, después esto se va a la basura. No me lo pienso
llevar ni como recuerdo.
Quedo bastante aparente. Al menos lo
suficiente para poder pasar aquellas horas. Ya vestidas más acorde con el
lugar, nos reunimos con el grupo porque el guía nos quería llevar a cenar a un
lugar distinto, en un pequeño pueblo cercano. Cenaríamos pronto y después de
regresar al hotel nos prepararíamos para nuestra aventura nocturna.
El lugar era un pueblo próximo a las
montañas. Estábamos en el noreste del país. Había un mercado en el centro y se
podían ver muchos productos procedentes de los corderos y las ovejas. No era lo
más interesante para comprar.
Cenamos en un restaurante al aire libre: un
asador que tenía grandes parrillas llenas de carne. Nos sentaron en el suelo.
Teníamos preparada una plataforma sobre la que se habían extendido alfombras.
No había mesa ni sillas. Nos sentamos directamente sobre las alfombras, colocaron
la comida encima y cada uno comió como pudo.
Yo estaba más preparada para comer así,
pero algunas personas nunca se habían visto en una situación parecida. Era como
hacer picnic. A mí me sirvió bastante la práctica que tuve durante mi niñez,
cuando iba con mi familia al campo y la comida tenía que hacerla igual, sentada
directamente en el suelo.
La forma de presentar la comida era muy
curiosa. Entre varias personas trajeron espadas donde estaban ensartadas todo
tipo de carnes de cordero, pollo, ternera y pescado. En otras, tomates asados y
cebollas. Todo presentado como si de grandes brochetas se tratara, pero en
largas espadas. La cena estuvo muy bien. Llegamos a comentar:
_ Parece que nos estén dando nuestra cena
especial antes de la ejecución.
No tuvimos tiempo para hacer sobremesa,
teníamos que volver para llegar a tiempo a nuestra cita con la persona que nos
estaba esperando.
En el hotel nos estaban aguardando un
montón de chadors. Cogimos uno para cada una de las mujeres que pensábamos ir.
No todo el mundo se decidió, algunos no querían arriesgarse. Nos los colocamos
con la ayuda de algunas personas del hotel. Nunca he pasado tanto calor como
todo aquel tiempo con un chador puesto, era asfixiante. Me lo sujeté con algún
alfiler para evitar que se me cayera. No quería estar todo el tiempo pendiente
de sujetarlo con fuerza. Si lo hacía así seguro que se notaría que no estaba
acostumbrada a llevarlo.
Ya vestidas, el guía nos dijo que las
mujeres seríamos las que lo tendríamos más fácil puesto que el chador nos
permitiría pasar desapercibidas. Esto era bueno ya que en algunos lugares
tendríamos que apañárnoslas nosotras solas. Nuestro acompañante, que era un
hombre, no podría pasar.
_ Hay salas donde los hombres y las mujeres
tienen que ir por separado - explicó.
Nos
repartimos entre varios taxis y llegamos al lugar donde un chico joven nos
estaba esperando. Se presentó, aunque no recuerdo su nombre. Todavía era pronto
y estuvimos hablando un rato. Le preguntamos por qué hacía esto si era
peligroso para él, y entonces fue cuando me enteré de lo que quiso decirme
aquella profesora en Persepolis, pero que no llegó a explicarme. Recordé que me
dijo: _ En este país puedes tenerlo todo si cumples las normas.
El chico nos dijo lo siguiente:
_ Aquí, como en muchos otros países en
algún momento de su historia, los contrarios al régimen no tienen ninguna
oportunidad de llevar una vida normal.
_ ¿Qué quieres decir exactamente, qué es lo
que no puedes hacer? - le contestamos.
_ He participado en algunas protestas
estudiantiles, no me gusta el régimen político de mi país y soy un firme
defensor de la libertad. Esto ha hecho que me convierta en un disidente, una
persona “non grata”. Mi nombre está en la lista de personas a las que no está
permitido acceder a la universidad, además de a otras cosas. Mi sueño, mi mayor
deseo, es convertirme en médico, pero aquí es imposible, no me permitirán nunca
ingresar en la universidad, al menos mientras no cambie todo esto, y el cambio
no creo que sea rápido.
