viernes, 4 de octubre de 2013

De Galilea a Catai (9)



EL PAÍS DE LA ETERNA PRIMAVERA
  GUATEMALA


    Ya había llegado el momento de cambiar de dirección. Había recorrido Asia y nunca había pisado América. Seguro que era tan interesante o más que Oriente. Carlos me la había recomendado y decidí comenzar por el lugar que él me propuso: Guatemala. Llegué allí por recomendación y muchas veces después he sido yo la que lo he recomendado. Creo que hice una buena elección.
    Su geografía, prácticamente virgen en gran parte del territorio, es una delicia recorrerla. Parece mentira la diversidad que se puede encontrar en un territorio tan pequeño como es este país. Recorrí tres zonas completamente diferentes entre sí, y cada una de ellas realmente auténticas. La parte oeste del país, hasta la costa del Pacífico, está atravesada por una cadena montañosa donde los volcanes son visibles desde cualquier lugar. Nunca hasta entonces había visto volcanes. La zona sur del país es el paraíso de las aves. Navegar por el río Dulce observando la fauna y flora es una experiencia increíble. El norte del país está cubierto por la selva del Petén. Una selva densa y casi virgen donde los mosquitos son los reyes, unos mosquitos que se ven venir de lejos porque su tamaño es tal que más bien parecen aviones.
    Sus monumentos son apasionantes. Éste es el corazón de la civilización maya, que ocupó todo el territorio. Ciudades como Tikal, escondida dentro de la selva del Petén, y otras como Quirigua, en el sur, próxima a la frontera con Honduras, donde también se encuentra Copán. Pero también se encuentran ciudades coloniales, surgidas tras la llegada de los conquistadores españoles. Antigua es quizá la mejor y más bonita ciudad colonial de todo el país, es una auténtica joya que debe recorrerse despacio, siguiendo un itinerario que permita no perderse ninguno de sus rincones, repartidos por sus calles perpendiculares entre sí.
    Y por supuesto sus gentes, uno de sus mayores encantos. Los descendientes de aquellos mayas que crearon una civilización que consiguió grandes logros, aunque poco queda de todo aquello en estas personas que ahora pueblan el país. Especialmente interesante para ver la forma de vida y tradiciones de esta gente, es la zona oeste del país. Chichicastenango es algo increíble. Aquí perviven las tradiciones mayas junto con las costumbres impuestas por los conquistadores. En sus iglesias y cementerios es posible observar este sincretismo religioso que a algunas personas deja sorprendidas. El Lago Atitlán y los pueblos aledaños es un remanso de paz y sus gentes son muy amables.
    Y todo esto se puede disfrutar de una forma relajada. Guatemala no atrae grandes cantidades de gente como su vecino Mexico, lo cual es una ventaja para los viajeros que llegamos a este lugar.
    Y allí estaba yo. Me resultaba extraño llegar a un país donde todos hablaban mi idioma. Estaba en Ciudad de Guatemala, la ciudad más horrible que recuerdo. No es recomendable en ningún aspecto, pero por suerte solamente estaría una noche y a la mañana siguiente me marcharía. El hotel se encontraba fuera del casco urbano, en lo alto de una colina. Aquella noche me ocurrió lo contrario a lo que siempre me ocurría cuando viajaba a Oriente. A las cuatro de la mañana estaba despierta y no podía seguir durmiendo, en España ya eran las diez o las once de la mañana, y mi cuerpo me decía que había que levantarse. Era noche cerrada y no sabía qué hacer. Esperé todo lo que pude y al final salí a la entrada para ver si tenía suerte y al menos podía ver el amanecer. Tuve suerte y no me esperaba lo que vi. No era la única que estaba allí, a otras personas les había ocurrido lo mismo. Cuando la luz comenzó a surgir, delante de mí apareció la imagen imponente de un volcán que se elevaba a pocos kilómetros de distancia, un cono perfecto y enorme. La cumbre se cubrió de rojo y poco a poco todo él se iluminó por el sol. Era el volcán Pacaya, un volcán activo que se encuentra en Ciudad de Guatemala. Pude enterarme que era posible subir hasta la cumbre y ver la lava saliendo de su cráter. Podía hacerse en un día, y tomé nota para ver si era posible hacerlo el último día cuando volviera para regresar a España.
    Salí temprano de Ciudad de Guatemala, tenía un largo camino hasta llegar a Chichicastenango. Éramos un grupo de siete u ocho personas. Estaba bien, los grupos pequeños son más interesantes y permiten moverse mejor. Antes de llegar a nuestro destino, teníamos que llegar a la costa del Pacífico, a un pueblo en la orilla del mar: La Democracia, donde pueden verse grandes cabezas olmecas, dejadas allí por una civilización mucho más antigua que la maya.
    Desde el momento en el que se abandona Ciudad de Guatemala, el paisaje hasta llegar a la costa del Pacífico está plagado de volcanes. Sus formas tan perfectas me atraían, nunca había visto volcanes.
    Durante todo el día, y los que siguieron por aquella zona del altiplano de Guatemala, me resultó curiosa una cosa que resultaba divertida. Los autobuses o guaguas que pasaban a nuestro lado, a veces hacían carreras entre ellos hasta límites que en muchos casos eran incluso peligrosos. El motivo era que aquí no existen las licencias para explotar una determinada ruta, y la única forma de coger a los clientes que están esperando en los distintos pueblos, es llegar antes que los demás. Cuando los veíamos venir picados entre ellos, lo mejor era retirarse para no salir mal parados.
    Llegamos a aquella población junto al Pacífico. En su plaza se encontraban unas cabezas enormes, redondas y con ojos grandes. Estaban hechas en granito y otros materiales, pero había una especialmente extraña. Si se colocaba una brújula sobre ella, se volvía loca, girando sin parar. Era un misterio.
    A partir de allí seguimos hacia el norte, a Chichicastenango. El día siguiente era jueves, el día en el que se celebra el mercado indígena que caracteriza a esta población, aunque sus atractivos son muchos más. Durante el camino paramos en un restaurante y me encontré con algo a lo que posteriormente me acostumbré, pero entonces me sorprendió. Dentro del establecimiento, en el piso superior frente a la puerta, se encontraba un guarda con un rifle en la mano. Era lo normal en muchos establecimientos.
    _ ¿Y por qué? - pregunté - ¿qué hay de peligroso?
    _ Las bandas son un problema en este país - me dijo el guía -. El día que acabemos con ellas, éste será un lugar tranquilo.
    Yo no tuve ningún problema, ni ningún encuentro con estos individuos, pero sí que causaban muchos disturbios.
    El camino a partir de aquel punto transcurrió entre montañas cubiertas de una vegetación tropical exuberante. El agua caía por las laderas y hacía crecer todo tipo de plantas. Yo conocía varios países tropicales, pero la diferencia se podía percibir claramente. Aquí la vegetación era diferente, lo cubría todo hasta el punto en que no se podían ver las montañas. Las laderas y los desfiladeros por los que atravesábamos eran totalmente verdes, de un color oscuro e intenso. Me gustaba lo que veía, sentía que estaba empezando a engancharme Y recordé que Carlos me había dicho:
    _ Cuando conozcas Guatemala, América te enganchará.
    Después de una tarde deliciosa atravesando caminos increíbles, llegamos a Chichicastenango. Mi hotel se encontraba en la parte alta de una calle que descendía en pendiente pronunciada hasta llegar a un gran cementerio con tumbas de colores. El hotel era un edificio colonial, separado por la calle. En la parte derecha estaba el restaurante y un patio rodeado de habitaciones, en la parte izquierda de la calle, la recepción y otro patio con una fuente en el centro y completamente lleno de plantas. Una escalera llevaba a la parte superior, donde un pasillo cubierto y protegido por una barandilla de madera que se asomaba al patio interior, lo rodeaba. Allí se encontraba mi habitación. Las puertas no tenían llave sino un cerrojo de madera que se cerraba por dentro. Cuando te ibas, la puerta quedaba abierta. La habitación era muy sencilla y tenía una chimenea preparada para la noche. Uno de los chicos que atendían las habitaciones me dijo que si no le decía lo contrario, un poco más tarde encendería la chimenea, porque allí la noche era bastante fría.
     Salí a las calles de aquel pequeño pueblo y llegué a la plaza donde se levantaba una iglesia que se veía desde todas partes. Había que ascender unos escalones para llegar a ella. Entonces todavía no lo sabía, pero la iglesia estaba construida sobre el antiguo Templo al Sol del pueblo maya. Enfrente, aunque ahora con alguna calle de por medio, se encontraba otra iglesia que en la antigüedad era el Templo de la Luna. Los indígenas, aunque habían aceptado la religión católica, incluso la practicaban con un fervor que nunca he visto en España, seguían manteniendo vivos sus ritos mayas, y en ningún lugar como aquí se podía contemplar el sincretismo religioso.
    Subí los escalones de la iglesia y entré sin que en principio observara nada extraño. Se estaba celebrando misa, el sacerdote estaba en su lugar y los fieles en el suyo. Me di cuenta que los santos eran diferentes a lo que estaba acostumbrada a ver, sus rasgos eran más sencillos, y estaban vestidos con trajes de verdad. No se veía polvo por ninguna parte. En cualquier iglesia española el polvo lo ha invadido todo, sin embargo aquí las estatuas y todos los rincones estaban relucientes. Ésta es una pauta que continuó en el resto del país.
    Estaba en un rincón observando todo esto cuando una persona llegó a la puerta, en principio no era extraño, un fiel que llegaba para escuchar misa. Pero sí había algo diferente, estaba de rodillas, y siguió avanzando hacia el pasillo central, siempre de rodillas. Me quedé observándolo, nunca antes lo había visto. Lo seguí con la mirada, y entonces me fijé en otra cosa. En un punto del pasillo por el que avanzaba, un hombre estaba haciendo algo extraño. Fui hacia allí y me senté en un banco cercano. En el suelo se encontraba una bandeja metálica sobre la que un indígena estaba haciendo algún tipo de rito, había velas y hierbas dispersas. El hombre parecía muy concentrado, y cantaba algún tipo de salmo mientras arrojaba algo sobre el fuego de las velas, lo que era seguido de un chisporroteo y el humo consiguiente. No parecía prestar ninguna atención a la misa que el resto de gente estaba celebrando, más bien atendía solamente a su asunto, fuera cual fuese. Tampoco nadie le prestaba atención, excepto yo, que estaba intrigada. Llegó la comunión y los fieles pasaron a su lado sin molestarlo, pero sin reparar en él. Entre tanto otras personas habían entrado de rodillas y se acercaban hasta el altar, algunas incluso lloraban. Salí de la iglesia sin entender nada, aunque más tarde pude enterarme de todo hablando con la gente.
    _ Lo que has visto son los ritos mayas a los dioses, que siempre han existido y que todavía se practican.
    _ Pero los hacían en la iglesia, y el sacerdote estaba haciendo misa.
    _ En Chichicastenango esto es posible.
