EL PAÍS DE LA ETERNA PRIMAVERA
GUATEMALA
Ya había llegado el momento de cambiar de
dirección. Había recorrido Asia y nunca había pisado América. Seguro que era
tan interesante o más que Oriente. Carlos me la había recomendado y decidí
comenzar por el lugar que él me propuso: Guatemala. Llegué allí por
recomendación y muchas veces después he sido yo la que lo he recomendado. Creo
que hice una buena elección.
Su geografía, prácticamente virgen en gran
parte del territorio, es una delicia recorrerla. Parece mentira la diversidad
que se puede encontrar en un territorio tan pequeño como es este país. Recorrí
tres zonas completamente diferentes entre sí, y cada una de ellas realmente
auténticas. La parte oeste del país, hasta la costa del Pacífico, está atravesada
por una cadena montañosa donde los volcanes son visibles desde cualquier lugar.
Nunca hasta entonces había visto volcanes. La zona sur del país es el paraíso
de las aves. Navegar por el río Dulce observando la fauna y flora es una
experiencia increíble. El norte del país está cubierto por la selva del Petén.
Una selva densa y casi virgen donde los mosquitos son los reyes, unos mosquitos
que se ven venir de lejos porque su tamaño es tal que más bien parecen aviones.
Sus monumentos son apasionantes. Éste es el
corazón de la civilización maya, que ocupó todo el territorio. Ciudades como
Tikal, escondida dentro de la selva del Petén, y otras como Quirigua, en el
sur, próxima a la frontera con Honduras, donde también se encuentra Copán. Pero
también se encuentran ciudades coloniales, surgidas tras la llegada de los
conquistadores españoles. Antigua es quizá la mejor y más bonita ciudad
colonial de todo el país, es una auténtica joya que debe recorrerse despacio,
siguiendo un itinerario que permita no perderse ninguno de sus rincones,
repartidos por sus calles perpendiculares entre sí.
Y por supuesto sus gentes, uno de sus mayores
encantos. Los descendientes de aquellos mayas que crearon una civilización que
consiguió grandes logros, aunque poco queda de todo aquello en estas personas
que ahora pueblan el país. Especialmente interesante para ver la forma de vida
y tradiciones de esta gente, es la zona oeste del país. Chichicastenango es
algo increíble. Aquí perviven las tradiciones mayas junto con las costumbres
impuestas por los conquistadores. En sus iglesias y cementerios es posible
observar este sincretismo religioso que a algunas personas deja sorprendidas.
El Lago Atitlán y los pueblos aledaños es un remanso de paz y sus gentes son muy
amables.
Y todo esto se puede disfrutar de una forma
relajada. Guatemala no atrae grandes cantidades de gente como su vecino Mexico,
lo cual es una ventaja para los viajeros que llegamos a este lugar.
Y allí estaba yo. Me resultaba extraño
llegar a un país donde todos hablaban mi idioma. Estaba en Ciudad de Guatemala,
la ciudad más horrible que recuerdo. No es recomendable en ningún aspecto, pero
por suerte solamente estaría una noche y a la mañana siguiente me marcharía. El
hotel se encontraba fuera del casco urbano, en lo alto de una colina. Aquella
noche me ocurrió lo contrario a lo que siempre me ocurría cuando viajaba a
Oriente. A las cuatro de la mañana estaba despierta y no podía seguir
durmiendo, en España ya eran las diez o las once de la mañana, y mi cuerpo me
decía que había que levantarse. Era noche cerrada y no sabía qué hacer. Esperé
todo lo que pude y al final salí a la entrada para ver si tenía suerte y al
menos podía ver el amanecer. Tuve suerte y no me esperaba lo que vi. No era la
única que estaba allí, a otras personas les había ocurrido lo mismo. Cuando la
luz comenzó a surgir, delante de mí apareció la imagen imponente de un volcán
que se elevaba a pocos kilómetros de distancia, un cono perfecto y enorme. La
cumbre se cubrió de rojo y poco a poco todo él se iluminó por el sol. Era el
volcán Pacaya, un volcán activo que se encuentra en Ciudad de Guatemala. Pude
enterarme que era posible subir hasta la cumbre y ver la lava saliendo de su
cráter. Podía hacerse en un día, y tomé nota para ver si era posible hacerlo el
último día cuando volviera para regresar a España.
Salí temprano de Ciudad de Guatemala, tenía
un largo camino hasta llegar a Chichicastenango. Éramos un grupo de siete u
ocho personas. Estaba bien, los grupos pequeños son más interesantes y permiten
moverse mejor. Antes de llegar a nuestro destino, teníamos que llegar a la
costa del Pacífico, a un pueblo en la orilla del mar: La Democracia, donde
pueden verse grandes cabezas olmecas, dejadas allí por una civilización mucho
más antigua que la maya.
Desde
el momento en el que se abandona Ciudad de Guatemala, el paisaje hasta llegar a
la costa del Pacífico está plagado de volcanes. Sus formas tan perfectas me
atraían, nunca había visto volcanes.
Durante todo el día, y los que siguieron
por aquella zona del altiplano de Guatemala, me resultó curiosa una cosa que
resultaba divertida. Los autobuses o guaguas que pasaban a nuestro lado, a
veces hacían carreras entre ellos hasta límites que en muchos casos eran incluso
peligrosos. El motivo era que aquí no existen las licencias para explotar una
determinada ruta, y la única forma de coger a los clientes que están esperando
en los distintos pueblos, es llegar antes que los demás. Cuando los veíamos
venir picados entre ellos, lo mejor era retirarse para no salir mal parados.
Llegamos a aquella población junto al
Pacífico. En su plaza se encontraban unas cabezas enormes, redondas y con ojos
grandes. Estaban hechas en granito y otros materiales, pero había una especialmente
extraña. Si se colocaba una brújula sobre ella, se volvía loca, girando sin
parar. Era un misterio.
A partir de allí seguimos hacia el norte, a
Chichicastenango. El día siguiente era jueves, el día en el que se celebra el
mercado indígena que caracteriza a esta población, aunque sus atractivos son
muchos más. Durante el camino paramos en un restaurante y me encontré con algo
a lo que posteriormente me acostumbré, pero entonces me sorprendió. Dentro del
establecimiento, en el piso superior frente a la puerta, se encontraba un
guarda con un rifle en la mano. Era lo normal en muchos establecimientos.
_ ¿Y por qué? - pregunté - ¿qué hay de
peligroso?
_ Las bandas son un problema en este país -
me dijo el guía -. El día que acabemos con ellas, éste será un lugar tranquilo.
Yo no tuve ningún problema, ni ningún
encuentro con estos individuos, pero sí que causaban muchos disturbios.
El camino a partir de aquel punto
transcurrió entre montañas cubiertas de una vegetación tropical exuberante. El
agua caía por las laderas y hacía crecer todo tipo de plantas. Yo conocía
varios países tropicales, pero la diferencia se podía percibir claramente. Aquí
la vegetación era diferente, lo cubría todo hasta el punto en que no se podían
ver las montañas. Las laderas y los desfiladeros por los que atravesábamos eran
totalmente verdes, de un color oscuro e intenso. Me gustaba lo que veía, sentía
que estaba empezando a engancharme Y recordé que Carlos me había dicho:
_ Cuando conozcas Guatemala, América te
enganchará.
Después de una tarde deliciosa atravesando
caminos increíbles, llegamos a Chichicastenango. Mi hotel se encontraba en la
parte alta de una calle que descendía en pendiente pronunciada hasta llegar a
un gran cementerio con tumbas de colores. El hotel era un edificio colonial,
separado por la calle. En la parte derecha estaba el restaurante y un patio
rodeado de habitaciones, en la parte izquierda de la calle, la recepción y otro
patio con una fuente en el centro y completamente lleno de plantas. Una
escalera llevaba a la parte superior, donde un pasillo cubierto y protegido por
una barandilla de madera que se asomaba al patio interior, lo rodeaba. Allí se
encontraba mi habitación. Las puertas no tenían llave sino un cerrojo de madera
que se cerraba por dentro. Cuando te ibas, la puerta quedaba abierta. La
habitación era muy sencilla y tenía una chimenea preparada para la noche. Uno
de los chicos que atendían las habitaciones me dijo que si no le decía lo
contrario, un poco más tarde encendería la chimenea, porque allí la noche era
bastante fría.
Salí a las calles de aquel pequeño pueblo
y llegué a la plaza donde se levantaba una iglesia que se veía desde todas
partes. Había que ascender unos escalones para llegar a ella. Entonces todavía no
lo sabía, pero la iglesia estaba construida sobre el antiguo Templo al Sol del
pueblo maya. Enfrente, aunque ahora con alguna calle de por medio, se
encontraba otra iglesia que en la antigüedad era el Templo de la Luna. Los
indígenas, aunque habían aceptado la religión católica, incluso la practicaban
con un fervor que nunca he visto en España, seguían manteniendo vivos sus ritos
mayas, y en ningún lugar como aquí se podía contemplar el sincretismo
religioso.
Subí los escalones de la iglesia y entré sin
que en principio observara nada extraño. Se estaba celebrando misa, el
sacerdote estaba en su lugar y los fieles en el suyo. Me di cuenta que los
santos eran diferentes a lo que estaba acostumbrada a ver, sus rasgos eran más
sencillos, y estaban vestidos con trajes de verdad. No se veía polvo por
ninguna parte. En cualquier iglesia española el polvo lo ha invadido todo, sin
embargo aquí las estatuas y todos los rincones estaban relucientes. Ésta es una
pauta que continuó en el resto del país.
Estaba en un rincón observando todo esto
cuando una persona llegó a la puerta, en principio no era extraño, un fiel que
llegaba para escuchar misa. Pero sí había algo diferente, estaba de rodillas, y
siguió avanzando hacia el pasillo central, siempre de rodillas. Me quedé
observándolo, nunca antes lo había visto. Lo seguí con la mirada, y entonces me
fijé en otra cosa. En un punto del pasillo por el que avanzaba, un hombre
estaba haciendo algo extraño. Fui hacia allí y me senté en un banco cercano. En
el suelo se encontraba una bandeja metálica sobre la que un indígena estaba
haciendo algún tipo de rito, había velas y hierbas dispersas. El hombre parecía
muy concentrado, y cantaba algún tipo de salmo mientras arrojaba algo sobre el
fuego de las velas, lo que era seguido de un chisporroteo y el humo
consiguiente. No parecía prestar ninguna atención a la misa que el resto de
gente estaba celebrando, más bien atendía solamente a su asunto, fuera cual
fuese. Tampoco nadie le prestaba atención, excepto yo, que estaba intrigada.
Llegó la comunión y los fieles pasaron a su lado sin molestarlo, pero sin
reparar en él. Entre tanto otras personas habían entrado de rodillas y se
acercaban hasta el altar, algunas incluso lloraban. Salí de la iglesia sin
entender nada, aunque más tarde pude enterarme de todo hablando con la gente.
_ Lo que has visto son los ritos mayas a
los dioses, que siempre han existido y que todavía se practican.
_ Pero los hacían en la iglesia, y el
sacerdote estaba haciendo misa.
_ En Chichicastenango esto es posible.