_ ¿Pueden hacer eso, pueden prohibirte
estudiar?
_ En un régimen totalitario pueden hacer lo
que quieran, lo aceptas o te vas. Y por eso hago esto. Me permite conseguir un
dinero con el que espero ir a Europa, a una universidad donde pueda estudiar
medicina.
_ Ojala lo consigas - le respondimos.
A continuación nos explicó lo que ya
sabíamos. El actuaría como si no nos conociera. Llevaría a cabo un recorrido
lento y nos guiaría por todo el recinto, sólo teníamos que seguirlo. Cuando
llegáramos al mausoleo donde estaba enterrado el Imam, las mujeres tendríamos
que ir solas, la entrada para nosotras era diferente a la de los hombres. Nos
indicó que en el patio, frente al mausoleo, había una fuente. Nos reuniríamos
allí después de salir de ver la tumba.
_ Si en algún momento alguien se pierde, es
mejor que no intentéis encontrar a los demás. Seguid vosotros solos y cuando
salgáis a la calle tomad un taxi al hotel, no tendréis ningún problema.
_ ¿Y qué te ocurriría a ti si te descubren?
- le preguntamos.
_ Yo puedo tener un tiempo de cárcel y otro
borrón más en mi expediente, pero esto último no me importa tanto.
_ ¿Y a nosotros, qué nos ocurrirá si nos
descubren?
_ En vuestro caso no tenéis que temer nada,
os darán una pequeña reprimenda, pero haced como si no entendierais nada. Y os
expulsarán de la mezquita, pero nada más. Para vosotros no hay pena, en eso
podéis estar tranquilos.
Ya estábamos listos, para qué esperar más.
Comenzamos a caminar hacia la
mezquita. Es enorme, casi una ciudad dentro de la propia
ciudad. Se encuentra en su mismo centro, y por la noche estaba iluminada. Sus
múltiples cúpulas desprendían un color dorado, pero no era solamente por el
efecto de la luz, es que algunas de ellas estaban recubiertas de oro.
Llegamos a la entrada y tuvimos que
separarnos: los hombres por un lado y las mujeres por otro. Nos pusimos en la
cola, había bastante gente esperando. Pasamos a una sala donde varias mujeres
nos indicaron que nos abriéramos el chador. Una a una nos cachearon concienzudamente
sin mirarnos siquiera a la
cara. Cuando terminaban nos indicaban que volviéramos a
taparnos y nos permitían el acceso al recinto. Le dije a Marta que pasara
primero, no quería dejarla atrás porque la pobrecilla estaba temblando. Entramos
sin ningún problema, nosotras y todas las demás. Una vez dentro vimos que los
hombres también habían pasado. ¡Prueba superada!
El primer patio ya era espectacular: azulejos
y mármol por todas partes y hacia adelante se veían sobresalir las cúpulas doradas.
Había mucha gente, era viernes, el día festivo para los musulmanes, pero además
ese día, aunque no lo sabíamos, se celebraba alguna fiesta especial y la
afluencia de gente era masiva. Cuanto más penetrábamos en el recinto mayor era
la cantidad de gente que había.
Comenzamos a caminar despacio, mirándolo
todo e intentando no perder de vista a la persona que nos guiaba. Pasábamos de
un patio a otro, cada uno era mayor que el anterior, y más espectacular. Los
materiales como el oro y la plata, piedras preciosas, mármol, cristal y otros
muchos, relucían por todas partes. Las paredes, las columnas, las cúpulas, todo
estaba recubierto por ellos.
Intentando no perder nada de vista llegamos
a un patio inmenso. A pesar de la cantidad de gente que había, se escuchaban
unos gritos diferentes. El chico se dirigió hacia allí y todos le seguimos. Cuando
llegué me quedé paralizada. Antes mis ojos se desarrollaba una escena que
muchas veces he visto en la televisión, pero verlo allí de golpe y sin previo
aviso, me dejó parada.