    Me explicaron que la iglesia era el templo maya del sol, siempre lo había sido y el colocarle una cruz no había cambiado nada. Desde siempre habían convivido sin problemas ambos ritos simultáneamente: el cristiano y el maya. Los chamanes mayas venían al Templo del Sol para realizar sus ritos, como siempre lo habían hecho, desde una época anterior a los españoles. Los sacerdotes lo aceptaban y respetaban, de forma que se podían celebrar las dos ceremonias al mismo tiempo sin ningún problema. Cada uno a lo suyo y cada uno concentrado en lo suyo.
    _ ¿Y esto ocurre en todas las iglesias de Guatemala? - pregunté.
    _ No, solamente en este pueblo puede observarse. Es el sincretismo religioso.
    Me quedé sorprendidísima. No esperaba algo así, pero era muy curioso y muy interesante. Solamente unos años más tarde contemplé algo que todavía lo superaba. En Mexico, en el pueblo de San Pedro Chamula, llegué el día de la fiesta de Santa Rosa de Lima. Todo el pueblo estaba en la iglesia; no había bancos, solamente mucha gente y mucho humo. Dentro habían formado círculos de gente que se pasaban las botellas de tekila y no paraban de beber. De vez en cuando a alguno lo sacaban entre varios porque no podía tenerse en pie, lo dejaban tumbado en la plaza, y volvían dentro para continuar bebiendo. Era la forma maya que utilizaban los mayordomos, así llamaban a los chamanes, para ponerse en contacto con los dioses. No sé si contactaban con alguien, pero cuando abandoné el pueblo, la plaza estaba llena de hombres tirados en el suelo, durmiendo una mona impresionante.
    _ Si en España fueran así las misas - pensé - seguro que las iglesias estarían llenas.
    Una vez fuera de la iglesia caminé por el pueblo y sus calles rústicas. No era muy grande, se notaba que el turismo llegaba con asiduidad porque las tiendas de souvenirs llenaban una de sus calles. Me gustaba más la zona próxima a la iglesia, allí todo era más auténtico, ni siquiera el suelo estaba asfaltado. Encontré a alguno de los compañeros de viaje y les relaté lo que había visto. Quisieron comprobarlo, pero ya había terminado todo. Una mujer nos dijo que a la mañana siguiente podríamos volver a verlo, muchos chamanes estarían allí coincidiendo con el día de mercado semanal. Terminamos el día en otro de los hoteles del pueblo, otro edificio colonial similar al nuestro, pero donde había un bar en el que poder tomar algo y charlar un poco. Nos sentamos en el patio, rodeados de plantas, alrededor de la fuente central, y allí estuvimos hasta que el sueño comenzó a vencernos.
    Cuando regresé a mi hotel, la chimenea estaba encendida, y en la habitación se notaba un calor muy agradable. Me metí bajo las mantas y pronto estuve dormida, pero algo me despertó. Eran las cuatro de la mañana y como el día anterior, no podía seguir durmiendo, estaba completamente despierta. De la calle llegaba el ruido de vehículos yendo y viniendo, y escuchaba perros ladrando, parecía que el exterior estaba muy animado aunque era noche cerrada. Entonces recordé que por la mañana se celebraba el mercado indígena más importante del altiplano, y que por ese motivo estaba allí. No lo pensé dos veces, salté de la cama, me vestí, y salí a la calle. Pero cuando llegué al patio me encontré con una sorpresa, el portalón que daba a la calle estaba cerrado con una gran tranca de madera que lo cruzaba.
    _ Vaya – pensé - creía que los hoteles no se cerraban. Estoy encerrada, ¿y ahora cómo salgo?
    Comprobé que el único impedimento era la tranca, y haciendo un gran esfuerzo conseguí levantarla y abrir las grandes puertas que chirriaron al moverlas. Miré alrededor pensando que todo el mundo saldría, pero nadie se había enterado. No tuve más remedio que dejar la puerta abierta, desde fuera no podía cerrarla. Seguro que alguien preguntaría quién había sido el culpable, pero ya lo explicaría.
    Me dirigí a la plaza donde había mucha gente. Los indígenas se afanaban levantando sus puestos. Estaban a lo suyo y no se fijaban en mí, a pesar de que era el único extranjero que se veía por allí. Recorrí todo el pueblo y comprobé que el mercado se extendería por casi todas las calles, aunque la mayor concentración estaba en la plaza.
    Paré frente a uno de estos puestos a medio montar y los saludé.
    _ Buenos días - les dije.
    _ Buenos días señora - me contestaron -. Todavía no está abierto el mercado, hasta dentro de dos horas no estará todo listo.
    _ Ya lo supongo - sólo he salido a curiosear un poco, no podía dormir, por el cambio horario.
    _ Usted viene de España, ¿no?
    _ Sí, llevo dos días en el país y todavía no me he acostumbrado a este horario. ¿Qué vendéis en este puesto que estáis montando?
    _ Trajes indígenas y jerseys de lana. Cuando esté montado puede venir usted y se los mostraremos, para que lleve un recuerdo a sus familiares.
    _ ¿Os importa que ayude a montar todo esto?, no tengo nada que hacer y puedo echaros una mano, no me importa.
    _ Si usted quiere, por nosotros no hay problema - me contestaron.
    Y así estuve un rato, ayudando a aquellas personas a montar el chiringuito. Cuando el armazón estuvo sujeto, sacamos de una furgoneta pilas de camisas, pantalones y vestidos que yo les acercaba y ellos colocaban en su lugar. Fue un rato agradable durante el cual me explicaron que vivían en un pueblo cercano del que venían todos los jueves para participar en el mercado. Aquí vendían las ropas que fabricaban de forma artesanal, y de esta forma se ganaban la vida. No tenían grandes necesidades y así podían subsistir. Me despedí de ellos prometiéndoles que volvería para comprarles algo.
    En una calle que salía hacia la izquierda de la plaza, encontré una lonja donde se estaba preparando el mercado de frutas y verduras. Entré y observé un colorido precioso; allí se mezclaban el verde, rojo y amarillo de los productos, con los trajes de las mujeres, bordados con todo tipo de colores. Estaban colocando todo aquello formando pirámides que parecían desafiar la fuerza de la gravedad. Parecía que aquellas frutas hubieran sido lavadas una a una y abrillantadas después. Y el tamaño de los tomates, zanahorias y demás, era enorme.
    _ ¿Qué hacéis para conseguir unas hortalizas tan grandes?- les pregunté.
    _ En esta tierra señorita, las personas somos chiquitas, pero los productos de la tierra son grandotes.
    _ Ya lo veo, nunca he visto verduras tan grandes, y tan limpias y brillantes. ¿Las limpiáis una a una?
    _ Sí señorita, así se venden mejor. La comida debe tener un buen aspecto para que esté buena. Mire estas manzanas, cuando termine el día no quedará ninguna.
    _ Es cierto tienen un aspecto tentador, están diciendo cómeme, y tan rojas.
    _ Pruébelas - me dijo tendiéndome una. La cogí.
    _ Pero dígame cuánto cuesta.
    _ Ésta es un regalo. Después vuelva y me compra las que quiera.
    _ Gracias, volveré.
    _ Si quiere puede subir al balcón de la parte superior, desde allí se puede fotografiar todo esto y ahora no hay gente, después se llenará de personas.
    Le hice caso y subí. Era cierto, desde allí salía una foto preciosa y sin turistas pululando. Bajé y me despedí hasta dentro de un rato.
    En las escaleras que daban acceso a la iglesia se estaban acomodando vendedores de flores, y a su lado unas personas con un aspecto extraño, casi parecían brujos. Pregunté a una mujer si las flores eran para la iglesia.
    _ Algunas las vendo para los altares de los santos, pero también para adornar las casas, y para los ritos de los indígenas.
    _ ¿En los ritos indígenas se utilizan flores?
    _ Flores, hierbas, huevos, y muchas otras cosas. Si quiere verlo puede acercarse al cementerio, o a una colina cercana, frente al pueblo - me dijo señalándome la dirección.
    _ Me has dicho en el cementerio, ¿te refieres al que hay al final de aquella cuesta?
    _ El mismo.
    _ Pues me acercaré más tarde -. A esas alturas ya necesitaba hacer una lista con los compromisos que estaba adquiriendo -. ¿Y estos hombres que hay aquí cerca, quiénes son, parecen brujos?
    _ Son chamanes mayas, pero no tenga miedo, son inofensivos. Algunas personas les consultan sobre problemas que les preocupan. También realizan sus ritos aquí en la iglesia. Dentro de un rato, cuando amanezca, alguno llevará a cabo el rito de bienvenida al sol, porque éste es el Templo del Sol, ¿lo sabía?
    _ Sí, de eso ya me enteré ayer cuando llegué al pueblo.
    En aquel momento varios de ellos comenzaron a extender por las escaleras y la entrada un montón de hierbas.
    _ ¿Puedo subir y quedarme junto a la puerta para ver lo que hacen? - le pregunté a la mujer.
    _ Sí claro, pero colóquese en un extremo para no molestarlos.
    Me coloqué como me había dicho, contra la pared de la iglesia, y estuve observando como aquellos hombres comenzaban a moverse entonando un sonsonete que no entendía, luego supe que hablaban en nahualt, el idioma maya. Después cogieron unos latas sujetas por unas cuerdas y encendieron lo que hubiera dentro, que empezó a despedir humo hasta llenar todo el lugar, y casi asfixiarme a mí, que seguía allí observándolo todo. Al mismo tiempo amaneció y sus cantos se hicieron más intensos mientras seguían moviendo aquellos braseros. Tuve que bajar para no terminar ahogada. La mujer de las flores me vio y me preguntó.
    _ ¿Qué le ha parecido el rito?
    _ Muy curioso, pero casi me ahogo con tanto humo. ¿Qué es lo que arde en esas latas?
    _ Una mezcla que sólo los chamanes conocen y preparan.
    Un sacerdote abrió en ese momento las puertas de la iglesia, sin prestar atención a aquellos hombres; allí todos respetaban a los demás. El humo se introdujo en la iglesia, pero no por ello cerró la puerta, que permaneció abierta a la espera de cualquiera que quisiera entrar.
    Qué cantidad de cosas interesantes había visto en poco rato. Había merecido la pena salir tan temprano. El mercado ya se veía montado totalmente y pronto se llenaría de gente. De vuelta hacia el hotel para desayunar, me paré en el puesto que había ayudado a montar.
    _ ¿Ya estáis abiertos? - les pregunté.
    _ Todavía no ha llegado nadie, pero podemos ofrecerle lo que quiera.
    Les compré dos jerseys. Eran muy coloridos, pero les prometí comprar algo, de forma que me los llevaba, para algo me servirían.
    _ Vuelvo al hotel a desayunar - les dije -. Les diré a mis compañeros que pasen por aquí para compraos algo.
    _ Gracias señorita, hasta la vista.
    En el hotel la puerta estaba como yo la había dejado. La de enfrente todavía no la habían abierto, de forma que no podía desayunar todavía. Entré y me dirigí a la habitación, me daría una ducha y después volvería a bajar. Entonces un chico apareció y me preguntó si había abierto la puerta.