Me explicaron que la iglesia era el templo
maya del sol, siempre lo había sido y el colocarle una cruz no había cambiado
nada. Desde siempre habían convivido sin problemas ambos ritos simultáneamente:
el cristiano y el maya. Los chamanes mayas venían al Templo del Sol para
realizar sus ritos, como siempre lo habían hecho, desde una época anterior a
los españoles. Los sacerdotes lo aceptaban y respetaban, de forma que se podían
celebrar las dos ceremonias al mismo tiempo sin ningún problema. Cada uno a lo
suyo y cada uno concentrado en lo suyo.
_ ¿Y esto ocurre en todas las iglesias de
Guatemala? - pregunté.
_ No, solamente en este pueblo puede
observarse. Es el sincretismo religioso.
Me
quedé sorprendidísima. No esperaba algo así, pero era muy curioso y muy
interesante. Solamente unos años más tarde contemplé algo que todavía lo
superaba. En Mexico, en el pueblo de San Pedro Chamula, llegué el día de la
fiesta de Santa Rosa de Lima. Todo el pueblo estaba en la iglesia; no había
bancos, solamente mucha gente y mucho humo. Dentro habían formado círculos de
gente que se pasaban las botellas de tekila y no paraban de beber. De vez en
cuando a alguno lo sacaban entre varios porque no podía tenerse en pie, lo
dejaban tumbado en la plaza, y volvían dentro para continuar bebiendo. Era la
forma maya que utilizaban los mayordomos, así llamaban a los chamanes, para
ponerse en contacto con los dioses. No sé si contactaban con alguien, pero
cuando abandoné el pueblo, la plaza estaba llena de hombres tirados en el
suelo, durmiendo una mona impresionante.
_ Si
en España fueran así las misas - pensé - seguro que las iglesias estarían
llenas.
Una vez fuera de la iglesia caminé por el
pueblo y sus calles rústicas. No era muy grande, se notaba que el turismo
llegaba con asiduidad porque las tiendas de souvenirs llenaban una de sus
calles. Me gustaba más la zona próxima a la iglesia, allí todo era más
auténtico, ni siquiera el suelo estaba asfaltado. Encontré a alguno de los
compañeros de viaje y les relaté lo que había visto. Quisieron comprobarlo,
pero ya había terminado todo. Una mujer nos dijo que a la mañana siguiente
podríamos volver a verlo, muchos chamanes estarían allí coincidiendo con el día
de mercado semanal. Terminamos el día en otro de los hoteles del pueblo, otro
edificio colonial similar al nuestro, pero donde había un bar en el que poder
tomar algo y charlar un poco. Nos sentamos en el patio, rodeados de plantas,
alrededor de la fuente central, y allí estuvimos hasta que el sueño comenzó a
vencernos.
Cuando regresé a mi hotel, la chimenea
estaba encendida, y en la habitación se notaba un calor muy agradable. Me metí
bajo las mantas y pronto estuve dormida, pero algo me despertó. Eran las cuatro
de la mañana y como el día anterior, no podía seguir durmiendo, estaba completamente
despierta. De la calle llegaba el ruido de vehículos yendo y viniendo, y
escuchaba perros ladrando, parecía que el exterior estaba muy animado aunque
era noche cerrada. Entonces recordé que por la mañana se celebraba el mercado
indígena más importante del altiplano, y que por ese motivo estaba allí. No lo
pensé dos veces, salté de la cama, me vestí, y salí a la calle. Pero cuando llegué
al patio me encontré con una sorpresa, el portalón que daba a la calle estaba
cerrado con una gran tranca de madera que lo cruzaba.
_ Vaya – pensé - creía que los hoteles no
se cerraban. Estoy encerrada, ¿y ahora cómo salgo?
Comprobé que el único impedimento era la
tranca, y haciendo un gran esfuerzo conseguí levantarla y abrir las grandes
puertas que chirriaron al moverlas. Miré alrededor pensando que todo el mundo
saldría, pero nadie se había enterado. No tuve más remedio que dejar la puerta
abierta, desde fuera no podía cerrarla. Seguro que alguien preguntaría quién
había sido el culpable, pero ya lo explicaría.
Me
dirigí a la plaza donde había mucha gente. Los indígenas se afanaban levantando
sus puestos. Estaban a lo suyo y no se fijaban en mí, a pesar de que era el único
extranjero que se veía por allí. Recorrí todo el pueblo y comprobé que el
mercado se extendería por casi todas las calles, aunque la mayor concentración
estaba en la plaza.
Paré frente a uno de estos puestos a medio
montar y los saludé.
_ Buenos días - les dije.
_ Buenos días señora - me contestaron -.
Todavía no está abierto el mercado, hasta dentro de dos horas no estará todo
listo.
_ Ya lo supongo - sólo he salido a
curiosear un poco, no podía dormir, por el cambio horario.
_ Usted viene de España, ¿no?
_ Sí, llevo dos días en el país y todavía
no me he acostumbrado a este horario. ¿Qué vendéis en este puesto que estáis
montando?
_ Trajes indígenas y jerseys de lana.
Cuando esté montado puede venir usted y se los mostraremos, para que lleve un
recuerdo a sus familiares.
_ ¿Os importa que ayude a montar todo
esto?, no tengo nada que hacer y puedo echaros una mano, no me importa.
_ Si usted quiere, por nosotros no hay
problema - me contestaron.
Y así estuve un rato, ayudando a aquellas
personas a montar el chiringuito. Cuando el armazón estuvo sujeto, sacamos de
una furgoneta pilas de camisas, pantalones y vestidos que yo les acercaba y
ellos colocaban en su lugar. Fue un rato agradable durante el cual me explicaron
que vivían en un pueblo cercano del que venían todos los jueves para participar
en el mercado. Aquí vendían las ropas que fabricaban de forma artesanal, y de
esta forma se ganaban la vida. No tenían grandes necesidades y así podían
subsistir. Me despedí de ellos prometiéndoles que volvería para comprarles
algo.
En una calle que salía hacia la izquierda
de la plaza, encontré una lonja donde se estaba preparando el mercado de frutas
y verduras. Entré y observé un colorido precioso; allí se mezclaban el verde,
rojo y amarillo de los productos, con los trajes de las mujeres, bordados con
todo tipo de colores. Estaban colocando todo aquello formando pirámides que
parecían desafiar la fuerza de la gravedad. Parecía que aquellas frutas
hubieran sido lavadas una a una y abrillantadas después. Y el tamaño de los
tomates, zanahorias y demás, era enorme.
_ ¿Qué hacéis para conseguir unas
hortalizas tan grandes?- les pregunté.
_ En
esta tierra señorita, las personas somos chiquitas, pero los productos de la
tierra son grandotes.
_ Ya lo veo, nunca he visto verduras tan
grandes, y tan limpias y brillantes. ¿Las limpiáis una a una?
_ Sí señorita, así se venden mejor. La
comida debe tener un buen aspecto para que esté buena. Mire estas manzanas,
cuando termine el día no quedará ninguna.
_ Es cierto tienen un aspecto tentador,
están diciendo cómeme, y tan rojas.
_ Pruébelas - me dijo tendiéndome una. La
cogí.
_ Pero dígame cuánto cuesta.
_ Ésta es un regalo. Después vuelva y me
compra las que quiera.
_ Gracias, volveré.
_ Si quiere puede subir al balcón de la
parte superior, desde allí se puede fotografiar todo esto y ahora no hay gente,
después se llenará de personas.
Le hice caso y subí. Era cierto, desde allí
salía una foto preciosa y sin turistas pululando. Bajé y me despedí hasta
dentro de un rato.
En las escaleras que daban acceso a la
iglesia se estaban acomodando vendedores de flores, y a su lado unas personas
con un aspecto extraño, casi parecían brujos. Pregunté a una mujer si las
flores eran para la iglesia.
_ Algunas las vendo para los altares de los
santos, pero también para adornar las casas, y para los ritos de los indígenas.
_ ¿En los ritos indígenas se utilizan
flores?
_
Flores, hierbas, huevos, y muchas otras cosas. Si quiere verlo puede acercarse
al cementerio, o a una colina cercana, frente al pueblo - me dijo señalándome
la dirección.
_ Me has dicho en el cementerio, ¿te
refieres al que hay al final de aquella cuesta?
_ El mismo.
_ Pues me acercaré más tarde -. A esas
alturas ya necesitaba hacer una lista con los compromisos que estaba
adquiriendo -. ¿Y estos hombres que hay aquí cerca, quiénes son, parecen
brujos?
_ Son chamanes mayas, pero no tenga miedo,
son inofensivos. Algunas personas les consultan sobre problemas que les
preocupan. También realizan sus ritos aquí en la iglesia. Dentro de un rato,
cuando amanezca, alguno llevará a cabo el rito de bienvenida al sol, porque
éste es el Templo del Sol, ¿lo sabía?
_ Sí, de eso ya me enteré ayer cuando
llegué al pueblo.
En aquel momento varios de ellos comenzaron
a extender por las escaleras y la entrada un montón de hierbas.
_ ¿Puedo subir y quedarme junto a la puerta
para ver lo que hacen? - le pregunté a la mujer.
_ Sí claro, pero colóquese en un extremo
para no molestarlos.
Me coloqué como me había dicho, contra la
pared de la iglesia, y estuve observando como aquellos hombres comenzaban a
moverse entonando un sonsonete que no entendía, luego supe que hablaban en
nahualt, el idioma maya. Después cogieron unos latas sujetas por unas cuerdas y
encendieron lo que hubiera dentro, que empezó a despedir humo hasta llenar todo
el lugar, y casi asfixiarme a mí, que seguía allí observándolo todo. Al mismo
tiempo amaneció y sus cantos se hicieron más intensos mientras seguían moviendo
aquellos braseros. Tuve que bajar para no terminar ahogada. La mujer de las
flores me vio y me preguntó.
_ ¿Qué le ha parecido el rito?
_ Muy curioso, pero casi me ahogo con tanto
humo. ¿Qué es lo que arde en esas latas?
_ Una mezcla que sólo los chamanes conocen
y preparan.
Un sacerdote abrió en ese momento las
puertas de la iglesia, sin prestar atención a aquellos hombres; allí todos
respetaban a los demás. El humo se introdujo en la iglesia, pero no por ello
cerró la puerta, que permaneció abierta a la espera de cualquiera que quisiera
entrar.
Qué
cantidad de cosas interesantes había visto en poco rato. Había merecido la pena
salir tan temprano. El mercado ya se veía montado totalmente y pronto se
llenaría de gente. De vuelta hacia el hotel para desayunar, me paré en el
puesto que había ayudado a montar.
_ ¿Ya estáis abiertos? - les pregunté.
_ Todavía no ha llegado nadie, pero podemos
ofrecerle lo que quiera.
Les compré dos jerseys. Eran muy coloridos,
pero les prometí comprar algo, de forma que me los llevaba, para algo me
servirían.
_
Vuelvo al hotel a desayunar - les dije -. Les diré a mis compañeros que pasen
por aquí para compraos algo.
_ Gracias señorita, hasta la vista.
En el hotel la puerta estaba como yo la
había dejado. La de enfrente todavía no la habían abierto, de forma que no
podía desayunar todavía. Entré y me dirigí a la habitación, me daría una ducha
y después volvería a bajar. Entonces un chico apareció y me preguntó si había
abierto la puerta.
