LA NIÑA DE SERJELLEH
SIRIA
Recibí una llamada. El viaje a Siria que
tenía previsto se había suspendido. Problemas de ocupación, no hay suficiente
quórum para garantizar la salida.
_ ¡Pero si la semana pasada estaba lleno el
avión!- protesté- ¿cómo es posible?
_ En unos días se han producido muchas
cancelaciones, y ahora no es rentable seguir adelante, lo sentimos, en otra
ocasión será, ya le avisaremos.
_ No gracias, no me avisen, no volveré a
buscar un vuelo charter. Viajaré en vuelo regular, al menos no lo suspenden por
cancelaciones de billetes.
Me temía que algo así pudiera ocurrir.
Llevaba dos días escuchando las noticias. Parecía que se hubieran puesto de
acuerdo para fastidiarme las vacaciones. EEUU acusa a Siria de acoger
terroristas en su territorio. EEUU da un ultimátum para que Siria deje de
colaborar con redes terroristas. EEUU asegura que Siria se encuentra en el eje
del mal, y así un día y otro sin parar. La consecuencia fue inmediata, la mayor
parte de los viajes a Siria quedan suspendidos porque la gente se asusta y
cancelan sus reservas. Mi gozo en un pozo, ya no tengo tiempo para preparar
otra cosa, y me tengo que quedar en casa.
Tuve que esperar hasta las próximas
vacaciones, pero ahora buscaría algo que no se cancelara, si no era por un
motivo de fuerza mayor. De entrada un vuelo regular, es más caro, pero no se
suspende, y que el resto del mundo haga lo que quiera. A pesar de todo, otra
vez las noticias se ponían en mi contra. Desde un mes antes de mi partida, otra
vez Siria todos los días en los telediarios.
_ Han asesinado a un ministro libanés y EEUU
acusa al gobierno de Siria de estar detrás de todo.
Mi padre me preguntó:
_ ¿Adónde te vas estas vacaciones?
_ Me voy a Siria.
_ Pero hija mía, ¿qué se te ha perdido a ti
en Siria, no hay otro lugar mejor al que ir?
_ Mira, sé que te preocupa, pero no seas
como el resto del mundo. He visto lo suficiente para saber que la mayor parte
de las veces las cosas no son tan trágicas como las cuentan en la televisión. Seguro
que es un lugar tranquilo donde no te enteras de nada. Confía en mí.
Me marché, y efectivamente disfruté de un
país auténtico y tranquilo. No tuve ningún problema, me encontré muy a gusto, y
como siempre la gente fue fantástica. Además no estuve sola, se formó un grupo
bastante grande, mucho más de lo que pensé encontrar al principio. Todos
pensaban lo mismo, si te dejas llevar por lo que escuchas no saldríamos de casa
ni para comprar el pan. La vida hay que vivirla, y vivir supone un riesgo.
Algunos me dicen que estoy un poco loca, pero yo tengo clara una cosa:
“prefiero morir viviendo, que vivir sin haber vivido”.
De nuevo no estaba allí por casualidad. Seguía
en busca de la historia, dejándome arrastrar por la atracción que sobre mí
tienen las ciudades antiguas, las ciudades con mucha historia detrás. Y una de
esas ciudades es Damasco. Es una ciudad mítica, con mucha historia y un pasado
apasionante. Es un viaje al pasado, un mundo fantástico.
No había tenido mucho tiempo para preparar
mi viaje, y me despreocupé por los hoteles. La consecuencia fue que me dejaron
en un hotel cercano al aeropuerto, a diez kilómetros de la ciudad de Damasco.
Era media tarde cuando llegué, y por nada del mundo pensaba quedarme encerrada
allí. Al menos había otras personas que se encontraban como yo, de forma que
nos juntamos y buscamos la manera de llegar a la ciudad.
_ Un coche del hotel les puede acercar -
nos dijeron en la recepción - pero la vuelta tendrán que hacerla en un taxi.
Lleven una tarjeta del hotel para que no tengan problema, y busquen un taxista
que hable inglés, aunque no será fácil.
En total fuimos unas ocho personas.
_ ¿Dónde les dejo? - nos preguntó el
conductor.
_ Pues no lo sabemos, no conocemos Damasco.
Supongo que en el centro, y ya veremos qué hacemos.
_ ¿Les parece bien en las murallas, junto a
la puerta de Saladino?
_ Sí, está bien. Ese lugar nos dice lo
mismo que cualquier otro.
Dejamos atrás las avenidas anchas y
modernas y nos adentramos en calles más estrechas, los edificios eran antiguos.
Llegamos a una plaza frente a la cual se levantaban unas murallas altas y en
perfecto estado de conservación, aunque restauradas.
_ Aquí
comienza la ciudad vieja - nos dijo el conductor - si continúan caminando junto
a las murallas llegarán a una gran puerta que da acceso al bazar, y a través de
él llegarán a la Gran
Mezquita de los Omeyas. Para volver, les recomiendo que
regresen a este lugar y tomen un taxi, en la ciudad vieja no circulan los
coches y lo tendrán más difícil.
Las murallas eran imponentes, corrían a lo
largo de la acera por la que comenzamos a caminar. Un poco más adelante, una
estatua a caballo se encontraba en mitad del paseo. Sobre él un sarraceno con
una espada en la mano, atacando a los posibles enemigos. Era la estatua de
Saladino. A unos pasos de ella se abría en la muralla una puerta enorme de la
que partía una calle ancha y abovedada. La calle se perdía hacia adelante y su
bóveda de cristal tenía una altura considerable, era el zoco de Damasco.
Entramos en él, había mucho bullicio. Era
un zoco muy iluminado. Muchas familias paseaban haciendo sus compras. No era un
zoco para turistas, aunque inevitablemente habían sucumbido a ellos, y algunas
de sus tiendas ofrecían souvenirs. Una familia pasó a mi lado llevando en las
manos unos helados en cucuruchos de barquillo y con diferentes colores,
localicé la tienda un poco más adelante y no pude resistir la tentación. Los
vendedores de telas adamascadas nos llamaban para ofrecernos sus mercancías.
El zoco es una gran avenida recta que
desemboca en una plaza. Antes de llegar al final, divisé un arco y columnas que
enmarcaban la entrada al bazar por aquel lado. Salí a la plaza y volví la vista
atrás, hacia la entrada del bazar. Un gran arco con columnas a ambos lados
marcaban la entrada, pero no era algo que imitara las construcciones romanas,
era una construcción romana, las ruinas del templo romano que allí se
encontraba desde hacía dos mil años. La mitad de la pequeña plaza estaba llena
de ruinas romanas, y frente a ellas, los muros de la Gran Mezquita de los
Omeyas, una mezquita antigua, que ya existía cuando la dinastía de los Omeyas
se trasladó al sur de Europa, y sobrevivió en el reino de Al Andalus.