    _ Sí, lo siento. He salido para recorrer el mercado temprano y me he encontrado con la puerta atrancada, después he tenido que dejarla abierta. ¿Ha habido algún problema?
    _ No señorita, no se preocupe. Cerramos la puerta porque en la noche no queda nadie en la recepción y algunas habitaciones no las cierran sus inquilinos, y las que no están ocupadas no tienen llave.
    _ Lo siento si he causado algún problema.
    _ No se preocupe, todo está bien. ¿Usted ha tenido algún problema?
    _ Ninguno gracias, me he divertido mucho. ¿Cuándo abre el restaurante?
    _ En media hora. Ahora voy a abrir la otra puerta, parece que de esa zona no se ha escapado nadie.
    Subí sonriendo a mi habitación. Así que me había escapado. Me resultó divertido el comentario.
      Cuando bajé a desayunar, todos los que me acompañaban ya se habían enterado que me había escapado y había tenido que abrir la puerta. Uno de ellos había tenido la misma idea que yo, pero al encontrar la puerta cerrada, dio media vuelta y volvió a dormir.
    _ Pues yo no lo pensé, levanté la tranca y me marché. Y no sabéis lo bien que he estado; seguro que a partir de ahora ya no será igual todo lleno de gente. Les estuve contando un poco mis aventuras.
    Volví a salir y efectivamente la cantidad de gente que llenaba el mercado era bastante. Decidí cambiar de rumbo y encaminarme hacia aquellos lugares que me habían nombrado para ver los ritos mayas. En primer lugar el cementerio, que se encontraba al final de la pendiente donde estaba mi hotel.
    Era un cementerio grande y se veía desde lejos por el colorido de sus tumbas. No parece un lugar triste - pensé. La puerta estaba abierta y desde varios lugares se elevaban columnas de humo. Me acerqué hacia una de ellas y observé como unas personas tenían encendida una hoguera sobre la que estaban haciendo algo. No quise importunarlas y me coloqué a una distancia que me permitía ver sin molestar, medio escondida por una de las cruces. Una mujer y un hombre indígenas habían formado en el suelo una pequeña montaña con hierbas y flores, rodeada por piedras y lo que parecía eran huevos. Todo aquello ardía y ellos rociaban el fuego con algo que chisporroteaba, mientras salmodiaban palabras, que ya sabía era nahualt. No eran los únicos, en otros rincones, otros grupos de indígenas hacían lo mismo, y entre tanto los niños corrían entre las tumbas jugando y persiguiéndose.  Dejé el lugar, y tras ascender la pendiente que era bastante pronunciada, llegué de nuevo al pueblo. Entonces me encaminé hacia otra dirección, la de la montaña cercana en cuya ladera también se llevaban a cabo ritos mayas. Pregunté para no equivocarme y me señalaron hacia el mismo lugar que ya me había indicado la vendedora de flores.
    _ No se perderá porque en cuanto salga del pueblo verá una columna de humo, diríjase hacia allí.
    Pronto vi el humo y encontré la forma de llegar. Salía de entre los árboles. Llegué a un pequeño claro.
    Allí había un altar de piedra, y sobre él estaban llevando a cabo otros ritos diferentes, en este caso más sangrientos. No faltaba la hoguera y los salmos, pero además uno de los indígenas tenía un pollo en la mano, al que sacrificó sobre el altar. Después roció su sangre sobre la hoguera. Aquello ya me pareció más macabro, aunque también sabía que la civilización maya había llevado a cabo sacrificios humanos. Si sus tradiciones se mantenían, esto tenía parte de explicación. Me vieron, pero no les molestó que estuviera allí, además no era la única, otros extranjeros se habían acercado y todos observábamos el ritual.
    Todavía me quedaba una cosa por hacer, además de volver a recorrer el mercado que ahora estaría muy animado. Le había prometido a la vendedora de fruta que regresaría para comprarle algo. Me adentré entre todos los puestos; ahora casi no había espacio para caminar entre ellos. A los indígenas que arrastraban carros y cestos con todo tipo de cosas, había que añadir un gran número de personas que curioseaban por todas partes, conociendo un mundo que probablemente desconocían. Me alegré por haber podido disfrutar de aquellos momentos en la madrugada, seguro que viví cosas que habitualmente no se viven. El avance era lento y también paré en algunos puestos donde mirar los productos que se vendían. Cuando llegué a la lonja de las hortalizas, ya era bastante tarde; si no me daba prisa me quedaría en tierra. La vendedora me reconoció y enseguida preguntó:
    _ Hola señorita, ¿viene a por las manzanas?
    _ Sí, dije que volvería. Espero que todavía te queden.
    _ Aquí están. ¿Cuántas desea?
    _ No lo sé. ¿Puedes ponerme dos kilos?
    _ Las que usted desee.
    Le pagué mi compra y ella me deseó un buen viaje. Tuve que atravesar de prisa el mercado porque estaba en el límite del tiempo. Nos marchábamos a las doce y todavía tenía que recoger mis cosas de la habitación. Cuando llegué, el autobús ya estaba cargado y casi todos esperando.
    _ Lo siento. Solo serán cinco minutos, recojo mis cosas y ya estoy aquí.
    Volví sudando por la carrera. Para que nadie se enfadara, repartí entre todos las manzanas que había comprado, y así suavicé algunas caras largas.

    Aquella noche teníamos que dormir en Quetzaltenango, una población importante en el altiplano, pero antes de llegar, atravesamos de nuevo por aquel paisaje de volcanes y montañas rebosantes de vegetación. No me cansaba de mirarlo, y ni siquiera las curvas y la incomodidad del vehículo me importaban. De todo este recorrido recuerdo especialmente un pueblo, San Andrés de Xecul, donde me quedé asombrada con la fachada de su iglesia, una fachada de estilo barroco completamente pintada de colores deslumbrantes. Un fondo amarillo sobre el cual destacaban las figuras pintadas en rojo, verde, azul.
    En Quetzaltenango la noche fue lluviosa. Estaba en el centro, junto a la plaza donde se levantaba la catedral, con su fachada también barroca. Desde allí se podía llegar con facilidad al teatro, un edificio enorme de aspecto neoclásico, y a la universidad, donde pasé un buen rato hablando con algunos alumnos y con uno de los profesores, que se empeñó en enseñarme las aulas y los estudios sobre los que estaba trabajando. Cuando salí había comenzado a llover. Pregunté por algún lugar donde poder cenar, pero algo sencillo, tipo tasca española. Me recomendaron un local frente al teatro. Pronto despejaron una mesa de madera donde bien cabían seis u ocho personas. Preparaban unas buenas patatas fritas y un bistec que devoré sin pensarlo.
    La parada en aquel lugar no fue nada más, ahora me dirigía al Lago Atitlán. Pero el camino hasta allí dio para más cosas. Una parada de un par de horas en un pueblo, Almolonga, donde se celebraba un mercado de hortalizas. La plaza donde estaban todos los compradores y vendedores era una aglomeración impresionante de personas y productos. El colorido era descomunal. Las mujeres llevaban trajes de todos los colores, y los tocados de su cabeza también rebosaban color. Las hortalizas, como en Chichicastenango, eran un gusto para los sentidos. Pilas enormes de cebollas, zanahorias, judías, tomates, calabacines, y todo tipo de cosas, se levantaban como muros. Parecía mentira que todo aquello no se viniera abajo con aquel trasiego de personas de un lado para otro. Una mujer llevaba sobre la cabeza una bandeja en la que había formado una pirámide de tomates, y en ningún momento perdió ninguno, era increíble, ¡si la empujaban por todos los lados! Muchas mujeres llevaban a la espalda a sus hijos, sujetos con un pañuelo que ataban alrededor del cuerpo; y tampoco los perdían.
    Fuera de la plaza la gente llegaba llevando sobre sus cabezas cestas con más productos. Aquel mercado debía ser importante porque las cantidades de hortalizas que se movían eran enormes. Pasé junto a una carnicería y varias mujeres me llamaron, querían que las fotografiara. Ya en las afueras del pueblo, junto a la carretera, dos mujeres jóvenes estaban esperando junto a dos cestos cargados de verduras. Me saludaron y estuve charlando con ellas, esperaban a alguien para trasladarlas al mercado. En ese momento llegó una furgoneta descubierta y paró junto a las mujeres, que se agacharon para coger los cestos. Quise ser amable y les pedí que me dejaran a mí subirlos al vehículo. Cuando tomé el primero, no pude conseguir que se moviera del sitio.
    _ ¿Qué lleváis aquí? – pregunté - no puedo moverlo.
    Se reían entre ellas, y sin apenas hacer esfuerzo alguno, los levantaron para dejarlos sobre la furgoneta.
    _ No entiendo cómo podéis hacerlo con lo pequeñitas que sois, pero si pesaba como un muerto.
    _ Nosotras estamos acostumbradas - me dijeron - pero gracias por su ayuda.
    _ No hay de qué, pero poco os he ayudado -. Estos indígenas son pequeños pero fuertes.
    Pasé la tarde en el Lago Atitlán. Es un lugar tranquilo, en el fondo de una depresión. Cuando salí a la terraza de mi habitación, frente al lago, me encantó la vista. El volcán San Pedro, imponente, se levantaba justo delante de mí. Era una vista preciosa
    Tuve tiempo para hacer de todo. En primer lugar me dediqué a caminar por la orilla del lago viendo a los pescadores y las pequeñas playas que allí se habían formado, aunque no eran muy utilizadas para el baño. Después me dediqué a caminar por una larga calle que partía del lago y subía hasta unas pequeñas iglesias que poca gente visitaba. Aquella calle era completamente comercial ya que había muchos turistas. En un rincón una niña pequeña estaba llorando sin parar y su madre no conseguía callarla, era una pequeña indígena. Me acerqué a ella y le dije:
    _ Si dejas de llorar te doy un caramelo -. Entonces se me quedó mirando fijamente y se calló, le di el caramelo prometido, y de nuevo comenzó a llorar.
    _ Ése no era el trato - le dije -. Cuando vuelva de mi paseo quiero verte reír, porque voy a volver por aquí, y si te veo reír te daré más caramelos, incluso puede que te cuente un cuento.
    Tardé en regresar porque antes estuve mirando todo lo que encontraba a mi paso y visitando una iglesia que encontré al final de la calle. Estaba cubierta de tules que caían desde el techo y se recogían en las paredes formando un pasillo que supuse sería para alguna celebración. Después me senté en una terraza y tomé una cerveza con algunos compañeros que pasaron por allí. Volvía tranquilamente y ya no recordaba a aquella niña, cuando noté que alguien me tiraba de la camiseta desde abajo, bajé la vista y la vi sonriendo. Entonces me dijo:
    _ Ya no lloro, me tiene que dar otro caramelo -. Se lo di.
    _ Y también quiero que me cuente un cuento, antes me dijo que lo haría.
    Tenía razón, se lo había dicho. Estábamos cerca de la orilla del lago y se me ocurrió una idea. Le pregunté a su madre si la niña podía venir conmigo para sentarnos en la orilla y contarle unas historias. No me puso ningún problema, y con ella se vinieron unos cuantos niños más. Nos sentamos en la orilla formando un círculo, y les conté varios cuentos.