_ Sí, lo siento. He salido para recorrer el
mercado temprano y me he encontrado con la puerta atrancada, después he tenido
que dejarla abierta. ¿Ha habido algún problema?
_ No señorita, no se preocupe. Cerramos la
puerta porque en la noche no queda nadie en la recepción y algunas habitaciones
no las cierran sus inquilinos, y las que no están ocupadas no tienen llave.
_ Lo siento si he causado algún problema.
_ No se preocupe, todo está bien. ¿Usted ha
tenido algún problema?
_ Ninguno gracias, me he divertido mucho.
¿Cuándo abre el restaurante?
_ En media hora. Ahora voy a abrir la otra
puerta, parece que de esa zona no se ha escapado nadie.
Subí sonriendo a mi habitación. Así que me
había escapado. Me resultó divertido el comentario.
Cuando bajé a desayunar, todos los que me
acompañaban ya se habían enterado que me había escapado y había tenido que
abrir la puerta. Uno de ellos había tenido la misma idea que yo, pero al
encontrar la puerta cerrada, dio media vuelta y volvió a dormir.
_ Pues yo no lo pensé, levanté la tranca y
me marché. Y no sabéis lo bien que he estado; seguro que a partir de ahora ya
no será igual todo lleno de gente. Les estuve contando un poco mis aventuras.
Volví a salir y efectivamente la cantidad
de gente que llenaba el mercado era bastante. Decidí cambiar de rumbo y
encaminarme hacia aquellos lugares que me habían nombrado para ver los ritos
mayas. En primer lugar el cementerio, que se encontraba al final de la
pendiente donde estaba mi hotel.
Era un cementerio grande y se veía desde
lejos por el colorido de sus tumbas. No parece un lugar triste - pensé. La
puerta estaba abierta y desde varios lugares se elevaban columnas de humo. Me
acerqué hacia una de ellas y observé como unas personas tenían encendida una
hoguera sobre la que estaban haciendo algo. No quise importunarlas y me coloqué
a una distancia que me permitía ver sin molestar, medio escondida por una de
las cruces. Una mujer y un hombre indígenas habían formado en el suelo una
pequeña montaña con hierbas y flores, rodeada por piedras y lo que parecía eran
huevos. Todo aquello ardía y ellos rociaban el fuego con algo que
chisporroteaba, mientras salmodiaban palabras, que ya sabía era nahualt. No
eran los únicos, en otros rincones, otros grupos de indígenas hacían lo mismo,
y entre tanto los niños corrían entre las tumbas jugando y persiguiéndose. Dejé el lugar, y tras ascender la pendiente
que era bastante pronunciada, llegué de nuevo al pueblo. Entonces me encaminé
hacia otra dirección, la de la montaña cercana en cuya ladera también se
llevaban a cabo ritos mayas. Pregunté para no equivocarme y me señalaron hacia
el mismo lugar que ya me había indicado la vendedora de flores.
_ No se perderá porque en cuanto salga del pueblo
verá una columna de humo, diríjase hacia allí.
Pronto vi el humo y encontré la forma de
llegar. Salía de entre los árboles. Llegué a un pequeño claro.
Allí había un altar de piedra, y sobre él
estaban llevando a cabo otros ritos diferentes, en este caso más sangrientos.
No faltaba la hoguera y los salmos, pero además uno de los indígenas tenía un
pollo en la mano, al que sacrificó sobre el altar. Después roció su sangre
sobre la hoguera. Aquello ya me pareció más macabro, aunque también sabía que
la civilización maya había llevado a cabo sacrificios humanos. Si sus
tradiciones se mantenían, esto tenía parte de explicación. Me vieron, pero no
les molestó que estuviera allí, además no era la única, otros extranjeros se
habían acercado y todos observábamos el ritual.
Todavía me quedaba una cosa por hacer,
además de volver a recorrer el mercado que ahora estaría muy animado. Le había
prometido a la vendedora de fruta que regresaría para comprarle algo. Me
adentré entre todos los puestos; ahora casi no había espacio para caminar entre
ellos. A los indígenas que arrastraban carros y cestos con todo tipo de cosas,
había que añadir un gran número de personas que curioseaban por todas partes,
conociendo un mundo que probablemente desconocían. Me alegré por haber podido
disfrutar de aquellos momentos en la madrugada, seguro que viví cosas que
habitualmente no se viven. El avance era lento y también paré en algunos
puestos donde mirar los productos que se vendían. Cuando llegué a la lonja de
las hortalizas, ya era bastante tarde; si no me daba prisa me quedaría en
tierra. La vendedora me reconoció y enseguida preguntó:
_ Hola señorita, ¿viene a por las manzanas?
_ Sí, dije que volvería. Espero que todavía
te queden.
_ Aquí están. ¿Cuántas desea?
_ No lo sé. ¿Puedes ponerme dos kilos?
_ Las que usted desee.
Le pagué mi compra y ella me deseó un buen
viaje. Tuve que atravesar de prisa el mercado porque estaba en el límite del
tiempo. Nos marchábamos a las doce y todavía tenía que recoger mis cosas de la
habitación. Cuando llegué, el autobús ya estaba cargado y casi todos esperando.
_ Lo siento. Solo serán cinco minutos,
recojo mis cosas y ya estoy aquí.
Volví sudando por la carrera. Para que
nadie se enfadara, repartí entre todos las manzanas que había comprado, y así
suavicé algunas caras largas.
Aquella noche teníamos que dormir en
Quetzaltenango, una población importante en el altiplano, pero antes de llegar,
atravesamos de nuevo por aquel paisaje de volcanes y montañas rebosantes de
vegetación. No me cansaba de mirarlo, y ni siquiera las curvas y la incomodidad
del vehículo me importaban. De todo este recorrido recuerdo especialmente un
pueblo, San Andrés de Xecul, donde me quedé asombrada con la fachada de su
iglesia, una fachada de estilo barroco completamente pintada de colores
deslumbrantes. Un fondo amarillo sobre el cual destacaban las figuras pintadas
en rojo, verde, azul.
En Quetzaltenango la noche fue lluviosa.
Estaba en el centro, junto a la plaza donde se levantaba la catedral, con su
fachada también barroca. Desde allí se podía llegar con facilidad al teatro, un
edificio enorme de aspecto neoclásico, y a la universidad, donde pasé un buen
rato hablando con algunos alumnos y con uno de los profesores, que se empeñó en
enseñarme las aulas y los estudios sobre los que estaba trabajando. Cuando salí
había comenzado a llover. Pregunté por algún lugar donde poder cenar, pero algo
sencillo, tipo tasca española. Me recomendaron un local frente al teatro.
Pronto despejaron una mesa de madera donde bien cabían seis u ocho personas.
Preparaban unas buenas patatas fritas y un bistec que devoré sin pensarlo.
La parada en aquel lugar no fue nada más,
ahora me dirigía al Lago Atitlán. Pero el camino hasta allí dio para más cosas.
Una parada de un par de horas en un pueblo, Almolonga, donde se celebraba un
mercado de hortalizas. La plaza donde estaban todos los compradores y vendedores
era una aglomeración impresionante de personas y productos. El colorido era
descomunal. Las mujeres llevaban trajes de todos los colores, y los tocados de
su cabeza también rebosaban color. Las hortalizas, como en Chichicastenango,
eran un gusto para los sentidos. Pilas enormes de cebollas, zanahorias, judías,
tomates, calabacines, y todo tipo de cosas, se levantaban como muros. Parecía
mentira que todo aquello no se viniera abajo con aquel trasiego de personas de
un lado para otro. Una mujer llevaba sobre la cabeza una bandeja en la que
había formado una pirámide de tomates, y en ningún momento perdió ninguno, era
increíble, ¡si la empujaban por todos los lados! Muchas mujeres llevaban a la
espalda a sus hijos, sujetos con un pañuelo que ataban alrededor del cuerpo; y tampoco
los perdían.
Fuera de la plaza la gente llegaba llevando
sobre sus cabezas cestas con más productos. Aquel mercado debía ser importante
porque las cantidades de hortalizas que se movían eran enormes. Pasé junto a
una carnicería y varias mujeres me llamaron, querían que las fotografiara. Ya
en las afueras del pueblo, junto a la carretera, dos mujeres jóvenes estaban
esperando junto a dos cestos cargados de verduras. Me saludaron y estuve
charlando con ellas, esperaban a alguien para trasladarlas al mercado. En ese
momento llegó una furgoneta descubierta y paró junto a las mujeres, que se agacharon
para coger los cestos. Quise ser amable y les pedí que me dejaran a mí subirlos
al vehículo. Cuando tomé el primero, no pude conseguir que se moviera del
sitio.
_ ¿Qué lleváis aquí? – pregunté - no puedo
moverlo.
Se reían entre ellas, y sin apenas hacer
esfuerzo alguno, los levantaron para dejarlos sobre la furgoneta.
_ No entiendo cómo podéis hacerlo con lo
pequeñitas que sois, pero si pesaba como un muerto.
_ Nosotras estamos acostumbradas - me
dijeron - pero gracias por su ayuda.
_ No hay de qué, pero poco os he ayudado -.
Estos indígenas son pequeños pero fuertes.
Pasé la tarde en el Lago Atitlán. Es un
lugar tranquilo, en el fondo de una depresión. Cuando salí a la terraza de mi
habitación, frente al lago, me encantó la vista. El volcán San Pedro,
imponente, se levantaba justo delante de mí. Era una vista preciosa
Tuve tiempo para hacer de todo. En primer
lugar me dediqué a caminar por la orilla del lago viendo a los pescadores y las
pequeñas playas que allí se habían formado, aunque no eran muy utilizadas para
el baño. Después me dediqué a caminar por una larga calle que partía del lago y
subía hasta unas pequeñas iglesias que poca gente visitaba. Aquella calle era
completamente comercial ya que había muchos turistas. En un rincón una niña
pequeña estaba llorando sin parar y su madre no conseguía callarla, era una
pequeña indígena. Me acerqué a ella y le dije:
_ Si dejas de llorar te doy un caramelo -.
Entonces se me quedó mirando fijamente y se calló, le di el caramelo prometido,
y de nuevo comenzó a llorar.
_ Ése no era el trato - le dije -. Cuando
vuelva de mi paseo quiero verte reír, porque voy a volver por aquí, y si te veo
reír te daré más caramelos, incluso puede que te cuente un cuento.
Tardé en regresar porque antes estuve
mirando todo lo que encontraba a mi paso y visitando una iglesia que encontré
al final de la calle. Estaba cubierta de tules que caían desde el techo y se
recogían en las paredes formando un pasillo que supuse sería para alguna
celebración. Después me senté en una terraza y tomé una cerveza con algunos
compañeros que pasaron por allí. Volvía tranquilamente y ya no recordaba a
aquella niña, cuando noté que alguien me tiraba de la camiseta desde abajo,
bajé la vista y la vi sonriendo. Entonces me dijo:
_ Ya no lloro, me tiene que dar otro
caramelo -. Se lo di.
_ Y también quiero que me cuente un cuento,
antes me dijo que lo haría.
Tenía razón, se lo había dicho. Estábamos
cerca de la orilla del lago y se me ocurrió una idea. Le pregunté a su madre si
la niña podía venir conmigo para sentarnos en la orilla y contarle unas
historias. No me puso ningún problema, y con ella se vinieron unos cuantos
niños más. Nos sentamos en la orilla formando un círculo, y les conté varios
cuentos.