Seguí el muro de la mezquita hacia la
derecha, en la dirección de su minarete, y entré en una calle estrecha que
recorrí despacio. Por su lado izquierdo estaba ocupada totalmente por los muros
de la mezquita, y el lado derecho tenía un aspecto muy antiguo, con casitas
pequeñas y callejuelas más estrechas todavía, a las que se accedía a través de
arcos bajos. Al día siguiente, con la luz del sol, me adentraría en aquel
lugar, ahora seguí caminando siguiendo el muro de la mezquita, hasta llegar a
la parte trasera. Allí se encontraba otra pequeña plaza de la que partían unos
escalones que bajaban hasta otra calle que se perdía en la distancia. La parte
más cercana al lugar donde yo me encontraba estaba ocupada por talleres de
orfebrería, donde se trabajaba el oro y la plata, y por varias terrazas
cubiertas por toldos donde se podía tomar un té y fumar una shisa.
_ ¿Nos sentamos aquí y disfrutamos un rato?
- propuse a la gente que me acompañaba.
Nos sentamos, pero para algunos era la
primera vez que estaban en un lugar así, y no sabían qué tomar ni cómo fumar.
_ ¿Pero fumar esto no será peligroso? -
preguntó alguien.
_ Pues no fumes.
Cayó la noche y el ambiente se hizo muy
interesante. Comenzaron a llegar algunos extranjeros que llenaron todas las
mesas. Algunas personas con las que había viajado también aparecieron y me
senté con ellos porque querían fumar de la shisa, y para mi sola era demasiado.
No hay nada mejor que compartir una shisa en un lugar como éste y hablar con
otras personas, compartiendo experiencias, ideas y sensaciones. Es un lujo. La
Mezquita de los Omeyas se encontraba justo delante, y las palomas volaban en
dirección a sus muros.
Un padre con su hija comenzaron a hablar
conmigo. Los había visto durante el viaje en avión, pero no habíamos hablado
antes. No sabíamos si a partir de Damasco estaríamos juntos, pero estuvimos
hablando y me llevé una gran sorpresa. Luego resultó que sí compartimos el
resto del viaje. Su hija era una gran admiradora del mundo musulmán, y él un
gran viajero. Mientras fumábamos y bebíamos un té, hablamos de los lugares que
conocíamos.
_ ¿Conoces Irán? - me preguntó
_ Sí, lo conozco. Fue una de las mayores
sorpresas con las que me he encontrado.
_ A mí también me ocurrió, y todas las
personas con las que hablo y que han estado allí, dicen lo mismo. No sé de
nadie que conozca ese país y hable mal de él.
_ Seguro que tú conoces medio mundo - le
dije -. Yo me he movido mucho por Oriente, sin embargo nunca he estado en
América, supongo que tendré que ir hacia allí algún día.
_ Pues te lo recomiendo, cuando lo conozcas
no dejarás de ir. Es diferente a Oriente, pero también te engancha. Si me
permites una recomendación, empieza por Guatemala.
_ Puede que me decida y mi próximo viaje
sea ése. ¿Y tú conoces Oriente?
_ Unos cuantos lugares. Estoy preparando un
viaje a Camboya.
_ Ese lugar te lo recomiendo yo. A mí me
conmovió.
Seguimos hablando y en algún momento me
habló de Sri Lanka.
_ Es un lugar muy paradisíaco - me dijo - y
también es muy recomendable. Allí hice buenos amigos, y todavía mantengo
relación con una persona que me hizo de guía, le envío libros, era una chica
muy agradable, de las pocas que hablan español en el país.
Me quedé callada durante unos minutos. Sus
palabras me acababan de sorprender. ¡Qué casualidad!, nunca antes me había
ocurrido.
Hago una pausa para contar algo. Hacía unos
años estuve en Sri Lanka. Mi guía Lali era una chica encantadora con la que
pasé quince días. Era la única de dos o tres guías que hablaban español en el
país. Me contó muchas cosas, entre ellas que seguía en contacto con algunos de
sus anteriores visitantes. Y me habló de un hombre que le enviaba libros en
español para que pudiera seguir estudiando y practicando, porque para ella era
muy difícil comprar libros escritos en español.
_ Espera un momento - le respondí -. Creo
que tengo una visión. Estoy viendo a una chica morena, con la cara muy redonda
y vestida con un sari precioso, está cenando conmigo y cada noche se viste con
un sari diferente. Habla español, es guía. Me dice que tiene amigos en España,
antiguos clientes. Uno de ellos le envía libros varias veces al año, para que
pueda seguir aprendiendo y mejorando su español. Es una chica muy atenta. Se
llama Lali.
Se quedó con la boca abierta.
_ ¿Conoces a Lali? - me preguntó.
_ Sí, fue mi guía en Sri Lanka. Y lo mejor
de todo, me habló de ti. ¡Qué pequeño es el mundo y qué caprichos tiene el
destino! ¿Todavía sigues teniendo contacto con ella?, si es así dale recuerdos
míos. Para que sepa quién soy, recuérdale que se fue una noche de Kandy para
despedir a su hermano que se marchaba a Londres; y si no es suficiente, dile
que fuimos las únicas que conseguimos ver a aquel elefante en un safari ya
noche cerrada, cuando todo el mundo volvió sin ver ninguno.
_ Se lo diré, me aseguró, seguro que le
hará mucha ilusión saber que la recuerdan.
Volvimos caminando despacio a través del
zoco, hasta la estatua de Saladino. Ellos se quedaban en la ciudad, pero yo
tenía que encontrar un taxi.
_ No sé si seguiremos el mismo viaje, si no
es así me alegro de haber charlado contigo. Encantada de haberte conocido, soy
Lourdes.
_ Lo mismo digo, Carlos.
Algunas de las personas con las que había
llegado hasta allí vinieron detrás y entonces me junté con ellas para encontrar
entre todos un taxi. No era fácil y tuvimos que recurrir a unos policías para
que nos ayudaran. Nos metimos en uno y le dijimos a dónde nos dirigíamos, pero
no hablaba inglés.