    _ Esos ya los sabíamos - me dijeron.
    _ ¿Sabes alguno nuevo? - me preguntaron.
    Entonces se me ocurrió algo. Les comencé a decir que conocía una historia sobre un animal enorme y muy raro que vivía en el fondo de un lago, como aquél que teníamos allí, y a continuación les conté la historia del monstruo del lago Ness, añadiendo cosas de mi cosecha que la hacía más interesante. Todos estaban callados escuchando atentamente sin dejar de mirarme. Había conseguido captar su atención con una historia que no conocían. Creo que se divirtieron muchísimo, y la verdad es que yo también lo hice. Cuando me despedí de ellos estaban muy contentos, se fueron persiguiéndose unos a otros, y con todos los caramelos que llevaba en mi mochila.
    Unas semanas después de regresar a casa, una de las tormentas que cada año asola Centroamérica, llegó al Lago Atitlán y provocó la muerte de muchas personas, sepultadas bajo el barro que se desprendió de la ladera del volcán San Pedro. Yo no pude evitar recordar a aquellos niños y preguntarme si ellos estarían entre los muertos o habían conseguido sobrevivir. Otro lugar donde la vida es dura.
    Aquella noche tampoco dormí mucho, y no porque me despertara pronto, sino porque pensé que tenía que ser precioso ver amanecer sobre el volcán. Decidí que antes de que amaneciera saldría a la terraza y me quedaría allí para ver el espectáculo, pero antes de acostarme me quedaría otro rato. Noté un poco de frío y me envolví en el edredón de la cama, sentada en la terraza, y allí me quedé dormida. Me despertó el ruido de un trueno, estaba desorientada, y entonces vi que los rayos iluminaban el volcán. Una tormenta que se encontraba detrás de éste, descargaba tal cantidad de rayos que casi parecía que el volcán estuviera en erupción. Entré a por mi cámara y disparé fotos sin cesar. Después me quedé allí, estaba calentita envuelta en el edredón y aquello era una gozada. Poco a poco la tormenta se calmó y no tardó mucho en amanecer. Había supuesto que sería un amanecer impresionante y no me defraudó; la orientación era la ideal, hacia el este. A partir de aquel momento, dormir ya era imposible, de forma que me marché a pasear por la orilla del lago. Fue un paseo largo y tranquilo y cuando regresé tenía tanta hambre que hubiera acabado con todo el buffet del desayuno.
    La población más auténtica de todo el lago es Santiago de Atitlán, un pueblo situado a los pies del volcán San Pedro. Llegué en barco hasta el embarcadero, donde un grupo de niños estaban esperando a los turistas del día para acompañarles en su recorrido. El volcán se ve allí más impresionante que desde ningún otro punto; está tan cerca que casi puede tocarse con la mano. Una calle en pendiente asciende hasta el centro del pueblo, donde se encuentra una plaza y la iglesia, pero llegar hasta allí me llevó bastante tiempo, y no por el cansancio del ascenso, sino por la cantidad de paradas que hice. Tenía toda la mañana para recorrer el pueblo, de forma que podía tomármelo con tranquilidad. La mochila me pesaba bastante, y solamente llevaba dos cosas: unas botellas de agua y el resto eran caramelos. Cuando regresé al barco la llevaba vacía.
    Es un pueblo indígena donde las mujeres visten unos trajes blancos con bordados rojos, amarillos y de otros colores. En la cabeza llevan tocados diferentes a los que había visto en los días anteriores, como una gran rosca enrollada formando una especie de plato. Los hombres llevaban todos sombrero, y pantalones cortos hasta media pierna.
    El guía del grupo nos indicó donde estaba la calle que nos llevaría hasta el centro, y se despidió hasta la hora en que volvería a recogernos. Yo me dirigí hacia allí, rodeada de unos niños que no paraban de decirme que si quería ver a Maximón. Como no paraban de insistir, terminé preguntándoles si ése tal Maximón era alguna persona importante.
    _ No es una persona, es un santo muy importante - me dijeron.
    _ ¡Ah, un santo!, pues ya lo veré cuando llegue a la iglesia.
    _ Pero Maximón no está en la iglesia.
    _ ¿Pues dónde está? – pregunté -. Yo creía que los santos estaban en la iglesia.
    _ En nuestra iglesia tenemos muchos santos, luego ya los verá, pero Maximón está en las casas del pueblo.
    _ ¿En todas las casas?
    _ No, en una de ellas. Va cambiando de casa, ahora está en ….  - No recuerdo donde me dijeron -. Venga con nosotros y se lo enseñamos.
    _ Pero si está en una casa, los dueños estarán ocupados y puede que molestemos - les dije.
    _ No se molesta. Todos van a ver a Maximón.
    _ De acuerdo, enseñadme a vuestro santo.
    Me llevaron hasta una casa sencilla, con aspecto pobre, pero así eran todas las casas del pueblo. Sus habitantes no se molestaron por mi visita, al contrario, estaban encantados. En un rincón de aquella humilde vivienda, se encontraba un muñeco grande, con aspecto bastante grotesco. Sentado en una silla alta, presidía toda la estancia. Me pareció un muñeco de trapo, aunque debía ser de madera. Estaba vestido con las ropas que llevan los hombres en aquella zona, un sombrero y un gran puro en la boca. Ésta también servía para que vertieran en ella un licor fuerte, que salía por la parte inferior del muñeco. Lo miré con cara de incredulidad, aquello parecía cualquier cosa menos un santo.
    _ No parece un santo - les dije.
    _ Es Maximón, y es muy sagrado - me contestó la mujer de la casa -. Cada cierto tiempo cambia de casa para que todos podamos beneficiarnos de su protección. Es un honor tenerlo en nuestra casa.
    _ Ya entiendo - les dije -. En el pueblo donde yo nací había una hornacina con la Sagrada Familia, y también se pasaba de casa en casa, pero hace mucho tiempo, cuando yo era una niña. Durante los días que estaba en la casa se le encendía una vela, y algunos le rezaban. ¿Aquí qué hacéis?
    _ También le rezamos, y le damos aguardiente. Procuramos que siempre tenga el puro en la boca.
    _ Vaya, no parece una forma de actuar muy sagrada. ¿Y por qué no está en la iglesia?
    _ Allí están todos los demás santos, pero Maximón siempre ha estado en las casas de la gente.
    No recibí más explicaciones, pero más tarde, cuando pregunté a mi guía me explicó el verdadero sentido de este santo.
    _ Es la forma que adoptaron los indígenas de burlarse de la religión que les fue impuesta.
    _ Pero si son muy católicos, casi más que en España.
    _ Sí, de eso no hay ninguna duda, pero Maximón se ha convertido en una tradición, y ni ellos mismos saben el origen que tiene.
    Y pasó a explicármelo.
    _ En realidad representa a Judas, el apóstol malo para los católicos. Los primeros indígenas a los que se impuso la religión católica, la aceptaron, pero al mismo tiempo se rieron de ella tomando como santo más importante al más malo de todos los santos, y lo convirtieron en su preferido, caricaturizándolo de esta forma. Esto se ha mantenido a través de todas las generaciones posteriores y ahora ahí lo tienen sin conocer exactamente su verdadero porqué.
    _ Muy curiosa toda esta historia sobre la religión y su aceptación por parte de los indígenas. Por una parte esa convivencia que vimos en Chichicastenango, y ahora esto. Y lo mejor de todo es que conviven con las dos sin ningún problema.
    _ Sí, sí, y el fervor que verás en todas las iglesias por parte de esta misma gente es algo que en España, de donde vino todo, ya no se tiene.
    Antes de salir de la casa me pidieron una limosna para Maximón. Se la di, aunque no estaba segura si era para Maximón o para la familia, pero qué importaba.
    _ ¡Para los puros de Maximón! – les dije- o para aguardiente.
    Ahora ya podía dedicarme a visitar despacio aquel pueblo indígena. La gente vendía de todo y paré en muchos de sus puestos. Una niña, con el traje típico de aquella zona, estaba en la puerta de su casa, o al menos eso me dijo, y me invitó a pasar. Fui tras ella y entré en una especie de cuadra, porque aquello no podía tener otro nombre, y sin embargo allí vivía una familia, y bastante numerosa. Una mujer, la madre de un montón de niños, me pidió que pasara. Buscó en una caja y me mostró un folleto turístico de Guatemala. Al principio no entendía para qué me lo mostraba; entonces señaló la fotografía de una niña que aparecía en el mismo.
     _ Mi hija fue elegida para ser la niña que aparece en el folleto con el que nuestro país se anuncia en todo el mundo.
    Miré a la niña y me di cuenta que era la misma, incluso llevaba el mismo vestido.
    _ Hicieron muchas fotos - me dijo.
    _ Entonces eres famosa - le contesté.
    _ Sí, un poco - contestó sonriendo.
    Yo pensaba al mismo tiempo. ¿Y de qué te ha servido si sigues viviendo en la más absoluta miseria?
    En aquella habitación había al menos diez o doce niños de todas las edades, aunque la mayor parecía esta niña.
    _ ¿Son todos hijos tuyos? - pregunté a la mujer.
    _ Sí, tengo trece hijos.
    _ ¿Y cómo haces para salir adelante?
    _ Hacemos lo que podemos, señorita. Somos muchos y muy pobres.
    Se me partía el alma, no sabía qué hacer ni qué decirle. Un niño daba sus primeros pasos a pesar de ser muy pequeño, estaba claro que allí cada uno se las apañaba como podía, y el hambre los hacía ser muy despiertos. Se me ocurrió darles caramelos, no tenía nada más. En cuanto los vieron, todos me rodearon con las manos extendidas, y les llené la mano, incluso a la madre, que no decía nada pero me miraba con ojos de súplica, porque a pesar de tener trece hijos, era joven. El chiquitín se quedó sin nada, no le di pensando que era muy pequeño y podía ahogarse, pero cuando todos se alejaron, él se quedó frente a mí, mirándome; no hablaba todavía, aunque sus ojos decían mucho.
    _ Creo que también quiere caramelos - le dije a la madre.
    _ Sí, él también quiere.
    _ Pero es muy pequeño, puede ahogarse.
    _ No se ahogará - me contestó su madre - dele uno y ya lo verá.
    Se lo di, y se quedó con él en su manita sin hacer nada. Era tan pequeño que no sabía lo qué era ni para qué servía.
    _ Cómelo - le dije.
    Entonces se lo metió en la boca, con plástico incluido. Yo estaba sentada y lo cogí en brazos, me lo senté en las rodillas y le saqué el caramelo de la boca, cosa que me costó porque se resistía, pobrecito pensaba que quería quitárselo. Le quité el plástico y volví a metérselo en la boca. En toda esta operación terminé con toda la mano llena de mocos, que al pobrecito le colgaban como dos velones, pero qué importaba.
    Salí de aquella casa, me despedí de la mujer y le deseé mucha suerte. Continué calle arriba, y antes de llegar a la plaza, la mochila estaba vacía, no me quedaba ni un caramelo.