_ Esos ya los sabíamos - me dijeron.
_ ¿Sabes alguno nuevo? - me preguntaron.
Entonces se me ocurrió algo. Les comencé a
decir que conocía una historia sobre un animal enorme y muy raro que vivía en
el fondo de un lago, como aquél que teníamos allí, y a continuación les conté
la historia del monstruo del lago Ness, añadiendo cosas de mi cosecha que la
hacía más interesante. Todos estaban callados escuchando atentamente sin dejar
de mirarme. Había conseguido captar su atención con una historia que no
conocían. Creo que se divirtieron muchísimo, y la verdad es que yo también lo
hice. Cuando me despedí de ellos estaban muy contentos, se fueron
persiguiéndose unos a otros, y con todos los caramelos que llevaba en mi
mochila.
Unas semanas después de regresar a casa,
una de las tormentas que cada año asola Centroamérica, llegó al Lago Atitlán y
provocó la muerte de muchas personas, sepultadas bajo el barro que se
desprendió de la ladera del volcán San Pedro. Yo no pude evitar recordar a
aquellos niños y preguntarme si ellos estarían entre los muertos o habían
conseguido sobrevivir. Otro lugar donde la vida es dura.
Aquella noche tampoco dormí mucho, y no
porque me despertara pronto, sino porque pensé que tenía que ser precioso ver
amanecer sobre el volcán. Decidí que antes de que amaneciera saldría a la
terraza y me quedaría allí para ver el espectáculo, pero antes de acostarme me
quedaría otro rato. Noté un poco de frío y me envolví en el edredón de la cama,
sentada en la terraza, y allí me quedé dormida. Me despertó el ruido de un
trueno, estaba desorientada, y entonces vi que los rayos iluminaban el volcán.
Una tormenta que se encontraba detrás de éste, descargaba tal cantidad de rayos
que casi parecía que el volcán estuviera en erupción. Entré a por mi cámara y
disparé fotos sin cesar. Después me quedé allí, estaba calentita envuelta en el
edredón y aquello era una gozada. Poco a poco la tormenta se calmó y no tardó
mucho en amanecer. Había supuesto que sería un amanecer impresionante y no me
defraudó; la orientación era la ideal, hacia el este. A partir de aquel
momento, dormir ya era imposible, de forma que me marché a pasear por la orilla
del lago. Fue un paseo largo y tranquilo y cuando regresé tenía tanta hambre
que hubiera acabado con todo el buffet del desayuno.
La población más auténtica de todo el lago
es Santiago de Atitlán, un pueblo situado a los pies del volcán San Pedro.
Llegué en barco hasta el embarcadero, donde un grupo de niños estaban esperando
a los turistas del día para acompañarles en su recorrido. El volcán se ve allí
más impresionante que desde ningún otro punto; está tan cerca que casi puede
tocarse con la mano. Una calle en pendiente asciende hasta el centro del
pueblo, donde se encuentra una plaza y la iglesia, pero llegar hasta allí me
llevó bastante tiempo, y no por el cansancio del ascenso, sino por la cantidad
de paradas que hice. Tenía toda la mañana para recorrer el pueblo, de forma que
podía tomármelo con tranquilidad. La mochila me pesaba bastante, y solamente
llevaba dos cosas: unas botellas de agua y el resto eran caramelos. Cuando
regresé al barco la llevaba vacía.
Es un pueblo indígena donde las mujeres
visten unos trajes blancos con bordados rojos, amarillos y de otros colores. En
la cabeza llevan tocados diferentes a los que había visto en los días
anteriores, como una gran rosca enrollada formando una especie de plato. Los
hombres llevaban todos sombrero, y pantalones cortos hasta media pierna.
El guía del grupo nos indicó donde estaba
la calle que nos llevaría hasta el centro, y se despidió hasta la hora en que
volvería a recogernos. Yo me dirigí hacia allí, rodeada de unos niños que no
paraban de decirme que si quería ver a Maximón. Como no paraban de insistir,
terminé preguntándoles si ése tal Maximón era alguna persona importante.
_ No es una persona, es un santo muy
importante - me dijeron.
_ ¡Ah, un santo!, pues ya lo veré cuando
llegue a la iglesia.
_ Pero Maximón no está en la iglesia.
_ ¿Pues dónde está? – pregunté -. Yo creía
que los santos estaban en la iglesia.
_ En nuestra iglesia tenemos muchos santos,
luego ya los verá, pero Maximón está en las casas del pueblo.
_ ¿En todas las casas?
_ No, en una de ellas. Va cambiando de
casa, ahora está en …. - No recuerdo
donde me dijeron -. Venga con nosotros y se lo enseñamos.
_ Pero si está en una casa, los dueños
estarán ocupados y puede que molestemos - les dije.
_ No se molesta. Todos van a ver a Maximón.
_ De acuerdo, enseñadme a vuestro santo.
Me llevaron hasta una casa sencilla, con
aspecto pobre, pero así eran todas las casas del pueblo. Sus habitantes no se
molestaron por mi visita, al contrario, estaban encantados. En un rincón de
aquella humilde vivienda, se encontraba un muñeco grande, con aspecto bastante
grotesco. Sentado en una silla alta, presidía toda la estancia. Me pareció un
muñeco de trapo, aunque debía ser de madera. Estaba vestido con las ropas que
llevan los hombres en aquella zona, un sombrero y un gran puro en la boca. Ésta
también servía para que vertieran en ella un licor fuerte, que salía por la
parte inferior del muñeco. Lo miré con cara de incredulidad, aquello parecía
cualquier cosa menos un santo.
_ No parece un santo - les dije.
_ Es
Maximón, y es muy sagrado - me contestó la mujer de la casa -. Cada cierto
tiempo cambia de casa para que todos podamos beneficiarnos de su protección. Es
un honor tenerlo en nuestra casa.
_ Ya entiendo - les dije -. En el pueblo donde
yo nací había una hornacina con la Sagrada Familia, y también se pasaba de casa
en casa, pero hace mucho tiempo, cuando yo era una niña. Durante los días que
estaba en la casa se le encendía una vela, y algunos le rezaban. ¿Aquí qué
hacéis?
_ También le rezamos, y le damos
aguardiente. Procuramos que siempre tenga el puro en la boca.
_ Vaya, no parece una forma de actuar muy
sagrada. ¿Y por qué no está en la iglesia?
_ Allí están todos los demás santos, pero
Maximón siempre ha estado en las casas de la gente.
No recibí más explicaciones, pero más
tarde, cuando pregunté a mi guía me explicó el verdadero sentido de este santo.
_ Es la forma que adoptaron los indígenas
de burlarse de la religión que les fue impuesta.
_ Pero si son muy católicos, casi más que
en España.
_ Sí, de eso no hay ninguna duda, pero
Maximón se ha convertido en una tradición, y ni ellos mismos saben el origen
que tiene.
Y pasó a explicármelo.
_ En realidad representa a Judas, el
apóstol malo para los católicos. Los primeros indígenas a los que se impuso la
religión católica, la aceptaron, pero al mismo tiempo se rieron de ella tomando
como santo más importante al más malo de todos los santos, y lo convirtieron en
su preferido, caricaturizándolo de esta forma. Esto se ha mantenido a través de
todas las generaciones posteriores y ahora ahí lo tienen sin conocer exactamente
su verdadero porqué.
_ Muy curiosa toda esta historia sobre la
religión y su aceptación por parte de los indígenas. Por una parte esa
convivencia que vimos en Chichicastenango, y ahora esto. Y lo mejor de todo es
que conviven con las dos sin ningún problema.
_ Sí, sí, y el fervor que verás en todas
las iglesias por parte de esta misma gente es algo que en España, de donde vino
todo, ya no se tiene.
Antes de salir de la casa me pidieron una
limosna para Maximón. Se la di, aunque no estaba segura si era para Maximón o
para la familia, pero qué importaba.
_ ¡Para los puros de Maximón! – les dije- o
para aguardiente.
Ahora ya podía dedicarme a visitar despacio
aquel pueblo indígena. La gente vendía de todo y paré en muchos de sus puestos.
Una niña, con el traje típico de aquella zona, estaba en la puerta de su casa,
o al menos eso me dijo, y me invitó a pasar. Fui tras ella y entré en una
especie de cuadra, porque aquello no podía tener otro nombre, y sin embargo
allí vivía una familia, y bastante numerosa. Una mujer, la madre de un montón
de niños, me pidió que pasara. Buscó en una caja y me mostró un folleto
turístico de Guatemala. Al principio no entendía para qué me lo mostraba;
entonces señaló la fotografía de una niña que aparecía en el mismo.
_ Mi hija fue elegida para ser la niña que
aparece en el folleto con el que nuestro país se anuncia en todo el mundo.
Miré a la niña y me di cuenta que era la
misma, incluso llevaba el mismo vestido.
_ Hicieron muchas fotos - me dijo.
_ Entonces eres famosa - le contesté.
_ Sí, un poco - contestó sonriendo.
Yo pensaba al mismo tiempo. ¿Y de qué te ha
servido si sigues viviendo en la más absoluta miseria?
En aquella habitación había al menos diez o
doce niños de todas las edades, aunque la mayor parecía esta niña.
_ ¿Son todos hijos tuyos? - pregunté a la
mujer.
_ Sí, tengo trece hijos.
_ ¿Y cómo haces para salir adelante?
_ Hacemos lo que podemos, señorita. Somos
muchos y muy pobres.
Se me partía el alma, no sabía qué hacer ni
qué decirle. Un niño daba sus primeros pasos a pesar de ser muy pequeño, estaba
claro que allí cada uno se las apañaba como podía, y el hambre los hacía ser
muy despiertos. Se me ocurrió darles caramelos, no tenía nada más. En cuanto
los vieron, todos me rodearon con las manos extendidas, y les llené la mano,
incluso a la madre, que no decía nada pero me miraba con ojos de súplica,
porque a pesar de tener trece hijos, era joven. El chiquitín se quedó sin nada,
no le di pensando que era muy pequeño y podía ahogarse, pero cuando todos se
alejaron, él se quedó frente a mí, mirándome; no hablaba todavía, aunque sus
ojos decían mucho.
_ Creo que también quiere caramelos - le
dije a la madre.
_ Sí, él también quiere.
_ Pero es muy pequeño, puede ahogarse.
_ No se ahogará - me contestó su madre - dele
uno y ya lo verá.
Se lo di, y se quedó con él en su manita
sin hacer nada. Era tan pequeño que no sabía lo qué era ni para qué servía.
_ Cómelo - le dije.
Entonces se lo metió en la boca, con
plástico incluido. Yo estaba sentada y lo cogí en brazos, me lo senté en las
rodillas y le saqué el caramelo de la boca, cosa que me costó porque se
resistía, pobrecito pensaba que quería quitárselo. Le quité el plástico y volví
a metérselo en la boca. En toda esta operación terminé con toda la mano llena
de mocos, que al pobrecito le colgaban como dos velones, pero qué importaba.
Salí de aquella casa, me despedí de la
mujer y le deseé mucha suerte. Continué calle arriba, y antes de llegar a la
plaza, la mochila estaba vacía, no me quedaba ni un caramelo.