_ Perfecto, bien empezamos - les dije. Le
dimos la tarjeta del hotel, pero no sirvió de nada; o no sabía leer o no tenía
ni idea de qué hotel era.
_ ¿Y ahora qué hacemos? - decía un chico de
Murcia.
_ Tranquilo - le dije - ya me he visto en
situaciones parecidas, pasamos al plan B -. Y comencé a hacerme entender por
gestos, es decir, a extender los brazos y hacer el avión como una pava. El
conductor se echó a reír, pero entendió, porque comenzó a circular, y al cabo
de un rato estábamos saliendo de la ciudad.
Pasamos frente a una estatua que alguien
vio cuando veníamos. Estábamos en el buen camino. Cuando llegamos a la zona de
los hoteles nos dio un paseo hasta que encontramos el nuestro. Así de fácil.
_ Ha sido sencillo, no pensaba que sabría a
dónde llevarnos. ¿Cómo lo has conseguido? - me preguntó el chico.
_ La vida, y las experiencias que ya llevo
vividas - le contesté -. El plan B nunca falla.
El
día comenzó con un autobús recogiendo a las personas que nos encontrábamos en
aquel hotel retirado, después recogimos a otras y pude comprobar que Carlos y
su hija también estaban.
_ Creo que finalmente estaremos juntos todo
el viaje - les dije -. Me alegro porque me caísteis muy bien. Pero no pensé que
seríamos tantos, un autobús entero es demasiado. Yo me perderé como hago
siempre, así es más divertido.
El día anterior habíamos estado en el
corazón de Damasco, y hacia allí nos dirigimos de nuevo. Pasamos junto a
Saladino, ya viejo conocido, y entramos en el bazar. Era el mejor camino para
llegar a la Mezquita.
Por la mañana temprano estaba casi vacío, los vendedores
abrían sus negocios y se preparaban para la avalancha de gente que se producía
a partir de la tarde. Varias personas lavaban la calle con unos grandes
cepillos jabonosos. Caminamos deprisa y llegamos a la plazoleta donde se
levantaba la Mezquita de los Omeyas. Los fieles entraban y salían, aunque la
plaza estaba casi desierta. Era pronto y el calor todavía no era intenso.
Bandadas de pájaros volaban sobre ella, por encima de su minarete. Para entrar
tuve que colocarme una gabardina que me proporcionaron en la entrada. No se
podía pasar en pantalón corto.
_ Hacía mucho tiempo que no me colocaba una
cosa de éstas, menos mal que será solamente un rato. Aunque me he visto en
situaciones peores.
Desde la plaza se accede directamente a un
patio rectangular de dimensiones muy grandes. Se encuentra porticado en todo su
perímetro, con columnas de estilo romano, réplica de las que se encuentran
fuera, frente a la
mezquita. En el centro del patio, un quiosco similar al que
se encuentra en las plazas de algunos pueblos, elevado sobre cuatro pilares. Sus
paredes exteriores están pintadas de un color verde oliva, con destellos
dorados. Todo el lado derecho del patio da acceso al interior de la mezquita. En
el centro de este lado, un dintel bajo el cual se encuentra la entrada. El
frontal de este dintel está pintado con el mismo color verde y dorado que el
quiosco de enfrente. El estilo de estas pinturas me recordaba los grabados
bizantinos.
Entré,y al principio no pude ver nada, el
contraste con el sol del patio era muy grande. Poco a poco mis ojos se
acostumbraron y comencé a distinguir una sala inmensa, alargada. Columnas de
estilo romano recubiertas de azulejos, sujetaban el techo de aquella única
sala. Las alfombras cubrían todo el suelo, y por ello el silencio era mayor. El
ruido de los pasos quedaba amortiguado. Del techo colgaban lámparas enormes de
estilo carolingio, y en una de sus paredes, vidrieras de colores dejaban entrar
la luz del sol.
Era una mezcla de estilos muy curiosa, no
la había visto nunca en ninguna mezquita. Después de recorrerla despacio, me
senté en el suelo, sobre las alfombras, y observé como los fieles entraban
hacían sus ritos y después se marchaban. Nadie me molestó, ni siquiera se
fijaron en mí, ni en ninguno de los otros extranjeros que por allí estaban.
Tenía el resto de la mañana libre hasta la
hora de comer. Habíamos quedado en la plaza, junto a las ruinas romanas. Yo
sabía muy bien lo que me apetecía hacer durante aquellas tres horas, internarme
por las callejuelas que partían de la zona trasera de la mezquita. Volví a
aquella calle que lindaba con uno de los muros, y la recorrí de nuevo hasta
llegar a una de las entradas a aquel mundo desconocido. Un arco de poca altura
daba acceso a una callecita estrecha que llevaba no sabía a dónde, pero me
interné en ella. Hacía tiempo que había aprendido algo, cuando te adentras en
lo desconocido, hay que hacerlo sin miedo. Sabía que me perdería, pero no tenía
que preocuparme por eso. Lo mejor es caminar sin rumbo, donde tus pasos te
lleven, y disfrutar de todo lo que encuentres. Cuando decides volver, sólo hay
que preguntar y buscar ayuda; siempre se encuentra, en cualquier lugar del
mundo. Mi experiencia me dice que la gente es buena; en todas partes hay cabrones,
en el primero en España, pero la mayoría de las personas son buenas. Llevo
muchos pasos dados, y nunca he tenido ningún problema.
Aquella calle estrecha me llevó a otras
similares. Las casas eran muy antiguas, probablemente llevaban siglos en aquel
lugar. Las puertas, de madera con grandes aldabas metálicas, recordaban las
puertas de los castillos. En las esquinas de las calles se veían faroles
metálicos que supuse daban un poco de luz en la noche, porque aquellos rincones
tenían que ser realmente lúgubres. En algunos puntos, con los brazos
extendidos, podía tocar las paredes de ambos lados. Era un lugar muy fresco, el
sol no llegaba hasta allí. Como en otros lugares anclados en el tiempo, los
cruces de calles se hacían bajo un techo en forma de cúpula de piedra, de cuyo
centro colgaba un farol solitario.
Caminé en todas las direcciones y perdí la
orientación. Aquello era inmenso, estaba en el centro del viejo Damasco, un
mundo que supuse se mantenía inalterado desde hace siglos. Encontré muchas
tiendecitas donde se fabricaban todo tipo de cosas de forma artesanal. Eran
locales que se adentraban en el subsuelo, como si de catacumbas se tratara.
Llegué a una plazoleta donde se levantaba
un edificio que parecía un palacio. Era una antigua madrassa convertida en
biblioteca. Entré y me encontré en mitad de un jardín con fuentes alrededor.