    Entré en la iglesia donde varias mujeres indígenas estaban adornando los altares con montones de flores, y limpiando todos los rincones. Los santos estaban formando pequeños grupos, y cada grupo vestido con trajes diferentes. Eran figuras sencillas y con rasgos indígenas.
    Me marché de aquel pueblo con una sensación agradable, sus gentes eran sencillas y vivían con lo mínimo indispensable, me habían encantado. Semanas después la avalancha de barro castigo especialmente a aquel pueblo. ¿Qué fue de la niña del folleto, y de su hermanito?, ¿qué fue de aquellas personas? , ¿qué fue de Maximón? Seguro que él sobrevivió, porque si no fue así, volverían a construirlo, pero las personas son insustituibles, y cuando se van, ya nunca regresan.

    El siguiente paso en este recorrido por el altiplano fue una ciudad encantadora, la más bonita de toda Guatemala, me estoy refiriendo a Antigua. Fue creada por los colonizadores españoles, y me sorprendí al ver su trazado en cuadrícula, típico en muchas otras ciudades iberoamericanas. Sus calles, todas perpendiculares entre sí, formando cuadrados perfectos, y sus casas de una sola planta pintadas de colores, con rejas en las ventanas. La ciudad está rodeada por varios volcanes que pueden verse desde cualquier lugar, elevándose detrás de las casas y al fondo de las calles.
    Antes de llegar me dieron una sorpresa. El guía se me acercó en una parada en el camino y me dijo que tenía que decirme algo. Me asusté, ¿qué había pasado?
    _ ¿Usted ha pagado más por el viaje? - me preguntó.
    _ No entiendo a qué te refieres, he pagado su precio, ¿por qué lo preguntas?
    _ Es que usted es la única persona del grupo que va a un hotel diferente.
    _ No lo sé, ni siquiera recuerdo a qué hotel voy, pero será porque no había espacio en el otro, ¿no?
    _ No señorita, su hotel es muy especial. No le voy a decir al resto del grupo que usted va allí porque seguro que se enfadan. Si le parece bien los dejamos primero a ellos y después la llevo a usted, pero no les diga nada.
    _ ¿Pero qué tiene de especial mi hotel, no entiendo nada?
    _ Usted va a “Casa Santo Domingo”, es un museo, uno de los monumentos más importantes de esta ciudad. Al mismo tiempo también lo han adaptado como hotel, un hotel exclusivo, el mejor de la ciudad. Es un lujo poder pasar una noche en ese lugar, por eso le pregunté si usted había pagado más dinero.
    _ No he pagado más dinero, y no tenía ni idea. Lo que no entiendo es por qué voy yo y los demás no. Es el mismo viaje, y todos lo hemos comprado al mismo organizador, aunque en diferentes ciudades.
    _ Yo no sé nada más, sólo puedo decirle que son las órdenes que hemos recibido desde España, que usted pasa esta noche en “Casa Santo Domingo”.
    Estaba alucinada, no entendía nada. Pero una explicación comenzó a abrirse paso en mi cabeza, y cuando regresé a España la pude confirmar. Había sido una atención comercial por parte de la persona a la que desde hacía años le compraba todos los viajes. Alguna vez me había dicho que cuando adquiriera un viaje organizado por ellos y no el de un tercero, tendría una atención conmigo, entre tanto no podía hacer nada.
    Mis compañeros de viaje se quedaron asombrados cuando les dije que yo me marchaba a otro hotel, pero no les dije nada más.
    _ Acércate aquí cuando dejes tus cosas - me dijeron.
    _ No os prometo nada, ya veré lo que hago.
    Me dejaron en mi hotel. Desde la calle sólo se veía una tapia de la misma altura que todas las casas circundantes, pero cuando traspasé la pequeña puerta que se abría en esta tapia, me encontré en mitad de un jardín. Un edificio en piedra, antiguo, se levantaba a mi derecha. Seguí adelante y pasé a una zona que parecía y era un antiguo monasterio. En sus rincones y salas se podían ver exposiciones de piezas religiosas. De allí se pasaba a un patio inmenso rodeado de edificios bajos, las antiguas celdas de los monjes, ahora convertidas en habitaciones, y todo rodeado de jardines y ruinas de las primeras construcciones coloniales. Cuando después de mucho caminar llegué a la recepción, los empleados estaban vestidos de monjes, y la música gregoriana sonaba de fondo.
    Mi habitación era una de las antiguas celdas. Cada habitación era diferente y en ella se exponían piezas que estaban allí como en cualquier otra sala de un museo; de hecho en las habitaciones libres los visitantes entraban para ver las figuras expuestas. Era como estar alojada en un museo.
    Antes de salir a la calle recorrí el resto de aquel monumento que todavía se extendía mucho más allá de lo que había visto. Más allá de la zona de las celdas, un amplio espacio estaba lleno de ruinas, y caminando entre ellas encontré un cementerio, y más alejada, los restos de la iglesia. Era grande, y estaba destruida por los terremotos que asolan esta zona, sin embargo todo el altar estaba entero, o reconstruido, y se seguía utilizando para celebrar misa al aire libre.
    En otra dirección se encontraban las huertas, ahora convertidas en jardines. A su alrededor estaban los antiguos molinos y edificios para almacenar todo lo que cultivaban. Era un lugar muy grande. Aquel antiguo monasterio debió ser el más importante del país.
    Cuando ya había recorrido todo aquello salí a la calle. Miré en todas las direcciones y no sabía hacia dónde ir, todas parecían iguales. Tuve que preguntar para dirigirme hacia el centro, a la plaza por donde había pasado anteriormente y donde estaba la catedral. Me hablaron en cuadras: primero recto, dos a la derecha y tres a la izquierda, o algo similar. De todos modos llegué, aunque me desviaba continuamente cada vez que en un cruce de calles veía un edificio diferente o algo que me atrajera. Era sorprendente el estado en el que se encontraban prácticamente todas las iglesias. Por fuera parecían enteras, pero dentro no había nada, ni techo; los terremotos las habían derrumbado. Aquella zona era de una actividad sísmica muy fuerte. Las casas eran una preciosidad. Todas tenían en sus ventanas enrejados de forja, y estaban pintadas con colores vivos; más bien parecían casitas de muñecas. Llegué a la plaza principal y no pude entrar en la catedral porque estaba cerrada. Su fachada era impresionante, debía ser una catedral preciosa. Al día siguiente comprobé que dentro, como en el resto de iglesias, todo estaba derrumbado, el techo no existía, sólo la fachada.
    Paseando encontré a algunas personas del grupo y me preguntaron por mi hotel.
    _ Bien - les contesté - pero es mejor salir a pasear.
    _ Estábamos pensando celebrar una cena esta noche con algunas de las cosas que traemos en la maleta, vente con nosotros.
    _ Yo no llevo comida - les dije - puedo comprar algo aquí.
    _ No hace falta, si llevamos más de lo que vamos a comer.
    Me fui con ellos a su hotel. Tampoco estaba mal. Todos estaban en un pequeño patio alrededor del cual tenían las habitaciones. Sacamos a aquel patio unas mesas y preparamos una merienda de la que disfrutamos como si estuviésemos en nuestro propio jardín. Fue una noche muy agradable, hasta que se levantó el viento.
    _ Será mejor que me vaya - les dije - ya es tarde y parece que habrá tormenta.
    Antes de llegar a la plaza frente a la catedral, comenzó a llover. Me puse a correr, era noche cerrada, y me perdí. Todas las calles eran iguales, perdí el número de cuadras y la dirección, y lógicamente también me perdí yo. Tuve que preguntar varias veces a las pocas personas que encontré, hasta que conseguí llegar. La última vez que pregunté, me respondieron:
    _ Pero si está usted en la tapia del hotel. Siga unos pasos y verá la puerta.
    A la mañana siguiente se descubrió que yo había pasado la noche en este hotel. Se trataba de un monumento histórico que debíamos visitar, y puesto que ya estaba allí, me quedé esperando al resto del grupo. Cuando llegaron se lo imaginaron.
    _ ¿Pero tú ya estabas aquí, es a este hotel al que te han traído?
    Y aquí se montó el lío. Todos querían saber porqué yo había estado allí. Tuve que terminar diciendo que había pagado un suplemento porque me interesaba el sitio, y al menos esto calmó un poco los ánimos.
    Tras visitar el lugar, que yo ya conocía, recorrimos el resto de la ciudad y después preferí quedarme sola hasta la hora de partir; algunos estaban un poco enfadados conmigo por el tema del hotel. Era domingo y estaba en la plaza principal cuando me percaté de que la gente estaba colocándose en uno de los lados en espera de algo. Pregunté qué ocurría y me respondieron:
    _ Va a pasar un desfile para celebrar el día de la independencia.
    Me quedé para verlo, y pronto una música de salsa se escuchó a lo lejos. Ante mí comenzaron a pasar grupos de jóvenes, eran diferentes colegios, que bailaban sin parar al ritmo de aquella música tan marchosa. No pude evitarlo y me puse a bailar como loca. Estuve más de una hora, lo que duró todo el desfile, sin parar de bailar salsa, merengue y otros ritmos caribeños. Cuando todo acabó me di cuenta que faltaba poco para la hora de la salida y tuve que correr para no quedarme otra vez la última.


  Volvimos a Ciudad de Guatemala. Allí me despedí de mis compañeros de trayecto y del guía. Al día siguiente nuevos compañeros y nuevo guía me acompañarían al sur del país.
    Salí temprano, era un día laborable y la salida de Ciudad de Guatemala era un caos. La dirección que llevaba era hacia el sur. Teníamos que llegar hasta la frontera con Honduras, para cruzarla y pasar una noche en Copán. Era la hora de comer cuando llegamos al sitio arqueológico de Copán, en Honduras. No comimos o no tendríamos tiempo de visitar las ruinas, además el cielo anunciaba tormenta y teníamos prisa.
    Me encontraba en una de las principales ciudades mayas, aquí gobernó el rey “Ocho Conejos”, que mantuvo guerras continuas con los reyes de Quirigua y de Tikal. Me adentré en el parque a lo largo del cual se extiende la ciudad, tenía ilusión por verla. Era la primera vez que contemplaría una ciudad maya. A lo largo del camino, desde la entrada hasta una gran explanada cubierta de un césped muy cuidado, pude ver en las ramas de los árboles papagayos o guacamayos de colores, y otros con una larga cola en colores rojos, amarillos, verdes y azules. Supongo que no eran quetzales, pero lo parecían.
    La explanada o plaza principal de Copán es inmensa, varias pirámides se encuentran en ella, y algunas estelas de piedra sobre las que están esculpidas imágenes de dioses con aspecto bastante terrorífico. Algo muy interesante en esta plaza es una piedra redonda y teñida de un color pardo. Es el lugar donde se llevaba a cabo el sacrificio del capitán del equipo que ganaba en el juego de pelota, y su color pardo, aunque pueda parecer macabro, se debe a la sangre que aquella piedra había absorbido hacía siglos.