Unos veinte o treinta hombres formaban un
círculo: estaban desnudos de cintura hacia arriba, y sus espaldas eran un
charco de sangre. Tenían en la mano unos látigos con varias ramificaciones, y
con ellos se golpeaban con fuerza la espalda al mismo tiempo que lanzaban
fuertes gritos. Todos estábamos paralizados mirándolos. Éramos conscientes de
que estábamos en un lugar prohibido, observando algo que no nos estaba
permitido ver. Miré a Marta y vi terror en sus ojos. me acerqué todo lo posible
a ella y le cogí la mano para tranquilizarla; estaba temblando.
Quería marcharse de allí y en cuanto pudimos
nos alejamos. Continuamos caminando y acercándonos hacia el patio central.
Cuando llegamos nos asustó la cantidad de gente que allí había. Todos se
dirigían hacia la gran cúpula dorada, la más grande de la mezquita. Aquél debía
ser el mausoleo. Todavía estábamos todos juntos.
A partir de un punto nos dimos cuenta de
que los hombres y las mujeres se separaban. Hicimos lo mismo y perdimos de
vista a los hombres del grupo y a nuestro guía. Marta y yo nos cogimos de la
mano.
_ No
me sueltes, por favor - me pidió.
Una marea de mujeres nos arrastró y nos
metió dentro. No podíamos más que seguir hacia adelante. A nuestra derecha
apareció un enrejado, dentro se veía un túmulo ricamente adornado. Todas las
mujeres se lanzaban hacia la reja para tocar la tumba. Gritaban,
lloraban, incluso algunas se rasgaban el chador. Aquello era increíble, y
nosotras en mitad de todo sin poder volver atrás.
Seguían empujando y la fuerza hizo que nos
soltáramos las manos. En ese momento el impulso de la gente me lanzó hacia
adelante y perdí a Marta. Intentaba mirar hacia atrás pero no la veía, todas
eran iguales, sólo distinguía chadors negros. ¿Dónde se había quedado?
Me dejé llevar hasta que el río de mujeres
me sacó al exterior y esperé hasta que la vi salir, también arrastrada por la riada. Fui hacia ella,
estaba tan asustada que seguro no me vería. Cuando lo hizo me abrazó y casi
lloraba. Nos fuimos hacia un rincón, nos sentamos en el suelo y procuré
tranquilizarla.
_ No seas tonta - le dije - no ha pasado
nada, sólo era mucha gente que nos arrastraba, pero nadie se ha fijado en
nosotras. Éramos dos manchas negras más entre cientos y cientos.
_ Cuando me quedé sola pensé que vendrían a
por mí y me asusté - me dijo.
_ Ya lo supuse, me preocupaba más que te
entrara el pánico que cualquier otra cosa. Parece mentira con lo que tú eres.
_ No tengo problema cuando estoy en un
terreno en el que sé defenderme, pero aquí me siento indefensa y vulnerable.
_ Lo sé, pero ya ha pasado. Vamos hacia la
fuente para ver si encontramos al resto, porque nos hemos quedado solas.
Encontramos la fuente, pero no había nadie.
Esperamos un rato, pero no apareció nadie. Estaba claro que ya se habían
marchado. Ya dijeron que no esperarían; si alguien se perdía debía seguir solo,
y nosotras nos habíamos perdido. Tomé las riendas porque Marta no estaba para
hacerlo:
_ Bueno, no ponerse nerviosa. Vamos a
buscar una salida, pero sin preguntar. Estamos en el corazón de la mezquita,
luego por lógica, si seguimos recto en cualquier dirección deberemos llegar a
una salida. El guía dijo que las hay en todos los lados.
_ ¿Y
cómo la encontramos? - me respondió.
_ ¡Ves como no eres capaz de pensar, estás
bloqueada! Iremos rectas en una dirección, pasando de un patio a otro, y cuando
lleguemos a un punto en el que no se pueda avanzar más, seguiremos la pared
hasta llegar a una puerta; no puede fallar.
_ ¿No me perderás, verdad?
_ No te perderé.
Nos encaminamos hacia un punto, no sé si
norte, sur, este u oeste. Fuimos pasando de un patio a otro, de la misma forma
que cuando entramos, y logramos
encontrar una puerta de salida. Llegamos
a la calle y nos pusimos a reír.
_ ¡Lo hemos conseguido!