Algunas personas estaban sentadas en los bancos, leyendo a la sombra de los
árboles.
Cuando salí de aquel lugar, mis pasos me
llevaron hacia otra dirección. Es una gozada caminar sin rumbo, asombrándote de
todo lo que ves. Las calles estaban cubiertas por grandes losas, y aquellas
losas estaban muy desgastadas por el tiempo, y los pasos que sobre ellas se
habían dado. Continué, a derecha e izquierda, intentando ver algo al frente que
me resultara interesante, aunque todo lo era. El minarete de una mezquita
sobresalía sobre las casas que tenía al frente, me dirigí hacia allí y de nuevo
llegué a una plaza porticada, cuya única entrada era la dirección de la que yo
venía. En un extremo se encontraba una mezquita, y bajo los pórticos, un sinfín
de pequeñas tiendas: era un zoco escondido al turismo, pero yo lo había
encontrado. Había varios locales donde se vendían telas adamascadas, pero lo
que atrajo mi atención fueron unos chales colgados en la entrada. Aquello era
seda bordada con hilos dorados y plateados, unos chales de una finura
extraordinaria, pero seguro serían muy caros. Entré en una de ellas y me
mostraron tal cantidad que no sabía ni lo que me gustaba. Por fin pregunté el
precio: entre diez y cincuenta euros.
_ ¿Pero esto es seda? – pregunté.
_ Es seda auténtica, sólo tiene que verlo.
La verdad es que sí lo parecía, y eran
preciosos. No pude remediarlo y compré un chal de seda negra con unos
pequeñitos pájaros bordados en plata, y por sólo veinte euros.
Sin salir de aquel pequeño reducto,
encontré talleres de vidrio y me hicieron pasar a uno de ellos. Junto a una
hoguera al rojo vivo, los sopladores de vidrio trabajaban de forma artesanal y
me hicieron una demostración de su trabajo.
De nuevo en el laberinto de calles,
continué caminando, y de pronto me topé con la Puerta de Ishtar, en realidad
con una réplica. Un edificio tenía su frontal construido de forma que emulaba
una de las puertas de entrada a la ciudad de Babilonia, la Puerta de Ishtar, la
única que permanece de esta mítica ciudad cuyas escasas ruinas es difícil
visitar por encontrarse dentro de territorio irakí. Quizá algún día pueda
incorporar esta ciudad a mi personal colección de ciudades con historia.
Por aquellas callejuelas sólo circulaba
algún asno, no había espacio para coches. Tuve que preguntar por una calle
donde pudiera tomar un taxi para volver. Era imposible recordar el camino de
vuelta. Me indicaron una dirección y volví junto a la estatua de Saladino que
ya se estaba convirtiendo en un referente para mí. De nuevo atravesé el bazar a
toda prisa porque llegaba tarde. Ya con el resto del grupo volvimos a entrar en
el laberinto de calles para dirigirnos a un restaurante.
_ Acabo de salir de este lugar para volver a
entrar - les comenté -. Vaya vuelta he dado.
Después de la comida fuimos hacia otra
parte del viejo Damasco, la zona cristiana.
Es un lugar francamente interesante, y pueden verse algunas de las
iglesias que utilizaron los primeros cristianos, cuando se trataba de una
religión perseguida y tenían que esconderse.
Caminando a lo largo de la muralla se llega
a una puerta con más de dos mil años de antigüedad, es la puerta de San Pablo.
Cuentan que es el lugar donde Pablo de Tarso, perseguidor empedernido de los
cristianos, tuvo una visión que le hizo cambiar toda su concepción y
convertirse en el más firme defensor de la religión cristiana.
Una vez dentro del barrio cristiano, su
aspecto no es muy diferente a aquel otro por el que había caminado durante la
mañana, la diferencia es que aquí se ven muchas tiendas con ornamentos
religiosos, y muchas iglesias. Pero nuestro destino no era ninguna de estas
iglesias, sino otras muy antiguas que se encontraban bajo tierra.
Entramos en un portal donde nada indicaba
que dentro hubiera algo interesante. La casa era muy antigua, como todas las
demás, quizá por eso pasaba desapercibida. En una habitación, una escalera
estrecha excavada en la piedra partía del suelo adentrándose bajo tierra. La
seguimos con cuidado para no resbalar en aquellos escalones tan desgastados por
el tiempo, y llegamos a una pequeña habitación con forma de cañón. Sus paredes
eran de piedra muy desgastada, y en la parte frontal había una pequeñísima pila
bautismal de piedra. Un pequeño altar, también de piedra, y unos pocos bancos
donde poder sentarse, llenaban el resto de la estancia. Un sacerdote nos
explicó que aquella era una de las primeras iglesias que se fundaron en
Damasco, cuando los cristianos eran perseguidos y tenían que esconderse para
poder practicar su religión. Si aquellas paredes pudieran hablar tendrían mucho
que decir. Me recordaba las criptas de algunas iglesias en España, pero sabía
que aquello era mucho más antiguo, y su historia también era diferente.
Visitamos algunas más de estas primeras iglesias. Aquella zona del viejo
Damasco estaba plagada de ellas.
Para terminar el día, alguien propuso que
nos fuésemos por el Damasco moderno, pero a mí no me interesaba, la verdad es
que el viejo Damasco me había atrapado, era un viaje al pasado y me parecía más
interesante. Me quedé con unas pocas personas por aquel lugar, tomando un té y
fumando una shisa en una de las muchas terrazas que al llegar la noche se
llenaban de gente y creaban un ambiente que me gustaba. Al día siguiente me
marcharía, pero me quedaba el último día para poder disfrutar una vez más de
todo aquello.
Al amanecer
salimos de Damasco con destino a Palmira. Fue una de las ciudades que formó
parte de la Decápolis romana, y donde gobernó la reina Zenobia.
Para llegar hasta allí hay que atravesar el desierto de
Siria, una zona dominada por los nómadas, las caravanas de camellos, y el sol.
Llegamos a media mañana y antes de entrar en las ruinas de la ciudad, nos acercamos al museo, en el centro de la población
que ha crecido a su alrededor. Era interesante, pero era un museo más. Yo tenía
sed, y junto con Carlos fuimos en busca de un lugar donde tomar algo. Teníamos
unas horas antes de quedar con el resto para visitar la ciudad.