    Caminando hacia el fondo de la plaza, se encontraba el juego de pelota, en un estado de conservación muy bueno. El juego de pelota era algo sagrado para los mayas, no era un simple juego. El capitán del equipo ganador era sacrificado al finalizar el juego, y esto para ellos era un honor. Resulta difícil entenderlo hoy en día, pero aquella civilización era tan diferente a nosotros, que cualquier cosa es increíble.
    A partir de la plaza, el resto de la ciudad se interna en la selva. Tuve que subir por caminos a los que la vegetación estaba invadiendo, y ya en una zona más alta encontré el palacio de “Ocho Conejos” que ocupaba un espacio grande. Son muchos los relieves que quedan y todos tienen ese aspecto feroz que caracteriza a casi todos los restos mayas.
    Lo más importante de Copán es la escalera jeroglífica. Está protegida por un techo artificial. Se trata de una escalera a cuyos lados están esculpidos todos los dioses de la mitología maya, con grandes colmillos sobresaliendo de sus bocas.
    Todavía tuve un buen rato para recorrer las ruinas a mi aire, y volver a internarme en la selva. Los papagayos volaban de una rama a otra, y supuse que muchos otros animales me estarían observando, pero mejor no verlos, porque seguro no me gustarían. Volví a la plaza y subí a alguna de las pirámides, y cuando estaba allí sentada en la cima, retumbó un trueno y comenzó a llover. Tuve que abandonar el lugar, y el trayecto de vuelta era lo suficientemente largo para que llegara empapada. ¡Vaya manera de terminar el día, sin comer y mojada!
    Pasaría la noche en el pueblo de Copán y esperaba que pudiera encontrar un restaurante aceptable. Este pueblo no tiene nada especial. Me uní a dos hermanas que formaban este nuevo grupo, y fuimos en busca de un lugar donde poder cenar. Los restaurantes abundaban ya que todos los visitantes de Copán pernoctaban en este lugar.
    No fue mucho el tiempo que pasé en Honduras. Al día siguiente volví a cruzar la frontera, y ya de nuevo en Guatemala nos dirigimos hacia Quirigua. Éste era un lugar desconocido para mí, pero me resultó muy interesante. En su momento fue una importante ciudad maya de la cual solamente quedan sus estelas, las más grandes de todo el mundo maya. En una explanada cubierta de césped, y rodeada por la selva, se encuentran colocadas en pie, estelas de piedra llenas de figuras y escritura maya. Alguna tiene una altura considerable. En ellas se relatan las batallas que la ciudad de Quirigua mantuvo con otras ciudades como Copán o Tikal, y también otra serie de cosas, como el famoso cálculo maya del fin del mundo, que en aquel momento, año 2005, restaba solamente siete años.
    Cuando visité aquel lugar, después de Copán, entendí porque la civilización maya, a pesar de todos sus avances en determinadas ramas de la ciencia, terminó destruyéndose a sí misma. Solamente con dos ciudades visitadas me sorprendió algo. Las ciudades mayas eran independientes unas de otras, eran como pequeños reinos, que a pesar de pertenecer a la misma civilización, estaban continuamente enfrentadas, y este enfrentamiento sólo consiguió que terminaran destruyéndose a sí mismos. Parece mentira que algunos pueblos puedan llegar a ser tan avanzados en algunos aspectos, y tan poco inteligentes en otros. Aunque en este sentido es posible que el paso del tiempo tampoco nos haya hecho aprender mucho.
    Quirigua está rodeado por la selva. Había visto todas las estelas y las figuras zoomorfas que se encontraban en otro de los rincones de aquella explanada. Ahora quería un poco de aventura, y nada mejor que internarme en aquella espesura. Antes pregunté:
    _ ¿Es peligroso meterse aquí dentro?
    _ Nunca se sabe lo que puede ser peligroso - me contestó el guía - pero no te adentres demasiado, y procura no perderte.
    _ ¿Hay algún animal del que tenga que cuidarme?
    _ En la selva de Guatemala lo peor que puede ocurrir es encontrarse con una serpiente venenosa, las hay muy peligrosas, y en esta selva se encuentran, aunque ahora con este calor estarán escondidas.
    Me quedé un poco asustada, pero me adentré en la selva. Nada más traspasar la cortina verde, los árboles me rodearon. Al principio se apreciaba un atisbo de sendero, probablemente por allí otras personas habían entrado. Intenté no salirme de él, pero en algún momento me desviaba porque algo llamaba mi atención. Me hice con un palo con el que rastreaba el suelo antes de dar un paso adelante. Todo estaba cubierto de hojas y todo tipo de vegetación, era imposible saber si había algo debajo, a no ser que se tanteara antes. De esta forma fui avanzando despacio, observando aquel mundo nuevo para mí. Nunca antes había estado en la selva. Recordaba la jungla birmana, pero no eran comparables. Esto era diferente, mucho más exuberante. En realidad no se parecían nada.
    Se escuchaban ruidos por todas partes, pero intenté no prestarles mucha atención. Delante de mí, entre dos árboles, una telaraña cubría todo el espacio, era enorme. Me acerqué despacio y observé aquel espectáculo, su diseño era perfecto, parecía recién elaborada; seguro que algún incauto caía en ella. Pensé que si esperaba un rato quizá podría verlo, de forma que me alejé lo suficiente para seguir mirando. A mí alrededor volaban todo tipo de mariposas, algunas eran grandes y brillantes, y de pronto una de ellas, más pequeña, quedó enredada en la telaraña. Seguí allí, observando, y vi como una araña con unas patas larguísimas, comenzaba a caminar despacio hacia su presa hasta que llego hasta ella y después de inmovilizarla se la llevó no sé hacia donde. Todo este proceso, que muchas veces había visto en documentales, me pareció increíble visto allí, de forma totalmente espontanea.
    Seguí adelante, unos animalitos que me recordaban a los armadillos, cruzaban corriendo por el camino. Después me enteré que eran tepezcuintles, un animal que además se come, y que más adelante pude probar.
    Estaba fascinada en aquel mundo, me sentía una aventurera loca a la que en cualquier momento se iba a comer un animal, pero me encantaba. En mi lento avanzar explorando el suelo percibí que algo se movía delante de mí; la adrenalina comenzó a correrme por las venas y me quedé parada, sin moverme. Entonces vi como debajo de las hojas surgía una araña como nunca antes había visto ninguna. Tenía el tamaño de mi mano, era muy gorda y sus patas estaban totalmente cubiertas de pelo. Por suerte no avanzaba hacia mí sino en sentido contrario. Comencé a retroceder sin apartar la vista de ella, y en ese momento un grito desgarrador que venía de lo alto de los árboles, retumbó en toda la selva. Mi reacción fue loca, lancé otro grito y comencé a correr hasta que llegué a la explanada de Quirigua. Salí de entre los árboles asustada y completamente sofocada.
    _ ¿Te ha ocurrido algo? - me preguntó el guía que estaba sentado a la sombra, esperando a todos.
    _ ¿Has escuchado ese grito? - le dije.
    _ Son los monos aulladores - me contestó -. No hacen nada, pero asustan un poco si no estás acostumbrada.
    _ Pues a mí me ha parecido horrible. Me he asustado y he salido corriendo.
    _ No te ha pasado nada, pero eso no debe hacerse. Cuando corres asustada no tienes cuidado y puedes perder la orientación,  o pisar algo que no debas.
    _ Creo que no voy a volver a la selva, pero me ha gustado.
    _ Claro que volverás, espera a ver la selva del Petén.
    _ Por cierto, cuando he salido corriendo estaba mirando una araña muy gorda y grande que caminaba por el suelo. ¿Hay muchas como ésas?
    _ Has visto una tarántula, y sí, hay muchas. En la selva guatemalteca las tarántulas son muy comunes.
    _ ¿Pero la tarántula es muy peligrosa, no?
    _ Lo es si la atacas, pero en caso contrario no hace nada. Incluso se puede coger con la mano. Ahora no tenemos mucho tiempo, pero cuando vayas al Petén seguro que podrás intentarlo.
    _ No creo que lo haga, de eso sí estoy segura.
    _ Sólo hay que quitarse el miedo. Muchos animales no son tan malos, y las tarántulas tienen muy mala fama, pero son bastante dóciles.
    Abandonamos Quirigua para continuar hacia Puerto Barrios, en la costa del Caribe. Pasé la noche en un hotel donde junto con la llave de la habitación me entregaron un plano para no perderme por sus instalaciones. Me pareció un poco exagerado, pero finalmente tuve que utilizarlo para llegar hasta la playa. Mi primera idea había sido tomar un baño en el Caribe, pero desistí nada más ver el aspecto del lugar. El agua no estaba muy limpia, y a aquella hora de la tarde, una nube de mosquitos gigantes zumbaban alrededor de los bañistas, que se los quitaban como podían.
    A la mañana siguiente, una lancha nos esperaba en la playa para surcar las aguas del Caribe hasta llegar a Livingston, una población habitada por gentes de color. No estuve mucho tiempo, aunque pude recorrerla despacio y llegar a una zona donde tenían cocodrilos en cautividad.
    _ ¿De dónde vienen los cocodrilos? - pregunté.
    _ De muy cerca, señorita, del río Dulce que desemboca aquí al lado. Seguro que después navegará usted por él, todos los extranjeros lo hacen.
    _ Creo que sí, voy a estar todo el día navegando rio arriba. ¿Y podré ver cocodrilos en libertad?
    _ Sí que se ven, pero ahora el nivel del agua está muy alto y es más difícil. Pero puede que uno volteé su lancha y pueda verlo de cerca.
    _ ¿Eso no lo dice en serio, verdad?, estos cocodrilos son pequeños y no creo que puedan con una lancha.
    _ Son pequeños pero tienen mucha fuerza. Pero no se preocupe, estaba tomándole el pelo, no molestan a nadie.
    Subí de nuevo a la lancha y pronto abandonamos el mar para introducirnos por una ancha lengua de agua que se abría ante nosotros, era el río Dulce. El trayecto por este río, hasta mitad de la tarde cuando llegamos a nuestro hotel, fue una delicia. El paisaje y la fauna que se observa son alucinantes. Todo a mi alrededor era tan auténtico y salvaje, naturaleza en estado puro. Fueron tal la cantidad de aves que pude ver que parecía imposible pudieran existir tantas especies. La selva llegaba hasta las orillas y se veía tan densa que parecía selva virgen, o probablemente lo fuera. Tenía que ser interesante poder adentrarse en esa selva, pero no era posible; el guía siempre me decía:
    _ Ya llegará usted a Petén y tendrá selva.
    En todo este recorrido por la zona sur de Guatemala, eche de menos el roce con los indígenas que tuve en el altiplano. Aquí no se les veía, toda la población era mestiza o negra. Le pregunté al guía:
    _ En esta zona no se ven indígenas.
    _ Los indígenas mayas pueblan el altiplano, aquí no viven, y en el área de Petén tampoco los verá.
    _ Parece mentira, puesto que aquí y en Petén es donde están todas sus grandes ciudades de la antigüedad.