Entré en la iglesia donde varias mujeres
indígenas estaban adornando los altares con montones de flores, y limpiando
todos los rincones. Los santos estaban formando pequeños grupos, y cada grupo
vestido con trajes diferentes. Eran figuras sencillas y con rasgos indígenas.
Me marché de aquel pueblo con una sensación
agradable, sus gentes eran sencillas y vivían con lo mínimo indispensable, me
habían encantado. Semanas después la avalancha de barro castigo especialmente a
aquel pueblo. ¿Qué fue de la niña del folleto, y de su hermanito?, ¿qué fue de
aquellas personas? , ¿qué fue de Maximón? Seguro que él sobrevivió, porque si
no fue así, volverían a construirlo, pero las personas son insustituibles, y
cuando se van, ya nunca regresan.
El siguiente paso en este recorrido por el
altiplano fue una ciudad encantadora, la más bonita de toda Guatemala, me estoy
refiriendo a Antigua. Fue creada por los colonizadores españoles, y me
sorprendí al ver su trazado en cuadrícula, típico en muchas otras ciudades
iberoamericanas. Sus calles, todas perpendiculares entre sí, formando cuadrados
perfectos, y sus casas de una sola planta pintadas de colores, con rejas en las
ventanas. La ciudad está rodeada por varios volcanes que pueden verse desde
cualquier lugar, elevándose detrás de las casas y al fondo de las calles.
Antes de llegar me dieron una sorpresa. El
guía se me acercó en una parada en el camino y me dijo que tenía que decirme
algo. Me asusté, ¿qué había pasado?
_ ¿Usted ha pagado más por el viaje? - me
preguntó.
_ No entiendo a qué te refieres, he pagado
su precio, ¿por qué lo preguntas?
_ Es que usted es la única persona del
grupo que va a un hotel diferente.
_ No lo sé, ni siquiera recuerdo a qué
hotel voy, pero será porque no había espacio en el otro, ¿no?
_ No señorita, su hotel es muy especial. No
le voy a decir al resto del grupo que usted va allí porque seguro que se
enfadan. Si le parece bien los dejamos primero a ellos y después la llevo a
usted, pero no les diga nada.
_ ¿Pero qué tiene de especial mi hotel, no
entiendo nada?
_ Usted va a “Casa Santo Domingo”, es un
museo, uno de los monumentos más importantes de esta ciudad. Al mismo tiempo
también lo han adaptado como hotel, un hotel exclusivo, el mejor de la ciudad.
Es un lujo poder pasar una noche en ese lugar, por eso le pregunté si usted
había pagado más dinero.
_ No he pagado más dinero, y no tenía ni idea.
Lo que no entiendo es por qué voy yo y los demás no. Es el mismo viaje, y todos
lo hemos comprado al mismo organizador, aunque en diferentes ciudades.
_ Yo no sé nada más, sólo puedo decirle que
son las órdenes que hemos recibido desde España, que usted pasa esta noche en
“Casa Santo Domingo”.
Estaba alucinada, no entendía nada. Pero
una explicación comenzó a abrirse paso en mi cabeza, y cuando regresé a España
la pude confirmar. Había sido una atención comercial por parte de la persona a
la que desde hacía años le compraba todos los viajes. Alguna vez me había dicho
que cuando adquiriera un viaje organizado por ellos y no el de un tercero,
tendría una atención conmigo, entre tanto no podía hacer nada.
Mis compañeros de viaje se quedaron
asombrados cuando les dije que yo me marchaba a otro hotel, pero no les dije
nada más.
_ Acércate aquí cuando dejes tus cosas - me
dijeron.
_ No os prometo nada, ya veré lo que hago.
Me dejaron en mi hotel. Desde la calle sólo
se veía una tapia de la misma altura que todas las casas circundantes, pero
cuando traspasé la pequeña puerta que se abría en esta tapia, me encontré en
mitad de un jardín. Un edificio en piedra, antiguo, se levantaba a mi derecha.
Seguí adelante y pasé a una zona que parecía y era un antiguo monasterio. En
sus rincones y salas se podían ver exposiciones de piezas religiosas. De allí
se pasaba a un patio inmenso rodeado de edificios bajos, las antiguas celdas de
los monjes, ahora convertidas en habitaciones, y todo rodeado de jardines y
ruinas de las primeras construcciones coloniales. Cuando después de mucho
caminar llegué a la recepción, los empleados estaban vestidos de monjes, y la
música gregoriana sonaba de fondo.
Mi habitación era una de las antiguas
celdas. Cada habitación era diferente y en ella se exponían piezas que estaban
allí como en cualquier otra sala de un museo; de hecho en las habitaciones
libres los visitantes entraban para ver las figuras expuestas. Era como estar
alojada en un museo.
Antes de salir a la calle recorrí el resto
de aquel monumento que todavía se extendía mucho más allá de lo que había visto.
Más allá de la zona de las celdas, un amplio espacio estaba lleno de ruinas, y
caminando entre ellas encontré un cementerio, y más alejada, los restos de la
iglesia. Era grande, y estaba destruida por los terremotos que asolan esta
zona, sin embargo todo el altar estaba entero, o reconstruido, y se seguía
utilizando para celebrar misa al aire libre.
En otra dirección se encontraban las
huertas, ahora convertidas en jardines. A su alrededor estaban los antiguos
molinos y edificios para almacenar todo lo que cultivaban. Era un lugar muy
grande. Aquel antiguo monasterio debió ser el más importante del país.
Cuando ya había recorrido todo aquello salí
a la calle. Miré en todas las direcciones y no sabía hacia dónde ir, todas
parecían iguales. Tuve que preguntar para dirigirme hacia el centro, a la plaza
por donde había pasado anteriormente y donde estaba la catedral. Me hablaron en
cuadras: primero recto, dos a la derecha y tres a la izquierda, o algo similar.
De todos modos llegué, aunque me desviaba continuamente cada vez que en un
cruce de calles veía un edificio diferente o algo que me atrajera. Era
sorprendente el estado en el que se encontraban prácticamente todas las
iglesias. Por fuera parecían enteras, pero dentro no había nada, ni techo; los
terremotos las habían derrumbado. Aquella zona era de una actividad sísmica muy
fuerte. Las casas eran una preciosidad. Todas tenían en sus ventanas enrejados
de forja, y estaban pintadas con colores vivos; más bien parecían casitas de
muñecas. Llegué a la plaza principal y no pude entrar en la catedral porque
estaba cerrada. Su fachada era impresionante, debía ser una catedral preciosa.
Al día siguiente comprobé que dentro, como en el resto de iglesias, todo estaba
derrumbado, el techo no existía, sólo la fachada.
Paseando encontré a algunas personas del
grupo y me preguntaron por mi hotel.
_ Bien - les contesté - pero es mejor salir
a pasear.
_ Estábamos pensando celebrar una cena esta
noche con algunas de las cosas que traemos en la maleta, vente con nosotros.
_ Yo no llevo comida - les dije - puedo
comprar algo aquí.
_ No hace falta, si llevamos más de lo que
vamos a comer.
Me fui con ellos a su hotel. Tampoco estaba
mal. Todos estaban en un pequeño patio alrededor del cual tenían las
habitaciones. Sacamos a aquel patio unas mesas y preparamos una merienda de la
que disfrutamos como si estuviésemos en nuestro propio jardín. Fue una noche
muy agradable, hasta que se levantó el viento.
_ Será mejor que me vaya - les dije - ya es
tarde y parece que habrá tormenta.
Antes de llegar a la plaza frente a la
catedral, comenzó a llover. Me puse a correr, era noche cerrada, y me perdí.
Todas las calles eran iguales, perdí el número de cuadras y la dirección, y
lógicamente también me perdí yo. Tuve que preguntar varias veces a las pocas
personas que encontré, hasta que conseguí llegar. La última vez que pregunté,
me respondieron:
_ Pero si está usted en la tapia del hotel.
Siga unos pasos y verá la puerta.
A la mañana siguiente se descubrió que yo
había pasado la noche en este hotel. Se trataba de un monumento histórico que
debíamos visitar, y puesto que ya estaba allí, me quedé esperando al resto del
grupo. Cuando llegaron se lo imaginaron.
_ ¿Pero tú ya estabas aquí, es a este hotel
al que te han traído?
Y aquí se montó el lío. Todos querían saber
porqué yo había estado allí. Tuve que terminar diciendo que había pagado un
suplemento porque me interesaba el sitio, y al menos esto calmó un poco los
ánimos.
Tras visitar el lugar, que yo ya conocía,
recorrimos el resto de la ciudad y después preferí quedarme sola hasta la hora
de partir; algunos estaban un poco enfadados conmigo por el tema del hotel. Era
domingo y estaba en la plaza principal cuando me percaté de que la gente estaba
colocándose en uno de los lados en espera de algo. Pregunté qué ocurría y me
respondieron:
_ Va a pasar un desfile para celebrar el
día de la independencia.
Me quedé para verlo, y pronto una música de
salsa se escuchó a lo lejos. Ante mí comenzaron a pasar grupos de jóvenes, eran
diferentes colegios, que bailaban sin parar al ritmo de aquella música tan
marchosa. No pude evitarlo y me puse a bailar como loca. Estuve más de una
hora, lo que duró todo el desfile, sin parar de bailar salsa, merengue y otros
ritmos caribeños. Cuando todo acabó me di cuenta que faltaba poco para la hora
de la salida y tuve que correr para no quedarme otra vez la última.
Volvimos a Ciudad de Guatemala. Allí me
despedí de mis compañeros de trayecto y del guía. Al día siguiente nuevos
compañeros y nuevo guía me acompañarían al sur del país.
Salí temprano, era un día laborable y la salida
de Ciudad de Guatemala era un caos. La dirección que llevaba era hacia el sur.
Teníamos que llegar hasta la frontera con Honduras, para cruzarla y pasar una
noche en Copán. Era la hora de comer cuando llegamos al sitio arqueológico de
Copán, en Honduras. No comimos o no tendríamos tiempo de visitar las ruinas,
además el cielo anunciaba tormenta y teníamos prisa.
Me encontraba en una de las principales
ciudades mayas, aquí gobernó el rey “Ocho Conejos”, que mantuvo guerras
continuas con los reyes de Quirigua y de Tikal. Me adentré en el parque a lo
largo del cual se extiende la ciudad, tenía ilusión por verla. Era la primera
vez que contemplaría una ciudad maya. A lo largo del camino, desde la entrada
hasta una gran explanada cubierta de un césped muy cuidado, pude ver en las
ramas de los árboles papagayos o guacamayos de colores, y otros con una larga
cola en colores rojos, amarillos, verdes y azules. Supongo que no eran
quetzales, pero lo parecían.
La explanada o plaza principal de Copán es
inmensa, varias pirámides se encuentran en ella, y algunas estelas de piedra
sobre las que están esculpidas imágenes de dioses con aspecto bastante
terrorífico. Algo muy interesante en esta plaza es una piedra redonda y teñida
de un color pardo. Es el lugar donde se llevaba a cabo el sacrificio del
capitán del equipo que ganaba en el juego de pelota, y su color pardo, aunque
pueda parecer macabro, se debe a la sangre que aquella piedra había absorbido
hacía siglos.