Aquél era un pueblo pequeño, que había
crecido a la sombra de Palmira. Una calle comercial cruzaba todo el pueblo y en
ella se veían multitud de restaurantes y terrazas. Seguro que en cualquiera de
ellas se podría tomar algo. Pero no fue tan sencillo. Queríamos una cerveza fresca,
y encontrarla fue laborioso. Estábamos en un país musulmán y en muchos lugares
simplemente no servían alcohol. Cuando lo encontramos, no estaba tan fresca,
pero nada lo estaba. Tuvimos que tomarla sentados en el quicio de una puerta,
charlando con algunas de las personas que allí estaban vendiendo dátiles. Una
vez repuestos, pensamos que sería mejor comer, puesto que después no tendríamos
tiempo. En la calle había muchas terrazas y elegimos una de ellas.
_ Aquí sirven sandwiches de pollo, ¿qué os
parece? - preguntó Carlos.
Todos pedimos un sandwinch de pollo, que
resultó ser medio pollo asado.
_ Y unas cervezas por favor.
_ Lo siento señor, pero aquí no servimos
cerveza - nos contestó el camarero - puedo traerles unas limonadas.
_ Yo soy incapaz de beber una limonada con
el pollo. ¿Pero si hace un momento hemos tomado unas cervezas en otro lugar?
_ Es posible señor, pero en este
establecimiento no se sirven.
En ese momento, en la terraza de al lado
unos extranjeros estaban tomando unas cervezas.
_ ¿Y eso qué es?
_ Es otro local, señor, en éste no servimos
alcohol.
_ Pues nos vamos al otro.
En ese momento nos sirvieron nuestros
medios pollos. Teníamos un problema, porque no nos íbamos a marchar entonces.
Como estábamos un poco alborotados, salió el dueño del restaurante para hablar
con nosotros. Era un chico joven que hablaba un perfecto italiano, nos explicó
lo siguiente:
_ Yo no tengo ningún problema en que
ustedes beban una cerveza, pero mi padre que es el dueño, no lo permite. Lo
siento pero no puedo hacer otra cosa.
Fue Carlos el que solucionó la situación.
_ Un momento - le dijo - se me ocurre una
cosa. En la terraza de al lado se puede beber. ¿Sería posible que pidiéramos la
bebida en el otro local?
_ Sí señor, pueden pedirla, pero no pueden
beberla en nuestras mesas.
_ ¿Y si la comida la hacemos en tu mesa, y
la bebida en la otra terraza?
_ Supongo que eso sí podría hacerse.
Dicho y hecho. Llamamos al camarero de la
otra terraza y le pedimos las bebidas, pero que las sirviera en una mesa de su
terraza. Fue la comida más curiosa y divertida que recuerdo de todo mi periplo
por el mundo. Comiendo en una mesa y levantándonos continuamente para
acercarnos a la mesa de la otra terraza para beber. Hasta los lugareños se estaban
divirtiendo a nuestra costa. Se formó un grupo de jóvenes que nos miraban y se
reían mientras nosotros no parábamos de ir de una mesa a la otra.
El joven del restaurante nos agradeció la
deferencia que habíamos tenido, respetando la voluntad de su padre, pero no
marchándonos de su local. Nos pidió que esperásemos un poco, y llamó a uno de
los jóvenes que estaba contemplando el espectáculo, le dio dinero y éste se
marchó. Volvió poco después con un paquete que pusieron en nuestra mesa, eran
pasteles. El dueño nos invitaba.
_ Esto es increíble, en lugar de enfadarse,
nos invitan.
Nos pidió perdón, y nos ofreció su casa
para lo que pudiéramos necesitar durante nuestra estancia en Palmira.
Volvimos con el resto del grupo para
acercarnos a la ciudad romana que se levantaba a pocos metros de distancia. La
ciudad de Palmira, siendo impresionante, no despertó en mí la impresión que
esperaba. Recordaba Gerasa, en Jordania, y a su lado ésta parecía una ciudad muy
destruida. Una gran avenida flanqueada por columnas, y algunos edificios a su
alrededor. Al fondo de esta avenida, sobre una colina, se levantaba un castillo
de la época musulmana, y más alejadas de todo esto, unas torres que en realidad
eran tumbas.
Nos dirigimos en primer lugar hacia estas
torres cuadradas, con una azotea en la parte superior. Eran las tumbas de los
nobles de Palmira. Se encontraban cerradas con una puerta que el guardia del
recinto nos abrió. El interior estaba totalmente esculpido con personajes
romanos, tanto hombres como mujeres. Se trataba de las personas que allí habían
sido enterradas. Algunas de estas torres eran auténticos museos. Desde las
azoteas se podía ver todo el lugar, cubierto por las columnas de Palmira.
La visita de las ruinas la haríamos al día
siguiente, cerraba pronto y ya no había tiempo. En su lugar subimos al castillo
musulmán. La vista desde aquel sitio era increíble. A mis pies se extendía
Palmira, y más allá un mar verde que contrastaba con el marrón que me rodeaba.
Era el oasis de Palmira, una extensión enorme de palmeras. Los romanos no eran
tontos, no construían sus ciudades en lugares donde no hubiera agua.
Allí en el castillo nos encontramos con
algunos chicos que nos conocían y se reían recordando el numerito de la comida.
_ ¡Vaya, parece que hemos causado impresión
en este pueblo!
_ Impresión no lo sé, pero desde luego saben
muy bien quiénes somos - dijo Carlos.
A la mañana siguiente me levanté temprano,
el hotel se encontraba cercano a Palmira, sólo había que cruzar una carretera.
Me dediqué a dar un paseo por el lugar antes de desayunar. El sol ya había
salido y la avenida de columnas se distinguía claramente. Varias personas
conduciendo camellos ya esperaban a posibles clientes. Me ofrecieron un paseo,
pero prefería ir caminando. El calor ya apretaba, y la única sombra era la de
las columnas.
Alguna palmera dispersa ofrecía también una
pequeña sombra. El gran palmeral comenzaba al otro lado del pueblo. Me senté debajo
de una de aquellas palmeras, y pronto se me acercó un chico para ofrecerme
dátiles. Le compré unos pocos y le ofrecí que me ayudara a comerlos, aceptó dos
y se marchó en busca de otros clientes, aunque a aquella hora tan temprana no
había nadie.
_ Ahora ya no tengo hambre para desayunar -
pensé. El dátil es un alimento fuerte.
Regresé al hotel para buscar mis cosas y
pasé por el restaurante para tomar un vaso de zumo de naranja. Desde que llegué
al país me encantó encontrar las naranjas sanguinas que dan un zumo rojizo que
a mí siempre me ha gustado. Desde que era niña y un tío mío me las regalaba, no
había vuelto a verlas, pero allí eran habituales.