    _ Estas ciudades fueron abandonadas hace muchos siglos, incluso antes de la llegada de los españoles. Que se mantengan sus restos no quiere decir que los mayas tengan que vivir aquí. Es en el altiplano donde tienen su vida y mantienen sus ritos.
    A pesar de que no pude bajar de la barca, aquel día a lo largo del río Dulce me pareció interesantísimo. Ya era media tarde cuando las orillas llenas de selva comenzaron a dejar ver algunos poblados dispersos, y posteriormente lo que parecía una ciudad. Y entonces, en un recodo del río apareció un Fuerte de la época española, con los cañones asomando en la parte superior. A la mañana siguiente pude visitarlo, era el Fuerte de San Felipe. Su interior es el de un pequeño castillo con estancias preparadas para uso militar, que en su momento vigilaba sobre todo la llegada de piratas. Los cañones se encontraban en su lugar, asomando hacia el río desde la terraza superior, listos para disparar a las naves enemigas. No era muy grande pero se encontraba en perfecto estado, y en su interior se podía recrear la vida de una época en la que los españoles fuimos los dueños de aquella parte del mundo.
    A la mañana siguiente, después de visitar este Fuerte, tuve que esperar un rato a alguien que viniera a buscarme para trasladarme al norte del país, a la selva del Petén. Me despedí de mis compañeros durante aquellos días, y de mi guía, y esperé a mi nuevo guía y a mis nuevos compañeros de aventuras. Llegaron tarde y ya pensé que me habían abandonado. Aquel nuevo grupo era muy curioso. Por una parte una pareja de médicos catalanes que después de un congreso en Ciudad de Guatemala querían aprovechar para visitar Tikal. Un alemán muy joven que antes de volver a su país tras unos meses estudiando en Guatemala para aprender español, también quería conocer Tikal. Y por último tres chicas guatemaltecas, que simplemente hacían turismo dentro de su país; y ésta que escribe, que esperaba sentada bajo un árbol a que alguien la recogiera. Me divertí mucho con las chicas y el chico alemán; juntos subimos todas las pirámides que pudimos y en algunos casos tuve que ayudarles a vencer el vértigo. Las chicas se reían cada vez que me escuchaban hablar, y juntas aprendimos los giros de un mismo idioma, que sin embargo tienen significados diferentes. Al mismo tiempo el aprendiz de español tenía un buen lio en la cabeza porque no sabía cuál de los dos significados era el correcto. Me enseñaron los platos típicos de su país y probamos todo lo que pudimos. Fueron unos días divertidos, donde pude intercambiar opiniones y me enriquecí muchísimo.
    Necesitamos todo el día para llegar a Flores, la ciudad principal de la zona de Petén. Ellos se quedaron en la ciudad, pero yo tenía un hotel dentro de la selva, alejado de la civilización. Me despedí de ellos hasta el día siguiente.
    Tuvimos que recorrer un buen trayecto por un camino sin asfaltar hasta llegar al hotel. Yo no dejaba de pensar:
    _ ¿Pero dónde me llevan?, aquí esta noche se me come un jaguar.
     Por fin llegamos a una zona donde se veían edificios entre la selva.
    La verdad es que el hotel era magnífico, pero no se podía salir de él. Con la llave me dieron un folleto donde se me informaba de los animales que podría encontrar, y a los cuales debía respetar y no molestar. Entre ellos había monos, tucanes, arañas, e incluso alguna serpiente.
    ­_ ¿Pero estos animales pertenecen al hotel? - pregunté a la recepcionista.
    _ No, son animales que se cuelan en las instalaciones, pero no debemos matarlos; éste es su territorio.
    _ Lo de los monos y los tucanes, vale; pero las arañas y las serpientes, ¿no serán peligrosas?
    _ No se preocupe, son inofensivas. Nunca hemos tenido ninguna que causara ningún problema.
    _ Si usted me lo dice, me lo creo, pero no las tengo yo todas conmigo.
    De camino hacia mi habitación vi por las paredes varias arañas, aunque no tarántulas, y todo tipo de lagartijas más o menos grandes, incluso una mantis preciosa. Una vez dentro de la habitación hice una inspección exhaustiva en busca de algo vivo, pero salvo mosquitos enormes, no vi nada. Como no tenía nada más que hacer, me embadurné de ahuyentador de mosquitos y salí hacia un mirador que había visto indicado unos minutos antes. Estaba dentro de las instalaciones del hotel, pero tuve que adentrarme en un camino de tierra que a los pocos metros era invadido por la vegetación que me rodeaba. Me dije a mí misma:
    _ Porque sé que estoy en el hotel, pero yo diría que esto es selva pura y dura.
    Unas hormigas gigantes caminaban en fila; me quedé mirándolas, nunca había visto hormigas de tal tamaño. En una rama cercana, un tucán se encontraba quieto, erguido con su plumaje negro y el pico de colores, era la primera vez que veía un tucán y me encantó. Después de mirar todo lo que aparecía a mi alrededor llegué a lo alto, donde un mirador, protegido por una cerca de madera, se asomaba a un mar de árboles que se perdían en la distancia. Aquello era la selva del Petén, y dentro de ella, los antiguos mayas habían construido una de las maravillas de su mundo, Tikal. Pero antes de conocerla tenía por delante dos días en los que visitaría dos ciudades menos conocidas, pero realmente fascinantes. Una de ellas, Ceibal, enclavada en la selva virgen de Guatemala. La otra Yaxha, más fácil de recorrer y de una extensión enorme.
    Hice el camino de vuelta antes de que cayera la noche, tenía algo de reparo en caminar a oscuras entre los árboles. Aquello tenía que estar lleno de animales al acecho.
    Cuando llegó la mañana, mis compañeros de aventuras junto con el guía, pasaron a recogerme para comenzar el día. Teníamos que llegar hasta la orilla de un río para tomar una barca que nos llevaría hasta Ceibal. El recorrido por el río fue fascinante. Navegábamos por el centro de la corriente, sin acercarnos demasiado a las orillas, hasta donde llegaba la selva virgen. Los ruidos de ésta llegaban hasta nosotros, en algunos casos ampliados por un eco que rebotaba en la orilla opuesta.
    En el embarcadero de Ceibal, un hombre solitario estaba sentado debajo de un árbol, esperando a los posibles visitantes. No era un lugar concurrido, de hecho fuimos los únicos visitantes del día. Una caseta construida con las ramas y hojas de los mismos árboles, constituía la taquilla. En el suelo, un grupo de latas viejas de las que sobresalía una cuerda, estaban esperando a ser encendidas.
    _ ¿Querrán un brasero de humo para ahuyentar a los mosquitos? - preguntó el hombre.
    _ ¿Qué es eso? - preguntamos.
    _ En este lugar hay muchos mosquitos y son muy molestos. Puedo venderles estos braseros que encenderé y despedirán el humo suficiente para ahuyentarlos, pero tienen que llevarlos encima y moverlos para que extiendan el humo.
    _ Yo casi prefiero no llevarlo – contesté - o me matan los mosquitos o me mata el humo.
    _ Como quieran, pero protéjanse bien con algún ahuyentador, porque los mosquitos en Ceibal son  muy grandes, y abundan más que en ningún otro lugar de Guatemala.
    Para llegar a las ruinas de Ceibal hay que ascender una colina que sube entre árboles de un tamaño descomunal, y trepar por rocas que se cruzan en el camino. Aquellos árboles tan enormes eran ceibas, el árbol nacional de Guatemala. Sus troncos tenían un diámetro inmenso, y su altura era difícil de calcular. Paramos continuamente para verlos de cerca y para descansar del ascenso; éste era duro, y el calor junto con la humedad, lo hacían complicado. A todo esto había que añadir los famosos mosquitos; se les veía venir de lejos, tal era su tamaño.
    _ Casi me arrepiento de no haber cogido una de aquellas latas de humo – dije -. No sé cómo espantarlos.
    Decidí fabricarme un abanico gigante con una de las hojas de ceiba; era sencillo de conseguir y cuando se rompía de tanto agitarlas, se sustituía por otra. Fue un buen remedio que al menos evitó que saliera totalmente comida por aquellos monstruos voladores.
    Lo que nos rodeaba era selva virgen. Alguien gritó porque había visto algo sorprendente, una tela de araña que cubría todo el espacio entre dos árboles.
    _ Ya vi algo parecido en Quirigua - les dije - pero ésta es todavía más grande.
    En aquel momento la araña residente comenzó a caminar por sus dominios, era grande y a la luz del sol parecía que brillará. El guía nos llamó.
    _ Vengan ustedes, ¿quieren cazar una tarántula?
    Estaba agachado en la base de un árbol donde se veía un agujero; en la mano llevaba una brizna de hierba que comenzó a introducir en él con movimientos suaves. Todos nos inclinamos alrededor esperando para ver qué ocurría, y después de un rato intentándolo, unas patas peludas asomaron poco a poco hasta que salió una araña enorme, gorda y peluda. La cogió con la mano y la puso dentro de su gorra para que todos pudiéramos verla bien.
    _ ¿Y no hace nada? - le preguntamos.
    _ Las tarántulas tienen mala fama, pero no son tan malas, si se sabe tratarlas no son peligrosas.
    _ ¿Y cómo sabías que estaba dentro de ese agujero?
    _ Esto es como todo, cuando lo conoces lo sabes.
    A partir de ese momento todos nos hicimos con una brizna de hierba, y agujero que veíamos, allí que intentábamos cazar una tarántula. No conseguimos ninguna, y ya nos quedó claro que todos los huecos de la selva no eran nidos de tarántulas, incluso que si insistíamos mucho podíamos encontrarnos con alguna otra sorpresa desagradable.
    Tras muchas paradas, llegamos a lo alto, donde la selva continuaba sin fin, pero al menos el ascenso había finalizado. Un camino apenas perceptible nos llevó hasta una pequeña pirámide que se levantaba en el centro de un claro. No era espectacular, pero encontrarla allí, en mitad de aquella espesura, era sorprendente. A aquellas alturas ya llevaba agotados al menos cuatro o cinco abanicos-hoja, y los mosquitos se acercaban en nubes inmensas.
    _ Nunca he visto tal cantidad de mosquitos y de semejante tamaño. Parece mentira que no me hayan picado; este abanico debe funcionar.
    Además de estas pequeñas pirámides, lo más importante en Ceibal son algunas estelas mayas que casi había que adivinar entre la vegetación. Anduvimos un buen trecho por lugares donde casi se necesitaba un machete para abrirse paso. En algún momento un grito que provenía de lo alto de los árboles, desgarró el aire. Todos gritamos al mismo tiempo, asustados, y miramos hacia todas partes en espera de algo terrible que se abalanzase sobre nosotros.
    _ No se asusten - nos avisó el guía - es un mono aullador.
    Yo ya lo había escuchado en Quirigua, pero ya no lo recordaba y me asusté como el que más. En ese mismo momento, una sucesión de gritos llenó toda la selva, al tiempo que las ramas altas de los árboles comenzaron a agitarse. Mirábamos hacia arriba, pero no veíamos nada, solo que los árboles se movían. Hasta que trozos de ramas comenzaron a caer sobre nosotros. Un grupo de monos aulladores se encontraban en lo alto jugando con nosotros, o enfadados por haber invadido su territorio.