Caminando hacia el fondo de la plaza, se
encontraba el juego de pelota, en un estado de conservación muy bueno. El juego
de pelota era algo sagrado para los mayas, no era un simple juego. El capitán
del equipo ganador era sacrificado al finalizar el juego, y esto para ellos era
un honor. Resulta difícil entenderlo hoy en día, pero aquella civilización era
tan diferente a nosotros, que cualquier cosa es increíble.
A partir de la plaza, el resto de la ciudad
se interna en la selva. Tuve que subir por caminos a los que la vegetación
estaba invadiendo, y ya en una zona más alta encontré el palacio de “Ocho Conejos”
que ocupaba un espacio grande. Son muchos los relieves que quedan y todos
tienen ese aspecto feroz que caracteriza a casi todos los restos mayas.
Lo más importante de Copán es la escalera
jeroglífica. Está protegida por un techo artificial. Se trata de una escalera a
cuyos lados están esculpidos todos los dioses de la mitología maya, con grandes
colmillos sobresaliendo de sus bocas.
Todavía tuve un buen rato para recorrer las
ruinas a mi aire, y volver a internarme en la selva. Los papagayos volaban de
una rama a otra, y supuse que muchos otros animales me estarían observando,
pero mejor no verlos, porque seguro no me gustarían. Volví a la plaza y subí a
alguna de las pirámides, y cuando estaba allí sentada en la cima, retumbó un
trueno y comenzó a llover. Tuve que abandonar el lugar, y el trayecto de vuelta
era lo suficientemente largo para que llegara empapada. ¡Vaya manera de terminar
el día, sin comer y mojada!
Pasaría la noche en el pueblo de Copán y
esperaba que pudiera encontrar un restaurante aceptable. Este pueblo no tiene
nada especial. Me uní a dos hermanas que formaban este nuevo grupo, y fuimos en
busca de un lugar donde poder cenar. Los restaurantes abundaban ya que todos
los visitantes de Copán pernoctaban en este lugar.
No fue mucho el tiempo que pasé en
Honduras. Al día siguiente volví a cruzar la frontera, y ya de nuevo en
Guatemala nos dirigimos hacia Quirigua. Éste era un lugar desconocido para mí,
pero me resultó muy interesante. En su momento fue una importante ciudad maya
de la cual solamente quedan sus estelas, las más grandes de todo el mundo maya.
En una explanada cubierta de césped, y rodeada por la selva, se encuentran
colocadas en pie, estelas de piedra llenas de figuras y escritura maya. Alguna
tiene una altura considerable. En ellas se relatan las batallas que la ciudad
de Quirigua mantuvo con otras ciudades como Copán o Tikal, y también otra serie
de cosas, como el famoso cálculo maya del fin del mundo, que en aquel momento,
año 2005, restaba solamente siete años.
Cuando visité aquel lugar, después de
Copán, entendí porque la civilización maya, a pesar de todos sus avances en
determinadas ramas de la ciencia, terminó destruyéndose a sí misma. Solamente
con dos ciudades visitadas me sorprendió algo. Las ciudades mayas eran
independientes unas de otras, eran como pequeños reinos, que a pesar de
pertenecer a la misma civilización, estaban continuamente enfrentadas, y este enfrentamiento
sólo consiguió que terminaran destruyéndose a sí mismos. Parece mentira que
algunos pueblos puedan llegar a ser tan avanzados en algunos aspectos, y tan
poco inteligentes en otros. Aunque en este sentido es posible que el paso del
tiempo tampoco nos haya hecho aprender mucho.
Quirigua está rodeado por la selva. Había
visto todas las estelas y las figuras zoomorfas que se encontraban en otro de
los rincones de aquella explanada. Ahora quería un poco de aventura, y nada
mejor que internarme en aquella espesura. Antes pregunté:
_ ¿Es peligroso meterse aquí dentro?
_ Nunca se sabe lo que puede ser peligroso
- me contestó el guía - pero no te adentres demasiado, y procura no perderte.
_ ¿Hay algún animal del que tenga que
cuidarme?
_ En la selva de Guatemala lo peor que
puede ocurrir es encontrarse con una serpiente venenosa, las hay muy
peligrosas, y en esta selva se encuentran, aunque ahora con este calor estarán
escondidas.
Me quedé un poco asustada, pero me adentré
en la selva. Nada más traspasar la cortina verde, los árboles me rodearon. Al
principio se apreciaba un atisbo de sendero, probablemente por allí otras
personas habían entrado. Intenté no salirme de él, pero en algún momento me
desviaba porque algo llamaba mi atención. Me hice con un palo con el que
rastreaba el suelo antes de dar un paso adelante. Todo estaba cubierto de hojas
y todo tipo de vegetación, era imposible saber si había algo debajo, a no ser
que se tanteara antes. De esta forma fui avanzando despacio, observando aquel
mundo nuevo para mí. Nunca antes había estado en la selva. Recordaba la jungla
birmana, pero no eran comparables. Esto era diferente, mucho más exuberante. En
realidad no se parecían nada.
Se escuchaban ruidos por todas partes, pero
intenté no prestarles mucha atención. Delante de mí, entre dos árboles, una
telaraña cubría todo el espacio, era enorme. Me acerqué despacio y observé
aquel espectáculo, su diseño era perfecto, parecía recién elaborada; seguro que
algún incauto caía en ella. Pensé que si esperaba un rato quizá podría verlo,
de forma que me alejé lo suficiente para seguir mirando. A mí alrededor volaban
todo tipo de mariposas, algunas eran grandes y brillantes, y de pronto una de
ellas, más pequeña, quedó enredada en la telaraña. Seguí allí, observando, y vi
como una araña con unas patas larguísimas, comenzaba a caminar despacio hacia
su presa hasta que llego hasta ella y después de inmovilizarla se la llevó no
sé hacia donde. Todo este proceso, que muchas veces había visto en
documentales, me pareció increíble visto allí, de forma totalmente espontanea.
Seguí adelante, unos animalitos que me
recordaban a los armadillos, cruzaban corriendo por el camino. Después me
enteré que eran tepezcuintles, un animal que además se come, y que más adelante
pude probar.
Estaba fascinada en aquel mundo, me sentía
una aventurera loca a la que en cualquier momento se iba a comer un animal,
pero me encantaba. En mi lento avanzar explorando el suelo percibí que algo se
movía delante de mí; la adrenalina comenzó a correrme por las venas y me quedé
parada, sin moverme. Entonces vi como debajo de las hojas surgía una araña como
nunca antes había visto ninguna. Tenía el tamaño de mi mano, era muy gorda y
sus patas estaban totalmente cubiertas de pelo. Por suerte no avanzaba hacia mí
sino en sentido contrario. Comencé a retroceder sin apartar la vista de ella, y
en ese momento un grito desgarrador que venía de lo alto de los árboles,
retumbó en toda la selva. Mi reacción fue loca, lancé otro grito y comencé a
correr hasta que llegué a la explanada de Quirigua. Salí de entre los árboles
asustada y completamente sofocada.
_ ¿Te ha ocurrido algo? - me preguntó el
guía que estaba sentado a la sombra, esperando a todos.
_ ¿Has escuchado ese grito? - le dije.
_ Son los monos aulladores - me contestó -.
No hacen nada, pero asustan un poco si no estás acostumbrada.
_ Pues a mí me ha parecido horrible. Me he
asustado y he salido corriendo.
_ No te ha pasado nada, pero eso no debe
hacerse. Cuando corres asustada no tienes cuidado y puedes perder la
orientación, o pisar algo que no debas.
_ Creo que no voy a volver a la selva, pero
me ha gustado.
_ Claro que volverás, espera a ver la selva
del Petén.
_ Por cierto, cuando he salido corriendo
estaba mirando una araña muy gorda y grande que caminaba por el suelo. ¿Hay
muchas como ésas?
_ Has
visto una tarántula, y sí, hay muchas. En la selva guatemalteca las tarántulas
son muy comunes.
_ ¿Pero la tarántula es muy peligrosa, no?
_ Lo es si la atacas, pero en caso
contrario no hace nada. Incluso se puede coger con la mano. Ahora no tenemos
mucho tiempo, pero cuando vayas al Petén seguro que podrás intentarlo.
_ No creo que lo haga, de eso sí estoy
segura.
_ Sólo hay que quitarse el miedo. Muchos animales
no son tan malos, y las tarántulas tienen muy mala fama, pero son bastante
dóciles.
Abandonamos Quirigua para continuar hacia
Puerto Barrios, en la costa del Caribe. Pasé la noche en un hotel donde junto
con la llave de la habitación me entregaron un plano para no perderme por sus
instalaciones. Me pareció un poco exagerado, pero finalmente tuve que
utilizarlo para llegar hasta la playa. Mi primera idea había sido tomar un baño
en el Caribe, pero desistí nada más ver el aspecto del lugar. El agua no estaba
muy limpia, y a aquella hora de la tarde, una nube de mosquitos gigantes
zumbaban alrededor de los bañistas, que se los quitaban como podían.
A la mañana siguiente, una lancha nos
esperaba en la playa para surcar las aguas del Caribe hasta llegar a
Livingston, una población habitada por gentes de color. No estuve mucho tiempo,
aunque pude recorrerla despacio y llegar a una zona donde tenían cocodrilos en cautividad.
_ ¿De dónde vienen los cocodrilos? -
pregunté.
_ De muy cerca, señorita, del río Dulce que
desemboca aquí al lado. Seguro que después navegará usted por él, todos los
extranjeros lo hacen.
_ Creo que sí, voy a estar todo el día navegando
rio arriba. ¿Y podré ver cocodrilos en libertad?
_ Sí que se ven, pero ahora el nivel del
agua está muy alto y es más difícil. Pero puede que uno volteé su lancha y
pueda verlo de cerca.
_ ¿Eso no lo dice en serio, verdad?, estos
cocodrilos son pequeños y no creo que puedan con una lancha.
_ Son pequeños pero tienen mucha fuerza.
Pero no se preocupe, estaba tomándole el pelo, no molestan a nadie.
Subí de nuevo a la lancha y pronto
abandonamos el mar para introducirnos por una ancha lengua de agua que se abría
ante nosotros, era el río Dulce. El trayecto por este río, hasta mitad de la
tarde cuando llegamos a nuestro hotel, fue una delicia. El paisaje y la fauna
que se observa son alucinantes. Todo a mi alrededor era tan auténtico y
salvaje, naturaleza en estado puro. Fueron tal la cantidad de aves que pude ver
que parecía imposible pudieran existir tantas especies. La selva llegaba hasta
las orillas y se veía tan densa que parecía selva virgen, o probablemente lo
fuera. Tenía que ser interesante poder adentrarse en esa selva, pero no era
posible; el guía siempre me decía:
_ Ya llegará usted a Petén y tendrá selva.
En todo este recorrido por la zona sur de
Guatemala, eche de menos el roce con los indígenas que tuve en el altiplano.
Aquí no se les veía, toda la población era mestiza o negra. Le pregunté al
guía:
_ En esta zona no se ven indígenas.
_ Los indígenas mayas pueblan el altiplano,
aquí no viven, y en el área de Petén tampoco los verá.
_ Parece mentira, puesto que aquí y en
Petén es donde están todas sus grandes ciudades de la antigüedad.