Cuando todos estuvimos listos, volvimos a
las ruinas. Hoy entraríamos dentro. Se accede por un arco, en uno de los
extremos de la larga avenida de columnas que cruza toda la ciudad. Hacia el
centro de esta avenida, un cruce con otra calle perpendicular, que ya no
existe, está marcado con cuatro templetes elevados, formando un cuadrado
perfecto, y cuyas columnas se elevan hacia el cielo sin que el tiempo haya
pasado por ellas.
A la izquierda de la gran columnata se
levanta el anfiteatro. Se ha reconstruido y quizá por ello su aspecto es el de
un teatro romano listo para que comience la representación. Un
grupo de escolares estaban ensayando algo en el escenario, que se encontraba
repleto de niños vestidos de azul. Me senté en las gradas y contemplé la
función, sonaba una música muy animada y los niños se movían todos al mismo
ritmo. Algunos de ellos, que no participaban en el ensayo, me explicaron que
era para una fiesta que se celebraría pronto, allí en Palmira.
_ Puedes quedarte a verlo - me dijeron.
_ Ya lo estoy viendo. ¿Todos vosotros sois
de este pueblo?
_ Sí, y de otros colegios cercanos. ¿Y tú de
dónde vienes?- me preguntaron.
_ De España, ¿sabéis dónde está?
_ En Europa. Los españoles sois muy
simpáticos - me dijeron -. Venís muchos a Siria - dijo uno de los niños.
_ Yo sé decir Real Madrid y hola Coca Cola
- me dijo otro de los pequeños mientras reía.
Me reí sin poder evitarlo.
_ Pues si sabes eso, en un poco más de tiempo
aprenderás todo lo demás - le dije -. Te voy a enseñar algo para que saludes a
los españoles cuando vengan.
_ ¿Qué significa lo que me vas a enseñar?
_
“Hola amigo, bienvenido a Siria”
Hicieron varios intentos hasta que lo
aprendieron. Cuando me levanté para marcharme, todos los que se habían
arremolinado a mí alrededor, quisieron chocarme la palma de la mano extendida,
y entre tanto me decían: hola amigo, bienvenido a Siria.
_ Lo que os he enseñado es una bienvenida,
cuando os despidáis tenéis que decir: hasta la vista.
Y todos me gritaban: hasta la vista, con
las manos saludando en alto, mientras yo me alejaba. Me marché riendo.
Aquella misma tarde, salimos hacia el
oeste, para llegar, ya noche cerrada, a Aleppo, en el norte del país. Hasta que
no se está cerca de la costa, el paisaje es desértico y monótono. Había
anochecido cuando hicimos una parada en un lugar abandonado. Salimos de la
carretera para adentrarnos en el desierto y parar un poco más adelante. Allí no
había nada, no se veía ninguna luz. Entonces un candil se encendió y pudimos
distinguir un pequeño edificio de una planta, en mitad de la nada. Se escuchó el
ruido de un generador, al mismo tiempo que la luz se hacía dentro. Un cartel
colgaba de unas cuerdas y en él se podía leer: “Café Bagdad”. Una barandilla de
madera en la entrada le daba toda la apariencia de una posta del Oeste
Americano, en mitad del desierto. Dentro el espacio era muy pequeño, unos
divanes alrededor de dos de sus paredes, y poco más. Nos sirvieron un café y
algunos fumamos una shisa, mientras el resto esperaba fuera porque todos no
cabíamos. Recuerdo aquel lugar porque pasé un rato muy divertido con varias
personas, contando viejas batallas mientras todos fumábamos de una misma shisa,
y el resto protestaban porque consideraban una pérdida de tiempo estar en aquel
lugar perdido, sin nada que hacer. ¿Por qué será que siempre los lugares
aparentemente menos interesantes, son lo más apasionantes?
Era tarde cuando llegamos a Aleppo, y
Carlos nos propuso que nos acercáramos a su hotel para tomar algo. Quedamos así
y una vez dejamos nuestro equipaje, busqué a una chica catalana y un médico
mejicano que estaban en mi mismo hotel, para ir los tres juntos. Resultó que
recientemente habían cambiado el nombre de algunos hoteles, y los taxistas no
sabían identificarlos por los nuevos nombres. De nuevo tuvimos que dedicarnos a
circular por Aleppo hasta que vimos el lugar que buscábamos.
_ Ya creía que no vendríais - nos dijo
Carlos.
_ Casi no encontramos el hotel, pero el
taxista insistió en seguir hasta que lo vimos.
Cuando regresábamos eran las tres de la
mañana, y fue difícil encontrar un taxi de vuelta. No es normal estar levantado
a esas horas.
La ciudad
de Aleppo, junto con el viejo Damasco, es un viaje al pasado. Pasé toda la
mañana en la ciudadela, un lugar amurallado al que se accede por un puente que
asciende hasta una gran puerta de piedra. Ya antes de entrar supuse que pasaría
todo el tiempo hablando con los niños, y así fue. Aquél parecía el día de los
colegios, porque nubes inmensas de enanos vestidos de azul nos adelantaron
corriendo.
La ciudadela data de la época de Saladino,
y se encuentra bastante destrozada. Solamente los subterráneos se encuentran en
un estado aceptable. En uno de ellos un grupo de niños atendían las
explicaciones de su profesora, yo no los entendía pero me quedé escuchando.
Mientras los pequeños curioseaban, la profesora me vio y se acercó a hablar
conmigo.
Cuando salí de aquel subterráneo me di
cuenta que mis compañeros habían desaparecido. La ciudadela era muy grande y no
sabía la dirección que habían tomado, sólo veía pequeños azules por todas
partes. Me dedicaría a ir hacia algún lugar y quizá tuviera suerte de
encontrarlos.
Pregunté a varias personas si habían visto
a un grupo de extranjeros, pero unas veces me indicaban hacia un lado y otras
veces en dirección contraria. Fui de un lado para otro hasta que en lo alto de
la muralla comprobé como una fila de niños que no paraban de reír, chocaban las
palmas a unas personas que estaban allí mientras ellos pasaban en fila. Ésa
imagen me sonaba y seguro que los sufridos receptores de palmadas eran unos
extranjeros. Subí hasta allí, y efectivamente eran mis compañeros.
_ Como tengáis que saludar a todos los
niños que hay aquí, no terminamos en todo el día.