    _ Si miran hacia arriba cierren las bocas e incluso los ojos- nos avisó el guía - porque estos monos pueden dejar caer cualquier cosa.
    No nos dejaron en paz en bastante tiempo. Caminábamos en busca de las distintas estelas y ellos nos seguían, saltando de rama en rama y sin dejar de gritar. En un instante en que miré hacia arriba pude ver algo negro con una cola larguísima, que volaba más que saltar. Entre aquellos monos y los mosquitos gigantes, aquello era una tortura, pero la experiencia era increíble, merecían la pena todos los inconvenientes. No era la selva amazónica, pero era una selva en estado puro, alucinante.
    Cuando ya llevaba agotados diez o doce abanicos-hoja, y los monos ya se habían cansado de su diversión, topamos con otros individuos más desagradables todavía. El guía nos señaló hacia un hueco y nos dijo que era el nido de una serpiente.
    _ Esto sí que ya es demasiado, de aquí no salimos.
    _ No se asusten, las serpientes venenosas existen, pero no es fácil que ataquen, a pesar de lo que se cree. Generalmente se mantienen escondidas cuando detectan a los humanos, y sólo atacan si se ven amenazadas, por ejemplo si nos metemos en su nido, cosa que no vamos a hacer. Seguiremos de largo y ni siquiera se asomará, puedo aseguraros que tiene más miedo que nosotros.
    Después de toda la mañana en una aventura de selva, regresamos a la orilla donde el hombre que nos había recibido, seguía esperando a sus visitantes.
    _ ¿Cómo les ha ido? – preguntó.
    _ Muy bien, si obviamos a los mosquitos, las tarántulas, los monos aulladores y las serpientes.
    _ No se quejen, que no les ha atacado el jaguar. La semana pasada se comió a dos personas - nos dijo mientras se reía.
    _ Les daré un consejo, cuando caminen por la selva nunca vayan en el último lugar de la fila, porque el jaguar siempre atrapa al último.
    _ Seguro que a los que se comió estaban gorditos y por eso ya no tenía hambre para zamparnos a nosotros - le contesté riendo.
    Volvimos a la barca que nos llevó de regreso al lugar donde nuestro minibús nos recogió para dejarnos en Flores. Decidí pasar la tarde recorriendo la ciudad, pero a las pocas horas estaba un poco aburrida, no era demasiado interesante. Volvería al hotel y me daría un buen baño en la piscina. Cuando llegué, el cielo tenía un color bastante oscuro. Aquella noche habría tormenta. Estaba nadando cuando el cielo se llenó de relámpagos, los truenos comenzaron a sonar, y la lluvia cayó con toda su fuerza.
    _ Se fastidió el baño.
    Sólo me quedaba una opción, subir a la terraza cubierta donde podría tomar algo mientras veía caer el agua sobre la selva. Pero no fui la única, varios tucanes me hicieron compañía, se refugiaron allí, o quizá estaban acostumbrados a vivir cerca del hotel y les resultaba más cómodo que buscar refugio en la selva.
    El siguiente lugar dentro de aquella selva fue Yaxha. También se encontraba en la orilla del río, pero en este caso no tenía que ascender. Toda la ciudad se extendía por una amplia superficie llena de montañas cubiertas de vegetación, aunque no eran montañas sino pirámides mayas sin excavar. Era un lugar tan grande que todavía se encontraba en fase de estudio, sin embargo lo que ya había salido a la superficie era fascinante. La caminata ese día nos llevó cinco horas durante las cuales recorrimos bastantes kilómetros. Aquí la selva no era tan densa y los mosquitos no abundaban como el día anterior.
    Al principio las pirámides que encontramos eran relativamente pequeñas, y sólo al final del día, cuando ya mis pies no podían dar un paso más, llegamos a la zona donde dos o tres pirámides sobresalían por encima de los árboles.
    _ ¿Y ahora hay que subir hasta allí?, no sé si mis piernas serán capaces.
    _ No es obligatorio, pero merece la pena. La vista es preciosa.
    _ Pues allá vamos, ánimo chicos - les dije a las tres guatemaltecas y al chico alemán.
    Ascendimos despacio por una escalera construida en madera que bordeaba la pirámide. Hablábamos y reíamos mientras ascendíamos, sin prestar atención al paisaje, de forma que cuando llegamos al final nos quedamos mirando asombrados. Desde allí sólo se veía selva y más selva, y sólo en algún punto, una pirámide se habría paso por encima del manto verde. Al fondo una línea de color plata brillaba y contrastaba con todo lo que la rodeaba, era el río por el que el día anterior habíamos navegado para llegar a Ceibal. Nos quedamos tan encantados con aquella vista que olvidamos el cansancio y subimos a todas las demás pirámides que encontramos, sin importarnos su altura. En cada caso la vista era la misma, pero al mismo tiempo diferente. Una pirámide salía más cercana a nosotros, o el río brillaba de forma distinta por el cambio de orientación del sol. Yaxha era desconocida para mí, pero me gustó muchísimo, y quedaba tanto por descubrir en aquel lugar. ¿Qué se escondía en todas aquellas montañas que habíamos visto y que estaban tomadas por la selva?
    Aquella tarde sí pude disfrutar de un buen baño, relajante y tranquilo, sin que ninguna tormenta me fastidiara. Una mantis se posó sobre mi hamaca y allí estuvo sin molestarme, pero sin asustarse por mi presencia. Las arañas corrían por el suelo. Los tucanes estaban en las ramas, y algún mono saltaba de vez en cuando. Pero ya me había acostumbrado, en aquel hotel los animales eran los dueños y había que respetarlos, claro que ellos también me respetaban a mí.
    Mi tercer día en Petén lo dediqué a la joya del lugar, del país, y sin duda del mundo maya: Tikal. Una de las grandes ciudades mayas, se encuentra dentro de un parque nacional dominado por la selva. Llegamos al parque y entramos caminando. Al principio no se diferenciaba de todo lo que habíamos visto en días anteriores. Los animales se cruzaban con nosotros, y un coatí buscaba comida entre la hojarasca. Incluso se escuchaba algún rugido lejano, pero claramente perceptible.
    _ Eso ha sido un jaguar - dijo nuestro guía - pero está lejos. Hace mucho que no se ve ninguno cerca de las ruinas. Han aprendido que los humanos pululan por aquí y son sus mayores enemigos.
    Como en Yaxha, se veían algunos montículos cubiertos por la selva, debajo de la cual se suponía se escondía una pirámide o cualquier otro resto maya. A pesar de su fama, Tikal se encuentra en fase de exploración, y es mucho lo que todavía no está al descubierto. Sin embargo yo echaba de menos los grandes edificios que conocía previamente, ¿dónde estaban?, ante nosotros no se veía más que árboles sin fin. Caminamos cerca de una hora hasta que llegamos a un lugar donde grandes bloques de piedra derrumbados se acumulaban sin orden. Aquello había sido un palacio, aunque ahora más bien parecían los restos de una catástrofe.
    Ascendimos por un camino en la parte posterior de este desastre y llegamos a otras ruinas que se asomaban a la gran plaza de Tikal. Allí estaba lo que yo buscaba. Desde lo alto podía verse todo el conjunto. Una plaza donde dos pirámides altas y estrechas se enfrentaban la una a la otra. Eran totalmente diferentes a las clásicas pirámides mayas, anchas y más bajas. Son los edificios más conocidos de Tikal, la Pirámide del Jaguar y la Pirámide de las Máscaras. Uno de los lados de la plaza, entre las dos pirámides, estaba ocupado por un templo con múltiples estancias y estelas clavadas en el suelo. El resto del conjunto eran otro tipo de edificios, todos ellos en piedra, que en su momento servían de residencia a los sacerdotes, y el palacio del rey de Tikal.
    La vista desde allí era preciosa, pero había que bajar si quería ascender a una de las pirámides, la única a la que estaba permitido, utilizando una escalinata de madera construida en la parte posterior, para no estropear la armonía del conjunto.
    En el templo adjunto recuerdo algo muy interesante y muy bien conservado, era una máscara gigante en piedra del dios de la lluvia. Se encontraba en una habitación por debajo del nivel del suelo. Sus rasgos eran fieros. Por su tamaño y perfección debía ser un dios muy importante.
    Me hubiera quedado toda la mañana en aquella plaza, mirando cada uno de sus rincones escondidos, pero todavía quedaba más, y para verlo teníamos que seguir caminando. Volvimos a introducirnos en la selva y llegamos a la parte posterior de una pirámide más alta que las anteriores y que podía ascenderse.
    _ Sólo tiene una vista de 180 grados, pero es increíble - nos dijeron.
    La ascensión ya era más complicada, la altura era mucha y había que tomárselo con tranquilidad. Una superficie pequeña, donde había que tener cuidado para no precipitarse al vacío, estaba ocupada por las personas que habían llegado primero. Cuando llegó mi turno, subí y pude ver ante mí la vista más bonita de Tikal. Las dos pirámides principales se levantaban por encima de los árboles; veía la parte trasera de una y la frontal de otra, pero solamente su cima.
    Aunque ésta no era la única vista espectacular de Tikal. Más adelante se encuentra una pirámide mucho más alta, la Pirámide del Mundo Perdido. Es ancha y su cima no tiene la forma estrecha de las anteriores, aunque su altura es superior a cualquiera de ellas.
    _ Allí arriba tendréis una vista de 360 grados, y es la vista más espectacular de todo Tikal.
    De nuevo una ascensión, pero efectivamente mereció la pena. Desde aquí podía ver de nuevo las dos pirámides de la plaza, algo más lejanas, pero también la parte posterior de aquella a la que había ascendido anteriormente, elevándose mucho más alta que las otras, y por debajo de todas ellas la selva, inmensa, verde y frondosa.
    Aquella misma tarde regresé a Ciudad de Guatemala a bordo de una avioneta que sobrevoló la selva en una última visión, para recordar aquel mundo mágico donde una civilización ya perdida alcanzó un nivel de conocimiento que en aquel momento hubiera sido impensable en Europa. Pero también tuvo su parte negra. Como humanos que eran, se destruyeron a sí mismos en una sucesión de luchas internas provocadas por algo que todavía sigue vivo: el ansia de poder. Aquellos grandes arquitectos y grandes sabios desaparecieron, pero sus descendientes siguen allí. El pueblo maya sigue vivo, sus descendientes mantienen vivas las tradiciones, su cultura. Puede que para nosotros, los occidentales, nos parezca algo extraño, propio de gentes con muchas supersticiones y poca cultura, pero no es así. Es el espíritu de un pueblo que fue grande, y como tal debe ser aceptado y respetado.
    Me marché de Guatemala sin poder subir al volcán Pacaya. La hora de salida del avión me impedía estar a tiempo en el aeropuerto. Quizá en otra ocasión, siempre hay que tener un motivo para volver.