_ Estas ciudades fueron abandonadas hace
muchos siglos, incluso antes de la llegada de los españoles. Que se mantengan
sus restos no quiere decir que los mayas tengan que vivir aquí. Es en el
altiplano donde tienen su vida y mantienen sus ritos.
A pesar de que no pude bajar de la barca,
aquel día a lo largo del río Dulce me pareció interesantísimo. Ya era media
tarde cuando las orillas llenas de selva comenzaron a dejar ver algunos
poblados dispersos, y posteriormente lo que parecía una ciudad. Y entonces, en
un recodo del río apareció un Fuerte de la época española, con los cañones
asomando en la parte superior. A la mañana siguiente pude visitarlo, era el Fuerte
de San Felipe. Su interior es el de un pequeño castillo con estancias
preparadas para uso militar, que en su momento vigilaba sobre todo la llegada
de piratas. Los cañones se encontraban en su lugar, asomando hacia el río desde
la terraza superior, listos para disparar a las naves enemigas. No era muy
grande pero se encontraba en perfecto estado, y en su interior se podía recrear
la vida de una época en la que los españoles fuimos los dueños de aquella parte
del mundo.
A la mañana siguiente, después de visitar
este Fuerte, tuve que esperar un rato a alguien que viniera a buscarme para
trasladarme al norte del país, a la selva del Petén. Me despedí de mis
compañeros durante aquellos días, y de mi guía, y esperé a mi nuevo guía y a
mis nuevos compañeros de aventuras. Llegaron tarde y ya pensé que me habían
abandonado. Aquel nuevo grupo era muy curioso. Por una parte una pareja de
médicos catalanes que después de un congreso en Ciudad de Guatemala querían
aprovechar para visitar Tikal. Un alemán muy joven que antes de volver a su
país tras unos meses estudiando en Guatemala para aprender español, también
quería conocer Tikal. Y por último tres chicas guatemaltecas, que simplemente
hacían turismo dentro de su país; y ésta que escribe, que esperaba sentada bajo
un árbol a que alguien la recogiera. Me divertí mucho con las chicas y el chico
alemán; juntos subimos todas las pirámides que pudimos y en algunos casos tuve
que ayudarles a vencer el vértigo. Las chicas se reían cada vez que me
escuchaban hablar, y juntas aprendimos los giros de un mismo idioma, que sin
embargo tienen significados diferentes. Al mismo tiempo el aprendiz de español
tenía un buen lio en la cabeza porque no sabía cuál de los dos significados era
el correcto. Me enseñaron los platos típicos de su país y probamos todo lo que
pudimos. Fueron unos días divertidos, donde pude intercambiar opiniones y me
enriquecí muchísimo.
Necesitamos todo el día para llegar a
Flores, la ciudad principal de la zona de Petén. Ellos se quedaron en la
ciudad, pero yo tenía un hotel dentro de la selva, alejado de la civilización.
Me despedí de ellos hasta el día siguiente.
Tuvimos que recorrer un buen trayecto por
un camino sin asfaltar hasta llegar al hotel. Yo no dejaba de pensar:
_ ¿Pero dónde me llevan?, aquí esta noche
se me come un jaguar.
Por
fin llegamos a una zona donde se veían edificios entre la selva.
La verdad es que el hotel era magnífico,
pero no se podía salir de él. Con la llave me dieron un folleto donde se me
informaba de los animales que podría encontrar, y a los cuales debía respetar y
no molestar. Entre ellos había monos, tucanes, arañas, e incluso alguna
serpiente.
_ ¿Pero estos animales pertenecen al
hotel? - pregunté a la recepcionista.
_ No, son animales que se cuelan en las
instalaciones, pero no debemos matarlos; éste es su territorio.
_ Lo de los monos y los tucanes, vale; pero
las arañas y las serpientes, ¿no serán peligrosas?
_ No se preocupe, son inofensivas. Nunca
hemos tenido ninguna que causara ningún problema.
_ Si usted me lo dice, me lo creo, pero no
las tengo yo todas conmigo.
De camino hacia mi habitación vi por las
paredes varias arañas, aunque no tarántulas, y todo tipo de lagartijas más o
menos grandes, incluso una mantis preciosa. Una vez dentro de la habitación
hice una inspección exhaustiva en busca de algo vivo, pero salvo mosquitos
enormes, no vi nada. Como no tenía nada más que hacer, me embadurné de
ahuyentador de mosquitos y salí hacia un mirador que había visto indicado unos
minutos antes. Estaba dentro de las instalaciones del hotel, pero tuve que
adentrarme en un camino de tierra que a los pocos metros era invadido por la
vegetación que me rodeaba. Me dije a mí misma:
_ Porque sé que estoy en el hotel, pero yo
diría que esto es selva pura y dura.
Unas hormigas gigantes caminaban en fila;
me quedé mirándolas, nunca había visto hormigas de tal tamaño. En una rama
cercana, un tucán se encontraba quieto, erguido con su plumaje negro y el pico
de colores, era la primera vez que veía un tucán y me encantó. Después de mirar
todo lo que aparecía a mi alrededor llegué a lo alto, donde un mirador,
protegido por una cerca de madera, se asomaba a un mar de árboles que se
perdían en la distancia. Aquello era la selva del Petén, y dentro de ella, los
antiguos mayas habían construido una de las maravillas de su mundo, Tikal. Pero
antes de conocerla tenía por delante dos días en los que visitaría dos ciudades
menos conocidas, pero realmente fascinantes. Una de ellas, Ceibal, enclavada en
la selva virgen de Guatemala. La otra Yaxha, más fácil de recorrer y de una
extensión enorme.
Hice el camino de vuelta antes de que
cayera la noche, tenía algo de reparo en caminar a oscuras entre los árboles. Aquello
tenía que estar lleno de animales al acecho.
Cuando llegó la mañana, mis compañeros de
aventuras junto con el guía, pasaron a recogerme para comenzar el día. Teníamos
que llegar hasta la orilla de un río para tomar una barca que nos llevaría
hasta Ceibal. El recorrido por el río fue fascinante. Navegábamos por el centro
de la corriente, sin acercarnos demasiado a las orillas, hasta donde llegaba la
selva virgen. Los ruidos de ésta llegaban hasta nosotros, en algunos casos
ampliados por un eco que rebotaba en la orilla opuesta.
En el embarcadero de Ceibal, un hombre
solitario estaba sentado debajo de un árbol, esperando a los posibles
visitantes. No era un lugar concurrido, de hecho fuimos los únicos visitantes
del día. Una caseta construida con las ramas y hojas de los mismos árboles,
constituía la taquilla. En el suelo, un grupo de latas viejas de las que
sobresalía una cuerda, estaban esperando a ser encendidas.
_ ¿Querrán un brasero de humo para ahuyentar
a los mosquitos? - preguntó el hombre.
_ ¿Qué es eso? - preguntamos.
_ En este lugar hay muchos mosquitos y son
muy molestos. Puedo venderles estos braseros que encenderé y despedirán el humo
suficiente para ahuyentarlos, pero tienen que llevarlos encima y moverlos para
que extiendan el humo.
_ Yo
casi prefiero no llevarlo – contesté - o me matan los mosquitos o me mata el
humo.
_ Como quieran, pero protéjanse bien con
algún ahuyentador, porque los mosquitos en Ceibal son muy grandes, y abundan más que en ningún otro
lugar de Guatemala.
Para llegar a las ruinas de Ceibal hay que
ascender una colina que sube entre árboles de un tamaño descomunal, y trepar
por rocas que se cruzan en el camino. Aquellos árboles tan enormes eran ceibas,
el árbol nacional de Guatemala. Sus troncos tenían un diámetro inmenso, y su
altura era difícil de calcular. Paramos continuamente para verlos de cerca y
para descansar del ascenso; éste era duro, y el calor junto con la humedad, lo
hacían complicado. A todo esto había que añadir los famosos mosquitos; se les
veía venir de lejos, tal era su tamaño.
_ Casi me arrepiento de no haber cogido una
de aquellas latas de humo – dije -. No sé cómo espantarlos.
Decidí fabricarme un abanico gigante con
una de las hojas de ceiba; era sencillo de conseguir y cuando se rompía de
tanto agitarlas, se sustituía por otra. Fue un buen remedio que al menos evitó
que saliera totalmente comida por aquellos monstruos voladores.
Lo que nos rodeaba era selva virgen. Alguien
gritó porque había visto algo sorprendente, una tela de araña que cubría todo
el espacio entre dos árboles.
_ Ya vi algo parecido en Quirigua - les
dije - pero ésta es todavía más grande.
En aquel momento la araña residente comenzó
a caminar por sus dominios, era grande y a la luz del sol parecía que brillará.
El guía nos llamó.
_ Vengan ustedes, ¿quieren cazar una
tarántula?
Estaba agachado en la base de un árbol
donde se veía un agujero; en la mano llevaba una brizna de hierba que comenzó a
introducir en él con movimientos suaves. Todos nos inclinamos alrededor
esperando para ver qué ocurría, y después de un rato intentándolo, unas patas
peludas asomaron poco a poco hasta que salió una araña enorme, gorda y peluda.
La cogió con la mano y la puso dentro de su gorra para que todos pudiéramos
verla bien.
_ ¿Y no hace nada? - le preguntamos.
_ Las tarántulas tienen mala fama, pero no
son tan malas, si se sabe tratarlas no son peligrosas.
_ ¿Y cómo sabías que estaba dentro de ese
agujero?
_ Esto es como todo, cuando lo conoces lo
sabes.
A partir de ese momento todos nos hicimos
con una brizna de hierba, y agujero que veíamos, allí que intentábamos cazar
una tarántula. No conseguimos ninguna, y ya nos quedó claro que todos los huecos
de la selva no eran nidos de tarántulas, incluso que si insistíamos mucho
podíamos encontrarnos con alguna otra sorpresa desagradable.
Tras muchas paradas, llegamos a lo alto,
donde la selva continuaba sin fin, pero al menos el ascenso había finalizado.
Un camino apenas perceptible nos llevó hasta una pequeña pirámide que se levantaba
en el centro de un claro. No era espectacular, pero encontrarla allí, en mitad
de aquella espesura, era sorprendente. A aquellas alturas ya llevaba agotados
al menos cuatro o cinco abanicos-hoja, y los mosquitos se acercaban en nubes
inmensas.
_ Nunca he visto tal cantidad de mosquitos
y de semejante tamaño. Parece mentira que no me hayan picado; este abanico debe
funcionar.
Además de estas pequeñas pirámides, lo más
importante en Ceibal son algunas estelas mayas que casi había que adivinar
entre la vegetación. Anduvimos un buen trecho por lugares donde casi se
necesitaba un machete para abrirse paso. En algún momento un grito que provenía
de lo alto de los árboles, desgarró el aire. Todos gritamos al mismo tiempo,
asustados, y miramos hacia todas partes en espera de algo terrible que se
abalanzase sobre nosotros.
_ No se asusten - nos avisó el guía - es un
mono aullador.
Yo ya lo había escuchado en Quirigua, pero
ya no lo recordaba y me asusté como el que más. En ese mismo momento, una
sucesión de gritos llenó toda la selva, al tiempo que las ramas altas de los
árboles comenzaron a agitarse. Mirábamos hacia arriba, pero no veíamos nada,
solo que los árboles se movían. Hasta que trozos de ramas comenzaron a caer
sobre nosotros. Un grupo de monos aulladores se encontraban en lo alto jugando
con nosotros, o enfadados por haber invadido su territorio.