_ ¿Y tú dónde te has metido? - me
preguntaron.
_ Por ahí, de palique un rato.
Frente a la ciudadela se encuentra el
zoco más grande y auténtico de toda Siria. Dicen que es el mejor de todo
Oriente Medio. La tarde la dediqué a meterme en este mundo que en cualquier
lugar donde lo encuentro me apasiona. Realmente es un lugar muy interesante. Me
recordó el bazar que hacía unos años había visto en Ispahán, era igual de
auténtico. Sus calles también estaban abovedadas y probablemente llevaban allí
muchos siglos. Pasé varias horas recorriéndolo, y disfruté muchísimo, pero no
quiero volver a repetirme con descripciones que no difieren mucho de las dadas
en otros lugares similares.
Me uní a algunos de mis compañeros y nos
internamos en las calles del otro lado de la ciudadela. Su
aspecto era totalmente medieval. Viejos palacios y edificios antiguos se abrían
a la vista. En algunos de ellos se podía entrar y en otros podíamos ver desde
la calle los patios interiores. En todos ellos había una fuente en el centro
sobre la que caía un chorro de agua.
Entramos en un viejo hospital que ahora era
la sede de un grupo sufí. Allí se podía ver a los derviches. Había escuchado
hablar de ellos, pero nunca los había visto danzar, o mejor dicho, girar. Nos
dijeron a qué hora podíamos ir para verlos, y quedamos que nos acercaríamos.
Entre tanto continuamos caminando por aquellas calles, intentando no perder la
orientación para volver al viejo hospital. Lo mejor era descansar un rato en
uno de los muchos cafés que se encontraban por todas partes.
Los cafés en Siria son lugares interesantes.
Suelen ser pequeños, con unas pocas mesas redondas en la calle, alrededor de
las cuales los hombres se sientan mientras fuman una shisa. No se ve a las
mujeres en estos lugares, pero no ponen ningún problema, ni les parece extraño
que una extranjera lo haga, de forma que pasamos un rato sentados en uno de
estos lugares, viendo pasar a la gente, en una callejuela estrecha, en mitad de
un mundo que parecía asentado varios siglos atrás, tomando un café y fumando
una shisa.
A la hora convenida volvimos al hospital
donde veríamos danzar a los derviches. En uno de los patios, nos prepararon
unas sillas y nos sirvieron un té. Antes de comenzar, uno de ellos nos explicó
que se trata de una danza para la que se necesita tal concentración, que no se
llega a sentir mareo ni nada parecido. Nos pidieron que durante la danza no nos
acercáramos porque ellos no nos verían debido a su concentración. En primer
lugar salieron los músicos y tocaron una música muy suave, que casi hacía
flotar. Más tarde aparecieron cuatro hombres vestidos con un traje hasta los
pies, la falda tenía un vuelo bastante amplio. Cada uno se colocó en un punto
distante de los demás, y de pronto al ritmo de la música, comenzaron a girar. Al
principio despacio, pero sin apenas darnos cuenta, sus giros se volvieron
rápidos. La falda formaba una campana alrededor de sus pies, la cabeza
inclinada hacia un lado y los brazos cruzados sobre el pecho en forma de X,
giraban sin parar a una velocidad que a mí me mareaba. No puedo asegurar cuánto
tiempo estuvieron así, pero no fue menos de diez minutos. Y de pronto se paran,
sin moverse del sitio. Parece increíble, ni mareo, ni desorientación, ni nada
que se le parezca. Fueron varios los grupos que danzaron, incluso algunos
niños. Me pareció extraordinario.
A partir del día siguiente volveríamos
hacia el sur, en dirección al oeste y a la zona cristiana del país. El paisaje
se volvió menos árido, algunos ríos como el Orontes, nos acompañaba en nuestro
recorrido. Pasamos por una población que se caracteriza por sus norias
gigantes, la ciudad de Hama. Grandes norias de madera giraban en el río Orontes
moviendo cantidades enormes de agua. El ruido de sus palas chocando contra el
agua, se escuchaba por todo el pueblo.
Cerca de allí paramos en un monasterio
bizantino en ruinas. Se trataba del Monasterio de San Simeón el Anacoreta. Los
restos de una columna ya desaparecida se encontraban en el centro de un patio.
Sobre esa columna había permanecido el santo hasta su muerte. Parecía algo
difícil de creer, pero así lo contaba la historia.
Lo mejor de aquel día estaba todavía por
delante. Llegamos a un lugar donde el paisaje, más verde que el resto del país,
se extendía hasta llegar al mar. El autobús comenzó a ascender una colina, y en
un determinado momento paramos para asomarnos a un mirador desde el que se
podía contemplar, a unos metros de distancia, un castillo imponente que ocupaba
toda la parte superior de una montaña cercana. El castillo estaba
completo, rodeado por unos muros
inmensos y de una altura tal que lo ocultaban a la vista. Tenía todo el
aspecto de ser una fortaleza inexpugnable. Era el Krack des Chevaliers: El Crac
de los Caballeros. El castillo templario más importante de toda Siria, y
probablemente de todo el Medio Oriente.
Los muros que lo rodean tienen una altura
tan grande, que a su lado te sientes una hormiga. Su grosor es de varios metros,
y están construidos en pendiente, de forma que es imposible ascenderlos sin
resbalar por ellos.
Una vez dentro, se llega a una gran puerta
de la que parte un pasillo ancho que desemboca en un patio rodeado por los
grandes muros. Este acceso tan imponente no era para impresionar a nadie, sino
para permitir que los monjes-guerreros a lomos de sus caballos y con las
armaduras puestas, pudieran entrar en grandes cantidades. Allí cabía un
ejército entero.
El interior no tenía el aspecto sobrio de
otros castillos. En uno de los lados del patio, una puerta permitía el acceso a
una zona con un claustro rodeado de arcos y columnas. Como en cualquier otro
monasterio cristiano, distintas salas se distribuían a su alrededor: la sala
capitular, la capilla, el comedor, y demás recintos típicos de un monasterio.
La única diferencia con estos era el tamaño más grande de todas estas
habitaciones.
En
otra zona del castillo, más próxima a la muralla, se encontraba el patio para
practicar la lucha y estar preparados ante posibles ataques.
Lo que me pareció interesante fueron los
subterráneos de todo este recinto. Recuerdo una bodega enorme donde se veían
grandes agujeros en el suelo de tierra. Era el lugar donde se encajaban las
tinajas gigantes para guardar el aceite, el vino y demás víveres necesarios
para mantener a tal cantidad de personas como allí habitaban.