_ Y lo mejor - le dije - no nos han
pillado. Tienes que reconocer que aunque lo has pasado mal ha sido una
aventura. A mí me ha encantado, aunque en algún momento ha sido agobiante y
asustaba un poco.
_ Bueno, no ha estado mal, pero ni loca
vuelvo a entrar - me contestó.
Buscamos un taxi y regresamos al hotel. Ya
habían llegado todos. Resulta que las únicas que se habían perdido éramos
nosotras. El guía estaba esperando para asegurarse de que nadie había tenido
problemas. El guía iraní también estaba allí.
_ Otra incursión realizada con éxito -
comentó - espero que os haya gustado la experiencia. De
verdad merece la pena. Esto
no puede hacerse en muchos sitios. Aquí no estamos penalizados si nos cogen; en
otros lugares ni se nos ocurriría intentarlo.
Nos despedimos del chico que nos había
guiado. Le dimos una buena propina y le deseamos mucha suerte para el futuro.
Qué pronto pudiera hacer realidad su deseo de estudiar medicina, aunque fuera
lejos de su país.
Devolvimos los chadors. Por un tiempo hasta
se nos había olvidado que lo llevábamos puesto y que daba mucho calor, pero
ahora volvíamos a sentirlo. Subimos a la habitación y tiramos las gabardinas a la basura. La noche había
sido intensa, adrenalina pura corriendo por las venas. Miré a Marta y le dije:
_ ¡Uauuuuuuuuuu!
Al día siguiente de nuevo un avión para
regresar a Teherán. Habíamos dado una vuelta completa al país, pero todavía no
había terminado nuestra estancia. Llegamos a Teherán para buscar un coche y
encaminarnos al norte, hacia el mar Caspio.
Pero para llegar hasta allí teníamos que
pasar los Montes Elburz. Los pasos para cruzar son estrechos y con acantilados
profundos y altísimos. El paisaje es espectacular, para nada parecido al
desierto que durante quince días habíamos recorrido. No son las montañas más
altas del mundo, pero son tan abruptas e inexpugnables que no es de extrañar
que nunca nadie pudiera encontrar al Viejo de la Montaña. En algún
punto dentro de estas montañas se encontraba la fortaleza de “El Alamut”, donde
residía el “Viejo de la Montaña”, el jefe de la secta de los “Asesinos”.
La zona del Mar Caspio es básicamente una
zona de playa, pero en Irán esto no tiene nada que ver con cualquier otra playa
del mundo. Los hombres se bañan sin problema en la playa abierta, pero para las
mujeres tiene su aquél. ¡Qué difícil lo ponen!, y todo para que no nos vean.
¡Pero qué problema hay! Marta y yo no podíamos entender que tuviéramos que
bañarnos fuera de la vista de los hombres.
_ Hay que joderse - exclamaba Marta - que
después de hacer top-less sin problema cuando me apetece, aquí me tenga que
bañar a escondidas.
Primero inspeccionamos el terreno, aunque
ya sabíamos lo que íbamos a encontrar. En un punto de la playa junto a la
orilla, había instalada una carpa sin techo, dentro de la cual se bañaban las
mujeres fuera de la vista masculina. Solamente tenían aquel pequeño espacio.
Pero esto no era todo. Fuera de esta carpa
había una mujer-armario, con un silbato en la boca como los árbitros de fútbol.
¿Y para qué? Pues muy sencillo. Ella vigilaba que a una determinada distancia
no se acercara ningún hombre. ¿Pero qué más daba, si aunque se acercara no
podía ver nada del interior?
Nosotras, que ya lo sabíamos pero queríamos
ponerla a prueba, dimos un paseo por la playa junto a Kike. Cuando cruzamos una
línea imaginaria, aquella mujer empezó a hacer sonar el silbato. Nos hicimos
los tontos, total éramos extranjeros y no sabíamos qué significaba aquello, o
al menos ella no debía saber que lo sabíamos.
Como seguíamos adelante, la mujer comenzó a
agitar los brazos dirigiéndose a nosotros y sin parar de pitar, tanto que se
estaba poniendo roja. Nosotros estábamos rojos, pero de contener la risa.