_ Si miran hacia arriba cierren las bocas e
incluso los ojos- nos avisó el guía - porque estos monos pueden dejar caer
cualquier cosa.
No nos dejaron en paz en bastante tiempo. Caminábamos
en busca de las distintas estelas y ellos nos seguían, saltando de rama en rama
y sin dejar de gritar. En un instante en que miré hacia arriba pude ver algo
negro con una cola larguísima, que volaba más que saltar. Entre aquellos monos
y los mosquitos gigantes, aquello era una tortura, pero la experiencia era
increíble, merecían la pena todos los inconvenientes. No era la selva
amazónica, pero era una selva en estado puro, alucinante.
Cuando ya llevaba agotados diez o doce
abanicos-hoja, y los monos ya se habían cansado de su diversión, topamos con
otros individuos más desagradables todavía. El guía nos señaló hacia un hueco y
nos dijo que era el nido de una serpiente.
_ Esto sí que ya es demasiado, de aquí no
salimos.
_ No se asusten, las serpientes venenosas
existen, pero no es fácil que ataquen, a pesar de lo que se cree. Generalmente
se mantienen escondidas cuando detectan a los humanos, y sólo atacan si se ven
amenazadas, por ejemplo si nos metemos en su nido, cosa que no vamos a hacer.
Seguiremos de largo y ni siquiera se asomará, puedo aseguraros que tiene más
miedo que nosotros.
Después de toda la mañana en una aventura
de selva, regresamos a la orilla donde el hombre que nos había recibido, seguía
esperando a sus visitantes.
_ ¿Cómo les ha ido? – preguntó.
_ Muy bien, si obviamos a los mosquitos,
las tarántulas, los monos aulladores y las serpientes.
_ No se quejen, que no les ha atacado el
jaguar. La semana pasada se comió a dos personas - nos dijo mientras se reía.
_ Les daré un consejo, cuando caminen por la
selva nunca vayan en el último lugar de la fila, porque el jaguar siempre
atrapa al último.
_ Seguro que a los que se comió estaban
gorditos y por eso ya no tenía hambre para zamparnos a nosotros - le contesté
riendo.
Volvimos a la barca que nos llevó de regreso
al lugar donde nuestro minibús nos recogió para dejarnos en Flores. Decidí
pasar la tarde recorriendo la ciudad, pero a las pocas horas estaba un poco
aburrida, no era demasiado interesante. Volvería al hotel y me daría un buen
baño en la piscina. Cuando llegué, el cielo tenía un color bastante oscuro. Aquella
noche habría tormenta. Estaba nadando cuando el cielo se llenó de relámpagos,
los truenos comenzaron a sonar, y la lluvia cayó con toda su fuerza.
_ Se fastidió el baño.
Sólo me quedaba una opción, subir a la
terraza cubierta donde podría tomar algo mientras veía caer el agua sobre la
selva. Pero no fui la única, varios tucanes me hicieron compañía, se refugiaron
allí, o quizá estaban acostumbrados a vivir cerca del hotel y les resultaba más
cómodo que buscar refugio en la selva.
El siguiente lugar dentro de aquella selva
fue Yaxha. También se encontraba en la orilla del río, pero en este caso no
tenía que ascender. Toda la ciudad se extendía por una amplia superficie llena
de montañas cubiertas de vegetación, aunque no eran montañas sino pirámides
mayas sin excavar. Era un lugar tan grande que todavía se encontraba en fase de
estudio, sin embargo lo que ya había salido a la superficie era fascinante. La
caminata ese día nos llevó cinco horas durante las cuales recorrimos bastantes
kilómetros. Aquí la selva no era tan densa y los mosquitos no abundaban como el
día anterior.
Al principio las pirámides que encontramos
eran relativamente pequeñas, y sólo al final del día, cuando ya mis pies no
podían dar un paso más, llegamos a la zona donde dos o tres pirámides
sobresalían por encima de los árboles.
_ ¿Y ahora hay que subir hasta allí?, no sé
si mis piernas serán capaces.
_ No es obligatorio, pero merece la pena.
La vista es preciosa.
_ Pues allá vamos, ánimo chicos - les dije
a las tres guatemaltecas y al chico alemán.
Ascendimos despacio por una escalera
construida en madera que bordeaba la pirámide. Hablábamos y reíamos mientras
ascendíamos, sin prestar atención al paisaje, de forma que cuando llegamos al
final nos quedamos mirando asombrados. Desde allí sólo se veía selva y más
selva, y sólo en algún punto, una pirámide se habría paso por encima del manto
verde. Al fondo una línea de color plata brillaba y contrastaba con todo lo que
la rodeaba, era el río por el que el día anterior habíamos navegado para llegar
a Ceibal. Nos quedamos tan encantados con aquella vista que olvidamos el
cansancio y subimos a todas las demás pirámides que encontramos, sin
importarnos su altura. En cada caso la vista era la misma, pero al mismo tiempo
diferente. Una pirámide salía más cercana a nosotros, o el río brillaba de
forma distinta por el cambio de orientación del sol. Yaxha era desconocida para
mí, pero me gustó muchísimo, y quedaba tanto por descubrir en aquel lugar. ¿Qué
se escondía en todas aquellas montañas que habíamos visto y que estaban tomadas
por la selva?
Aquella tarde sí pude disfrutar de un buen
baño, relajante y tranquilo, sin que ninguna tormenta me fastidiara. Una mantis
se posó sobre mi hamaca y allí estuvo sin molestarme, pero sin asustarse por mi
presencia. Las arañas corrían por el suelo. Los tucanes estaban en las ramas, y
algún mono saltaba de vez en cuando. Pero ya me había acostumbrado, en aquel
hotel los animales eran los dueños y había que respetarlos, claro que ellos
también me respetaban a mí.
Mi tercer día en Petén lo dediqué a la joya
del lugar, del país, y sin duda del mundo maya: Tikal. Una de las grandes
ciudades mayas, se encuentra dentro de un parque nacional dominado por la
selva. Llegamos al parque y entramos caminando. Al principio no se diferenciaba
de todo lo que habíamos visto en días anteriores. Los animales se cruzaban con
nosotros, y un coatí buscaba comida entre la hojarasca. Incluso se escuchaba algún
rugido lejano, pero claramente perceptible.
_ Eso ha sido un jaguar - dijo nuestro guía
- pero está lejos. Hace mucho que no se ve ninguno cerca de las ruinas. Han
aprendido que los humanos pululan por aquí y son sus mayores enemigos.
Como
en Yaxha, se veían algunos montículos cubiertos por la selva, debajo de la cual
se suponía se escondía una pirámide o cualquier otro resto maya. A pesar de su
fama, Tikal se encuentra en fase de exploración, y es mucho lo que todavía no
está al descubierto. Sin embargo yo echaba de menos los grandes edificios que
conocía previamente, ¿dónde estaban?, ante nosotros no se veía más que árboles
sin fin. Caminamos cerca de una hora hasta que llegamos a un lugar donde
grandes bloques de piedra derrumbados se acumulaban sin orden. Aquello había
sido un palacio, aunque ahora más bien parecían los restos de una catástrofe.
Ascendimos por un camino en la parte
posterior de este desastre y llegamos a otras ruinas que se asomaban a la gran
plaza de Tikal. Allí estaba lo que yo buscaba. Desde lo alto podía verse todo
el conjunto. Una plaza donde dos pirámides altas y estrechas se enfrentaban la
una a la otra. Eran totalmente diferentes a las clásicas pirámides mayas,
anchas y más bajas. Son los edificios más conocidos de Tikal, la Pirámide del
Jaguar y la Pirámide de las Máscaras. Uno de los lados de la plaza, entre las
dos pirámides, estaba ocupado por un templo con múltiples estancias y estelas
clavadas en el suelo. El resto del conjunto eran otro tipo de edificios, todos
ellos en piedra, que en su momento servían de residencia a los sacerdotes, y el
palacio del rey de Tikal.
La vista desde allí era preciosa, pero
había que bajar si quería ascender a una de las pirámides, la única a la que
estaba permitido, utilizando una escalinata de madera construida en la parte
posterior, para no estropear la armonía del conjunto.
En el templo adjunto recuerdo algo muy interesante
y muy bien conservado, era una máscara gigante en piedra del dios de la lluvia.
Se encontraba en una habitación por debajo del nivel del suelo. Sus rasgos eran
fieros. Por su tamaño y perfección debía ser un dios muy importante.
Me hubiera quedado toda la mañana en aquella
plaza, mirando cada uno de sus rincones escondidos, pero todavía quedaba más, y
para verlo teníamos que seguir caminando. Volvimos a introducirnos en la selva
y llegamos a la parte posterior de una pirámide más alta que las anteriores y
que podía ascenderse.
_ Sólo tiene una vista de 180 grados, pero
es increíble - nos dijeron.
La ascensión ya era más complicada, la
altura era mucha y había que tomárselo con tranquilidad. Una superficie
pequeña, donde había que tener cuidado para no precipitarse al vacío, estaba
ocupada por las personas que habían llegado primero. Cuando llegó mi turno,
subí y pude ver ante mí la vista más bonita de Tikal. Las dos pirámides
principales se levantaban por encima de los árboles; veía la parte trasera de
una y la frontal de otra, pero solamente su cima.
Aunque ésta no era la única vista
espectacular de Tikal. Más adelante se encuentra una pirámide mucho más alta,
la Pirámide del Mundo Perdido. Es ancha y su cima no tiene la forma estrecha de
las anteriores, aunque su altura es superior a cualquiera de ellas.
_ Allí arriba tendréis una vista de 360
grados, y es la vista más espectacular de todo Tikal.
De nuevo una ascensión, pero efectivamente
mereció la pena. Desde aquí podía ver de nuevo las dos pirámides de la plaza,
algo más lejanas, pero también la parte posterior de aquella a la que había
ascendido anteriormente, elevándose mucho más alta que las otras, y por debajo
de todas ellas la selva, inmensa, verde y frondosa.
Aquella misma tarde regresé a Ciudad de
Guatemala a bordo de una avioneta que sobrevoló la selva en una última visión,
para recordar aquel mundo mágico donde una civilización ya perdida alcanzó un
nivel de conocimiento que en aquel momento hubiera sido impensable en Europa. Pero
también tuvo su parte negra. Como humanos que eran, se destruyeron a sí mismos
en una sucesión de luchas internas provocadas por algo que todavía sigue vivo:
el ansia de poder. Aquellos grandes arquitectos y grandes sabios
desaparecieron, pero sus descendientes siguen allí. El pueblo maya sigue vivo,
sus descendientes mantienen vivas las tradiciones, su cultura. Puede que para
nosotros, los occidentales, nos parezca algo extraño, propio de gentes con
muchas supersticiones y poca cultura, pero no es así. Es el espíritu de un
pueblo que fue grande, y como tal debe ser aceptado y respetado.
Me
marché de Guatemala sin poder subir al volcán Pacaya. La hora de salida del
avión me impedía estar a tiempo en el aeropuerto. Quizá en otra ocasión,
siempre hay que tener un motivo para volver.