Los pasadizos subterráneos estaban igual
que en el momento en que se utilizaban, exceptuando que ahora las celdas para
los prisioneros estaban desocupadas. Cientos de ellas se abrían por sus
paredes.
Tenía ganas de conocer este castillo, sabía
que estaba intacto y por ello se podía imaginar fácilmente cómo transcurría la
vida en una época sobre la que había escuchado mucho, y la verdad es que no me
defraudó.
El resto de lo que vi era nuevo para mí, no
lo conocía con anterioridad y me resultó bastante interesante.
En lo alto de un cerro se levantaban las
ruinas de una ciudad greco-romana, Aphamea. Quizá fue porque no sabía lo que
encontraría y por lo tanto no llevaba ninguna expectativa, pero me parecieron
sorprendentes, más incluso que Palmira. La ciudad fue construida por Seleuco,
uno de los generales de Alejandro Magno, que tras su muerte creó el imperio
Seleucida.
Lo que queda en pie es una larga avenida
cubierta por losas pulidas por el tiempo, y flanqueada por una columnata, donde
todavía se mantienen los arcos y puertas de entrada, junto con los soportes que
mantienen unidas las columnas entre sí.
De nuevo camino de Damasco, hice un
alto en un lugar comido por las altas hierbas que crecían alrededor de casas y
muros de piedra: era la necrópolis de Serjelleh. Hacía frío a aquella hora,
algo inusual después de los días calurosos que había pasado. Me protegí con lo
poco que llevaba para hacerlo, y entré en un campo de hierba seca. Intenté
seguir un sendero apenas marcado, para evitar tropezar con uno de los muchos
bloques de piedra que encontraba. Estaba en una vieja necrópolis, las paredes
de algunos edificios sobresalían más adelante. Viejas iglesias y tumbas
formaban un lugar extraño. El viento soplaba, y era el único sonido que se
escuchaba. De una de aquellas construcciones abandonadas se elevaba al cielo
una columna de humo. Una familia, puede que los guardianes de aquel lugar, o
simplemente sus habitantes actuales, vivían entre las ruinas.
Estaba contemplando el interior de una
iglesia de piedra a la que faltaba todo el tejado, cuando dos niños se me
acercaron. Sus ropas demostraban el estado de pobreza en el que vivían. El niño
adelantaba la mano hacia mí, pidiéndome dinero. La niña, más pequeña, llevaba
un ramo de flores silvestres en la mano, y me lo tendió; después, al igual que
su hermano, me pidió dinero. Se me partía el alma, pero no quería darles nada,
hubiera sido muy fácil y solamente sirve para que sus padres sigan abusando de
ellos. La niñita era lo más bonito que he visto nunca: morena, con dos trenzas
negras cayendo a ambos lados de su cara, y unos ojos como nunca he visto ni he
vuelto a ver en mi vida, redondos y grandes, de un color verde esmeralda
intenso.
Me acerqué a la casa de la que procedía el
humo. Efectivamente era el lugar donde vivían aquellos niños. Unas mantas
servían de techo para aquellas paredes de piedra. Su madre estaba alimentando
el fuego que al menos los protegía del viento frío que soplaba en aquel lugar.
Busqué en mi mochila y le di todo lo que encontré que pudiera servirle:
caramelos, un poco de pan, unas frutas que había cogido en el desayuno, y unos
botes de jabón que en algún momento tomé de algún hotel.
Cuando me marché me embargaba una sensación
rara, aquel lugar tenía algo extraño. El viento, el frío, el silencio, los
niños que no sonreían, sus ojos. Todo desapareció en cuanto seguí adelante y
volví a la carretera que me llevaba a Damasco. ¿Qué era aquel lugar?, nunca lo
he sabido.
Antes de llegar a Damasco, pasé por otra
población muy curiosa, Maloula. Es un pueblo cristiano, en concreto ortodoxo. A
pesar de ser pequeño, está plagado de iglesias con sus cúpulas redondas. Lo más
curioso de este pueblo es que en él todavía se habla el arameo, dicen que el
mismo que se hablaba en la época de Jesucristo. Es el único lugar en el mundo
donde se habla. Era tarde y las iglesias estaban llenas de gente que se
acercaban para escuchar la última misa del día. Una de estas iglesias era
especialmente antigua. Me recordaba aquella que vi en Damasco, en la que se
refugiaban los primeros cristianos. Un sacerdote nos sentó en unos bancos y nos
explicó la característica de aquel pueblo, después nos dijo que escucharíamos
algo que nunca antes habíamos escuchado. Comenzó a recitar en un idioma que no
reconocía, había estado días en el país y ya me sonaba el árabe, pero aquello
no sonaba igual. Cuando terminó nos dijo que habíamos escuchado el Padrenuestro
en arameo.
Me resultó curioso vez como en este país
conviven el islam y el cristianismo sin ningún problema. No es la idea que la
mayoría nos hemos forjado de este lugar.
Todavía pasé un día más en Damasco antes de
regresar a casa. Ya me resultaba familiar la ciudad y sus rincones más
encantadores. El viejo Damasco me había cautivado y pasé todo el día caminando
de nuevo por él, descubriendo más rincones que me recordaban una época pasada e
imaginada en muchos relatos antes leídos.
Me marché de Siria sin haber tenido ningún
problema, sin enterarme de nada de lo que fuera de allí se decía. Cuando
regresé, en las noticias seguían con su cantinela, nada había cambiado.
Ahora, ocho años después, me entristece
escuchar las noticias y ver las imágenes de lo que allí está ocurriendo. De
nuevo una guerra civil desangrando a sus ciudadanos. Ellos no lo merecen. Nadie
lo merecemos. Veo las imágenes de Aleppo, destruida. Veo las imágenes de Damasco,
a los niños y a las personas quemadas por un gas asesino, y se me parte el
corazón. Y me pregunto si aquellas calles que habían sobrevivido a los siglos,
habrán podido hacerlo a toda esta barbarie, a esta locura. ¿Fui afortunada por
haber podido conocerlas y recorrerlas cuando todavía estaban intactas?, ¿o fui
afortunada simplemente por el hecho de haber podido estar allí?
Y pienso en la niña de Serjelleh, en sus
bonitos ojos, en aquella carita angelical, y me pregunto qué habrá sido de
ella? Aquellos ojos habrán contemplado tanto horror? Espero que al menos esté a
salvo, y sus preciosos ojos puedan ver un mundo mejor.
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