Cuando nos alcanzó se plantó delante de
Kike y sin dejar de pitar le señaló con el brazo que debía irse. Fue imposible
convencerla, o le revientan los pulmones o nos revienta los tímpanos de tanto
pitar, pero el hombre no pasaba.
Nos alejamos, no teníamos otra opción. Pero
Marta quería vengarse.
_ A esta tía la tengo que joder - me decía.
_ Me alegro que haya vuelto la Marta que
conozco - le respondí - ayer no estabas tan valiente ni tan lanzada. ¿Qué estás
tramando?, porque me das miedo.
_ Mañana vamos a venir las dos con nuestros
biquinis a la zona de mujeres para ver si nos dejan entrar.
_ ¿Y por qué no van a dejarnos entrar,
somos mujeres, no?
_ ¿Tú crees que esa sargento nos va a
permitir ponernos unos biquinis, y enseñarles nuestros cuerpos tan estupendos?
_ Pues no lo sé, pero me parece que va a
ser divertido. Pero será mejor que vayamos con ellos puestos debajo de la ropa.
Si cruzamos la playa con biquini nos expulsan directamente del país.
Al día
siguiente nos fuimos hacia la carpa. Como éramos mujeres no tuvimos ningún
problema. En la entrada nos dieron unas toallas. La mayor parte de las mujeres
se bañaban vestidas, y sólo algunas llevaban un bañador, pero estilo siglo XIX,
aunque sin volantes. Marta y yo nos miramos.
_ ¿Tú qué crees que pasará? - le dije.
_ Probemos, pero con naturalidad, como si
no pasara nada.
Colocamos las toallas sobre la arena y nos
quitamos la ropa. No sé cuál fue la primera en quedarse desnuda, según ellas,
porque en realidad llevábamos un biquini, pero de pronto un silbato comenzó a
sonar como loco. ¡Ya la habíamos liado!
Resulta que dentro también había otra
sargento para velar por la moral, porque éste era el nombre que recibían:
¡vigilantes de la moral!
Se vino hacia nosotras sin dejar de pitar,
cogió las toallas y nos las puso por encima. Marta se hizo la tonta y le
hablaba en español.
_ Que todavía no me he metido en el agua,
no necesito la toalla para secarme - y se la quitaba.
La mujer pita que pita y se la volvía a
poner.
_ Pero qué pasa, qué tiene de malo un
biquini. Que no les voy a enseñar nada que ellas no tengan. Si tú te pusieras
uno seguro que se te cambiaba esa cara de vinagre que tienes.
Yo me estaba partiendo de risa. Me quité la
toalla, y la mujer no podía pitar y taparnos a las dos al mismo tiempo.
Nos decía que íbamos a pervertir la moral
de aquellas muchachas tan inocentes. Si queríamos bañarnos teníamos que
ponernos la ropa y bañarnos con ella.
_ Eso sí que no - le respondió Marta -
¡Bañarme vestida, lo que me faltaba, después de lo que llevo vivido!
Algunas jóvenes nos miraban y sonreían a
escondidas. Menuda diversión les estábamos dando. Pero fue imposible convencerla.
Como el día anterior tuvimos que replegar velas, vestirnos y marcharnos. ¡Pero
qué bien nos lo habíamos pasado!
Como se fastidió el baño, decidimos subir a
los bosques cercanos, en lo alto de una montaña. Para ello teníamos que coger
un funicular y atravesar una distancia de quinientos metros de altura. Aquí Marta
se volvió a acobardar. Tiene vértigo y estar colgada en el vacío a una
distancia cada vez mayor del suelo, la ponía atacada.
_ Hay que ver con qué facilidad pasar de
ser lanzada y valiente a ser la más cobarde - le dije.
_ Sí, pero no me hables. Yo cierro los
ojos y cuando lleguemos me avisas.
En lo alto de la montaña se encontraba un
bosque más propio del norte de Europa que de aquella zona. Se hallaba
totalmente cubierto de niebla, y andar por él daba la sensación de estar en un
lugar tenebroso. Muchas familias, de vacaciones en la playa, estaban pasando el
día sentadas sobre las hojas caídas, haciendo el típico picnic tan propio del
país. No parecía ser lo más apropiado con aquella niebla, pero supongo que para
aquellas personas debía ser un paraíso, tan diferente a la aridez del desierto.
No estuvimos demasiado tiempo. Volvimos a
bajar. De nuevo el funicular y Marta agarrada a todas partes, con los ojos
cerrados y diciendo:
_
Cuando lleguemos avísame.
_ Ya te darás cuenta cuando esto se pare.
_ No, porque si esto se para a mitad de
camino y abro los ojos, me muero del susto.
_ De acuerdo, te aviso cuando toquemos
tierra, pero no sabes lo que te pierdes por ir con los ojos cerrados.
_ Tú haz fotos y ya las veré después.
Había poco más que hacer en el Caspio. Bueno,
nos quedaba una cosa. En este lugar se producía el mejor caviar del mundo.
Tendríamos que probarlo, ¿no?
Llegamos hasta un pequeño pueblo de
pescadores. Como en todos los pueblos de pescadores del mundo, encontramos un
mercado de pescado. Lo recorrimos preguntando si alguno de aquellos peces eran
esturiones o belugas. Nos miraban con cara rara.
_ ¿Queréis comer pescado o probar el
caviar?
_ Pues las dos cosas. ¿Hay algún lugar
donde nos den una degustación de caviar?
Nos hablaron de algunos restaurantes. Ya
teníamos ganas de comer pescado hasta hartarnos. Llevábamos quince días comiendo
solamente carne. En el resto del país encontrar pescado no es fácil, y si se
encuentra, el calor desaconseja tomarlo. Entramos en uno de ellos y preguntamos
si podíamos probar el caviar. Pero solamente un poquito, no éramos millonarias.
Nos conformábamos con una pequeña muestra.
_ Si comen en nuestro restaurante les
ofreceremos un pequeño aperitivo a base de caviar, un detalle de la casa para
unas extranjeras tan guapas.
_ ¡Ya estamos! - exclamó Marta - me voy a
marchar creyéndome que soy la bomba. Estos iraníes son unos zalameros.
Nos quedamos y probamos el caviar. Estaba
delicioso, aunque como novatas en el tema, tampoco supimos si realmente era
bueno o nos dieron los restos. El pescado se podía comer, lo cocinaron a la parrilla
y no estuvo mal.
Al día siguiente regresamos a Teherán.
Ahora sí se había terminado, llegaba la hora de volver a España. Después de
diecisiete días con el pañuelo puesto nos habíamos acostumbrado y cuando nos lo
quitamos, una vez dentro del avión, nos sentíamos como si nos faltase algo. Las
mujeres nos miramos unas a otras y empezamos a reírnos de nosotras. Después de
tantos días juntas, ahora no nos reconocíamos.
_ ¿Pero tú eras rubia? - nos decíamos.
_ Y tú, no me había dado cuenta que tenías
el pelo rizado.
_ Yo no te había imaginado con el pelo tan
corto.
Estuvimos un rato haciendo este tipo de
comentarios.
Atrás quedó Irán. Un lugar sorprendente.
Llegué sin saber exactamente lo que encontraría. Me marchaba sorprendida por
todo lo que había visto, sentido y vivido. La gente, sobre todo la gente, me
calaron muy hondo.
Me fui convencida de lo bien que consiguen
engañarnos o manipularnos en este mundo nuestro, donde nos creemos tan libres.
Hay que salir, conocer esos lugares tan desaconsejables, para darse cuenta de
que nuestras ideas, nuestros juicios y nuestros prejuicios, no son tan nuestros
como creemos. Estamos más dirigidos de lo que nos podemos imaginar. Y sólo hay
una forma de evitarlo. No dar nada por cierto de antemano sin haberlo
comprobado personalmente. Sólo la experiencia personal nos enriquecerá y nos
enseñará la verdad. Sólo la experiencia
personal nos permitirá opinar, siendo totalmente libres en nuestras opiniones.
Llegamos a París, en el aeropuerto Charles
de Gaulle me separé de Marta. Ella regresaba vía Madrid y yo vía Barcelona.
_ ¿Quedamos dentro de quince días para ver
las fotos y organizarlas? - me dijo.
_ De acuerdo, te llamo antes.
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